Humanismo, ética, comunidad

juan manuel silva camarena

 

Parte segunda de la ponencia central (“Universidad y Sociedad: Ténica vs. Humanismo”) presentada por representantes de México, Chile y Argentina en la XIII Asamblea General de la Asociación Latinoamericana de Facultades y Escuelas de Contaduría y Administración (ALAFEC), presidida por el Director de la Facultad de Contaduría y Administración de la Universidad Nacional Autrónoma de México,  realizada en la Facultad de Ciencias  Económicas de la Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, del 9 al 12 de octubre de 2012, y publicada en la correspondiente Memoria digital, en disco compacto (ISBN: 978-607-02-3600-6).    

 

 

Vamos a hablar de un tema que debería interesarnos a todos. Se trata nada más y nada menos de un asunto que tiene que ver con nuestra propia naturaleza. Sin embargo, cuando individuos y pueblos tenemos tantos problemas por resolver y tantos necesidades que satisfacer, ¿quién quiere derrochar el tiempo reflexionando acerca de lo que somos? Tal vez la única justificación para hablar de nosotros mismos podamos hallarla en la fuerza de una esperanza. La esperanza en la que estamos pensando consiste en encontrar algún medio que podamos utilizar para vivir mejor.

Sin duda es llamativo el hecho de que la palabra humanismo, a pesar de que significa cosas tan importantes para los seres humanos, esté ahora tan desgastada o mal usada que ya no expresa nada o casi nada. Sucede algo parecido con otros términos que nos interesan aquí: los de ética y moral, y el de comunidad. Por otro lado la técnica, que es la mejor respuesta que el hombre ha inventado frente a las exigencias de las necesidades de su naturaleza natural, parece, sin embargo, que ya no pertenece por entero a su creador. Estas cosas son graves, indudablemente, y debemos preocuparnos y ocuparnos de ellas.

Para entrar directamente al asunto que tenemos que tratar conviene decir primero lo que no es el humanismo. No consiste nada más en la determinación de tratar bien al prójimo. No es únicamente un genuino sentimiento de solidaridad, y tampoco se reduce a un verdadero humanitarismo que permita conmoverse o sufrir por las desgracias ajenas, encendiendo vivos deseos de ayuda o asistencia. Desde luego, cualquier ser humano auténtico posee estos rasgos de nobleza humana.

El humanismo tampoco es una doctrina política. Recientemente hemos escuchado en los medios masivos de comunicación que algunos políticos de derecha y de izquierda hablan de humanismo de un modo desparpajado para adornar sus discursos  y proyectos políticos, a sabiendas de que es un adjetivo que a la gente suele causarle buena impresión. Pero el humanismo no es el rasgo propio de un modelo de acción política, sino un compromiso del ser humano consigo mismo y con su comunidad. No se es humanista por ser de izquierda o de derecha. Y tampoco es un privilegio de los que políticamente se mantienen en el centro. Es cierto que se puede ser socialista y humanista o católico y humanista al mismo tiempo; pero determinadas convicciones políticas o religiosas no son ingredientes necesarios ni suficientes para ser humanistas.

El humanismo no puede reducirse a una doctrina religiosa. No se identifica con ningún conjunto de creencias en relación con un ser divino, a pesar de que ha habido quien considera que un humanismo auténtico sólo se alcanza siendo creyente. El humanismo, en esencia, no se identifica con la doctrina liberadora del hombre nacida en el seno del materialismo histórico, ni se agota en una doctrina filosófica de moda como lo fue el existencialismo sartreano, pues no se trata de algo pasajero sino de algo fundamental para el ser humano. Tampoco es una doctrina moral que convenga adoptar para tolerar mejor las vicisitudes de la existencia humana. El humanismo es algo más que un conjunto de ideas o principios que se puedan aprender para ponerlos en práctica y mejorar las relaciones humanas tan frecuentemente en conflicto. Menos aún se puede admitir que el humanismo sea un montón de nociones vagas en torno a un supuesto desarrollo humano, o una selección bien intencionada de lo mejor de los libros de autoayuda.

El humanismo, en verdad, es algo mucho más importante en la vida del ser humano que las ideas acerca de su propio ser que pueda ir produciendo y adoptando. El humanismo bien entendido es base y promoción de la creación de formas de vida e ideas del hombre. El asunto sobre el que discurrimos toma este carácter extremo: en relación con el humanismo el ser humano se juega su propio ser. El humanismo implica ideas, principios, costumbres y convicciones, pero más allá de todo eso representa una forma de ser que vuelve fértil al espíritu humano y que comenzó con la literatura de la Grecia de la Antigüedad concebida como medio educativo por lo menos diez siglos antes de nuestra era. Una forma de ser que se completa, comprende y promueve con la creación de la filosofía griega, particularmente la que se produce a partir del siglo V antes de Cristo y se empeña, con Sócrates, en decifrar la necesidad del autoconocimiento.

Como sabemos, esta forma de ser es la que resultó muy atractiva para algunos hombres del Renacimiento. Traigamos a nuestra memoria nuestras clases de historia. Recordemos la asociación necesaria que se estableció entre la palabra humanismo y el término renacimiento en la Italia del siglo XIV. Si en la Edad Media se había exaltado la figura del hombre por haberlo concebido a imagen y semejanza de Dios, en el Renacimiento pareció más atractiva la idea de reconocer y respetar al hombre por su propia dignidad y naturaleza. Así nació el deseo de volver a ser “humanistas”, o sea de renovar eso que en la Antigüedad clásica hubo primero en Grecia como paideia y luego en Roma como humanitas. Aspiraron a un renacimiento de la forma de ser hombre que nació en Grecia y fue imitada por los romanos. Pensaron estas Con esta intención dirigieron su mirada hacia el pasado greco-latino, al considerar que sólo ahí se podía hallar la clave para comprender la importancia enorme de tener en cuenta nuestra propia naturaleza para vivir plenamente como ser humano. Por esta razón a veces se identifica el humanismo con el conocimiento del griego y el latín; pero el saber de estas lenguas llamadas muertas  —a pesar de que ya se nos haya hecho notar que de ellas deriva lo que en las nuestras permanece vivo—,  el saber de estas lenguas clásicas no basta para volverse humanista de la noche a la mañana, aunque sea necesario para descubrir el humanismo, para aspirar a él, para invocarlo.

Cuando hablamos del Renacimiento, hablamos de unos seres humanos que decidieron crear una forma de vida semejante a la de aquellos que advirtieron que era posible alcanzar una auténtica hombría o realización plena de la naturaleza humana. Este descubrimiento comenzó con la idea griega de la educación, pasó por la creación literaria de la epopeya, la poesía lírica, la tragedia y la comedia, por la política como sabiduría en torno a la convivencia humana, y culminó con la filosofía y la interpretación socrático del mandato divino del Templo de Delfos que ordena conocerse a uno mismo.

Ahora bien: ¿qué es lo que esa forma de vida tenía de atractivo especial? ¿Por qué era y sigue siendo digna de imitación? En suma: ¿por qué conviene ser humanista? Simple y sencillamente porque el humanismo consiste, en primer  lugar, en estar por entero consciente de la peculiaridad de nuestra propia naturaleza, y en segundo lugar, en vivir como esa naturaleza lo exige: es decir, en un permanente cuidado ético de la misma. Ser humanista es reconocer y aceptar que tenemos que vivir manteniendo nuestra humanidad mediante la calidad nuestros propios actos. Humanista es quien lúcidamente reconoce la necesidad de defender la naturaleza humana bajo cualquier circunstancia o situación histórica.

¿Pero en qué consiste eso de salvar, defender o cuidar la naturaleza humana? Es natural que ahora estas ideas espléndidas del pensamiento griego nos parezcan extrañas, pues nosotros no estamos acostumbrados a pensar lo que somos con cierto grado de seriedad y profundidad. Pensamos en todo; pero poco, muy poco, en nosotros mismos, en lo que somos, en lo que hemos sido y en lo que necesitamos llegar ser. Los griegos se percataron de la necesidad de pensar en su propia naturaleza, reflexionaron en sí mismos, como individuos y como miembros de una comunidad. Por esa razón para los griegos de la Antigüedad clásica fue una divisa de oro el mandato del Templo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, y algo parecido fue para los romanos la necesidad de atenerse a la ley, sobre todo a partir de que el derecho fue puesto por escrito y se exigió su cumplimiento como una aceptable forma de vida para todos.

Si pensamos en nosotros mismos, ¿qué es lo que vamos a descubirir? Que los hombres somos entes cuyo ser es insuficiente, por tanto, que debemos completarlo con nuestros actos. Somos entes que tenemos que conseguir la hombría, porque ésta no viene incluida en nuestro paquete biológico. La cuestión fundamental es esta: la necesidad de la acción muestra que en ningún momento podemos contar con un ser ya completo. Tenemos la necesidad de adquirirlo, de hacerlo o completarlo. Debemos ―como un deber moral radical― mantenernos en la tarea, y saber que nuestras acciones lo deciden. Ellas se llevan a cabo en función de lo que se nos impone, a partir de todas las cosas que se nos imponen, dentro de las cuales están las que son necesarias y tomamos en cuenta como tales, y las que también son necesarias pero no podemos prever porque suceden azarosamente. Pero en conjunto ambas formas de imposición no impiden nuestras decisiones sino que las generan, las justifican, las promueven. Por enigmático que parezca: nuestra esencia consiste en nuestra libertad para realizarla.

Comienza a cobrar sentido el hecho de que nuestra naturaleza no es tan natural como parece. Para los hombres de la Grecia y la Roma de la Antigüedad este hecho fue motivo de meditación contínua, y a nosotros nos corresponde la obilgación de pensar la razón por la cual un hecho como este nos tiene más o menos sin cuidado. ¿Cómo vivimos en nuestro tiempo, en el que otorgamos poca importancia a lo que somos y a lo que debiéramos ser? Debemos aceptar, con valor moral, que ahora, en general, nos importa nada más lo que tenemos y lo que deseamos tener.

Si desde tiempos remotos el ser humano se preocupó por la necesidad de examinar su naturaleza y su modo de vivir, ¿por qué hoy prestamos tan poca atención a nuestra peculiar forma de ser? ¿Porque no cultivamos el saber del hombre? Debido a razones prácticas y por ambición personal conocemos muchas cosas del mundo —del cielo, el mar y la tierra— pero ignoramos cosas fundamentales de nuestra propia naturaleza.

Hoy por hoy, no estamos aún del todo conscientes de que el humanismo es necesario para cuidar nuestra propia naturaleza, y que hay que cuidarla sencillamente porque se puede echar a perder, como se echan a perder las cosas que se descuidan. Aquí está el punto clave. Notamos, sin embargo, que el hombre puede hacerse menos hombre. Esto lo sabemos desde siempre. Hemos oído la expresión que califica a alguien como poco hombre. También es conocida la preocupación de que alguien sea un don nadie. Conocemos la expresión. Hace unos años la oíamos todavía. Ahora ser un don nadie podría significar que alguien es un hombre pobre. ¿Hasta qué punto, entonces, sabemos qué somos? Lo sabemos y no lo sabemos. Si lo prefieren, lo sabemos a medias. Según parece, otras cosas nos interesan más que eso, porque nos parece más urgente su atención. Ya se ha vuelto un lugar común mil veces repetido que a menudo descuidamos lo esencial por ocuparnos de lo inmediato, de lo urgente. Una atención exagerada de nuestra situación, sin embargo,  puede hacernos creer que en ella se juega toda nuestra vida.

Para bien o para mal nuestra naturaleza se adapta a la forma que decidimos darle. Si le imponemos el traje del homo oeconomicus, lo disponemos bien a completar su fortuna, no su ser. Sin darse cuenta se preocupa y se ocupa sólo de incrementar sus propiedades y su dinero, y cree que eso está bien. Escasamente hay gente que pueda despreciar el dinero y los bienes que pueda comprar. Sin embargo, la avaricia es moralmente censurable desde tiempos remotos, porque la identificación del ente humano con un ser acumulador de dinero, para el cual todo y todos son únicamente medios para alcanzar el fin de su ambición, es un perversa agresión contra la naturaleza humana que la lastima, que la disminuye.

Ahora, a quien nos habla de nuestro ser lo confundimos con un predicador o algo por el estilo; entre otras cosas, porque el lenguaje de nuestro tiempo es el de quien vende y el de quien compra. Sin embargo, esto no cambia el hecho de que humanamente podemos ser más, pero también podemos ser menos. En el ser del hombre hay un incremento de lo que se es (como en el acto moral bueno, el trabajo bien hecho, cualquier creación artística genuina, y en cualquier acto desinteresado), pero también puede haber una mengua, un apocamiento en el ser (en lo mal hecho, en cualquier inmoralidad, en la ilegalidad, en la incapacidad de hacer algo desinteresadamente).

¿Cómo es posible que en mi propio ser pueda escasear lo específicamente humano? Pensemos en un animal. Por ejemplo, un gato. Este mamífero doméstico es un gato desde que nace y hasta que se muere. Al nacer no le falta nada: es ya un gato; aunque pequeño. Pero no le falta nada para ser gato; sólo tiene que desarrollar mecánicamente su naturaleza natural, biológica, y llegar al final de sus siete vidas —si fuera cierto que las tiene. Nunca va a ser más gato o menos gato. Nace siendo gato, y se muere siéndolo. Primero es un pequeño gato, y luego uno grande. Pero en ningún caso tiene sentido que hablemos de él diciendo que sólo es un pobre gato. Su esencia gato no admite esta consideración. Esto mismo le pasa a los demás entes: a los minerales, a las plantas, a los demás animales.

El oro es oro, y lo será siempre, durante toda su existencia exclusivamente material. El clavel, por ejemplo, no tiene medios de auto creación propia para mejorar su ser: el clavel no podrá nunca ser más clavel o mejor clavel. Podrá ser más bello o menos bello. Pero no puede incrementar su ser, y cuando al paso del tiempo se marchita, no se hace menos; únicamente pierde su fuerza biológica, sin dejar de ser lo que es: un flor que ha perdido su lozanía, pero al fin y al cabo un clavel.

El ser humano puede ser un hombre hecho y derecho. También puede ser, dijimos, un pobre hombre. Puede ser poco hombre. La comparación ayuda. El hombre tiene sólo la posibilidad de ser hombre. El clavel brota como clavel. El hombre comienza como un ser vivo que tiene la tarea de hacerse hombre. Viene al mundo como un pequeño ser vivo con la posibilidad de humanizarse, la cual comienza a realizarse en la comunicación que otro ser humano mantiene con él, principalmente hablándole. Esta es una maravilla:  nos hablan y nuestra naturaleza humana emprende la aventura de su existencia; nos hablan, y nos abren la puerta al mundo de la humanización. Todos hemos pasado por este proceso. Fuimos una posibilidad que nosotros, con la ayuda de los demás, pudimos desarrollar, realizar, llevar a cabo. No nacemos hombres, nos hacemos hombres. Nos hablan y aprendemos a responder. Y así: somos ya seres del logos: razón y palabra.

Uno se hace hombre por medio de sus actos, y éstos dependen de otra cosa extraordinaria, descubierta por los griegos cuando se dieron cuenta de que el hombre es una cosa natural susceptible de ser transformada mediante la educación, como afirma Demócrito. Este ente puede cambiar su naturaleza natural, material, por una segunda naturaleza que se monta sobre la primera, sin entrar nunca en conflicto con ella, y más bien mejorándola, que llamamos naturaleza humana. Y esto es posible por medio de una acción humana por excelencia que los griegos denominaron paideia, y en castellano la traducimos, a medias (porque significa muchas otras cosas) como educación. Nos hacemos hombres porque los demás nos transforman, nos dan forma, nos educan.

Desde luego, la palabra educación, tal como la hemos descrito, como la modelación del ser natural que somos primariamente, no se refiere a una mera instrucción, y tampoco se refiere a un proceso a través del cual se nos llenara la cabeza de ideas, y nunca a un mero entrenamiento o adiestramiento, a una simple adquisición de nociones y habilidades. Educar es transformar lo que naturalmente somos, para convertirnos en algo sobrenatural: en seres humanos capaces de descubrir su humanidad y cuidarla. Más adelante veremos en qué consiste. Nuestra infancia es un verdadero desenvolvimiento de lo que en nosotros hay dado materialmente (física, química y biológicamente); y al mismo tiempo, la creación espiritual de ese ser que podemos ser y nunca acabamos de conseguir completamente, porque no somos como una casa cuya construcción se termina un día y entonces sólo resta habitarla. Nuestro ser es como una casa especial, que se torna realmente casa solamente en los actos concretos de habitación.

¿Y en qué consiste la transformación educativa? No en lo que manifiestamente piensa mucha gente del gremio de la educación, que al sustituir al venerable educador por un  técnico de la pedagogía, la reduce a un mero aprendizaje de cosas. Sea cual sea la manera de explicarlo filosóficamente, la educación es un cambio esencial, no de grado, que consiste en convertir un ser natural en un ente humano, sobre-natural. (No crean toscamente que hablamos de fantasmas o seres del más allá.) La esencia fundamental de esa nueva naturaleza es de carácter ético, y tiene lugar precisamente cuando la educación hace surgir del hombre natural el hombre moral. Este es un proceso básico de humanización. El ser humano existe como tal a partir del momento en que deja de ser indiferente frente a lo que hacen los demás y lo que él mismo hace, y en lo sucesivo su conciencia moral personal le indicará, de modo permanente y espontáneo lo que en el comportamiento ajeno y en el propio está mal, lo que no debe hacerse porque está mal hacerlo, y produce mal, daña. Dicho sea de paso, por esta razón la moral es fundamental respecto a la ley, pues ésta consiste en un instrumento estupendo para la convivencia humana, inventado por el propio hombre, que ataja en gran parte la arbitrariedad  individual o colectiva del poder de los demás, salvando nuestra libertad, porque bajo el dominio de alguien o de algo no podemos ser libres. Pero a la ley no podemos concebirla sino como un trato social, un contrato, un convenio que hay que cumplir, asumiendo el castigo correspondiente a su incumplimiento. Y si alguien halla el medio de darle la vuelta a la ley —no falta quien— la concienia moral lo nota inmediatamente, y al advertirlo nos lo reprocha también de modo inmediato. La norma moral, la que todos encontramos en nuestra propia conciencia, impone el respeto a la ley, que es como una moral mínima exigible para la convivencia,  y no depende de ninguna convención, pues es autárquica: es ley propia, autosuficiente, autónoma, incapaz de aceptar sobornos, que vive en el dominio de uno mismo, y no le hace caso a otras voces. La voz de la conciencia moral nos habla siempre sin necesidad de levantar la voz porque siendo hombres no nos da lo mismo lo que está mal y lo que está bien.

Como el humanismo mantiene la fuerza de la voz de la conciencia moral, todo humanismo es eticidad, es decir, imposibilidad de ser indiferentes. Por esto nos damos cuenta de lo que nos hace menos y lo que nos hace más, lo que humaniza o deshumaniza. Sabemos siempre lo que está bien y lo que está mal, ya que por más que en el tiempo y en el espacio varíen las normas y convicciones de la educación moral, la conciencia se ponen a funcionar espontáneamente. La conciencia epistemológica, la que se da cuenta de las cosas reales, puede ser engañada por ilusiones y alucinaciones; la conciencia moral, en cambio, funciona a prueba de mentiras y simulaciones, y sólo un escrúpulo exagerado, pueril o infundado, puede inquietarla en vano, de modo semejante al modo en que la piedra en el zapato molesta al pie. Esta imposibilidad de ser indiferentes es el principio de la ética, y por lo mismo algo esencial para el humanismo, que nos permite tanto cuidar moralmente nuestro ser individual como el de la comunidad a la que pertenecemos.

La moral es individual y comunitaria. Pertenezco a una comunidad, y en función de ella soy quien soy. Y dependiendo de lo que en cada caso cada uno es lo que es, ella se empobrece o se enriquece como comunidad precisamente humana. Si es más, yo soy más; si es menos, yo soy menos. Por eso mi responsabilidad por mi comunidad es también responsabilidad por mi propio ser. En mi comunidad me formo como hombre, moralmente. Y poco a poco aprendo  que hay cosas que no deben hacerse, porque a todos nos va mal.  Al mismo tiempo, aunque de un modo no claro, me doy cuenta de que puedo participar: elegir qué hacer y qué no hacer, convenir y discrepar. En una palabra: vivir como un ser moral.

En la voz de la conciencia, desde luego, hablan juntas nuestra educación moral, la de nuestra comunidad y la de nuestras propias convicciones. Y es cierto que podemos fingir indiferencia, no hacer caso, tener voz y guardar silencio, tener oídos y no oír, tener ojos y no ver... Ya lo sabemos: podemos hacernos de la vista gorda. Pero de todos modos sabemos que algo está bien o está mal —si lo está—, y que actúa contra nosotros. La deshumanización, en cambio, no consiste en hacernos de la vista gorda como en el acto inmoral, sino en ser incapaces de notar la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. No podemos,sin comprometer nuestra verdadera naturaleza, ser indiferentes. Indiferencia es amoralidad, amoralidad es deshumanización.

No se puede callar la voz que nos dice que algo está mal, aunque finjamos indiferencia. La falla moral que se expresa diciendo “no quiero meterme en problemas” en cierto modo anuncia un debilitamiento de la fuerza moral nuestra humanidad. Lo que está mal, está mal; y está mal no advertirlo clara y prontamente, para repudiarlo en la medida de lo posible. La no indiferencia permite advertir los actos morales e inmorales. El darse cuenta de lo que está mal es, a la vez, conciencia de lo que está bien. La educación moral nos enseña que hay cosas que no se hacen, y por tanto, que no deben hacerse; nos da razones del mal y del bien: está mal porque daña, está bien porque hace bien. Nos enseña así a valorar y a distinguir claramente lo que está bien y lo que está mal, lo que vale y lo que no vale. Puede aconsejar, prevenir, alertar, pero no ordena lo que uno debe hacer o no hacer. Nunca puede sustituir la decisión libre y consciente. Sin conciencia y libertad el acto moral no vale. Sobre la base del principio de no indiferencia y las razones de la educación moral el sujeto se la juega: elige, y al hacerlo, gana o pierde. Ganar y perder, actuar bien o mal, son actos humanos, plenamente humanos, que son posibles porque notamos las diferencias. La indiferencia es deshumanización.

Si por alguna razón, sea cual fuere, empieza a disminuir en nosotros esta capacidad humana de no ser indiferente, si comienza a hacernos menos, menguando nuestra libertad moral, simple y sencillamente, trágicamente, nos estamos deshumanizando. El humanismo es el cuidado de mí propio ser para que yo no me haga menos, para que pueda crecer. Para que no me haga menos ser humano, menos hombre. Para que no me eche a perder como ser humano, independientemente de que pueda o no gozar de una buena salud, fama, poder o riqueza. Es cuestión de salud espiritual. Mi naturaleza se puede echar a perder, de modo parecido al proceso de descomposición o corrupción de las materias vivas.

¿Cómo es posible que se eche a perder lo que soy? Si no lo entendemos y lo aceptamos, tampoco entendemos que la comunidad a la que perenezco se puede podrir, que puede echarse a perder, dejar de ser lo que es, y convertirse en una mera colectividad. Una comunidad no es una especie animal, está formada por seres humanos individuales, ligados comunitariamente de modo inexorable mediante vínculos morales. El poder de los individuos consiste en pertenecer y constituir una comunidad; el de la comunidad consiste en los individuos que la forman. Una colectividad, en cambio, nada más agrupa artificialmente a individuos gracias a un fin común temporal o pasajero. La comunidad, en cambio, está estructurada por personas que a través de diversos  compromisos en torno al bien común viven su existencia individual. El bien común no es el conjunto de bienes que pertenece a todos los ciudadanos. El bien común es el bien moral que como fundamento constituye lo esencial de la comunidad. Lo esencial de la comunidad es la dignidad humana de todos y cada uno de los miembros.

Hemos pensado, correctamente, que nuestra esencia es la de ser hombres; pero incorrectamente creemos que si no cambia no puede perderse. Efectivamente: nuestra esencia es tan fija como la del gato; él tiene la suya y nosotros la nuestra. Pero en su caso, el no tiene nada que hacer para ser gato, nosotros sí tenemos la tarea de hacernos hombres. La de él no se echa a perder, porque su comportamiento no es acción decidida. Yo, como el gato, tengo una esencia que siempre es la misma; él siempre es gato, yo siempre soy el que realiza su humanidad actuando. Pero la de él, por estar completa, no puede disminuir o aumentar.  Mi naturaleza, en cambio,desde  el  principio  está incompleta, y siempre la tengo que completar con mis acciones. Pero mis acciones no está programadas como las del animal, cuyo instinto no varía o varía poco; las mías me hacen mal o bien, me hacen menos o me hacen más. Aquí está el asunto en su punto fundamental. El gato, haga lo que haga, no compromete su esencia. Nosotros sí, en función de nuestros actos. Por eso no podemos descuidar la idea correcta de lo que somos. Es evidente que cuando nos sentimos seguros de nuestro ser sale sobrando el humanismo. Con el ser pretendidamente asegurado o completo (suponiendo erróneamente que  siempre seremos lo que somos), sólo importa el tener, el cual nos atrapa la atención enteramente, al verlo tan expuesto a tanto acontecer azaroso.

Pero como tenemos asegurado el ser común (lo que todos somos como seres humanos): seres cuya forma de ser personal es tarea completamente  suya, no podemos tener asegurado nuestro modo particularde existencia. Entonces resulta que lo que soy es lo que yo he hecho de mí mismo, que no tengo otra entidad más que esta. Por esta razón el peligro es el de tener mucho y ser muy poco. Si como hombre he hecho muy poco por mí mismo,  pues soy poco hombre, o incluso nada, un don nadie sea muy rico o pobre.

Radicalmente hablando no se trata de ser o no ser, sino de ser hombre o no serlo. Ya somos. Pero somos alguien o un don nadie. Un don nadie no es el que no tiene fortuna y educación, sino el que vive, come, duerme y se reproduce y al mismo tiempo es poca cosa, o muy poca cosa como ser humano. Ser hombre es una tarea que dura mientras dura la vida; y se cumple actuando, principalmente trabajando, moralmente  haciendo lo que se puede y haciendo bien lo que se hace. Las acciones de la tarea, pues, nos van dando ser o nos lo van restando, en otras palabras, nos vando dando forma, la forma de alguien.

Nuestro ser, en un balance existencial, en una contabilidad espiritual, presenta pérdidas y ganancias. Y hay momentos para la auditoria correspondiente. Hacemos esto en momentos de crisis, en momentos de reflexión como los de nuestros cumpleaños, cuando estamos de vacaciones, cuando acaba el año, o cuando entramos en alguna crisis de la edad. Pero no es suficiente con todo esto. Fíjense por qué razón: somos seres humanos, y por eso nos pasan cosas (esas que contamos en cuanto tenemos al prójimo adecuado enfrente, y a veces aunque no lo sea). A otras formas de ser no les afectan las cosas de este modo. Ni al perro, ni al gato, ni al león. A ninguna cosa. Estamos dotados de una naturaleza muy sensible. Y no ganamos mucho preguntando por el diseñador de nuestro ser, queriendo averiguar las razones para haberlo hecho así, tan delicado, frágil y maleable, que se quiebra o se echa a perder tan fácilmente, y encimade todo esto, nos pasan cosas. Pero nos pasan cosas, por lo que hacemos y por lo que hacen los demás, y hasta por lo que sucede naturalmente; la paz interior no consiste en evitar que nos pasen cosas como lo haría alguien que se escondiera en algún lugar para que no le pase nada, sino en hacer algo frente a lo que nos pasa. Lo que hacemos frente a lo que nos pasa es algo innecesario, y por eso vale, poco, mucho o nada.

Lo que es decisivo es advertir que la forma de vida nuestra depende de que estamos estructurados como un ser libre, con la necesidad de producirnos a nosotros mismos, y con el extraordinario don de poder construir nuestra propia forma de ser individual, persona y única. Entonces la debilidad se vuelve grandeza. Podemos ser el hombre o la mujer que decidamos ser y podemos construir nuestra vida de un modo que valga la pena vivirla. Esto es una maravilla, un verdadero privilegio: podemos crear libremente nuestra manera de vivir, como modo de ser. El gato no. Tampoco la piedra, ni las plantas. El gato tiene que vivir siempre, de principio a fin, como todos los gatos. No decimos que hasta su muerte porque no queremos decir cosas raras. Él no sabe que va a morir, nosotros sí. Su gatuna vida es como la de cualquier gato. Y funciona mediante un mecanismo de “acción” que no tiene nada de atractivo ni merece ninguna consideración porque no es responsable de nada de lo que le sucede. El mecanismo del estímulo y la respuesta es uniforme. No tiene memoria. No puede recordar un enamoramiento enloquecedor o un amorío, una aventura, una época que le procoque melancolía o tristeza, un proyecto; tampoco puede hacer planes para salir a buscar a alguien que necesita apasionadamente. No sabe que es mortal, y por eso no advierte que está vivo.

Ningún animal tiene conciencia de la muerte. No se acuerda sino de las cosas que lo dañan y las que no lo dañan. Huye de lo que le hizo mal, repite lo que le ha resultado bien. Ningún gato va a lamentar que se le ha ido la vida en cosas sin importancia verdadera. Un gato no ha hecho nada en su vida, porque no tenía que hacer nada. Sólo vivir. El que siempre tiene que hacer algo, porque lo dejaron libre para que modelara su vida y cuidara su propio ser, es el hombre. El hombre, mientra vive,  tiene la tarea de hacerse a sí mismo. Esta tarea, por supuesto, es necesaria, pero puede hacerse bien o puede hacerse mal, y por tanto, tiene mérito o no lo tiene. Y como el hombre es un ser libre, es responsable de lo que hace; y porque es responsable, es un ser moral. Si es moral, no puede ser indiferente; si lo es, ya no es un ser humano, aunque su  configuración biológica sea la de un hombre.

El modelado del hombre, primero de la mano de quien lo guía, de quien le enseña —en representación y nombre de su comunidad—, y luego por sus propias manos, que quiere decir por sus propias acciones, es acción educadora, es paideia. La educación al mismo tiempo tiene un sentido personal y comunitario, porque somos lo que somos en función de nosotros mismos y de nuestra comunidad. Para bien y para mal la permanente actualización de nuestra educación sufre el ejemplo bueno y malo de los medios masivos de comunicación. Ahora cada vez más somos individuos egoístas, individualistas, solitarios, que presumimos de no pertenecer a nada, a nadie, y todo nos parece relativo, menos el dinero, que simboliza el éxito social. Creemos que somos autosuficientes. Creemos que nuestra vida individual es todo. Sólo queremos encargarnos de ella, y de lo que le produce bienestar y satisfacción. Con una convicción sacada quién sabe de dónde, decimos “mi vida es mi vida, y a nadie importa como yo viva”, descuidando el imperativo categórico que exige actuar de tal modo que la norma de nuestra acción pueda elevarse en cualquier momento a ley universal, o sea que tengo que hacer lo que cualquiera, si estuviera en mi lugar, juzgaría como lo más correcto, y por tanto como una conducta digna.

Mi existencia es co-existencia. Mi vida es con los demás, mi educación es comunitaria, aunque mi instrucción sea individual. Lo que hago necesariamente tiene sentido para los demás, y me juzgan: lo que hago va bien o va mal con el bien común. La educación es común, tiene una finalidad común, y se orienta al bien común y al ideal de hombre que la inspira. El trabajo también es algo común, por eso es sólo es una chamba con beneficios individuales si no tiene la mira puesta en el bien común. El trabajo que yo realizo está en función de los demás, de la comunidad. Y por esta razón los otros tienen derecho a exigirme que lo haga bien. Por eso yo puedo exigir que hagan bien lo que hacen y adquiero comprándolo, por el compromiso moral que también mantienen con la comunidad y le da sentido a su quehacer, y no por lo que pago. Por eso es grave que una comunidad no tenga empleo, que no haya trabajo para algunos. No es sólo un problema personal. Es algo malo que afecta al afecta a todos,  al bien común, no sólo porque alguien no tiene dinero para satisfacer sus necesidades y nos provoca un deseo de ayuda.  Toda la comunidad se trastorna cuando funciona mal el trabajo. No nada más un bolsillo. El humanismo es un cuidado comunitario, no una tarea  exclusivamente personal. El humanismo es cuestión de todos, porque implica el bien común, que en definitiva poco o nada tiene que ver con la acumulación del dinero.

En mi comunidad encuentro las posibilidades de ser. Me afecta si es rica en caminos de vida, me afecta si es pobre en modos de vir.  Ahí tengo elegir mi modo de vivir, de ser, de pensar. Pero antes de considerar un quehacer para mi ser  aparece una vocación más fundamental que la profesional. Estamos llamados por la vida. Somos un ser llamado a existir. Sean cual sean las razones por las que estamos aquí en el mundo, tenemos un llamado a vivir, como hombres, una vida humana. Esto es lo primero. Y este llamado no se extingue sino hasta el final, cuando morimos. Pero morir es algo natural, no es mala suerte, o una desgracia, una situación que no deberíamos sufrir.

Los griegos se dieron cuenta de eso. Y Sócrates dijo a toda la humanidad: no hay que huir de la muerte, porque de ella no podemos escapar. Lo que sí podemos evitar es vivir mal. La lección socrática es esta: el peligro no es el de morirse pronto, sino el de vivir mal. Y vivimos mal cuando actuamos mal. Cuando actuamos mal se echa a perder nuestra naturaleza. Entonces, vivir como hoy, dedicados exclusivamente a la consecución de bienes materiales, impide el despliegue de nuestra propia naturaleza, porque mutila las posibilidades humanas, y fácilmente va a propiciar una conducta moralmente mala, haciendo algún daño a alguien y a nosotros mismos. Y para vivir de esta manera, consiguiendo ganancias sin límite, obraremos mal, porque es necesario engañar, mentir, robar, saca provecho de alguien. Y esto disminuye lo que yo soy, me hace menos.

Hoy en día hay que trabajar mucho, porque no nos alcanzan nuestros ingresos, y no nos alcanzan porque hay que comprar muchas cosas para vivir, y es preciso comprarlas muchas veces, porque las cosas están mal hechas, y duran poco. ¿Y por qué están mal hechas? Porque cuesta más barato hacerlas mal. Y si las hicieran bien, no podrían esperar que el comprador vuelva a comprar nuevamente. Piensan algunos que si los productos duraran como antes, ahora  no sería negocio fabricarlos. Sin límites morales y jurídicos, algunos empresarios y comerciantes aspiran sólo al megocio redondo, a la ganancia sin límite. Es preciso advertir que el gran problema de nuestros días no es económico, sino ético. En una comunidad mundial poco ética, el humanismo está en peligro,los seres humanos la pasa mal.

Cuando hay un problema ético grave, hay un problema de humanismo: la descomposición, disolución de lo que somos. Hay que insistir: el hombre es un ser que tiene que hacer su ser, y esta tarea es permanente. Nacer, venir al mundo, equivale a iniciar la tarea de hacerse. ¿Cómo? Primero, hacer lo que necesito para estar vivo, y a veces para que lo estén quienes dependen de mí. Me construyo tomando decisiones, haciendo cosas, comportándome. Estar vivo, insistimos, es tener tarea. ¿Y en qué consite propiamente este quehacer existencial? El que está vivo tiene la tarea de vivir. La de mantenerse vivo, la de luchar por la vida. Levantarse por las mañanas, asearse, ir a trabajar, comer, etcétera. Pero eso no es todo, pues hay una tarea más difícil y complicada, que consiste en luchar por nuestro ser,  en tomar buenas decisiones y, por tanto, me pone en la expectativa de las ganancias o las pérdidas espirituales. Por decirlo así: si todo el tiempo y toda nuestra energía se nos va en la primera, cuidamos poco lo que somos. Lo desatendemos mucho, y perdemos la capacidad para advertir las diferencias.

Yo tengo que hacer mi ser. No solamente tengo que comer, dormir, conseguir techo y abrigo. Tengo que tener todo eso, pero además tengo el encargo esencial de ser hombre. La necesidad de decidir. Este quehacer implica decidir y cuidar mis decisiones, para cuidar mi ser. Tengo, pues, necesidades materiales y espirituales. Y no puedo escoger, pues tengo que atender a ambas. Pero si nos falla la comprensión, creyendo que nuestro ser está asegurado y que basta con satisfacer las necesidades naturales, sin darnos cuenta o apenas notándolo, mimándonos un poco, satisfacemos también necesidades artificiales, de lujo  (que aquellos que tienen algo que vender al respecto nos las acreditan obviamente como como necesarias.) Nuestro ser se conquista, se defiende y se cuida porque es lo menos seguro que tenemos. Es más fácil conseguir el pan que el ser.

Para satisfacer las necesidades naturales el hombre inventó la técnica. La técnica es una respuesta del hombre a las necesidades naturales de su ser. Pero la respuesta de un ser libre es una respuesta libre. Por tanto, la técnica es una respuesta libre ante las necesidades. Cuando todo es necesario, nos deshumanizamos por completo. El hombre necesita opciones. Para el ser humano es preciso vivir en un equilibrio entre lo que es necesario y lo que presenta alternativas, entre la necesidad y la libertad. Tenemos, pues, la técnica como instrumento para atender lo necesario, pero como respuesta libre. Cuando la respuesta, como técnica o como tecnología, es necesaria, deja de ser una respuesta humana. Cuando algo nos impone una acción única, ya no podemos hablar propiamente de una acción sino de un procedimiento tan impersonal y mecánico como cualquier máquina. Pero el hombre no es una máquina, ni puede serlo sin dejar de ser lo que es. No hay término medio. Es válido el entusiasmo por hacer máquinas semejantes al ser humano, pero no es bienvenida la idea de mecanizar la vida humana. La necesidad de comer, por ejemplo, no puede ser desatendida. Pero inventamos técnicas para conseguir y preparar, conservar y cocinar alimentos. Por eso podemos comer lo que queremos comer, cuando lo deseamos, de modo que nos parece bien. El arte de la creación culinaria, de la gastronomía, agrega libertad al acto necesario de nutrirse. Comer no es sólo nutrirse. Necesitamos techo y casa, pero la técnica me permite utilizar el saber de la ingeniería y el arte arquitectónico de la construcción para vivir como deseamos vivir, para vivir humanamente. Toda necesidad nos deja margen para la humanidad, por eso estamos en la Tierra desde hace muchos siglos en calidad de seres humanos, no sólo de seres vivos.  

No hay duda de lo que la técnica nos ha dado, nos da y nos puede seguir dando. No se puede vivir sin la técnica, y nadie quiere vivir sin ella, pero a condición de que siga siendo lo que siempre fue: nuestra mejor respuesta, libre, ante las necesidad.  La tecnología es peligrosa si no nos deja escoger, si decide por nosotros. No puede ser una alternativa legítima la que se formula de este modo excluyente: ¿humanismo o técnica? La técnica es una respuesta humana a la necesidad, y por tanto, no puede ser algo ajeno al humanismo. Lo que nos demuestra el examen de la naturaleza humana es que el ser del hombre, el que tenemos que cuidar humanamente en cada caso, es libertad (empezando por la libertad de ser, que no queda contemplada por ninguno de los llamados derechos humanos, porque es algo más fundamental que cualquiera de ellos, y  precisamente permite establecer esos derechos y otros, como otras formas morales, jurídicas y políticas de la libertad).

Hablando con rigor: el hombre comienza ahí donde puede ser un ente libre, y se acaba ahí donde ya no encuentra condiciones para serlo. Su esencia es la libertad, porque su forma de ser consiste en vivir tomando decisiones, empezando por la elección  fundamental de ser de un modo y no de otro. Por tanto, si algo le priva de la libertad radical de ser, por las razones que sean, se acaba el ser humano. Pierde su vida al perder su libertad, como cuando al pez lo sacamos de la pecera. El humanismo es el cuidado de la libertad. Nada más; nada menos.

Entonces: ¿la técnica y la tecnología tienen que ser algo relacionado, sostenido y limitado por la naturaleza humana? Necesariamente. Cualquier forma de técnica la que generosamente otorga el maestro al aprendiz, o la que como tecnología se cuida celosamente y se vende como cara mercancía que obstruya o impida el despliegue de la libertad humana, es anti-humana y promueve o provoca la deshumanización. No podemos vivir sin la técnica y la tecnología, pero moralmente las aprobamos sólo cuando funcionan en armonía con la naturaleza libre del ser humano. No importa qué tan eficiente pueda ser la máquina o el dispositivo tecnológico; si angosta o empobrece la vida humana, mecanizándola o restringiendo sus posibilidades esenciales, la echa a perder.

En un sentido humanístico debemos cuidar lo que somos mediante la calidad ética de nuestras acciones, al mismo tiempo que debemos cuidar la calidad humana de los medios técnicos y tecnológicos a través de los cuales satisfacemos las necesidades de nuestra existencia. La técnica tradicional y la técnica moderna parecen ser esencialmente una y la misma cosa: un medio para alcanzar un fin. Pero lo que la técnica ha venido obteniendo de la materia respetuosamente y con gratitud, la tecnología actual lo consigue mediante una dosis de violencia,  irrumpiendo en sus entrañas. Esta agresión al ser de las cosas puede estar ocutando una tragedia cuya posibilidad no debemos perder de vista. La democracia es el arte de vivir políticamente de acuerdo al bien común, y frente a ella se alza ahora como un peligro permanente cualquier tipo de tecnocracia que imponga soluciones eficientes para resolver los problemas de la existencia humana, la cuales ya no parecen respuestas libres frente a la necesidad, pues se aplican por encima de cualquier consideración humanista.

Pero el cuidado de nuestra vida biológica y el cuidado de la vida humana van juntos. Jamás podrán colocarse legítimamente como los términos de una alternativa válida: comer o vivir como seres humanos, que en verdad estaría ocultando una realidad paradójica y trágica: que para mantenernos vivos tuviéramos que dejar de ser lo que somos. Nuestra vida biológica y nuestra vida espiritual van juntas, en ningún caso puede privilegiarse una en detrimento de la otra. El lugar académico donde se forman hombres para el humanismo y para la técnica  —universidades, escuelas, tecnológicos— constituye el espacio ideal para unir con naturalidad el cuidado conjunto de nuestra vida biológica y nuestra vida humana, como dos caras inseparables de la misma totalidad que llamamos ser humano.

La dignidad humana acompaña a cualquier ser humano, hombre o mujer, simplemente por el hecho de serlo. La dignidad humana de la persona se funda en el hecho de que ella es un fin en sí mismo que bajo ninguna circunstancia puede ser convertida, por otra persona o grupo de personas, en un medio para la satisfacción de sus intereses, sean éstos los que fueren. Por tanto, el humanismo exige poner la eficiencia en su lugar. No la acepta la eficiencia cuando va en contra de la dignidad humana sino cuando la fortalece. La eficiencia que vale para una conciencia humanista es la que se funda en la convicción ética de hacer bien las cosas, no la que se impone o se aplica bajo la intención, oculta o manifiesta, de producir más para ganar más. El único enemigo de la dignidad humana es, muy paradójicamente, el hombre mismo. El ser humano, sólo o en grupo, que libremente decide acabar con la libertad de otros para poder usarlos como se utilizan los recursos materiales. Por esta razón la mera expresión de “capital humano” lastima la dignidad humana aún cuando sale de la boca y el ensamiento de personas de buena voluntad. Aunque el hombre pueda recurrir a todo, él mismo no puede ser un mero recurso.

En cualquier lugar del mundo en el que hay hombres, éstos trabajan para subsistir y para existir; y donde hay trabajo se requiere de los conocimientos, las habilidades y las técnicas de la administración y la contaduría. Ahora bien: éstas formas de la praxis humana no utilizan técnicas para enfrentarse a la naturaleza natural sino técnicas ad hoc para convocar, organizar y provocar determinadas acciones humanas en distintas comunidades artificiales del Estado y de la iniciativa privada (oficinas, empresas, hospitales, escuelas, seminarios, milicias, etcétera). El peligro de estas profesiones consiste en perder de vista la dignidad humana al considerar a las personas, advirtiéndolo o no,únicamente como los ejecutantes anónimos de una determinada función, siempre sustituible por otro semejante. Personas que son fines en sí mismos, que pueden dignamente desarrollar cualquier trabajo honesto, quedan convertidos entonces en meros medios  —burocráticos y bélicos— de los gobiernos, o meros recursos, como cosas útiles, para la industria, la empresa y el capital. En estas circunstancias los administradores y los contadores se tornan en cómplices de situaciones deshumanizadas y deshumanizantes.

Desde el frente humano formado por la administración y la contaduría es posible, sin embargo, ofrecer una resistencia contra las situaciones que en nuestro tiempo transforman fácilmente al hombre en un medio en lugar de reconocerlo y respetarlo como un fin en sí mismo. A través de una conciencia robustamente humanista se puede ver con claridad que al ser humano le sirven las cosas de la naturaleza y de la sociedad, pero él mismo no puede quedar al servicio de sus propias ambiciones ni menos aún al de los intereses de quienes a toda costa lo quieren utilizar indignamente. La formación ética del administrador y el contador, que no consiste en vagas exhortaciones al bien ni se agota en la formulación de buenos “códigos de ética”, implica un fortalecimiento de la conciencia moral que rápidamente identifica lo que está mal y lo que está bien.

Si nos imaginamos separadamente a los profesionistas, a los empresarios y a los ejecutivos del gobierno, y a los demás miembros de la comunidad, todos desvinculados entre sí, sólo parecen piezas sueltas de un rompecabezas que jamás podrá ser armado correctamente.  Pero esta situación es artificial, y la conseguimos únicamente por gracia del poder de abstracción de nuestra razón, que cuando nos lo proponemos es capaz de separar todo de todo. Sin embargo, en la realidad social de nuestros días el individualismo exagerado de los hombres ha creado un rompecabezas semejante, en la cada quien tira por su propia conveniencia.

Pero la responsabilidad ética de estos profesionistas y tampoco la de los otros profesionistasno puede quedar atrapada en los límites de su conciencia moral personal, individual.  La ética profesional que funda su responsabilidad moral frente a  la comunidad humana en la que se insertan sus labores, no puede ser violada inpunemente.   Defraudando la confianza de miembros de la comunidad, la degradación es inmediata (mediante representación oficial o sin ella). Los profesionistas de la administración y la contaduría, como los demás profesionistas, no están al servicio de sus propios intereses, sino al servicio de la comunidad. De manera doble, representan a la comunidad, y sirven a ella, por esta razón su contratación no es sólo un contrato laboral entre un patrón y un trabajador sin mayores consecuencias. 

Aunque el individualismo actual ha hecho creer lo contrario, el sentido comunitario del trabajo es un hecho, sobre todo en la dimensión moral. De otro modo serían inútiles las leyes de profesiones y las éticas profesionales. Dentro del seno de la comunidad hay quienes necesitan los servicios profesionales de administradores y contadores;  pero ellos, bajo protestas o juramento del fundamento ético de su profesión (ethos) en los exámenes profesionales correspondientes,  quedan al servicio del bien común, no al servicio de intereses particulares de las empresas, los gobiernos en turno y los llamados poderes fácticos. Estos profesionistas cumplen con su deber moral haciendo bien lo que hacen, y observando escrupulosamente el fundamento ético de su profesión, y de este modo sirven bien a la comunidad y a las organizaciones en las que desempeñan su profesión, cargo u oficio.

Consideramos que no cuesta trabajo entender el funcionamiento de nuestra propia existencia cuando nos ponemos a hablar de ella; que tampoco es imposible darse cuenta de que la técnica es el importantísimo medio a través del cual respondemos a las necesidades naturales y sociales; que no es cosa de otro mundo la comprensión de la ética humanista que cualquier comunidad de hombres y mujeres requiere para vivir dignamente.

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