¿Humanismo o técnica?

Juan manuel silva camarena
2011

Conferencia dictada el 9 de noviembre de 2011 en el Auditorio “Victor Bravo Ahuja” de la Unidad Profesional Interdisciplinaria de Ingeniería y Ciencias Sociales y Administrativas del IPN, durante la XXVIII Semana Interdisciplinaria, y publicada en la revista de filosofía La lámpara de Diógenes, de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla: año 12, números 22 y 23, vol. XII, enero/junio (2011), julio/diciembre (2012), 237-248.

En primer lugar quiero agradecer la invitación para estar aquí en esta importante institución de nuestro  país, el Instituto Politécnico Nacional,  en el momento de su Septuagésimo aniversario.  Mi agradecimiento al doctor Fernando Vázquez, director de esta Unidad Profesional Interdisciplinaria de Ingeniería y Ciencias Sociales y Administrativas, y con especial afecto,  al profesor Francisco Suárez.

Voy a hablar durante el tiempo que me han asignado para esta plática de un tema que debería interesarnos a todos: humanismo y técnica. Se trata nada más y nada menos del asunto de nuestra propia naturaleza,  en relación con algo que también nos pertenece: la técnica, la que desde tiempos remotos se alimenta del ingenio humano, y la nueva, la tecnología, que vive de cálculos muy precisos, cuyos productos nos impresionan cada vez más.


Como cuento con poco tiempo voy a tratar de sintetizar, de plantear las cosas de la manera más concreta  que me sea posible. Es llamativo el hecho de que la palabra humanismo, a pesar de que significa cosas tan importantes para los seres humanos esté ahora tan desgastada o mal usada que ya no expresa nada o casi nada. Por otro lado, la técnica, que es la mejor respuesta que el hombre ha inventado frente a las exigencias de las necesidades humanas, parece, sin embargo que ya no le pertenece enteramente. Ambas cosas son trágicas, y espero que puedan advertirlo así en lo que quiero comunicarles. 


Para entrar directamente en el asunto, tal vez sea mejor decir primero lo que no es el humanismo. El humanismo no consiste nada más en el deseo de ser bueno con los demás.  No es únicamente un auténtico sentimiento de solidaridad. Y no se reduce a un mero humanitarismo, pues no es sólo la capacidad de conmoverse  o sufrir por las desgracias ajenas. Desde luego, cualquier ser humano auténtico, tiene que ser humano en este sentido. El humanismo no es tampoco una doctrina política. Ahora he escuchado en los medios masivos de comunicación que  los políticos de derechas o de la izquierda hablan de humanismo, y lo hacen seguramente para adornar sus proyectos y sus acciones políticas con un adjetivo que a la gente suele producir una buena impresión.  El humanismo no es un rasgo de la política, sino un compromiso consigo mismo que todo ser humano tiene que cumplir. No se es humanista automáticamente por ser de izquierda o de derecha. Es cierto que se puede ser socialista y humanista, o ser católico y humanista. Pero no son ni una ni otra condiciones necesarias y menos suficientes  para  serlo. El humanismo tampoco es una doctrina religiosa. No se identifica con ningún  conjunto de creencias religiosas. En el siglo XX, y en lo que va del XXI algunos han sostenido que sólo se puede ser humanista si se es creyente o si se es existencialista.  Pero el humanismo tampoco es una doctrina filosófica. Menos una doctrina filosófica de moda, pues no es algo pasajero sino algo fundamental para el hombre. Tampoco es una doctrina moral que convenga adoptar, como el estoicismo, para poder vivir mejor como seres humanos. El humanismo es algo más que un conjunto de ideas o principios que se puedan aprender para ponerlos en práctica y mejorar las relaciones humanas ahora tan frecuentemente  en conflicto.  


El humanismo es algo muchísimo más importante en la vida del ser humano porque mediante él se juega su propio ser.  El humanismo implica ideas, principios, costumbres y convicciones, pero representa sobre todo eso una forma de ser.   Una forma de ser que comenzó en la Grecia antigua, de por lo menos diez siglos antes de nuestra era. Una forma de ser que se completa, se comprende y se promueve con la creación de la filosofía griega, particularmente a partir del siglo IV antes de Cristo. Como sabemos, esta forma de ser es la que resultó muy atractiva para la humanidad del Renacimiento.  ¿Recuerdan ustedes sus clases de historia? ¿La asociación de la palabra humanismo con el término renacimiento, en los siglos XIV, XV y XVI? Si en la Edad Media se exalta la figura del hombre por estar éste configurado a imagen y semejanza de Dios, los hombres del Renacimiento se inclinaron por magnificar la figura del hombre por su propia naturaleza. Así nació la necesidad de volver a ser humanistas, de que renaciera eso que en la antigüedad hubo en Grecia como paideia y en Roma como humanitas. Pensaron que era necesario vivir de otro modo para exaltar y cuidar la dignidad del ser humano. Con esta intención, dirigieron su mirada hacia el pasado greco-latino,  cuando notaron que sólo en ese pasado se había comprendido el verdadero significado de que el hombre fuera humanista;  por eso se identifica el humanismo con el conocimiento del griego y el latín, pero conocer esas lenguas llamadas muertas sirve sólo para aspirar al humanismo, pues no garantiza su adquisición automática.  Cuando hablamos del Renacimiento, hablamos de unos seres humanos que hombres que decidieron ser, en la medida de lo posible, como aquellos hombres que inventaron la educación, la tragedia, la filosofía, la ética, la democracia, el estado de derecho, etcétera, etcétera, y los identificaron como ingredientes necesarios de una vida que vale la pena vivir.


Ahora bien: ¿qué es lo que tenía esa forma de vida?,  ¿por qué era y es digna de imitación? ¿Por qué conviene ser humanista? Simple y sencillamente porque el humanismo es la razón de ser de nuestra naturaleza. Ser humanista es ser capaz de defender la naturaleza humana bajo cualesquiera circunstancias, en cualquier situación humana política, histórica, económica, religiosa,  etcétera.


¿Pero en qué consiste eso de salvar, defender  o cuidar la naturaleza humana? Es natural que estas cosas nos parezcan un tanto extrañas,  porque no estamos acostumbrados a pensar lo que somos. Nosotros pensamos en todo, pero poco en nosotros mismos. Ellos sí pensaron mucho en sí mismos, como individuos y como miembros de una comunidad. Por eso para los griegos de la antigüedad,  era una divisa de oro el mandato del Templo de Delfos: “conócete a ti mismo”. Sólo cuando descubre uno la esencia del propio ser empieza a cobrar sentido el hecho de que nuestra naturaleza no es tan  natural como parece.  Este hecho fue meditado, muy pensado, por los hombres de esa Grecia de la antigüedad.


Ahora bien: si sabemos esto desde tiempos remotos, ¿por qué prestamos tan poca atención  a nuestra peculiar forma de ser lo que somos? Porque no cultivamos el saber del hombre; por razones prácticas y por ambición personal conocemos muchas cosas del mundo, del cielo, el mar y la tierra, pero ignoramos cosas fundamentales  de nuestra propia naturaleza.


El humanismo es necesario para cuidar nuestra propia naturaleza, y hay que cuidarla porque se puede echar a perder, como se echan a perder las cosas que se descuidan. Aquí está el punto clave.  ¿Cómo es posible que nuestra naturaleza se pueda echar a perder? ¿cómo es posible que disminuya? ¿cómo puede el hombre hacerse menos hombre? ¿Cómo puede ser que se convierta en un don nadie?  Conocen la expresión, ¿no es cierto? ¿Cómo se convierte casi en nada, aunque sigue siendo un ser biológicamente vivo, que come y duerme, ronca y se reproduce, etcétera,  y escasamente es un ser humano? Pues resulta que los pensadores griegos descubrieron que nuestra naturaleza nunca está completa, que no es fija o estable, y que se puede hacer más y se puede hacer menos, aumentar o disminuir. Humanamente podemos ser más, pero también podemos ser menos. En el ser del hombre hay incremento (como en el acto moral bueno, el trabajo bien hecho, la creación artística, y en cualquier acto desinteresado), y hay mengua (en lo mal hecho, en cualquier inmoralidad, en la ilegalidad, en la incapacidad de hacer algo desinteresadamente). 


¿Cómo es posible que  en mi propio ser pueda escasear lo humano? Pensemos en un animal. Por ejemplo, un gato. Es gato desde que nace y hasta que se muere. Nace y no le falta nada: es ya un gato, aunque pequeño, pues. No le falta nada, sólo tiene que desarrollar mecánicamente su naturaleza natural, biológica, y llegar al final de sus siete vidas, como gato. Nunca va a ser más gato o menos gato. Nace siendo gato, y se muere siéndolo. Esto mismo le pasa a los demás entes: a los minerales, a las plantas, a los demás animales. El oro es oro, y lo será siempre, toda su existencia exclusivamente material, si no lo altera un factor químico externo. El clavel no tiene medios de auto creación propia para mejorar su ser: el clavel no podrá nunca ser más clavel, mejor clavel. Cuando debido al paso del tiempo se marchita, no se hace menos; digamos que dignamente pierde su fuerza  biológica sin dejar de ser lo que es: un clavel marchito.    


El hombre tiene la posibilidad de ser hombre. El clavel brota como clavel. El hombre no nace como hombre, sino como un ser vivo cuya potencia de ser hombre puede ser desarrollada.   ¿De acuerdo? Claro, viene al mundo como un bebé, con la posibilidad de humanización, la cual emprende en la comunicación que mantiene con el otro ser humano que naturalmente  está junto a él y le habla. Todos nacimos así. Fuimos una posibilidad que nosotros, con los demás, pudimos desarrollar, realizar. No nacemos como hombres, nos hacemos hombres. Métanse esto en la cabeza. Uno se hace hombre por medio de sus actos, y éstos dependen de una cosa extraordinaria, maravillosa, descubierta por los griegos, desde Homero, cuando se dieron cuenta de que el hombre es una naturaleza susceptible de transformación: se puede cambiar su naturaleza natural, en una segunda naturaleza que se monta sobre la primera,sin entrar nunca en conflicto con ella ―y mejorándola―, que llamamos naturaleza humana.  Y esto es posible por medio de una acción humana por excelencia, que los griegos denominaron paideia, y en castellano se traduce como educación.


Desde luego, la palabra educación, tal como la hemos descrito, como la modelación del ser natural que es el hombre primariamente, no se refiere a una mera instrucción, y tampoco se refiere a un proceso a través del cual se llena la cabeza con ideas, y nunca a un mero entrenamiento o adiestramiento, a una simple adquisición de nociones y habilidades. Educar es transformar lo que naturalmente somos, para convertirnos en seres humanos. Un verdadero desenvolvimiento de lo dado física, química  y biológicamente,  y al mismo tiempo, una  creación espiritual de ese ser que podemos ser y nunca acabamos de conseguir completamente, pues no es como una casa cuya construcción puede terminarse completamente y entonces ya sólo resta  habitarla.   


¿Y en qué consiste la transformación? En un cambio: de un ser natural, a un ser humano, sobre-natural. No vayan a pensar erróneamente en fantasmas o seres del más allá. La esencia  fundamental de esa nueva naturaleza es de carácter ético. Cuando la educación ontológicamente transformadora, toma cuerpo la esencia ética que hace al hombre ser hombre. El ser humano existe como tal a partir del momento en que ya no puede ser indiferente frente a lo que hacen los demás y lo que hace él mismo, y entonces su conciencia moral personal  le indica, sin falta, lo que en el comportamiento ajeno y el propio está mal, lo que no debe hacerse porque está mal hacerlo.


Dicho sea de paso, por esta razón la moral es más poderosa que la ley. Ésta es un instrumento maravilloso para la convivencia humana inventado por el ser humano, pues ataja la arbitrariedad individual o colectiva del poder de los demás, haciendo posible el ejercicio de  mi libertad. Pero es un trato, un contrato, un convenio que hay que cumplir y asumir el castigo correspondiente. Pero el hombre puede hallar el medio de darle la vuelta, y sólo la conciencia moral podrá advertirlo e evitarlo. La norma moral, la que todos encontramos en nuestra propia conciencia moral, la cual impone el respeto a la ley, no depende de una convención,  fue funciona autárquicamente, y siempre habla, aunque su voz pueda ser escasamente audible, para que podamos tomar nuestras decisiones libremente, o sea, a favor o en contra de lo que nos dice.  


Como el humanismo pone en acto la imposibilidad de la indiferencia a que nos estamos refiriendo, no podemos hacernos los locos, los tontos, los desentendidos. Escasamente podemos decir que no nos dimos cuenta, que nadie nos lo advirtió. En estas condiciones de humanidad sabemos siempre lo que está bien y lo que está mal, por más que varíen las normas y principios de la educación moral. Esta imposibilidad de ser indiferentes es el principio de la ética, y por lo mismo algo esencial para el humanismo, que nos permite tanto cuidar nuestro ser y como el de la comunidad a la que pertenecemos. En la voz de la conciencia hablamos nosotros mismos,  el otro, nuestra comunidad. Puede uno fingir indiferencia, no hacer caso, tener voz y guardar silencio, tener oídos y no oír, tener ojos y no ver… Uno puede hacerse de la vista gorda. Pero lo que está mal, está mal.  No podemos, sin comprometer nuestra  verdadera naturaleza, ser realmente indiferentes.


No se puede callar la voz que nos dice que eso está mal, aunque finjamos indiferencia. Y la falla moral que se expresa diciendo “No quiero meterme en problemas” no basta para justificarla. Lo que está mal está mal, y está mal no advertirlo claramente y no repudiarlo en la medida de lo posible. La no indiferencia permite advertir los actos morales e inmorales. El darse cuenta de lo que está mal es, a la vez, conciencia de lo que está bien.  La educación moral nos muestra que hay cosas que no se hacen, y por tanto, que no deben hacerse;  nos da razones del mal y del bien. Nos enseña a ver y a distinguir claramente lo que está bien y lo  que está mal, lo que vale y lo que no vale. Y finalmente aconseja, previene, y ordena: no mientas, no engañes, no traiciones, no robes, sé leal, etcétera,  pero no puede sustituir la decisión libre y consciente. Sobre la base del principio de no indiferencia y  la educación moral el sujeto se la juega: elige, y gana y pierde. 


Si debido a alguna razón empieza a disminuir en mí esta capacidad humana de no ser indiferente, si comienza a hacernos menos, menguando nuestra libertad moral, simple y sencillamente, trágicamente, nos estamos  deshumanizando. El humanismo es el cuidado de mí ser para que no me haga menos. Para que no me haga menos ser humano, menos hombre. Para que no me eche a perder como ser humano, independientemente de que pueda  o no gozar de una buena salud. Es cuestión de salud espiritual.  Mi naturaleza se puede echar a perder, de modo semejante al proceso de descomposición o corrupción.  Si quieren una imagen fácil de poner en la mente, piensen en un jitomate que se deja ahí, en la mesa, en cualquier parte,  y pasan días y días sin que nadie lo quiera atender, con el calor de la estufa o el frío del refrigerador. ¿Qué le pasa? Pues se echa a perder.  Se pudre, se llena de gusanos o se lo comen las hormigas. Empieza a moverse solo. De manera análoga el hombre se puede echar a perder.  ¿Por qué? Porque nuestro ser depende de lo que hacemos. Y esto ya lo sabemos desde el siglo IV antes de Jesucristo gracias a los descubrimientos de la filosofía griega. Y a pesar de todo, por las razones que quieran, no lo tomamos en cuenta. No es lección que nos importe.


Creemos que el hombre es hombre y que eso nadie se lo quita. Yo soy un hombre, me puedo enfermar y hasta puedo perder la vida. Pero ¿cómo se va a echar a perder lo que soy? Esta botella de agua que tengo en la mano no cambia su esencia. ¿Por qué va a cambiar la mía? Yo soy lo que soy, y mi esencia debe acompañarme hasta el final, hasta que muera. Así funcionan todas las cosas. La esencia hace que la cosa sea lo que es. La esencia es eso: lo que hace que una cosa sea lo que es. Entonces, ¿cómo es posible que se eche a perder lo que soy?


Como no lo creemos, tampoco entendemos que la comunidad se puede corromper, que puede echarse a perder, dejar de ser lo que es, y convertirse en una mera colectividad. Hemos pensado, equivocadamente, que nuestra esencia es la de ser hombres, y que eso no puede  cambiar, perderse. Soy un ser humano, con dos ojos, una boca, una cara, dos brazos, etcétera. Pienso, asocio A con B, y hablo. Pienso que pienso, pienso que sé cosas, que todo lo puedo manejar a mi antojo. Me creo hombre, muy hombre. Listo para vivir mi vida como yo quiera. Y no me importa mucho ser gordo, flaco, neurótico, mexicano o francés, quisquilloso, tonto, etcétera. A pesar de todo, sigo siendo un hombre, hombre gordo, hombre tonto, hombre enfermo, etc. Y no me entra en la cabeza que pueda ser de otro modo. Como consideramos que el ser lo tenemos asegurado, nos dedicamos a atender otras cosas, muy necesarias, muy urgentes.


Pero eso no es cierto. No tenemos seguro el ser, y nuestro peculiar modo de ser. Porque nuestra esencia es la de un ser que se hace a sí mismo.   Y si yo no me he hecho nada, como hombre, no soy nada, soy don nadie.  “No creo mucho en que ser alguien es tener dinero y cosas. Pero soy alguien: véanme,  aquí, tengo pies, camino, ya soy adulto, estudio,  ya tengo credencial para votar, puedo entrar a los antros, sé cuidarme, y mis pasos me llevan a donde yo quiero. Soy suficiente, no necesito a nadie. Pienso, siento, creo…” En efecto, puedes hacer lo que quieras contigo mismo, y también con los demás. Pero a costa de algo. Hay que pagar el costo. Es a costa de ti mismo. Porque eres un ente que es lo que es según lo que hace consigo mismo y con los demás. Eres lo que eres, vales lo que vales, como ser humano, como persona, según lo que has hecho de ti mismo, según tus actos y tus omisiones.


Me imagino que ustedes dicen: “¡Ah, no! Así no! No me dijeron que había un costo. Sólo me dijeron que estudiara, que consiguiera un buen trabajo y que ganara mucho dinero. Así no juego. Yo pensaba que podía uno hacer lo que quisiera, como ser libre, sin dañarse a uno mismo. Pero si cada cosa que yo hago o dejo de ser  tiene que ver con lo que valgo, con lo que soy,  pues… Pues no se vale. Estoy amolado.  Sobre todo en nuestro días, porque hoy “quien no transa no avanza”. Y no quiero quedarme sin conseguir lo que necesito. Sin este coche, sin una casa, sin un trabajo, un buen puesto, un buen sueldo,    sin esto y lo otro,  que deseo tanto que estoy dispuesto a sacrificarme.”


La vida cuesta. Te cuesta porque cada acto es una elección, y cada elección es una ganancia y una pérdida. Gano una cosa, pero pierdo otra. Sin este mecanismo, no hay verdadera elección. Si actúo como máquina, mecánicamente, no hay acto. Y si cada ganancia implica una pérdida, entonces resulta que hay que hacer cuentas. Cuando menos cada año, como solemos hacerlo, para realizar una contabilidad existencial. Es preciso mirar lo que hemos ganado y lo que hemos perdido. Hacemos esto en esos momentos de reflexión propios del fin  de año, en nuestro cumpleaños, o cuando estamos de vacaciones. Pero no es suficiente.  


“Es que no se vale ―piensan ustedes. A nadie le pasa eso. Ni al perro, ni al gato, ni al león. A ninguna cosa. No se vale tener una naturaleza tan sensible. ¡Quién la habrá diseñado de  este modo tan delicado,  frágil, maleable, que se echa a perder tan fácilmente!” Pero no debemos quejarnos, y no importa tanto averiguar quién es el autor del diseño. Lo que importa es notar que estamos estructurados como un ser libre,  con la necesidad de fabricarnos a nosotros mismos, y con el extraordinario don de construir nuestra propia forma de ser. Podemos ser el hombre que decidamos ser, y podemos vivir la vida de un modo que valga la pena vivirla. Esto es una maravilla, un verdadero privilegio: podemos crear libremente nuestro modo de vivir. El gato no. Tampoco la piedra, ni las plantas. El gato tiene que vivir siempre, de principio a fin, como todos los gatos. No digo que hasta su muerte, porque no sabe que va a morir. Nosotros sí. Su gatuna vida es como la de cualquier gato. Y funciona mediante un mecanismo de “acción” que no tiene nada de atractivo porque no es responsable de nada de lo que le sucede.  El mecanismo del estímulo y la respuesta es uniforme. No tiene memoria. No puede recordar un amorío, una aventura, una empresa. Ni puede hacer planes para enamorarse de nuevo. No sabe que va a morir, y por eso no advierte que está vivo. Ningún animal tiene conciencia de la muerte. No se acuerdo sino de las cosas que lo dañan y las que no lo dañan. Huye de lo que le dañó, persigue lo que le hace bien. Ningún gato va a decir: “Caray, no he hecho nada, y mi vida ya se está acabando”. Pero no debe preocuparse. No ha hecho nada en su vida, porque no tenía que hacer nada. Sólo vivir. El que siempre tiene que hacer algo, porque lo dejaron libre para que modelara su propio ser, es el hombre, lo cual no es mérito, sino necesidad. Y como es un ser libre, es responsable; y porque es responsable, es un ser moral.  


El modelado del hombre, primero de la mano de quien lo guía, de quien le enseña, y luego por sus propias manos, que quiere decir por sus propias acciones, es la educación, la paideia. La educación que tiene un sentido personal y comunitario. Porque somos lo que somos en función de una comunidad. Ahora, malamente,  cada vez más somos individuos egoístas, individualistas, solitarios, que presumimos de no pertenecer a nada, a nadie. Creemos que somos autosuficientes. Creemos que nuestra vida individual es todo. Sólo queremos  encargarnos de nuestra vida individual, y decimos, con una convicción sacada quién sabe de dónde, que “mi vida es mi vida”. Peor no: mi vida es con los demás, mi educación es comunitaria, lo que hago tiene sentido para los demás, y va bien con ellos o va mal. La educación es común. Tiene una finalidad común, como el trabajo, como la convivencia, que es el del bien común. El trabajo que yo realizo está en función de los demás, de la comunidad. Por eso es grave que una comunidad no tenga empleo, que no haya trabajo para algunos. No es un problema personal. Es grave porque afecta el bien común, no sólo porque alguien no tiene dinero para satisfacer sus necesidades. Toda la comunidad se trastorna. No nada más un bolsillo.  El humanismo es un cuidado comunitario, no una tarea exclusivamente personal. El humanismo es cuestión de todos.


Pertenezco a una comunidad, y en función de ella soy quien soy. Y dependiendo de lo que yo soy, ella se empobrece o se enriquece como comunidad precisamente humana. Si es más, yo soy más; si es menos, yo soy menos. Pero la  responsabilidad por mi propia vida es también mi responsabilidad. Primero, para poder desplegar el modo de vida que elijo. Porque desde muy pequeño, desde joven, cultivé la convicción de que no podía ser como los demás, y por tanto tenía que buscar una forma propia de ser. Fue algo natural, nadie me dijo que tenía que hacerlo. Menos aún me dijeron cómo hacerlo. Me dieron órdenes, prohibiciones, y  me fijaron límites. Poco a poco me di cuenta de que hay cosas que no se hacen. Al mismo tiempo, aunque de un modo no claro, me di cuenta de que podía participar: elegir qué hacer y qué no hacer, convenir y discrepar. Vivir como un ser moral.


Tengo que elegir mi modo de vivir,  de ser,  de pensar, pero no sé cómo hacerlo. No quiero ser como mi papá. Tampoco como mi mamá. Menos como mi tío el pesado sabelotodo. Me purga que siempre me corrige. Quiero ser como mis cuates, mis amigos. Como los muchachos de la cuadra, de la esquina. Aunque tampoco me gustan mucho. Si los observo bien, tampoco quiero ser como son. Y como una necesidad  empiezo a buscar formas de vida más atractivas, valiosas. No por consejo de alguien. Es que en mí empieza a sonar esa voz, que llaman vocación, que me dice: ¿Viste eso? ¡Es algo super!  Y me gusta. Me gustaría ser así,  como ese músico, ese pintor, ese político, este científico… Vemos formas de vidas concretas, realizándose, y una ―o dos― de ellas se nos aparecen como formas de vida enteramente atractivas. Por dentro de mí mismo algo sucede y me digo a mí mismo: Yo tengo que ser así. Yo quiero ser así. ¿Y esto es todo? No, porque ya identifiqué el hecho de que quiero una forma de vida, pero tengo una tarea nueva: tengo que ser así, pero a mi manera. Tengo que hacer y ser de acuerdo a mis propias elecciones.


Pero antes apareció una vocación más fundamental que la profesional. Estamos llamados por la vida. Somos un ser llamado a existir. Sean cual sean las razones por las que estamos aquí en el mundo, tenemos un llamado a vivir la vida humana. Esto es primero. Y este llamado no se extingue sino hasta el final, cuando morimos. Morir es algo natural, no es mala suerte, o una desgracia, una situación que no deberíamos sufrir.


Los griegos también advierten esto. Y Sócrates  dice: no hay que huir de la muerte,  de ella no podemos huir. Lo que sí podemos evitar es vivir mal. El peligro, dice Sócrates, no consiste en  morirse, sino en vivir mal. Y vivimos mal cuando actuamos mal. Cuando actuamos mal se echa a perder nuestra naturaleza. ¡Y cómo sé cuándo algo está mal? Ya lo sabemos. Nuestra conciencia moral nos lo dice: “Eso está mal, eso no es bueno”. Entonces, vivir como hoy, dedicados exclusivamente a la consecución de  bienes materiales, ¿despliega nuestra naturaleza? No. Porque mutila las posibilidades humanas. Y fácilmente va a propiciar una conducta moralmente mala, haciendo algún daño a los demás y a nosotros mismos. ¿Y por qué no es bueno hacer el mal? Porque hacemos daño a alguien y a nosotros mismos. Y para vivir de esta manera, consiguiendo ganancias sin límite, obraremos mal, porque entonces hay que engañar,  mentir, robar, saca provecho de alguien. Y esto disminuye lo que yo soy, me hace menos.


Hoy en día hay que trabajar mucho, dos y hasta tres turnos. Porque no nos alcanzan nuestros ingresos. ¿Y por qué no nos alcanzan? Porque hay que comprar muchas cosas. ¿Y por qué sucede esto? Porque las cosas están mal hechas, duran poco. ¿Y por qué están mal hechas? Porque cuesta más barato hacerlas mal. Y si las hago bien, no puedo esperar que vuelvan a comprarme más. ¿Lo comprenden? Si no hago las defensas de plástico, para que otro automóvil las destruya apenas se haya acercado a ellas, no estoy creando un comprador cautivo.  Si se rompen, el dueño tiene que comprar otras. Si las hago como los coches de antes, que si le daba un puntapié primero me rompía el pie sin que se abollara siquiera un poco, los coches duran. Si duran, no hay negocio que dure. El comercio y la industria se corrompen, con trabajo mal hecho, deshonesto. El problema de nuestros días no es económico, sino ético.


Si hay un problema ético grave, hay un problema de humanismo: la descomposición disolución de lo que somos.  Esto es un hecho. No hay duda. Esto lo sostienen los pensadores que han llevado a cabo estudios sobre la naturaleza humana. El hombre es un ser que tiene que hacer su ser, y esta tarea es permanente. Nacer, venir al mundo, equivale a adquirir la tarea de hacerse. ¿Cómo? Primero, hacer lo que necesito para estar vivo, o para que lo estén quienes dependen de mí. Tomando decisiones, haciendo cosas, comportándome. Estar vivo es tener tarea.   El que está  vivo tiene la tarea de vivir. ¿Cuál es esa tarea? La de mantenerse vivo. Luchar por la vida. Tarea que implica muchas cosas, levantarse por las mañanas, asearse, ir a trabajar, comer, etcétera. Pero eso no es todo, hay una tarea más difícil y delicada, que  consiste en luchar por ser. Esta consiste en tomar buenas decisiones, y por tanto,  me pone en peligro constante de ganancias o pérdidas en mi existencia. Por decirlo así: si el tiempo y nuestra energía se nos va en la primera, cuidamos poco lo que somos.  Lo desatendemos mucho.  


Yo tengo que hacer mi ser. No solamente tengo que comer, dormir, conseguir techo y abrigo. Tengo que tener todo eso, pero además tengo la tarea de vivir. La tarea de decidir, y esta  tarea implica decidir y cuidar mis decisiones, para cuidar mi ser. Tengo, pues, necesidades materiales y espirituales. Y no  puedo escoger, tengo que atender a ambas. Pero si nos falla la comprensión, creyendo que nuestro ser está asegurado, y nos dedicamos sólo a satisfacer necesidades naturales, y muchas otras que siendo en verdad artificiales pasan por ser necesarias gracias a quienes tienen algo que vender al respecto.


Para satisfacer las necesidades materiales el hombre inventó la técnica. La técnica es una respuesta del hombre frente a la necesidad natural. Y por tanto, es una respuesta libre ante las necesidades. Cuando todo es necesario, nos deshumanizamos por completo. Es preciso vivir en un equilibrio entre necesidad y libertad.  Tenemos la técnica como instrumento para atender lo necesario, pero como respuesta libre. Por ejemplo, la necesidad de comer. No la podemos evitar. Pero invento técnicas para poder comer lo que yo quiera, cuando yo quiera, como yo quiera. Necesito techo y casa, pero la técnica me permite hacer mi casa como yo quiero, con el arte de  la construcción.  Necesito beber, tomar agua, pero la técnica me permite traer el agua desde sitios lejanos si no la tengo a la mano, purificarla, embotellarla. Con la técnica hago casi cualquier cosa; con ingeniería maravillosa, como la de nuestros días.


No hay duda de lo que la técnica nos ha dado, nos da  y nos puede seguir dando. No se puede vivir sin técnica, y nadie quiere vivir sin ella. Pero a condición de que siga siendo una respuesta nuestra, libre, algo tendrá que ver con el humanismo. Lo que nos demuestra el examen de la naturaleza humana es que el ser del hombre es la libertad (empezando por la libertad de ser,  que no queda contemplada por ninguno de los llamados derechos humanos, porque es algo más fundamental, que permite incluso crear esos derechos y otros). El hombre comienza ahí donde puede ser un ente libre, y se acaba ahí donde no puede serlo. Porque su forma de vida consiste en vivir tomando decisiones. Por tanto, si algo le priva de la libertad radical de ser, por las razones que sean, se acaba el ser humano. Pierde su vida al perder su libertad, como cuando al pez lo sacamos de la pecera.


¿Entonces la técnica tiene que ser algo relacionado, sostenido y limitado por la naturaleza humana? Necesariamente. Cualquier forma de técnica o tecnología que obstruya o impida la libertad humana, es anti-humana y promueve o provoca la deshumanización. No podemos vivir sin la técnica, pero ésta necesita funcionar en armonía con la naturaleza libre del ser humano.   No importa que tan eficiente pueda ser la máquina o el dispositivo tecnológico; si angosta o empobrece la vida humana, mecanizándola o restringiendo sus posibilidades esenciales, echa a perder la vida humana. Por tanto, en un sentido humanístico debemos cuidar lo que somos mediante la calidad ética de nuestras acciones y nuestras omisiones, al mismo tiempo que debemos cuidar de la calidad humana de los medios técnicos y tecnológicos a través de los cuales satisfacemos las necesidades materiales de la existencia. El cuidado de la vida biológica y el cuidado de la vida humana van juntos. Jamás podrán colocarse legítimamente como los términos de una alternativa trágica.

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