Experiencia de libertad

juan manuel silva camarena
2010

Ensayo publicado en Nuestra América en Marcha, Boletin de la Asociación por la Unidad de Nuestra América, México, segunda época, número 16, octubre-diciembre (2010), 3-7.

 

En contraste rotundo con la inmensa complejidad del alma humana, nuestra reacción ordinaria frente a lo que pasa resulta muy simple. Ante las noticias que nos presentan los diversos medios de comunicación la inteligencia hace lo que puede para entender mientras la emoción se inflama o se apachurra. La sencillez de esta conducta se explica porque a menudo nuestro estado de ánimo cuenta con poco espacio para moverse: va del optimismo al pesimismo y al revés.

Apachurrados e inflamados nos pasamos un año entero en la rememoración del bicentenario de las revoluciones americanas de independencia. Hay personas que  no entienden por qué habría que festejar algo al respecto. Y otras creen que la oportunidad de renovar la conciencia histórica de América es única y bienvenida. Optimista y pesimistamente nos enfrentamos al mundo y leemos una noticia como esta: el Presidente Barack Obama y su colega Nicolás Sarkosy se reunieron este 10 de enero del 2011 durante una hora para hablar del sistema monetario internacional, con  el fin de alcanzar, desde la presidencia del G8 —los países más industrializados— y el G20 —las economías más importantes del globo—, “la prosperidad de los pueblos del mundo”. Nada más, y nada menos. Un  positivista fanático del siglo XIX y comienzos del XX  hubiera dicho que ambos mandatarios  tratan de lograr el progreso de la humanidad más que su prosperidad. De cualquier modo, ojalá que la palabra prosperidad quiera decir algo más que bienestar material. Por supuesto, la liberación que festejamos es algo que va más allá del valor monetario de la producción de bienes y servicios. Y el recuerdo, dentro de esta conciencia histórica,  aspiraría a recuperar algo de nuestra experiencia de liberación. Por poco que fuera lo recuperado podría relacionarse sin duda con la prosperidad de los pueblos americanos.    

Dice el comunicado de prensa que durante sesenta minutos hablaron de la prosperidad de los pueblos y de otras cosas como la defensa de los valores fundamentales de las democracias, el terrorismo, el programa nuclear iraní y otros acontecimientos. La gente común y corriente acentúa con pesimismo lo malo y optimistamente remarca lo bueno. Entonces: no puede juzgarse sino como algo positivo que alguien se ocupe de la prosperidad de los pueblos del mundo.  Pero la razón, que corre más rápidamente que las ilusiones que nos hacemos, nos increpa con prontitud: ¿en tan poco tiempo se puede hacer tanto? Cuando se obra bien,  se hace lo que se puede. Y lo que se puede, con tanto poder, no puede ser poco. Ocho países con gran peso económico, político y  militar, reunidos desde 1973: Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Rusia,  más once que se sumaron en 1999, y la Unión Europea en bloque:  Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, India, Indonesia, México, República de Corea, Sudáfrica y Turquía. Es mucho poder. 


El poder unido puede ser muy peligroso. Y muy benéfico. No hay otro camino más que el de la unión para la vida. La soledad y el aislamiento son la excepción.  Según la nota periodística que comentamos,  Barak Obama y Nicolás Sarkosy prometieron trabajar “codo a codo”,  lo cual significa que lo harán en compañía, en cooperación, en suma: juntamente. La historia está llena de uniones y alianzas. Los atenienses y los espartanos se unieron  contra los persas. Los pueblos llamados bárbaros se unieron contra el imperio romano. Los aliados dominaron la amenaza del nacismo. Dejando a un lado el pesimismo y el optimismo, debemos centrarnos en el hecho mismo de la unidad. No se puede pedir más, ni menos. En todos los niveles de la existencia humana la unión es algo esencial. La unión de un yo y un tú, de nosotros, de varios pueblos, de todas las naciones, de continentes y subcontinentes. El sentido prosaico de la idea de que la unión hace la fuerza  no le resta importancia al sentido  profundamente espiritual que puede adquirir una comunidad que nace a raíz de una unión.


La unidad de los países americanos, como la pensó una y otra vez Simón Bolívar, como idea central de su Carta de Jamaica (1815), es parte integral de nuestra experiencia de libertad. Primero: como paso necesario para librase del yugo español (“¿No es la unión todo lo que se necesita para ponerlos en estado de expulsar a los españoles, sus tropas y los partidarios de la corrompida España para hacerlos capaces de establecer un imperio poderoso, con un gobierno libre y leyes benévolas?”) Segundo: como creación de una unidad americana supranacional  (“Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo”).  La idea de una unión europea, como la creada en nuestros días (Unión Europea, 1993), fue descrita por Bolívar como el “laudable delirio” de St. Pierre, que pretendía  “reunir un congreso europeo para decidir de la suerte y de los intereses de aquellas naciones”. Sin embargo, su propia idea de unidad incluía lo que en América podría tener lugar, “en alguna época dichosa” de la humanidad, semejante a lo que en 1945 se fundó como Organización de Naciones Unidas (“un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras partes del mundo”). La bolivariana idea de una  comunidad de los países americanos  tiene una altura espiritual que rebasa el nivel de la conveniencia política y económica, como la de la Organización de los Estados Americanos (OEA, 1948) o como el Tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (TLC, 1994). El Libertador se da cuenta de que la unidad es posible, y cree que el fundamento de su posibilidad está dado: “Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse”. Y al mismo tiempo,  advierte su imposibilidad: “mas no es posible, porque climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres desemejantes, dividen a la América”.  


Obama y Sarkosy, trabajando juntos. En las páginas de la historia universal los Estados Unidos de norteamérica y Francia se distinguen de un modo indiscutible. La banalidad que con razón o sin ella quiera atribuirse al encuentro que comentamos de estos dos hombres de Estado, no tiene nada que ver con el enorme significado histórico de estos dos países que hablan  hoy de trabajar juntos pòr un bien común: la prosperidad de los pueblos del mundo. Atrás de ellos, como fondo histórico necesario, tendrían que aparecer, por un lado, el texto  de la Declaración de Independencia (1776), firmado principalmente por Jefferson, Franklin y Adams, y por el otro, la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano (1789), como el producto espiritual más elevado de la Revolución  francesa.
 
Admitiéndolo o sin admitirlo estos dos textos provocan espontáneamente la  emoción del sentimiento de la libertad, sea cual sea nuestra situación respecto a ella (si la hemos perdido, si estamos luchando por conseguirla o si estamos convencidos de que en cualquier caso la defenderemos con la propia vida). La vivencia de la libertad, como hecho y como derecho, es inseparable de nuestro propio ser, y por fortuna, es imposible abstraerla del todo concreto de nuestra existencia. Cuando conocemos cosas le damos rienda suelta al vicio de la abstracción, aunqueenseguida nos quejemos de que la cosa concreta se nos escapa; pero cuando simplemente vivimos, lo que conjuntamente forma el todo enteramente indesglosable de nuestra vida obliga a nuestras potencias cognoscitivas a  trabajar concertadamente para fraguar, como algo indudable,  nuestra propia experiencia. Nuestra experiencia de la libertad, nuestro modo peculiar de vivirla en lo más profundo de nuestro ser, nos hace ser lo que somos.  

En los grupos de los ocho y los veinte hay países americanos: Argentina, Brasil, Canadá, Estados Unidos y México. La historia nos une, pero también puede separnos.  Nos integra en una sola historia común, y al mismo tiempo nos deja tener nuestra propia historia, como individuos y como pueblos. En todo caso: nos da, al darnos ser, algo  más que recuerdos.

Nuestra América —sin llamarse así—,  fue visitada por gente que buscaba oro o plata, fama  y gloria,  pieles finas, especias caras,  éxito comercial, territorios para vivir, tierras fértiles, vida fácil, cosas valiosas, súbditos y esclavos. El afán de poder y la ambición, no la necesidad de conocimiento ni la de supervivencia, movieron a cientos y cientos de hombres de toda laya, principalmente ingleses, franceses, españoles y portugueses, que se volvieron conquistadores primero y luego colonizadores, que crearon colonias o dominios de metrópolis extranjeras, de patrias lejanas, de idiomas extraños. Vinieron de un Mundo que consideraban ya muy viejo, y nos llamaron Nuevo Mundo. La ficción de un encuentro entre ambos se sumó a la invención de una América, a la que inventaron  un  nombre para bautizarla,  como si naciera apenas con el simple hecho de su llegada; y como la presión voraz de sus intenciones no les daba tiempo para descubrirla realmente, para advertir lo que en “América” había, lo que en verdad era, pronta y libremente  —como si la historia pudiese inventarse—,  crearon una “América” que pudiera avenirse sin reparo alguno a la conquista y la colonización.

Nuestra experiencia de la libertad es lo que festejamos en el Bicentenario de las revoluciones americanas (1910-2010). Si las nombramos latinoamericanas o hispanoamericanas contaminamos la vivencia de libertad que en ellas tuvo lugar, pues no las pudimos vivir ni como una cosa ni como la otra. Nuestra experiencia tomó cuerpo, en cada caso, como la de un grupo humano que se vuelve libre respecto al dominio o yugo de  Gran Bretaña, Holanda, Portugal y España. Fuimos, primero,  personas unidas por  historias y culturas antiguas todavía por decifrar; y luego, personas unidas por una historia común de conquista y colonización, con nuevas costumbres, nuevas lenguas, nuevas culturas: americanos de lengua española, de lengua inglesa, de lengua francesa, de lengua portuguesa. 

Tal vez nuestra conciencia histórica se comporta de modo contrario al funcionamiento natural de la memoria de cualquier ser humano que ha logrado envejecer suficientemente: se acuerda con dificultad de lo que acaba de suceder, pero recuerda perfectamente hechos que tuvieron lugar mucho tiempo atrás. La conciencia nos sirve para darnos cuenta de lo que sucede, y la llamamos conciencia moral cuando nos referimos a su capacidad de vigilancia de lo que está bien y lo que está mal en nuestro comportamiento actual o pasado, y nuestros proyectos de conducta futura. La conciencia asume su papel de conciencia histórica cuando de modo espontáneo —si una necesidad vital la reclama— nos presenta en el escenario de la mente las imágenes vivas de lo que ha sucedido, de lo que nuestra experiencia ha acumulado.

Pero la conciencia histórica no puede funcionar sin historia. O mejor dicho: no hay conciencia de lo que ha sucedido sin una conciencia de la historia. Si la historia no es para nosotros un saber vital, si ignoramos que hay historia, y que ésta consiste en un proceso temporal donde están inexorablemente unidos el presente con el pasado y el futuro de los seres humanos, un proceso universal que no pertenece a nadie en particular porque es de todos necesariamente, quedamos condenados a una amnesia ontológica, sin recuerdos y sin ser. Una pérdida notable de la memoria implica una disminución del propio ser.  No podemos ser, porque no recordamos lo que somos.

Lo que a menudo pensamos como historia no es sino mera cronología: registro de lo que pasó primero y de lo que sucedió luego. Magnifico recurso para la memoria son los calendarios y los anales, los cuadernos de bitácora, las minutas y las actas. Las memorias que escribimos sirven, entre otras cosas, para fijar los recuerdos, para hacerlos presentables e impedirles que se escapen al correr el tiempo. Las ciudades sin historia no cuentan. Por eso cuidan a sus cronistas con el mismo celo que las personas guardan sus diarios. Es preciso conservar los recuerdos para preservar el ser.      

Por eso la historia es algo más que un recuerdo. No es sólo el dato o la información de lo que sucede, sino algo esencial que trasciende los registros de acontecimientos. Nuestra historia tiene que ver más con nuestro ser que con las cosas que olvidamos o recordamos. La conciencia histórica es algo fundamental en la existencia de los individuos y los pueblos porque nos muestra de cuerpo entero lo que somos, y lo que podemos llegar a ser, por haber sido lo que fuimos.                         

Ningún individuo y ningún pueblo puede saber lo que es si ignora lo que ha sido y lo que ha dejado de ser. A las personas y a las naciones se les conoce por la historia que han tenido, por el modo en que han vivido su vida. A un ser humano y a un pueblo se les identifica por lo que les ha pasado y por lo que hicieron respecto a lo que les sucedió. Esas dos cosas son las que cuentan cuando hacemos cuentas.  Eso es lo que una lúcida conciencia histórica siempre tiene presente, como saber vivo para la acción y para la reacción, para producir una respuesta históricamente responsable.

La erudición de los datos históricos y el saber acumulado con ciencia y sapiencia no siempre es necesario para entender cosas sencillas.  America, en la Tierra, es un continente donde hay vida: seres humanos, animales y plantas. Múltiples pueblos americanos que tienen su propia forma de ser hombres, su manera peculiar de vivir su vida, que da lugar a diversas culturas, con sus mitos, religiones, producciones artísticas y organizaciones políticas que ya nunca podremos recuperar. En otros continentes, Europa, Asia,  África, Australia, también hay seres humanos, que en el desarrollo de su existencia material y espiritual igualmente forman parte de la historia de la humanidad. Se viven a sí mismos como seres libres, y lo disfrutan; pero no siempre advierten que su libertad puede arruinar la libertad de otros. Cometen delitos: atacan a los miembros de una familia, a los que sobreviven los esclavizan, y se apoderan de sus bienes materiales. Nadie quiere compartir su hogar con gente que hace eso. Otros hacen lo mismo con pueblos enteros, y con el paso del tiempo esos crímenes y esos robos de califican con eufemismos que al parecer ya a nadie llenan de vergüenza y odio. No hay todavía tribunales o cortes internacionales. Hay masacres horribles y crímenes de lesa Humanidad. El exterminio de aborígenes es algo normal. Las cacerías de indígenes para esclavizarlos es algo normal. La importación de negros africanos para esclavizarlos es algo normal. La conquista y la colonización dicen con  suavidad muerte y violencia, robo, desalojo, secuestro… La ley del más fuerte se impone, cuando el derecho natural (derecho humanos fundados en la naturaleza humana)  y el derecho de gente (fundado en la razón) todavía no forman un derecho internacional, donde no cuenten las diferencia de etnias y credos religiosos. Como un pez grande que devora al pez chico, como un hombre que es lobo del hombre, como alguien que puede hacer lo que le da la gana, la conquista y la colonización, con evangelización católica o protestante,  impone la huella enérgica —que aplasta lo que se le ponga en frente— del que conquista y coloniza, del que trae en una mano la paloma del espíritu santo y en la otra una espada.

En 1996 una reconocida editorial universitaria francesa puso a disposición del público un diccionario de filosofía política, elaborado colectivamente bajo la dirección de dos catedráticos de la Universidad de París II, Philippe Raynaud y Stéphane Rials. Cualquier lector de la versión castellana de este libro (2001) puede buscar los temas en cuestión sin sentirse defraudado. A ninguna otra revolución se le concede una entrada, pero ahí están las dos que hemos recordado ahora, la de Estados Unidos y la de Francia, en artículos redactados por el profesor Raynaud. Sin embargo, algo puede inquietar a quien emprende la lectura, si no es estadounidense o francés. Dicho más claramente: si nació en América, en Brasil o Argentina,  en México o Bolivia, en otros países de América que no sean Estados Unidos ni Canadá, tiene que recordar una singular vivencia de libertad.  que no se parece a la que vivieron los ingleses que se separaron de la corona de Gran Bretaña ni a la los canadienses que se acostumbraron y a la postre adoptaron el poder político y jurídico de esa misma corona.

Cuando los ingleses que colonizaban norteamerica se enteraron de que la metrópoli les había fijado dos nuevos impuestos, el del timbre y del té, consideraron que era intolerable el despotismo del rey Jorge III, cuya imposición taxativa venía una vez más a lacerar  “el paciente sufrimiento de estas colonias”, y aprovecharon para rebelarse contra la corona de sus compatriotas y declararse independientes. Por la Guerra de los siete años Francia cedió a Gran Bretaña sus territorios americanos:  Canadá y la mayor parte de Nueva Francia. En medio de vicisitudes los canadienses francófonos defendieron su lengua y su historia hasta la actualidad, mientras se volvían bilingues y se adaptaban a la c orona de Gran Bretaña. En 1867, junto con cuatro de las colonias de la Norteamérica británica, como “Dominio de Canadá” continuaron siendo una dependencia  inglesa, y hasta después de la Primera guerra mundial dejaron de serlo, aunque el serlo se protegía de ser absorbidos por Estados Unidos. Esos dominios de la c orona se volvieron reinos y países independientes que comparten al Monarca, Isabel II, como Jefe de Estado, y  pertenecientes libremente a la Mancomunidad de Naciones. 

Los siglos XVIII y XIX trajeron aires revolucionarios.  En 1776, los ingleses que habitaban parte de norteamérica se volvieron estadounidenses al liberarse de la corona inglesa  —trece años antes que la Revolución francesa (1789). Este proceso social y político consiguió la abolición de la monarquía absoluta y la proclamación de la República Francesa. Estados Unidos y Francia respectivamente legaron a la historia de la humanidad dos textos fundamentales, la Declaración de Independencia (1776) y  la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano (1789). Ambos textos coinciden en la libertad inherente a la naturaleza humana. En la Declaración de Independencia: “Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”). Y en la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano: “Los hombres nacen libres e iguales en derechos y las instituciones sociales no pueden fundarse más que en la utilidad común”).

El principio de libertad ya había aparecido en el Tratado de las leyes (1612), de Francisco Suárez (“Por naturaleza todos los hombres nacen libres y, por tanto, ninguno tiene juridicción  política en otro, ni tampoco dominio”), y en el Ensayo sobre el gobierno civil (1690), de John Locke (“El estado en que todos los hombres se encuentran  naturalmente es un estado de perfecta libertad y también un estado de igualdad”). Pero el espíritu de dominación y el afán de poder se le adelantaron al espíritu de igualdad y libertad. Habían partido desde Europa hacia América desde el siglo XV: el 12 de octubre de 1492 el genovés Cristóbal Colón ya había descubierto el Nuevo Mundo, al servicio de la Corona de Castilla, España. El descubrimiento fue, primero, parte de un proyecto mercantil; luego, parte del proyecto de conquista y colonización. 

Diez años después del inicio de la Revolución francesa, en 1799, Napoleón Bonaparte, mediante un golpe de Estado, se vuelve primer cónsul, y luego, en 1804, emperador.  A finales del siglo XVII y comienzos del XVIII España y Portugal habían perdido su protagonismo en Europa,  y Napoleón invadió la Península Ibérica. El monarca Fernando VII, cuyo padre y predecesor fue Carlos IV, renunció a sus derechos a la Corona de España y de las Indias, en favor del emperador francés. España se vió en la necesidad de una Revolución de Independencia Española, de 1808 a 1814. En ese año de 1808, se da el primer golpe de Estado en la historia de México, contra el virrey Iturrigaray, porque unos españoles, hacendados con el apoyo de un arzobispo, pensaron que podía voltearse contra la Madre patria. Ese mismo año de 1808 comienzan las juntas de gobierno autónomas, y poco tiempo después  la declaración de independencia de países americanos:  Paraguay (1811), Venezuela (1811), Colombia (1811), Argentina y Uruguay (1813), México (1813), Chile (1818), Gran Colombia: Colombia, Venezuela, Ecuador, Panamá (1819), Ecuador (1820), Perú (1821), Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica (1821) y Bolivia (1825).  Pero la defensa de la libertad no había terminado, había comenzado apenas como una tarea permanente. Por ejemplo: años después, en 1846, los Estados Unidos invadieron el territorio mexicano para apoderarse de tierras que no les pertenecían, y cuando México tuvo que anunciar una suspensión de pago de la deuda externa, Francia —con apoyo inicial de Gran Bretaña y España— ocupó militarmente el país (1862).  

La América  y su historia, la de sus revoluciones de independencia, sus anhelos de unidad, sus democracias y sus golpes de Estado, sus revoluciones socialistas, sus gobiernos neoliberales  y sus gobiernos de izquierda, es la vida de una América que desapareció tras un América inventada, conquistada y colonizada, la América que reaparece, la América nueva que sigue construyendo su ser por medio de experiencias de libertad diversas, dolorosas y gozosas, en la búsqueda del bienestar de sus pueblos, codo a codo, y a veces aisladamente, con alegría, música y canto, entendiendo más y mejor, sin dejar de inflamarse y apachurrarse en sus reacciones cotidianas.      


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