Humanismo o mercantilismo

juan manuel silva camarena
2010

 

Ensayo publicado en la compilación de Claudia Liliana Padrón Martínez: Ensayos sobre ética en las organizaciones, México: Universidad Nacional Autónoma de México / Miguel Ángel Porrúa, 2010.

 

Hace cuarenta o cincuenta años los filósofos europeos  hablaban de humanismo convencidos de que se referían a algo actual e importante. Se desplegaba  por entonces la terrible década de los cuarenta del siglo veinte, y Jean-Paul Sartre, el conocido filósofo francés que hablaba del ser y nada se había planteado a sí mismo  la pregunta sobre si el existencialismo era un humanismo, y un profesor, mediante una carta,  le había preguntado a Martín Heidegger, el famoso pensador alemán que discurría sobre el ser y el tiempo,  si consideraba que la palabra humanismo tuviera todavía algún sentido.

Hoy por hoy, en nuestros días de raquitismo moral, enanos espirituales y hombría anémica y harto menguada, cuando parece que la única alternativa es la de ser globalifílicos o globalifóbicos,  no parece que podamos aspirar todavía a algún saber, a alguna filosofía —quiero decir,  que decidamos tener más de dos o tres ideas en la cabeza—, sería bueno que deseáramos algo más que tener dinero, que la máxima aspiración no fuera la de enriquecerse (llenando nuestros bolsillos o incrementando la cuenta del banco). Para decirlo desde el comienzo, la negación más rotunda del humanismo no viene de ninguna doctrina antihumanista, sino del predominio de la actitud utilitaria que desea sacar provecho de todo, cueste lo que cueste, a costa de nuestra propia vida, de nuestro ser.

No importa que el existencialismo fuera una filosofía de moda, una filosofía callejera, y noten ustedes que ésta, a mi juicio,  ya es una condescendencia muy grande. Una filosofía cualquiera que nos trasmitiera la noción del compromiso, como algo más importante que la ganancia. Que nos obligara, como el existencialismo sartreano,  a hablar de cosas ciertamente no muy gratas, como la náusea y desamparo, la desesperación y la angustia, pero que al mismo tiempo nos diera la oportunidad de hablar en serio de nosotros mismos, permitiéndonos hablar —si no fluidamente, cuando menos sin tartamudear, con familiaridad— de lo que debemos hablar: de humanismo, y por tanto, de compromiso, de libertad y moral.

¡Qué tiempos aquellos, dan ganas de decir! Si aquellos fueron terribles, ¿cómo serán los nuestros? ¿No sería mejor vivir como antes?  No es que todo tiempo pasado sea necesariamente mejor, ya sabemos que esto suena a reacción, a ideas de conservadores. Es que lo mejor siempre es lo mejor, y desafortunadamente para nosotros, ya no perseguimos lo mejor, nos basta ahora con el provecho que podamos sacar, siempre y cuando la ganancia corresponda al valor del dinero.

¿Pero para qué queremos dinero, si vendemos nuestra propia alma? ¿Verdad que esta pregunta parece exagerada o propia de un sermón de domingo? Pero no hay exageración ni ganas de edificar conciencias cuando detectamos una alternativa como esta: humanismo o mercantilismo, no hay de otra.

 Para que  sea más comprensible lo que quiero decir, voy a hablar de un debate, entendido como un auténtico diálogo, y no como una mera polémica vulgar en la que los contendientes no aspiran a otra cosa más que a demostrar que el oponente está equivocado. Los que dialogan en verdad lo que quieren es descubrir la verdad, y frente a ésta no importa que venga de un lado o del otro, y tampoco importa que las opiniones de ambos queden igualmente descalificadas frente a las evidencias de lo real.

Como mencioné al comienzo, por un lado, estaba Jean-Paul Sartre, el  filósofo francés que era conocido como el padre del existencialismo, y por el otro lado, Martín Heidegger, famoso pensador alemán que la gente tomaba por existencialista,  y que había sido rector de la universidad cuando Hitler estaba ya en el poder. No se trataba de recuperar la forma de ser, la cultura y los conocimientos de los griegos y los romanos de la antigüedad clásica mediante un humanismo  clásico que pensaba la humanitas como sinónimo de paideia, o un humanismo renacentista  como el del movimiento filosófico y literario de la Italia de la segunda mitad del siglo XIV que reconocía e intentaba alcanzar el valor pleno del hombre en su mundo natural e histórico.  El humanismo italiano y el español podía renovarse en cualquier momento, pero en el siglo XX más bien podía oírse en el ambiente de las ideas y hasta en el de las luchas políticas, un humanismo cristiano y un humanismo marxista que, cada uno por su lado, apelaba a la naturaleza humana para crear una conciencia verdaderamente humana de significado de ser hombre. A punto de terminar el conflicto armado, de un modo inesperado, nos encontramos con una discusión filosófica centrada en el debate de si el hombre se subordinaba al ser o éste debía quedar subordinado al hombre. Parecía que Sartre había hallado un ambiente adecuado para hablar del hombre como mera la pasión inútil.  

No es menester precisar con detalle cómo se originó la discusión,  pero es necesario entender bien lo que se debatía. En primer lugar, por gracia de la comprensión del pasado, y en segundo lugar, porque la comprensión de ese asunto puede ayudarnos a entender el presente.

Es suficiente con mencionar que Sartre dictó en 1945 una conferencia, que pronto se volvió famosa,  titulada “El existencialismo es un  humanismo”, y que al año siguiente Heidegger escribió una carta en la que respondía a un profesor francés unas preguntas que éste le había formulado. Esta carta, que también se volvió famosa, se publicó como “Carta sobre el humanismo”.  Aunque se puede decir que estos filósofos europeos hablaban de cosas muy distintas, el discurso de ambos, sin querer o queriéndolo, llegaba a una oposición clara y rotunda: el francés decía que los seres humanos estábamos situados en un plano en el que sólo había hombres, mientras que el alemán sostenía que en el plano en el que estábamos situados estaba principalmente el ser.  Las dos afirmaciones, que seguramente por ese entonces estaban en la boca de la mayoría de los pensadores europeos, circulaban por todas partes en lengua francesa: “…précisément nous sommes sur une plain oú il y a seulement des hommes (Sartre); “…précisément nous sommes sur une plain oú il y a principalement l’Etre” (Heidegger).

Lo que estaba en discusión eran problemas bastantes complicados de filosofía y teoría del conocimiento, de ontología y teoría del hombre. Pero de algún modo podía prescindirse un poco de esas cuestiones peliagudas, aislando una preocupación concreta que podía formularse de este modo: ¿cómo se puede ser verdaderamente humanista, si es que el humanismo garantiza una vida verdaderamente humana?
           
El asunto del humanismo había llegado a la discusión porque Sartre defendía al existencialismo de diversas críticas y ataques verbales.  El escritor francés sintió la necesidad de defenderse de los reproches que le habían hecho los católicos, los cristianos y los comunistas. Y por esta razón emprendió la tarea de explicar, de viva voz, y de una vez por todas, lo que es el existencialismo, y por qué razón debe ser considerado como un genuino humanismo.  Evidentemente esta cuestión no es tan fácil como si se tratara de saber, por ejemplo, si los mexicanos son americanos o el sentido en el que se dice que los gatos son felinos vertebrados y carnívoros. Había que precisar qué es el existencialismo, y era necesario aclarar en qué consiste el humanismo. El existencialismo se había puesto de moda, y había rebasado los límites de lo académico, adoptándose como una concepción de mundo pret a porter, lista para ser usada por cualquiera que lo deseara. A la menor provocación, por decirlo así, cualquiera podría  declarase  existencialista.

En ese tiempo el existencialismo ya era una filosofía de la que se hablaba en los cafés de París,  y de buena gana los que participaban en la conversación ya se sentían existencialistas o estaban a punto de adoptar la doctrina, aunque también había  quien se pudiera lamentar de serlo, como el caso al que se refiere el propio Sartre en su conferencia, el de una señora  que cuando se sentía nerviosa dejaba escapar alguna mala palabra y se disculpaba inmediatamente diciendo, “perdón, me estoy poniendo existencialista”. 

Según parece, nosotros, ustedes y yo, ya no podemos ponernos existencialistas, ni marxistas ni cristianos ni nada. Este es un punto que no deben perder de vista. Al parecer, no podemos optar ya por una cosa o por otra. Ahora somos mercantilistas o mercantilistas. ¿Se entiende? Somos sujetos bien sujetos a un afán exclusivo: tener o tener, ya que tanta necesidad se nos ha venido encima. Pero la necesidad excesiva hace a un lado la libertad, y cuando se pone al margen la libertad se pone al hombre fuera del juego. Tenemos que advertir, sin embargo,  que la necesidad no es la que nos aplasta, sino la importancia que le concedemos para justificar nuestra actitud frente al mundo, frente a cosas y personas: nada debe hacerse, si nada va a ganarse. Así la libertad queda anulada, aniquilada. En todo caso, ahora podríamos decir, “perdón, me estoy poniendo humanista, quiero ser algo más que pura necesidad”. Tendríamos que  disculparnos por  interesarnos en vivir como hombres, y no como cosas o animales, degradados en nuestra propia naturaleza.
           
Lo que ponía en juego la discusión a que me he referido era la necesidad de decidir de qué modo podíamos lograr un auténtico humanismo, si queríamos vivir realmente como verdaderos seres humanos.

La ironía del caso, que como siempre muestra una oposición radical entre la realidad y lo que los hombres esperan de sí mismos, consistía en que la discusión sobre el humanismo tenía como telón de fondo un escenario en el que se dibujaba lo que ahora vemos como el  momento más terrible de nuestra historia por tratarse, precisamente, de lo que parecía el nivel más alto de deshumanización jamás alcanzado. Corría el año de 1945, en el que en Europa se había llevado a cabo ya el espantoso holocausto que  había comenzado en 1939,  y también había tenido lugar el lanzamiento de las primeras  bombas atómicas en dos ciudades de Japón. Había pasado lo peor.  El genocidio de los judíos perpretado por los nazis y sus cómplices, y el asesinato, cometido por las fuerzas norteamericanas, de más de doscientos diez mil civiles inocentes en Hiroshima y  Nagasaki.

Más que nunca, como nunca, se podían echar  a andar los cuestionamientos. Pero  frente a la brutalidad insólita de la Segunda guerra mundial,  ¿con qué cara hablar entonces de ese humanismo que parece insistir en tomar al hombre como fin y valor superior de todas las cosas que existen?

Sartre definió claramente lo que entendía por existencialismo: “un esfuerzo por sacar todas las consecuencias de una posición atea coherente”. Propuso  una teoría del hombre según la cual éste  se hace a sí mismo al elegir sus valores morales, y no puede dejar de hacerlo. Pero sus valores no los dicta Dios, ni están inscritos en una supuesta naturaleza humana. No hay que mirar al cielo ni dentro de nosotros mismos para saber qué es lo que debemos hacer. Dios no existe, y tampoco existe una esencia humana previa a la existencia de los hombres,  por tanto todo está permitido, y como todo está permitido el ser humano es enteramente responsable de todo lo que hace y  del tipo de hombre que elige ser. Está, pues, condenado a ser libre, y a querer su libertad como la de los demás,  sin poder compartir esta responsabilidad ni con la naturaleza ni con Dios. Por esto no puede mitigarse nunca la responsabilidad de sus actos  recurriendo a algún determinismo natural o los mandatos de la voluntad de alguna divinidad.  Como no hay apoyo en Dios, está desamparado, y como tiene que elegir siempre, se angustia. De esto no puede escapar.  Sartre va a insistir:  está condenado a ser libre.

¿Y el humanismo? Sartre quiere acabar con ese humanismo que consiste en dar valor al  ser humano en función de los actos más altos de ciertos hombres, como si el hombre pudiera hacer un juicio sobre él mismo, y derivando así en un culto a la humanidad demasiado peligroso, por ser n humanismo cerrado en sí mismo, y a la postre mero fascismo. El existencialismo propone más bien  la doctrina de un humanismo en el que el hombre, rebasándose siempre a sí mismo, construye al hombre, le da forma. “Humanismo —dice él—, porque recordamos al hombre que no hay otro legislador que él mismo, y que es en el desamparo donde decidirá de sí mismo (…) no es volviendo hacia sí mismo,  sino siempre buscando fuera de sí un fin que es tal o cual liberación, tal o cal realización particular, como el hombre se realizará precisamente en cuanto humano”.

Heidegger entra en la discusión, diciendo que el verdadero humanismo no coloca al hombre como lo más importante, sino a su relación con  el ser. El hombre es hombre de verdad por su relación con el ser mismo. Sin esa relación, aunque se rebase a sí mismo para encontrarse  a sí mismo, no tiene realmente importancia. El humanismo de Sartre es un humanismo que no entiende la verdadera importancia del hombre.

¿Y luego? ¿A dónde fue a parar esta discusión? La perdemos de vista durante muchos años. Tenemos que saltar por encima del tiempo y llegar a un texto titulado “´Humanismo y ética”, en el que Eduardo Nicol, en México, cuando en 1986 se celebra en la Universidad Nacional Autónoma de México un congreso sobre el tema del humanismo, parece tomar un hilo clave de la madeja: el humanismo no es una doctrina (sea existencialista o cristiana, marxista o católica), sino una forma propia del ser, la del hombre. La vida moral no es para el hombre una opción, sino una necesidad. “El humanismo no aparece sino donde una ética está bien arraigada en la comunidad”.  En otras palabras, no son cosas que vaya cada una por su lado. No hay ética sin humanismo, y no hay humanismo sin ética. La relación entre el hombre y el ser subrayada por Heidegger parece no ser ya el punto fundamental, y se vuelve a poner en la mesa de discusión la relación de la moral y la realización del hombre. 

De nuevo parece tener sentido lo que dijo Sartre en  su conferencia: “El hombre se hace, no está todo hecho desde el principio, se hace al elegir su moral, y la presión de las circunstancias es tal, que no puede dejar de elegir una”. Tal vez nadie como Nicol ha insistido tanto en el papel de la libertad en la autogestación de  hombre, el único ente cuyo ser está siempre a medias.

Ahora es tiempo de unir la naturaleza natural del hombre con su naturaleza ética, con  su segunda naturaleza. Hace  veinte años que Nicol  denunció, en un texto que escribió para el Secretario de Ecuación Pública (cf. “Notas sobre la educación moral”, 1985), el peligro de nuestro tiempo: la amoralidad de la que somos víctimas cuando la fallas graves de nuestra educación moral nos permiten permanecer indiferentes frente a la inmoralidad, sea nuestra o ajena. Esto puede ser conceptuado como el punto verdaderamente crítico de la crisis del humanismo.

Grave como fue el escenario  completo de la Segunda guerra mundial, no es tan terrible como eso que la hizo posible: el comienzo del fin del humanismo. Del humanismo que nace con el descubrimiento extraordinario de la libertad humana, y que acaba con su aniquilación o su anulación. Ya nada es posible, cuando todo es necesario. Y lo que ahora parece necesario, y viene bien para justificar la abolición  de la libertad, es prescindir de la moralidad. Aunque sabemos bien, ya tuvimos medios y tiempo de aprenderlo, e incluso de probarlo trágicamente, es que si prescindimos de la moral tenemos renunciar a nuestra propia naturaleza. ¿Quién habitará en mi cuerpo, inevitablemente como un extraño para mi propio cuerpo, si tiene que desaparecer ese que hoy soy yo mismo?

Ya no podemos escandalizarnos  de un predominio de la mediocridad, pues en la banalidad de nuestros días, en el predominio de la mercantilización,  lo único que importa es lo que sirve para comprar y vender mercancías: el dinero. Si en última instancia importa sólo el dinero, se acaba la ética; si se acaba la ética, ya no hay humanismo. Pronto puede no haber ya  lugar para la libertad,  porque será algo verdaderamente inútil si la elección sale sobrando. Ya lo sabemos. No se elegirá ya nada cuando hayamos hecho la elección trágica, la que consiste en decidir no volver a elegir, no elegir más. Suicidio del hombre. ¿Es esta nuestra elección? ¿Es lo que queremos? 

 

 

Bibliografía:

 

HEIDEGGER, MARTÍN. Carta sobre el humanismo [Brief über den Humanismus, 1945].

NICOL, EDUARDO. “Notas sobre la educación moral”, en el libro del mismo autor Ideas de vario linaje, Universidad Nacional Autónoma de México, 1990; presentación de Juliana González, Enrique Hultz y Juan Manuel Silva Camarena.

---, “Humanismo y ética”, en el mismo libro del autor, ya mencionado: Ideas de vario linaje, ed. cit. Originalmente publicado en Rubén Bonifaz Nuño (ed), El humanismo en México en las vísperas del siglo XXI, Universidad Nacional Autónoma de Méxco, 1987.

SARTRE, JEAN-PAUL. ¿El existencialismo es un humanismo?[L’existentialism est une humanism, 1945], Sur, Buenos Aires, 1970.

SILVA CAMARENA, JUAN MANUEL. “A propósito de Heidegger: polémica o diálogo?”, Revista de Filosofía, Universidad Iberoamericana, México, XIX, 56, mayo-agosto (1986), 243-264.

---, “Diálogo sobre humanismo y existencialismo”, primera parte, Revista de filosofía, Universidad Iberoamericana, México, XXI, 63, septiembre-diciembre  (1988),  321-333.
---, “Diálogo sobre humanismo y existencialismo”, segunda parte, Revista de filosofía, Universidad Iberoamericana, México, XXI, 64, enero/abril (1989),  32-39.

---, “Diálogo sobre humanismo y existencialismo”, tercera parte,  Revista de filosofía, UIA, México, XXI, 65, mayo-agosto (1989),  123-131.
---, “Diálogo sobre humanismo y existencialismo”, cuarta y última parte, Revista de filosofía, Universidad Iberoamericana, México, XXI, 67, enero-abril  (1990),  87-110.

---, “Diálogo sobre humanismo y marxismo”, primera parte, Revista de filosofía, Universidad Iberoamericana, México, XXI, 68, mayo.agosto  (1990),  201-210.

---, “Diálogo sobre humanismo y marxismo”, segunda parte, Revista de Filosofía, Universidad Iberoamericana, México, XXIV, 70, enero-abril (1991),  72-77.

---,  “Humanismo, técnica y tecnología”, primera parte, Contaduría y administración, División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México,  núm. 198 (2000), 11-27.

---,  “Humanismo, técnica y tecnología”, segunda parte, Contaduría y administración, División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México,  núm. 198 (2000), 11-27.

---,  “Humanismo, técnica y tecnología”, tercera y última  parte, : Contaduría y administración, División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México,  núm. 199 (2000), 19-54.

 

Indice de autores:

Martín  Heidegger (1889-1976). Filósofo alemán, profesor de la Universidad de Friburgo, autor del famosos libro El ser y el tiempo (1927). 

Eduardo Nicol (1907-1990).  Filósofo mexicano, de origen catalán, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, autor de varios libros: Psicología de las situaciones vitales (1941); La idea del hombre (1946); 

Jean-Paul Sartre (1905-1980). Filósofo y escritor francés, autor de novelas, obras de teatro, y texto de filosofía: El ser y la nada (1943), Crítica de la razón dialéctica,

 

Juan Manuel Silva Camarena (1945). Filósofo mexicano, profesor de la Facultad de Filosofía y Letras y de la Facultad de Contaduría y Administración de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ex-Secretario académico del Seminario de Metafísica de Eduardo Nicol,  Ex-rector de la Universidad del Claustro de Sor Juana,  autor de Autognosis (1986), coordinador del libro Meditaciones sobre el trabajo(2003) y autor de numerosos ensayos.

 

 

Glosario:

Angustia.  La náusea, la desesperación, el desamparo y la angustia son algunos de los temas preferido por el existencialismo sartreano, por lo que se le opuso siempre un “existencialismo” cristiano, especialmente el socratismo cristiano de Gabriel Marcel, cuyo principal objeto de reflexión fue la esperanza, el amor, la fidelidad, etcétera. A diferencia del temor, en el cual se tiene miedo a algo concreto, la angustia no se vive  en relación con nada preciso: es, por ejemplo,  el puro sentimiento de la posibilidad (Sastre, El ser y la nada), o la experiencia ante la nada de la pura imposibilidad de la existencia, o sea la muerte (Heidegger, El ser y el tiempo).  Para Sastre, el hombre tiene que decidir, y al hacerlo, tiene que experimentar angustia (cf. El existencialismo es un humanismo).

Ateísmo. Negación de la existencia de Dios o de los dioses. 

Compromiso. Al no existir Dios, el hombre contrae la obligación consigo mismo de hacer su ser, ya que comienza por ser nada (cf. J.-P. Sastre, El existencialismo es un humanismo).

Desamparo. Según Sastre, no es otra cosa sino el reconocimiento de que Dios no existe, y por tanto, de que se está sin apoyo ni socorro alguno. El desampara implica decidir uno mismo su ser  (cf. El existencialismo es un humanismo). Véase angustia.

 

Desesperación. Según Sastre, hay desesperación porque es necesario contar sólo con lo que depende mi voluntad, o el conjunto de posibilidades que hace posible mi acción (cf. El existencialismo es un humanismo). Véase angustia.

Dinero. Medio de intercambio de mercancías inventado por el ser humano, que ha complicado demasiado sus relaciones morales y políticas. Cf. J. M. Silva Camarena, “La experiencia del dinero”, revista de filosofía Ingrima, México, núm. 3, diciembre (2008).  

Doctrina antihumanista. Al mal llamado “existencialismo” de Martín Heidegger se le ha reprochado el ser una doctrina antihumanista porque concede al ser una posición de mayor importancia que la que otorga al hombre. 

Globalifílicos o globalifóbicos. Adictos o enemigos de la globalización. Sobre el tema de la globalización véanse los siguientes textos: Joseph E. Stiglitz, El malestar en la globalización, Taurus-Santillana, Madrid, 2002; Néstor García Canclini, La globalización imaginada, Paidós, Buenos Aires, 1999: Zygmunt Barman, La globalización, consecuencias humanas, Fondo de Cultura Económica, México, 1999.   

El hombre: una pasión inútil. Frase con la que termina el libro de Jean-Paul Sartre titulado El ser y la nada [L’étre et l’néant, 1943]: “Así, la pasión del hombre es inversa de la de Cristo, pues el honmbre se pierde en tanto que hombre para que Dios nazca. Pero la idea de Dios es contradictoria, y nos perdemos en vano: el hombre es una pasión inútil” (versión castellana de Juan Valmar: Losada, Buenos Aires, 1966, p. 747).

El ser y la nada. El problema filosófico de las relaciones entre el ser y la nada se origina en el pensamiento griego presocrático cuando Parménides sostiene que la nada no es y que de ella nada puede afirmarse.  

El ser y el tiempo. El problema filosófico de las relaciones entre el ser y el tiempo se planteó originalmente en la filosofía presocrática, especialmente Parménides y Heráclito, al tratar de resolver el problema del ser y el cambio, de la permanencia y el devenir.

Ética. En un primer significado quiere decir lo mismo que moral; en un significado específico y preciso quiere decir teoría filosófica cuyo objeto de estudio es la moral o comportamiento moral del ser humano.

Existencialismo sartreano. Teoría filosófica que sostiene que la existencia precede a la esencia. Primero se vivir tal como se ha elegido vivir, y esta forma de vida decide lo que se es, la esencia.  

Fascismo. Movimiento político y social del siglo XX, cuyo carácter totalitario, antidemocrático, anticomunista,  promovió  Benito Mussolini en Italia después de la Primera guerra mundial.

Filosofía. Conjunto de disciplinas que plantean los problemas fundamentales de lo real, el conocimiento, la ciencia, la moral, el arte, la historia, etcétera, en un constante trabajo de interrogación.

Hitler, Adolfo (1889-1945). Militar y político alemán, de origen austriaco, fundador del régimen nacionalsocialista y del partido nazi, vergüenza de la humanidad.   

Holocausto. Gran asesinato de seres humanos.

Humanismo. Reconocimiento, incremento y respeto de la naturaleza humana, su libertad y su dignidad.

Humanismo cristiano. La idea de que el reconocimiento, incremento y respeto de la naturaleza humana, su libertad y su dignidad, sólo pueden producirse en la persona que se reconoce primero como criatura de Dios. Cf. Jacques Maritain (1882-1973), Humanismo integral. Problemas temporales y espirituales de una nueva cristiandad [Humanismo intégral, 1936], Biblioteca Palabra, Madrid, 1999.

 

Humanismo clásico greco-latino. La idea de los filósofos romanos, como Cicerón, que entendían la palabra  humanitascomola que hace referencia a la educación del hombre como tal, lo que los griegos habían llamado paideia, de donde surge el concepto mismo de humanismo, como plena formación del espíritu del ser humano, lo cual puede lograrse con las buenas artes y las letras y los textos clásicos  (las llamadas humanidades).    

Humanismo español. Ramón Lull (1232-1315)  y Juan Luis Vives (1492-1540). Cf. Joaquín Xirau, Obras completas, II. Escritos sobre educación y sobre el humanismo hispánico, Fundación Caja Madrid, Anthropos, Barcelona, 1999.

Humanismo existencialista sartreano. La idea de que el reconocimiento, incremento y respeto de la naturaleza humana, su libertad y su dignidad,  sólo pueden producirse en la persona que ha reconocido que debe inventar su ser, haciéndolo con sus decisiones propias,  puesto ni Dios existe y tampoco existe una naturaleza humana ya configurada y acabada en el fondo de cada uno.  

Humanismo italiano: Francesco Petrarca (1304-1374): Coluccio Salutati (1331-1406); Leonardo Bruni (1374-1444); Lorenzo Valla (1407-1457); Giannozzo Manetti (1396-1459); León Bautista Alberti (1404-1472).

Humanismo marxista. La idea de que el reconocimiento, incremento y respeto de la naturaleza humana, su libertad y su dignidad, sólo pueden producirse en una sociedad comunista, no capitalista, en la que la persona se reconoce como tal en el trabajo no enajenado y por tanto libre.  Cf. Carlos Marx (1818-1883), Manuscritos económico-filosóficos,  Louis Althusser (1918-1990) et al, Polémica entre marxismo y humanismo, Siglo XX, México,  1976. Rodolfo Mondolfo, El humanismo de Marx, Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

 

“…précisément nous sommes sur une plain oú il y a seulement des hommes (Sartre);

“…précisément nous sommes sur une plain oú il y a principalement l’Etre” (Heidegger).

Libertad. En términos de teoría ontológica, y no sólo de teoría política, el ser mismo del hombre. Idea que permite hablar de la libertad como hecho y como derecho (cf. Eduardo Nicol, La vocación humana (véase “La cosa pública”),Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1997.

Mercantilismo. Afán o espíritu mercantil aplicado a cosas y personas que por su propia naturaleza no deben ser objeto comercio (de venta y compra). Véase: J. M. Silva Camarena, “El exilio de las cosas.  Mercancía y mercantilismo”, Contaduría y Administración, División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México,  México, núm. 196  (2000), 43-53.

 

Moral. Acción humana relacionada con el deber de cumplir una norma moral y, y por tanto,  susceptible de valoración moral propia y ajena.

Moralidad. El carácter propio de lo que se conforma en el cumplimiento del deber prescrito en una norma moral susceptible de valoración

Naturaleza humana. Esencia humana, permanente y fija. Para Sastre, no hay naturaleza humana en la que pueda fundarme, y por tanto, tengo que inventar mi vida, mi ser (cf. El existencialismo es un humanismo).

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Náusea. Véase angustia.

Ontología. Disciplina filosófica que trata del problema de la constitución de la realidad (el ser, el ente, la apariencia, la nada, el tiempo, etcétera).  

“…précisément nous sommes sur une plain oú il y a seulement des hommes (Sartre): Estamos precisamente en un plano en donde solamente hay hombres.

“…précisément nous sommes sur une plain oú il y a principalement l’Etre (Heidegger): Estamos precisamente en un plano donde se halla, principalmente, el ser.

Pret-a-porter. Expresión francesa que significa” listo para usarse, para llevarse”.  

Teoría del conocimiento. Disciplina  filosófica cuyo propósito es el de explicar los diversos problemas de los  fenómenos cognoscitivos (Epistemología).

Utilitarismo. Aquí se emplea este término a la actitud humana que valora exageradamente la utilidad y la pone como fin de toda acción, no al concepto del utilitarismo moral, como el de Jeremy Benham (1748-1831) que considera el interés como primer principio de la ética.

Valores morales. A diferencia del precio de los objetos, el valor moral tiene que ver con el bien: lo que se aprecia o se aprueba. En general, cualquier cosa del terreno de la moral que se selecciona o se elije por valiosa o digna.

Vender el alma. Expresión antigua, especialmente del cristianismo,  que significa obtener cosas de valor mundano a costa de perder la vida interior o la vida posterior a la muerte física. Cf. Johann Wolfang von Goethe: El doctor Fausto (1808).

 

 


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