Arturo Díaz Alonso, universitario

juan manuel silva camarena
2010

Texto publicado en la Gaceta de la Facultad de Contaduría y Administración, de la Universidad Nacional Autónoma de México: Algo más, número 191, enero-febrero (2010), 21-23.

 

En la Facultad de Filosofía y Letras solía dictar mi curso de metafísica despacio, mirando la cara de mis alumnos y volteando hacia la enorme pared de cristal para ver el campo verde de esa zona de nuestra universidad que todos llaman Las Islas, la que nace o se acaba atrás del edificio de la Rectoría. Durante los instantes en que mi vista se dejaba contagiar del ritmo sereno y natural del pasto y los árboles, justo cuando ya los fuertes rayos del sol del mediodía gentilmente atenuaban su poderosa fuerza, y mientras volvía a fijarme de nuevo en el rostro de quienes tomaban la clase, mi pensamiento aprovechaba ese fugaz silencio para elaborar o dar mejor forma a sus ideas, que enseguida mi lenguaje articulaba, quizá dando la impresión a los oyentes de que se trataba de dos procesos distintos. En verdad las cosas marchaban juntas, el pensamiento, las palabras y la expresión del rostro de los estudiantes, que en la sinceridad plena del cara a cara completaban el acto comunicativo y promovían mi razonamiento con una efectividad mayor que la que despliega la leña que aviva el fuego.

En ese tiempo no eran grandes los grupos de filosofía, pero tenían su propia personalidad que dependía, claro, de los caracteres individuales. El grupo de 1992 fue especial para mí, no sólo por el aplauso largo con el que los alumnos mismos dieron fin al curso, sino porque gracias a la complicidad académica que me brindaron mi pensamiento comenzó a dar frutos nuevos.  Entre ellos estaban unas jóvenes, como Claudia Liliana y Ana Esperanza, y unos jóvenes, como los dos Carlos. Unos estudiantes eran adolescentes y otros eran ya adultos,  como Arturo, que llegaba a clase puntualmente y con la atención tan bien dispuesta que cualquiera diría que se había prometido a sí mismo no perder nada del discurso,  ni una sola idea, ni un solo concepto.  

El  mínimo saber que el profesor puede tener de cada uno de sus alumnos es el de su nombre  —cortesía con la que éstos debían corresponder respecto al de aquél. A veces y por distintas razones es posible enterarse de algún aspecto peculiar de su existencia. No puede ponerse en duda que la relación entre docente y discente nunca puede darse de un modo impersonal. Por ejemplo, supe que Arturo, Arturo Díaz Alonso,  era un contador público que ya era un profesor universitario y que apenas dos años antes había obtenido el grado de maestro en urbanismo con una tesis en la que había planteado la necesidad de contar con una “filosofía de la ciudad”.  

El curso de 1992 lo dediqué casi en su totalidad a mostrar el obstáculo que para la reflexión filosófica auténtica representa el llamado —y tantas veces invocado— sentido común (que hoy por hoy, a mi juicio, escasamente es algo más que un mero disfraz de las intenciones pragmáticas de las personas).  De algún modo eso equivalía a decir que la supuesta moralidad de las creencias ordinarias estorban tanto a la genuina decisión moral de los hombres como el sentido común paraliza la acción interrogadora de su razón. Pero en ese momento yo ignoraba que el estudiante del segundo año de la carrera de filosofía Arturo Díaz Alonso buscaba, más que una filosofía de la ciudad, una filosofía para formar contadores y administradores, una filosofía que tenía que ser, naturalmente, una filosofía moral, una ética.

La escuela primaria en que el pequeño Arturo comenzó a recibir los rudimentos de la educación formal a los seis años de edad se llama Miguel de Unamuno. El filósofo de Bilbao, Don Miguel, se decepcionaba de la verdad pero se apasionaba por la veracidad. Yo pienso que algo de esto había en el espíritu de ese niño  que nació el 18 de enero de 1945, y veintinueve años más tarde, en 1974, inició su carrera académica en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como un joven que aspiraba a algo, que deseaba algo, como cualquiera de su edad.  Pero en su caso, con un alma compleja, que podía ser y a su tiempo fue maestro, sibarita, orador, editor, diputado,  locutor,  líder, viajero, conductor de televisión, buen escritor de cartas,  aficionado a la buena mesa y al buen vino, que le gustaba enviar tarjetas postales, y más que nada, cultivar amistades. Veintitrés años más tarde fue nombrado Director de la Facultad de Contaduría y Administración, para un primer periodo (1997-2001), y luego para el siguiente (2001-2005).  En esta Facultad había fundado la División de Investigación en el mes de marzo de 1994 y supongo que en esa época su mente comenzó a descubrir el sentido que tenía el ideario que Justo Sierra había dado a la nueva Universidad, la de 1910: enseñar a investigar y a pensar, investigando y pensando, para bien de México.

En esta época yo era rector de una institución privada y compartía con Arturo  la necesidad de encontrar —desde la responsabilidad de un cargo de autoridad académica— el mejor camino para pensar y enseñar a pensar.  La intensidad del trabajo nos impedía compartir más cosas,  y sólo en algunas ocasiones nos reunimos con el propósito  principal de conversar de filosofía,  pero podíamos reconocer —sin recato— que finalmente estábamos más atentos al sabor que al saber. Nuestro trato, de filía recíproca, no supo nunca de asperezas o conflictos. Respeto y afecto iban juntos. Durante una comida o un tranquilo desayuno la pasábamos muy bien, sobre todo si había pan recién horneado y cocina genuina.

Cuando en 1998 mi compromiso académico había concluido, en uno de esos encuentros gastronómicos y sin pensarlo un solo segundo me invitó a trabajar con él en la Facultad de Contaduría y Administración. Creyó que en la División de Investigación  podía hacer algo de provecho. Acepté con entusiasmo y me enroló como un tripulante más en el barco que había construido para realizar, con investigación y ética, lo que otros ya habían descubierto como una necesidad inaplazable: aceptar que con verdad y honestidad, sin nudos ni prejuicios, es posible lograr que las empresas del futuro sean cada vez más dignas y buenas para el hombre. Su anhelo de formación ética rebasaba el ámbito de los salones de clase.  No sé si fue muy tarde pero pude descubrir un hilo fino que nos unía tan fuertemente como la preocupación por la ética y lo verdadero,  el desprecio por toda clase de gazmoñería y cualquier tipo de hipocresía moral: la voz de María Callas.  Arturo es un genuino melómano. Ambos amamos a Tosca, a Medea o a Norma, siempre y cuando  les diera vida Cecilia Sophia Anna, la extraordinaria María, la Kalogeropoulou.  Podíamos discrepar al decidir quien daba a La Divina la mejor partitura,  si Verdi o Puccini,  Wagner o Bellini; en cambio, para Arturo y para mí era algo absolutamente necio el discutir si la universidad era o no algo sagrado. Una convicción que nos vincula más estrechamente. En un curso de filosofía de la religión, cuando a los alumnos se les pidió que pusieran el ejemplo de algo sagrado, dicen que Arturo  excitado o fuertemente provocado puso como ejemplo de algo sagrado a la UNAM.   Podemos suponer que en ese momento no pensó en la Atenea sin ojos para la humanidad, sino en la que invocaba Don Justo Sierra para adorar en nuestra Máxima casa de estudios, la Atenea Promakos, la ciencia que defiende la patria.  Las vocaciones todas que suavemente mueven o agitan violentamente  el alma de Arturo Díaz Alonso, cuando viene al caso, se ajustan en torno a lo que siempre quiso ser y ha sido: un auténtico universitario.   

Me fue descubriendo y yo le fui conociendo más. Es un hombre que sabe vivir, nadie lo duda. Afortunadamente ha recibido en vida premios y reconocimientos merecidos —quién sabe si todos los que corresponden a sus méritos. Festejé especialmente el establecimiento de la  Cátedra Patrimonial Arturo Díaz Alonso.  Hay magnanimidad por igual en las cosas importantes que emprende y en las acciones banales de su vida. Su emoción y su pasión corren muy parejamente con su inteligencia.  En verdad ignoro  si de buena gana y sin rajarse podría cambiar un Herradura blanco por un Moët et Chandon; y tampoco puedo asegurar que  Dolores Hidalgo, en Guanajuato,  le hace sentir más cosas que el Quartier Latin de París.

Un día en torno a una mesa de restaurante nos reunimos un entrañable grupo de amigos, y a pesar del vigor con el que el maestro Arturo acostumbra capitanear a un grupo, sea de amigos, colegas o empleados, tuvo que abstenerse de pedir un tequila de la Hacienda San José del Refugio. En esa ocasión decidimos comer comida francesa, que de todos modos le gusta tanto como la yucateca. Todos lo saben: Arturo no come simplemente para nutrirse o para  dar rienda suelta a la glotonería. Todos comíamos a gusto, sin afectación alguna.  Pero él, que en esa ocasión fue especialmente mimado por el chef del lugar, que también se llama Arturo, disfrutó la comida de  tal modo que cada bocado le parecía digno del mejor elogio. Alabanza tras alabanza, festejamos las bebidas y los platillos, y estoy seguro de que alguno de los comensales, como yo,  le echó un ojo encima —con la promesa o la amenaza de devorarlo— a una enorme pieza redonda de queso Bree, ese de pasta suave en el interior y de corteza ligeramente dura. Parecía ser el objeto del deseo de cualquiera. Menos de Arturo, que ni se fijó en él, porque nunca le ha gustado lo dulce. Eso sí: eligió un buen Bordeaux, de esa agraciada región de vinos franceses. Sin ninguna extravagancia o presuntuosidad iba paladeando lentamente el contenido de su copa, en contraste con la velocidad con la que medio atropelladamente íbamos lanzando ocurrencias y puntadas.

Después de esa situación peculiarmente feliz, ya no pudimos hablar con él de un modo directo y con viva alegría. No pudimos saber, por ejemplo, si la vida le dio más cosas de las que él nos dio a los que estuvimos cerca de él. Pero es claro que su vida no fue nada más para él, pues por su ejemplaridad universitaria, entre otras razones,  la desbordaba, iba más allá de sí mismo, y cada uno sabe de qué modo.  Murió el 17 de octubre de 2009.  

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