La filosofía como deber moral
Sobre la herencia filosófica de Eduardo Nicol

juan manuel silva camarena
2009

Texto leído el 26 de octubre de 2007 en el “Homenaje a Eduardo Nicol en el centenario de su nacimiento”,  organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y publicado en Ricardo Horneffer (coordinador), Eduardo Nicol (1907-1990), homenaje, presentación de R. Horneffer y palabras de Alicia Rodríguez de Nicol, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, Colección Nuestros Maestros, 2009.

En 1939 Eduardo Nicol escribió un breve ensayo sobre Giner de los Ríos, el fundador de la famosa escuela española llamada Institución Libre de Enseñanza. Este escrito comienza así: "No pude conocer a Don Francisco Giner de los Ríos. Sí hubiera podido conocer a Don Miguel B. Cossío, en sus últimos tiempos. Tampoco he conocido a Don José Ortega y Gasset: no sé qué curiosa serie de coincidencias le ha puesto siempre fuera de mi alcance, cada vez que esperaba encontrármelo"1.


Yo, por suerte, durante años, me reunía con el profesor Nicol en esta Facultad de Filosofía y Letras todos los lunes y los miércoles unos cuantos minutos antes de las cinco de la tarde (el Curso de Metafísica, al que asistía como profesor ayudante, comenzaba a las cinco en punto); si era el último día hábil de la semana, cualquiera podía encontrarlo en el despacho privado del Seminario de Metafísica. En este  Seminario, fundado por él en 1946, estaba siempre desde las cinco treinta, porque la sesión de trabajo comenzaba, con estricta regularidad, en punto de las seis de la tarde.


En ese escrito de 1939 continúa Nicol de este modo: "Tengo que hablar, pues, de personas que no he conocido. Esta ignorancia no creo que me obligue al silencio. Lo que pueda yo pensar, tendrá el valor de dato para una encuesta. ¿Qué piensan de la pedagogía española los que no se han formado en ella ni han conocido a sus maestros?"


¿Y qué piensan de la filosofía de Nicol quienes lo conocieron y se formaron en su pensamiento? Cuando entusiasmado acepté el compromiso de participar en este coloquio adquirí el compromiso de hablar de una persona que tuve el privilegio de conocer cercanamente. Sin embargo, mi familiaridad con el profesor Nicol no me fuerza a pedir y tomar hoy la palabra. Hay algo más.


Nicol nos da a entender sutilmente que hay un cierto deber de hablar del que fue un maestro extraordinario: "si los que han conocido a los tres maestros españoles, o a los dos últimos, o se han formado en sus ideas, se olvidaron de que en 1939 se cumplía el centenario del nacimiento de Don Francisco, bueno será que nos ocupemos de él los que no pudimos alcanzado".


Bueno es que nosotros, los que conocimos a Don Eduardo Nicol y nos formamos en sus ideas, nos acordamos de que en este 2007 se cumple el centenario de su nacimiento. En esta conmemoración hay, igualmente, una especie de obligación que no se deja identificar fácil y claramente, pero que nos reúne aquí y ahora para ofrecer en la palabra el recuerdo del que en esta casa, durante cincuenta años, fue también un maestro extraordinario.


Eduardo Nicol nos dejó el tres de mayo de 1990, y desde entonces, entre el duelo y la melancolía, entre recuerdos y olvidos, lamentamos que su presencia, tan llena de vida, se haya transformado de pronto, sin más, en una ausencia tan necesitada de vida.


Gadamer en algún escrito nos contó que cuando murió Max Scheler su maestro Heidegger dijo lo siguiente: "una vez más una senda de la filosofía se pierde en la oscuridad". Cuando esto sucede, como para mitigar de algún modo esta especie de desesperación filosófica causada por la muerte de un pensador, mediante un profundo silencio o alzando muy fuertemente la voz, da lo mismo, nos apresuramos a decir que no es justo, que algo debe quedar, que no puede irse todo en esas sendas que las sombras se tragan irremediablemente. No soportamos bien estos golpes, no nos conformamos fácilmente con el dato frío, verídico, inconmovible, que sin consideración ninguna, como si no tuviéramos sentimientos, nos comunica brutalmente que es inútil querer lo contrario: que los caminos desaparecen, sencillamente, porque ya no están los que caminando los construyeron, los que andando les dieron vida. Vinieron y se fueron, y en cierto sentido eso está bien, porque ya no le deben nada a nadie, porque su vida la pagaron con su vida.


Pero nosotros, por el contrario, no estamos bien. Nos sujetan a la vida el duelo y mil asuntos pendientes, la mayoría de ellos triviales, pero nos quedamos mal, y a duras penas comenzamos a aceptar la ausencia del que se fue (sin aceptarla del todo como verdadera), cuando descubrimos una salida a nuestro malestar. Cambian las cosas si por aquí o por allá, de un modo o de otro somos capaces de encontrar, no importa por qué razón, algo del que se fue, algo que podamos decir que ahora es nuestro. Se trata de hallar algo que sirva de base a nuestra convicción —y realmente nos da igual si es sólo ilusión— de que al muerto no lo hemos perdido por completo. Ciertamente las sendas pueden inexorablemente desaparecer en la oscuridad, pero podemos caminar sobre ellas, aunque solamente sea abarcando pequeños tramos, durante cortas distancias, si algo nos indica, borrosa pero insistentemente, que podemos hacerlas nuestras si logramos rescatarlas legítimamente. La legitimidad depende, sin duda, de que podamos probar que somos auténticos herederos, que no somos de los que aspiran a poseer las cosas apoderándose arbitrariamente de ellas.


Un legítimo heredero, en filosofía, depende más de su propia voluntad que de la del titular del testamento. Esto es extraño, pero es cierto. Cuando se trata de dinero o de cosas materiales, y si el azar no se entromete demasiado, la decisión final queda en manos del dueño original. Es algo simple: posee algo y mediante la herencia se lo da a otro. El nuevo dueño puede incrementar el caudal o despilfarrado. A partir de las revelaciones de lo que los testamentos ocultan los herederos inauguran nuevos sentimientos (algunos de una día para otro comienza a amar y a odiar). Pero en el dominio del espíritu las cosas suceden de otro modo. Los herederos, que también pueden incrementar o derrochar la herencia, tienen mucho que ver con lo heredado. Tienen la libertad para comportarse odiosa o amorosamente desde el principio. No necesitan postergar o condicionar sus reacciones afectivas. Una herencia espiritual, como la que puede dejar un filósofo, posee un valor que paradójicamente depende más del heredero que de lo heredado: importa más lo que puedan hacer con la herencia quienes la reciben, que la herencia misma; la última palabra no la tiene, pues, el dueño original del legado sino el heredero. Por otro lado, sólo pueden recibir los que saben recibir; solamente dan los que son capaces de dar desinteresadamente.


En el caso de Eduardo Nicol creo yo que el asunto de la herencia y los herederos puede complicarse un poco. Desde luego, es posible hacer la pregunta directamente: ¿qué se le debe a Nicol? En los labios de alguien que quiera ocultar sus intenciones, la respuesta podría tomar un giro peculiar, expresando más ganas de cuestionar que de responder. De todos modos la pregunta ¿qué es lo que nos dejó Nicol? Es una pregunta ambigua, porque puede significar varias cosas. En primer lugar, se puede plantear la pregunta individualmente, y en el nivel de lo individual lo que tiene pleno sentido lo tiene subjetivamente, y entonces tanto la pregunta como la respuesta corren el riesgo de disolverse, muy anecdóticamente, en las páginas de un diario o una autobiografía. "A mí me dejó mucho", "A mí no me dejó nada". En mi caso personal, por ejemplo, les aseguro que no puedo discernir con exactitud si lo que le debo a él como persona, como maestro y como filósofo es un legado mayor o menor del que me sigue brindando cada vez que establezco un nuevo diálogo con él, releyéndolo o hablando con él de esto y lo otro. Lo que me dice cuando converso con él, ora en la dimensión del presente, ora en la del pasado, continúa integrándose a mi experiencia, y por tanto, enriqueciéndola. Podría hablar de esto, claro, o podría optar por el silencio que sólo se rompe en las comunicaciones íntimas. En la dimensión individual (más que en la comunitaria), lo que Nicol pudo y quiso dejar, consciente del legado, tiene el signo de la ejemplaridad. Su comportamiento, su puntualidad, su pulcritud, su cuidado de la palabra, su estilo de trabajo, lo que ustedes quieran, pero sobre todo la firmeza ejemplar de su vocación de verdad. Ya saben que sobre este tema hay en Nicol mucha tela para cortar. Lo que yo no puedo dejar de admirar en él, y creo que es lo mejor que me dejó, es lo que digo, porque hasta ahora no tengo un mejor modo de decido, que la filosofía en él, con él, y para él, es algo que va en serio. Con esto quiero decir que en él no es sólo un oficio, una profesión, ideas inteligentes, un modo de pensar, una forma de conocimiento, una forma de vida, erudición, ingenio... Es todo esto, pero es algo más: es algo que va en serio como vida viva, es la vida misma, en tanto pensamiento humano, pensado vitalmente: es pensamiento en vivo, pensamiento vivo. Es algo que va en serio,  porque es la vida misma, a flor de piel, en las palabras de la filosofía. En Nicol hay una unidad de filosofía y vida, de la suya y la de todos, que nos muestra inmediatamente que se trata de algo que va en serio. Lo siento, no puedo decirlo mejor.  


En segundo lugar, la pregunta sobre el legado de Nicol puede adquirir un segundo sentido, pues puede ser asumida por nuestra comunidad filosófica nacional y entonces tiene que promover una respuesta objetiva que nada o casi nada tiene que ver con experiencias o vivencias individuales. ¿Qué le debemos a Nicol los filósofos mexicanos? La pregunta puede plantearse de este modo: ¿qué dejó Eduardo Nicol a la comunidad filosófica mexicana? Y puede responderse concretamente. Se puede afirmar, por ejemplo, que contribuyó, con palabras, hechos y acciones a que nuestro gremio de buscadores de la verdad superara por fin lo que él llamó la etapa orteguiana de la filosofía y comenzara a sentirse como pez en el agua elaborando un pensamiento definitivamente científico por lo que se refiere al rigor de los procedimientos, tanto en la construcción teórica corno en la docencia (incluyendo la difusión o comunicación de las ideas filosóficas).


En tercer lugar, la averiguación sobre el legado de Nicol puede referirse a la filosofía, sin más. ¿Qué le debe la filosofía a Nicol, aquí o en cualquier otra parte del mundo? ¿Problemas? ¿Soluciones? ¿Ejemplaridad? ¿Talento y lucidez? ¿Originalidad y creatividad? Pienso que la respuesta a esta pregunta nos llega, insólitamente, por un lado inesperado, que no es el de los problemas o el de las soluciones, ni el de las habilidades personales ni el de la ejemplaridad que ya mencionamos. En este caso la respuesta iluminando un ángulo nuevo, que nos hace retroceder al segundo sentido de la pregunta en cuestión. A Nicol le debemos la posibilidad, que hasta ahora no habíamos tenido o no habíamos tenido de esta manera, de preguntar por lo que la filosofía, a secas, aquí o en China, le debe a un miembro de nuestra comunidad. Entonces quiere decir que Nicol ha dejado algo a la filosofía universal, un legado que evidentemente también pertenece a México. Nicol ha dejado a la filosofía en México algo más que una campaña en pro del rigor del pensamiento, pues le dejó una propuesta que no es nada más para ella, sino para todos. Y así podemos regresar al tercer sentido de nuestra respuesta. ¿Y qué es, pues, lo que deja Nicol a la filosofía? Desde luego, un legado teórico que culmina con una reflexión sobre el misterio de la palabra, y que consiste en una revolución filosófica (que incluye, como sabemos,  una teoría de las revoluciones en filosofía), una revolución que muestra que se han agotado todas las posibilidad de insistir en el planteamiento de la pregunta por el ser, sencillamente porque el ser no tiene razón de ser ni necesita ser buscado más allá de lo que aparece, pues está a la vista si se le reconoce al fin como fenómeno. Esta revolución implica una teoría de la historicidad del ser humano, una metafísica de la expresión y una teoría de los principios de la ciencia, y finalmente una teoría del método en filosofía (que propone una fenomenología dialéctica y una dialéctica fenomenológica). Esta herencia de Nicol desde luego, lejos de huir de la crítica filosófica de buena lid, la promueve inmediatamente a partir del mismo hecho de su presencia, y cuesta trabajo, no porque sea difícil de entender, sino porque [deja la tarea] invita a mostrar lo contrario a cualquiera que quiera tomar el papel de abogado del diablo.


Pero no bastan las ideas cuando se quiere sacar toda la sustancia a las ideas. Este legado teórico de Nicol viene acompañado de dos cosas; por un lado, viene unido a un gran deseo: el de la reforma de la filosofía, que implica restablecer el principio vocacional del conocimiento verdadero científico, y por otro lado, trae consigo algo que provoca un gran susto: si todo sigue como va, se avecina, terriblemente, con una velocidad vertiginosa, el ocaso de las alternativas, el fin del hombre.


Eso es lo que nos dejó Nicol (y de eso, naturalmente, cada quien puede tomar lo que quiera). Pero una herencia verdaderamente filosófica es algo más que una subasta de ideas y nada parecido a una venta de garage. No se puede distribuir mediante una especie de catálogo o inventario de ideas, como ahora se ofrecen conocimientos a los que desean comprarlos. Tiene un mérito innegable el sostener algo diferente a lo que cree la mayoría, y hay en eso, sin duda, ejemplaridad: la verdad, cuesta. Y sabemos que Nicol pagó su cuenta con opciones y renuncias de diversa índole). Las ideas valen, pero el deseo y el susto que hemos mencionado tienen una mayor fecundidad y ejemplaridad, que tornan más valioso el legado, pues contiene viva la responsabilidad moral de la filosofía por el destino del hombre: el primero como un deseo para bien de la humanidad, el segundo, como un cuidado del alma, actualizado en la forma de una advertencia.


Son muchos los temas del abordaje teórico de Nicol; son muchas las semillas y los frutos que es posible hallar en los cientos de páginas de su obra filosófica. Pero no podemos perder de vista que, tal y como sucede con los maestros griegos de la filosofía, la ciencia de Nicol es indesglosable de la sapiencia de Nicol, y por ambos lados, el de los conocimientos teóricos acerca de la realidad, y el de la sabiduría filosófica que "siempre ha sabido acompañar al hombre y reforzar su ánimo en las empresas mundanas", hay un legado que sólo Nicol ha dejado a la filosofía de nuestro tiempo: que la vocación libre de pensar se ha convertido ahora en la necesidad de una perseverancia: es un deber moral. Esta idea no se pierde. Siempre es una pena grande que una vida humana tenga que acabarse. Es cierto que al final pueden perderse en la oscuridad las sendas de la filosofía. Pero por varias razones podemos decir que la vida de Nicol fue una vida que concluyó bien. Y como dice él en alguno de sus textos, "una vida bien conclusa tiene su grandeza [pues]: no hay que recordarla tristemente". Nuestro recuerdo de Nicol puede estar lleno de júbilo. [Para mí es grande la alegría de haberlo conocido, de haber estado a su lado].

Notas y referencias

1 "Aparentemente nada. Don Francisco Giner. 1839-1915", Revista Mexicana de Educación, México, año I, núm. 1, 1940.

 

 


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