La experiencia del dinero

juan manuel silva camarena
  2009

 

Ensayo publicado en la revista de filosofía Ingrima…en pos del sentido, México, 3, enero (2009), 8-21.

 

Dinero y experiencia

Es bien sabido que la existencia humana individual y la colectiva son una gran acumulación de experiencias. En la primera frase de  El capital Marx nos hizo notar que el régimen capitalista de producción se nos aparece como un “inmenso arsenal de mercancías”. ¿Cómo se anuda la vida del hombre con sus experiencias? Si se trata de hablar del dinero y de algunas vivencias de las personas es preciso reconocer que hay mucha tela de donde cortar. Al tocar el tema, la vida humana aparece toda entera, se muestra por entero. Explotación, religión, narcotráfico, relaciones sexuales a cambio de dinero, compra y venta de indulgencias, asesinos a sueldo, lavado de dinero, simonía, dramas y tragedias, y trivialidades mezcladas con cosas de verdadera importancia. ¡Dan ganas de pedir que arroje la primera piedra quien esté libre de compras y ventas, el que no tenga ni un quinto o el que lo tenga todo!

La experiencia del dinero es peculiar. Por experiencia entendemos una situación vivida por una persona. Experiencia del dinero quiere decir, entonces, el modo en que un ser humano vive el dinero, lo cual incluye, por supuesto, realidades y fantasías al respecto.  Todo hombre ha tenido, tiene y tendrá peculiares modos de vivir el dinero. La manera en que alguien vive el dinero tiene que expresarse inexorablemente con los matices personales originados, por un lado, en la subjetividad o la personalidad propia,  y por el otro, en la concreción e irrepetibilidad de toda experiencia.

La experiencia del dinero es especial. La experiencia universal es un concepto que entra en conflicto con la idea de la experiencia real y concreta, siempre única y nueva, en relación con un aquí y un ahora intransferibles. Aunque se vuelva a vivir lo mismo, cuando se vive por segunda vez se vive de modo diferente. En este sentido, lo propio de la experiencia es la novedad, y ésta conecta con lo esencial de la historia, individual o colectiva, que consiste en presentarse por vez primera.  Sin embargo, en el caso del dinero, es posible intentar la identificación de algunas formas de vivir el dinero que al fin y a la postre pueden presentar las características de lo más parecido a una experiencia común. 

Lo que para los hombres aparece como una mera opción ideológica, básicamente centrada —incluso con exageración— en la pregunta ¿quiero ser de derecha o de izquierda? se origina fundamentalmente en una experiencia  de dinero (individual o colectiva),  la cual, a su vez, queda determinada en una situación de carácter ideológico de izquierda o de derecha.

Lo especial de la experiencia del dinero es su universalidad. Si existe algún misterio relacionado con nuestra experiencia del dinero, es que ésta es especial (en el sentido de que no es como las demás), y sin embargo, su singularidad se vincula con el hecho puro y simple de que nuestra vivencia del dinero parece indicarnos que siempre es la misma, aquí, allá y acullá, antes y ahora.

¿La experiencia del dinero es histórica? La experiencia del dinero es común, y no parece cambiar al paso del tiempo y de los tiempos. El sujeto, a pesar de vivir el dinero en su aquí y su ahora singulares, parece experimentar el dinero siempre de una misma manera. Entonces, la experiencia del dinero es especial y común. Los hombres hemos vivido, en cada caso de un modo especial, la experiencia común de tener una experiencia propia, no como la de los demás.  En lo que sigue podemos figurarnos, en el sentido de delinear y de aparentar, algunas experiencias con el dinero que parecen  típicas y singulares.

 

Los modos de las vivencias del dinero

I


Sabe que no puede bastarse a sí mismo. Se reúne con otros, y juntos producen y cambian entre  ellos mismos las cosas que necesitan. Hacer cosas útiles, las que sirven para satisfacer las necesidades que aparecen una y otra vez no representa ningún problema. Pero un hombre solo no puede hacer todo lo que necesita: su comida, su casa, su abrigo, etc. Tiene aptitudes para hacer unas cosas, pero no tiene ni el tiempo ni las habilidades para hacer todas las cosas necesarias. Por tanto, necesita hacer cosas para los demás; necesita que los otros hagan cosas para él. Puede ir con el carnicero, y decirle: “¡Amigo! Te traigo un par de zapatos nuevos. Te los cambio por carne. Quiero comer bien varios días”. Aunque no lo sea, parece una vida sencilla: hace cosas que sabe y puede hacer, y cambiándolas (en trueque) consigue las demás cosas que le hacen falta.

Platón considera a la insuficiencia humana como el origen de la polis: “una ciudad nace cuando los in­dividuos en particular se encuentran en la imposibilidad de bastarse a sí mismos y de procurarse las muchas cosas de que han menester [Platón]1.

Es pues manifiesto que la ciudad es por naturaleza anterior al individuo, pues si el individuo no puede de por sí bastarse a sí mismo, deberá estar con el todo político en la misma relación en que las otras partes lo están con respectivo todo. El que sea incapaz de entrar en esta participación común, o que, a causa de su propia insuficiencia no necesite de ella, no es más parte de la ciudad, sino que es una bestia o un dios [Aristóteles]2.

Estos pueblos se cambian directamente cosas útiles por otras que también lo son, pero nada más, como dando y tomando vino por trigo, y así con los demás artículos. Semejante cambio no es en contra de la naturaleza ni es tampoco una forma de arte de hacer dinero, puesto que no existe sino para satisfacer los requisitos de la autosuficiencia natural [Aristóteles]3.

El valor natural (natural worth) de todo objeto consiste en su capacidad para satisfacer las necesidades elementales de la vida humana o para servir a la comunidad del hombre [Locke]. La utilidad de un objeto lo convierte en valor de uso pero está utilidad de los objetos no flota en el aire. Es algo que esta condicionado por las cualidades materiales de la mercancía y que no puede existir sin ellas [Locke]4.

¡Cuánto más feliz era aquella edad en que las cosas se trocaban unas por otras, cómo en los tiempos de la guerra de Troya, si hemos de dar crédito a lo que relata Homero! Porque entonces paréceme que se practicaba el comercio para cubrir las necesidades de la vida. Quienes, nos dice, Homero adquirían sus compras dando en trueque pieles de buey, quienes ofreciendo hierro o los despojos que habían tomado al enemigo [Plinio el Viejo]5.

 

II


Viene del mercado un poco harto de ver tantas cosas que ofrecen a cambio de otras mercancías. Sabe bien que hay cosas que valen más que otras, pero cuesta trabajo establecer un buen intercambio.  “Es muy tonto —decía un marchante, dándose aires de muy entendido—, cambiar un pedazo de oro por un montón de lentejas”. Hay cosas muy útiles, como los alimentos, que se necesitan todos lo días, porque el hambre vuelve diariamente, día tras día. Con una sonrisa en los labios reconoce que le encanta cambiar cosas por buenos alimentos. Pero hay cosas que valen mucho, aunque  no sean cosas de primera necesidad: oro, joyas, adornos, telas finas, vasijas decoradas… En un buen plato, un buen alimento. Su abuelo solía decir: “Las cosas buenas van juntas”.

Nada quisiera yo haberte aconsejado [dice Séneca a Lucilio] sino eso que nunca se aconseja lo bastan­te: que midas todas las cosas por los deseos naturales que se pueden sa­tisfacer o de balde o por poco pre­cio; sólo que no quieras mezclar los vicios con los deseos. ¿Quieres saber en qué mesa, en qué vajilla argen­tina, por qué parejas de esclavos de­pilados te será servido el manjar? La Naturaleza no desea más que el alimento: “Cuando la sed quema tus fauces, ¿pides copa de oro? Y cuando tienes hambre, ¿desdeñas todo man­jar que no sea pavón o rombo"?” El hambre no es ambiciosa; se contenta con acabarse (…) Así que muy cuerdamente Horacio dice que a la sed no le interesa la copa o la elegan­cia de la mano que le situé el agua6. (A. Séneca, Carta CXIX a Lucilio, Obras completas, tr. L. Riber, Aguilar, Madrid, 1957)].

 

III


Es sincero consigo mismo, y reconoce que no se le ha ocurrido pensar por qué hay más cosas de las necesarias.  Si están ahí, se antoja tenerlas. Podría sospechar que algo anda mal cuando le ofrecen a cambio de cosas útiles objetos que no necesita… Los comerciantes son terribles. Pero en realidad él no se ocupa de estas cuestiones. Se entusiasma, como los demás, por adornos y cosas bonitas, y se siente feliz con la idea de que sean suyas. ¡Mira eso! ¡Qué bello!  Después de examinar un objeto y quedar atraído  por un lindo cuchillo con mango grabado, se dice a sí mismo: “Un cuchillo como este puede servirme también para defenderme de algún intruso”. Las cosas parecen mostrar por sí mismas su utilidad. Pero el hombre suele hacer mezclas caprichosas de deseos y  usos.

Plinio el Viejo, entre otras cosas nos cuenta, como de paso, las razones por cuales el hombre es capaz de remover las entrañas de la tierra para conseguir cosas que desea: Aquí la horadamos para obtener riquezas con que atender las necesidades de la vida, buscando oro, plata, electro o cobre; allí, para satisfacer las exigencias de la lujuria, vamos además en busca de piedras preciosas o de pigmentos para adornar nuestros dedos y ornamentar las paredes de nuestras casas; acullá, en fin, por complacer a nuestros coléricos instintos, perseguimos el hierro, aún más codiciado que el oro en tiempo de guerra y matanzas [Plinio el Viejo]7.  


Epicuro, el gran doctor en felicidad, ha dividido admirable y juiciosamente las necesidades humanas en tres clases. En primer lugar, las necesidades naturales y necesarias: son las que, no satisfechas, producen el dolor; no comprendiendo, pues, más que el "victus" y el "amictus"  [alimento y vestido], son fáciles de satisfacer. En segundo lugar, las necesidades naturales pero no necesarias: así la necesidad de la satisfacción sexual, aunque Epicuro no la enuncia en la relación de Laercio; por lo demás reproduzco, en general, toda esta doctrina ligeramente modificada y corregida. Esta necesidad es ya más difícil de satisfacer. En tercer lugar, las que no son ni naturales ni necesarias: son las necesidades del lujo, de la abundancia, del fausto y del esplendor; su número es infinito y su satisfacción muy difícil [Schopenhauer]8

IV


A ella le fascina la riqueza. Se pregunta a sí misma por qué no tiene tantas cosas como las que necesita. Una amiga se lo reprochaba hace dos días. Y ella tuvo que negarlo: “No, no es así. Nada más busco las cosas que se necesitan para vivir. Y yo, como todo mundo, quiero vivir”. De las cosas que necesita, no sabe bien cuáles son las  verdaderamente necesarias. “¡Todo se puede necesitar: hay que tener de todo! ¡Pero es una lata el trueque. Ahora, con el dinero, podemos comprar cosas. Antes todo era más difícil, más tardado. El hombre no sólo está capacitado para inventar cosas malas. Sin monedas no habría negocio.  Con una moneda en las manos, en cierto modo puedo tener lo que quiero anticipadamente, antes de comprarlo. Con dinero, yo misma soy distinta, porque no es lo mismo ser alguien que necesita cosas y no sabe si algún día podrá tenerlas, un ser definitivamente necesitado, que por adelantado comienza a tenerlas…” 

Desde tiempos muy remotos el dinero ha servido como un medio de cambio en el manejo de mercancías, ya sea en trozos o barras de metal sin cuño alguno o como monedas troqueladas. Al escribir su historia de los metales, Plinio el Viejo nos dice que la imagen de una oveja (pecunia) quedó troquelada en la primera moneda acuñada, y que el rey Servio Tulio (578-535 a. de C.), sexto rey de Roma,  fue el primero que imprimió cuño al cobre9.

De aquí que, para efectuar sus cambios los hombres convinieran en dar y recibir entre ellos algo que, siendo útil de suyo, fuese de fácil manejo para los usos de la vida, como hierro, plata u otro metal semejante. En un principio se determinó su valor simplemente por el tamaño y el peso, pero al fin hubo de imprimirse un sello en el metal, a fin de eximirse de medirlo, y este sello se puso como signo del valor. Instituida pues la moneda por la necesidad de los cambios, nació la otra forma crematística  o sea el comercio lucrativo [Aristóteles]10.

El comercio jónico creció con el rápido desarrollo industrial de las ciudades del Asia Menor a compás del cual fue desapareciendo el tipo de vida agraria.  Realizó un progreso decisivo mediante la introducción de la acuñación del oro por los vecinos de Lidia y la sustitución del trueque por el cambio monetario [W. Jaeger]11.

Como de más fácil transporte, los metales fueron generalmente esco­gidos por términos medios de todos los cambios; y estos metales fueron convertidos en moneda por ahorrar­se la medida o el peso a cada cam­bio; porque el sello de la moneda no es otra cosa que un testimonio de que una pieza de tal manera se­llada pesa tanto; y sólo el rey tiene derecho a acuñar moneda, puesto que solo él puede exigir que todo un pueblo dé crédito a su autoridad [Rousseau]12.

Los sabios debieran apoderarse del monopolio de la acuñación de moneda (a ello son acreedores por su manera de vivir y sus fines) y dar dirección a la riqueza; es absolutamente preciso que ésta sea dirigida por las inteligencias superiores [Aforismos ¿’]13.

 

V


La trama de la vida humana puede verse por fuera: el trueque es intercambio de cosas: dos hombres, enfrentados cara a cara, cambian cosas que les pertenecen porque son productos suyos. El comercio, en cambio, elimina el contacto directo entre productores porque introduce una tercera persona anónima. El dinero para cambiar cosas no es dinero para comprar o vender. El dinero, en manos del comerciante, del marchante o del traficante, es cosa nueva, o mejor dicho, un uso nuevo de la moneda.  Pero también puede verse por dentro: “Ya no tengo que cambiar mis cosas personalmente, pues alguien se encarga de hacerlo. La verdad es que me gustaba ver la cara del panadero cuando le llevaba mi maíz recién cosechado. Ahora mi vendedor va al encuentro de un vecino, se lo ofrece en venta y éste se lo compra. A veces no vende nada, pero en ocasiones vende mucho. El dinero me sirve para conseguir lo que necesito, pero creo que a él le sirve para algo más: cada vez lo veo más adinerado”.    

 

Platón y su interlocutor averiguan quién va a ocuparse en vender las mercancías: hay quienes, advirtiendo esto, se ofrecen para este servicio.  En las ciudades bien administradas lo hacen de ordinario los que, por su mayor debilidad corporal, son inhábiles para cualquier otro trabajo. Allí en el mercado tienen  que quedarse estos sujetos, para comprar con dinero lo que unos necesitan vender, y darlo luego, igualmente a cambio de dinero, a los que necesitan comprar.
Esta necesidad, por tanto, proseguí, dará origen, en nuestra cuidad, al comercio al menudeo. ¿O no llamamos así: marchantes, a los que, establecidos en la plaza, median en las compras y ventas, y traficantes, en cambio, a los que andan de cuidad en ciudad? [Platón]14.

Hoy puede hacernos sonreír esta reflexión de que los comerciantes, verdaderos tiburones, sean los más débiles, si Platón lo dice así es para indicar su desprecio por una clase económicamente improductiva y ocupada tan sólo en hacer dinero aunque reconozca la necesidad de los tales intermediarios [A. Gómez Robledo]15.

Lo que no debemos perder de vista es el hecho de que cuando se compran o se venden mercancías, querámoslo o no, nos guste o nos disguste, las cosas van desapareciendo de nuestro mundo personal (van a parar] a un exilio del que nunca se sabe si podrán volver [J. M. Silva Camarena]16

Aristóteles habla de tres formas de vida: la voluptuosa, la política y la contemplativa:  En cuánto a la vida de lucro, es ella una vida antinatural, y es claro que no es la riqueza el bien que aquí buscamos, porque es un bien útil, que por respecto de otro bien se desea.  Por tanto, más bien los fines antedichos podrían considerarse como los fines finales del hombre, toda vez que son queridos por sí mismos [Aristóteles]17.  

La riqueza, como dice el señor Hobbes18 [en el Leviatán], es poder. Pero la persona que adquiere o hereda una gran fortuna, no por eso adquiere necesa­riamente ni hereda poderío político, civil o militar. Su riqueza podrá ofrecerle los medios para adquirir todo eso, pero la mera po­sesión de aquélla no le procura necesariamente esas ventajas. El poder que le atribuye directa e inmediatamente esa posesión es la fa­cultad de comprar; una cierta facultad de disposición sobre todo el trabajo, o sobre todo el producto de éste, que se encuentra en el mercado [A. Smith]19.

Hegel habla de tres clases sociales: la sustancial, ligada al suelo, la industrial (artesanos, fabricantes y comerciantes), vinculada a las necesidades,  y la universal, conectada con los intereses del estado social [J. Garzón]20.

El comerciante no representaba una forma de vida, sólo un marchante o un traficante de cosas (Platón, República); alguien dedicado al lucro en las compras y las ventas; después se volvió un tipo de hombre, el “hombre económico” (cf.  J. O. de la Mettrie y Th. Hobbes), una clase social (cf. Hegel, Filosofía del derecho), una forma de vida (Cf. E. Spranger, Formas de vida),  o por lo menos un rasgo de carácter [E. Fromm]21.

 

VI


Sabe que tiene que trabajar. A veces le cuesta trabajo incorporarse de la cama. Abre los ojos y mira el reloj con ganas de que no sea hora de levantarse. Pero le gusta trabajar, o se ha acostumbrado a hacerlo.  El dinero se consigue trabajando, y sin dinero no se puede hacer nada, no se puede vivir. Lo sabe de sobra. Tampoco ignora que hay quienes viven tan bien, que no es creíble que lo que tienen sea producto de su trabajo. En todo caso, está contento con lo que hace, y más bien le entristece la mera idea de que pudiera perder su empleo. Es útil si puede trabajar. Por eso siente que se ha vendido al trabajo y lo peor sería quedarse sin él. ¿Y si ya no puede trabajar? Será como una mercancía que ya nadie quiere comprar.  A la dignidad de su persona parece ocultarla la función de utilidad del mundo actual.

La moralidad es la condición bajo la cual un ser racional puede ser fin en sí mismo; porque sólo por ella es posible ser miembro legislador en el rei­no de los fines. Así, pues, la moralidad y la huma­nidad, en cuanto que ésta es capaz de moralidad, es lo único que posee dignidad. La habilidad y el afán en el trabajo tienen un precio comercial; la gracia, la imaginación viva, el ingenio, tienen un precio de afecto; en cambio, la fidelidad en las pro­mesas, la benevolencia por principio (no por instin­to), tienen un valor interior [Kant]22.  

Para que esta relación se mantenga a lo largo del tiempo es, pues, necesario que el dueño de la fuerza de trabajo sólo la venda por cierto tiempo, pues si la vende en bloque y para siempre, lo que hace es venderse a sí mismo, convertirse de libre en esclavo, de poseedor de una mercancía en mercancía.  Es necesario que el dueño de la fuerza de trabajo, considerado como persona, se comporte constantemente respecto a su fuerza de trabajo como respecto a algo que le pertenece y que es, por tanto, su mercancía” [C. Marx]23.

Apenas es menester insistir en la impresión de ahogante tristeza que se desprende de un mundo así centrado en la función. Me limitare evocar aquella penosa imagen de jubilado y también la imagen enteramente a fin de esos domingos citaditos en que los paseantes dan justamente la sensación de jubilados de la vida [G. Marcel]24.

De lo que se trata, en todo aso,  es de reconocer la condición de medio que tiene el trabajo respecto de fines humanizantes [J. Landa]25.

 

VII

Sabe que hay que ser alguien. Y para ser alguien hay que tener cosas y dinero. No le gusta andar preguntando cosas como el niño que descubre el mundo, pero quisiera saber nada más por qué no todos tienen lo mismo. “Sé que no debo enfadarme con mi amigo el rico, pero no tolero su altanera seguridad, con un empleo bueno, con una posición... Parece que cada cosa que adquiere nueva me la enseña para que yo advierta que es algo que me hace falta. ¿Lo que ahora tengo es para siempre? Ayer en la tienda no quisieron fiarme nada. Ya sé que debo mucho… ¿Siempre viviré de este modo, con tantas limitaciones, necesitando tantas cosas, sin ser nadie?”

La cifra más elevada en que se evaluaba la propiedad de un hombre durante el reinado de aquel monarca era de ciento veinte mil ases, y, por consiguiente, se consideraba tal suma de bienes como la medida de la primera clase social  [Plinio el Viejo]26.

Un lado atractivo del dinero y el crédito; se puede ser-más, es posible “subir” socialmente.  Así lo hace notar  Georg Simmel cuando observa que no se le da crédito a alguien porque sea un caballero, sino que se vuelve un caballero cuando compra a crédito: “Un viajero cuenta que, una vez, un comerciante inglés le dijo: un hombre corriente es aquel que compra mercancías pagando al contado; un caballero, aquel a quien yo doy crédito y que me paga cada seis meses con un cheque [G. Simmel]27.   

 

VIII


Está consciente de que los sueños no son cosas que pasan en la realidad. Pero tiene que contárselo a alguien: “No estoy bien. Fue una pesadilla horrible. Estaba en Egipto, y notaba que las tumbas de los faraones, de un modo más exagerado que los altares de las iglesias, estaban llenas  de oro y joyas por todas partes. Al mismo tiempo veía casuchas miserables con abundantes pulgas y chinches. No es importante, ¿verdad? Lo peor del sueño… No sé cómo decirlo… ¡El diablo se mete conmigo!… Me viola y se va después de regalarme gran cantidad de monedas de oro, pero unos instantes después… Creo que quiero tocarlas, ¡pero se han vuelto excremento!”  ¿Qué extraño? ¿No es cierto?”

En verdad, el dinero es puesto en los más íntimos vínculos con el excremento dondequiera que domine, o que haya perdurado el modo arcaico de pensamiento; en las culturas antiguas, en el mito, los cuentos tradicionales, la superstición, en el pensar inconciente, el sueño y la neurosis.  Es fama que el dinero que el diablo obsequia a las mujeres con quienes tiene comercio se muda en excremento después que él se ausenta, y el diablo no es por cierto otra cosa que la personificación de la vida pulsional  inconciente reprimida.  Y es consabida también la superstición que relaciona el descubrimiento de tesoros con la defecación; todos conocen la figura del “caga ducados”.  Ya en la doctrina de la antigua Babilonia el oro es la caca del infierno (Mammon=ilu manman.  Por tanto, si la neurosis obedece al uso lingüístico, toma aquí como en otras partes las palabras en su sentido originario, pleno de significación; y donde parece dar expresión figurada a una palabra, en la generalidad de los casos no hace sino restablecer a esta su antiguo significado [S. Freud]28.   

 

IX

El dinero da poder, pero hay que aguantar las insolencias de los envidiosos y cuidarse de los ladrones. Medita este asunto y le da vueltas y más vueltas: “Uno de los mandamientos dice: no robarás. ¿Cómo se vive el dinero robado, si se ha robado por ser ladrón, o por necesidad.  ¿De dónde le viene la necesidad de robar al ladrón, o al que tiene que robar —como el cleptómano— porque no puede evitarlo? Yo no podría hacerlo. Aunque es cierto que a veces… Pero, ¿por qué alguien es capaz de asesinar a alguien para robarle el dinero?  Creo que me hundiría a mí mismo, con gran pesar, sin poder contarlo a nadie, sin librarme de eso jamás”.

—, ¿Qué, Yemeliánuschka?
—, Venda usted la capa cuando yo me muera, no me entierre con ella. A mí eso no me serviría de nada, y, en cambio se trata de una prenda de precio (…)
—, ¿Quieres alguna otra cosa,  Yemeliánuschka?
—, No, Astafi Ivánich; no necesito nada; solamente quería…
—, ¿Qué?
—, Eso…
—, ¿El qué, Yemeliánuschka?
—, Las calzas…que fui yo quien te las quitó Astafi Ivánich.
—, “Bueno —digo yo para mí—. Dios te perdonará, pobre; vete en paz… [F. M. Dostoyewski]29.

¿De qué soy culpable ante esa gente? ¿Por qué tengo que denunciarme a ellos? ¿Qué les diría? Todo esto no es sino ilusión y espejismo... Ellos mismos degüellan a millones de hombres y lo con­sideran un honor y un mérito. Miserables y cobardes, eso es lo que son. No, no iré. ¿Qué podría decirles? ¿Que asesiné, pero que, care­ciendo de valor para utilizar el dinero, lo oculté debajo de una piedra? —agregó con cáustica sonrisa— o se reirán de mí y dirán que soy un imbécil por no haber aprovechado los frutos de mi crimen ...  un im­bécil y un cobarde. No comprenderán, Sonia; son incapaces de com­prender, son seres indignos... ¿Por qué debo entregarme? No iré. Sé razonable, Sonia [F. M. Dostoievsky]30.

 

X


Sabe que se gana dinero con el sudor de la frente. Y también está enterado de que se  puede ganar dinero con el dinero. Ignora, en cambio, de dónde puede sacar fuerzas para pararse frente al prestamista, haciendo todo lo posible por caerle bien, por serle simpático y agradable: “¡Muy buenos días, señor Fulano de Tal”. Tiene que “ablandarle” el corazón y conseguir el dinero que necesita. Pero ¿qué  tan cordial puede ser, cuánta amabilidad puede fingir, por ejemplo, para ganarse la buena voluntad del que, con cara inexpresiva o francamente de desprecio le atiende en la ventanilla de la casa de empeño? ¿De qué depende que le otorgue el mejor de los préstamos posibles?

Hay, como hemos dicho, dos formas (de crematística), una comercial, otra doméstica.  Esta última es necesaria y laudable, al paso que la primera, la que tiene que ver con los cambios, es justamente censurada (ya que su rendimiento no proviene de la naturaleza, sino de los hombres).  En cuanto al préstamo con interés, es odiado con plenitud de razón, a causa de derivar su provecho del dinero mismo y no de aquello para lo que éste se introdujo.  El dinero, en efecto, hízose por causa del cambio, pero en el préstamo que decimos el interés multiplica el dinero. (Por esta propiedad el interés ha recibido el nombre que tiene [gr. tókos, interés, viene de tíkto, que significa engendrar o parir, p. xxxiv] pues como los hijos son semejantes a sus padres, el interés resulta ser dinero de dinero)  De todas las especies de tráfico, ésta es pues la más contraria a la naturaleza [Aristóteles]31.   

Tiene usted alguna garantía? (…). Luego volvió a abismarse en sus papeles y continuó escribiendo, sin siquiera dirigirme una mirada. Todo lo cual hubo de cohibirme un poco. “No –le dije— garantía no tengo Pior Petróvich.” Y le expliqué: “Pero yo le devolveré el dinero en cuanto cobre mi sueldo de este mes (…)”. Pero él no despegó los labios, Várinka, quitóle un pelillo a la pluma y siguió escribiendo. Entonces yo me retiré de ahí” (…) “Yemelia Ivanovich es realmente un hombre bueno. Me ha prometido recomendarme a cierto individuo (…)  que también presta dinero. Dice Yemelia Ivanovich que ese individuo me dará el dinero sin falta. ¿Qué le parece a usted? ¡Sin dinero no hay forma de salir adelante!”. Mi patrona me ha amenazado ya con echarme de la casa y con no dejarme sentar a la mesa. Y tengo las botas en un estado deporable, hijita, ¡y me faltan la mar de botones y quién sabe cuántas cosas más! (…) ¡Una verdadera desdicha, Várinka; una verdadera desdicha! [F. M.  Dostoyeski]32.

 

XI


Se instala a menudo en un estado eufórico, sin razón aparente, y sin quererlo. Pero prefiere estar así que hundirse en la tristeza de la depresión. En esa situación se puede comportar  anormalmente varios días. Los demás dicen que lo notan con un estado de ánimo elevado, expansivo o irritable. Él mismo se siente activo y verborreico. Al médico que lo atiende le confiesa una preocupación: “Durante este periodo… “de autoestima exagerada o grandiosidad”… No sé por qué… Me pongo a gastar dinero sin límite alguno. Hago otras cosas, pero lo que me inquieta es lo del dinero”.  “Usted cree que haya límites para gastar dinero o para ganarlo? —pregunta el psiquiatra. “Sí, claro. Pero cuando me siento así…” No se angustie —dice él—, la persona que carece de la medida del dinero en un estado morboso, no se parece en nada al que gasta más de lo que tiene por irresponsabilidad moral consigo mismo. La vivencia del dinero propia del enfermo  maniaco-depresivo es en todo caso una incapacidad para tener una experiencia de lo que hace cuando gasta dinero”.

Con frecuencia, la expansividad, el optimismo inmotivado, la grandiosidad y el empobrecimiento del juicio conducen a una implicación imprudente en actividades en actividades placenteras como compras desmesuradas, conducción temeraria, inversiones económicas poco razonables y comportamientos sexuales inusuales, que pueden tener consecuencias graves (…). El sujeto se puede proveer de muchas cosas innecesarias (p. ej., 20 pares de zapatos, antigüedades caras) sin tener el dinero con que pagarlas. El comportamiento sexual inusual puede incluir infidelidad o encuentros sexuales indiscriminados con personas desconocidas.

La desorganización resultante de la alteración puede ser lo bastante grave como para provocar un deterioro importante de la actividad o para precisar hospitalización con el fin de proteger al sujeto de las consecuencias negativas de sus actos, que son resultado del empobrecimiento de su juicio critico (p. ej., pérdidas económicas, actividades ilegales, perdida de empleo, comportamiento agresivo [DMS-IV-TR]33

 

XII


Sabe que el juego puede ponerlo de buen humor, y con el fin de divertirse se pone a jugar. ¿Acaso el juego puede rescatar una auténtica alegría? ¿Qué juego hace a la mujer más tierna y al hombre más amable? Lo ha pensado poco, pero lo ha pensado: “El dinero que se gana jugando no huele igual al que se gana trabajando, como que no pesa lo mismo que el que se gana vendiendo las habilidades propias, ni sirve del mismo modo que el que se obtiene desvelándose para entregar al día siguiente la prenda que se cosió, la ropa que se planchó, el texto que se corrigió, la plancha que se reparó”. Si pudiera desocuparse un poco de las tareas cotidianas podría preguntarse si el dinero que se pierde en el juego se parece al dinero que se gasta para subsistir, al que se invierte en el adorno, al que se paga al saldar las deudas, el que desaparece al pagar la renta… No le consta, pero sospecha que a la larga o la corta, el juicio se obnubila y se empobrece el jugador por dentro y por fuera.

Ya se deja ver que no hablamos aquí de esas reuniones de inmoralidad y de escándalo, donde el azar arrebata el producto del trabajo y lo hace pasar instantáneamente a otras manos; donde se arruina a la inocente familia, precipitándola despiadadamente de la cumbre del bienestar al profundo seno de la miseria; donde el hombre bien educado va a cambiar sus elevados sentimientos por sentimientos de codicia y de cinismo, sus maneras suaves y elegantes por maneras rudas y vulgares, sus hábitos de delicadeza y de cultura por hábitos groseros y antisociales; donde se metaliza el corazón y se relajan sus más tiernos afectos; donde se estragan, en suma, las costumbres, y se abre la carrera de todos los vicios [M. A. Carreño]34.

Finalmente, en el juego, no hay más goce que el del lucro, y ¿no es inicuo un goce que no se puede lograr de otra manera, sino a costa de la pérdida y del disgusto del compañero? Esta alegría es, en verdad, infame. Por estos tres motivos están prohibidos estos juegos [San Francisco de Sales]35.

 

XIII


Sabe que sólo se nota lo que uno tenía cuando lo ha perdido. No falta motivo para que reflexione sobre la pobreza y la riqueza. Se pregunta a sí mismo: “¿Se necesita ser pobre para saber lo que es el dinero?  ¿Sólo se sabe bien lo que no se tiene cuando se le necesita  mucho? Falta, escasez, miseria… ¿El pobre vive de un modo distinto, y por eso puede ver cosas de la vida que los demás no advierten? Ellos ven rostros —gestos, muecas­— de la existencia que ni siquiera puede imaginar quienes todo lo tienen?  ¿Es necesario que haya pobreza, que se palpe la miseria para que el mundo marche dentro de la “normalidad” económica?”. Entre sus cavilaciones hay cosas que lo distraen. Pero en cuanto se concentra continua su examen del asunto: “¿Cómo vive el dinero quien lo recibe como limosna, cómo quien toma lo que le dan, de qué manera el que espera y admite caridad? ¿Se es más cristiano cuando se es más pobre, o al revés?”

Pluto, la última comedia de Aristófanes (388 a. de C.), tiene un argumento gira en torno al reparto injusto de las riquezas entre los hombres.  Un hombre justo y temeroso de los dioses, pero pobre, compara su suerte con la de “gentuza perversa”, que se burla de los dioses y sin embargo es rica. Para que no le pase lo mismo a su hijo, le pide ayuda al oráculo y así se apodera del dios Pluto, que por ser ciego, reparte las riquezas al azar, con la intención de que recupere la vista. Cuando esto sucede, la distribución es prudente, pero se crea un desequilibrio, ya previsto por la Pobreza: si Pluto recobra la vista y va repartiendo sus dones por igual a los hombres, ya no habrá nadie entre estos que se dedique al arte ni ala ciencia. Hechas a un lado artes y ciencias, ¿habrá quien quiera y sepa forjar el hierro, construir un barco, coser las telas, o fabricar ruedas, ser zapatero, o fabricar ladrillos, lavandero, o peletero? [Aristófanes]36.

Ya Calvino había dicho que “el pueblo” es decir, la masa de trabajadores y artesanos, solo obedece a dios cuando se mantiene en la pobreza (101) esta afirmación había sido “secularizada por los holandeses (…) en el sentido de que los hombres sol trabajan cuando la necesidad les impulsa a hacerlo, y la formulación de este leitmotiv de la economía capitalista es lo que condujo mas tarde a construir la teoría de la “productividad” de los salarios bajos. Una vez más, el utilitarismo se fue imponiendo insensiblemente, a medida que se iba secando la raíz religiosa [Max Weber]37.

 

XIV


Sabe que aparentemente no hay forma de eliminar las desigualdades.  “Si Dios existe, dice a su amigo de confianza, la riqueza y la pobreza tienen que ver con él”.  “Tú,  que crees en dios, cómo vives la necesidad del dinero dentro de la fe católica? ¿Por qué dicen que Jesús afirmó que el rico “difícilmente” entrará al reino del cielo?”.  Todo depende de Dios.   “Entonces ¿el creyente pobre, y el rico religioso consideran que la divinidad les da y les quita el dinero?”. Piénsalo en serio. Para el que está en la comunidad de la fe, es  fácil decir que es pobre porque Dios lo quiere, o que es rico por deseo de Dios.  ¿No hay personas injustas en este mundo,  que causan o propician la pobreza de muchos y la riqueza de unos cuantos?”  ¿A poco no hay, frente a Dios mismo, la responsabilidad cristiana de auxiliar al necesitado? ¿No es cierto que cuando aumenta la riqueza aumenta también la soberbia?  El cristianismo ha censurado la usura, la avaricia, la ambición por el dinero, toleró el honor y la gloria en los príncipes para que se afane por ellas en lugar buscar el dinero…”. Es cierto. 

En el Evangelio según San Mateo se puede leer un rechazo de las riquezas que parece expresarse en el mismo tono que el pensador romano: Jesús dijo a sus discípulos: En verdad os digo que un rico difícilmente entrara en el reino de los cielos38. Y en el siguiente versículo se confirma la idea: “De nuevo os digo: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos” [San Mateo]39.

Leemos en la Biblia, Deuteronomio 8:10-18: “10 Cuando hayas comido y estés satisfecho, alabarás al señor tu Dios por la tierra buena que te habrá dado. 11 Pero ten cuidado de no olvidar al señor tu Dios. No dejes de cumplir sus mandamientos, normas y preceptos que yo te mando hoy. 12 Y cuando hayas comido y te hayas saciado, cuando hayas edificado casas cómodas y las habites, 13 cuando se hayan multiplicado tus ganados y tus rebaños, y hayan aumentado tu plata y tu oro y sean abundantes tus riquezas, 14 no te vuelvas orgulloso ni olvides al señor tu Dios, quien te sacó de Egipto, la tierra donde viviste como esclavo. 15 El señor te guió a través del vasto y horrible desierto, esa tierra reseca y sedienta, llena de serpientes venenosas y escorpiones; te dio el agua que hizo brotar de la más dura roca; 16 en el desierto te alimentó con maná, comida que jamás conocieron tus antepasados. Así te humilló y te puso a prueba, para que al fin de cuentas te fuera bien. 17 No se te ocurra pensar: Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos. 18 Recuerda al señor tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza; así ha confirmado hoy el pacto que bajo juramento hizo con tus antepasados”. Samuel 2:7 “El señor da la riqueza y la pobreza; humilla, pero también enaltece [Biblia]40.

Yo temo: donde la riqueza aumenta, la religión disminuye en medida idéntica; no veo, pues, cómo sea posible, de acuer­do con la naturaleza de las cosas, una larga duración de cada nuevo despertar de la religiosidad verdadera. Pues, necesariamente, la religión produce laboriosidad (industry) y sobriedad (frugality), las cuales son a su vez causa de riqueza. Pero una vez que esta riqueza aumenta, aumentan con ella la soberbia, la pasión y el amor al mundo en todas sus formas. ¿Cómo ha de ser, pues, posible que pueda durar mucho el metodismo, que es una religión del corazón, aun cuando ahora la veamos crecer como un árbol frondoso? Los metodistas son en todas partes laboriosos y ahorrativos; de consiguiente, aumenta su riqueza en bienes materiales. Por lo mismo, crece en ellos la soberbia, la pasión, todos los antojos de la carne y del mun­do, el orgullo de vivir. Subsiste la forma de la religión, pero su espíritu se va secando paulatinamente. ¿No habrá algún camino que impida esta continuada decadencia de la pura re­ligiosidad? No podemos impedir a la gente que sea laboriosa y ahorrativa. Tenemos que advertir a todos los cristianos que están en la obligación y el derecho de ganar cuanto puedan y de ahorrar lo que puedan; es decir, que pueden y deben enri­quecerse» (Sigue a esto la advertencia de que «deben de ga­nar y ahorrar cuanto puedan» y de que igualmente deben «dar cuanto puedan» para progresar en la gracia y reunir un tesoro en el cielo.) Como se ve, Wesley percibe en todos sus detalles la misma conexión descrita por nosotros [m. Weber]41.

“Y es imposible —como enseña textualmente el Angélico (I-II, q. 2, a.1) — que la felicidad del hombre consista en las riquezas. Dos son las clases de riquezas, a saber: las naturales y las artificiales. Las naturales son aquellas que remedian las necesidades naturales del hombre, tales como el vestido, el alimento, los vehículos, la habitación y las otras cosas semejantes. Artificiales son aquellas que de por sí no remedian ninguna necesidad natural, como el dinero, sino que la industria del hombre la ha adoptado como medida de las cosas venales, para facilitar el cambio. Ahora bien —prosigue el Angélico—, la felicidad del hombre no puede consistir en las riquezas naturales, ya que éstas se emplean para sustentar la naturaleza  del hombre; son medio y no fin; de donde todas las riquezas naturales han sido creadas para provecho del hombre y colocadas debajo de sus pies, como dice el Salmista, VIII". Con mucha menor razón puede consistir en las riquezas artificiales, ya que éstas no tienen otra finalidad que la de servir de medio para adquirir las riquezas naturales necesarias para la vida. Ahora bien, (dice el Santo Doctor) si tanto las riquezas naturales como las artificiales tienen por finalidad satisfacer las necesidades materiales del hombre, según la condición de cada uno, su adquisición sólo es buena en la medida en que sirve para satisfacer estas necesidades; luego su posesión y producción debe estar regulada. Si se quebranta esta medida y se las quiere retener y poseer sin limitación ninguna, se comete un pecado llamado avaricia, que consiste en “un deseo inmoderado de poseer las cosas exteriores" [Concepción católica de la economía]42.

 

XV


“Aparentemente, el capitalismo es inevitable”, se dijo a sí mismo, con abatimiento. “Es como la apoteosis de la historia: el triunfo del egoísmo que busca el dinero constante y sonante, logrado con laboriosidad y ahorro”. Su amigo lo duda y pone cara de incredulidad. Pero, ¿qué es ser capitalista? “Es la religión del dinero: no perder la ocasión de conseguirlo, no perderlo y dilapidarlo nunca, ahorrarlo en todo momento. Cada acto de la existencia debe medirse por la conveniencia: ¿cuánto gasto en eso, y cuánto voy a ganar? Es lo que verdaderamente importa. Lo esencial: entender que el dinero produce dinero. Cuidar al crédito como a uno mismo. Y por eso es un interés primordialmente de los individuos, no de la comunidad ni del Estado (frente al cual exige libertad)”.  Esta religión es estricta. ¿Qué sabe usted? El pecado, no se limpia con la confesión, sino con la vida misma: no cuidar el dinero, no ahorrar, derrochar, disipar, malgastar y otros vicios de parecida naturaleza.

En casi todas las otras especias zoológicas el individuo, cuando ha alcanzado la madurez, conquista la independencia y no necesita el concurso de otro ser viviente. Pero el hombre reclama en la mayor parte de las circunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano puede esperarla sólo de su benevolencia. La conseguirá con mayor seguridad interesando a su favor el egoísmo de los otros y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que les pide. Quien propone a otro un trato le esta haciendo una de esas proposiciones. Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas, es el sentido de cualquier clase de oferta, y así obtenemos de los demás la mayor parte de los servicios que necesitamos. No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas [A. Smith]43.


1. Piensa que el tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasear la mitad del día, o a holgazanearen en su cuarto, aun cuando solo dedique seis peniques para sus diversiones, no a de contar esto solo, sino que en realidad ha gastado, o mas bien derrochado, cinco chelines más; 2. Piensa que el crédito es dinero. Si alguien deja seguir en mis manos el dinero que le adeudo, me deja además su interés y todo cuanto puedo ganar con el durante ese tiempo. Se puede reunir así una suma considerable si un hombre tiene buen crédito y además sabe hacer buen uso de él; 3. Piensa que el dinero es fértil y reproductivo. El dinero puede producir dinero. La descendencia puede producir todavía más y así sucesivamente. Cinco peniques bien invertidos se convierten en seis, estos seis en siete, los cuales a su vez, pueden convertirse en tres chelines, y así sucesivamente, hasta que el todo hace cien libras esterlinas. Cuanto más dinero hay, tanto mas produce al ser invertido, de modo que el provecho aumenta rápidamente sin cesar. Quien mata una cerda, aniquila toda su descendencia, hasta el número mil. Quien mal gasta una pieza de cinco chelines, asesina todo cuanto hubiera podido producirse con ella: columnas enteras de libras esterlinas, y 4. Piensa que, según el refrán, un buen pagador es dueño de la bolsa de cualquiera. El que es conocido por pagar puntualmente en el tiempo prometido, puede recibir prestado en cualquier momento todo el dinero que sus amigos no necesitan [Benjamín Franklin]44.   


La verdad, como la libertad, puede ser sospechosa. El hombre de hoy, muy interesado, trata de cubrir sus intereses inferiores con ideales. El ideal de libertad puede invocarse para satisfacer necesidad, pero ¿el puro interés de provecho y super-provecho puede exigirse como libertad económica? ¿No es preciso  reformar la educación de  los hombres y poner todos los medios técnicos de difusión de ideas en manos de quienes sepan proponer ideales más respetables que el de hacer dinero y más dinero? [E.  Nicol]45.

Así pues, y desde este punto de vista, parece necesario que haya un límite para toda riqueza, aunque de hecho vemos que acontece lo contrario, puesto que todos los que trafican tratan de aumentar al infinito su dinero. La causa de esta contradicción es la afinidad entre las dos clases de crematística [la necesaria y la innecesaria]. En el uso de la misma cosa hay entre ambas coincidencia parcial, es decir en el uso de la propiedad, sólo que no lo hacen del mismo modo, ya que una tiene por fin el aumento de la riqueza, y la otra algo diferente. Por esta coincidencia paréceles a algunos que la función de la eco­nomía doméstica es acumular dinero, y están siempre con la idea de que su deber es o bien atesorar su capital o aumen­tarlo al infinito. La causa de esta actitud es el afán de vivir, pero no de vivir bien, y como el deseo de vivir no tiene límite, se desean consiguientemente sin límite las cosas que estimulan la vida. Más aun aquellos que miran a vivir bien, buscan lo conducente a los placeres del cuerpo, y como éstos parecen depender de la propiedad, toda su energía la aplican a hacer dinero [Aristóteles]46.

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario: Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas. Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas. Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar. Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por las vendas de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación [C. Marx y F. Engels]47.

Tenemos que advertir a todos los cristianos que están en la obligación y el derecho de ganar cuanto puedan y de ahorrar lo que puedan; es decir, que pueden y deben enri­quecerse. (Sigue a esto la advertencia de que «deben de ga­nar y ahorrar cuanto puedan» y de que igualmente deben «dar cuanto puedan» para progresar en la gracia y reunir un tesoro en el cielo”) [M .Weber]48.

La idea central —la de que el individuo, y no la sociedad, debe constituir el fin fundamental— animó al pensamiento occidental mucho tiempo antes de la Revolución Industrial, del Calvinismo o del Puritanismo, y es tan vital y tan aplicable hoy como lo fue siempre [W. H. Whyte]49.

 

                                                                                          XVI

Quién sabe qué se le ocurrió, pero no pudo evitar una sonrisa amable. Había satisfacción en su rostro. Estaba leyendo algo y una frase le había despertado vivamente la curiosidad: “¡Proletarios del mundo, uníos!”. Alguien, con un grito, le pidió que dejara su panfleto y le prestara atención. Pero siguió concentrado en sus ideas: “Si se puede vivir de otra manera, libremente, sin que sea menester pensar todo el tiempo en el dinero que no se tiene y que se debe conseguir para pagar esto y lo otro; si la vida pudiera dejar de tener la cara amarga de las necesidades no satisfechas, de las frustraciones de la pobreza…” El de la voz fuerte dijo algo más, pero como si nadie hubiera dicho nada continuó se lectura. Quizá siguió pensando en el dinero, pero de modo diferente.

En 1847, el “socialismo” designaba un movimiento burgués, el “comunismo” un movimiento obrero. El socialismo era, a lo menos en el continente, una doctrina presentable en los salones; el comunismo, todo lo contrario. Y como en nosotros era ya entonces firme la convicción de que “la emancipación de los trabajadores sólo podía ser obra de la propia clase obrera”, no podíamos dudar en la elección de título. Más tarde no se nos pasó nunca por las mentes tampoco modificarlo.
¡Proletarios de todos los países, uníos!” Cuando hace cuarenta y dos años lanzamos al mundo estas palabras, en vísperas de la primera revolución de París, en que el proletariado levantó ya sus propias reivindicaciones, fueron muy pocas las voces que contestaron [C. Marx y F. Engels]50.

[“Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no pueda ya convertirse en capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad burguesa, la persona no existe. Con eso confesáis que para vosotros no hay más persona que el burgués, el capitalista. Pues bien, la personalidad así concebida es la que nosotros aspiramos a destruir. El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder de usurpar por medio de esta apropiación el trabajo ajeno [C. Marx y F. Engels]51.

En el origen y en la base del ser de izquierda se encuentra esta actitud ética de resistencia y rebeldía frente al modo capitalista de la vida civilizada [B. Echeverría]52.

 

XVII


De vuelta de un paseo por el parque cercano a su casa, tuvo una especie de presentimiento. Tenía la sensación de que algo iba a suceder. Si todo estaba supeditado al poder del dinero, algo tenía que pasar. Había desmoralización y desánimo  económico. ¿La salida era la de un poder superior al dinero, como la raza, para que cada uno tenga lo que necesita para vivir, sin quedar encadenado únicamente a los bienes materiales, como los norteamericanos, ni a un estado supuestamente socialista, como los rusos? Saboreaba anticipadamente una sensación de triunfo, pero como la caminata había despertado en él un apetito voraz, dejó de pensar esas cosas que le ocupaban la cabeza y se dispuso a comer.   

En razón directa al hecho de que la economía había llegado a convertirse en el árbitro del Estado, el factor dinero era el dios a quien todo el mundo tenía que servir doblegándose. Había empezado una terrible desmoralización, terrible porque precisamente se presentó en una época en la cual la nación necesitaba más que nunca de un espíritu heroico para afrontar la hora crítica que parecía avecinarse. Alemania debía estar dispuesta a defender un día con la espada, la tentativa que hacía de asegurar a su pueblo el pan cotidiano por medio de una “pacífica actividad económica”. La hegemonía del dinero estaba sensiblemente sancionada por aquella autoridad que era la más llamada a oponerse a ello: S.M. el Kaiser actuó infortunadamente al inducir en especial a la nobleza a que formase parte del círculo de los nuevos capitalistas. Ciertamente que en disculpa suya debe reconocerse que lamentablemente Bismarck mismo no se percató del peligro que existía en ese sentido. Pero era un hecho que, con esto, el espíritu idealista fue prácticamente supeditado al poder del dinero y era claro también que las cosas una vez así encaminadas deberían en poco tiempo anteponer la nobleza de la finanza a la nobleza de la sangre [A. Hitler]53.

Con el establecimiento de las primeras colonizaciones hace el judío súbitamente su aparición. Paulatinamente se introduce en la vida económica, no como productor, sino exclusivamente como intermediario. Su habilidad mercantil de experiencia milenaria, lo coloca en un plano de gran ventaja con relación al ario, todavía ingenuo e ilimitadamente franco. Comienza por prestar dinero. Los negocios bancarios y del comercio acaban por ser de monopolio exclusivo.


El tipo del interés usurario que cobra provoca al fin resistencias, excita indignación su creciente descaro y su riqueza mueve a envidia. Su tiranía expoliadora llega a tal punto, que se producen reacciones violentas contra él; pero ninguna persecución es capaz de apartarlo de sus métodos de explotación humana, ni se puede lograr expulsarlo, porque pronto vuelve a aparecer y es el mismo de antes. Para evitar por lo menos lo peor, se comienza a proteger el suelo contra la mano avarienta del judío, dificultándosele la adquisición de terrenos [A. Hitler]54

Es posible que el oro se haya convertido hoy en el soberano exclusivo de la vida, pero no cabe duda de que un día el hombre volverá a inclinarse ante dioses superiores. Y es posible también que muchas cosas del presente deban su existencia a la sed de dinero y de fortuna; mas, es evidente que muy poco de todo esto representa valores cuya no existencia podría hacer más pobre a la humanidad.


También en esto, le corresponde un cometido especial al movimiento nacionalsocialista, que, en la actualidad, predice el advenimiento de una época que daría a cada uno lo que necesite para su existencia, cuidando, sin embargo, como cuestión de principio, que el hombre no viva pendiente únicamente del goce de bienes materiales. Esto encontrará un día su expresión en forma de una gradación sabiamente limitada de los salarios, de tal suerte que hasta el último de los que trabajen honradamente pueda contar en todo caso, como ciudadano y como hombre, con una existencia honesta y ordenada [A. Hitler]55.

Muchas de las semejanzas entre el nacionalsocialismo y el comunismo son superficiales y manifiestas.  Ambos se desarrollaron debido a la desmoralización social y económica, consecuencia en parte de la guerra, pero reflejo, también, de desajustes inherentes en la sociedad occidental. Ambos eran dictaduras políticas.  Ambos descartaron despreciativamente los auxilios parlamentarios para la deliberación y la negociación, creados por siglos de experiencia política europea, bajo la orientación de los principios liberales, como sustitutos más operantes y estables de la dictadura.  Ambos se vieron obligados a restablecer las purgas como institución política.  Ambos toleraron únicamente un solo partido político, con su propio aparato coactivo.  Según la teoría de ambos, el partido era una aristocracia autoconstituida, con la misión de dirigir, instruir y forzar a la gran masa de la humanidad a seguir el camino debido.  Ambos eran totalitarios en el sentido de que suprimían la distinción liberal entre los campos del criterio privado y del control público y ambos convirtieron el sistema educativo en un instrumento de adoctrinamiento universal [G. H. Sabine]56.

 

XVIII


Uno de los invitados, un norteamericano sentado en el otro extremo de la mesa, escuchaba con atención la tesis del anfitrión: “Los españoles llegaron a América para apoderarse de su oro, no para realizar acciones misioneras de evangelización. Los frailes, por supuesto, no coincidían con las intenciones perversas de los soldados, piratas y aventureros”. Como para echarle leña al fuego, uno de los invitados dijo que los ingleses y los franceses habían lo mismo: hacerse de tierras ajenas para amasar riquezas.


El gringo aclaró que los británicos eran protestantes, y por tanto, que su afán de lucro estaba siempre regulado por sus creencias religiosas, fueran cuáqueros, menonitas o metodistas.  Casi simultáneamente, en la misma medida en que los demás guardaban silencio, el color del rostro del emigrado de Inglaterra iba enrojeciéndose cuando otro de los comensales le aseguró que eso era cosa del pasado, y hoy por hoy el utilitarismo, el egoísmo, y el individualismo de los Estados Unidos era francamente intolerable.

A juicio de Baxter [líder espiritual protestante] la preocupación por la riqueza no debía pasar sobre los hombros de sus santos más que como “un manto sutil que en cualquier momento se puede arrojar al suelo”.  Pero la fatalidad hizo que el manto se trocase en férreo estuche.  El ascetismo se propuso transformar el mundo y quiso realizarse en el mundo; no es extraño, pues, que las riquezas de este mundo alcanzasen un poder creciente y, en último término irresistible sobre los hombres, como nunca se había conocido en la historia.  El estuche ha quedado vacío de espíritu, quién sabe si definitivamente.  En todo caso, el capitalismo victorioso no necesita ya de este apoyo religioso, puesto que descansa en fundamentos mecánicos.  También parece haber muerto definitivamente la rosada mentalidad de la riente sucesora del puritanismo, la “ilustración”, y la idea del “deber profesional” ronda por nuestra vida como un fantasma de ideas religiosas ya pasadas.  El individuo renuncia a interpretar el cumplimiento del deber profesional, cuando no puede ponerlo en relación directa con ciertos valores espirituales supremos o cuando, a la inversa, lo siente subjetivamente como simple coacción económica.  En el país donde tuvo mayor arraigo, los Estados Unidos de América, el afán de lucro, ya hoy exento de su sentido ético-religioso, propende a asociarse con pasiones puramente agonales, que muy a menudo le dan un carácter en todo semejante al de un deporte”. Extraordinaria evolución surgirán profetas nuevos y se asistirá a un pujante renacimiento de antiguas ideas e ideales; o sí, por el contrario, lo envolverá todo una ola de petrificación mecanizada y una convulsa lucha de todos contra todos [M. Weber]57.

La cultura medieval tardía floreció porque el pueblo tenía la visión de la Ciudad de Dios la sociedad moderna floreció porque el pueblo recibió energías de la visión del establecimiento de una Ciudad Terrenal del Progreso.  Sin embargo, en nuestro siglo, esta visión se ha deteriorado y se ha convertido en una  Torre de Babel, que hoy día empieza a derrumbarse, y a la postre nos sepultará bajo sus ruinas.  Si la Ciudad de Dios y la Ciudad Terrenal fueron  tesis y antítesis, una nueva síntesis es la única alternativa al caos: la síntesis de la esencia espiritual del mundo medieval tardío y el desarrollo de un pensamiento racional y científico renacentista.  Esta síntesis es: la Ciudad del Ser [E. Fromm]58.

 

XIX


“¡Que no tienes necesidad de dinero, hombre, con tal de que estés en condiciones de  vivir honestamente!”. Volteó para mirarlo directamente a los ojos, y le dijo: “¿Me entiendes? Ni capitalismo ni comunismo, ni individualismo egoísta ni colectivismo demagógico”. Estaba muy excitado en ese momento, pero quería explicar a su alumno, de buena fe, que ninguna concepción económica del Estado podía sostenerse frente a una concepción moral del mismo. La expresión de la cara del estudiante dejaba entrever que en verdad no entendía el planteamiento, pero como ya iban a dar las seis de la tarde convinieron, sin decir ni una palabra, que había que dejar la conversación para la otra clase.   

Ahora se cree que el capitalismo y el comunismo son dos cosas distintas, y que su oposición es inevitable. Dos potencias antagónicas, cuyo enfrentamiento, en el presente, con la fuerza destructora de los medios de guerra y la  propaganda rápida y efectiva, podría traer un desastre inimaginable. Pero en una y otra, con sus doctrinas individualistas y colectivistas, predomina la concepción económica del Estado, y las variantes de cada una respecto a  la otra, tienen un mismo origen: Locke. Tanto el capitalismo como el comunismo de hoy están alejados del individualismo. La diferencia entre ambos no depende del concepto fundamental del Estado, sino del carácter, privado o comunal o público de la empresa económica (cómo organizar la producción). Un diferencia radical, en el concepto mismo del Estado, la ofrece Suárez, mediante una idea de la comunidad humana en la cual lo económico es básico, pero subordinado en jerarquía vital y moral: el fin de la república no es el de la prosperidad económica de sus miembros (sus bienes privados están supeditados al bien común), sino en la plenitud de la dignidad personal del hombre en su vinculación e integración a la comunidad. Un concepto ético de la sociedad y la ley, opuesto al amoralismo del Estado en su concepción económica. La necesidad, en caso, conduce al amor y la vinculación solidaria; en la otra, al principio del poder [E. Nicol]59.

 

XX
La experiencia del dinero a través de la vivencia de su eminencia existencial

Se puede decir, como Gracián, que las ventajas en el entendimiento lo son el ser, y por esta razón cree Sor Juana que nadie quiere admitir que entiende menos, porque siempre se quiere ser más60. Pero, trescientos años después, ¿alguien quiere ser más entendiendo más, o por el contrario, todo mundo quiere ser más teniendo más? ¿Pero el hombre del siglo XX y el del XXI pueden, de veras, tener una exacta noción de lo que significaría ser más?

En un famoso escrito de Sor Juana, la riqueza aparece formando parte de un conjunto selecto: ¡Oh infeliz altura, expuesta a tantos riesgos¡ ¡Oh signo que te ponen por blanco de la envidia y por objeto de la contracción! ¡Cualquier eminencia, ya sea de dignidad, ya de nobleza, ya de riqueza, ya de hermosura, ya de ciencia, padece esta pensión; pero la que con mas rigor la experimenta es la del entendimiento. Lo primero, por que es el más indefenso, pues la riqueza y el poder castigan a quien se les atreve, y el entendimiento no, pues mientras es mayor es más modesto y sufrido y se defiende menos! [Sor Juana Inés de la Cruz]61.

 

Ahora se habla tanto del poder (del dinero, el Estado, el átomo, el ejército), que se hace más obvia nuestra impotencia. ¿Cómo se explica la dialéctica entre el poder y la impotencia? ¿No es una insensatez  poner el  poder por encima del ser? [E. Nicol]62.

La alternativa entre  tener  que se opone a ser, no atrae al sentido común.  Parece que  tener es una función normal de la vida: para vivir, debemos tener cosas.  Además, debemos tenerlas para gozarlas.  En una cultura cuya meta suprema es tener (cada vez más), y en la que se puede decir de alguien que “vale un millón de dólares”, ¿cómo puede haber una alternativa entre tener y ser?   Al contrario, parece que la misma esencia de ser consiste en tener; y si el individuo no tiene nada, no es nadie [E. Fromm]63.

 

XXI


¡Hasta los conocimientos vende la universidad, dice el poeta. Cuando se considera, en efecto, que impunemente se puede vender todo simple y llanamente porque todo se puede comprar, los sofistas de los tiempos de Sócrates y Platón  —y los de todas las otras épocas que les siguieron—, se trasladan al siglo XX y al XXI, sintiéndose como en su propia casa. Ahora no podemos sorprendernos de que los conocimientos se pongan en venta y haya quien los quiera y los pueda comprar. Pasaba lo mismo en la Grecia de cinco o seis siglos antes de Cristo. Lo que debíamos echar de menos es a alguien que dijera, en serio, que merecen ser filosóficamente castigados quienes “se preocupan del dinero o de otra cosa cualquiera antes que de la virtud”, y en especial “si creen que son algo sin ser dignos de nada64.

[—¿Acaso un sofista, Hipócrates, no viene a ser un comerciante o un tendero que vende los géneros de que se nutre el alma? A mí, al menos, me parece que es así.


[—Pero ¿qué es ese alimento del alma, Só­crates? —Sin duda, los conocimientos,  repuse yo— Y no nos vamos a dejar engañar, amigo mío, por los elogios que el sofista haga de lo que vende, como tampoco dejamos lo hagan los mercaderes al por mayor o al por menor. Estos nos traen sus géneros sin saber ellos mis­mos si son buenos o malos para la salud, sino que los hacen valer todos indistintamente y el comprador no sabe más que ellos de esto, como no sea paidotriba o médico. De igual manera, los que van vendiendo su saber de ciudad en ciudad, para venderlo al por ma­yor o al detalle, elogian a sus clientes todo lo que les ofrecen, sin quizá saber ni ellos mismos qué cosas son buenas para el alma y cuáles son malas; y el cliente no sabe sobre ello más que estos, de no ser que haya estudiado la medicina del alma. Si, pues, tú estás lo sufi­cientemente impuesto en estas cuestiones para distinguir lo bueno de lo malo, puedes com­prar el saber a Protágoras o a cualquier otro sin ningún peligro; de lo contrario, amigo mío, cuida mucho no vayas a jugarte a los dados el bien más preciado que tienes. El riesgo que se corre es mucho mayor cuando uno compra ciencia que cuando se compran alimentos. Porque lo que se come y lo que se bebe, al comprarlo al tendero o al comercian­te, puede uno llevárselo en una vasija distinta y, antes de beberlo o de comerlo, puede uno dejarlo en casa, llamar a los conocedores de aquello, pedirles consejo y saber por ellos lo que es comestible y lo que no lo es, lo que es y lo que no es potable, en qué cantidades lo es y en qué momentos; de manera que esa compra importa pocos riesgos. Pero la ciencia no se la lleva uno en una vasija: una vez pa­gado su precio, es preciso llevársela en uno mismo, ponerla en la propia alma, y así, cuando uno se va, el bien o el mal están ya hechos [Platón]65.

 

XXII


Las experiencias de los hombres suelen ser captadas con especial lucidez e ingenio por los poetas, esos hombres que fueron especialmente sensibles al nacimiento del capitalismo, que empezaba a asomarse en los siglos XIV y XV y por todos lados brotaba en los siglos XVI y XVII,  el mismo que en el XVIII se fortaleció tanto con ideas y creencias  y el que hoy todo lo aplasta.

 

Juan Ruiz, Arcipestre Hita (s. XIV).

Lo que el dinero puede lograr

490
"Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar;
al torpe hace discreto, hombre de respetar,
hace correr al cojo al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.

491
"Sea un hombre necio o un rudo labrador
el dinero lo convierte en hidalgo doctor;
Cuanto más rico es uno, más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es en sí un señor.

492
"Y si tienes dinero tendrás consolación,
placeres y alegrías y del Papa ración,
comprarás el Paraíso, ganarás la salvación:
donde hay mucho dinero hay mucha bendición.

…………………………………………………………….

510
"En resumen te lo digo, entiéndelo tú mejor,
el dinero es de este mundo el gran agitador,
hace señor al siervo, y siervo hace al señor,
todas las cosas del mundo, se hacen por su amor.66

°|°
Luis de Góngora y Argote (1561-1627)

 

Dineros son calidad
                ¡Verdad!
Más ama quien más suspira
                ¡Mentira!
……………………………………..

Todo se vende este día,
Todo el dinero lo iguala;
La corte vende su gala,
La guerra su valentía;
Hasta la sabiduría
Vende la Universidad,
                ¡Verdad!

En Valencia muy preñada
Y muy doncella en Madrid,
Cebolla en Valladolid
Y en Toledo mermelada,
Puerta de Elvira en Granada
Y en Sevilla doña Elvira,
                ¡Mentira!67

°|°
William Shakespeare (1564-1616)

 

¿Oro? ¿Oro precioso, rojo, fascinante?
Con él, se torna blanco el negro y el feo hermoso,
Virtuoso el malo, joven el viejo, valeroso el cobarde, noble el ruin. . . .
…¡Oh, dioses ¿Por qué es esto? ¿Por qué es esto, oh, dioses?
Y retira la almohada a quien yace enfermo;
Y aparta del altar al sacerdote;
Sí, este esclavo rojo ata y desata
Vínculos consagrados; bendice al maldito;
Hace amable la lepra; honra al ladrón
Y  le da rango, pleitesía e influencia
En el consejo de los senadores; conquista pretendientes
A la viuda anciana y encorvada:
... ¡Oh, maldito metal,
Vil ramera de los hombres!68

°|°
Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645).

Poderoso caballero es don dinero
Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero69

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XXIII


El problema filosófico del poder del dinero sobre la impotente naturaleza humana pudo atender estos versos de la tragedia Antígona.  En los tiempos de Herodoto y Pericles, ¿cómo vivieron los hombres la experiencia del dinero-oro? Para reconstruir su vivencia propia, podemos  recurrir, evidentemente,  a vivencias comunes conocidas en nuestro siglo: robos, saqueos, traiciones, engaños,  impiedad, mezquindad…

 

Pues nada de cuanto impera en el mundo
Es tan funesto como el oro, que derriba
Y arruina a las ciudades y a los hombres,
Y envilece los corazones virtuosos,
Lanzándolos a los caminos del mal y del vicio;
El oro enseña al hombre la astucia y la perfidia
Y le hace volver, insolente, la espalda a los dioses70.

 

 

XXIV


Hay en Platón una vocación de muerte que lo hace pensar en la necesidad de morir, librándose del  cuerpo, para llegar a la verdad, meta de la filosofía. En el curso de este razonamiento esa vocación queda asociada a la riqueza dando lugar, muy naturalmente, a un ascetismo peculiar: lo mejor es morir para no necesitar del dinero, y mientras uno está vivo debe aprender a vivir con el mínimo dinero o sin él. Este ascetismo platónico, desde luego, no es del catolicismo medieval y tampoco el del protestantismo calvinista o luterano que promovió la activación de las energías económicas individuales y el afán de lucro que echó a andar al capitalismo. El desorden se impuso: lo que era un medio, se convirtió en un fin, y el lucro se convirtió en la necesidad más apremiante para los avaros y los ambiciosos de siempre, y sobre ella se montó una forma de vida inmoral. Tal vez por medio de una correcta experiencia del dinero y una fuerte vocación de vida, ascética o no, podríamos usar coherente y moralmente los medios y los fines, sin necesidad de irnos a la izquierda ni a la derecha.   

Afirmamos desear lo que es verdad. Pues el cuerpo nos procura mil preocupaciones por la alimentación necesaria; y, además, si nos afligen algunas enfermedades, nos impide la caza de la verdad. Nos colma de amores y deseos, de miedos y de fantasmas de todo tipo, y de una enorme trivialidad, de modo que ¡cuan verdadero es el dicho de que en realidad con el no nos es posible meditar nunca nada! Por que en efecto guerras, revueltas y batallas ningún otro las origina sino el cuerpo y los deseos de este. Pues a causa de la adquisición de riquezas se originan todas las guerras, y nos vemos forzados a adquirirlas por el cuerpo, siendo esclavos de sus cuidados [Platón]71.

 

Notas y referencias

1 Platón, República, tr. A. Gómez Robledo, México: Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), 2000, II, 54-55.

2 Aristóteles, Política, I, II,  tr. A. Gómez Robledo, México: UNAM, 2000.

3 Aristóteles, Política, I, III, ed. cit.

4 J. Locke, Some consideración on the Consecuences of the lowering of interest 1691, Citado por C. Marx: México: Capital,  Fondo de Cultura Económica (FCE), 19…, vol. I, p. 34.

5 Plinio el Viejo, Historia Naturalis, en Autobiografía de la ciencia, comp. de F. R. Moulton y J. J.  Schifferes, tr. F. A. Delpiane, México: FCE, 1947.

6 L. A. Séneca, Carta CXIX a Lucilio, Obras completas, tr. L. Riber, Madrid: Aguilar, 1957.

7 Plinio el Viejo, Historia Naturalis, ed. cit., subrayados nuestros.

8 A. Schopenhauer, El arte de bien vivir, Buenos Aires: Siglo Veintiuno, 194, p.

9 Cf. Plinio el Viejo, Historia Naturalis, ed. cit.

10 Aristóteles, Política libro 1, 3, ed. cit.

11 W. Jaeger, Paideia, tr. J. Xirau, México: FCE,  1957,  p. 105.

12 J. J. Rousseau, Emilio, México: Porrúa, 1970, p. 134.

13 Aforismos.

14 Platón, República,  ed. cit., pp. 18-19.

15 Platón, República, ed. cit., nota al libro II de Antonio Gómez Robledo,  p. CXLIII.

16 J. M. Silva Camarena, “El exilio de las cosas. Mercancía y mercantilismo”,  Contaduría y  administración, México: UNAM, 196  (2000), p.  53.

17 Aristóteles, Ética nicomaquea, tr. A. Gómez Robledo, México: UNAM, 1983, pp. 6-7

18 en el Leviatán… CIT. POR a. sMITH.

19 A. Smith, Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, tr. G. Franco, México: FCE, 2004, cap. V, p. 32.

20 G. F. Hegel, Filosofía del derecho, pról. de J. Garzón, México: UNAM,  1975, 203, 204 y 205, pp. 207 y ss.

21 Cf. E. Fromm, Ética y psicoanálisis.

22 M. Kant, Fundamentación de Metafísica de las costumbres, tr. M. García Morente,  Madrid: Espasa-Calpe, 1967, pp. 92-94.

23 Carlos Marx.  El Capita I. Crítica de la economía política,  tr. W. Roces, México: FCE, México,  p. 121.

24 G. Marcel, Posición y aproximaciones concretas al misterio ontológico, pról.y tr. de L. Villoro,  México: UNAM, 1955.

25 J. Landa, “Pro labore”, en J. M. Silva Camarena (coordinador), Meditaciones sobre el trabajo,  México: UNAM,  2003.

26 Plinio el Viejo, Historia Naturalis, ed. cit.

27 G. Simmel, Filosofía del dinero, tr. R. García Cotarelo, Comares, Granada, 2003, cap. IV, “El  estilo de vida”, p. 626.

28 S. Freud, “Carácter y erotismo anal”, vol. 9 de Obras completas, tr.  J. L. Etcheverry,  Buenos Aires: Amorrortu, 1908,  p. 157.

29 F. M.  Dostoyewski, El ladrón honrado, 1848, en Obras completas, tr. F. Cansinos Asns,  tomo I,  Madrid: Aguilar, 1964.

30 F. M. Dostoievsky, Crimen y castigo, México: Porrúa, 2007, p. 378.

31 Aristóteles,  Política, I, III, ed. cit., p. 19.

32 F. M.  Dostoyeski, Pobres gentes, 1844-46, Carta del 3 de agosto, ed. cit. de Aguilar.

33 DMS-IV-TR, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, dir.deed. española: J.  López-Ibor, Barcelona: Masson, 2003, p. 401.

34 M. A. Carreño, Manual de urbanidad y buenas maneras, París: Garnier Hermanos,  1927, p. 249.

35 San Francisco de Sales,  Introducción a la vida devota, cap. xxxii , “De los juegos prohibidos”.

36 Pluto, en Aristófanes, Las once comedias, tr. e intr. de A. Ma. Garibay, Porrúa, México, p. 334.

37 Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, tr. L. Legaz, Madrid: Sarpe, 1984,  p. 220.

38 Evangelio según  San Mateo, 19, 23.

39 Idem. 19, 24.

40 Samuel 2:7.

41 M. Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, ed. cit. pp. 217-218.

42 II-II, q.118, a. 2.

43 A. Smith, Investigación sobre la naturaleza y causas de las riquezas de las naciones, ed.  cit., p. 17.

44 Los cuatro primeros principios de Benjamín Franklin, citados por  Max Weber en  La ética  protestante y el
 espíritu del capitalismo, ed. cit., pp. 54-55.

45 Estas preguntas las formula E. Nicol en un ensayo de 1947: “La libertad sospechosa”, en Las ideas  y los días,
 compilación de Arturo Aguirre, Afínita, México, 2007.

46 Aristóteles,  Política, ed. cit., p. 18).

47 C. Marx y F. Engels, El manifiesto del partido comunista y otros ensayos, Madrid: Sarpe,1984.

48 Max Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, ed. cit., pp. 217-218.

49 W. H. Whyte, El hombre organización, tr.C. Villegas, México: FCE, 1961, p. 382.

50 C. Marx y F. Engels Manifiesto del partido…,  ed. cit.

51 C. Marx y F. Engels, Manifiesto del partido…,  ed. cit.

52 B. “¿Ser de izquierda, hoy?”, en Vuelta de siglo, Era, 2006, p. 263.

53 A. Hitler, Mi lucha, segunda parte,cap. X, Las causas del desastre”.

54 A. Hitler, Mi lucha, segunda parte,cap. X, Las causas del desastre”.

55 A. Hitler, Mi lucha, segunda parte,cap. X, Las causas del desastre”.

56 G. H. Sabine,  Historia de la teoría política,  tr. V.  Herrero,  México: FCE, 1968,  p. 658

57 M. Weber, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, ed. cit. pp. 224-225.

58 E. Fromm, ¿Tener o ser?,  tr. de México: FCE, 19   pp. 188-189.

59 Cf. E. Nicol, “Propiedad y comunidad. Suárez frente a Locke y Marx”, en La vocación humana,
 México: CONACULTA, 1996.

60 Sor Juana, Carta a mi confesor…

61 Carta de Sor Juana Inés de la Cruz a su confesor,  ed. de A. Tapia Méndez, México: El Troquel,  1993, p. 101.

62 Cf. E. Nicol, “El poder y la necesidad”, de 1937, en Las ideas y los días, ed. cit.

63 E. Fromm, ¿Tener o Ser?, ed. cit., p. 33.

64Platón, Apología de Sócrates,  I, 42e.

65 Platón, Protágoras, en Platón, Obras completas, tr. F. de P. Samaranch, Madrid: Aguilar, 1974.

66 J. Ruiz, Arcipestre Hita, “Lo que el dinero puede lograr”.

67 Luis de Góngora y Argote (1561-1627)

68 William Shakespeare (1564-1616). Fragmento de Timón de Atenas (citado por C. Marx en El capital I, p. 90 ).

69 Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645). “Poderoso caballero es don dinero”.

70 Sófocles (495-406 a. de C.),  Antígona,  citado por C. Marx en El capital, ed. cit., vol. I, p. 90.

71 Platón, Fedón, en Diálogos III, Gredos,  p. 44.

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