Pensar y enseñar a pensar
En el centenario del nacimiento
de Eduardo  Nicol (1907-1990)

juan manuel silva camarena
2007

Ensayo publicado en el Suplemento cultural Laberinto del diario Milenio, núm. 235, Sábado 15 de diciembre de 2007.

 

Fue una mañana de 1989.  El rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) leyó un discurso en el que manifestaba su reconocimiento a los maestros del exilio español por su labor en la formación de varias generaciones de mexicanos. Eduardo Nicol respondió con palabras que conmovieron a todos los presentes: México dio casa y sustento a los emigrados, dijo, les permitió ser mexicanos. Es por eso que somos nosotros los que damos las gracias.  “Porque eso de ser mexicano es hoy en día una manera noble de ser…Con ello cambió nuestro ser.  No cuenta ahora aquí lo que pudimos hacer o ser antes, allá.  Nosotros nacimos en 1939.  Cuenta ahora lo que ha sucedido después de aquel nacimiento que nos alejaba de la madre, con una tristeza que no tendría fin ni consuelo”.

 

En 1939 bajó del Sinaia, el buque que traía su carga de refugiados al puerto de Veracruz. Nacía así la nueva vida de Nicol entre nosotros; una vida de hombre de bien, de filósofo extraordinario y formador de pensadores, de conferencista inigualable.   Nos legó una obra filosófica en 17 volúmenes (incluyendo el que acaba de publicarse, Las ideas y los días, con artículos publicados en la prensa nacional y algunos en el extranjero). En 1986 recibió el Premio Universidad Nacional en reconocimiento a su destacada actividad como docente e investigador en la UNAM.  El video que se produjo en esa ocasión plasma la imagen que conservamos del filósofo que hace cien años nació en Barcelona.   

No estará de más hacer honor a su fidelidad. La singularidad indiscutible de la presencia de Nicol en el mundo de la filosofía hispánica radica en el hecho de que en todo momento supo ser fiel a la vocación filosófica. Decidió ponerse al servicio de la obra de la filosofía; se negó persistente, obstinadamente a poner la obra filosófica a su servicio. Por eso contribuyó decisivamente a la  inauguración de un camino distinto al de la filosofía “a la  española”, la que cultivaba la supremacía del “yo”.  No se cansó nunca de enseñar que filosofar es hacer filosofía sistemática; y que ofrecer ideas sueltas en ensayos, estimuladas casi siempre por algún hecho aislado, no es el quehacer de la filosofía. No es que creyera que estuviera mal escribir ensayos, pero estaba muy mal que algunos autores, como Unamuno y Ortega y Gasset―a quienes la mayoría consideraba en el primer cuarto del siglo XX como modelos­―, insistieran en que el pensamiento hispanoamericano tenía que expresarse en una serie de ensayos, sin poder ascender al nivel de la filosofía de carácter universal.

Era necesario superar el problema de la filosofía de lengua española, el de su tipismo;  había que poner la atención en la cosa pensada y no  en el autor que la piensa. Su voz fue una sentencia de muerte contra el personalismo: ya es hora de excluir a la persona que opina.  En su lugar debemos examinar con todo rigor la opinión misma, para estar del otro lado,  donde  no cuenta el yo y sus circunstancias, donde  se castiga la improvisación, la espontaneidad y el lucimiento, afirmaba. Ciertamente la filosofía de valor universal que promovía Nicol no era ni una mera globalización de las ideas ni una negación de lo propio. Al abolir cualquier conato de particularismo sería posible la verdad: “Mi verdad” —sea de quien fuere— nunca puede ser realmente verdadera sino hasta que es nuestra.

Según Platón los ojos son el espejo del alma. Sirven para que los demás vean quién somos. Los cerramos al morir —o alguien solidariamente nos los cierra, como para que ya nadie pueda vernos.  Para entender la vida del hombre Nicol podríamos, inspirados en su Psicología de las situaciones vitales, descubrir la medida en la que el azar, el destino y el carácter configuraron lo que le pasó en la vida y el modo en que la vivió.

Nicol no hablaba de sí mismo. Fiel a su idea de la filosofía, quería que lo que de él escucharan los demás fueran sus propuestas filosóficas, y nada más. No se trataba de una delicadeza, un recato personal o un rasgo de carácter. Si se quiere, era todo eso y algo más: un deber moral de la vocación filosófica: “…la falsedad, la componenda, la claudicación, el artificio, quedan excluidos en cuanto el hombre adopta la actitud filosófica.  Esta sinceridad no es meritoria, porque es forzosa.  ¿Cómo podríamos mentir, cuando nos afanamos por expresar justamente lo que pensamos?  Pero estando ya nuestro ser patente por entero en la expresión, la cualidad moral que ha de exigirse del pensador no es la sinceridad, sino la competencia.  Por el hecho de hablar entramos en relación vital con los demás, y contraemos con ellos una responsabilidad de la que sólo nos libramos trabajando como buenos operarios, por el decoro de la obra bien hecha.  Por esto es peligroso introducir dramáticamente la persona del autor en la obra producida” (La vocación humana).

 

En España se había otorgado una supremacía al yo. En la primera parte del siglo XX Miguel de Unamuno rechazaba la ciencia y la filosofía y en la literatura daba rienda suelta al yo y sus arbitrariedades. Luego vino lo que Nicol llama la etapa orteguiana, la de ese género de comunicación situado a medio camino entre la literatura y la ciencia que es el ensayo, tan elegantemente cultivado por Ortega y Gasset y menos brillantemente por sus discípulos. Unamuno opinaba que no había que darle vueltas al asunto, que el don de España es definitivamente literario: “todo aquí, incluso la filosofía, se convierte en literatura”. Si Alemania les dio a Kant a los españoles, éstos, en cambio, le dieron a Cervantes.

Por el contrario, Nicol pretende que los  escritores hagan literatura y que los filósofos hagan filosofía; que a los de fuera y dentro de la comunidad cultural hispánica se les ofrezca literatura bien pensada, si quieren literatura; y filosofía bien escrita,  si desean filosofía; que ni afuera ni adentro sea válido dar gato por liebre. De este modo Nicol se rehusó a admitir lo que pensaba el profesor de Salamanca: que la única metafísica española fuera la mística (“metafísica imaginativa y sentimental”), o que la manera ideal de hacer filosofía consistiera en hablar de uno mismo y sus circunstancias, como creyó el catedrático de Madrid.
  

Cuando Nicol consideró que ya había dicho lo que filosóficamente tenía que decir pudo contar algunas cosas de su vida personal. El silencio premeditado le había permitido trabajar en paz: las opiniones de Nicol nadie las conocía. Ni la política ni las circunstancias y las anécdotas personales debían impedir que su trabajo se situara en un contexto que no fuera el de la filosofía universal.   

Puede suponerse que su tarea filosófica terminó propiamente cuando escribió las líneas finales de esa especie de suma nicoliana que es La revolución en la filosofía. Crítica de la razón simbólica, obra que completa un tríptico junto con El porvenir de la filosofía y la Reforma de la filosofía.   Sólo entonces pudo decir algunas cosas de su propia vida, que ya no podían utilizarse para sustituir su pensamiento.

Nicol rompió el silencio en 1982, cuando concedió una entrevista al filósofo catalán Rubert de Ventós (“Eduardo Nicol, pensador catalán”).  El diálogo tenía un destinatario bien determinado: el público de televisión en España; en México no se publicó hasta 1988. En esa ocasión no dijo todo lo que se esperaba escuchar de él, pero comenzó a hablar, cuando menos para decir clara y abiertamente que había cosas de las que procuraba no hablar. Rememoró circunstancias de  la Guerra Civil Española, de su participación  y otras cosas que tenían que ver con aquellos sucesos.   “Después de muchas vueltas que no es preciso recordar, fuimos a parar al campo de concentración de Argelers”, relató. “Es una aventura que pasamos miles y miles de personas. En general, procuramos no hablar públicamente de ello, porque, a diferencia de lo que ocurre hoy, tratamos de retener las causas de la desdicha y prescindir de sus efectos. Hoy la gente se encuentra más interesada en lo que ocurrió en aquel momento lejano sin preocuparse de las causas. Nosotros hacemos lo contrario, pero tratamos de no hablar de ninguna de las dos. Las causas porque provocarían rencores, los efectos porque debe superarse con una actividad positiva”.

Dos homenajes (uno, del Ateneo Español de México en 1984; el otro, en el Ateneo Español de México, en 1989) le ofrecieron a Nicol la oportunidad de continuar la comunicación pública que había emprendido: la nueva apertura que nos permitiría  penetrar en su pasado.  Por esos años, en una entrevista Nicol expresó enérgicamente su desacuerdo con la palabra “transterrados” inventada por José Gaos, y entre otras cosas habló de su triple desamparo: “Desembarqué en Veracruz sin un amigo, sin un centavo en el bolsillo y sin saber qué me iba a pasar”. Lo que era claro entonces es que así habían comenzado sus exilios. El primero, el de perder la patria; pues como no perdió la vida en defensa de la República, tuvo que vivir en una tierra distinta de esa en que nació y se educó; el segundo fue el de perder la lengua materna; y el tercero lo experimentó como un complejo o complicado exilio intelectual, cultural y político, que le impidió participar como educador de su comunidad.  Pero Nicol tenía que seguir vivo y tenía que filosofar.   Filosofar por amor a la filosofía, al decoro de la obra bien hecha, a su Facultad de Filosofía y Letras; por el amor a su mujer, sus amigos y sus alumnos. Y por su apego a sus dos patrias. Si las situaciones vitales de su existencia pudieron ser ambiguas, porque parecía que era y no era español, porque parecía que era y no era mexicano, nunca hubo ambigüedad en sus afectos y sus amores. Siempre fue rotundamente fiel a lo que amó.

Por los actos de reconocimiento que comenzaron cuando cumplió sesenta años (reconocimiento que ha vuelto a expresarse aquí y en España con motivo del centenario de su nacimiento), Eduardo Nicol supo que su amor por México y por los mexicanos era correspondido. Que su amor por España y Cataluña también fue correspondido. Aquí y allá pudo verse que la verdad cuesta; que en ocasiones la factura puede incluir situaciones difíciles, tristes, dramáticas.   

Nobleza obliga: México reconoció su trabajo y su vocación en una distinción  merecida. El tamaño del premio de la UNAM, importante por sí mismo,  parecía  agrandarse por el hecho de que se había otorgado a un profesor que no buscaba premios, reconocimientos ni situaciones ventajosas. Lo que hacía cotidianamente, con devoción vocacional,  “pensar y enseñar a pensar” —para decirlo con sus propias palabras—,  nunca lo hizo para ganar otra cosa que no fuera la posibilidad de encontrar una verdad o la oportunidad de promover el bien común.

Desde 1977 Nicol dio las gracias en esas ocasiones en la que autoridades académicas, colegas y alumnos suyos organizaron diversos actos académicos (conferencias, seminarios, coloquios) para festejar su septuagésimo y octogésimo aniversarios. En la inauguración del “Simposio Eduardo Nicol” (1988) dijo una vez más a los que le escuchábamos que envejecer no era asunto que implicara ningún mérito. “Sólo hay que esperar: la cosa se hace sola”. Sin embargo, sabía bien —como lo sabíamos nosotros— que aprovechábamos su cumpleaños para  agradecerle su sapiencia y su ciencia; sobre todo, su fortaleza vocacional, noble ejemplo para profesores y estudiantes.

Cuando en 1984 la Universidad de Barcelona, en Bellaterra, le concedió un Doctorado honoris causa, Nicol sorprendió un poco al público al afirmar  que la comunidad tiene la obligación de premiar a los que han servido bien, y que el servidor tiene la obligación de agradecerlo, sin  falsas modestias.  Su perspicacia natural y su sinceridad alcanzaba para esto y otras cosas más. Al dar las gracias entrelazó lo grato de ese acto en que los presentes se con-gracia-ron, con el don gracioso de la filosofía y lo opuso  a  la situación de des-gracia de la metafísica en nuestros días, que tiene que ver con hombres que voluntariamente se hacen des-graciados al negar los dones del pasado. 

 

Nicol decía de sí mismo que tenía “buen carácter y mal genio”.  Este último surgía a veces en situaciones comprometidas.  En 1988 el Rey de España le impuso las insignias de la Orden de Alfonso X El Sabio. Nicol había querido que sólo los miembros de su Seminario de Metafísica lo acompañáramos, a él y a su mujer, Alicia,  a la ceremonia de imposición y a la cena que se ofrecía en su honor en la Embajada de España. Cuando las formalidades habían terminado y los postres habían relajado el ambiente, como quien no dice nada, Nicol afirmó que se enorgullecía de hablar mejor el español que los españoles. (¡Qué decir del coraje de Unamuno, quien  cincuenta años antes lanzó airosamente a los españoles franquistas que lo impugnaban: “yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis”, y que al término de ese altercado fue destituido de su puesto de Rector!).  En efecto, su filosofía era filosofía bien escrita y bien hablada. Los lunes y los miércoles, al salón de la Facultad de Filosofía y Letras donde daba su curso de Metafísica acudían todos aquellos que, sin ser estudiantes de filosofía, venían a escucharlo. ¿Los atraía su calidad de conferencista, su pensamiento inusitado o el espléndido castellano en el que exponía cada idea?

El reconocimiento otorgado por el Rey de España fue un evento altamente significativo que Nicol recibió del país que lo había enviado al exilio; era un reconocimiento que rebasaba los límites de los medios universitarios, de los ámbitos del saber en general.  Era el símbolo del reconocimiento del pueblo español.  El Rey Juan Carlos, dijo, ha puesto su atención  “en un pensador que siguió filosofando, sindesfallecer; [un filósofo que] acepta el honorque no ha buscado, porquepara él significa el reconocimiento de una vida dedicada al servicio de la verdad”; un  pensador que no tiene poder alguno, excepto el del amor, que implica “defensa, devoción y servicio irrestricto a la libertad, contra todas las adversidades, persecuciones y discriminaciones”.  Concluyó: “Consta ahora que no he desfallecido. Seguí filosofando”.

Pero para el autor de la Vocación humana, el amor por el saber era simultáneamente responsabilidad comunitaria.  “Sigo creyendo que es imposible cambiar el principio vocacional de la filosofía sin que ésta se convierta en otra cosa”, dijo en 1987, tres años antes de morir. Si se convierte en otra cosa, el peligro del hombre es inevitable. La vocación libre de pensar es la necesidad de una perseverancia, porque ahora la filosofía es un deber moral. Nicol, el humanista que jamás pudo faltar a su deber, nos abandonó el 6 de mayo de 1990.

En una parte de su discurso de Bellaterra, Nicol mencionaba que Platón, que era griego hasta las raíces, sirvió al mundo entero.  A los muchos mexicanos que recibimos sus enseñanzas, a quienes escuchamos sus cursos, a los que formamos parte de su Seminario de Metafísica —que era el recinto donde año tras año exponía la evolución de su pensamiento filosófico—, Nicol nos entregó lo que los españoles de nuestra generación perdieron: su palabra de maestro eminente, su castellano de singular excelencia, su impresionante erudición, la pureza de su vocación; en suma, el ejemplo del filósofo que vivió para “pensar y enseñar a pensar”.  Fue un privilegio que hoy rememoramos con nostalgia y gratitud.  Al mundo entero le queda, sin embargo, la existencia perenne de su obra filosófica.

 

 


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