Que la verdad cuesta
En el centenario del nacimiento de Eduardo  Nicol
 (1907-1990)

juan manuel silva camarena

2007

Ensayo publicado en la revista de filosofía  La lámpara de Diógenes, de la Benemérita Universidad Autónoma de la Universidad de Puebla, año 8, vol. 8, núms. 14 y 15, enero /junio (2007),  julio / diciembre (2007), 50-58.

 

Nunca estará de más hacer honor a la fidelidad. La importancia indiscutible de la presencia de Eduardo Nicol en el mundo de la filosofía española o mexicana radica en el hecho de que en todo momento supo ser fiel a la vocación filosófica. Independientemente del valor de sus teorías, debe advertirse la diferencia esencial: decidió libremente ponerse al servicio de la obra de la filosofía, y se negó persistente, obstinada y pertinazmente a poner la obra filosófica a su servicio. Por eso pudo inaugurar o contribuir a la inauguración de un camino distinto al de la filosofía a la  española,  la de la supremacía del “yo”, y jamás se cansó de procurar que los demás adoptaran la misma determinación de hacer filosofía sistemática, como se hace en cualquier país cuya tradición filosófica sea digna de tomarse en cuenta, en lugar de ofrecer ideas sueltas en sus ensayos, “estimuladas ocasionalmente por algún hecho aislado”. Y no es que estuviera mal escribir ensayos, sino que estaba muy mal que algunos autores, como Unamuno y Ortega, a quienes la mayoría consideraba en el primer cuarto del siglo XX como los modelos, insistieran en creer que el pensamiento hispanoamericano tenía que expresarse siempre ensayísticamente, sin poder ascender al nivel de la filosofía de carácter universal. Para Nicol el ethos vocacional permite superar el problema de la filosofía de lengua española, que es el de su tipismo, pues obliga a poner mayor atención en la cosa pensada que en el autor que la piensa. Su voz era como un grito de muerte contra el personalismo: si por fin se pudiera excluir la persona que opina —y los cultos que suelen acompañarla—, examinando en cambio, con todo rigor, la opinión misma, podríamos estar del otro lado,  donde ya no cuenta el yo y sus arbitrariedades y se castiga la improvisación y la espontaneidad, el lucimiento y las ganas de sobresalir a como de lugar.

La filosofía de valor universal que promovía Nicol no es —una ridícula— globalización de las ideas ni una negación de lo propio, y mucho menos un  afán de uniformidad en el pensamiento, sino una defensa de la posibilidad de la verdad y la complementaria abolición de cualquier conato de particularismo de la verdad: “mi verdad” —sea de quien fuere­— nunca es verdadera sino hasta que es nuestra.

En 1986 la Universidad Nacional Autónoma de México otorgó a Eduardo Nicol el Premio Universidad Nacional en reconocimiento a su destacada actividad como docente e investigador, por lo cual se produjo un video, estructurado a partir de un guion de Diana Goycolea (“Eduardo Nicol, Premio Universidad Nacional”) que fue  transmitido en la televisión nacional el 26 y el 27 de junio.

Quién sabe cuál era la imagen que de este pensador se tenía en los ambientes académicos de las otras facultades de esta casa de estudio; y quién sabe cómo se lo imaginaba el gran público, por ejemplo, el que había leído sus artículos de periódico, entre 1947 y 1948, o el que se había enterado de de su existencia porque  algún diario de la capital había publicado una entrevista a este profesor de filosofía que hablaba como mexicano —con tonos y frases nuestras—,  conocía bien a México y lo amaba, y era español de nacimiento. Por cierto que no faltó por ahí quien teniendo la necesidad de restarle méritos encontrara en ese hecho un modo efectivo de ningunearlo: “muy bueno, pero no es mexicano”.  Gracias al video del premio en la televisión se pudo ver al filósofo nacido en Barcelona el 18 de diciembre de 1907, el mismo que el 15 de octubre de 1940 en México había obtenido su carta de naturalización (No debíamos decir nunca de nadie que está  nacionalizado, suponiendo muy absurdamente que un ser humano pudiera pasar de unas manos a otras, como el petróleo y otras cosas de la misma naturaleza). En la filmación aparecía Nicol en diferentes escenarios: rodeado de sus discípulos en el Seminario de Metafísica que fundó en 1946 en la Facultad de Filosofía y Letras, a la que perteneció hasta el final de su vida como profesor emérito; conceptualizado  en las palabras de algunos de sus alumnos que fueron entrevistados en esa ocasión;  en su domicilio,  en su despacho abrazado por una biblioteca modesta pero selecta, con volúmenes autografiados,  en donde trabajaba disciplinadamente todos los días, con horario inalterable —llueve o truene—,  excepto cuando  iba a atender algún alumno que acudía a su casa para preguntarle algo y oírlo hablar— con la misma responsabilidad y puntualidad con la que acudía a las clases y las sesiones de seminario, y finalmente, se le veía en la sala de su casa, junto a su esposa,  doña Alicia Nicol, la dama distinguida que siempre estuvo a su lado y lo sigue acompañando hasta la fecha.

Nobleza obliga, pues. México reconoció su trabajo y su vocación,  en  una distinción  merecida. No es necesario hablar aquí de otros premios que pudo haber recibido y no obtuvo. Pero el tamaño del premio de la UNAM se agrandaba por el hecho que se otorgaba a un  pensador que no buscaba premios, reconocimientos ni situaciones ventajosas. Lo que hacía, pensar y enseñar a pensar —para decirlo con su propia expresión—,  no lo hacía para ganar otra cosa que no fuera siquiera la posibilidad de encontrar una verdad, esfuerzo que contribuía a la obra de paz de la filosofía. Y eso, sin duda, podía ser objeto de reconocimiento. De ahí, quizá, el que supiera ser agradecido.

Nicol sabía dar las gracias, como nos las dio en esa ocasión en la que unos alumnos suyos organizamos (en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán de la UNAM, en noviembre de 1977) un ciclo de conferencias en torno a su pensamiento para festejar su septuagésimo aniversario. Este evento académico concluyó con un discurso suyo sobre el magisterio de la interrogación que, como sus conferencias, arrancaba muchos aplausos. En esta ocasión  muchísimos jóvenes le aplaudieron después de que pronunció la frase final, misma que era explosiva al exponerse al entusiasmo de los estudiantes: “…porque no se trata  de ver qué pasa, sino de hacer que pase lo que deseamos”. En el mes de diciembre del mismo año la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM le ofreció un reconocimiento por su cumpleaños, con la participación del director de la Facultad, Ricardo Guerra, y Ramón Xirau y Juliana González. Nicol, con setenta años de vida, había entrado así, al final de los setentas,  al período de los homenajes, momento que sin duda puede ser muy grato y al mismo tiempo un poco cruel al ir avisando, como quien no hace la cosa, que el fin se acerca.

Aunque lo agradeció, no pudo estar presente en un seminario de verano que se organizó en la Universidad Iberoamericana para festejar sus ochenta años: “Eduardo Nicol, vida y obra”. Pero con talento pudo dar muestra de gratitud en la inauguración del “Simposio Eduardo Nicol” que organizamos los miembros del Seminario de Metafísica de la  misma facultad para la celebración de su octogésimo aniversario. En ese discurso, el 27 de enero de 1988, recordó lo que ya había dicho diez años atrás, que envejecer no era un asunto que implicara  méritos. “Sólo hay que esperar: la cosa se hace sola”. Sin embargo, sabía bien —también lo sabíamos nosotros— que no celebrábamos su vejez, sino que la admirábamos, y que aprovechábamos su cumpleaños para  agradecerle su fortaleza vocacional, en la que se originó la que, en alguna medida,  nos había contagiado su sapiencia, su ciencia.  En todo caso, nos dirigió en respuesta palabras afectuosas, aludió a su permanente insatisfacción respecto los logros de su propio trabajo, y antes de darle la palabra a Lope de Vega dizque para que lo dijera “con más gracia y autoridad” que él, terminó dándole vuelta a nuestro agradecimiento: “Declaro entonces que el don gracioso es gracia de quien lo otorga”.   Y Lope de Vega habló: “De los buenos es honrar, /que no es posible que den / honra quienes no la tienen.”

Es de creerse, naturalmente, que las gracias más conmovedoras las ofreció Nicol en tres ocasiones que para él fueron decisivas: cuando en 1984 recibió el Doctorado honoris causa por la Universidad Autónoma de Barcelona, cuando el Rey de España le otorgó la medalla de Alfonso X el Sabio en 1988 y   cuando habló en nombre de los profesores eméritos del exilio español que recibieron con gratitud  el homenaje que la UNAM les ofreció en 1989.

México distinguió de nuevo a Nicol cuando la UNAM  ofreció un acto de agradecimiento a los maestros del exilio español, ocasión en la que él cumplió la tarea sobresaliente de  agradecer el agradecimiento (en el Anfiteatro Simón Bolivar, el 29 de septiembre de 1989). Ahí nos comunicó claramente, con el tono preciso y la emoción viva, conmoviéndonos a todos los que le escuchamos, que ellos,  los emigrados,  eran los que tenían que dar las gracias,    porque además de casa y sustento —así lo entendimos— los mexicanos les habíamos permitido ser mexicanos: “Porque eso de ser mexicano es hoy en día, en América,  una manera noble de ser. Con ello cambió nuestro ser. No cuenta ahora aquí lo que pudimos hacer o ser antes, allá. Nosotros nacimos en 1939. Cuenta ahora lo que ha sucedido después de aquél nacimiento, que nos alejaba de la madre, con una tristeza que no tendría fin ni consuelo”.

Sin embargo, el renacimiento no podía haber olvidado lo que ya había nacido y el lugar de nacimiento. El 26 de enero de 1984 la Universidad de Barcelona, en Bellaterra, concedió a  Eduardo Nicol y a Ramón Xirau un Doctorado honoris causa. El profesor Octavio Fullat, en la ceremonia de investidura realizada en la Sala de Actos de la Rectoría, llevó a cabo la presentación de Eduardo Nicol por medio de un discurso que al final le agradecía su trabajo filosófico de tantos años, en especial le daba las gracias por haberles permitido explorar su alma colectiva, y le aseguraba que el título que en esa ocasión le ofrecía  la Universidad de Barcelona no solamente le honraba a él, si lo aceptaba,  sino también a ellos, en el hecho mismo de haberlo aceptado.  Nicol dijo —aunque suena extraño— que la comunidad tiene la obligación de premiar a los que han servido bien, y que el servidor tiene la obligación de agradecerlo, sin  falsas modestias, esas  que causan aversión al pensador, cuando menos, al filósofo Nicol. Su perspicacia habitual alcanzaba para esto y otras cosas: al dar las gracias en Bellaterra  entrelazó lo grato de ese acto en que los presentes se con-gracia-ron, con el don gracioso de la filosofía  (el que desde Platón dirige al hombre hacia su propia interioridad) y la situación de des-gracia de la metafísica en nuestros días, que tiene que ver con hombres des-graciados voluntariamente (negando los dones del pasado).  

Entre los reconocimientos de la UNAM y el de la Universidad de Barcelona, el Rey de España, Juan Carlos I, impuso a Nicol las insignias de la Orden de Alfonso X el Sabio, el  20 de julio de 1988. El dijo Nicol, llama la “atención nacional” —de España, se entiende, y se sobrentiende que de México— en un pensador que siguió filosofando, sindesfallecer, y que acepta el honor, que no ha buscado,  que para él significa el reconocimiento de una vida dedicada al servicio de la verdad. Como de paso, aclara él que se le honra por su amor a la filosofía —lo cual es cierto—, y ahora le honramos nosotros por la misma causa en una rememoración respetuosa en el centenario de su nacimiento. Y si se reconoce su amor a la filosofía, y la fidelidad que le daba vida, tienen que reconocerse igualmente otras cosas. El rey, dice Nicol, en un acto de magnificencia, se fija en un pensador que no tiene poder alguno, excepto el del amor. La filosofía es obra de amor. “Un amor que implica defensa, devoción y servicio irrestricto a la libertad, contra todas las adversidades, persecuciones y discriminaciones.  Consta ahora que no he desfallecido. Seguí filosofando”.

El lenguaje de Nicol no puede ser acusado de mera  retórica. Y la explicación “un amor que implica defensa, devoción y servicio irrestricto a la libertad”, trae un añadido que no es algo superfluo.  El añadido dice “contra todas las adversidades, persecuciones y discriminaciones”.  Podemos verlo de este modo: ¿a cuento de qué vino aquello de que la filosofía es servicio a la verdad, y que su amor implica esto y lo otro? Se trata de una explicación y un añadido.  En la primera se afirma que el amor a la filosofía implica “defensa, devoción y servicio irrestricto a la libertad”; y en el segundo se sostiene que el servicio a la libertad se realiza “contra todas las adversidades, persecuciones y discriminaciones”.  Pero el sentido común no asocia fácilmente la verdad con la libertad, a pesar del sentido bíblico de esa unidad de verdad y libertad (la verdad nos hace libres),  y a pesar de  que después de que Hedeigger definió la libertad como esencia de la verdad (1943)  Nicol tuvo cuidado de precisar que era la expresión la vía de esa libertad (1957). Para Nicol, sencillamente, el régimen de la verdad hace posible el de la libertad. Sin el régimen de la libertad no hay hombre, y no hay libertad sin la acción libre del pensamiento filosófico. De ahí la gravedad, para Nicol,  de atentar contra la vocación filosófica. “Sigo creyendo que es imposible cambiar el principio vocacional de la filosofía sin que ésta se convierta en otra cosa”, dijo en la conferencia inaugural del congreso nacional de filosofía, tres años antes de morir. Si se convierte en otra cosa, el peligro del hombre es inevitable. La vocación libre de pensar es “la necesidad de una perseverancia”, “un deber moral”.

Pero no el hombre en general, sino este hombre de carne y hueso que fue Nicol aparece en el discurso que comentamos. ¿Qué significado podemos dar al añadido? ¿Acaso el añadido da a entender los mismo si introdujéramos en él una pequeña modificación, la puede  sustituir la expresión “contra todas” por la frase “a pesar de todas”? En este punto puede calarse en el hecho de que el añadido depende del filósofo que estemos hablando. Y de este modo se cuela el tema del yo, en uno de sus aspectos, en las consideraciones de la filosofía. En otras palabras, parece necesario que Nicol hable de sí mismo para entender lo que quiso decir cuando señala que siguió filosofando, sin desfallecer, a pesar de todas “las adversidades, persecuciones y discriminaciones”.

Según Platón los ojos son el espejo del alma. Sirven para que los demás vean quién somos. Los cerramos al morir, o alguien solidariamente nos los cierra, como para que ya nadie pueda vernos.  Quizá lo hacemos porque en esas condiciones ya nada hay que ver o ya no importa nada lo que pudiéramos mirar.  Sea como fuere, cuando nacemos abrimos los ojos,  y mientras dura la vida les damos rienda suelta para que vean todo lo que pasa, sobre todo, lo que nos sucede. Para entender la vida del hombre Nicol podríamos aplicar sus propias ideas. Tendríamos que averiguar  cómo vivió su vida, descubriendo las medidas en las que el azar, el destino y el carácter configuraron lo que le pasó en la vida.  Si quisiéramos saber cómo vivió la vida Nicol, sería menester descubrir lo que le sucedió  y lo que hizo frente a lo que le pasó, y así descubriríamos “adversidades, persecuciones y discriminaciones” de su —en todo caso— peculiar existencia. Pero por amor a la filosofía, él decidió un día  hablar de sí mismo no más que lo necesario.

Nicol no hablaba de sí mismo porque —fiel a su idea de la filosofía— quería que lo que de él escucharan los demás fueran sus propuestas filosóficas. Y nada más. No era una delicadeza, un recato personal o un carácter que la psicología agrupara en la lista de la introversión, frente a los extrovertidos. Si se quiere, era todo eso y algo más: un deber moral de la vocación filosófica: “…la falsedad, la componenda, la claudicación, el artificio, quedan excluidos en cuanto el hombre adopta la actitud filosófica.  Esta sinceridad no es meritoria, porque es forzosa.  ¿Cómo podríamos mentir, cuando nos afanamos por expresar justamente lo que pensamos?  Pero estando ya nuestro ser patente por entero en la expresión, la cualidad moral que ha de exigirse del pensador no es la sinceridad, sino la competencia.  Por el hecho de hablar entramos en relación vital con los demás, y contraemos con ellos una responsabilidad de la que sólo nos libramos trabajando como buenos operarios, por el decoro de la obra bien hecha.  Por esto es peligroso introducir dramáticamente la persona del autor en la obra producida” (La vocación humana, 1953).

Si lo entendemos bien Nicol razonaba más o menos así: En España los pensadores han permanecido alejados de la filosofía científica (sistemática, con valor de universalidad) por la supremacía que justificada o injustificadamente le han otorgado al yo. Como si fuera el efecto de una maldición que configurara de un modo especial  la filosofía, la personalidad del filósofo y su modo de expresión,  si éste era español o de lengua española.  Se trata entonces de saber si es posible conjurar semejante determinación. En los términos más simples en que puede plantearse el asunto diríase lo siguiente: la España de la literatura, la que gustaba tanto a Miguel de Unamuno, tenía que convertirse en la España de la filosofía que ambiguamente comenzó a formarse en Ortega y Gasset.  En esto ya no jugaba ningún papel importante ni el pensador catalán Balmes, el que intentó renovar la escolástica y la filosofía cristiana del siglo XIX, ni el krausismo y todo lo que había quedado atrás con el siglo XIX, después del ensimismamiento de la generación del 98, la que tuvo a bien  averiguar lo que significaba ser español después de haber perdido las últimas posesiones del imperio español. Ya no soy el que parecía tenerlo todo, ¿quién soy?

El la primera parte del siglo XX Don Miguel no quiere ni ciencia ni filosofía, y da rienda suelta a su yo y las arbitrariedades del yo  (…) pensando  en términos de literatura. Luego viene lo que Nicol llamó la etapa orteguiana, donde el ensayo de Ortega y sus discípulos, comunicación situada a medio camino entre la literatura y la ciencia,  representó un período intermedio, en el que España quiere las dos cosas juntas, haciendo una mezcla, que finalmente se decide por la “plaza intelectual” y renuncia al tratamiento sistemático, académico,  de los asuntos.   Para Nicol, lo que quedaba por hacer, obligadamente, era alcanzar en la filosofía  la mayoría de edad, y ésta se alcanza cuando se es capaz de poner el yo al servicio de las ideas y las letras,  y no al revés. En otras palabras: cuando el filósofo, como en todo lugar y en cualquier momento,  se pone al servicio de la filosofía, de buena gana y contento, orgulloso  de cumplir con una obligación vocacional. 

Unamuno opina que no hay que darle vueltas al asunto, que el don de España es literario “Y todo aquí, incluso la filosofía, se convierte en literatura”. Alemania —dice—, nos da a Kant, nosotros le damos a Cervantes. Nicol sostuvo algo muy sencillo: que los escritores hagan literatura, que los filósofos hagan filosofía; que a los de fuera de nuestra comunidad cultural hispánica se les ofreciera, y también a los de dentro,  literatura —bien pensada—, si quieren literatura; filosofía —bien escrita—,  si desean filosofía; que ni afuera ni adentro se valga dar gato por liebre. Nicol renuncia, pues, a seguir creyendo, como Unamuno,  que la única metafísica española es la mística, “metafísica imaginativa y sentimental”,  o con Ortega, que la única manera de hacer filosofía consista en hablar de uno mismo y sus circunstancias. Lo que propuso fue trabajar con rigor, haciendo filosofía sistemática o científica, de verdades objetivas y universales,  respetando, por supuesto,  la necesidad de que las circunstancias y las expresiones subjetivas tengan su propio espacio público y privado.
  
Nicol publicó un ensayo con información autobiográfica en 1972, cuando se publicó en México la Filosofía de las formas simbólicas de Cassirer.  Nicol se refirió al pensador alemán como “digno de amor en su filosofía y en su persona”, y confesó públicamente que la imposibilidad de trabajar bajo su dirección su tesis doctoral —porque alguien obstaculizó la autorización la beca que necesitaba—, fue uno de los grandes fracasos de su vida. Lo conoció años más tarde en la Universidad de Yale, conversaron acerca de sus ideas, disfrutó Nicol de una amistad  sin igual y tradujo un libro suyo como homenaje amistoso. Pero no hablaba de sí mismo, ni para bien ni para mal.

Podría, sin duda establecerse una conjetura como esta: cuando Nicol consideró que ya había dicho lo que filosóficamente tenía que decir, podría contar algunas cosas de su vida. El silencio premeditado había dejado trabajar en paz, y había protegido la obra suficientemente: las opiniones de Nicol nadie las conocía, ni la política ni las anécdotas personales y las circunstancias locales, españolas o mexicanas, impedirían situar su trabajo en el contexto al que pertenecía, el de la filosofía universal.  La biografía había sido sustituida por la bibliografía, porque para Nicol hay entre un a y otra una relación de más a menos: cuanto más serio es un trabajo filosófico, menos importa el autor y los datos que llenan el curriculum.  Puede suponerse que la tarea filosófica terminó propiamente cuado Nicol escribió las líneas finales de esa especie de suma nicoliana que es La revolución en la filosofía (Crítica de la razón simbólica, de 1982), entonces, podía decir algunas cosas de su propia vida que en ese momento ya no podrían servir a algunos para suplantar al trabajo filosófico —para “saber” de Nicol, sin leer su obra—, y tampoco podían tomarse como las confesiones de un filósofo que hubiera puesto a la filosofía a su servicio. La obra mostraba por sí misma, sin lugar a dudas, que Nicol se había puesto  al servicio de la filosofía.    

Nicol rompió el silencio en 1982, cuando le concedió una entrevista al filósofo catalán Xavier Rubert de Ventos: “Eduardo Nicol, pensador catalán”.  La conversación, en tono muy amable, tenía un destinatario bien fijado: el público de televisión en España —en México se pudo leer en 1988. Las preguntas no tenían nada de especial, y no necesitaban tenerlo, porque las respuestas era lo que se quería oír, aquí y allá. En esa ocasión Nicol no dijo todo lo que se esperaba escuchar de él, pero había comenzado a hablar, cuando menos para decir clara y abiertamente que  había cosas de las que procuraba no hablar. Por ejemplo, se quería saber de la Guerra Civil Española, de su participación  y cosas que tenían que ver con eso. Rubert de Ventós preguntó: “Entonces pasó al campo de concentración de Argelers?” Y Nicol respondió: “Ah, sí! Después de muchas vueltas que no es preciso recordar, fuimos a parar al campo de concentración de Argelers. Es una aventura que pasamos miles y miles de personas. En general, procuramos no hablar públicamente de ello, porque, a diferencia de lo que ocurre hoy, tratamos de retener las causas de la desdicha y prescindir de sus efectos. Hoy la gente se encuentra más interesada en lo que ocurrió en aquel momento lejano sin preocuparse de las causas. Nosotros hacemos lo contrario, pero tratamos de no hablar de ninguna de las dos. Las causas porque provocarían rencores, los efectos porque debe superarse con una actividad positiva”. Sin embargo, esa actividad no borraba…

Dos homenajes le ofrecieron a Nicol la ocasión para continuar la comunicación pública que había emprendido,  primero, el del Orfeo Catalán de México, el 28 de marzo de 1984, y luego, el del Ateneo Español de México, realizado el 11 de enero de 1989. También hubo entrevistas, como la de Raúl Gómez Miguel (de Revista de Revistas), que se publicó el 9 de junio de 1989, casi exactamente 50 años  de aquel  13 de junio de 1936 que había alcanzado el puerto de Veracruz el buque Sinaia fijando el comienzo de la nueva vida en México.  En esta conversación Nicol expresó enérgicamente su desacuerdo con la palabra “transterrados”,  inventada por José Gaos, el discípulo de Ortega.  Por las preguntas que le plantearon, Nicol relató algunas anécdotas, habló de su triple ignorancia (“Y desembarqué en Veracruz sin un amigo, sin un centavo en el bolsillo y sin saber qué me iba a pasar”), y llegó al tema de su exilio: “Déjeme decirle: nosotros no somos transterrados, esta es en sí una palabra inocente que un día se le ocurrió a un buen señor (que no voy a nombrar) y por alguna razón a los mexicanos les ha hecho gracia y han empezado unánimemente a llamarnos transterrados. Sin embargo, yo creo que es una forma infiel para designar a emigrados, que es la palabra noble y verídica. Lo de los transterrados no es que sea innoble, pero es falsa: porque transterradas son las plantas que pueden vivir en una tierra ajena a aquella donde por primera vez brotaron”. Para Nicol, los hombres no pueden ser transterrados, pues por amor la tierra y la lengua es irrenunciable: “He adoptado el español y otra tierra a los que sirvo con amor. Pero una cosa es amar lo ajeno y otra, muy distinta, considerarlo propio. La tierra y la lengua no se cambian”. En este caso, apareció a la luz un disentimiento entre Nicol y Gaos que ya no tenía los límites bien fijados de una discrepancia filosófica entre ambos, como la que en torno al ethos de la filosofía tuvo lugar en 1951, a raíz de la publicación de un libro de Nicol que culpaba directamente al historicismo y al existencialismo tanto de expresar la desesperanza como de promoverla, el primero por la pérdida de la verdad; el segundo —con su versión del ser-para-la-muerte— por la pérdida del sentido de la vida.

Nicol siguió filosofando, sin desfallecer, en sus propias situaciones vitales, nadie puede tener otras; unas en las que pudo ser más él, con mayor fuerza de carácter, otras en las que dependió más de lo que los demás hicieron o pensaron y dijeron, y entre unas y otras el juego caprichoso del azar. En los discursos y las entrevistas, en unos más en otros menos, fueron apareciendo esas cosas de las que Nicol no había querido hablar para proteger su obra de la contaminación de la subjetividad o porque no había sido urgido por su propia vida a poner públicamente las cosas en claro. Nicol tuvo que vivir y filosofar a pesar de los exilios.  Él mencionó tres, pero había más. El primero consistió en perder la patria, como no perdió la vida en la guerra civil española, en defensa de la República, tuvo que vivir en una tierra distinta de la tierra en que nació y se educó, con dos etapas distintas, la que abarca todo el período de la dictadura franquista, en la que sin embargo llegó a recibir invitaciones para volver a España, y la que incluyó el periodo de la España democrática, en la que paradójicamente nunca se le pidió el regreso; el segundo,  en perder la lengua: tener que hablar y escribir en otra legua,  soportar la frustración de ya no poder enseñar filosofía a los catalanes y en catalán; el tercero lo experimentó como un exilio intelectual o cultural, al perder —como muchos otros— el mundo filosófico europeo por hablar español, escribir en castellano y publicar en México; el cuarto, que vivió como una exclusión del grupo de pensadores españoles y mexicanos que creyeron —y alguno todavía lo puede creer ahora— que el modelo orteguiano de filosofar era intocable e incuestionable;  el cuarto y último,  que sufrió, por estar fuera de España,  como la posibilidad perdida de participar en la política como educador.  Pero Nicol tenía que seguir vivo y tenía que filosofar, sin desfallecer. Pudo hacerlo por amor. Por amor a la filosofía, al castellano y a la Facultad de Filosofía y letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Por el amor de su mujer y sus alumnos. Por su amor a Cataluña y a México. Si las situaciones vitales de su existencia pudieron ser ambiguas porque era y no era español catalán, porque era y no era mexicano, nunca hubo ambigüedad en sus afectos y sus amores, siempre fue rotundamente fiel a lo que amó.

Por los actos de reconocimiento que comenzaron en 1977, Nicol supo que su amor por México y por los mexicanos era correspondido. Que su amor por España y Cataluña también era correspondido. En un lado y otro del Atlántico habían notado que siguió filosofando, sin desfallecer. En todo caso, a veces puede verse que la verdad cuesta; que en ocasiones la factura incluye algunas adversidades, persecuciones y discriminaciones. 

En una parte de su discurso de Bellaterra Nicol dijo que Platón, que era griego hasta las raíces, servía al mundo entero;  quizá Nicol deseaba secretamente que se dijera lo mismo de él: que siendo catalán hasta las raíces, servía al mundo entero.  Mexicanos y catalanes, más íntimamente, sabemos que sirvió a Cataluña y a México.  

 

 

 

 


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