La lucha contra los malentendidos

juan manuel silva camarena
Reproches, difamaciones, calumnias

2006

 

Ponencia presentada en el evento “Martín Heidegger (1889-1976). A 20 años de su muerte”. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad Universitaria, México, D. F, del 12 al 19 de septiembre de 1996, y publicada en La Lámpara de Diógenes, revista de filosofía de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, año 7, números 12 y 13, vol. 7, enero-junio (2006) / julio-diciembre (2006), 69-73. También se publicó en el libro coordinado por Ricardo Guerra Tejada y Adriana Yáñez Vilalta: Martín Heidegger, caminos, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro Regional de Investigaciones multidisciplinarias, Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos, 2009.

Se nos ha convocado a hablar de Heidegger. Estamos reunidos para hablar del pensamiento heideggeriano. Hablar del autor de Ser y tiempo es hablar de filosofía, y al hacerlo quedamos autorizados para comenzar, desde el principio, planteando preguntas: ¿qué significa hablar de Heidegger? Vamos a hablar de Heidegger. ¿Y desde dónde podemos hacerlo? ¿Hay acaso un lugar en el pensamiento desde el cual se pueda hablar de este filósofo o de otro? Digámoslo de este modo: no se puede hablar de la filosofía y de los filósofos sencillamente como se habla de la carestía de la vida o de lo práctico que es transportarse en bicicleta o metro. Sin buscarle mucho, parece imponerse el hecho de que hay formas de hablar, y que éstas tienen que ver con la naturaleza de la cosa de la cual se habla. Y además está el tiempo. ¿Cuándo es tiempo de hablar de la filosofía y sus filósofos? ¿Cómo se integra un homenaje o un festejo dentro de los enigmas propios de las cosas de la filosofía? ¿Cuáles son las medidas de este tiempo? ¿Cuándo es el tiempo para hablar del pensamiento heideggeriano? ¿Cuál es el tiempo justo para hablar de este filósofo de Friburgo? Formulemos la cuestión de esta manera: ¿cuál es el tiempo de la filosofía? Sabemos que esto ya suena heideggeriano. ¿Qué diría él si lo invitáramos a participar en una mesa redonda sobre el pensamiento de Heidegger? Tomaría la palabra y nos comunicaría lo siguiente: de mí mismo hay muy poco que decir. Ya lo saben: Heidegger nació, vivió y murió. Pero lo que hoy se diga de la filosofía tiene que tomar en cuenta su inactualidad: "La filosofía es esencialmente inactual por pertenecer a esos escasos asuntos cuyo destino siempre será el no poder encontrar una resonancia inmediata en su momento correspondiente y no poder hacerlo siquiera nunca lícitamente. Cuando aparentemente ocurre algo semejante, cuando la filosofía se convierte en una moda, entonces o bien no se trata realmente de filosofía o bien ésta se desgastará en una interpretación errónea en función de necesidades del momento y de cualquier clase de intenciones que le son extrañas"1.

 ¿Acaso la filosofía de Heidegger se ha puesto de moda hoy? Vamos a decirlo de tal modo que entre en juego más directamente nuestra responsabilidad: ¿estamos contribuyendo con actos como el de ahora a poner de moda la filosofía heideggeriana, hablando de ella en cualquier oportunidad? Honrar la memoria de Heidegger (en lugar de profanarla) es una forma de honrar a la filosofía, más allá de las modas y los intereses personales. Podemos, pues, sin recelo, hablar de Heidegger al recordarlo en el vigésimo aniversario de su muerte. Podemos hablar hoy de otro tipo de interpretación de la filosofía que también resulta inadecuada porque se opone a su naturaleza, creando malentendidos, pero siempre en atención a necesidades del momento y con intenciones que le son extrañas.

Nos referimos al sentido común. La incompatibilidad del sentido común (siempre práctico) con el pensamiento filosófico (esencialmente desinteresado) produce fácilmente conflictos en el entendimiento. En estas condiciones, a Heidegger no se lo entiende, sino que se lo mal entiende. Y esto último puede traer consigo algunas consecuencias graves, y en todo caso, no le hace bien ni a la conmemoración que podamos hacer de su memoria (pensando su filosofía) ni a la propia filosofía heideggeriana. Ahora bien: ¿no se le entiende a Heidegger porque no se domina el alemán?, ¿o porque él mismo se vuelve incomprensible cuando comienza a forzar al lenguaje? Pedantería aparte, no puede entender al filósofo quien no es filósofo. A Heidegger no sólo no se lo entiende, sino que se lo mal entiende, y además, se produce con su vida y su obra una serie de malentendidos, y sobre éstos se pueden construir reproches, difamaciones, calumnias.

En la vida diaria producimos un cierto número de malentendidos. ¿Cómo suele funcionar la mecánica del malentendido? Hay una cierta sordera existencial de por medio. Se mal entiende cuando no se sabe escuchar o no se quiere hacerlo. Cuando las prisas por imponer nuestro propio yo y lo que pensamos o creemos irremediablemente nos enfrenta al prójimo con oídos sordos. Sin escuchar bien lo que el otro dice, o simplemente sin escucharlo, nos inventamos un discurso que sustituye al que no pudo recibir atención, y esa elaboración se realiza siempre bajo el supuesto de que sabemos ―quién sabe cómo― lo que el otro quiso decir. No colaboramos en lo que el interlocutor dice en la tarea común, recíproca, de eliminación de las ambigüedades, y lo condenamos a hablar solo, sin conversar con él. Lo que subyace en un nivel más hondo del malentendido es el supuesto conocimiento del otro, que nos hace pensar que podemos saber, de antemano, lo que quiere decir y lo que en todo caso dirá, pues ya lo hemos escuchado en otras ocasiones, y al fin y al cabo, todas las personas dicen lo mismo. Por alguna razón huimos de la peculiaridad del otro y de la novedad de su aquí y su ahora, ahorrándonos el trabajo de hacernos cargo de él, y por tanto, haciéndonos cargo de lo que dice. Los malentendidos no se pueden aclarar, puesto que no se trata de iluminar lo que está oscuro, y tampoco se pueden deshacer simplemente con una explicación. Sin la auténtica voluntad de saber qué dice de veras el otro, se mantiene el malentendido, y por supuesto, se producen nuevos malentendidos al tratar de disolverlo. Solamente con voluntad de escucha se puede entonces disolver, desatar o desbaratar el malentendido.

Ahora bien, ¿quién produce los malentendidos con la filosofía? Ya lo hemos dicho: el sentido común. Éste nunca ha entendido a la filosofía, ni cuando está de moda ni cuando no lo está. Repitámoslo: el sentido común nunca ha entendido a la filosofía, ni cuando está de moda ni cuando no lo está, porque no quiere saber de ella. ¿Por qué habría de entenderla ahora? El discurso del sentido común, en su intervención espontánea, crea una situación difícil de explicar, pues hace juicios rotundos acerca de cualquier cosa, y su enjuiciamiento es más severo, seguro y firme en la medida misma en que es ajeno al asunto de que se trata. Cuenta con una habilidad especial para despachar las cosas rápidamente.  La paradoja que tiene lugar en el encuentro de la filosofía y el sentido común es esta: la filosofía hace un esfuerzo para superar al sentido común, y de un modo extraño, lo que ella logra ver y decir en su estado de liberación respecto él, siempre,  al fin y al cabo,  tendrá que enfrentar el examen y el dictamen final del tribunal superior del sentido común. Fácilmente el sentido común reconoce que no sabe de filosofía ―con cierto orgullo―, pero siempre está dispuesto a ponerla en su lugar.

La descalificación que el sentido común hace de la filosofía crea la ilusión de que él posee una superioridad bien definida frente al esfuerzo del pensamiento interrogador, el cual intenta permanentemente dejarlo atrás, sustituyendo afirmaciones prontas y seguras por dudas, interrogaciones y perplejidades sin fin. La filosofía aparece cuando desparece el sentido común, pero éste termina por imponerse en la boca de la intelligentsia. Los periodistas distinguen claramente entre el que sabe, el experto o especialista, y el intelectual, que como médico general, aborda en su intelectualidad todo lo que es preciso considerar; el primero está entrenado para mantenerse en la imparcialidad, mientras que el segundo, siempre comprometido, recurre más al sentido común que a los vericuetos del pensamiento especializado. Los llamados medios masivos de comunicación están más familiarizados con el intelectual que con el científico o el filósofo, porque le entienden mejor, y le entienden mejor porque comparte con ellos las nociones del sentido común. Y eso es lo que domina en el mundo de la acción; el mundo del saber que se las arregle como pueda. Si dentro de otra paradoja ésta es una manera de ver las cosas demasiado influida por el sentido común, la salida se halla en la filosofía, que siempre está dispuesta a poner en cuestión tanto las cosas como las consideraciones en torno a ellas.

Por alguna razón el sentido común cuenta siempre con la lógica suficiente para planear una estrategia eficaz que le permita vencer y doblegar a la filosofía y sus ideas. Hasta ahora el camino más práctico del pensamiento práctico ha sido el de arrastrar a la filosofía al terreno fácil de la discusión ideológica, donde se trata fundamentalmente de legitimar las convicciones propias y desautorizar las ajenas, o en el aún más fácil de la decisión de lo que sirve y lo que no sirve, armado de una moral capaz de señalar lo que se debe y no se debe hacer.  Ahí las profundidades del pensamiento filosófico y la autenticidad de la búsqueda de la verdad quedan reducidas a un sí o un no. En el campo más o menos baldío de las opiniones ordinarias del sentido común las cuestiones son simples y claras. Basta un siempre o un nunca, sin la menor duda posible. Ésta es la consigna del sentido común: o esto o lo otro, por la cual al pan le llama pan, y al vino, vino,  y punto. Entonces, dice, todo es claro como el agua. Sin embargo, la filosofía se inclina muy frecuentemente a creer que la claridad del agua, enójese quien se enoje, puede ocultar muchas cosas mal pensadas, mal decididas, malinterpretadas.
  

Desde Descartes el sentido común prefiere las ideas claras y distintas, y en cuanto puede hace a un rincón, para siempre, a la pieza clave de la duda, la que precisamente permitió al filósofo francés estar seguro de lo que él pensó que era lo más seguro. El autor del Discurso del método no pudo dudar de que estaba dudando. Quién sabe cómo se las arregla el sentido común para prescindir de todo género de duda. A propósito de Descartes, no olvidemos que puede afirmarse que el sentido común, buen sentido o razón, es lo mejor repartido entre los hombres: Le bon sens est la chose du monde la mieux partagée2. Así comienza su discurso, su discurso sobre el método. Y nosotros podríamos convenir con él, siempre y cuando se reconociera que el sentido común, como la razón de todos, como la razón que se tiene entre todos, es también la que menos sirve para entender algo de veras.

Dicho solamente de paso: no hay que perder de vista la unidad entre Descartes y la modernidad como forma de vida que ha decidido apoderarse de todas las cosas sin miramiento alguno, sin ponerse a comprenderlas en sí mismas. El sentido común no conoce el beneficio de las distinciones y las sutilezas del pensamiento. El sentido común no es distinguido. Sus distinciones son muy pocas y las usa demasiado: malo o bueno, inocente o culpable, miserable o grandioso, santo o demonio, de izquierda o de derecha, a favor o en contra, positivo o negativo... Pero las nociones de su preferencia son las de lo útil y lo inútil. El sentido común siempre quiere soluciones prontas, y se desespera y se exaspera con la lentitud del pensamiento filosófico o del conocimiento científico cuando no lo apremia las prisas de quienes de desviven por construir artefactos tecnológicas. Tienen prisa porque les urge actuar―producir efectos―, y sobre todo, no soportan la indecisión y les espanta la inseguridad. Si el filósofo no puede pensar rápido, respondiendo ágilmente, y en corto, con pocas palabras, pues peor para él. A Sócrates no le gustaban los discursos largos de los sofistas y prefería el diálogo breve, la reflexión verdadera, el juego mutuamente responsable de preguntas y respuestas. Lo que se llama diálogo. La filosofía es esencialmente diálogo. En ella no se puede monologar o hablar a solas. La con-versación es obligatoria. El sentido común, en cambio, es una especie de lógica solitaria que funciona sin interlocutores, como lo hace la computadora.

El sentido común no acaba de entender a la filosofía (quién sabe si de veras quiere entenderla...). Por ejemplo, no le entra en la cabeza que el filósofo esté incapacitado para decir lo que es el alma o explicar la cuestión del ser en medio de la animada conversación de una fiesta de cumpleaños o de una reunión de amigos en el café de la esquina. En todo caso, no sabemos si está bien o está mal que el sentido común tenga tanto poder como para andar constantemente queriendo poner en su sitio a la filosofía y a otras formas de pensar (sin tomar conciencia de su propia manera de hacerlo). Y a todo esto, como se dice, ¿de dónde saca la autoridad de sus afirmaciones el sentido común? ¿De la suma de las opiniones? Posee lo que todo mundo piensa, entre todos, sumando las ideas de todos, y así cree que puede llegar a saber mucho. Pero la democracia en las ideas y las nociones propia del sentido común no resulta aceptable sin más para la racionalidad del pensamiento. El sentido común toma la apariencia de la coherencia y crea la sensación de que todo en él está bien sopesado y en justo equilibrio, y llega a convencerse de que la inteligencia da pasos seguros cuando se desplaza de un lugar común a otro. El sentido común, sí es muy común, pero su sentido no siempre tiene sentido.

Heidegger dijo que la ciencia no piensa (porque sólo utiliza hechos sin explicarlos). Nosotros nos atrevemos a decir que el sentido común no entiende. A Heidegger y a otros filósofos no se los entiende, porque el sentido común ha sido dominado por la inteligencia, la que consiste en saber exitosamente cómo volver a salir del aprieto. Y está bien que esto sea así. Porque sería un contrasentido que el sentido común pudiera entender a la filosofía: donde hay filosofía deja de imperar el sentido común, y empiezan a aparecer, poco a poco, por todos lados, grietas y resquicios en el aparentemente sólido edificio de las opiniones comunes y ordinarias. Cuando hay filosofía simplemente es que se ha ganado un espacio para la abolición del sentido común. Donde se comienza a pensar, existe la necesaria tarea de luchar contra los malentendidos, sobre todo los del sentido común, que son los más comunes. El sentido común da la impresión de que entiende lo que dice Heidegger, pero en realidad sólo lo malentiende. Peor aún, con lo que él ha dicho crea frecuentemente un malentendido que una vez que ha sido puesto en marcha, ya no se puede parar ni disolver con los recursos propios del sentido común. Sin embargo, es lógico pensar que el sentido común sirve para la vida. Si de veras sirve para la vida, es bueno que exista el sentido común. No es tan bueno, por el contrario, que sin el contrapeso de la filosofía, y sus dudas, sus perplejidades y sus inseguridades, nos pueda llevar a situaciones vitales tan peligrosas para la vida misma como esas en las que todo se decide totalitariamente, con la autoridad de alguien que se siente iluminado por el sentido lógico del sentido común. Es más o menos claro que el sentido común no pregunta, porque esencialmente está constituido por el lote de respuestas disponibles que ha atesorado a través del tiempo. Algo similar le sucede a quien adopta y defiende las ideas de un "ismo" con el mismo celo como si fueran propias. Curiosamente, por decirlo de algún modo, para el sentido común lo que es el sentido común es algo enteramente claro, algo comprensible de suyo. Es suficiente, según él,  un poco de sentido común para entender lo que es el sentido común. En cambio, no basta un poco de filosofía para entenderla y poder hablar de ella.

Por lo general, a los hombres les sirve el sentido común para manejar el repertorio de ideas útiles para organizar prácticamente lo que es práctico y lo que no lo es. ¡Cómo se impacientaba Unamuno con los practicones! Sin impacientarnos mucho nosotros debemos considerar que el verdadero sentido común, cuando sí tiene sentido, es lo menos común. Un genuino sentido común hace que podamos pensar y actuar sensatamente; con buen juicio y moderación, como solía decirse. La filosofía y el sentido común ordinario no caben bien en un mismo texto, en un mismo pensamiento, en una misma actitud frente al mundo. ¿Por qué, entonces, algunos argumentos de los filósofos se parecen tanto a las afirmaciones del sentido común? ¿El sentido común ha arruinado en ellos mismos el poder interrogador de la filosofía?

El sentido común puede ser tracalero o embaucador. Es preciso tener cuidado frente a las trampas del sentido común. El sentido común se vuelve "filosófico" cuando usa ideas y argumentos de la filosofía, frases y tecnicismos filosóficos, y se arma fuertemente de citas de pensadores y se llena la boca con los títulos famosos de libros de filosofía. Cuando sucede eso ya no sabemos quién habla y desde dónde se habla. En suma, el sentido común puede invadirlo todo: religión, arte, filosofía. A ésta última puede suplantarla poniéndose su ropa e imitando el gesto, la voz y la mirada de los filósofos. Con el disfraz bien puesto no se la puede identificar, y es cuando la denuncia parece imposible. Sin embargo, con un poco de auténtico sentido común, sólo con un poco, puede advertirse que no se puede estar en las dos partes, pues no se puede estar en las dos orillas. O se está del lado de la filosofía, y entonces se duda, se pregunta incansablemente y se piensa de veras, o se está del lado del sentido común, y entonces queda uno bien capacitado para que los demás puedan reconocernos inmediatamente como hombres de mundo, con las riendas en la mano. Esta forma de ser tan exitosa es la de quienes siempre saben qué es lo que se debe decir, qué es lo que se debe pensar, y lo más importante, qué es lo que se debe hacer. ¿Y qué es lo que nosotros debíamos hacer hoy, cuando queremos hablar de Heidegger? Tal vez nos venga bien seguir conversando con él, sin las prisas del sentido común, y más bien con todo el tiempo del mundo y la disposición necesaria para poner algunas cosas en claro.

 

Notas y referencias

1Martín Heidegger, Introducción a la metafísica [Einführung in die Metaphysik,1953], tr. de Ángela Ackerman Pilári, Barcelona: Gedisa, 1995,  cap. 1, pp. 17 y 18.

2 R. Descartes, Discours de la méthode  [1637], París: Garnier-Flammarion, París, 1966, parte I. Versión castellana de Manuel Machado: Discurso del método (y otras obras suyas), estudio introductivo, análisis de las obras y notas al texto de F. Larroyo, México: Editorial Porrúa, 1971.

 

 

 


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