Filosofía del exilio

juan manuel silva camarena

2007

Conferencia dictada en el evento “Humanismo. De la experiencia a la reflexión. A 25 años del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre México y España”, el 19  de noviembre de 2002, en la Universidad del Claustro de Sor Juana, con la participación de Federico Álvarez, Cuauhtémoc Cárdenas, Teresa Esteban, José López-Portillo, Carmen Beatriz López-Portillo R., Federico Patán, Pilar Rius, Leonor Sarmiento, Marisol Schultz y JMSC. El texto fue recogido en el libro Qué delgado junco…México y la guerra civil española, editado por Sandra Lorenzano, México: Universidad del Claustro de Sor Juana, 2007.

 

Después de lo que hemos escuchado me parece que ya no se podría decir casi nada. El silencio sería tal vez la opción adecuada. Yo no tengo vínculos especiales de herencia o de vida con el exilio. Sólo me une a él el amor. Y me encuentroen un lío porque el amor no se debe justificar. El amor a mi querido maestro Eduardo Nicol, el amor a España, el amor a este México nuestro que con amor supo recibir a los exiliados de España. Estoy feliz con este encuentro que me deja, que nos deja a todos nosotros, una vivencia excepcional, profundamente conmovedora. Le agradezco infinitamente a la Carmen Beatriz López Portillo, rectora de la Universidad del Claustro de Sor Juana que me haya invitado a estar aquí presente el día de hoy.

Tal vez cuando era más joven; ahora, aunque pudiera, no trataría de evitar que mis ojos se humedecieran con lágrimas al recordar aquellos momentos conmovedores en los que Eduardo Nicol, en nombre de los profesores del exilio español, pronunció un discurso de agradecimiento dirigido al rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, el doctor Sarukhan, con el propósito, creo, de que en los oídos de éste lo escuchara la nación mexicana.  Los que en el bello anfiteatro Simón Bolívar de San Ildefonso recibimos el efecto de sus palabras aquel memorable 29 de septiembre de 1989, en que esa institución universitaria rindió homenaje a los profesores eméritos españoles con motivo del 50 aniversario de su llegada a nuestro país, no pudimos dominar la emoción que inevitablemente hizo brotar unas lágrimas por lo que ellas, perturbándola, despertaron en nuestra alma. Algunos como Juliana González y yo mismo ignorábamos que seríamos víctimas de una sacudida emocional más violenta cuando acompañamos, cuando tuvimos que acompañar a nuestro querido maestro de metafísica al sitio de su descanso final el 7 de mayo de 1990.

Por supuesto que el silencio que imponía el hecho de que él ya no podía dirigirnos la palabra, silencio que, sin quererlo nosotros, rompía bruscamente el sonido de nuestro llanto y nuestros sollozos. Había cumplido 83 años y de ellos 51 los vivió exiliado en nuestro país como emigrado y como mexicano, que es la condición de todos los que tuvieron esta experiencia única. Se puede hablar de muchos exilios: famosos, como el de Napoleón en
Santa Elena, y anónimos como los de decenas y decenas de seres humanos en todas partes del mundo, en el pasado y en el presente. Del poeta en el exilio, pongamos por caso, podría decirnos algo Ezra Pound, como pudo también hablar de sus doce años recluido en un manicomio norteamericano. Ciorán, el pensador rumano, sin duda podría decir algo en torno al filósofo en el exilio. Diría, por supuesto, que se exilió a sí mismo en París desde los 25 años, y que sí consiguió lo que él creyó que era mejor para su condición de intelectual, el de apátrida. Aunque en ese destierro tiene que reconocer que a partir de 1947 tuvo que escribir en francés, es decir, en una lengua que él consideraba precisa y rigurosa, pero que siempre le pareció tan inhumana como una camisa de fuerza. Nicol, en cambio, tuvo que aprender castellano para poder subsistir, existir, escribir y pensar en México. Cuando recibió el doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Barcelona el 24 de febrero de 1984, pronunció un discurso en catalán, en el que, entre otras cosas, dijo lo siguiente:

 La privación forzosa de la lengua es un crimen contra la santidad del espíritu. Ahora, y aquí, con esta presencia colectiva, estamos en situación de reparar ese daño. La verdadera autonomía (en ese momento se festejaba la autonomía de la Universidad de Barcelona), es la del pensamiento y la palabra. Sin ella, el filósofo está inválido. Yo no he podido (dice Nicol) no he podido pensar durante los últimos 40 años en catalán. Lo que ha tenido de trágica esta situación fue la de tener que optar entre la lengua y la libertad. Me decidí por la libertad, y ahora recobro la lengua. 

En España como en México Nicol se concibió en tanto que pensador, artífice del lenguaje. Convencido de que hay que hablar bien para que no se escape el ser de las cosas que mentamos con nuestras palabras. Y ¿qué palabras usaron los filósofos del exilio? ¿De qué hablaban ellos? ¿Cuál es la filosofía del exilio? ¿Acaso tiene una filosofía el exilio? Nosotros en México afortunadamente podemos hablar de la filosofíadel exilio porque la emigración española nos trajofilósofos y filosofías, pensadores e ideas filosóficas. Ahora no es importante un balance de lo pensado por los filósofos del exilio y ni siquiera vale la pena hoy valorar el extraordinario impulso espiritual que gracias a ellos experimentó el pensamiento filosófico mexicano. Nosotros, como debe ser, como debería ser siempre, con el ejemplo de nuestro presidente el querido y admirado general Lázaro Cárdenas, fuimos generosos con ellos, como lo reconoció Nicol en el discurso que recuerdo ahora con ustedes. Pero ellos, en su mayoría, respondieron a la gratitud con gratitud. Y tal vez su generosidad resultó ejemplar al donarnos en un acto vivo, repetido infinitamente, la convicción de un ethos, o sea de una vocación ética, de una vocación profesional que se pone de manifiesto en la decisión insustituible, insobornable, de hacer bien las cosas. Cuando nos inquieta como en este momento la filosofía del exilio, lo que deseamos saber es de qué modo los pensadores y los profesores de filosofía exiliados vivieron su exilio vital y filosófico. Quién sabe incluso si sea válido hablar de exilio filosófico, porque el sentido común, contra el que hay que estar siempre en guardia por la excesiva seguridad con la que afirma esto o lo otro, tiende a creer que justificadamente cree que la filosofía tiene por patria cualquier sitio de la tierra. Piensa que uno puede llevarse a cualquier parte del mundo su dispositivo mental, sus herramientas filosóficas y su ingenio para razonar. Según esta lógica torcida de la universalidad filosófica mal entendida la filosofía sería una actividad humana que no pertenece a un aquí y a un ahora porque el pensamiento filosófico discurriría intemporal e inespacialmente, sin topos ni cronos, intempestivo y utópico. Y así, un exilio no puede ser sino un mero cambio de lugar. Un hombre en el exilio sería solamente un hombre que, como una planta, ha sido trasplantado de un invernadero a una maceta nueva, de un terreno a otro, de una patria a otra. Los exiliados serían sólo hombres trasterrados. Eso sería todo. Pero algo falla en este razonamiento que no advierte la fragilidad de la naturaleza humana. Algo que no deja ver que somos según nos relacionamos con nosotros mismos, con el prójimo, con la naturaleza, con la divinidad, según la definición acertada de Eduardo Nicol. Algo impide notar que el aquí y el ahora forman parte constitutiva de nuestra experiencia, y que nuestra experiencia da cuerpo precisamente a lo que somos, como ahora lo mencionaba muy bien el profesor Federico Patán. Esa es una de las ganancias teóricas existenciales que nos dejó el pensamiento de Nicol en su Psicología de las situaciones vitales y de su hermoso libro titulado La idea del hombre de 1946. Sin embargo, cuando se estudia filosofía no se puede pasar por alto la figura de Séneca. Este filósofo romano, estoico, que al principio de la era cristiana fue primero exiliado por orden de Claudio y luego sentenciado a muerte por el propio Nerón, del que fue educador y consejero, al ordenarle que acabara con su propia vida dejando que lentamente la sangre de sus venas se mezclara con el agua de la bañera que de ese modo se convirtió en su última morada. En su destierro de ocho años en la isla de Córcega redactó lo que tal vez es la primera reflexión filosófica en torno al exilio, su consolación a su querida madre Elvia. Este filósofo de la moral, como dice Lorenzo River, causa de lágrimas, dirige su consolación precisamente a quien le lloraba con miedo de que con solo no fuera a provocar una ulceración nueva en un alma ya llena de cicatrices. No sería difícil aceptar que el filósofo para consolar bien el dolor de su madre le diera al exilio un sentido diferente al que en realidad le corresponde, presentándolo como un simple cambio de lugar que no justificaría el temor de nadie si se acompaña, por supuesto, de la presentación de una apología del cambio y la novedad como la que lleva a cabo este pensador y dramaturgo del comienzo de nuestra era. Dando, dice Séneca, dando pues de lado al sentir de la mayoría a quien seduce la apariencia y superficie de las cosas, veamos lo que es el destierro: sencillamente un cambio de lugar. Y porque no parezca que quiero disminuir su rigor y le despoje de todo lo que tiene de pésimo, a este cambio de lugar acompañan las incomodidades siguientes: pobreza, ignominia, menosprecio. Contra estas lucharé luego; de momento me fijaré, dice Séneca, en la severidad que trae consigo el mismo cambio de lugar. ¿Es insufrible cosa estar ausente de la patria? No. Contempla este gentío a quien basta apenas los techos de la ciudad inmensa. La mayor parte de esta muchedumbre infinita está ausente de su patria. Aquí han confluido de sus municipios, de sus colonias, de casi toda la redondez de la Tierra. Es Roma, pero puede ser México. Manda llamar a cada uno de estos por su nombre e indaga la procedencia de cada cual. Verás que la mayor parte está constituida por  aquéllos que abandonaron su país originario, vinieron a la ciudad, ciertamente la más hermosa de todas, pero no la suya. Sal después de ésta que puede llamarse la ciudad de todos y recorre las urbes todas. Ninguna hay que no tenga una gran parte de su censo extranjera. Pasa de las aglomeraciones urbanas cuya amena disposición y comodidad de asiento fue el aliciente de muchos, recorre los parajes desiertos y las islas montuosas. Ningún lugar de destierro hallarás donde no more alguien por su propio gusto. ¿Qué podría encontrarse tan desnudo? ¿Qué tan abrupto por todos lados como este peñón? ¿Cuál más ayuno por lo que toca a recursos? ¿Cuál más fiero por lo que toca a los hombres? ¿Cuál más lóbrego por lo que atañe al lugar? ¿Cuál más inclemente por lo que afecta al clima? Y con todo, habitan aquí más peregrinos que indígenas. Hasta tal punto no es grave el cambio de lugar que aun este lugar sustrajo algunos de su patria. Hay quienes dicen que el alma humana tiene cierto prurito por cambiar y trasladar el domicilio. Puesto que le fue dada al hombre un alma desosegada y andariega, no para en ningún sitio, se derrama por todos, disipa sus pensamientos y las cosas conocidas y las desconocidas, es vagarosa, impaciente del reposo y amiguísima de toda suerte de novedades.  Alegres pues, y con la frente enhiesta, dice Séneca, vayamos con presura y con intrépito donde quiera la suerte nos llevare. Recordamos mentalmente todas las tierras. No puede hallarse destierro dentro del mundo porque nada de lo que hay dentro del mundo es ajeno al hombre. Este argumento, tal vez sin que lo advierta su propia autora, sirve para restarle importancia, para nuestra forma de vida, al lugar en que vivimos. Y a la vez revela una incapacidad para comprender que el significado del lugar en nuestra propia vida lo convierte en algo muy distinto a un mero lugar. Un mero lugar que sería algo neutro y anónimo y a la vez tiene que uniformizar la naturaleza, la natural y la humana. No importa el lugar donde se vive porque la naturaleza es la misma. La idea de una esencia humana inmutable va muy bien con la idea de una naturaleza uniformemente percibida. Así, deja de ser patente el hecho de que el lugar de nuestra existencia es parte vital de nuestra situación humana. Pero con los filósofos del exilio, especialmente con Nicol y su teoría de la historicidad humana, comenzamos a desprendernos de la idea de una esencia humana concebida como naturaleza humana igual y permanente a través de los cambios históricos individuales y colectivos. No es lo mismo abandonar el país propio por la causa que fuere que dejar la patria obligadamente, forzosamente. Aquí se ha hablado ya de eso. Una es la libertad, otra la necesidad. Por supuesto que hay muchos hombres que llegan y se quedan a vivir en otros países. Pierden una patria, una lengua, una cultura, pero adoptan por decisión propia una nueva forma de vida, y quién sabe cómo se las arreglan con su nueva forma de ser. Para los exiliados, a juicio deNicol, el cambio fue un final y un comienzo. Un verdadero renacimiento. Y aludiendo a él mismo, le pareció necesario a Nicol dar las gracias.

Gracias señor rector. Gracias por reunirnos en este ilustre lugar para que conmemoremos la inmigración española. Parece que después de 50 años, algunos necesitamos memoración o rememoración de aquel origen. Porque fue un final y fue un origen. Y es conmovedor que sea la Universidad la que nos venga a decir ahora quienes somos. Después de un tiempo, tan largo que para algunos ha sido como la vida entera y para otros ha sido la muerte, nuestra mexicanidad fue adulta y ya esvieja. Perdió hace mucho la sorpresa de la novedad y se ha convertido ¿en qué? No en un hábito que se adopte y se deja y que sólo reflejaría el hecho, hasta cierto punto trivial, de la residencia en un lugar. No es hábito en ninguno de nosotros ni ha sido costumbre en el grupo de los sobrevivientes. Es una manera de ser natural y consabida. Somos mexicanos. Si al principio lo fuimos por la concesión de un derecho, luego, día tras días, nuestra mexicanidad ya se había tomado como pura y simple cuestión de hecho. Ahora nos dan las gracias, con una generosidad que se equipara a la que habían demostrado al recibirnos. Pues no. Las gracias tenemos que darlas nosotros de manera colectiva y solemne, confirmando la gratitud que hemos sentido todos los días durante medio siglo. La emigración, que venía de una derrota, era sin embargo una causa honrosa, como honrosa y noble y piadosa es aquella invitación de don Lázaro Cárdenas a compartir con ustedes el destino de México, a participar en la medida de nuestras capacidades en el esfuerzo cotidiano de todos los mexicanos buenos. Fue aquél un acto ejemplar, único, en la historia política del mundo. Éramos entonces, (continúa hablando Nicol), una grey de desvalidos, sin esperanza, con su destino nacional desvanecido, y nos dieron coraje para hacer frente a los días y a las noches. El ofrecimiento de aquel albergue mexicano se hizo a todos, jóvenes y viejos, hombres, mujeres y niños, a los cultos y a los incultos sin distinciones. Acaso nos corresponda a nosotros, a los profesores, que somos los sirvientes de la palabra, tomar la palabra ahora en nombre de todos, y decir lo que es nuestro oficio decir bien. Y es esto: que la apertura de esta Universidad Nacional a los profesores españoles ha sido sobre todo un símbolo de aquella apertura de todo el país a todos los emigrados. Y si hemos obtenido alguna honra con nuestro servicio, es nuestra obligación declarar bien alto que no fue menos el servicio de los obreros, de aquéllos cuyo nombre no aparece en los periódicos, pero que han sido en esta nación buenos ciudadanos, hombres de mérito y de honra. El nombre de España estuvo resguardado por estos hombres del trabajo anónimo. Transfiero ahora con humildad, si acaso con la autoridad de ser el más viejo, este homenaje que han concebido otorgarnos a los profesores. Algunos de nosotros, los universitarios, los que profesamos en la UNAM desde el principio, desde febrero de 1940, podemos pedir perdón en esta oportunidad, si los recuerdos aparecen mezclados con un cierto orgullo. Aquélla fue una época histórica. Los pocos que quedamos de aquella generación, mexicanos y migrados, sabemos lo que era entonces servir con amor, por amor y un poco más. Porque la Universidad era pobre, y aquel trabajo requería vocación y espíritu de sacrificio. Algunos hemos reconocido en éxico la faz del hambre, que ya se nos hizo familiar en la otra tierra. La Universidad era una familia pobre pero hacendosa y honrada, con natural dignidad. Empleados y profesores, sin desplantes ni arrogancia, sin huelga, sin pinta ni demagogia, y sobre todo, con buenos modales.

 

Los profesores del exilio nos dejaron entre muchas cosas eso, la cotidianidad, y una convivencia bien establecida, con buenos modales, y sobre todo, y especialmente, con buenas ideas. Con buenas ideas para vivir. Y si acaso no pudiéramos compartir todos sus regalos, por la razón que fuere, al menos podríamos hacer nuestro el sueño que Eduardo Nicol realizó en México. El de dedicarse a pensar y enseñar a pensar para bien de nuestra comunidad, por qué no decirlo, de nuestra comunidad hispano-mexicana, de nuestra comunidad hispanoamericana. Agradezco muchísimo su atención.

 

 

 

 

 

 


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