La universidad y sus enemigos en nuestro tiempo

juan manuel silva camarena
2006

 

Ponencia presentada en el V Foro del Centro de Estudios sobre la Universidad, de la Universidad Autónoma de Estado de México, el 28 de junio del 2002, y recogida en la compilación de Sergio González López y Laura Leticia Heras Gómez: La universidad, entre lo presencial y lo virtual, de la Colección Pensamiento Universitario 4, Universidad Autónoma del Estado de México, 2006.

 

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Son enemigos de la Universidad  quienes en una supuesta ayuda al Estado para el cumplimiento de su misión educadora (señalada un una conocida fracción del artículo 3º constitucional), crean instituciones privadas de educación superior concebidas y realizadas exclusivamente con fines de lucro, y por tanto,  incompatibles con una auténtica vocación de búsqueda de la verdad.

 

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El llamado “oscurantismo” de la Edad Media (que a muestro juicio no corresponde a una interpretación histórica enteramente justa), fue un período durante el cual  la teología cristiana  fijó el saber en general, y en particular el de la filosofía, una subordinación a la fe religiosa (Philosophia ancilla theologiae) indiscutible e indiscutida. Los enemigos de la Universidad promueven hoy un oscurantismo que implicaría una  mayor oscuridad para la luz de los conocimientos al subordinar el saber universitario a  empresas privadas o del Estado, bajo el ejercicio del poder “absoluto” del dinero; es decir,  mediante  decisiones de empresas o instituciones que aumentan o retiran apoyos económicos a la docencia y la investigación científica, precisamente en proporción directa a la sumisión o a la rebeldía de los universitarios respecto a sus proyectos.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes sin preocuparse por los problemas reales de esta institución, se apoderan tanto de sus espacios físicos como de las mentes de profesores y alumnos de buena fe,  afán de justicia y libertad (que sólo puede fortalecer y hacer crecer genuinamente el saber universitario),  para ejercer sobre ellas manipulaciones  al  servicio de partidos políticos de izquierda o extrema izquierda, de derecha o extrema derecha, o de otras agrupaciones de orientación diversa, cuyo objetivo, sin verdadero interés por el bien común, es —ha sido y será siempre— el del logro y el mantenimiento del poder político.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes superando notablemente la medieval servidumbre del saber y la filosofía a la teología, disfrazando la diferencia radical entre ciencia y tecnología con expresiones como las de “ciencia básica”, “ciencias duras”  o “ciencia aplicada” (ya de tan dichas convertidas en lugares comunes que nadie cuestiona), sin escrúpulo alguno ponen los recursos de la institución universitaria para la docencia y la investigación científica a disposición de las investigaciones tecnológicas (o sea, al servicio de la investigación y la fabricación técnica de aparatos y dispositivos de toda laya,  desde los que son útiles para la diversión y la vida confortable y la benéfica invención de instrumentos y fármacos para la medicina,  hasta la siempre terrible, por mortífera,  tecnología de guerra, temible ya desde la Primera y la Segunda guerras mundiales). En otras palabras: nos costará trabajo olvidar los sonidos de  las computadoras ni los aparatos de terapia intensiva, pero jamás podremos desterrar de nuestra memoria el exterminio masivo de seres humanos mediante cámaras de gas —como las de los campos de concentración de los nazis— o poderosas bombas —como las utilizadas en Hiroshima y Nagasaki.

 

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La investigación científica es teoría, y no construcción de aparatos —para bien o para mal… ¿Todavía se ignora que la teoría de la relatividad, por ejemplo, se produjo con un lápiz y unas hojas de papel, y no en espectaculares laboratorios instalados con dispositivos para el bombardeo de los elementos de los neutrones? Son enemigos de la universidad quienes ignorando que la Universidad lleva a cabo su trabajo científico vocacionalmente, bajo el signo de lo ético, aspiran a convertirla en un centro de investigación tecnológica, cuya elaboración se efectúa atrapada —queriéndolo o no— en la dimensión de lo útil,  y están dispuestos a  premiarla o castigarla en la medida misma del éxito o el fracaso de tales productos,  de acuerdo a las comercialmente inexorables leyes del mercado, con las de la oferta y la demanda a la cabeza.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes consideran que ésta no tiene más quehacer  que el de la formación de profesionistas que puedan “competir” ventajosamente,  o cuando menos al mismo nivel, que los egresados de instituciones extranjeras (en concordancia con el proyecto de uniformidad de nuestras instituciones universitarias nacionales y las universidades norteamericanas), sin nunca perder de vista que lo que se pueda lograr en prestigio es susceptible de traducirse en ganancias económicas. Ahora bien, esa formación, como un entrenamiento o capacitación profesional para el trabajo, lamentablemente, muy lamentablemente, la promueven quienes dirigen la educación en México en la cantidad y los campos profesionales que determina la oferta y la demanda de las empresas privadas y el Estado,  muy  independientemente de las necesidades vocacionales de los individuos. Estas personas son incapaces de distinguir entre las escuelas que pueden y deben transmitir los conocimientos  para “saber hacer” esto o lo otro, y la institución universitaria como centro de investigación y  producción de conocimientos sin finalidades prácticas, o sea de verdadera formación científica. En nuestros días es evidente que ambas tareas puede realizarlas y las realiza la Universidad, pero es muy importante para el destino de la institución universitaria (y de nuestro país)  que sea  enteramente inadmisible la confusión entre una cosa y la otra. 

 

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Son enemigos de la Universidad quienes con su talante de practicones proclaman la “salvación de la universidad” mediante su transformación en un centro de investigación tecnológica, pues seguros están de que si no la vuelven productiva no será posible evitar su eliminación. Así le    buscan con urgencia beneficios prácticos que pueda derivarse directamente de sus tareas,  por tanto, fijando su mirada sin siquiera parpadear en una rotunda y vacía abstracción que expresan al hablar del “servicio de la Universidad a la Sociedad”.  Se refieren a este “servicio” impunemente (o sea sin que  ninguna lógica  pueda reclamárselos, porque se hallan bien armados de la lógica supuestamente infalible del razonamiento del sentido común), y de este modo apelan a  las necesidades de La sociedad (así, con una “L” mayúscula), sin precisar nunca de qué modo la solución de las carencias reales de la comunidad reclama más la participación de la universidad que de ciertas decisiones políticas que debían tomar algunos individuos o grupos que se las arreglan para justificar públicamente sus acciones y sus omisiones.   

 

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Son enemigos de la Universidad quienes en nombre de cierta disciplina de las ciencias sociales  emprenden la tarea de formular veredictos definitivos acerca de “las relaciones” que la Universidad mantiene y debería mantener con “La sociedad”, sin haber llevado a cabo un esfuerzo suficiente para lograr, con la ayuda de los conocimientos disponibles, la fundamentación misma de su trabajo. Hoy en día su labor,  es preciso reconocerlo,  es menos descabellada o descarriada que la de su creador, Isidoro-Augusto-Maria-Xavier Comte,  quien aún muy joven, a los 24 años de edad, bajo el influjo ya de su insólita mística laica se puso a  construir una “filosofía positiva” y una “física social” (que hoy llamamos sociología), que en la extravagancia de su culto al Gran Ser (Grand Etre) lo llevarían, a juicio suyo,  directamente  a la realización de un gran proyecto para salvar a toda  la humanidad, por medio  de “la última y más alta fase del conocimiento”, la de “la superación del estado teológico-metafísico”,  y la adopción de “la religión de la humanidad”,  que nosotros,  a menudo muy  ingenuamente,  sólo conocemos como el positivismo del siglo XIX traído “afortunadamente” a México por Gabino Barreda (por encargo del general y presidente Porfirio Díaz) para fundar nuestra Escuela Nacional Preparatoria. ¿Quién sabe mejor lo que debe hacerse con el conocimiento que los que se dedican a averiguar su naturaleza y sus fines, sus motivaciones y sus intenciones?

 

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Son enemigos de la Universidad quienes aún hoy creen positivistamente, o sea de acuerdo con El catecismo positivista (Catéchisme positivista, 1852), conociéndolo o incluso sin conocerlo,  consideran  que todo conocimiento verdadero se reduce a ciencia natural, y que todo método científico es observación empírica o charlatanería metafísica. Esta adopción inconsciente de ideas no suficientemente fundadas (como la adopción de cualquier otro “ismo”), en calidad de mero prejuicio,  entorpece y echa a perder la investigación científica, creando así una confusión entre la explicación y la clasificación de fenómenos,  el manejo de datos estadísticos y la justificación de su interpretación,  descalificando o devaluando consecuentemente, entre otras cosas, la validez y legitimidad del saber de las llamados ciencias sociales y las  humanidades, las cuales   poco o nada tienen que ver con esos supuestos metodológicos.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes identifican esta institución en su totalidad (el lugar de la libertad del pensamiento),  o una de sus facultades o escuelas,  con una determinada filosofía o una específica doctrina científica, política o religiosa,  mutilando criminalmente la libertad de la investigación científica y su única condición de posibilidad, la de la interrogación crítica, la cual queda enteramente anulada por  cualquier sujeción doctrinaria o ideológica promovida por intereses de grupo (de diverso orden), o lo que es peor,  por el sólo  deseo de estar a la moda, en conformidad con las ideas de la actualidad (el espíritu positivista) o el afán de novedades (del mismo talante espiritual).

 

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Son enemigos de la Universidad quienes convierten las aulas o salones de sus escuelas en vitrinas y aparadores como los de  las grandes tiendas (Los actuales Moles de los EE.UU.,  los Passages del París del siglo XIX , o  los  Grand Magazin del París del  XX y del XXI)  para la exhibición (audiovisual, por supuesto), compra y venta de conocimientos, acompañadas tanto de su correspondiente “ticket” (en inglés, claro), como comprobante de pago, parecido al recibo de una colegiatura,   como garantía que en calidad de título o grado autoriza al poseedor del mismo  a usarlos libremente para beneficio propio, sin que aparezca de por medio una idea mínimamente clara de lo que representa el ethos vocacional de un quehacer.

 

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Dicho melifluamente para no lastimar susceptibilidades, malinterpretan su papel de universitarios quienes por el sólo hecho de pertenecer a la comunidad universitaria (debido a su papel de profesores o alumnos), consideran que pueden opinar acerca de lo que es y debiera ser la universidad, tal como si un empleado del gobierno,  por el único hecho de serlo, quedara capacitado para poder hablar de política o teoría del Estado. Cualquier universitario reconoce sin malestar alguno que no puede hablar de conocimientos de medicina sin ser médico; en cambio, puede  creer espontáneamente que su “sentido común” lo capacita para hablar de cosas de las que no posee conocimientos específicos, haciendo evidente que ya no está viva la enseñanza de Sócrates.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes permiten al Rector de esta institución que en función del éxito administrativo y político la organice como si fuera una empresa, en lugar de hacerle comprender que está bajo su responsabilidad la promoción y la guía espiritual de una comunidad humana peculiar, la de la comunidad de la verdad y la interrogación, en el seno de la cual la particular vivencia y experiencia de sus miembros es y será siempre totalmente diferente a la de un empleado dentro de una empresa o una fábrica o la de un cliente en el interior de una casa comercial.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes están ciegos y sordos para advertir que la experiencia de pertenencia a una comunidad universitaria proporciona la transformación más profunda del ser propio, individual y colectivo, que pueda ofrecer cualquier otra dimensión de la vida comunitaria de una ciudad o una nación, precisamente por el carácter especial de sus ingredientes: la adquisición de la conciencia plena de la libertad del pensamiento, la capacidad sin límites de la interrogación crítica,  la vivencia profunda de la dignidad humana (que llamamos humanismo)  y el nacimiento firme y extraordinario del sentido ético de la vida.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes piensan que el Rector de esta institución tiene que ser  un buen administrador y un gran político, antes que un verdadero guía espiritual de la comunidad universitaria para el cumplimiento de su misión  en  la Nación como salvaguarda permanente de la posibilidad de la verdad en la ciencia y la existencia, en la teoría y en la acción, en los conocimientos del pasado, del presente y del porvenir.     

 

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Son enemigos de la Universidad quienes la conciben como una institución de un nivel de “universalidad” cuya naturaleza hace imposible que se le reconozca como una institución estrictamente mexicana. La opinión de estas personas es la de que  ella puede adoptar los fines, la administración,  los planes y programas de estudio de cualquier otra institución similar, nacional o extranjera, opinión que desconoce el hecho de que la Universidad es una comunidad que está integrada en una comunidad mayor, la de una nación o un pueblo, en un determinado contexto histórico, político y cultural particular, y por tanto, que se le exige un “puesto” peculiar en la aventura internacional de la búsqueda de la verdad y la construcción de teorías explicativas de la realidad. La universalidad, ya es tiempo de entenderlo definitivamente,  nace siempre en una situación particular y concreta. La universidad alemana es un organismo vivo dentro de la historia de Alemania; la universidad francesa nunca podría respirar fuera de la historia de Francia; la universidad mexicana no puede mirarse como algo separado de nuestra historia, y de las historias de nuestra historia.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes en el sentido evidentemente equivocado de una pseudodemocracia educativa,  promovida por los intereses comerciales de ciertas ideas pedagógicas de moda  han llegado al exceso inadmisible de convertir ilegítimamente la figura del profesor en un mero  “facilitador” o simple coordinador del proceso de enseñanza y aprendizaje (suponiendo erróneamente que este proceso sólo consiste en un “descubrimiento” que el alumno puede lograr por sí mismo, hurgando los conocimientos, de modo más o menos arbitrario, y manipulando “al gusto propio”, el saber ya obtenido por los investigadores). Estos “educadores” modernos de nuestros días, que evidentemente contribuyen fuertemente a la pobreza del magisterio actual, han olvidado o nunca supieron cuál es la virtud principal de un verdadero catedrático universitario (como la de una auténtico maestro de primaria,  secundaria o preparatoria), la cual se expresa fundamentalmente en  la ejemplaridad de una  forma de vida (especialmente de amor o vocación por su quehacer y por los alumnos, de honestidad intelectual, pulcritud, respeto al otro y ética profesional), que más con  actos que con ideas sabe transmitir conocimientos a los estudiantes.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes desean manejar sus asuntos administrativos como los de una empresa, y quienes quisieran hacer  de  esta institución una estructura meramente  burocrática en la que, renunciando a su carácter esencial de expresión, comunicación de ideas y diálogo entre personas predominara la información estadística, los números en lugar de los nombres, los cuestionarios y las encuestas, la cantidad de los libros leídos y no la calidad de la lectura, la cantidad de saber y no su calidad.  En la imposición, en suma,  de un criterio exclusivamente cuantitativo para evaluar desde el cuidado de prados y jardines,  hasta la tarea de la enseñanza y el aprendizaje de profesores y alumnos.

 

19


Los enemigos de la Universidad, que parecen estar convencidos de que esta institución educativa debiera estar “al servicio de la La sociedad”, han querido ocultar, por la razón que sea, el sencillo hecho de que a la sociedad se le sirve auténticamente cuando la Universidad se pone al servicio de la verdad, y nunca al revés. La institución universitaria no puede ponerse al servicio de segundas intenciones. Aunque haya habido y siga habiendo la infundada idea de que algo es verdadero si le sirve a alguien, en lugar de considerar —con una sana razón lógica, en buenas condiciones lógicas de razonamiento— que una idea o una noción  sirve  sólo si es verdadera (no podemos olvidar la lección paradójica de que cierto marxismo panfletario llegó a creer devotamente que si  alguna idea servía al proletariado, entonces  era verdadera, y que no se daba el caso de que fuera útil para el proletariado precisamente porque fuera verdadera).

 

20


Son enemigos de la Universidad quienes comprometidos ciegamente con la idea de que esta institución debe estar “al servicio de La Sociedad”, en sus tareas docentes, de investigación  y de “difusión de la cultura”, pierden la capacidad de advertir que nadie puede servir a dos amos sin quedar —necesariamente— mal con alguno de ellos. La entrega vocacional, ética, a la búsqueda de la verdad  (que es la tarea del universitario) impide adquirir, al mismo tiempo, segundas intenciones. O lo uno o lo otro.  La universidad le sirve a su comunidad porque representa, en su propio seno, la posibilidad de la existencia de la verdad (y de este modo, la anulación inmediata de cualquier fanatismo, de cualquier prejuicio, de cualquier arbitrariedad en las opiniones, de todo totalitarismo, de todo dogma, de cualquier cosa que se presente supuestamente como algo indiscutible).

 

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Son enemigos de la Universidad quienes consideran que esta institución de educación superior debe estar al servicio de esa abstracción que es “La Sociedad”. Pero no existe la sociedad, sino grupos sociales formados por individuos bien perfilados en sus intereses diversos, que   precisamente constituyen siempre una comunidad de individuos (de seres humanos de carne y hueso), con una identidad estructurada por una tierra, una lengua, una historia y una cultura. La Universidad no  está al servicio de la comunidad en el sentido político o trivial que suelen darle a esta expresión periodistas y miembros de partidos políticos (según el cual ella debería proporcionarle a la gente las cosas e ideas que le hacen falta para conseguir sus fines personales).  Por el contrario, muy por el contrario,  la Universidad realmente está al servicio de la comunidad  cuando auténticamente está al servicio del bien común, y por su parte, se pone al servicio del bien común cuando se pone al servicio de la verdad (de sus búsquedas y sus encuentro, en su reflexión crítica y su defensa permanente de la posibilidad de la verdad), y por esta razón  le es posible cuestionar críticamente esos fines que los hombres persiguen colectivamente, nunca por su propia e individual voluntad, sino a partir de las propuestas doctrinarias de grupos de carácter económico, religioso y político.

 

22


Son enemigos de la Universidad quienes  no quieren reconocer públicamente  (valga la redundancia) el carácter público de la educación y la investigación universitaria. Éstas no pertenecen a nadie y son patrimonio de todos, de la humanidad. La ciencia y sus  productos, que son los conocimientos —falsos y verdaderos—, se elaboran con una razón común, y versan sobre un mundo común. Como lo sabemos desde la época de los presocráticos, la comunidad es el carácter esencial de la verdad. No existe, a pesar de todos los pesares, “mi verdad”. La ciencia es pública y gratuita;  la tecnología, en cambio,  es privada,  y sólo se adquiere pagando por ella, porque ella sí tiene que ver con ganancias.

 

23


Son enemigos de la Universidad quienes ponen esta institución al servicio del proyecto político —temporalmente limitado— de un país, como nuestros gobiernos de seis años, en lugar de reconocer el papel de la institución universitaria dentro de un verdadero plan nacional  de desarrollo individual y comunitario de nuestra nación, en lo económico, lo cultural y lo espiritual, guiado por  una idea clara del hombre que históricamente hemos sido, somos ahora  y queremos llegar a ser mañana.

 

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Son enemigos de la Universidad quienes creen dogmáticamente que la sociología, a secas —o la de la cultura,  o la del conocimiento, o todas  juntas—  podrían decidir con claridad científica lo que ha sido, es, y  debería ser esta institución, sobre todo en su relación con la muy frecuentemente recurrida abstracción de “la sociedad”. Es poco lo que ella —incluyendo el psicoanálisis de masas— ha logrado en términos de comprensión del hombre averiguando  sus relaciones de colectivas. La Universidad, entre otras cosas,  es la casa del saber y las interrogaciones: es preciso, entonces, para saber lo que es la Universidad, dar razón del origen, la gestación, la estructura,  los propósito y despropósitos del saber y los conocimientos, y todo esto implica, entre otras cosas,  sólidos conocimientos históricos y  filosóficos. 

 

25


Son enemigos de la Universidad quienes no distinguen entre el bien común y la política. La universidad está siempre al servicio del bien común; la política, sólo lo está cuando su punto de partida y su fin último es precisamente el bien común. En otras palabras: marchan bien las cosas, y a la Universidad se le respeta en su peculiar tarea cuando la política va junto con la ética, y no sólo con el derecho (desafortunadamente a la acción política casi siempre la acompaña solamente la arbitrariedad del poder político).

 

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Son enemigos de la Universidad quienes atrapados en algún historicismo piensan que esta institución es nada más para aquí y para ahora. Como diría Ortega y Gasset: para mí y  mi circunstancia, sin conexión con el pasado y sin vinculación con el futuro. Pero la historia del saber y los conocimientos guardan una necesaria relación dialéctica con el pasado, que le es constitutiva, y posibilita precisamente su presente y su futuro. Cuando Justo Sierra comunica en su discurso de fundación de la Universidad Nacional (el de septiembre de 1910) que “la Universidad mexicana que nace hoy no tiene árbol genealógico”, su afirmación tiene el fin de renegar explícitamente de la universidad de la Colonia. Pero ninguna Universidad nace de sí misma, y sin antepasados;  pues su historia es larga, comienza con la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles en Grecia,  y renace como un  gremio de profesores y alumnos en la Edad Media llamado universitas, y renace en el renacimiento y está siempre presente en toda la modernidad hasta nuestros días.  Todo universitario que lo es en verdad,  se siente como en su casa en cualquier Universidad del mundo. Pero esta dimensión de universalidad que le es constitutiva, que nace con ella, creando de este modo el primer gremio cosmopolita, está unida siempre a un aquí y a un ahora. La Universalidad es universalidad bien circunstanciada.

 

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Son enemigos de la Universidad pública quienes como empleados suyos forman  sindicatos para la defensa de sus derechos,  con la misma actitud psicológica con la que se enfrentarían a un supuesto patrón explotador, al que no valdría la pena sino robar y explotar, engañar y traicionar, “como se lo merece” por pertenecer a las fuerzas reaccionarias del capitalismo. ¿Podrían acaso entender estos empleados que no hay diferencia real entre Universidad pública y comunidad, que la primera sólo representa la mejor parte de la segunda, para bien de todos, y que al prestar sus  servicios en ella cometen un error enorme al considerarla a ella o al Estado como un “patrón explotador” y un supuesto enemigo de clase? Sí podrían advertir que debemos cuidar esta institución noble, porque en ella al pueblo se le enseña y se le forma con el dinero del pueblo.

 

28


Son enemigos de la Universidad quienes como empleados de una institución universitaria privada  forman  sindicatos para la defensa de sus derechos,  con la misma actitud psicológica con la que se enfrentarían a un supuesto patrón explotador, al que no valdría la pena sino robar y explotar, engañar y traicionar, “como se lo merece”  por pertenecer a las fuerzas reaccionarias del capitalismo. ¿Podrían acaso entender estos empleados que una Universidad privada puede ser una institución de buena fe, sin estar estructurada como una empresa con fines de lucro,  y por tanto, capaz de estar al servicio de la comunidad? ¿Podría entenderse que en este caso se trata de hombres o mujeres que contribuyen desinteresadamente al bien común de la nación?

 

29


Son enemigos de la Universidad periodistas y escritores de prensa, radio y televisión,  revistas culturales y literarias que piensan que mediante una “investigación periodística” (que siempre “aclara” y “denuncia”) o un ingenioso artículo, en la supuesta posesión  de mucho saber (de historia, literatura, sociología, comunicación, etcétera) quedan autorizados para juzgar lo que sucede en la universidad y en sus relaciones con la sociedad,  la empresa y el Estado, y con su voz “de intelectuales” pueden  “orientar” a la opinión pública (incluyendo irónicamente a los propios protagonistas del saber científico universitario) bajo la antigua (aunque no del todo fundada) convicción de representar “la voz del pueblo” o bien “el despertar de su conciencia”.

 

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Son enemigos de la Universidad los profesores que aprovechan la libertad de cátedra para expresar en las aulas universitarias sus propias, soberanas y muy personales opiniones, sin que sea posible que  pueda pasar por su cabeza la idea de que eso es lo que menos importa en la investigación científica, objetiva y metódica de lo que son las cosas y de lo que no son  y de lo que sucede.

 

31


Son enemigos de la Universidad quienes ahora les parece algo “enteramente natural” que esta institución, llamada máxima casa de estudios haya dejado de ser lo máximo en el saber y el conocimiento, y que desde nuevas instituciones particulares y del Estado se han arrogado el privilegio de decidir, con criterios pedagógicos y científicos muy discutibles, si a una Universidad puede considerársele como tal, o si es preciso negarle su esencia,  si sus estudios tienen el carácter de excelencia o carecen de ella. 

 

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Son enemigos de la Universidad quienes hoy por hoy,  tal vez en los tiempos de mayor crisis
moral que hemos conocido (de amoralismo generalizado o franca y al parecer irreversible deshumanización, puesta claramente de manifiesto en la indiferencia convertida en el mérito de la “independencia”, dediquen su vida a la docencia universitaria, y por tanto a la formación de seres humanos y profesionistas, sin poder desplegar en el ejercicio de su magisterio el más elemental acto ejemplar de ética profesional.

 

33


Son enemigos de la Universidad quienes llegan a esta institución como estudiantes cargando un  proyecto de vida corrompido por el utilitarismo exacerbado de nuestros días, buscando sólo “el papel” de un título o un grado, o el de un simple diploma para acomodarse  mejor  “en el mercado de trabajo”, sin integrarse sinceramente a la comunidad universitaria, sin creer en ella y o su esencia, y por tanto, si permitir que ella,  ampliando considerablemente el horizonte vital de su existencia, produzca una radical transformación de su vida.

 

34


Son enemigos de la Universidad  quienes sin una auténtica vocación para el magisterio  se integran a la planta docente de alguna escuela o facultad para poder ostentarse como profesores universitarios, en cualquier campo del saber (particularmente en las asignaturas directamente relacionadas con quehaceres profesionales donde “cuenta” ser un catedrático, como el derecho, la administración, la contabilidad, la psicología, la medicina,, etcétera), con el deliberado propósito de obtener el  prestigio que puede traer consigo privilegios laborales y reconocimientos que benefician su imagen social como profesionistas. 

 

35


Son enemigos de la Universidad los profesores (no importa el título o el grado del que hagan ostentación o efectivamente hayan obtenido) que en nuestro tiempo todavía utilizan para su tarea docente fuentes indirectas de conocimiento. Para enterarse ellos mismos y para “enseñar” a sus alumnos usan manuales, historias, prontuarios, enciclopedias (impresas o digitales) y “tratados” que transmiten el conocimiento a medias, como un saber, por decirlo de ese modo,  de tercera o quinta categoría. Es bien sabido que ese material presenta a menudo los descubrimientos científicos muy deformados por simplificaciones y hasta por “caricaturizaciones”,  en una segunda o tercera versión de los mismos, elaboradas por personas realmente alejadas del verdadero quehacer de la ciencia. En el fondo, únicamente contribuyen a mediocres formaciones profesionales. La divulgación (que no vulgarización) de la ciencia debería despertar vocaciones científicas auténticas, no marchitarlas o apagarlas prematuramente.  

 

36


Son enemigos de la Universidad quienes solamente incrementan en nuestra cultura una especie de colonialismo intelectual (o aprendizaje servil) cuya presencia en nuestro país comienza con la conquista de los españoles.   Este servilismo cognoscitivo supone,  por un lado, que las ideas tal como han sido pensadas por sus propios autores,  no son “accesibles” a “nuestras  capacidades naturales”; y por otro lado, que la tarea de los universitarios no es la de pensar por cuenta propia, sino exclusivamente la de “consumir” lo que otros (ya sea en EE. UU., o Europa)  han sido capaces de producir o descubrir.  Los manuales o prontuarios debían ser eliminados en la docencia universitaria, con el propósito de promover la investigación  (como los programas de las asignaturas debían ser sustituidos por las investigaciones actuales de los profesores, acabando con la infundada separación entre profesores e investigador), dado lugar así tanto al propio ejercicio del pensamiento, como al diálogo con los grandes maestros de la licenciatura en cuestión. De esta manera podríamos cumplir nuestra tarea de profesores: la de “pensar y enseñar a pensar”.

 

37


Son enemigos de la Universidad quienes carecen de la sensibilidad necesaria para advertir el extraordinario beneficio espiritual, colectivo e individual del que puede disfrutar una comunidad y sus individuos, pequeña o grande,  nacional o internacional, con la realización de la misión fundamental del quehacer científico  universitario que consiste en mantener lo que un filósofo mexicano llamó el régimen de la verdad. Sin la posibilidad de apelar al único tribunal verdaderamente superior que es el de la verdad, inevitablemente  la comunidad entera queda a merced de cualquier arbitrariedad, desde la más nimia hasta la más intolerable y terrible como lo son las dictaduras o los totalitarismos,    sufriendo entonces,  ya sin ningún medio de defensa,  las consecuencias de cualquier  adoctrinamiento que haya alcanzado un grado suficiente de dogmatismo y fanatismo.

 

 


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