La cacería de razones

juan manuel silva camarena
2006

 

Texto publicado como editorial de la revista Contaduría y administración, de la División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México: nueva época arbitrada, número 218, enero–abril (2006) 3-13.

 

Averiguar lo que es la investigación da lugar a una extraña indagación. Tal vez lo más raro de esta averiguación resalte cuando se advierta que ella podría terminar con una pregunta más que con una respuesta. De todos modos, vamos a pensar el asunto. Un día aprendimos a caminar, y a partir de entonces no hemos parado de ir de un lado a otro. Quizá hemos hecho una pausa obligada por la incapacidad temporal de una pierna o un pie. Caminamos cuando se esperaba  que lo hiciéramos según nuestra edad, nuestro coeficiente de inteligencia y nuestro desarrollo motor. O tardamos mucho en hacerlo. Pero todos los hombres aprendemos a caminar, después de haber gateado suficiente o escasamente. Cuando ya lo hemos aprendido, no resta más que caminar. Un día nos pusimos a caminar y ya no hubo necesidad de aprender nada al respecto. La habilidad para caminar se demuestra andando. ¿Y la de investigar? ¿Quién nos enseña a investigar, y cuándo podemos decir que ya sabemos hacerlo?

Las destrezas para la investigación se pueden mostrar investigando. Digámoslo así: nos ponemos a investigar,  como nos ponemos a caminar. Sin embargo, no aprendimos a investigar, como tuvimos que aprender a caminar. No hay duda: aquí hay gato escondido. Y así tenemos algo más que investigar.

Podríamos aclarar si hay un gato encerrado —o si son dos—, si hubiera forma de sostener que es posible ponerse a investigar sin necesidad de haber aprendido previamente a hacerlo. Y pronto nos atraparía la tentación de decir que para el ser humano investigar es algo más natural que desplazar su cuerpo de un lugar a otro, moviendo una pierna y luego la otra. De esta convicción a la que sigue no hay nada más que un paso y nada parece impedirlo: si la mente se pone a investigar sin haberlo aprendido nunca, es lógico pensar que se trata de una facultad innata, que viene con nosotros cuando llegamos al mundo, que pertenece a nuestra naturaleza desde nuestro nacimiento; que el cerebro o la razón  investiga tan naturalmente como los ojos ven y los oídos oyen, y que por eso somos animales racionales, dotados de razón.

Pero también es posible creer que aunque se tengan ojos, es necesario aprender  a mirar,  como se adquiere, verbigracia, la capacidad para escuchar. Y se puede convenir en que la razón, no el cerebro, aprende a investigar cuando adquiere la habilidad para formular preguntas y respuestas. Ya dijimos que la investigación sobre la investigación es un poco singular o extravagante. Tenemos que aceptar que todos entendemos lo que significa caminar, y según parece todos tenemos una idea de lo que es investigar. A pesar de lo cual, por alguna causa, nos explicamos más fácilmente las cosas que hace el cuerpo,  que las que lleva a cabo la razón. Parece que podríamos  entender más rápidamente los procesos de la digestión que los del razonamiento. Quizá esto pudiera explicar que haya manuales de lógica mientras que no los hay para aprender a digerir bien. El vocablo eulogía (elogio) debe estar emparentado con la palabra eupepsia (buena digestión). No lo sabemos nosotros.

No obstante, tenemos que razonar —y ojalá que bien— para saber lo que es la investigación. Para beneficio de nuestra comprensión lo primero que debe quedar en claro es el hecho de que, por un lado,  estamos convencidos de que tenemos un cuerpo y un alma, y por otro lado, no es probable que vayamos a abandonar esta creencia, aunque hayamos experimentado de algún modo que lo carnal está más cerca de lo espiritual de lo que pensábamos.  El sentido común sigue contando con ese dualismo ontológico de lo espiritual y lo corporal,  y la tecnología (no importa si la de punta o la otra)  que nos sale al paso por todas partes, se monta en él para ofrecer tanto “tecnologías del cuerpo” como  “tecnologías de la mente”. Bajo esa suposición, puede decirse que los teléfonos celulares auxilian al cuerpo, mientras que las computadoras apoyan a la mente.

Para  no provocar una larga digresión acerca de la mente y el cuerpo, podemos hacer un giro y admitir que de todos modos la pregunta por la investigación nos arrastra al tema de  lo práctico y lo teórico. Vamos a exponer las ideas de este modo: hay la oportunidad de que consideremos que los conceptos de cuerpo y alma son necesarios para pensar o interpretar el mundo como solemos hacerlo, pero también se asoma la posibilidad de creer que pensamos el mundo del modo en que lo hacemos por tener las ideas que tenemosen torno al cuerpo y a la mente. Y esto, evidentemente, puede asociarse fácilmente al planteamiento del que quiere saber si temblamos porque tenemos miedo,  o sentimos miedo porque temblamos. Y sin que venga a cuento por ahora construir una formulación que se acerque a una respuesta ingeniosa, podemos de cualquier forma girar la atención hacia el hecho de que es posible creer que pensamos el mundo como lo pensamos porque lo hacemos siempre desde cierta óptica de lo práctico y lo teórico, o al revés: porque lo hacemos desde la división de lo práctico y lo teórico, pensamos al mundo tal y como lo pensamos.

Sin protestar por el hecho de haber quedado encerrados en el acorralamiento que es capaz de producir este razonamiento, parece correcto pensar que viene primero lo del cuerpo, y luego lo de la mente. Como si dijéramos que lo primero es lo primero: lo práctico es buscar salidas para lo que necesita el cuerpo, después —con relativa calma—pueden atenderse las necesidades del alma o las relacionadas con el espíritu. Parece lógico y puede no serlo. Ciertamente la célebre posición platónica de juzgar lo relacionado con las necesidades del cuerpo como un obstáculo para la consecución de la verdad (y por tanto, de lo que el alma quiere), superable por entero sólo con la muerte, representa una opción extrema; pero también es una alternativa exagerada la de creer, como en la actualidad, que lo práctico es lo fundamental.  

Es muy sencilla la idea de que por las necesidades de la subsistencia el hombre aprende a recolectar frutos, a pescar peces y a cazar animales, como actividades enteramente prácticas que permiten caracterizarlo precisamente como un ser eminentemente práctico, para el cual lo demás, si ha de darse, viene como por añadidura. Pero lo cierto es que lo práctico depende de algo que no es práctico. 

El ser práctico es más que práctico. El ser que recoge la cosecha ha sido capaz de entender que debía sembrar semillas;  el que navega en una barca ha sabido averiguar la profundidad del agua; el que va de caza sabe sortear los vericuetos del terreno y sabe afrontar las sorpresas de la cacería. El ser humano es un ser práctico que está en el mundo. El hombre práctico, no el practicón que fanáticamente quiere que todo sea abordado prácticamente, aparece en el mundo y quiéralo o no tiene que enfrentarse a él.

Pero el hombre no se enfrenta al mundo solamente poniéndose frente a él. Está frente a él (y a esto llamamos “sujeto”), y el mundo está frente al ser humano (hecho que convierte al mundo en “objeto”). A una cierta manera de enfrentarse al objeto la conocemos con el nombre de objetividad. Pero también es objetivo el hecho de que el hombre,  muy subjetivamente,  igualmente hace frente a las cosas o los objetos para sacarles provecho. Se enfrenta al mundo para obtener de él lo que se pueda. Es cierto: el ser práctico es un ente aprovechado. Es un ser oportunista porque busca la circunstancia en la que puede beneficiarse de los objetos del mundo. Y esta práctica no es inmoral, aunque puede llegar a serlo cuando en un exceso de practicismo, con celo desmedido se mete la idea en la cabeza, convenencieramente, de que lo único que puede hacerse con las cosas es aprovecharse de ellas, poco o nada importa si la “cosa” es otro ser humano.   

El hombre, pues, no sólo está frente a las cosas del mundo,  se enfrenta a ellas porque las necesita para poder vivir. Y esto no está bien ni está mal. Es práctico, porque es un ser necesitado. Tiene alma y cuerpo, y ambos lo llenan de necesidades, además de las que luego él mismo se inventa. Por ser práctico, es técnico. La técnica es la respuesta  humana a la necesidad, sea ésta fabricada o real,  física o metafísica. Una necesidad física es la de comer para poder vivir; una meta-física, es la de tener capacidad para encontrar un sentido a la vida. Mediante la acción técnica el hombre adapta el mundo a sus necesidades.  Los animales también tienen necesidades, pero no las resuelven técnicamente. La técnica es una respuesta libre a la necesidad.

La tecnología es una mezcla de respuestas técnicas y conocimientos científicos, y por eso propiamente hablando no es ni técnica ni ciencia. No es algo mejor que la ciencia y la técnica juntas, en el supuesto caso de que poseyera lo mejor de las dos, sino sencillamente algo necesario hoy para dar nuevos pasos en el enfrentamiento con el mundo, dominando las cosas,  para la satisfacción lucrativa de necesidades. No es la tecnología una respuesta puramente práctica y tampoco es una respuesta auténticamente teórica. Para ser lo primero tendría que limitarse al ámbito de lo que generosamente da la experiencia y el ingenio, y para ser lo segundo tendría que ponerse frente a la cosa para producir, vocacional y no sólo metodológicamente,  una versión desinteresada —o sea,  no práctica— de la realidad. No  práctica quiere decir que no tiene una segunda intención, la del uso o el aprovechamiento. No se requiere ser científico para manejar y aprovechar conocimientos científicos, aunque para lograrlos sí es preciso contar con una vocación científica, liberada de lo práctico y equipada con los recursos de la investigación científica. No es lo mismo tener conocimientos científicos que ser científico. El ser, aquí, es algo distinto al saber.

Se ha dicho en alguna ocasión que la historia es la hazaña de la libertad. Y en la misma tónica puede afirmarse que el trabajo técnico del hombre práctico también forma parte de esa hazaña histórica. El hombre práctico no se libera de la necesidad como el científico o el filósofo, pero responde libremente a ella, de un modo creador. Por el ingrediente de libertad con el que se maneja lo necesario —no debe soslayarse lo paradójico—, es imposible que las “respuestas” instintivas del animal tengan el carácter de recursos técnicos para la satisfacción de necesidades. El animal tiene que comer, no decide hacerlo; y tampoco puede decidir cuándo y dónde, qué comer y cómo hacerlo. La tecnología, ya sea como mera técnica, o como técnica auxiliada por el conocimiento especializado (técnica cuya sofisticación requiera de saberes que ella misma es incapaz de producir), también responde a necesidades humanas,  aunque al mismo tiempo provoca o genera nuevas necesidades humanas, en la medida en que nace y se mantiene en el marco de la comercialización de las ideas. La tecnología en su conjunto representa un medio para producir soluciones prácticas que se venden directamente como mercancías o como instrumentos o herramientas para la producción de mercancías. La tecnología, en este sentido, como la técnica, persigue, en su primera intención, una respuesta a las necesidades; y por medio de su segunda intención, da lugar a una mercancía. Es conveniente notar que esta segunda intención no pertenece al carácter de la técnica.  

El quehacer práctico del hombre técnico permite la subsistencia. Por esta razón es bienvenida la actitud práctica frente a las cosas del mundo. Lo que no es válido ni está justificado en modo alguno es el intento de reducir la totalidad de la existencia humana al trabajo práctico, o el de adoptar como dispositivo existencial único,  exclusivo o definitivo el de la actitud práctica, normalmente utilitaria,  frente al mundo y sus cosas. La sabiduría popular ha encontrado el término de la medida: ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre. La actitud desinteresada, por su parte, hace posible la vida política, la vida religiosa, el arte, la ciencia y el desarrollo histórico como auténtica historia de seres humanos.
           
No importa insistir demasiado: la primera necesidad es la de comer. Primun vivere deinde philosophari. Y para comer hay que apoderarse de los frutos de la naturaleza, de vegetales y animales. Ahora bien, las acciones más primitivas del hombre tiene que ver con las manos que toman lo que los campos y los bosques ofrecen, y con las manos que de diversos modos se auxilian con instrumentos o se arman para la caza.   En este sentido, no hay nada más práctico que la cacería. El hombre práctico tiene que saber cómo ir de cacería: tiene que poseer o cultivar las habilidades a través de las cuales puede atraparse o prenderse la presa de caza. Si el cazador ha logrado ponerle las manos encima,  la cacería ha terminado porque ha cumplido su objetivo.

Pero el hombre práctico llega a su máxima autoconciencia cuando deja se ser práctico. Es decir, cuando se da cuenta plena de que lo es. Paradojas más o paradojas menos,  el hombre que se libera de las necesidades porque se descubre como ser práctico, o sea como ser capaz de dominarlas mediante su acción práctica, ya no es sólo un ser práctico. Un ser meramente práctico, sin la facultad para razonar y manejar razones sería solamente una pieza de un mecanismo natural o físico. El ser práctico, en sí mismo, es ya algo más,  porque puede discriminar en su existencia entre lo que  requiere o exige un dispositivo práctico y lo que lo rechaza o le repugna.   
             
Muchos miles de años antes que los mecanismos de relojería y el uso de la rueda, los molinos de agua y otras cosas tan extremadamente ingeniosas como éstas, el ser humano primitivo, como el de hoy, tenía hambre y tenía que hacer algo para satisfacerla. Sólo los límites de nuestra imaginación puede atajar la amplitud del conjunto de  imágenes que nos pueden presentar al ser humano haciendo esto y lo otro. Pero para beneficio de la comprensión,  es válido suponer que primero hizo lo más fácil y luego lo más complicado. Y lo que exigía un menor esfuerzo fue estirar la mano y alcanzar así los frutos de los árboles (más tarde tuvo que inventar un garabato, o sea un palo con un gancho para alcanzar los que estaban más altos), después de haber recogido los que habían caído al suelo y los que la tierra y sus follajes ofrecieron a flor del suelo.
           
Es posible creer que después del sencillo acto de tomar lo que está ahí, en un vergel que, como paraíso, constituye un huerto lleno de flores y árboles frutales, disfrutando de texturas y sabores magníficos de frutas y vegetales comestibles, fue preciso realizar acciones de mayor complejidad.  Sea por la razón que fuere, el hombre tuvo que sentirse fascinado por la posibilidad de atrapar un pez, una ave o un animal de apetitosa naturaleza. La necesidad de alimentarse lo obligó a buscar lo que no estaba a la vista, o lo que en un momento podía verse y luego desparecía. Hablando con propiedad no puede buscarse sino lo que se ha perdido. Lo que de antemano se sabe que  puede hallarse. La búsqueda implica un conocimiento previo, un saber en torno a eso que se busca. Del mismo modo que nadie puede buscar genuinamente sin querer encontrar algo, no hay persona alguna que emprenda la búsqueda de nada. En otras palabras: se pierde lo que ya se tenía. El pez que al sumergirse se oculta; el oso que al huir desaparece; el insecto que se vuelve invisible cuando sus habilidades miméticas le permiten disimular o encubrir su aspecto.

Las tareas humanas se hacen más difíciles porque a veces lo que se desea es preciso buscarlo, seguirlo, perseguirlo. Quizá se quiere más lo que ya no se tiene (dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde). Tal vez lo que se desea se vuelve más apetecible en la medida en que cuesta más trabajo alcanzarlo. Y en ocasiones se alivia la poderosa atracción de la posesión cuando se entiende, con buenas o malas razones, que no siempre es posible alcanzar el objeto del deseo. Convencido de su propia  impotencia, el sujeto actúa como la zorra que se retira de la tentación repitiéndose a sí misma que en realidad no quería comer las uvas, aunque su comportamiento haya sugerido lo contrario. En un proceso que llamamos racionalización el individuo se enfrenta a emociones y amenazas de origen interno o externo inventando sus propias explicaciones, incorrectas pero tranquilizadoras,  encubriendo de este modo las verdaderas motivaciones que rigen sus pensamien­tos, acciones o sentimientos.

Pero cuando es posible, es preciso atrapar lo que se necesita. Y para eso es necesario ir tras él, averiguando cómo se esconde o dónde fue a parar, si huyó de nuestra presencia. Hay que descubrir en dónde está, si se oculta o se disfraza para que no podamos encontrarlo. Lo que se busca se ha vuelto presa, y el buscador se convierte en cazador. De este modo, en el horizonte de la vida humana aparece el “sujeto” como un perseguidor y el “objeto” como lo perseguido, una presa de caza, que es tal en la medida misma en que puede ser prendida o apresada.

Nuestro razonamiento funciona. Es medianoche, cerca de la madrugada, y los cazadores abandonan las tiendas de lona del campamento, o las cuevas en las que habitan, ya sea que lleven un poderoso rifle al hombro o rudimentarias flechas y arcos, hondas de cuero y piedras. Luego se internan en las sombras, para atrapar a los venados que buscan, o mejor dicho, para buscar a los ciervos que quieren atrapar,  tolerando las heladas ráfagas de viento helado de las estepas, o sufriendo los rigores caniculares, orientándose por el curso de sol o mediante una brújula. Emprenden sus caminatas de horas, confiando en que su memoria funcionará correctamente, tanto para mantener bien fijos en su mente lo puntos de referencia que pueden representar en un momento dado información vital, de vida o muerte (matas y árboles derribados o caídos, podridos o quemados, un tronco más alto que los demás, algo peculiar en fin),  para poder volver al punto de partida, después de haberse alejado grandes distancias, avanzando y retrocediendo, subiendo y bajando, resbalando en ocasiones y perdiendo el equilibrio frecuentemente, saltando o trepando algún montículo para inspeccionar las inmediaciones.

El razonamiento del cazador funciona. La decisión es la de atrapar al animal que se busca. Hay que mantenerla firmemente, mientras se camina solo, sin la ayuda de ningún compañero, pisando muy suavemente y caminando despacio para evitar cualquier ruido que pueda ahuyentar la presa. Apoderarse de ella, mediante una trampa (carnada, carnaza, cebo, emboscada, engaño, cepo), o disparándole si se le tiene a buena distancia, no es algo que exija mucho esfuerzo. El problema es el de hallarla. La verdadera dificultad es la de dar con el animal.  Hay que calcular, descubriendo por indicios su paso, adivinando por conjeturas por dónde va a pasar. Es preciso saber cómo se lo puede encontrar ahí, cara a cara, parado, de cuerpo entero o semicubierto por la maleza o los arbustos, viendo al cazador y éste a su vez mirándolo fijamente, a veinticinco o treinta metros de distancia. Se requiere de un método para la cacería, de una forma de proceder que es preciso observar cuidadosamente,   Cualquier chapucería o torpeza en la realización del trabajo hecha a perder el objetivo. No hay forma de hacer chanchullos, y en todo caso la cordura debe imponerse para que todo salga bien: nada de valentonadas ni temeridades. Cualquier paso mal dado puede espantar a la pieza buscada y perderla definitivamente. Se requiere de habilidades bien adquiridas por la experiencia. Se requiere razonar bien. Sea que la presa fuere pequeña o grande, el arte de la caza impone reglas para apoderarse de un conejo o un oso, de un tigre o un pez. Hay innovación siempre, no todo es mecánico y previsible. En la caza menor o en la montería los procedimientos, y hasta ciertos actos que parecen rituales, tiene que cumplirse para que el resultado sea el esperado. La razón tiene que funcionar bien para que los actos del cazador puedan compaginarse con la realidad.

El arte de la cacería se centra en una acción decisiva: la que busca huellas y otros rastros, para encontrarlos, seguirlos, y finalmente dar con la presa, adueñándose de ella. Si no es el razonamiento y la experiencia las que llevan al éxito de la cacería, como en el caso del hombre, es el instinto del depredador el que marca la pauta para la consecución de la presa.  Si el camino elegido no lleva a donde está la presa, la elección fue incorrecta y la búsqueda fracasa por infructuosa. Lo que se quiere está en un punto, y no en otro. Hay que averiguar cuál es la posición correcta, y luego trazar vías, senderos y atajos para llegar a ella. Y como el animal se mueve constantemente si siente que no está bien cubierto, el cazador tiene que ir cambiando tanto el rumbo de sus indagaciones como su repertorio de tácticas y estrategias.

El venado, como otros animales,  deja huellas en el suelo. Los cascos de sus patas imprimen su forma en terrenos cuya consistencia es blanda o suave. El cazador es experto en la interpretación de las figuras, las formas y los hundimientos de los rastros. El predador, como animal que caza animales de otras especies para alimentarse,  es también un experto que capta huellas, sean visibles como las marcas en el piso o en los árboles, o invisibles, como los olores,  que normalmente percibe con mayor agudeza que la del hombre. Si no es posible descubrir huellas del piso se deben atender otros indicios, como la vegetación recientemente tronchada por mordeduras de animal, y especialmente el estiércol, cuya textura, humectación o resequedad, pueden olfatear y tocar los animales y el ser humano para  determinar, con bastante precisión,  información valiosa respecto a la presa: su sexo, su edad,  tamaño, estado de salud, estado reproductivo, el tiempo transcurrido desde su paso por el sitio, etcétera.

Los cazadores de microbios o los pescadores comparten  la misma convicción: hay cosas que hablan y proporcionan el rumbo o la dirección que debe seguirse para encontrar lo buscado. Este hecho es bien conocido en la investigación policíaca. Se trata, en todos los casos, de seguir las huellas y atender las señales, de conjeturar por indicios; se trata de investigar. Los investigadores, cuando aprenden a ver como cosa extraordinaria lo que para todo el mundo es algo ordinario,  aprenden al mismo tiempo a leer mensajes en las cosas que aparentemente no dicen nada a nadie.

           
El pescado es un animal acuático cazado: sacado del agua, o atrapado dentro de ella por el hombre o algún predador  para convertirlo en alimento. Un charal, o un salmón, una ballena o un tiburón.  El oficio de pescador, sea en el mar o en una laguna, en un río o en un lago, es tan antiguo como el de la cacería de cuadrúpedos, reptiles o aves. Sabemos que hay quienes, armados pacíficamente con una vara larga, delgada y flexible que sirve para pescar, se entregan como aficionados a la práctica de atrapar peces, experimentando o promoviendo en ellos mismos un peculiar estado de ánimo, el cual no puede uno imaginar sin una atmósfera de romanticismo y serenidad.

Pero la destreza del hombre cuyo oficio es el de pescar no empieza ni acaba con el uso de la caña y la carnaza, el arpón y la red. El hombre de mar  desarrolla un complejo conocimiento de la navegación, en el que hay siempre una investigación del mundo acuático. Son muchas cosas que tiene que atender la razón y sus razonamientos para no zozobrar o para no ir al garete, a la deriva, sin dirección. Él cazador de peces necesita sondear el agua para detectar la naturaleza y profundidad del fondo. Tiene que hacer varias indagaciones:  determinar las características de la superficie y de lo hondo, calcular las distancias  y las fuerzas de las corrientes,  y sobre todo, descubrir la presa, que como el venado y tantos otros animales, también en este caso es naturalmente apta para ocultarse, disfrazarse y desaparecer.  

Podríamos perdernos en la oscuridad completa de un pasado remoto buscando las condiciones que en la existencia humana dieron lugar al primer acto de búsqueda.   La cacería, uno de los actos más primitivos del hombre,  es investigación. Pero la palabra investigar no es original, sino derivada. No se trata de un término para hablar del hecho de buscar, sino de un vocablo para designar el medio a través del cual se lleva a cabo la búsqueda. En el modo en que se busca está la clave de la investigación, no tanto en el acto de la búsqueda. ¿Y qué es lo que busca el investigador-cazador? El vestigio, o sea todo lo que es o funciona como señal o indicación, como huella que testimonia, sin duda alguna, el paso del animal. El vestigio es planta del pie, suela, huella.  En su famoso Diccionario etimológico de la lengua castellana Joan Corominas, después de señalar la raíz latina de la palabra vestigio,  dice lo que puede —y debe— entenderse por investigación: vocablo utilizado hacia 1440 en castellano, originado en el latín investigare, que propiamente quiere decir “seguir la pista o las huellas”. En griego, la investigación también está comprendida como búsqueda, indagación, pesquisa: z´yesiς, zhy´somai.

Pero la búsqueda, tanto en las cuestiones prácticas como en las teóricas, no puede ser azarosa, caprichosa o accidental. Tiene que ser ordenada, y no arbitraria. Debe buscarse siguiendo el camino señalado por los rastros o las huellas. La noción de camino es precisamente la que sirve a los fundadores de la ciencia y la filosofía griegas para crear el concepto de método: m¡todoς. La búsqueda tiene que ser metódica (meyodikoς) regular, paso por paso, con el orden que aconsejan las buenas razones, porque representa precisamente el camino por donde ha de transitar todo aquel que quiera llegar al mismo sitio descubierto por la investigación.

En la ciencia y la filosofía, el método, la manera de buscar y el camino seguido en la búsqueda es lo importante, es lo que determina la cualidad de lo encontrado. Con método y auténtica vocación de verdad, se aspira a hallar unas razones de la razón que coincidan con las razones de lo real.  Con esos dos ingredientes necesarios de la investigación científica, se cumple con la tarea, aunque se tengan más preguntas que respuestas.  En este ámbito de indagaciones el acento de la  investigación recae más en la búsqueda que en el hallazgo. Importa más la búsqueda y el modo de hacerla, que lo encontrado. El capital verdadero de la ciencia lo forman las preguntas, los problemas, las búsquedas. Las respuestas y las soluciones forman un capital menor del saber científico.  De todos modos, la sapiencia acumulada por los hombres asegura que el que porfía mata venado. Halla lo que busca. El que busca, encuentra; no importa qué tanto tiempo lleva la indagación, y tampoco es importante el caudal de los esfuerzos que es preciso desplegar para alcanzar lo que se busca. Los hombres de ciencia parecen mineros. El griego Heráclito dice (en el fragmento B22) que los buscadores de oro cavan mucha tierra y encuentran poco.

En la práctica, por el contrario, lo buscado es lo esencial, y las maneras de investigar lo que se busca es algo secundario. La investigación práctica sería absurda si tuviera que contentarse con la búsqueda misma, sin encontrar nada o casi nada. Si no se consigue lo que se quería hallar, la búsqueda fue en vano. En la búsqueda teórica, en cambio, la búsqueda no exige el hallazgo final. Por eso la investigación científica y filosófica pueden darse por satisfechas cuando logran plantear bien una interrogación, un problema, pasando a segundo plano la tarea de la solución o la respuesta. Por eso los diálogos de Platón, por ejemplo,  pueden terminar con la formulación de una pregunta; por eso mismo la ciencia es tan extraña para la actitud práctica, la cual tiende a valorarla por los resultados útiles, perdiendo de vista su peculiaridad.

La investigación no es un asunto exclusivamente práctico o teórico. Tanto en la actitud práctica como en la teórica se realizan investigaciones: en ambos casos se emprende siempre, en cada acto, una persecusión de razones (¿por qué pasó eso? ¿qué puede suceder ahora? ¿qué se puede hacer frente a eso? Etcétera). El ser humano no puede hacer nada ni dar un solo paso sin razonar, aunque luego podamos descubrir que el razonamiento fue insuficiente, erróneo o fallido, lógicamente deficiente o lastrado con falacias, ilusiones o prejuicios. En lo práctico, cuando buscamos y atrapamos lo que necesitamos, al mismo tiempo buscamos y nos apoderamos de razones; en lo teórico, cuando indagamos y encontramos lo que buscamos,  nos apoderamos única y exclusivamente de razones. La investigación científica, desde el principio y hasta el final es una auténtica cacería de razones.

La cacería de razones es algo natural para la mente humana. Y también para ella es algo enteramente natural el aspirar a la verdad de sus razonamientos. Sin embargo, contra lo que habitualmente se cree, la apelación a la verdad no basta para determinar la cientificidad de los enunciados del saber. También las afirmaciones del sentido común, pre o extra científicas,  pueden poseer el atributo de la verdad. Lo que la ciencia garantiza es la auténtica intención de verdad, conseguidamediante el rompimiento concualquier otro compromiso que implique una segunda intención. En la investigación científica, la cacería de razones no se despliega para descubrir los secretos del funcionamiento de las cosas, ni para atrapar una presa de caza o un culpable, sino para apoderarse de las razones de lo real por medio de las razones de la razón. Ahora bien: ¿cuántas cacerías de razones harán falta para que los secretos de la investigación dejen de ser objeto de investigación?

 

 

 


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