Homo experiens

juan manuel silva camarena
2005

 

Texto publicado como editorial de la revista Contaduría y administración, División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México, número 216, enero-abril  (2005), 3-9.

 

La experiencia nos ha mostrado que es bueno tener experiencia. Y sin duda sería bueno poseer  una idea clara de lo que es la experiencia. Todo hombre sabe, por experiencia propia, lo que es la experiencia. Pero si un ente extraterrestre  nos pidiera que le explicáramos en qué consiste eso  quizá pudiéramos tener dificultades para hacerlo.  

En nuestra vida de todos los días escasamente andamos pronunciando discursos sobre la experiencia.  Todos sabemos lo que es la experiencia. Y en lugar de averiguar lo que es esta cosa, se nos va la vida experimentando cosas. En efecto: nada sucede en nuestra existencia que no venga cubierto con el ropaje de la experiencia. Ni lo nuevo ni —menos aún— lo ya conocido. Para nosotros todo lo que nos pasa constituye una experiencia. La experiencia de algo, el experimentar algo,  siempre es algo familiar, incluso cuando sentimos que la experiencia es completamente nueva.  

Curiosamente: la experiencia es lo único que nos muestra qué es la experiencia. No importa que se tenga mucha o poca, siempre se sabe lo que es la experiencia. Aunque no lo supiéramos por experiencias pasadas, lo sabríamos en el preciso momento de tener experiencia de algo, al pensar en algo o en alguien; cuando sentimos algo, cuando lo percibimos o sencillamente hablamos, al preguntar o al responder a algo o a alguien.  La experiencia ocupa indudablemente el espacio más íntimo de nuestro yo. Es núcleo de nuestra intimidad. En definitiva, puede decirse que no hay nada tan familiar para nosotros mismos  como nuestras propias experiencias. De hecho, lo que resulta conocido y ordinario es lo que por experiencia es usual para nosotros. Lo insólito, lo  desacostumbrado, es precisamente lo que no hemos experimentado.

Es bueno tener experiencias, porque nuestra vida se agranda con ellas. Poca vida, equivale a escasa experiencia. Como nosotros vivimos en nuestra casa, en nuestra experiencia habita lo vivido. Lo que hemos vivido en nuestras experiencias es lo que forma la totalidad de nuestra vida. Experiencia es vida.

Eduardo Nicol en su Psicología de las situaciones vitales (1941) presenta una teoría psicológica revolucionaria (que no estudia funciones psicológicas, iguales para todos, sino que averigua el modo en que el hombre vive su vida). Esta psicología reconoce a la experiencia como la fuente de todo conocimiento psicológico. En ella, después de unas cuantas líneas de haber entrado en materia, el autor afirma algo muy sabido: tener experiencia quiere decir haber vivido mucho y haber aprovechado las enseñanzas de la vida.  

Ahora bien: ¿lo que nos ha enseñado la vida nos permite saber qué es la experiencia? A los hombres, no a las bestias ni a los dioses,  la vida les enseña cosas a través de la experiencia. Y como la experiencia no puede  existir como algo separado del que vive la experiencia,  la vida humana, muy enigmáticamente, siempre es algo vivido por alguien. Toda experiencia tiene dueño. Es la mía o la suya, la tuya o la de ella. Por tanto, la vida humana se vive personalmente. Mi experiencia hace que la vida, en mi caso y en cada caso, sea mi vida.  Mi vida, la mía,  siempre en cada caso, es mi experiencia de la vida. Mi experiencia de la vida es, por supuesto, la materia básica, pero peculiar, exclusiva, de mi bio-grafía. Mis experiencias van escribiendo el libro de mi vida. Cada día es como una hoja en blanco, pero la espontánea disponibilidad de la experiencia hace posible que en ella y a través de ella, puede escribirse lo bueno y lo malo, las buenas y las malas experiencias.

La experiencia, pues, es algo individual y único. Y por eso nos parece algo natural que nadie pueda experimentar nada en  cabeza ajena. Cada  experiencia parece reclamar a su propio dueño como patrimonio suyo e intransferible.   La experiencia es algo particular en un doble sentido. Se da entre alguien y algo. Es algo propio o peculiar de una persona, y se tiene respecto de algo particular y concreto, una cosa o una persona. La experiencia es un suceso entre dos cosas bien determinadas: entre un sujeto (alguien que experimenta) y un objeto (algo que es experimentado), o entre un yo y un tú, un yo y un ellos,  un sujeto y otro sujeto. La experiencia exige la participación o colaboración entre dos o más componentes, y se produce sobre el lazo tendido de la reciprocidad. La experiencia siempre es de alguien y siempre es respecto a algo.  La experiencia vive en lo concreto, o sea aquello que está junto a  todas esas cosas que naturalmente le rodean y entre las cuales se acomoda concretamente para ser lo que es. El latín concretus, que alude a lo espeso y lo compacto, es participio de concrescere: lo que crece por aglomeración, según la explicación de Joan Corominas (Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, 1961). Hablamos de los que crecen juntos, cuando nos referimos a lo concreto.

Sin embargo, lo singular no puede captarse correctamente sin lo general. La experiencia peculiar del ronroneo de mi gato Fifí la puedo tener sólo bajo la condición sine qua non: las ideas. Cuando menos necesito la idea de un animal (que llamamos gato)  mamífero carnívoro, de garras retráctiles y caninos desarrollados,  y  la de un sonido especial que emite este ser vivo animal, continuo como el de un motor, cuando parece  estar satisfecho y tranquilo. Estos elementos que por igual los comparten todos los felinos no son singulares sino generales o universales, y son  necesarios para que la experiencia (que siempre es de lo individual) sea posible. La comprensión de lo concreto requiere de lo abstracto, de lo separado, de lo que aislamos de lo concreto para entenderlo. Por un lado, tengo lo que es común a cosas, animales y personas; por otro, lo que es peculiar a cada cosa, animal o persona. El ronroneo de mi gato es particular. Lo puedo reconocer. La idea gato se encarna en mi experiencia con las características individuales de lo concreto: el tamaño de mi gato, el color y la textura de su pelaje, su edad, etcétera.

Cualquiera puede decir que estamos hablando de lo singular y lo general, lo particular y lo universal, y que en realidad nos referimos a lo que en la cosa, animal o persona es lo accidental y lo esencial. Lo sustancial o esencial es lo que permanece por debajo de lo cambiante (lo temporal) y lo aparente, lo circunstancial y meramente accidental, en suma de todo eso que no le importa al conocimiento para tener un saber verdadero de la cosa. Ya quedó dicho por Aristóteles que no hay ciencia sino de lo universal.

La metafísica de la esencia intemporal de las cosas ―objetos, animales o personas― forjó los conceptos de lo esencial y lo accidental para resolver el problema del ser y el tiempo: si cambia, no es o sólo es aparentemente; si no cambia, es de veras. Esta doctrina de la intemporalidad del ser que Aristóteles y Platón idean para entender lo real acostumbró ―casi fatalmente― a nuestra razón a funcionar con la dualidad de lo esencial y lo aparente y nos dejó una asignatura pendiente hasta nuestros días. La cosa que falta es la comprensión precisa de las relaciones entre experiencia y saber. El problema es este: la ciencia prescinde de lo singular,  para quedarse con lo esencial; la experiencia se conecta inevitablemente con lo particular, y pierde así capacidad de conocimiento. A la ciencia se le puede reprochar su falta de contacto con lo real,  aunque se respeta mucho la objetividad de su saber; la experiencia no se despega del suelo, y está siempre en lo concreto, pero no sabe tomar la distancia que permite ver con claridad teórica lo que son las cosas, los animales y las personas.

Puede afirmarse que no sabemos bien por qué, sin quererlo, entramos una y otra vez en este vaivén de lo concreto y lo abstracto, la experiencia y lo intelectual, lo singular y lo universal. Sabemos bastante y tenemos muchas experiencias. Sin embargo, parece que toda la experiencia y los conocimientos que hemos acumulado no bastan para saber suficientemente lo que es la experiencia y el conocimiento.  Y esto no es para alarmarse: ¡cuántas cosas no entendemos!

Bueno, por experiencia sabemos que… Aunque el saber es un pez tan resbaloso como el de la experiencia, nos aliviaría saber que nuestra razón puede atrapar más rápidamente las razones de la razón, que las experiencias de la experiencia (si es que no resultan ser las mismas). Toda experiencia es conocimiento. Y todo conocimiento es una experiencia. Por decirlo así: la experiencia es prima hermana del conocimiento. Uno va con la otra. Pero no puede reducirse la experiencia al conocimiento, ni éste queda limitado a una simple forma de aquélla. El contenido de la experiencia incluye siempre el conocimiento. Sea como fuere que hubiera que explicarlo, experimentar es conocer. Todo conocimiento implica la experiencia de algo.

Un coscorrón es algo más concreto que una explicación. Pero si un coscorrón consiste en un golpe en la cabeza que duele a pesar de que no llega a sacar sangre, cuando alguien me lo propina experimento dolor entre mis cabellos y cursando alguna forma de reconcomio mi conciencia me deja tener una idea vaga o precisa de la persona que me ha golpeado, también sé que me duele,  que se trata de un golpe dado con los nudillos de los dedos, y al mismo tiempo estoy consciente de otras cosas más.  ¿Cómo separar lo general de lo singular, sin que esta separación sea una mera abstracción artificial, verdaderamente ajena a lo concreto? Según sabiduría filosófica vieja la experiencia da palos de ciego cuando prescinde de los conceptos, y que éstos quedan vacíos cuando les falta la información de la experiencia. Pero lo abstracto y lo concreto van juntos. Y es tan a artificial quedarse con los llamados datos de la experiencia como adoptar exclusivamente las razones de la razón.

Al parecer nuestra historia del pensamiento filosófico ha alojado sin mucha crítica la tesis de la esencia intemporal de las cosas, idea que muy pronto dio lugar a un acomodo entre experiencia y ciencia.  En las primeras líneas del libro primero de la Metafísica  Aristóteles  comienza estableciendo una relación muy sencilla entre el conocimiento y la experiencia.  ¿De quién hablamos? Del hombre, el ente que según el alumno de Platón naturalmente desea saber. Y por tanto, del que ama sus sentidos, especialmente el de la vista, ya que para él son el medio para aprender y para saber. Sigue así: la sensación repetida puede engendrar la memoria, y así surge la experiencia. “Y del recuerdo nace para los hombres la experiencia, pues muchos recuerdos de la misma cosa llegan a constituir una experiencia”. Cuando no hay muchos, la sensación tiene un  conocimiento de lo singular  tan limitado que no se logra formar siquiera una experiencia. La sensación es la cognición más autorizada del objeto singular, pero no posee sabiduría como la experiencia.  Dice el filósofo griego: “tener la noción de que a Calias, afectado por tal enfermedad, le fue bien tal remedio, y lo mismo a Sócrates y a otros muchos considerados individualmente, es propio de la experiencia…”. Con la noción, pues, nace el experto. Y la sabiduría aumenta cuando a éste le es posible saltar por encima de lo singular, alcanzando el nivel de lo general o lo universal que se expresa con el  “todos”, dando lugar al arte y al razonamiento. En otras palabras, nace un científico. El autor de la Metafísicapiensa que se ha rebasado entonces el nivel de la experiencia: “pero saber que fue provechoso a todos los individuos de tal constitución, agrupados en una misma clase y afectados por tal enfermedad (…) corresponde al arte”. Dicho de otro modo: se sabe el qué y también se conoce el porqué: “Pues lo expertos saben el qué. Pero no el porqué. Los teóricos “conocen  el  por qué  y la causa”. Trayendo a cuento la palabra griega con la cual se nombra la causa de algo (aitía), podríamos decir que el experto, el que sabe por las sensaciones acumulada en la memoria, no sabe lo que el etiólogo, el que sabe por causas, descubiertas por el razonamiento. Entonces, uno es el conocimiento por la experiencia y otro el conocimiento por la razón.

Y si admitimos esta dualidad de formas del saber, casi naturalmente se impone la pregunta por su efectividad. ¿Cuál de las dos maneras de conocer es más eficiente? Depende de lo que se quiera hacer con el saber, parece decir Aristóteles. Sépase que “para la vida práctica, la experiencia no parece ser en nada inferior al arte, sino que incluso tienen más éxito los expertos que los que, sin experiencia, poseen el conocimiento teórico. Y esto se debe a que la experiencia es el conocimiento de las cosas singulares, y el arte, de las universales, y todas las acciones y generaciones se refieren a lo singular.  No es al hombre, efectivamente, a quien sana el médico, a no ser accidentalmente, sino a Calias o a Sócrates, o a otro de los así llamados, que además, es hombre. Por tanto, si alguien tiene, sin la experiencia, el conocimiento teórico, y sabe lo universal pero ignora su contenido singular, errará muchas veces la curación, pues es lo singular lo que puede ser curado”.

Estas ideas del pensador griego han generado consecuencias tan importantes, que vale la pena subrayarlas: la experiencia es el conocimiento de las cosas singulares, y el arte, de las universales. Por tanto, parece sostenerse lo siguiente:si lo que se quiere es saber, la ciencia es el camino obligado; si se desea en cambio una acción práctica, como la de curar, lo que se impone es la vía de la experiencia, pues es lo singular lo que puede ser curado.

A las dos formas de saber, la de la experiencia y el arte (o la ciencia) corresponde, no obstante, una jerarquía epistemológica  ―en la que no es difícil cifrar luego una superioridad existencial― que representa más saber: “Creemos, si  embargo, que el saber y el entender pertenecen más al arte que a la experiencia, y consideramos más sabios a los conocedores del arte que a los expertos, pensando que la sabiduría corresponde en todos al saber. Y esto, porque unos saben la causa, y los otros no. Pues lo expertos saben el qué, pero no el porqué. Aquéllos, en cambio, conocen el por qué y la causa. Por eso a los jefes de obra los consideramos en cada caso más valiosos, y pensamos que entienden más y son más sabios que los simples operarios, porque saben las causas de lo que se está haciendo; éstos, en cambio, como algunos seres inanimados, hacen, sí, pero hacen sin saber lo que hacen, del mismo modo que quema el fuego. Los seres inanimados hacen estas operaciones  por cierto impulso natural, y los operarios, por costumbre. Así, pues, no consideramos a los jefes de obras más sabios por su utilidad práctica, sino por su dominio de la teoría y su conocimiento de las causas. En  definitiva, lo que distingue al sabio del ignorante es el poder enseñar, y por esto consideramos que el arte es más ciencia que la experiencia, pues aquéllos pueden y éstos no pueden enseñar”. El hombre necesita, a nuestro juicio, saber las causas, porque no admite que algo suceda porque sí. Y una mejor distinción entre ignorancia y sabiduría, entre experiencia y ciencia, puede derivar de un examen no aristotélico del hecho de que “la experiencia nos enseña que…”

Aparentemente, el filósofo de Estagira, Macedonia, decide lo que es la experiencia y el saber de la ciencia mediante el criterio lógico de lo general y lo singular. Y así parece algo igualmente  lógico: la dualidad de la realidad formada por lo singular y lo universal, dualidad aristotélica  que se apoya en  la dualidad platónica del ser firme  y la apariencia cambiante, uno aislado del tiempo y la otra carcomida por la temporalidad. Pero lo definitivo es de carácter antropológico: la idea del hombre como animal racional.  Esta idea del creador del Liceo obliga a creer que si lo singular es lo que puede ser curado y utilizado prácticamente, es necesario postular lo universal como lo que puede ser verdaderamente conocido. Sin embargo podemos sostener que la realidad, en todos sus niveles, está constituida por singulares, los únicos que podrían ser utilizados prácticamente, curados, y conocidos verdaderamente,  y que en ellos, y sólo en ellos, se alojaría lo general, sin que exista un supuesto ámbito privilegiado de lo universal. Si pensamos así, ya no hay necesidad de concebirnos como animales racionales que pueden acceder al nivel de lo esencial, porque lo esencial se encuentra en la experiencia, junto a lo singular que entonces deja de ser algo  meramente accidental. De este modo salimos de una extraña situación, permanentemente alimentada con las disputas o debates de racionalistas y empiristas,  en la que la experiencia es más útil prácticamente, pero lógica y epistemológicamente inferior, mientras que  la razón, indiscutiblemente superior, teórica y sabia, permanece siempre en desventaja respecto a lo práctico.  Sea en griego (empeiría) o  en latín (experientia), la experiencia es experimento, tentativa, prueba, práctica,  y sobre todo, el acto de tener experiencia. La experiencia se hace teniéndola. Lo sabemos por experiencia.  No está por un lado la experiencia y por otro el saber. El saber se experimenta. La experiencia tiene saber de sí misma (por eso sirve tanto). En la experiencia, integralmente concebida, vive el saber. La experiencia del saber hace que la experiencia sea sabia. Por esta razón la experiencia nos enseña como la mejor maestra de la vida. En estas condiciones, el ser humano puede aparecer ante sí mismo, sin haber perdido en modo alguno la dignidad de la racionalidad,  como el ser de la experiencia, Homo experiens,  tal como ella nos lo muestra. Más que Homo faber, que hace cosas, el hombre es el que tiene experiencia de todas las cosas. Es el que se experimenta a sí mismo experimentando cosas. Y esto, desde luego, rebasa el nivel estrecho de lo meramente epistemológico. El ser humano existe porque es el ser de las experiencias.    

Estas reflexiones podrán ser útiles —sin dejar de ser lógica o racionalmente correctas— para que los lectores de Contaduría y administración  aspiren, razonablemente, a un  mejor nivel de investigación en el terreno de la administración y las finanzas. Sin duda es preciso  realizar una sabia composición entre la intuición y las experiencias propias del desarrollo y el progreso práctico de los responsables  de las organizaciones y el rigor académico de la enseñanza y la investigación académica.   

 


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