La pasión por el saber

juan manuel silva camarena
2005

 

Texto publicado como editorial de la revista Contaduría y Administración de la División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México, núm. 215, enero-abril  (2005), 3-5.

 

Es apasionante el saber. Es apasionante buscar y encontrar algo. Al llevar a cabo las enormemente variadas formas de su actividad, los seres humanos buscamos y encontramos muchas cosas. Entre el haber de lo hallado, logrado por las incesantes búsquedas en todos los momentos de la historia de la humanidad, hay cosas verdaderamente maravillosas. La ciencia es una de esas maravillas. No cabe duda.

Pero la ciencia también es búsqueda. El trabajo científico no es sino una forma especial de búsqueda. Especial, porque se realiza desinteresadamente; y particularmente especial, porque insólitamente se contenta con la mera búsqueda. Eso explica que el científico goza tanto cuando busca como cuando encuentra. De esta manera peculiar la investigación científica puede contar, al mismo tiempo, con un hallazgo extraordinario cuando obtiene conocimientos verdaderos,  y con una busca igualmente extraordinaria, cuando acosa a la verdad para poseerla.

Estando así las cosas, hay mucha emoción en la investigación científica. Antes de experimentar la emoción del encuentro, la ciencia dispone permanentemente del entusiasmo de la búsqueda. Desde luego que no se trata aquí de solapar el disparate que consistiría en creer que se puede disfrutar de la ignorancia porque no se sabe esto o lo otro. Hablamos más bien del goce que experimenta el espíritu humano cuando advierte que una razón hace falta, es decir, que en nuestras cadenas explicativas hay un vacío, algo por explicar, tarea que lejos de representar un enojoso obstáculo constituye un problema que nos ofrece la oportunidad única de encontrar la explicación de algo. En la ciencia no es algo malo el tener  muchos problemas. Lo lamentable es no tenerlos. Para la vocación científica es enteramente emocionante descubrir que se tienen problemas: que se puede hallar la razón por la cual sucede algo o la razón por la cual algo es como es. Es obvio que resulta emocionante el hecho de haber encontrado la razón de un acontecimiento. Pero no es algo evidente de suyo que igualmente emocionante es la averiguación del mismo, la  investigación de lo que pasa. Quizá por eso al no científico a veces le cuesta un poco de trabajo entender que las preguntas son más importantes que las respuestas, que las soluciones adquieren importancia en función de la importancia de las cuestiones, y que  éstas adquieren verdadero peso cuando se trata precisamente de grandes interrogaciones.

Las formas de la emoción que acompañan a las indagaciones y las averiguaciones no pueden reducirse o asimilarse a cualesquiera de nuestros estados emotivos. Son también especiales. Y como no hemos podido explicarlo de un modo plenamente claro –casi nada puede explicarse así-,  nos contentamos con asegurar que se trata de la pasión por el saber. Pero las cosas se complican cuando se deja ver que es una pasión que se contenta con ella misma, aunque no aparezca el objeto de su pasión.  En el trabajo de la ciencia, aunque no se nota a primera vista, no se necesita más que este apasionamiento. Todo lo demás es algo sobreañadido, o sea, algo que se agrega al éxito obtenido en el apasionamiento mismo del descubrimiento de la ausencia de razones y la consiguiente posibilidad de hallarlas. En otras palabras: la  búsqueda es lo fundamental.

Es muy humano querer compartir las cosas malas de la vida. Y también es algo muy natural en el hombre el deseo de compartir lo bueno. La pasión de la búsqueda científica desborda los límites de la individualidad del investigador, pues quiere llegar más lejos. Tanto lo que podríamos llamar la historia del descubrimiento de las razones que faltan y los episodios de la aventura de la investigación habitan en el texto, ese cofre extraordinario en el que se guardan las vicisitudes y lo tesoros de la averiguación racional científica. La ciencia es textual, se hace, se da, se produce en los textos. Y como éstos  no  toleran bien la soledad de la incomunicación, exigen lectores. Esto es así debido a que un texto sin lector es tan severamente estéril como una simiente en el desierto. El texto no iluminado por la mirada de quien lo lee es algo oscuro,  inútil,  carente de significado.  Un buen texto es un texto que aloja buenas razones. Pero las razones que no se le dan a nadie son como razones vacías, huecas, ciegas. Quién sabe cómo sería bueno decirlo. En general, los textos de la ciencia son buenos textos porque dan buenas razones, razones fundadas y vigiladas, y por tanto,  responsables de sí mismas.

La pasión por la verdad, en esta peculiar mezcla de apasionamiento y lucidez racional, fundamentalmente se concreta en la dádiva de razones que podemos dar por buenas por la seguridad que les brinda el método de su factura. Se trata de razones que se dan.  Por tanto, si un texto no tiene lectores, se frustra la misión principal de la dádiva racional, que es la donación de razones. No se da razón a nadie, no se da razón de  nada, y entonces la pasión se extingue.

La ciencia no es una pasión solitaria. La búsqueda de la verdad toma la fuerza de su energía de la pasión por comunicarla. Por esto se necesita de un medio a través del cual el texto llegue a las manos de sus lectores. Como si se impusiera la necesidad de una comunicación personal e individualizada, el texto científico  tiene que multiplicarse. Como si cada lector necesitara un ejemplar para poder  hacerlo suyo, apropiándose de sus ideas, es preciso realizar una reproducción del texto. Y en la multiplicación de escritos toman su valor extraordinario esa pieza editorial que desde antiguo, desde la Grecia clásica, acompañan a la ciencia y al pensamiento: el libro. Al libro pesado, el de los descubrimientos científicos fundamentales, le sigue siempre o le antecede el libro más ligero y acaso más esbelto que llamamos revista (que muchas veces alojan ideas en germen y otras cobijan textos verdaderamente en forma).

La pasión científica viaja, no se queda en una sola cabeza. El texto en forma impresa, el escrito que se ofrece al lector en forma de libro o revista (se trate ya de compilaciones de artículos o ensayos, o de historias o anuarios, enciclopedias o tratados...) llega a pequeñas y grandes comunidades o de públicos especializados, después de que se generó,  siempre, bajo el abrigo de alguna comunidad. El autor siempre está integrado en la comunidad. El que escribe ciencia siempre es lector de la ciencia. Por esto el viaje común del texto científico, sea en el vagón de los textos de grande extensión  o en el de los escritos breves,  no se desplaza sin embargo por territorios muy amplios: sale de la comunidad y vuelve a ella, pasando por la individualidad peculiar e insustituible  del investigador. Es un texto diseñado por y para la comunidad de buscadores de la verdad que pertenecen a un determinado campo de conocimientos, en donde inicia o reinicia, prolonga o mantiene el diálogo del que surgen todas las verdades que pueden buscarse y hallarse. Contaduría  y administración, la revista de nuestra División de Investigación, refrenda su vocación de enlace y comunicación en la comunidad de los investigadores del área financiero administrativa.

La pasión por la verdad renace con cada nuevo lector. Incluso ahí donde parece que ha muerto, entre el polvo y las telarañas que mitigan o agravan las soledades del libro en los anaqueles de alguna antigua y poco visitada biblioteca, ahí prende de modo inmediato como un gran fuego de poderosas luces —que promete convertirse en un incendio impresionante— cuando un lector deja que en su mirada cobren vida las ideas del escrito que olvidadas y aparentemente caducas parecían dormidas para siempre.

El texto científico no es un producto individual que se vuelve común en las manos de los científicos, la ciencia misma es comunitaria. Nace, se produce y se reproduce comunitariamente, tomando cuerpo y sufriendo metamorfosis en el diálogo de los que se apasionan por la verdad.

 


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