La administración,  entre la profesionalización
 y la cientificidad

juan manuel silva Camarena

2003

 

Para Alfredo Adam,
con agradecimiento

 

 

Ponencia presentada el 25 de octubre de 2002 en el VII Foro de Investigación, Congreso Internacional de Contaduría, Administración e Informática organizado  por la División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración de la Universidad Nacional Autónoma de México, y publicada en Contaduría y administración, División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México, núm. 211, octubre/diciembre  (2003), 9-15.

 

 

Filosofar es enfrentarse, sin guía, a la perplejidad. La aventura filosófica se lleva a cabo si uno está dispuesto a encontrarse de cara a lo perplejo. La expresión de asombro es tan normal en la búsqueda de la verdad, que Platón estaba convencido de que la admiración (thauma) es el principio de la filosofía. Y sólo puede admirarse quien advierte, por un lado, que lo ordinario para el sentido común no es necesariamente algo ordinario para la reflexión; y, por otro, que lo ordinario, bien mirado, puede ser algo extraordinario.

Aurelius Agustinus, bien conocido como San Agustín, en un pasaje famoso de sus Confesiones dice, respecto al tiempo, lo siguiente: "cuando no me lo preguntan, lo sé; cuando me lo preguntan, no lo sé". Ésta es, sin duda, la formulación clásica de una paradoja. Nosotros, aquí, tratamos de familiarizarnos con la naturaleza de la administración, e inmediatamente después de que planteamos la pregunta por su ser nos seduce con gran fuerza la tentación de responder en los términos del obispo de Hipona, pensador del primer siglo de nuestra era: ¿Qué es la administración? Cuando no nos lo preguntan, lo sabemos; cuando nos lo preguntan, no lo sabemos.

Si Demócrito dijo que el hombre es eso que todos sabemos, nosotros podemos afirmar que la administración también es algo que todos sabemos. Pero, ¿qué es? Investigar es preguntar, y entonces es menester formular una pregunta que interrogue por el ser de la administración.

Hay cosas que sabemos de la administración y otras que ignoramos. ¿Qué es la administración? Las acciones de la administración son tan antiguas como el trabajo; y el trabajo tiene la misma antigüedad que el hombre. Desde que el ser humano trabaja, hay administración. En la filosofía griega Platón descubre, causando sorpresa a los prácticos, que todos somos prácticos, o sea que el hombre es el ser de acción. Sea cual fuere la época histórica, sea cual fuere la forma de vida, siempre actuamos. Y la acción práctica, como lo revela la teoría, es la más antigua de las formas de la acción. Siempre hay que hacer algo para vivir y subsistir. La organización de lo que hacemos, para realizarlo de la mejor manera posible, es administración. Se trata siempre de la consecución del mejor medio para alcanzar un fin propuesto.

Siempre tenemos quehacer. Incluso la actuación (escénica) es una forma de acción. En términos técnicos, esto quiere decir que, tal como queda conceptuado en la obra del discípulo de Sócrates, el hombre es el ser de la praxis. La filosofía, con la primera teoría de la praxis creada por Platón, nos hace conscientes de la naturaleza de nuestro ser. Como dice Nicol, el hombre es un ser obrero, sin que este adjetivo tenga que ver con la definición de la clase de trabajadores que laboran en una fábrica. De las cinco definiciones del hombre que Max Scheler destaca de la historia del pensamiento filosófico (como criatura divina, horno sapiens, horno faber, animal desertor de la vida y persona) la que más se acerca a la cuestión que ahora queremos pensar es la idea del hombre como homo faber, o sea la del hombre que produce cosas y que inventa instrumentos para producirlas. El latín faber lo usa Ovidio para hablar de lo fabril, de lo que pertenece al artífice de cualquier arte.

No hay duda alguna: todos somos obreros. Todos somos seres de la praxis. La única novedad que introduce la filosofía es la de ella misma, o sea, la de una praxis impráctica, como la poesía (póiesis). La praxis impráctica que los griegos llamaron filosofía (philosophía) y ciencia (episteme) recibió, para distinguirla de las demás formas de praxis, sin dejar de ser una forma de praxis productiva (póiesis) el nombre de teoría (theoría). La distinción era necesaria porque se trataba de intenciones distintas, que ya existían en el arte de los poetas, y en el de la política, ya no pragmáticas, como las que uno tiene en el uso de las cosas para atender alguna necesidad. No hay, pues, una razón bien justificada para oponer la praxis a la teoría (como tanto se ha acostumbrado desde el siglo XIX), pero no pueden confundirse ni mezclarse, pues requieren actitudes virtuales distintas.

La administración es ante todo administración de la praxis humana. Donde hay una comunidad humana hay una colectividad de hombres que actúan. Ahora bien, las acciones requieren administración, desde las más sencillas hasta las más complejas. Entre los actos humanos, sin embargo, hay uno de importancia fundamental que llamamos trabajo (en griego, ergón). El acto laboral define al ser humano, pero no debemos confundir el trabajo con los modos múltiples y variados de ganarse el pan de cada día. El trabajo, nuestro trabajo, nuestro quehacer está en estrecha relación con nuestro ser, con lo que somos y con nuestro modo de vida, de ahí la íntima relación entre las formas de vida y las distintas vocaciones humanas. Donde hay trabajadores, hay administración del trabajo, sea cual fuere su grado de desarrollo o de sofisticación.

Hay animales que "intuyen" la necesidad de conservar alimentos para los crudos y largos inviernos. La civilización humana nace cuando en la experiencia de la acción propia se produce una comprensión real del tiempo, distinguiendo el presente del pasado y del futuro. Se sabe que en nuestra vida hoyes hoy, pero habrá un mañana, como hubo un pasado. La conciencia

del tiempo (que no es conciencia histórica sino hasta el siglo XIX) implica una forma peculiarmente humana de existencia, fundada en dos principios que hacen posible la cultura. Primero: hay que guardar para mañana; segundo: es preciso atesorar lo valioso. El principio humano de la administración podría hallarse en la idea de conservar, ordenar y distribuir en el tiempo, a tiempo y por razón del tiempo. La vida humana es temporal. Toda nuestra existencia se organiza en función del tiempo. Eso de que el tiempo es dinero no pasa de ser una de las perversiones de nuestro tiempo.

 

La administración (término castellano que deriva del latín administratio, onis) debió haberse formado del verbo administrar (como se sabe, es común que el sustantivo se origine en un verbo). Según Corominas, la palabra administración, en castellano, comienza a usarse hacia el año 1300, pero tanto el término como la acción son de antigüedad remota. Lo primero que se administra es la comida, el lugar en donde uno vive y los haberes de la vivienda. Por esta razón las palabras relacionadas con la administración derivan del término casa. Para los griegos el lugar físico de la casa se configura como la casa o morada interior, de la que empieza a hablar Platón en el Filebo. Del griego casa (oikos: habitación, vivienda, templo, residencia, bienes, propiedad, hacienda ... ) derivan ciertos vocablos que forman un universo de acciones relacionadas con la administración: oikonomeo (gobernar, administrar,' ser administrador), oikonomía (que hoy da origen a la palabra economía, y que significa originalmente dirección, gobierno, administración de una casa, mayordomía, ordenación, plan) y oikonomos (que quiere decir administrador, ecónomo, intendente, mayordomo, ministro). La palabra ministro significa "servidor", "oficial", y deriva del latín ministerium (de donde se articula "menester") que quiere decir "servicio", "empleo" u "oficio", y como derivado de minister aparece el latino administratio, onis. Ya Marco Fabio Quintiliano, retórico hispanolatino del siglo primero de nuestra era, en Instituciones oratoriae usa la expresión Ars administrativa para referirse concretamente a "el arte de manejar los negocios".

La información filosófica y etimológica constituyen buena parte de la investigación, pero es conveniente administrar bien nuestras razones para comprender la pregunta ¿qué es la administración?

Ahora bien, ¿estamos hablando de una especie de interregno epistemológico, como un espacio del saber que no tiene dirección científica? ¿Desde qué espacio teórico podemos plantear esta cuestión? En otras palabras: la pregunta por lo que es la administración, ¿pertenece al rango de la investigación que la misma administración puede llevar a cabo, o es una cuestión estrictamente filosófica? Ya sea que se trate de saber qué es la administración en cuanto un modo de conocimiento o en tanto una forma de acción humana, la filosofía parece ser la encargada de su análisis a través de una teoría general del conocimiento y una teoría general de la praxis.

Vale la pena, pues, tomar como dato del problema que nos ocupa, la dificultad que representa el hecho de que la pregunta por la administración parece una cuestión ajena a la filosofía, ya la vez no pertenece acreditada mente a ninguna disciplina científica conocida, de las que llamamos ciencias particulares. Sin embargo, se sabe que.se ha intentado responder esta cuestión mediante conocimientos principalmente de la economía, la sociología, la historia, la política y la psicología social. Pero tales intentos parecen dejar al administrador con la sensación de que no hablan de lo que él conoce por administración, y por otro lado, le despiertan la necesidad de contar con una adecuada teoría de la administración, que, como es evidente, solamente puede elaborar quien conoce bien esta profesión.

Lo que hasta aquí salta a la vista es la ambigüedad de la expresión "saber lo que es la administración". Se puede saber lo que es la administración en la medida misma de lo completa o incompleta que sea la formación en esta profesión. La cuestión es decidir hasta qué punto la formación en la administración proporciona conocimientos adecuados no sólo para saber administrar sino también para saber qué es la administración. Y de un modo más importante para lo que nos ocupa, sería conveniente averiguar de dónde provienen y de qué clase son conocimientos con los que se forma a los administradores; es decir, si tienen su origen en la experiencia profesional de los profesores, si se generan a partir del conocimiento de teorías administrativas, o ambas cosas a la vez. No obstante, con estas indicaciones no lograríamos aún romper el nudo de ambigüedad que hemos mencionado.

¿Qué es saber lo que es la administración? ¿Qué saber decide que la administración es un saber? ¿El saber de la teoría administrativa? Al parecer podemos con suficiente seguridad afirmar que el saber qué es la administración consiste, en primer lugar, en saber administrar; en segundo lugar, en saber teóricamente qué es la administración, y por último, en decidir filosóficamente la legitimidad del saber teórico de la administración, precisamente en cuanto teoría objetiva de una realidad determinada.

Sin distinguir los tres niveles, las confusiones se han multiplicado en diversos campos del conocimiento, especialmente en la física, en la psicología de los psicoanalistas, la sociología y la biología. Los científicos se sintieron enteramente liberados de las cadenas que imponen los recursos propios del análisis filosófico, y comenzaron a crear sus propias teorías epistemológicas ad hoc, si fuera mucho decir ad libitum. Esas epistemologías no filosóficas difícilmente rebasan el nivel de una versión personal, casi siempre interesante, del propio campo de trabajo.

Entonces, una cosa es administrar, y otra, saber qué es la administración. Y un tercer asunto es el de la cientificidad o carencia de cientificidad de la administración. Esta distinción se apoya en un razonamiento sencillo: las cuestiones relacionadas con los principios del ser y el conocer son menester estrictamente filosófico. Para que se entienda pronto lo que queremos decir, es completamente natural que el administrador aprenda a administrar sin necesidad de saber qué es la administración, de la misma manera en la que el poeta deja fluir en su propia palabra el talento de escribir poemas, sin que para él sea necesario saber qué es la poesía. La pregunta por el qué no se responde necesariamente averiguando el cómo. Cuando Sócrates, para averiguar si él es verdaderamente sabio porque sabe que no sabe, pregunta a los atenienses en qué consiste su quehacer, queda al descubierto dos formas de saber que no son equivalentes. El poeta hace poesía y sabe lo que es la poesía. Pero no sabe en verdad lo que es la poesía en el nuevo nivel de interrogación que ha descubierto la filosofía. A primera vista parece que no se puede administrar sin saber qué es la administración. y éste es un razonamiento correcto. Sin embargo, no es lo mismo saber prácticamente qué es la administración, apropiándose de todo tipo de nociones relativas a lo que es la administración, que saber teóricamente lo que es la administración, proporcionando razones suficientes de lo que es esta forma de acción humana.

Los poetas, poetizan; no piensan. Los administradores, administran; y normalmente no piensan con rigor teórico lo que es la administración. El pensamiento es tarea propia de la filosofía. Y ella misma ha gastado y gasta todavía muchas energías en pensar lo que es pensar. Porque pensar no es, como se piensa comúnmente, el simple acto de relacionar una cosa con otra. Pensar es, por ejemplo, descubrir mediante razonamientos cómo la razón da razón de lo real. Sin embargo, hay poetas y administradores en todas partes del mundo que se han dejado tentar por una especie de necesidad profesional de explicar su propio oficio (poetas como Paz, Gorostiza, Valery, Hölderlin; administradores como Taylor, Fayol, Drucker, Koontz...).

Ahora bien, la necesidad teórica de explicar su propio oficio de administrador, ¿hace posible que de un modo espontáneo o natural pueda construir una teoría de la administración? Sabe lo que es la administración en el nivel del saber hacer, del saber cómo, del saber práctico, pero tiene que dar un paso más, esencialmente asentado en la necesidad vocacional del logos de verdad, para saber lo que es la administración teóricamente hablando. Tiene que hacer ciencia, es decir, debe elaborar teorías científicas, que sustituyan necesariamente la mera comunicación de su experiencia personal profesional.

No constituyen un saber científico las ideas divulgadas por los manuales de administración, cuyo propósito es el de enseñar las mejores y novedosas maneras de administrar "con éxito". En general los manuales, que pueden ser útiles para las primeras aproximaciones al saber, resultan muy nocivos para él mismo cuando nada más lo suplen. Hay suplantación del conocimiento objetivo cuando se sustituye el saber qué y el saber para qué, con el saber cómo. La ciencia no es una gentil consejera para la acción, ni cuenta con un repertorio amplio o pequeño de recetas para hacer las cosas. El saber práctico, mucho más antiguo que las ciencias y la filosofía, siempre se las ha arreglado solo para salir adelante en su responsabilidad de hacer frente a la necesidad.

Pero entonces ¿cuál es la validez de esas teorías, sean de poetas o de administradores, de físicos o psicólogos, que parece que tienen un pie en su propio campo y otro en el de la reflexión filosófica? En el mejor de los casos, podría ser ciencia en serio y filosofía de aficionados. Las cuestiones filosóficas requieren de pensamiento filosófico. Mientras que el administrador administra con toda la sapiencia práctica que ha podido acumular en su experiencia profesional, el teórico de la administración plantea la pregunta general sobre lo que es la administración o interrogantes acerca de problemas teóricos diversos del campo administrativo. Es posible producir teorías científicas sin dejarse asfixiar por el terrorismo intelectual de exigencias de cientificidad preconcebida de los positivismos y los neopositivismos, ni por la moda de las autodenominadas metodologías de la investigación que ofrecen el mítico paraíso de la consecución segura de la verdad. Sólo se requiere espíritu científico, ethos vocacional, y vigilancia metódica: ética, lógica y epistemológica.

Lo que no está suficientemente claro es el maridaje de ciencia y profesión. Podemos sospechar del carácter de cientificidad de lo que llamamos profesiones, porque la administración, como otras disciplinas universitarias, está experimentando un conflicto interno que puede pervertir el ejercicio de la búsqueda de la verdad. Es preciso estar alerta frente a la pretensión de llamar ciencia a cualquier profesión y profesión a toda actividad científica. Entre otras "profesiones", la administración, como la misma filosofía, está actualmente en un vaivén constante entre la vocación de verdad y el saber práctico quela sociedad (pueblo, partidos, empresas y gobierno) les exige como la cosa más natural del mundo. En la segunda, la exigencia profesional ha recreado la común pero extraña figura del profesor de filosofía, que hace mucho tiempo ha sido rechazada por los filósofos. Se ganan el pan mediante la docencia, y por lo general, como en una especie de reacción de desquite, sólo transmiten conocimientos filosóficos en lugar de pensar y repensar por cuenta propia, con la pasión de la razón, los problemas filosóficos. En la primera, la exigencia profesional que irremediablemente ha de atender el administrador para mantenerse en su trabajo (y que en nuestros días parece incluir la entrega casi incondicional a los intereses de una empresa o de una organización), lo alejan aún más que al filósofo del camino de los buscadores de la verdad. En el caso del médico, por ejemplo, la exigencia profesional le obliga a depender cada vez más de los instrumentos de la tecnología y de un bien editado vademecum (facilitando en gran medida la pérdida de las cualidades extraordinarias de la mirada clínica, que se agudiza por amor de la salud del prójimo), y ya no tanto de su apasionamiento por el conocimiento de la anatomía, la fisiología, la patología...

Se es profesional, en el sentido ético; y se es profesionista, porque se profesa o se ejerce una profesión u oficio. La exigencia de profesionalización puede implicar dos cosas al mismo tiempo. En primer lugar, plausiblemente, la adopción (voluntaria o gremial) de una responsabilidad ética propia de la profesión. En segundo lugar, inquietantemente, la capacidad, en el mismo sujeto, para ser buscador de la verdad y para resolver problemas prácticos. Estas dos habilidades pueden convivir en una misma persona, pero obedecen a intenciones distintas, de saberes diferentes. Las exigencias que perentoriamente la sociedad puede plantear a la universidad (particularmente la de las empresas, las organizaciones civiles y las del gobierno) no necesitan tomar la forma agresiva de insolentes reclamaciones públicas o de la amenaza y el cumplimiento de una reducción de presupuestos, porque ya han quedado instaladas internamente bajo la forma de las "profesiones" que en ella se ofrecen. No está de más la idea de que no se suele servir bien a dos amos al mismo tiempo. Si la institución universitaria se limita a formar profesionistas no debe extrañar el hecho de que carezcan de las bondades de la vocación científica; si se considera que todo profesional es un científico, debemos acostumbrarnos, aunque de mala gana, a una idea enteramente pobre del saber científico. Entonces la autonomía universitaria funciona para que los profesores y los alumnos investiguen lo que quieran, siempre y cuando el producto de sus indagaciones favorezca el desarrollo profesional, o el desarrollo nacional. En nuestros días podría parecer algo muy natural la exigencia de que los proyectos de investigación tengan "una utilidad" nacional o comunitaria. Pero el beneficio que la ciencia proporciona a la comunidad radica en la búsqueda de verdades, no en las verdades encontradas.

Nuestro universitario, mitad profesionista y mitad científico, puede terminar por renunciar a la ciencia. Por ejemplo, el administrador, dentro de la empresa, se acerca apresuradamente a la tecnología como lo exige la simple fórmula de lograr siempre y a toda costa bajos costos, bajos salarios y producción y ganancias abundantes. Su otro yo de administrador, el del saber desinteresado, despierta sus escrúpulos y lo alerta frente a los resultados deshumanizantes de la tecnología, cuya razón calculadora no mide consecuencias ni da razón de nada. El yo práctico de nuestro universitario, el meramente "profesional", le convierte rápidamente en un apologista fanático de la eficiencia (fácilmente incapacitado para poner en duda si los conocimientos útiles son los que vale la pena aprender en escuelas y universidades). Ya no cree o nunca imaginó siquiera que sea válida una ciencia de conocimientos inútiles. Sabe que es algo natural que el interés vaya junto a la acción, pero empieza a pensar firmemente que es igualmente natural que el interés acompañe al saber. Lo demás es "mera especulación", y como a veces le faltan las palabras por despreciar demasiado el lenguaje (después de haber desdeñado el ser de las cosas mismas), puede angustiarse al considerar que pierde el tiempo meditando, pensando, analizando, y a toda prisa, con la prisa propia de nuestros tiempos, desea urgentemente "aterrizar" las ideas, lo cual quiere decir que hay que volver, lo más pronto posible, al nivel de lo útil.

No cabe duda de que en armonía con la exigencia profesional el filósofo debiera sentirse útil enseñando lógica, ética e historia de las doctrinas filosóficas en la preparatoria o filosofía de la ciencia o teoría del conocimiento en facultades y escuelas. Si llegara a convencerse de ello, probablemente terminaría por odiar su propio quehacer, y tal vez lo abandonaría en un momento determinado. En cambio, su yo no profesional, en una reacción vocacional, le pide que piense en serio, que aborde profundamente los problemas del ser y el conocer, de la historia y de la ciencia, el desarrollo del hombre y su deshumanización ...
El problema central que queda así escuetamente bosquejado es muy simple, y quizá por lo mismo fácilmente pasa inadvertido: en lugar de la vieja alternativa shakespereana (la de Hamlet) que nos hizo creer que la cuestión era decidir entre ser o no ser, parece que la realidad, cruda y brutalmente, nos plantea hoy una nueva opción que pronto puede desvanecerse como tal por la imposición de lo útil: o somos útiles o perecemos. Sin embargo, no se trata de evitar la eficiencia, sino de conseguirla éticamente. Haciendo bien las cosas, por razones éticas, podemos ser eficientes, en lugar de perseguir esa eficiencia que en su nombre pretende que todo sea sacrificado. Y si planteamos otra vez la pregunta ¿qué es la administración? quisiéramos saber quién tiene la palabra: ¿la profesionalización o la cientificidad? No cabe duda, quedamos perplejos cuando formulamos alguna interrogación.

 

Referencias bibliográficas

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Demócrito. Fragmento B 33.

HEGEL, Jorge Guillerrno Federico, Filosofía de la historia [Vorlesugen über die Philosophie der Geschichte,1837],  tr. de José María Quintana Cabanas, Barcelona: Ediciones Zeus, 1970. Sobre el concepto de conciencia histórica

Nicol, Eduardo, La primera teoría de la praxis, Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978. Sobre la teoría de la praxis en Platón.
 
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—, Los principios de la ciencia, México, Fondo de Cultura Económica, 1965. Sobre los distintos aspectos de la objetividad y el método.

Platón. Diálogoscomo Gratilo, Sofista, Cármides, etc., sobre el concepto de praxis.

—, Filebo [Philebos], 62 a. Sobre el concepto de morada.

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San Agustín, Confesiones [Confessiones], en Obras de San Agustín, t. 11, p. 297, ed. bilingüe, preparada por Victorino Capanaga, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, MCMLXIX.

Scheler, Max. La idea del hombre y la historia [Mensch und Geschichte],   tr. de Juan José Olivera, Buenos Aires: La Pléyade, 1980.

Shakespeare, William, Hamlet, príncipe de Dinamarca, en Obras completas, estudio preliminar, traducción y notas de Luis Astrana Marín, M. Madrid: Aguilar, Madrid, s/a.

Silva Camarena, Juan Manuel (coordinador), Meditaciones sobre el trabajo, División de Investigación, Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México, 2003. Textos sobre el concepto de trabajo escritos por Josu Landa, Antonio Marino y Jesús Rodolfo Santander; prólogo de Jorge Ríos Szalay, e introducción de Arturo Díaz Alonso.

Valbuena, Manuel. Nuevo Valbuena o Diccionario latinoespañol, con mejoras al texto de Valbuena por Vicente Salvá, Garnier Hermanos, París, 1850. Sobre faber, usado por Ovidio, p. 328; sobre el latín administrativus en Quintiliano, p. 22.

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