Condenados a ser libres

Jean-Paul Sartre

Traducción de Juan Manuel Silva Camarena

 

Publicada en Zéthesis,  Boletín de la Academia de Investigación y Ética, de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México, 2, septiembre (2003), 9-11.

 

Sobre el significado de la expresión «estamos condenados a ser libres». Esta frase nunca ha sido bien comprendida. Sin embargo, es la base de mi moral. Partamos del hecho de que el hombre está-en-el-mundo. Es decir, se trata al mismo tiempo de una facticidad sitiada y un proyecto de superación. En tanto que proyecto, el ser humano asume la superación de su situación. Aquí nos aproximamos a Hegel y a Marx: aufheben es mantenerse en la superación. Toda superación que no es conservación representa una huida en lo abstracto. Yo no puedo desembarazarme de mi situación de burgués, de judío, etcétera, sino asumiéndola para cambiarla. Inversamente no puedo mantener en mí mismo ciertos estados o cualidades de las que me enorgullezco sino superándolas para mantenerlas. Es decir: no conservándolas tal cuales (virtudes muertas) sino haciendo perpetuamente hipótesis nuevas para un futuro nuevo. No conservo lo que soy sino por medio del movimiento a través del cual invento eso que quiero ser. No puedo superar lo que soy sino conservándolo. Perpetuamente tengo que darme lo dado, es decir, tomar mis responsabilidades frente a eso. Pero como soy una facticidad sitiada, como no puedo actuar sino siendo y haciéndome de la naturaleza de eso que actúo —como actúo en la superficie de la pasividad—, estoy no sólo perpetuamente expuesto al mundo, sino perpetuamente modificado por detrás. Mi situación, estando, en uno de sus aspectos, sitiada por la totalidad del mundo, cambia como cambia el mundo. Es cambiada por el mundo, y en la medida en que soy pasividad me veo afectado en mi misma facticidad por el orden del mundo. Por ejemplo, atravesando una zona de contagio me veo afectado, es decir, contaminado. He ahí la tuberculosis, por ejemplo. Aquí aparece la maldición (y la grandeza). Esa enfermedad, que me infecta, me debilita, me cambia, bruscamente limita mis posibilidades y mis horizontes. Yo era todo actor o deportista. Con mis dos pulmones inflamados, ya no puedo serlo. Así negativamente se me descarga de toda responsabilidad tocante a esas posibilidades que el curso del mundo vino a quitarme. Eso es lo que el lenguaje popular nombra como un estar disminuido. Esta palabra parece recobrar una imagen correcta. Yo era un ramillete de posibilidades. Se le quitan algunas flores, y el ramillete queda en el florero disminuido, reducido a algunos elementos. Pero en realidad no es nada: esa imagen es mecánica. La situación, aunque venida desde afuera, debe ser vivida, es decir, asumida en una superación. Se dice con verdad que se me han quitado esas posibilidades, pero también es cierto decir que yo renuncio o me aferro, que no quiero darme cuenta de que se me han quitado o me someto a un régimen sistemático para reconquistarlas. En una palabra, esas posibilidades no son suprimidas sino reemplazadas por una elección de actitudes posibles contra la desaparición de esas posibilidades. Por otra parte surgen con mi estado nuevo posibilidades nuevas. Posibilidades con respecto a mi enfermedad (la de ser buen enfermo o mal enfermo); posibilidades frente a mi condición (ganarme de todos modos la vida, etcétera).

 

Un enfermo no posee ni más ni menos posibilidades que alguien con buena salud. Tiene su abanico de posibles, como el otro. Y tiene que decidir sobre su situación. Es decir, asumir su condición de enfermo para superarla (hacia la curación o hacia una vida humana de enfermo con horizontes nuevos). La enfermedad es una condición al interior de la cual el hombre es de nuevo libre y sin excusas. Tiene que tomar la responsabilidad de su enfermedad. La enfermedad es una excusa para no realizar las posibilidades de no enfermo, de sano. Pero eso no es sino una más de las numerosas posibilidades de enfermo. Hay, por ejemplo, un Mitsein (un ser-con) del enfermo con su entorno que le reclama ahora (como antes en su vida de sano), cierta dosis de inventiva, generosidad y tacto. Sale sobrando el hecho de que no haya querido esa enfermedad, y que hoy tiene que quererla. Lo que no depende de él (ouk ef umin) es la brusca supresión de las posibilidades. Lo que depende de él es la invención inmediata de un proyecto nuevo a través de esa supresión brusca. Y como debe asumirla necesariamente para cambiarla, la negación romántica de la enfermedad por parte del enfermo es algo totalmente ineficaz. Hay verdad, así, en la moral que pone la grandeza del hombre en la aceptación de lo inevitable y del destino. Pero esta idea está incompleta, pues no debe asumirla sino para cambiarla. No se trata de que adopte su enfermedad o de que se instale en ella, sino de que viva según las normas para seguir siendo hombre. Así mi libertad es condena, porque yo no soy libre de estar enfermo o no estarlo, y la enfermedad me viene de fuera, no es mía, no me concierne, no es una falta mía. Pero como yo soy libre, me apremia mi libertad para hacerla mía, hacerla mi horizonte, mi perspectiva, mi moralidad. Estoy perpetuamente condenado a querer lo que no he querido, a no querer eso que he querido, a reconstruirme en la unidad de una vida en presencia de destrucciones que me infringe el exterior. La enfermedad, ciertamente, es una excusa para las posibilidades que ella simplemente me ha quitado. Mi excusa para ya no representar la comedia (si fuera actor), pero justamente para esas posibilidades muertas, para las posibilidades que ya no son las mías. Pero para mi vida viva de enfermo ya no es una excusa, es sólo condición. Así permanezco sin reposo: siempre transformado, minado, laminado, arruinado desde afuera, y siempre libre, siempre obligado a tomar por mi cuenta la responsabilidad de eso de lo que yo no soy responsable. Totalmente determinado y totalmente libre. Obligado a asumir ese determinismo para colocar más allá los límites de mi libertad, para hacer de ese determinismo un compromiso más.

[Jean-Paul Sartre, Cahiers pour une morale, Éditions Gallimard, París, 1983, Cuaderno II, pp. 447-449. Estos Cuadernos para una moral fueron escritos por el filósofo francés entre 1947 y 1948; la conferencia titulada «¿El existencialismo es un humanismo?» fue publicada un año antes, en 1946].

 


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