La enseñanza de la ciencia

juan manuel silva camarena
2003

Palabras publicadas Zéthesis,  Boletín de la Academia de Investigación y Ética de la Facultad de Contaduría y Administración, Universidad Nacional Autónoma de México: núm. 1, agosto (2003), 5-7.

 

Queridos colegas y amigos:

Ahora que comienza el nuevo período de clases es oportuno meditar, aunque brevemente, sobre el sentido actual de nuestras labores docentes. Nuestra reflexión puede partir de la pregunta más directa posible: ¿qué hacemos y para qué lo hacemos?

La mayoría de nosotros está dedicada a la enseñanza de lo que es la ciencia, de manera que la pregunta sobre lo que hacemos es tan superflua como todo lo que está de más. Sin embargo, no siempre está de más pensar en lo que hacemos. La interrogación sobre el qué y la que se propone averiguar el para qué, es algo que hoy viene a cuento para mejorar nuestro quehacer.

En efecto: ¿para qué enseñamos lo que es la ciencia? ¿Cuál es el propósito de que nuestros alumnos logren comprender la actividad científica como una búsqueda de la verdad sin segundas intenciones? ¿Lo primordial para la promoción y defensa de la vocación de verdad es la idea de que la investigación científica debe ser rigurosa, metódica y objetiva? ¿Dónde encaja la convicción fundamental de que nada afianza más la libertad humana como el ejercicio de nuestra capacidad para indagar lo que son las cosas en sí mismas, independientemente del provecho que podamos obtener de ellas sabiendo para qué sirven?

No debemos. olvidar que la primer teoría de la vocación científica, la que Platón presenta en su diálogo titulado «Fedón», puede ser tan vigente hoy como lo fue en la Academia fundada por este discípulo de Sócrates cuatro siglos antes de nuestra era.

El maestro de Platón razona en este texto acerca de lo que es la vida de todo buscador de la verdad, como científico o filósofo, en una conversación que supuestamente tuvo lugar en una pequeña ciudad del Peloponeso, en la víspera del juicio que determinaría su muerte, al ser condenado a beber la cicuta, como resultado de una votación legal pero injusta. Dijo Sócrates:

Es forzoso que a raíz de todo eso se les produzca a los auténticamente filósofos una opinión tal, que se digan entre sí unas palabras de este estilo, poco más o menos: «Puede ser que alguna senda nos conduzca hasta el fin, junto con el razonamiento, en nuestra investigación, en cuanto a que, en tanto tengamos el cuerpo y nuestra alma esté contaminada por la ruindad de éste, jamás conseguiremos suficientemente aquello que deseamos. Afirmamos desear lo que es la verdad. Pero el cuerpo nos procura mil preocupaciones por la alimentación necesaria; y, además, si nos afligen algunas enfermedades, nos impide la caza de la verdad. Nos colma de amores y deseos, de miedos y de fantasmas de todo tipo, y de una enorme trivialidad, de modo que ¡cuán verdadero es el dicho de que en realidad con él no nos es posible meditar nunca nada! Porque, en efecto, guerras, revueltas y batallas ningún otro las origina sino el cuerpo y los deseos de éste. Pues a causa de la adquisición de riquezas se originan todas las guerras, y nos vemos forzados a adquirirlas por el cuerpo, siendo esclavos de sus cuidados. Por eso no tenemos tiempo libre para la filosofía, con todas esas cosas suyas. Pero el colmo de todo es que, si nos queda algún tiempo libre de sus cuidados y nos dedicamos a observar algo, inmiscuyéndose de nuevo en nuestras investigaciones nos causa alboroto y confusión, y nos perturba de tal modo que por él no somos capaces de contemplar la verdad.

«Conque, en realidad, tenemos demostrado que, si alguna vez vamos a saber algo limpiamente, hay que separarse de él y hay que observar los objetos reales en sí con el alma por sí misma. y entonces, según parece, obtendremos lo que deseamos y de lo que decimos que somos amantes, o sea, de la sabiduría (como filósofos), una vez que hayamos muerto, según indica nuestro razonamiento, pero no mientras vivimos. Pues si no es posible por medio del cuerpo conocer nada limpiamente, una de dos; o no es posible adquirir nunca el saber, o sólo muertos. Porque entonces el alma estará consigo misma separada del cuerpo, pero antes no, y mientras vivimos, como ahora, según parece, estaremos más cerca del saber en la medida en que no tratemos ni nos asociemos con el cuerpo, a no ser en la estricta necesidad, y no nos contaminemos de la naturaleza suya, sino que nos purifiquemos de él, hasta que la divinidad misma nos libere. Y así, cuando nos desprendamos de la insensatez del cuerpo, según lo probable estaremos en compañía de lo semejante y conoceremos por nosotros mismos todo lo puro, que eso es seguramente lo verdadero. Pues al que no esté puro me temo que no le es lícito captar lo puro.»

Al maestro de Platón no se le dificulta el llegar a una conclusión: «Creo que algo semejante, Simmias, es necesario que se digan unos a otros y que mantengan tal creencia los que rectamente aman el saber. ¿No te lo parece así?»

¿A nosotros, en el siglo XXI, nos lo parece así? Tal vez lo que dice el filósofo griego nos suene como un discurso bastante extraño para nuestros tiempos. Quizá para nosotros, tan acostumbrados a sacar provecho de todo, nos parezca inconcebible y absurda la posibilidad de contar con una forma de conocimiento que no sea útil en función de nuestras necesidades. Es probable que sintamos la fuerza de un aparentemente inexplicable impulso de deshacernos lo más pronto posible del significado de expresiones tan anticuadas o fuera de moda como las de «amantes del saber», «conocer algo limpiamente», «purificación del cuerpo», «estar puro», «desear la verdad», «cuidados del cuerpo», «contaminación del alma», «captación de lo puro», «búsqueda de la verdad», etcétera. Pero si no queremos hacemos cargo de estos asuntos, aunque usáramos palabras nuevas para asuntos viejos, ¿estaremos capacitados para hacemos cargo de nuestra propia vida?

A propósito, pues, del para qué de nuestro quehacer: aunque parezca insignificante, probablemente la duda que pueda nacer de la más pequeña perplejidad sea algo que debamos promover urgentemente en el ánimo de nuestros alumnos para que estas cuestiones, nunca es tarde, empiecen a sonar como algo familiar y con sentido.

Juan Manuel Silva Camarena
Presidente de la Academia Investigación y Ética
De la Facultad de Contaduría y Administración
Universidad Nacional Autónoma de México
 Jueves 14 de agosto de 2003.

 


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