No todo se vale

juan manuel silva camarena
2003

 

Palabras pronunciadas en la Academia de Ética e Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración de la Universidad nacional Autónoma de México el 1 de marzo de 2003, transcripción  publicada en el Boletín de la Facultad: Algo más, Gaceta de la Facultad, México, III, abril (2003), 28.

 

Amigos y colegas:

Al comenzar un nuevo semestre en nuestras actividades universitarias conviene meditar un poco en torno al sentido de nuestro quehacer docente como profesores de ética. No cabe duda de que en nuestros días alguien, sin inmutarse demasiado y tal vez con mucho cinismo, podría plantear una pregunta como esta: “¿Ética, para qué?”, como si nuestro tiempo no fuera ya un tiempo para la ética. Afortunada o desafortunadamente hoy es fácil imaginar una época  semejante, en la que la mayoría de las personas creyera que sale sobrando la ética cuando ya nada en la vida se resuelve exitosamente con criterios morales. Se trataría de un mundo en el que la moral habría pasado de moda, volviéndose  algo extemporáneo y en gran medida un mero estorbo para el desempeño exitoso de las actividades humanas. En un mundo tan gravemente deshumanizado la moral y lo espiritual  habrían sido sustituidos atinadamente por ese tipo de inteligencia que en cada momento sabe qué hacer y cómo hacerlo porque consiste ante todo en una habilidad que  permite siempre “ponerse listo” en el desarrollo de las acciones. Se trataría, en efecto, del ocaso de la moral.

El ser humano que en todos los momentos de la historia pudo considerarse a sí mismo como un ser ético por ser incapaz de permanecer  indiferente frente a las acciones de los demás y frente a sus propias acciones, habría conquistado finalmente la capacidad de la indiferencia suficiente para tener éxito en las difíciles condiciones actuales de subsistencia. Indiferencia que habría sido suficiente, dramática y paradójicamente, para deshumanizar al hombre y para convertir su mundo en algo más temible que una jungla porque regiría en ella la inteligencia perversa “del lugar y el momento oportunos” de la acción exitosa, en lugar de la ingenua e inocente inteligencia animal cuya conducta nunca es compatible con la injusticia. La corrupción que en la moral  introdujo la educación moral del premio y el castigo, pervirtiendo la auténtica moral fundada en la convicción de que lo que está mal, está mal, y por tanto que  hay cosas que no se hacen, habría tenido consecuencias menores que el actual amoralismo apoyadoen la idea de que todo está permitido porque todo se vale, cuando se trata precisamente del éxito de la acción.

No hay duda alguna de que cuando enseñamos ética nuestra labor docente tiene la finalidad de lograr que nuestros alumnos se apropien, en la medida de lo posible, de los conocimientos conseguidos mediante los análisis, las descripciones y el poder de comprensión de los diversos planteamientos de la ética. Pero el sentido ético de la reflexión ética, derivado del ethos profesional de la filosofía, como si en todo caso tuviéramos que “echar un ojo al gato y otro al garabato”, nos obliga incuestionablemente a añadir a la meditación teórica, para restaurar lo que podemos llamar el régimen de lo moral, un compromiso de la razón práctica, o sea ética, que es un compromiso con nosotros mismos, con nuestra existencia moral.  Igual que la responsabilidad moral de la filosofía impide la arbitrariedad en  los conocimientos de la ética, ésta se pronuncia en contra de toda posible arbitrariedad en la acción cuyo sustento pudiera estar sostenido en la idea arbitraria de que todo se vale.

El restablecimiento del régimen de la moral  se funda en el principio de la moral según el cual no todo está permitido,  porque no todo se vale cuando se trata, no del éxito de la acción, sino de la ética de la acción. Dentro de este ámbito hay cosas que no se hacen, debido a que, a menos que dejemos de ser lo que somos en tanto que seres humanos,  no podemos permanecer indiferentes frentes a nuestra propia conducta y frente a la de nuestro prójimo. Esta imposibilidad nos salva.  Hay cosas que no se hacen  porque las juzgamos moralmente malas, si no hemos perdido aún nuestra incapacidad para la indiferencia. Y cuando esta incapacidad de indiferencia que es fundamento de lo ético se encuentra seriamente amenazada, entonces es hora de pensar en los enemigos de la ética.

Será algo evidente de suyo el logro que habremos alcanzado si nuestros oyentes en las aulas pueden hacer suya la idea de que no todo se vale, ni en nuestra vida profesional (en el ejercicio de la administración, la contaduría y la informática), ni en las acciones cotidianas de nuestra existencia.

 

Juan Manuel Silva Camarena
Presidente de la Academia de Investigación, Ética y Humanismo de
 la Facultad de Contaduría y Administración de la Universidad Nacional Autónoma de México.
1o. de marzo del 2003.

 

 


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