Hans-Georg Gadamer (1900-2002)
In memoriam

juan manuel silva camarena

 

Hans Georg Gadamer falleció el 13 de marzo del 2002 en un hospital de la ciudad de Heidelberg. Inevitablemente se sorprende uno cuando advierte que este pensador alemán nació hace más de cien años, en 1900, al comenzar el siglo XX. ¡De qué sucesos y vicisitudes de la historia de la humanidad y de la filosofía pudo ser testigo! El 11 de febrero del 2000 en la Universidad de Heidelberg “Ruperto Carola”, se festejó con emoción, excitación y reverencia sus cien años de vida. Ningún filósofo en la historia  del pensamiento había sido objeto de una celebración semejante.


Este acontecimiento, que dio lugar a un Coloquio extraordinario al que asistieron, junto a altas autoridades políticas de Alemania, pensadores y científicos de todo el mundo, fue anunciado en carteles que se colocaron en diversos lugares de la ciudad, como en las librerías de la Universitätsplatz, en la que está, frente a la Fuente del León del Palatinado, el edificio antiguo de la universidad, con su techo barroco, arqueado, en el que se levanta la torrecilla del campanario y del reloj, y sus atractivos portales que dan acceso, entre otros espacios, a la Rectoría y a la hermosa Aula principal, que tiene un revestimiento de  cuadrículas de artesonado de madera y bellas pinturas, construido en 1886 (con motivo de los quinientos años de la fundación de esta institución universitaria, en 1386). El edificio nuevo de la universidad se encuentra en el lado sur de esta misma plaza, y sólo lo adorna una escultura de Palas Minerva sobre la entrada, con una inscripción en la que se puede leer “al espíritu viviente” (y que los nacionalsocialistas cambiaron, dedicándola “al espíritu alemán”, hasta que en 1945 se repuso la inscripción original).


En 1987, en una ocasión en que realizábamos un merecido homenaje a mi maestro Eduardo Nicol en su octogésimo aniversario, deseando devolvernos en un acto de cortesía el mérito a quienes lo homenajeábamos, dijo que envejecer era algo que no tenía mérito en sí mismo: “Sólo hay que esperar: la cosa se hace sola”. Pero él sabía que en realidad no se festejan los años, sino los méritos. Se puede ser filósofo, y se puede vivir ochenta o más de cien años. No es que se trate de cosas difícilmente conciliables. Pueden darse ambas cosas, oficio y envejecimiento, sin que haya nada que reconocer.
Ahora estamos lamentando la muerte de Gadamer. Hablamos de un hombre excepcional, pensador auténtico, que supo defender la dignidad de la universidad en su gozne esencial, el de la libertad científica, en épocas de guerra, inciertas y extremadamente difíciles, y en momentos de indiferencia, desánimo y fanatismo. Gadamer: un pensador que con la honestidad de verdadero discípulo, pudo señalar la independencia de su pensamiento al admitir, en todo momento, sus deudas con su maestro: “A mi manera, he intentado ayudarme del pensamiento de Heidegger para seguir mi propio camino” (Philosophische Lehrjahre, 1977: Los años de aprendizaje filosófico).


El camino de Gadamer fue el de la restauración y exploración de la estructura dialógica del pensamiento, descubierta por Sócrates y Platón, y en relación con esa tarea dedicó la mayor parte de su vida académica a la elaboración tenaz y profunda de la fundamentación de una hermenéutica filosófica. Gadamer: un filósofo que pudo experimentar en vida (podemos suponer que la suya fue una vivencia enteramente peculiar) la admiración, el respeto y la gratitud de una comunidad mundial de intelectuales, pensadores y artistas, antes de que la mano de la muerte lograra paralizar sus pasos y su espíritu. Hacía poco tiempo, pues, que la Universidad de Heidelberg, la más antigua de la Alemania actual, estaba de fiesta por el cumpleaños insólito de un profesor de filosofía. Ahora, esta universidad, y la filosofía, están de luto.


Para elaborar este duelo, los filósofos tendrán que tomar la palabra y la pluma para hablar y escribir acerca de Gadamer. Será menester que se pongan a hablar de él, con él y con su obra, para que su pérdida sea un poco más tolerable; digamos, más llevadera… Es como una estrategia de resignación para poder conformarse con su ausencia. Algo que uno nunca sabe si será posible alcanzar.
Tendremos que hablar de Gadamer. En realidad, de él ya se ha hablado mucho, quizá demasiado. Pero por más indiferente que algún filósofo se haya mantenido frente a la tan frecuentemente aludida hermenéutica, no puede ignorar que ella se ha apoderado ya de la mayoría de los foros filosóficos, nacionales e internacionales, y que casi cualquier discusión filosófica termina o comienza con una apelación a lo que Gadamer llama la “experiencia hermenéutica fundamental”.
Y una de dos: o la pobreza de ideas, o sea la penuria del pensamiento filosófico al final del milenio y al comienzo de siglo XXI hace resaltar el hecho de que la hermenéutica puede ofrecer un camino a los que quieren avanzar en el saber filosófico, o la hermenéutica es sólo una filosofía de moda a la que se le podría aplicar el juicio de Heidegger, según el cual, como el pensar es intempestivo, cuando las ideas están de moda se trata de un pensamiento del que seguramente se ha abusado o de una filosofía que no se ha comprendido correctamente (cfr. Einführung in die Metaphysik: Introducción a la metafísica, 1953). Él, por supuesto, se refería al existencialismo; nosotros, a la hermenéutica, a la cual creando una fea palabra podríamos nombrarla como un “ismo”.


Quizá se pueda hacer frente de algún modo al alud hermenéutico (que, tal vez como una masa de ideas, con violencia se viene abajo desde las cumbres altas del pensamiento gadameriano y sin que pueda evitarse va a parar a las aulas en las que se enseña filosofía en alguna parte del mundo). No hay que olvidar las palabras con las que el propio Gadamer se defendió del nacionalsocialismo, exponiéndose peligrosamente, según nos cuenta en su escrito Selbstdarstellung Hans-Georg Gadamer (Autopresentación) iniciada en 1973, y concluída en 1975, e incluido en Verdad y método II): “Wer philosophiert, ist mit den Vorstellungen seiner Zeit nicht einig”: “el que filosofa no está de acuerdo con las ideas de su tiempo”. No podemos, desde luego, comparar una doctrina política tan nefasta con una propuesta filosófica. Pero las filosofías también pueden representar un peligro para la filosofía, y así lo entendía el mismo Gadamer: “…a todos resulta enormemente instructivo e inesperadamente aleccionador ver cómo los tópicos de moda condicionan y bloquean las cuestiones de la filosofía” (Los años…).


Sea que se admita o no, la hermenéutica es una filosofía de nuestro tiempo que realmente da la impresión de estar de moda. Pero en filosofía, las prisas por estar al día no tienen ningún sentido, ni atina el filósofo a justificarlas de manera alguna. Son de otra naturaleza los saberes que pierden toda su fuerza cuando no están al día. La investigación filosófica, por el contrario, se fortifica más mirando hacia atrás que teniendo la vista fija en el presente. El presente sólo puede entenderse desde el propio presente, iluminado por el pasado, aunque el pasado reciba luz desde el presente. De esto sabía Gadamer. Todos estamos al tanto de que él, gracias a Heidegger, tenía la mirada bien puesta en el pasado griego de la filosofía. Y así como él les decía a sus alumnos que tenían que leer a los griegos para poder entender a Heidegger, nosotros deberíamos decir a los nuestros que se tiene que leer primero a Platón y Aristóteles (sobre todo a Platón, a quien Gadamer consideró siempre como el centro de sus estudios), para entender al filósofo que explicaba hermenéutica en el Seminario de filosofía de Heidelberg.
Sin embargo, para esa tarea hay otras lecturas obligadas. Hegel y Husserl. Y la lectura de Heidegger también es indispensable. Para el joven Gadamer, Heidegger significó el apoyo principal para tomar distancia de sus profesores de Marburgo, Natorp y Hartmann. “Los jóvenes extremaron su crítica al metodologismo de las escuelas neokantianas, mientras elogiaban la descripción fenomenológica de Husserl. Pero fue sobre todo la filosofía de la vida, detrás de la cual estaba Friedrich Nietzsche, el ‘acontecimiento’ europeo” (Autopresentación). Eso pasaba en los años veinte. Y mucho tiempo después, al final de la segunda guerra, como rector de la Universidad de Leipzig, Gadamer se negó a cumplir las órdenes de los oficiales rusos de retirar el nombre de Nietzsche de la lista de alumnos brillantes de esta universidad.


Para los estudiantes, Husserl fue una esperanza que duró poco: “…el propio Husserl, que con todo su genio analítico y su infatigable paciencia descriptiva buscaba siempre una evidencia última, no encontrará un mejor apoyo filosófico que el del idealismo trascendental de cuño neokantiano, ¿de dónde llegaría amparo intelectual? Lo trajo Heidegger. Unos aprendieron de él lo que fue Marx, otros lo que fue Freud, y todos nosotros, en definitiva, lo que fue Nietzsche. Lo que a mí me interesó de Heidegger era que podíamos ‘repetir’ la filosofía de los griegos, una vez que la historia de la filosofía escrita por Hegel y reescrita por la ‘historia de los problemas’ del neokantismo había perdido su  fundamentum inconcussum: la autoconciencia” (Autopresentación). Ese auxilio intelectual nunca lo olvidó Gadamer (y nunca lo debíamos ovidar los demás que también lo recibimos), reconoció siempre que lo más importante lo aprendió de Heidegger y le sorprendió que su crítica a Jaeger le hubiera traído prestigio en el círculo de los filólogos: “a pesar de profesarme discípulo de Heidegger” (Autopresentación).


En 1977, Vittorio Klostermann publicó el libro de Gadamer al que ya hemos hecho referencia: Philosophische Lehrjahre: Los años de aprendizaje filosófico, que en 1996 una editorial de Barcelona, Herder, publicó como Mis años de aprendizaje. Este escrito lo comencé a leer una tarde del invierno de 1997, consciente de que habían pasado veinte años de la rememoración de Gadamer, cuando caminaba por las calles de la parte norte de la ciudad vieja de Heidelberg, sentado en una banca en la orilla del impresionante río Neckar (Neccar Fluvius, como lo llama un mapa de 1620). Había llegado ahí por la calle Steingasse, que va desde la Iglesia del Espíritu Santo (Heiliggeistkirche) hasta el Puente Viejo (Alte Brücke), el  Karl-Theodor-Brücke, que une las dos orillas del río. Desde ahí, o desde la orilla del lado norte, en “El camino de los filósofos” (Philosophenweg), o desde cualquier parte, sin necesidad de subir por los aparentemente interminables escalones que permiten a uno ascender por los muros de piedra arenisca, puede contemplarse lo que queda del impresionante Castillo de Heidelberg (cuya construcción original romana se remonta al año 80 después de Cristo, y que ya muy transformado se menciona por primera vez en un documento oficial de 1225), en una vista no sé qué tan distinta de la que consignó en sus Recuerdos de viaje Walter Benjamin: “Las construcciones cuyas ruinas se elevan hacia el cielo resultan a veces doblemente hermosas los días claros, cuando la mirada se cruza con nubes que pasan a través de sus ventanas o en sus partes más altas. La destrucción reafirma, gracias al efímero espectáculo, la eternidad de aquellas ruinas”. Al día siguiente, para disfrutar emocionado las páginas que narran sus recuerdos de esta ciudad, me fui por la calle principal, desde la Plaza del Mercado, que se halla a un lado de la mencionada iglesia, hasta la Plaza Bismarck, para sentarme en una banca que, a diferencia de la otra, estaba semicubierta, seguramente para encarar las inclemencias del frío, donde la gente, en particular estudiantes, esperan la llegada de los autobuses.
Fue en esta plaza en la que Gadamer, tumbado precisamente en una de esas bancas, pasó parte de la noche después de darse cuenta de que no iba a encontrar alojamiento por ningún lado, cuando en 1949 llegó a esta ciudad para ocupar la cátedra que le otorgaba su nombramiento como sucesor de Jaspers: “Después de todo, aquellos eran los años caóticos de la inmediata posguerra, en los que cada viaje constituía poco menos que una aventura antediluviana. ¿Qué hacer? Como la noche era agradable —estábamos en mayo—, opté finalmente por tumbarme en uno de los bancos de la Bismarckplatz, la maletita de viaje bajo mi cabeza, como almohada, durmiendo a continuación el sueño de los justos, hasta que al amanecer, serían las siete de la mañana, me desperté repentinamente sacudido por una mano ruda. Era propiedad de un severo policía que en aquel momento se erguía ante mí, explicando me que allí no se podía dormir. Los reglamentos son sin duda una buena cosa. Procuré calmarnos a los dos, cosa que en su caso sólo conseguí después de que hubiera examinado detalladamente mi pasaporte. De todos modos, ya me había despejado, por lo que recorrí el casco viejo de la ciudad, que lentamente iba desperezándose. Pasé por delante de la casa de Jaspers en el número 44 de la calle Plöck, que me era bien conocida por algunas visitas, y con el ánimo entristecido por la pérdida del amigo —Oskar Schürer— y el pecho oprimido por algunas otras cuestiones, aguardé mi ingreso oficial dentro de la Universidad de Heidelberg, en la que impartiría clases durante veinticinco años” (Los años…).


Gadamer nació el 11 de febrero de 1900 en Breslau. En Los años de aprendizaje filosófico (título que a nuestro juicio abarca desde sus primeros estudios hasta los de su vejez) atrapa sus recuerdos de infancia, desde su primera bicicleta y el hundimiento del Titanic, hasta la jubilación de su cátedra de Heidelberg en 1974. A los dieciocho años, en 1918, realiza su primera lectura filosófica, nada fácil: Kant. “Supusieron que haría carrera militar. Hasta que los sueños de la interioridad, la poesía y el teatro, me apartaron de todo aquello” (Los años…). Se interesó definitivamente por las “ciencias del espíritu”, y después de una emancipación familiar y un acomodo de ideas y creencias, y, en particular, de los llamados vocacionales, se impuso la filosofía: “De todos modos me quedé con los filósofos”. En ese mismo año comienza sus estudios universitarios y así empiezan sus años de aprendizaje en el Marburgo de la posguerra (de la primera guerra mundial), a los que quedaron asociados los nombres de P. Natorp, N. Hartman y M. Scheler, O. Schürer y M. Kommerell. En 1922 se doctoró con una disertación sobre Platón, y al año siguiente escuchó por primera vez a Heidegger en Friburgo.


Fue para él una experiencia especial. Gadamer queda fascinado, como los demás estudiantes, porque las expresiones del filósofo de la Selva Negra, Schwarzwald, inadvertidamente se convierten en las “palabras mágicas” del maestro. En 1927, bajo la dirección de Paul Friedländer terminó su licenciatura de filología clásica. Y en 1938 recibió el nombramiento de catedrático ordinario. Desde 1939 fue profesor en Leipzig, ciudad que en 1943 fue arrasada por las bombas, las cuales, sin embargo, no impidieron la continuación del trabajo académico de las clases de Gadamer. Sólo se ausentó de la ciudad en dos ocasiones: una en 1940, por un viaje a Florencia y a París, y otra en 1944, debido a un viaje a Barcelona, Madrid y Lisboa, donde tuvo contacto con profesores alemanes y se reunió con Ortega y Gasset, a quien le dijo que después de la Rebelión de las masas debía escribir sobre la “rebelión de los medios”.
Sus clases continuaban. Primero, en medio del terror y las denuncias, en el ambiente nazi; luego, a partir de 1945, con la vigilancia y el peligro de perder el trabajo y la libertad, cuando tuvo lugar la ocupación norteamericana, que después fue substituida por la ocupación rusa. Una y otra con el proyecto común de “desnazificación”, pero con distintas ideas acerca de la democratización. En el Leipzig de la otra posguerra (de la segunda gran guerra) fue nombrado rector de la Universidad y durante dos años trabajó arduamente en su reconstrucción, sobre todo espiritual: “Procuré defender con todas mis fuerzas y con la máxima de las ilusiones la categoría científica de la Universidad de Leipzig. De hecho, o se tiene verdadera ilusión o no es posible desempeñar semejantes funciones” (Los años…). En invierno de 1947 tiene un nombramiento que le hace vivir lo que llamó el “interludio frankfurtiano”, ligado a los nombres de K. Reinhardt y H. Lipps, que le sirvió para olvidar un poco su aventura académica y vital de Leipzig y preparar la nueva: la de Heidelberg, que iba a estar relacionada con K. Jaspers —cuyos alumnos no acababan de entender cómo Gadamer a menudo se atrevía a contestar a las preguntas que le hacían por medio de una breve frase: “No lo sé”— con su gestión, contra alguna resistencia, tanto para el ingreso de M. Heidegger a la Academia de Ciencias de Heidelberg como para la preparación de un volumen de homenaje en el sexagésimo aniversario de su maestro (1949), con su aprecio por G. Krüger, el regreso de K. Löwith a Alemania (en 1953), con la fundación de la revista Philosophische Rundschau (El panorama filosófico) y con el quehacer de la reconstrucción espiritual de la universidad. Por ese entonces, Heidelberg, que no había sufrido daños por las bombas de la guerra, podría seguirse viendo, tal vez, como la había descrito Hölderlin:  “Lange lieb’ ich dich schon, möchte dich, mit zur Lust / Mutter nennen und dir schenken ein kunstlos Lied, / Oh, der Vaterlandstädte / Ländlich schönste, so viel ich sah”: “Hace ya mucho que te amo y quisiera / llamarte madre y ofrecerte una canción sencilla / ¡Oh tú, la más hermosa / de todas las ciudades de mi patria que he visto” (“Heidelberg”).


A la conciencia histórica de las “ciencias comprensivas” de Dilthey (1833-1911), Gadamer agregó un complemento esencial, o sea, el de la conciencia estética. Dijo que el apoyo principal estaba, en 1927, en Sein und Zeit (Ser y tiempo) de M. Heidegger (1889-1976): “Porque ambos elementos, el arte y las ciencias históricas, son modos de experiencia que implican directamente nuestra propia noción de la experiencia. La ayuda conceptual para la problemática del comprender así planteada en toda su amplitud la ofreció la elaboración por Heidegger de la estructura existencial de la comprensión, que él llamó primero ‘hermenéutica de la facticidad’” (Autopresentación). Por su parte, Nicol (1907-1990) insistió, en 1957, en que el método hermenéutico es esencial si se trata del ser del hombre: “El método con que ulteriormente analizaremos este ser, que ‘se da’ fenoménicamente en la  forma de ser de la expresión, habrá de organizarse, por consiguiente, como método hermenéutico”. En otras palabras: “El método fenomenológico, aplicado al ser del hombre, ha de ser hermenéutico porque ya es hermenéutica de manera inmediata y directa la simple aprehensión del ser del hombre como ser de la expresión” (Metafísica de la expresión, 1957).


En 1960, cuando publica  Wahrheit und Methode (Verdad y método), Gadamer tenía en claro que lo que él enseñaba era una praxis hermenéutica, y que era más una praxis que una teoría porque se trataba del arte de comprender y de hacer comprender (Autopresentación). Sin embargo, sabía que era necesaria una fundamentación filosófica de la hermenéutica que pudiera sostener esa peculiar forma de praxis, y así lo anuncia el subtítulo del libro: Grundzüge einer philosophischen Hermeneutik.
En 1968 lo nombraron Profesor emérito y quedó dispensado de su amada tarea docente, siempre de carácter dialógico, pudiendo dedicar más tiempo a la investigación y la escritura. A partir de 1986, organizó la edición de sus obras reunidas (Gesammelte Werke) y, a partir de 1990, se inició la publicación de la misma colección en libros de bolsillo, en J.C. B. Mohr (Paul Siebeck), de Tubinga (UTB für Wissenchaft): 1. Hermenéutica I. Verdad y método; 2. Hermenéutica II. Verdad y método. Complementos; 3. La filosofía más nueva I. Hegel, Husserl, Heidegger; 4. La filosofía más nueva II. Problemas. Formas; 5. Filosofía griega I; 6. Filosofía griega II; 7. Filosofía griega III. Platón en el diálogo; 8. Estética y poética I. El arte como declaración; 9. Estética y poética II. La hermenéutica en ejecución, y 10. La hermenéutica: una mirada retrospectiva. Una obra extensa y una larga vida. Entre sus páginas y a través de sus días, una vocación auténtica que pudo tanto formar filósofos como aclarar cuestiones fundamentales de la filosofía.


Ahora hay luto en Heidelberg. Podemos decir que lo hay en diversas casas de la ciudad, donde alguna vez vivieron G. W. F. Hegel, Jaspers, H. Arentdt, E. Bloch, K. Fischer, L. Feuerbach y H. Rickert. Ahora hace falta alguien, insustituible, en la casa de la Buchsenackerhang 53. “Una vez más, una senda de la filosofía se pierde en la oscuridad”. Esta es la frase final de lo que Gadamer calificó como “un bello discurso fúnebre” pronunciado por Heidegger en su curso, con corbata negra, cuando murió Max Scheler (Los años…). Si a menudo hemos repetido, queriéndolo y sin querer, ideas o afirmaciones del filósofo de la Schwarzwald, ¿por qué no repetir hoy sus palabras pensando en Gadamer? “Una vez más, una senda de la filosofía se pierde en la oscuridad”. Sin embargo, puede haber algún consuelo en la suposición de que poco antes de su partida hubo más luz de la que suelen brindar los homenajes póstumos y las interpretaciones, frecuentemente iluminadoras, de la posteridad.

 


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