El ser de la ciudad

Juan Manuel Silva Camarena

2002

Conferencia dictada el 7 de noviembre de 1997 en las IV Jornadas Culturales: La Ciudad de México, de la Universidad del Claustro de Sor Juana, Centro Histórico, y publicada en la  Revista Surgir. Las ciencias, las artes, la fe, México,  núm. 7, año 3 (2002), 5-16.

 

¿Qué es vivir? Vivir es vivir: existir en un sitio, en un tiempo, con algo, con alguien. No se puede vivir a solas. Es bueno contar: con algo, pero es .necesario contar con alguna persona, con alguien, tener un lugar. Las cosas con las que contamos no nos promueven ninguna interrogación. Dejan en paz a nuestra razón. Esto es lo bueno. Y lo malo: porque si no formulamos preguntas en torno a lo que son, sólo contamos con ellas, sin saber nada acerca de su ser. Por el contrario, si interrogamos por el ser de eso con lo que contamos, podemos proveer a los demás y a nosotros mismos de cierta dosis de suspicacia, de determinadas sorpresas. Por lo menos, podríamos interrumpir temporalmente la impresión de que sabemos con qué contamos, y al impedir la continuación de ese supuesto podríamos perder seguridad. ¿Y qué sucede si perdemos un poco de seguridad? ¿Por qué queremos estar siempre tan seguros? ¿Para cerrarle el paso a lo extraordinario? No obstante, la inseguridad puede agudizar nuestra mente y nuestros sentidos; puede producir el descubrimiento de algo que ni siquiera sospechamos.

Contamos, por ejemplo, con la silla y con el piso. Pero no tenemos conciencia de la silla o el piso cuando nos sentamos plácidamente en ella para tomar café o cuando caminamos serenamente por las calles, colocando un pie después del otro. (Ya sabemos que ahora no es fácil caminar plácidamente por las calles). De cualquier manera nadie anda por ahí averiguando qué es la silla y qué es el piso. Sólo tomamos conciencia de la silla cuando nos la quitan (también sabemos, por cierto, que siempre hay alguien que quisiera quitárnosla); solamente somos conscientes del piso cuando un temblor nos lo mueve y hasta nos lo hunde por debajo de nuestros zapatos, Si todo marcha bien, basta con saber que ambas cosas, piso y silla, son muy útiles para nuestra vida. No hay necesidad de tener una conciencia muy viva de ellas, y si contamos con ellas, pues tampoco es menester andar por ahí planteando preguntas en torno a su ser (algo así, en un sentido ya muy pragmático, pensaba Ortega y Gasset). Pero a veces no todo marcha bien.

Max Scheler, el conocido filósofo alemán que podemos considerar como el padre contemporáneo de la antropología filosófica, dedicó mucho tiempo de su vida a descubrir el puesto del hombre en el cosmos. Y hasta donde sabemos, sólo los novelistas o los que escriben cuentos buscan el puesto de un hombre en una ciudad. Ahora bien, podemos formular una cuestión nueva: ¿cuál será el puesto de una ciudad o de otra en el espacio vital de una región, de un pueblo, de un país...?

Pero ¿qué es una ciudad? Vamos a hablar de la ciudad, no sólo de las sillas y los pisos. ¿Saben? El planteamiento de la pregunta por el ser de la ciudad es algo fuera de lo común, y al parecer sale sobrando porque todos sabemos qué es la ciudad. Copiando la idea del griego Demócrito, nosotros podemos decir que la ciudad es lo que todos sabemos. ¿Pero qué es eso que todos sabemos qué es (¿se acuerdan de San Agustín pensando en la definición del tiempo?), y sin embargo, si nos lo preguntan no podemos responder satisfactoriamente? ¿La ciudad es algo útil para nuestra vida, como lo es la silla o el .piso, como lo son las fondas y las bicicletas? ¿La ciudad es algo natural tomo el color del cielo y el del mar? ¿Algo tan completamente natural como las tonalidades verdes de las hojas de los árboles? De todos modos, con utilidad o sin ella, los hombres contamos con nuestra ciudad cama contamos con sillas y pisos, con cielo y mar, hojas y árboles.

A veces, decíamos, las cosas no van bien, y las ciudades se pierden, como en las batallas y las guerras o durante las pestes o los terremotos... Por otro lado, la historia nos ha mostrado que también se ganan o se conquistan.

¿Qué es la ciudad? Suena a teatro, pero la ciudad es el escenario de nuestra vida. Dicho de la manera más simple: es el espacio vital, de aire y piedra, donde transcurre el curso de las vicisitudes de nuestra existencia. Sabemos, por supuesto, que hay vidas sin escenario, vacías por dentro y por fuera. En una imaginación harto ingenua, para algunos lo de adentro es el alma, y lo de afuera es la ciudad. Y no ignoramos que existen escenarios vitales que sólo lo forman dos o tres chozas en un campo, en un valle, en una montaña. El ermitaño, como el eremita, tiene su lugar de habitación definido precisamente respecto a la lejanía (más espiritual que física) de los lugares comunes de vida de los demás.
La ciudad es el lugar donde vivimos. ¿Y esto quiere decir mucho?

Tal vez esta inquietud sea más productiva: ¿acaso la ciudad es parte de nuestra vida? ¿Cómo lo son mis zapatos y mi ropa, mi pluma fuente y el jabón con el que me lavo las manos o mi cuerpo? Algo me dice con certeza que la ciudad es algo más esencial para mí, algo de lo que depende mi vida, para bien y para mal. En todo caso, es algo tan cercano a los hombres y las mujeres, a sus propias vidas, que a menudo hablamos dé ella como si estuviéramos hablando de ellos. ¿Han tenido oportunidad de advertir esta confusión llena de fusiones? Como el papel de muestra que juega un botón: nada más comprensible que decir que la ciudad es sombría o que es triste, que es pequeño demasiado grande, alegre y llena de vida, que está desnuda, qué está muerta ... ¿Quién no recuerda la peculiar atmósfera de una ciudad durante las vacaciones? Dicen que hay ciudades invadidas por fantasmas... Hay otras que son sólo utillaje para producciones cinematográficas.

A la ciudad, pues, como a nosotros, le pasan cosas. Por ejemplo: se le vienen encima noches largas, oscuras, o tardes lluviosas, cargadas de tristeza... Pero la ciudad también tiene días de fiesta, días de guardar, días de alegría. A las ciudades les llega el verano y la primavera, el otoño y el invierno (lo cual quiere decir que las habita el buen temple de ánimo, la esperanza, las mieles del enamoramiento, lo dorado de la serenidad, la blancura melancólica de la nieve...). Les sorprende el agua, y sin poder preverlo del todo, las inunda o las limpia, e inopinada mente aparece el viento y purifica su aire o tira sus casas y puentes; las mueve en su centro la onda sísmica y derriba sus construcciones o las invade la barbarie y la destruye; les suceden las horas y los atardeceres, les llegan auroras y noches lúgubres, se les vienen unos tras otros los días y las semanas, los meses y los años. Les caen las pesadas horas del tedio o de la nostalgia. A cualquiera de ellas se le premia con un cielo benigno o, como dice el poeta, con una noche de estrellas miedosas y llena de gatos. Las ciudades pueden naturalmente ser bellas; y además, pueden arreglarse con los cosméticos fabricados con polvo de estrellas y soles brillantes, sobre todo con el calor y el color húmedo y vaporizado del arco iris. Alguien parece cubrirlas con nubes como de algodón y a menudo las abriga cariñosamente con un manto de cielo, de bellos tonos azules, con matices violetas y rosas.

Pero ninguna ciudad está a salvo de lo insólito, La tormenta la pone a temblar, los rayos la estremecen, la espanta un alud incontenible, un huracán o un tornado, y la noche puede colmarla de miedos y angustias. Cualquier ciudad se llena de enfermedades y plagas. Las ciudades, como nosotros, nacen y mueren. Y también en su vida y en su muerte hay justicia o injusticia. Desde 1945, no podemos olvidarlo, se acabaron los campos de batalla: desde entonces puede vestirse de rojo cualquier zona de la ciudad, la ciudad entera. De este modo, el terrorismo ha cambiado nuestro mundo, violando la seguridad que representaba nuestra casa, nuestro hogar, nuestra ciudad. Ya no significa nada que mueran inocentes. Se confunde lo bélico con lo civil porque la diferencia entre la vida y la muerte de unos o muchos tiene poca o ninguna importancia frente a la ambición de desquiciados y poderosos.

Las cosas de la ciudad no siempre están bien. A veces, las ciudades son como niños que tienen frío, mucho frío; y en ocasiones logran disfrazar las lágrimas de sus ojos como si sólo fuesen los restos de una lluvia recién caída, notablemente húmeda y brillante por el resplandor de los cristales de las ventanas y las puertas. Ellas pueden ser como casas sin techo, como ropas que no cubren, como paredes que por no querer serlo. no cobijan, no tapan, no protegen. La ciudad es una casa, una gran casa hecha con muchas casas. La ciudad es como un hombre que es muchos hombres. Ciudad es sinónimo de comunidad. Es el único sitio donde todos pueden ser uno. Si la ciudad está sana, es el lugar donde todos y cada uno es importante, donde todos cuentan.

Las ciudades, como los seres humanos, mantienen una peculiar relación con el tiempo: tienen días y noches que son memorables, días de independencia, días de esclavitud, pueden tener el día más largo de la historia, las noches blancas (como las de San Petersburgo o las de Montreal). Hay muchas ciudades que incluso no pueden evitar que sus venas aparezcan como ríos: el Sena del París de Baudelaire o el Nékar de la Tübingen de Hölderlin. Si no tienen ríos a la vista, de todos modos las ciudades cuentan con vasos comunicantes de variadas formas: túneles, drenajes, cuevas, tiros de minas, acueductos...

Las ciudades tienen sexo. Son masculinas o femeninas. La palabra ciudad en castellano es femenina, seguro porque la ciudad es más una madre que un padre. Acoge, da protección, resguarda, da calor frente a los más diversos fríos del alma y el cuerpo. Nos hace sentir que le pertenecemos. Y en verdad le pertenecemos. La reciprocidad aquí es perfecta: las ciudades son nuestras. Pero todos sabemos que hay ciudades más parecidas a un hombre que a una mujer, que son más hostiles, con menor sensibilidad para la hospitalidad. Y hay unas que son como indecisas, mejor dicho, como indefinidas. Uno no sabe bien si nos invitan a quedamos o quieren que nos marchemos pronto, si el viajero es bienvenido o no, porque somos extraños, ajenos, fuereños. Tienen una idea fija del forastero: vive en un lugar al que no pertenece, no es vecino, no es lugareño de primera, sino de segunda. Las comunidades ciertamente necesitan de la experiencia de la pertenencia y la exclusión. Sin embargo, los vecinos no tienen que ser iguales; pueden ser buenos vecinos los que son diferentes, reconociendo recíprocamente lo bueno de uno y otro.

Ser extranjero en un país o una ciudad puede ser algo muy agradable o grato, pero también puede ser algo ingrato y hasta trágico. No pertenecer a la comunidad de una ciudad cuesta. Puede costamos mucho vitalmente hablando. Los exiliados, por fuerza o voluntariamente, saben de esto. También algunos viajeros, los que han sufrido el abandono, los que han vivido la muerte del desarraigo obligado. La clave está en el arraigamiento (como lo ha pensado Heidegger). La conexión tan profunda con la tierra de que habla el pensador alemán, es de la misma naturaleza que la vinculación con nuestra ciudad, la propia o la adoptada. Exilio, transterración, emigración, marginación, expulsión, exilio..., son precisamente temas que nuestros maestros del exilio español (entre otros, Nicol y Joaquín Xirau) pensaron y vivieron en carne propia. Supieron ellos que nuestras ciudades (y hasta nuestros países) se las lleva uno puestas en el corazón, entre una vena y otra; que no se puede cambiar una ciudad como se cambian los zapatos o los calcetines; que nuestra ciudad es entrañable porque sus partes son parte de nuestras entrañas. Sus entrañas son las mías. Sus partes son parte de  mi ser. Si cambio de ciudad, tengo que cambiar de ser. No se trata de algo tan sencillo como transplantar una planta de un terreno a otro: si cambia el terreno, cambia la planta. Lo saben los que saben del vino y las uvas, lo saben bien los hombres que el destino ha llevado de una ciudad a otra. Créase o no, y pésele a quien le pese, el hombre es un ciudadano (con derechos concedidos o sin ellos). Un ser de la ciudad. Ser hombre es ser un ente de ciudad, pero no de ésta o de aquélla indistintamente, sino de esa peculiar comunidad de gentes y edificios, de casas y personas, de calles y callejones, de parques e iglesias, de sabores y olores, de todo eso que podemos llamar, en una expresión plena de sentido y llana, mi ciudad.

Mi ciudad es mía. Sus casas y sus barrios no eran míos, no siempre han pertenecido a mi vida, y sin embargo, llega un momento a partir del cual forman parte de mí. ¿Verdad que aquí hay gato encerrado? ¿Yo "tengo" una ciudad, acaso, como digo que "tengo" un cuerpo? Hace siglos que venimos hablando de esta manera y en cierto modo sin comprendemos nos entendemos. Digo que "tengo" un cuerpo y que "tengo" un corazón y unos pulmones por comodidad gramatical; pero sobre todo, por pereza metafísica. La pereza metafísica consiste en no querer pensar más de lo que siempre se ha pensado. Este pecado filosófico se paga con incapacidad para la comprensión. Porque las formas de pensar no son definitivas ni constitutivas, pueden cambiar y cambian. Por pereza metafísica, por ejemplo, digo que "tengo" un cuerpo, ojos y cabellos, en lugar de decir que soy mi cuerpo, que soy mis ojos, que soy mis cabellos.

En lugar de decir que me duele el estómago, debiera decir que me duelo yo: que sufro el dolor de mí mismo, sea de vísceras o sentimientos. Por indolencia metafísica, que es un síntoma del mismo síndrome de la enfermedad que comentamos, digo que "tengo" una ciudad, en lugar de decir que soy mi ciudad. Y así puedo llegar a creer que puedo irme lejos de ella, que puedo separarla de mí, como el cirujano mutila de mi cuerpo una parte suya que se ha echado a perder y que puede cambiarse, sustituirse por otra. Y esto que parece algo sencillo, no lo es. Por otro lado, lo esencial no es sustituible, mi ciudad no puede ser cambiada por otra sin que me pasen cosas (buenas o malas). Se me abren posibilidades y se me cierran otras. Y descubro formas de ser de mi propio ser que yo mismo ignoraba como potencialidades mías. Recuerdo que en alguna parte dice Camus que lejos de los nuestros, de lo demás, de lo familiar, somos más auténticos, como que tenemos el ser más a flor de piel.

También las ciudades tienen el ser a flor de piel. En todas las tiendas para turistas hay postales de la ciudad, y hay ciudades que son como una postal, tiesas, fijas, que ya no se mueven, que ya nunca van a cambiar. Otras ciudades son una postal, un cromo, un poema. Todos conocemos una. ¿Saben por qué los hombres asumimos la personalidad del turista? Porque es una experiencia especial. Ser turista es como sentir que uno está desde ya dispensado de ser como los demás, y esto lo vivimos, naturalmente, como una liberación. Por otra parte, todas las ciudades son un misterio por descubrir, para extraños y no extraños. Pero además queremos ser turistas porque para el extranjero las ciudades son especialmente atractivas, seducen, llaman. Secretamente nos comunican que ahí también, como en nuestra ciudad, podríamos hallar vida para nuestra vida. Tal vez por eso a veces nos gusta tanto visitar ciudades ajenas. Es de todos sabido que hay mucha gente que trabaja duramente gran parte de su vida para después tener dinero para poder viajar. ¿Será que cuando sentimos que ya no tenemos mucha vida vale la pena recuperarla viendo otras formas de enfrentar la existencia, sea en la comida, la arquitectura, la diversidad de la flora y la fauna, las costumbres...?

En todo caso, no hay viajeros porque haya caminos. Es al revés. Hay viajeros, porque hay caminos que nos llevan a ciudades; sobre todo, porque las ciudades tienen, hasta ahora, la atracción de su personalidad peculiar. Nos gusta viajar porque las ciudades nos ofrecen, como aventuras excitantes, formas nuevas de hacer lo de siempre, otros modos de vivir lo mismo.

Como lo es para ustedes, para mí las calles de la ciudad son lugares de mis vivencias; como dijimos: los escenarios donde me han pasado las cosas que me han sucedido. Las cosas que les pasan a los hombres, también le pasan a las ciudades. Nada ha podido sucederme que no haya pasado en una parte de la ciudad. Mi infancia tiene una ciudad, mi adolescencia tiene otra, mi vida de adulto una más. Son muchos Méxicos los míos. Son muchos Méxicos para mí solo. Hay varias ciudades del mundo que tienen que ver con lo que soy (haya estado en ellas o no). Mi biografía está en muchas zonas de la ciudad: de sus barrios, colonias, avenidas, calzadas, repugnantes basureros, callejones o parques románticos, fondas miserables, restaurantes de primera... ¿Quién que tenga uso de memoria no se acuerda de una glorieta, de un crucero, de un jardín, de una casa, de unas calles? Las vivencias de los hombres siempre están acompañadas por trozos de ciudad, se dan junto con las texturas de las paredes, los olores de sus edificios, los brillos de sus ventanas, el resplandor del sol reflejado en el agua de alguna fuente, las luces de las oficinas o las tiendas o los semáforos, la oscuridad de ciertos callejones, la pestilencia de una coladera, el escenario de una vida en dificultades, el amor de una pareja, la Luna de la medianoche.

No puedo imaginar cómo sean las vivencias de la ciudad. Pero tampoco puedo imaginar las mías sin ella. En verdad, no tiene vida propia la ciudad. Pero las mías, mis experiencias, tienen colores de ciudad, saben a ciudad, a colonia, a esquina, a barrio pobre, a ambientes elegantes, a tiendas de lujo, a zonas rosas o azules, a sitios de color encendido, a cruceros de miedo y hasta de horror, a lugares de asesinatos, de tragedia, de explosiones o derrumbes.

La ciudad es todo. No nada más lo de afuera de mi casa. También dentro de la habitación, del cuarto del hotel, de la sala de la casa, de la oficina, está la ciudad, y si no logra apoderarse del todo de los espacios cerrados, de cualquier modo se cuela por las ventanas, las rendijas y los agujeros, de día o de noche (sobre todo de noche, lo saben bien los enfermos, los recién operados, los enfermos mentales, los abandonados, los condenados a muerte...). Es reconfortante, y quizá nunca lo valoramos suficientemente, asomarse por la ventana y ver, aunque sea sólo de soslayo, con el rabillo del ojo, que' la ciudad está ahí. Que estamos todavía en la ciudad, que no ha cambiado el todo, que no se ha ido. La permanencia de la ciudad nos proporciona un sentido de racionalidad. Está en todas partes porque está dentro de nuestra alma.

Para dar una idea clara de la armonía de la naturaleza, solemos decir que es bueno moverse" como pez en el agua". En términos de experiencia humana, en cambio, es mejor actuar como hombre en su ciudad. El hombre vive en su ciudad, como un pez lo hace en su pecera (si es que la pasa mejor que en un río o en un lago). Nosotros no somos seres que puedan vivir en cualquier ciudad, como tampoco un pez puede vivir en cualquier lugar donde haya agua. Nuestra vida depende de la ciudad, de un modo parecido a ese en el que el pez depende del agua de la pecera. También necesitamos de las características físicas y químicas, psíquicas y hasta geográficas de la ciudad, y lamentablemente lo estamos descubriendo o redescubriendo tardíamente.

La ciudad nos deja vivir o nos lo impide. Nos abre o nos cierra oportunidades de vida, nos deja crecer, nos da metros y kilómetros de espacios para caminar y respirar (ahora, ya lo saben, escasamente). Pero también nos puede mutilar, también nos apaga, nos ningunea, nos vuelve nada frente a su complejidad, sobre todo, por la fuerza de su indiferencia. La indiferencia es lo peor que una ciudad puede ofrecerme. Hay ciudades frías y distantes, aunque las hay que acogen, ciudades en las que uno queda tragado, anulado, y vive la más profunda de las soledades en medio de todos esos para quienes no somos nadie. La soledad más grande es la que se siente en las calles y con las gentes de la ciudad. Esta es una experiencia común. La ciudad es fuente de vida, pero de todos modos, uno (yo, tú, ustedes) se muere en la ciudad. ¿Y en dónde más podría uno morirse? Lo que no podemos tolerar es que la ciudad se nos muera, porque su muerte nos mata. Hay cementerios en la ciudad (ahora la mayoría está fuera de ella), pero no hay donde poner a las ciudades muertas. Tenemos que irnos, quién sabe a dónde, con ellas. Por ejemplo, se acaba su vida política, cultural, dejan de ser lo que eran, y pierden prestigio, belleza, atractivo. Pero sin duda hay de muertes a muertes. La violencia mata más a nuestra ciudad que la contaminación. La corrupción moral nos hace más daño que la destrucción de bombas.

Pocas son las palabras que nos sirven para pensar el ser de la ciudad. El concepto de identidad, por ejemplo, no es útil para hablar de ella. La identidad alude a lo idéntico, a lo que es igual. En la ciudad nada es igual. Entre los hombres no hay seres iguales, sólo somos iguales porque somos distintos. Esto es algo sabido. Por eso las ciencias humanas han tenido que renunciar al concepto de esencia, según el cual en lo esencial somos lo mismo, y las diferencias no tendrían la importancia que en realidad tienen. Con la ciudad pasa algo semejante. Cuando las ciudades pierden su peculiaridad, su ser distinto a las demás, se desvanece lo que son y se disuelven en la uniformidad en la que todas son iguales (y cuyas imágenes no pueden ya identificarlas). Las ciudades iguales a otras ya nos son ciudades, porque ya no expresan peculiaridades de ser hombre. Pueden tener calles y edificios, hombres y automóviles, árboles y almacenes, pero ya no son nada como ciudades, porque no expresan nada, ya no expresan la forma de ser de alguien, y por eso, ya no vale la pena conservar la fotografía, la postal, la figura que atrapa lo peculiar del sitio, o vivir la experiencia que se apodera de la personalidad del lugar. Ya saben ustedes que eso mismo pasa con las distintas zonas de una misma ciudad: ya todas tienden a ser iguales. Los mismos edificios aquí y allá, las mismas grandes tiendas, en México o en Nueva York, en París o Frankfurt... En Satélite, o en Perisur... ¡Pronto se va a acabar así el placer de viajar, de ver o distinto, de ser diferentes, en suma: de vivir! Ya no hay muchas ciudades con personalidad propia; cuando más, son sólo lugares para pasar la noche y el día, para hacer lo mismo que en cualquier otro lugar, para comer lo mismo, para comprar lo mismo... Sobre todo, espacios para hacer negocios, para producir ganancias, para manejar mercados y mercancías, y luego ir a un lugar de diversión (como todos los demás). La llamada globalización económica, del mismo modo que ha llegado al punto de exigir una moneda común (sea el dólar o el euro), necesita un modo de ser humano idéntico o uniforme. Así la vida es más fácil; pero así, ¿vale la pena vivir?

Donde hay una ciudad, en cambio, hay una forma de ser, que fluye por todas partes; que pinta las paredes, que flota en el aire, que adereza la comida, que está en el olor de los muros, en las telas y la ropa, que colorea el ánimo de la gente, en las formas nuevas y las viejas, que está plasmada en los edificios antiguos y los modernos. Una ciudad es una forma común de ser, que no depende de programas de gobierno, ni de las señalizaciones

de las calles y los colores de las fachadas, sino de las decisiones con las que los hombres van viviendo su vida, enfrentando su destino, construyendo su historia. Una ciudad es algo que no sale de las ideas de los urbanistas, ni de los "restiradores" de los arquitectos; que no nace un día y muere otro, aunque se fijen días fundacionales y fechas para celebrar. La ciudad expresa una forma común de ser. A los hombres se les puede conocer bien, conociendo sus ciudades, porque ellas muestran lo que han hecho y lo que no han hecho, exhiben cómo son, cómo han sido y cómo quieren ser. En ellas, como en un todo, está su riqueza vital y su pobreza, lo que vitalmente han logrado, y sobre todo, al mismo tiempo, el tamaño de su menesterosidad espiritual y su grandeza; en ellas se palpa bien la fuerza de su espíritu, lo que quieren, lo que sufren, lo que lamentan, lo que esperan, y especialmente, lo que quieren llegar a ser, lo que no tienen y desean, y todo esto lo ponen en sus palabras, en sus construcciones, en sus periódicos, en sus textos, en los restaurantes, en los nombres de las tiendas, en los decorados de los almacenes, en las puertas de las viviendas, en sus iglesias y sus cárceles, en su moral y su inmoralidad, en su música, en su política, en sus rascacielos y en sus vecindades... Todo lo que el hombre puede ser y ha sido, está presente y vivo en la ciudad.

Las ciudades permanecen, a pesar de sus múltiples cambios. Y por eso son el lugar de nuestra historia. Para nuestra vida, la ciudad es un factor de seguridad, porque sus medidas temporales, siendo frágiles como son, lo son menos frágiles que las nuestras. Por la ciudad sé que había algo antes que yo, y que habrá algo después de mí. Pero que yo cuento, porque yo también soy la ciudad. Con la ciudad vivo la experiencia de la supervivencia y la de la existencia. Y puedo sobrevivir, porque entonces no muero del todo; algo de mí se queda en ella, como se ha quedado algo de los demás que yo he visto y compartido. La ciudad es una verdadera obra común, la hacemos todos. Somos todos.
En las ciudades está lo que somos individualmente y también nuestro ser colectivo, y podríamos pasar horas y horas imaginándonos cómo puede coincidir una cosa y la otra, porque la lógica que tan bravucón torna el sentido común, no nos deja encontrar la clave de la unidad. Soy mexicano, pero no soy como ése o como aquél, o como el de más allá. Y no entiendo cómo podría serlo. ¿Cómo podría decir, sin contradecirme, que no soy como ninguno de ellos y, sin embargo, que soy como ellos? En cada uno de ellos, soy como ellos, entonces ¡cómo puedo ser distinto, siendo el mismo! No se lleva bien la lógica y la realidad. Pero eso no es importante. Yo no soy lo que son los demás mexicanos, y a pesar de todo, soy como ellos. Soy mexicano. Aquí la medida de lo individual se funde con la de lo colectivo en una forma común de ser. Todo lo que la ciudad es, lo soy yo. Y todo lo que los demás son es algo que yo mismo llevo en mí como una posibilidad muy mía, como mexicano. Todos compartimos una misma forma de ser, una forma común de ser. Pero para tener una forma común de ser no se necesita ser iguales. La uniformidad es el final de cualquier modo de ser, Individual y colectivo. Cuando los griegos empiezan a pensar filosóficamente, formulan en conceptos lo que la experiencia ya ha descubierto: el dato primario de la diversidad de lo real y, al mismo tiempo, el dato igualmente elemental de la unidad de la realidad ¿Por qué nos confundimos hoy tanto con estas evidencias auténticas de la coexistencia posible de la unidad y la diversidad? Seguramente porque no acabamos de despertar del sueño del racionalismo, el universalismo y el esencialismo.

Nuestra tarea actual, no consiste en averiguar de qué modo coexisten coherentemente la unidad y la diversidad, sino en preguntar por qué razón no lo hemos podido entender, por qué razón no queremos entenderlo. La realidad, en ninguna de sus zonas, se estructura problemáticamente. Los problemas son nuestros. Y comienza a desaparecer lo incomprensible cuando callan los argumentos lógicamente muy seguros, las ideologías y los adoctrinamientos, cuando deja de ser comprensible de suyo que alguien quiera que todos tengamos la misma forma de pensar, la misma forma de vivir, la misma forma de ser. En la uniformidad no es posible la vida. Por el contrario, es necesario ser distinto para poder compartir una misma forma común de ser. Los hombres somos iguales porque somos distintos. Los mexicanos somos mexicanos porque compartimos todos esta tierra, nuestras ciudades, nuestras calles, nuestra historia, La ciudad es precisamente el ámbito vital donde se produce la profunda experiencia de pertenencia a un pueblo, a una cultura, a una tradición, a una historia. No hay término medio: está uno incluido o excluido. La ciudad es el sitio de la comunidad; es la casa de nuestra comunidad.

Pero la condición de posibilidad de eso que llamamos compartir implica la diferencia. Los iguales no pueden compartir nada porque son iguales. Por decirlo de algún modo, compartir es comer el mismo pan con dos bocas distintas, diferentes labios, diferente saliva, diferente mordida, diferente gusto. Esta diversidad vital es la que hace posible una ciudad: el lugar donde sus habitantes hacen lo mismo de manera diferente.

El hecho radical es el siguiente: sin la ciudad no se explica mi vida. Las ciudades son lugares para vivir. Pero para nosotros, no para la planta o el animal, ¿qué es vivir? Vivir es tomar decisiones. ¿Decisiones frente a qué? ¿Y para qué? De cara a lo que se nos ofrece. ¿Y quién lo ofrece? El mundo, la ciudad. En la ciudad aparece nuestro mundo. En la ciudad aparecen las cosas frente a las que hay que hacer algo. Siempre hay que hacer algo frente a lo que pasa en la naturaleza, y sobre todo, hay que hacer algo frente a lo que la gente hace. Tenemos que hacer algo con nuestra vida. La ciudad es el lugar donde esta tarea vital se lleva a cabo. Por eso la ciudad no es un ámbito neutro que fácilmente pudiera elegirse o rechazarse. Hay una conexión especial entre lo que yo soy y lo que quiero ser y la ciudad donde quiero vivir. Ser es según el lugar donde se habita.

El hecho radical, pues, es que el ser de la ciudad es parte de mi propio ser. Por ella, además, mi vida es más que mi vida; en ella yo.me alargo, soy más. Yo so)' más que yo, en ella, por ella y para ella, mi yo tiene un carácter comunitario (por eso puedo decir que soy mexicano, ruso, francés...). Sólo en ella nuestro ser es entero. Sin ella únicamente hay un ser mío individual, muy actual, sin tiempo ni historia, o nada más por un tiempo más o menos corto. En la ciudad, mi ser adquiere la dimensión de la historicidad comunitaria, y entra en la esfera de la cultura que expresa lo que yo y los demás somos. Me involucro en la historia, en un tiempo más o menos largo, ya esa dimensión histórica de un pueblo, se suma mi pequeña historia, con sus propias historias. No soy nada sin los demás, y a los demás, para bien o para mal, los hallo en la ciudad. En la ciudad, si no se descompone, puedo vivir como los demás y como yo mismo —sin contradicción alguna.

Lamentablemente las ciudades también se descomponen, aunque no como los automóviles y los teléfonos. La ciudad se descompone como lo que se quedó fuera del refrigerador y se echó a perder: se corrompe, se pudre. Para lo humano (nada hay más humano que una ciudad, un pueblo, una comarca), el "refrigerador" que mantiene las cosas en buen estado se llama la moral de la comunidad, en vistas al bien común. No esta moral o esta otra (las hay casi para todo los gustos), sino lo ético. Se trata del sentido ético de la vida que nos permite distinguir lo que está mal y no debe hacerse, de lo que está bien y es nuestro deber hacerla. Para que los gusanos de la descomposición no se traguen poco a poco los pliegues de nuestra alma, es preciso poner en juego, responsablemente, el sí y el no. Sí, a lo que está bien; no, a lo que está mal. El sentido ético de la vida permite distinguir las diferencias y, sobre todo, nos impide la indiferencia. Pero este sentido, que debe hoy sustituir al sentido común (tan torpe el pobre y tan embobado por lo práctico y lo útil, complacido por el aplauso de los practicones), surge sólo ahí donde el espíritu no ha sido empequeñecido vil y mezquinamente por el afán de dominio, de poder, de utilidad.

Cuando no podemos ser indiferentes, no nos da lo mismo esta ciudad que otra. Y difícilmente dejamos de advertir que la descomposición de la ciudad es la descomposición misma de nuestro ser, y que consiste en la indiferencia y la uniformidad. No somos la medida de todas las cosas, como quería el sofista. Somos dueños del sentido ético del sí y el no. Esto es humano. No demasiado ni escasamente humano. Es la medida justa de lo humano. Algo extraordinario aparece ante nuestra mirada: el ámbito idóneo para lo humano es nuestra ciudad. La ciudad es la residencia del hombre.

 


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