El exilio de las cosas
Mercancía y mercantilismo

juan manuel silva camarena
2000

 

Ponencia presentada en el IV Foro Nacional de Investigación en las Disciplinas Financiero-Administrativas, realizado en San Ildelfonso, Universidad Nacional Autónoma de México,  el 29 de octubre de 1999, y publicada en la revista Contaduría y administración, División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración,
Universidad Nacional Autónoma de México, núm. 196  (2000), 43-53.

 

Es tan normal la presencia de las mercancías en nuestro mundo actual, que cuando uno quiere decir algo acerca de ellas inevitablemente siente que en verdad no hay nada que decir. Las mercancías son algo comprensible de suyo. El mundo lleno de mercancías. Las mercancías son mercancías, eso es todo. Cosas que se venden y cosas que se compran. Tanto para quienes viven vendiendo cosas (los que llamamos comerciantes, vendedores), como para quienes las compran (compradores, consumidores), nada tienen de especial las mercancías.

La palabra mercancía no aparece, pongamos por caso, en los diccionarios de filosofía, porque es común creer que no representa ningún problema para el conocimiento o para la existencia humana,  y en alguno de sociología el término sólo se menciona en relación con el mercado, cuando se dice, por ejemplo, que el mercado de mercancías, de un modo similar al mercado de trabajo, tiene que ver con la regulación de las leyes de la oferta y la demanda1. Desde luego, las mercancías tienen que ver con los llamados problemas económicos; por un lado, su cantidad y su calidad son causa de determinados fenómenos económicos, y por otro, su distribución y su destino en los mercados son un efecto de la vida de la economía.

Al hablar de las mercancías y la economía nuestra mente, en asociación espontánea, se encamina rápidamente hacia el justificadamente famoso libro de Marx titulado "El capital. Crítica de la economía política”2, porque en él aparece el también famo­so capítulo sobre la mercancía, donde se pone en relación estrecha el mundo de las mercancías con la riqueza de las sociedades del capitalismo. A cualquiera de nosotros, o casi a cualquiera espanta la posibilidad de un mundo en el que ya todo sea mercancía: las cosas, el dinero y las personas. Pero ahora no vamos a hablar de la teoría marxista de la mercancía. Lo que intentare­mos hacer, en cambio, es comunicar a ustedes el hecho inquietante de que una peculiaridad impor­tante de nuestro propio ser está a punto de convertirse en una lamentable, trágica deforma­ción del mismo.

Desde antaño se sabe que so­mos el ser que incluye a todos los demás, porque podemos hablar de ellos. Así, una cosa de la que nadie se ocupa, porque ninguna persona habla de ella, en cierto modo está incompleta. Paradójica­mente, nosotros necesitamos de todas las cosas para ser como somos, no sólo para hablar de ellas con el prójimo (que ya tiene su importancia consi­derable), sino para ser lo que somos. Es decir, sin mi relación con las cosas, mi ser se va poco a poco desvaneciendo y finalmente puede convertirse en nada. Esto no es literatura, sino ontología estricta. Por un lado, ¡qué suerte que hay cosas! Por otro lado: ¡qué malo que cuento con ese medio tan sencillo de deshacerme de ellas, o de hacerme de ellas, convirtiéndolas en mercancías!

Vender y comprar, como decíamos, es algo de todos los días, por lo cual parece la cosa más natural del mundo. Pero ¿es de veras natural esta supuesta naturalidad del acto mercantil? Para de­cirlo de otro modo: ¿cómo podrían vivir los hom­bres en un mundo en el que no se vendiera ni se comprara nada? Para nosotros, hombres del siglo veinte, ya montados en el veintiuno, es tan entera­mente normal el acto mercantil que nos cuesta trabajo siquiera imaginar una situación semejante. Nuestra lógica es infalible: donde hay hombres, tiene que haber comercio; donde éste existe, hay mercancías. Desde que quedó establecido el sis­tema comercial de la venta y la compra, las cosas han sido de este modo. Por eso nos referimos a ello como algo completamente natural. Sin embargo, un mundo natural como el de los seres que llama­mos animales es por completo ajeno a algo pareci­do a una experiencia comercial como esta. Pueden vivir, sin vender ni comprar nada. Desde luego, esto debiera ser objeto de meditación.

Y bien: ¿cuándo tuvo lugar el establecimiento del acto mercantil primero? Nótese que no queremos quedamos en la superficie, y que por eso no pre­guntamos por las cifras de una fecha, sino por el acontecimiento de una transformación importante en el ser del hombre. En otras palabras: la cuestión es onto-lógica, no histórica. Las páginas de los calendarios no hablan de esto (como el tiempo de los relojes tampoco revela el tiempo de lo vivido).

Vamos a plantear el asunto de este modo. Para los hombres de hoy, de finales del milenio, supuesta­mente familiarizados con la conciencia histórica de sí mismos, ya no debería significar ningún esfuerzo peculiar aceptar que lo más natural es lo que no es natural sino histórico, o sea que el hombre cambia en su propio ser en ese curso temporal que llamamos historia3. La historia es la historia de la transformación de su ser. Ella manifiesta el devenir del ser del hombre. Los seres humanos han construido sus espacios arquitectó­nicos de distinto modo, han cambiado su forma de vestir, de comer, los estilos de su literatura, su pintura y su música, han pensado cosas diferen­tes, y han transformado sus formas de hablar. En suma, han cambiado siempre. Hacen cosas distin­tas, porque son diferentes. Siempre hacen lo mis­mo de manera diferente.

Aceptamos y más o menos entendemos que el hombre cambia. No era antes como es hoy. Sin embargo, si pensamos particularmente en las mercancías, algo parece obligamos a aceptar que hay cosas que no cambian en la vida humana. Por ejemplo, la venta y la compra. Cambian los modos en que los hombres satisfacen sus necesidades, pero siguen teniendo necesidades. Por la constan­cia de éstas, decimos que existe la necesidad de vender y comprar cosas. Por cierto, ¿quién puede evitar la tentación de pensar que no es tan necesa­ria la siempre invocada necesidad? ¿Recuerdan a aquel santo varón —Francisco de Asis— que aseguraba que necesitaba muy pocas cosas y de ellas eran muy pocas las que le hacían falta?  Pero en nuestro mundo (¿alguien sabe por qué?) se necesitan muchas cosas, y por tanto, es menester vender y comprar. De paso, puede indicarse que una cosa es necesaria cuando no puede ser de otro modo, y sin embargo la historia de individuos y naciones parece sugerir­nos luego que sí pudo haberse hecho otra cosa. Pero así son las limitaciones humanas.

Cambia la manera de vender y de comprar, pero se sigue realizando el acto de la venta y la compra. Dan ganas de sostener, pues, que los hombres siempre han sido comerciantes, porque siempre han vendido y comprado cosas. Pero más que insistir en esta idea (probablemente acertada), es preciso pensar la naturaleza del acto mercantil.

Entonces, antes de insinuar siquiera que la compra y la venta de mercancías es una de las cosas que permanece en la historia, y en este sentido que se opone a la historia o que la rebasa, sería convenien­te pensar un poco en lo que significa para el ser humano vender y comprar . Tal vez nosotros, aquí y ahora, después de siglos de existencia humana transcu­rrida, no entendamos aún lo que nos pasa cuando vendemos y compramos cosas. Esto es lo que el presente escrito quisiera pensar un poco.

¿Qué nos sucede en la compra y en la venta? ¿Nos pasa algo, en efecto, cuando compramos y vende­mos cosas? Es probable que sí haya alguna conse­cuencia, sobre todo cuando lo que ponemos en venta o lo que adquirimos mediante una compra tiene que ver con lo que somos (y tal vez esto es más frecuente de lo que a menudo creemos). No voy a referirme ahora a la recomendación de Platón según la cual es preciso cuidarse mucho de lo que uno adquiere en el mercado, porque las ideas que compramos a los sofistas (o a quienes hoy en día juegan el mismo papel) nos las llevamos directa­mente en el alma, sin haber tenido la oportunidad de examinar si eran buenas o no lo eran4. Y claro está que tampoco se trata de rememorar a Goethe para que Fausto nos recuerde de nuevo qué fácil­mente vendemos nuestra alma al diablo haciendo muy mal negocios. Hablamos de la venta y la compra en su sentido más elemental, de cosas y utensilios, de objetos... y personas.              

A primera vista en el acto de la compra y la venta sólo se lleva a cabo una transferencia de la propie­dad de alguna cosa, que presumiblemente sólo tiene un carácter exclusivamente jurídico, aunque con sus propias implicaciones económicas, psi­cológicas y sociológicas. Compro o vendo, y entonces lo que es mío se lo doy a otro, o lo que es de otro pasa a ser mío. Pierdo o gano, y punto. Por decirlo así:sólo pasa algo en mi haber, en mi bolsillo o en mi cuenta del banco (para decirlo "modernamente").

Ahora bien, ¿por qué podríamos creer que estamos hablando con propiedad cuando afirmamos que perdemos algo o lo ganamos? Por otro lado, ¿qué nos pasa a nosotros mismos cuando perdemos o ganamos algo de esta manera? Tal vez la cuestión clave pueda formularse de este modo: ¿bajo qué condiciones ontológicas, es decir relativas a lo que soy (no jurídicas o de otro tipo) podemos afirmar que algo es nuestro o que ya no lo es? Vender o comprar es algo que tiene que ver con lo que llamamos nuestras necesidades, y de este modo con la riqueza y el poder, con la pobreza y la miseria, y si bien es cierto que todo esto afecta a lo­-que-hacemos y a lo-que-tenemos, al parecer final­mente no tiene nada que ver con lo-que-somos5. Aparentemente, a nosotros mismos no nos pasa nada. ¡Qué bueno!

Veámoslo más despacio. Y sobre todo hay que precaverse de una falsa separación que solemos hacer, por un lado, entre ser esto o lo otro, y por otro lado, entre tener esto y lo otro, que seguramente viene de una tradición muy antigua (como la de separar la esencia y la existencia, y luego ver cómo podemos unirlas), pero que ahora, debido al predominio de lo pragmático, nos es muy familiar. De paso hay que mencionar el hecho de que hoy por hoy los jóvenes se inquietan más por lo que quieren tener que por lo que desean ser. Ojalá que de alguna manera advirtieran que esto vuelve aún más precaria nuestra ya originariamente mer­mada forma de ser6. Pero también hay que darse cuenta de que es infundada la creencia de que es posible ser de un modo (en el fondo de mi ser), y comportarme de otra manera, diferente, en la conducta mía que los demás observan. Como si estuviera mínima­mente probado que nuestro ser “interior” existe o que existe el “exterior”7. Pero lo que se es, está a la vista, de un modo irremediable, porque somos el ser de la expresión, como lo explicaba sin cansancio Eduar­do Nicol8. Equivocadamente procedemos como si de veras tuviéramos un interior, al que no le afectara mucho lo que sucede afuera, y un exterior al que poco importara lo que somos por dentro. Esta manera de facilitar una "explicación" de que somos buenos por dentro, aunque por fuera no se nota del todo, ha tocado a su fin.

Ahora bien: ¿las cosas que vendemos o compra­mos las relacionamos con lo-que-tenemos o con lo-que-somos? Podemos pensarlo un poco, por­que la cosa tiene su propia dificultad. En primer lugar, no es algo malo en sí mismo tener cosas o dinero. Lo que resulta por lo menos triste y exis­tencialmente pobre es no ser sino el que tiene esto o aquello. En segundo lugar, insistamos en el asunto importante: ¿cómo nos volvimos dueños de cosas y personas? ¿Se entiende el sentido de nuestra pregunta? Cuando digo que una cosa es mía, algo debe pasarme a mí, y algo le debe pasar a la cosa. ¿Se dan cuenta?

¿Se imaginan ustedes lo que debió haber pasado, la historia que debió haber transcurrido para que el hombre haya podido entender que algo es suyo y no de otro? Se trata sin duda del fenómeno de la posesión, de la propiedad. Eso que ahora, desde luego, también nos parece algo muy natural. Pero pueden ustedes estar seguros de que no es algo natural. Aunque la antropomorfización tan común que hacemos de la vida de los animales nos hace hablar —figuradamente, no puede ser de otro modo— de lo que es de uno y lo que es de otro. Ellos, sin la gracia de la libertad (o sin el peso de ella, como quiera interpretarse) jamás sabrán lo que es en­frentarse a ese dolor tan peculiarmente humano que consiste en hacer frente a las alternativas, como la de ser o no ser, como la de vivir o no, como la de tener esto o no tenerlo.

Planteado con rigor: ¿cuál es el significado de la posesión de las cosas? ¿Por qué razón puedo tener cosas? ¿Por qué las cosas se dejan tener? ¿Cuál es la proporción exacta en la que la posesión de las cosas incrementa lo que soy o lo disminuye? ¿El tener más me hace ser más? Está por verse. Sin lugar a dudas, el sentido de la posesión es algo (por lo menos) tan oscuro como algunas otras cosas de nuestra propia natu­raleza.

En general, nos gusta tener cosas (y no nos referimos por supuesto a lo que es menester para vivir). ¿Por qué razón? Tal vez debido a que hubiéramos interpretado mal nuestra necesidad de hacer nuestro propio ser —derivada de nuestra insuficiencia constitutiva ("éramos uno, pero ahora por nuestra iniquidad hemos sido se­parados...")9—, creyendo que podríamos satisfacerla o al menos paliarla  (cuando no sencillamente disimularla) por medio de la acumulación de cosas o dinero. Y también cuenta el éxito social, por supuesto, que en ese “atesoramiento” fija su mirada con mucha agudeza. Además siempre preferi­mos poseer cosas y gentes que andar averiguan­do lo que significa poseerlas.

Además: decididamente el afán de tener es más poderoso que el afán de saber. ¿Por qué será así? ¿Por qué le pasa esto al ente dotado de razón, el que se define tan orgullosamente como un "animal racional"? ¿Nos cuesta un trabajo enorme renunciar a los intere­ses de nuestra voluntad y nuestros deseos, por más que nuestra razón nos ilumina casi siempre de un modo suficiente para poder prescindir de muchas cosas que no necesitamos tener?

De un modo extraño, nos dejamos vencer por poderes mucho menos poderosos que los pode­res de la razón. Por ejemplo, permitimos que nos dominen los efectos de la persuasión (que ahora, en las manos de doctrinarios y publicistas es algo tan común), los que nos convencen de la "necesidad" o el "placer" de tener esto o aquello. Doblegadas, subyugadas o cuando menos seria­mente debilitadas las fuerzas de nuestra razón, parece —una vez más— lo más natural del mundo preferir tener algo a no tenerlo. Rerum natura?

Pero hay algo aún más inquietante. Por alguna razón (que no deja de tener cierto carácter sinies­tro), nos parece mejor tener esto o aquello que ser esto o lo otro. Y esto revela, por un lado, que el poder de persuasión de los sedicentes medios de comunicación han violado grave y escandalosa­mente los límites de nuestra intimidad; y por otro lado, que la educación ha fallado al no fortalecer de un modo suficiente nuestras fuerzas para ser quien queremos ser, como deseamos ser, y sobre todo por ser incapaces de proponer modelos de auténtica hombría. Hoy cualquiera diría sin vergüenza o cinismo fingido que ya ha pasado de moda eso de ser alguien, eso que hasta hace poco tiempo iba unido al ímpetu vocacional (para ser de un modo y no de otro), y que en todas las épocas había hecho de la vida algo que valía la pena de ser vivida.

Ciertamente es tan difícil a veces ganarse el pan con honestidad y lealtad, con fidelidad verdade­ra, que parece no haber lugar para miramientos. El nuestro es un tiempo sin miramientos. Ya no los hay, quizá, porque son pocos quienes se los merecen. En todo caso, cuando nuestro ser ha quedado ya demasiado mermado, sólo importa comprar bien, vender bien, venderse bien. Y tal vez por eso el sentido común suele desesperarse tan rápidamente: ¿quién quiere entender algo, si es tan urgente poseer, tener, dominar, hacer suyo el mundo de las cosas y las personas, acomodarse bien? ¿Y la ganancia de todo esto? (porque ha­blando de mercancías no falta el mercachifle que opina que la ganancia es lo único importante). Es importante la ganancia, sin duda alguna, porque muy afortunadamente la ganancia no es lo único importante que ofrece la vida.

Sin recurrir al hecho de la ambición humana y la avaricia (que siempre han estado presentes donde hay hombres), preguntémonos: ¿qué es po­seer? Suele pensarse que el hom­bre "primitivo" se encuentra en un estado de vinculación simpatética con las cosas10, con-fundido con ellas, a partir del cual entrar en un largo proceso de diferen­ciación e individuación11 hasta alcanzar el momento extraordinario en el que ya puede decir "yo no soy eso; soy algo distinto”, o sea que cobra conciencia de su identidad (empieza a tener conciencia de sí mismo, sin confundirse ya con ninguna cosa ni con ningún otro sujeto). Este pro­ceso en el que adquiere un ser propio,  que lo vive como suyo, puede ser similar a ese otro en el que el niño va adquiriendo noción de sí mismo y de su diferencia respecto a los demás y a las cosas que lo rodean. Esto es algo que sucede más o menos así.

De algún modo, la conciencia de ser algo independiente de lo demás, parece ser condición de posibilidad para crear una conciencia del tener. Pero no vamos a sostener que descubre que "tiene" un cuerpo, porque se da cuenta de que "tiene" manos y piernas, cabeza y boca, etcétera. Salvo casos de afección patológi­ca, el ser humano nunca se ve a sí mismo como un "alma" que "tiene un cuerpo", pues se experimenta como una unidad, tal cual lo miran los demás, y tal como él mismo capta al prójimo. En esa unidad de sí mismo, y cuando empieza a conquistar los már­genes que la necesidad y el azar le dejan a su libertad, empieza a volverse dueño de sus actos, y por tanto, abre las puertas a la vivencia de la posesión. ¿Y en qué consiste esta posesión de sí mismo? Precisamente en la rectoría de sus actos.

Pero obviamente esto no tiene que ver con la experiencia de tener cosas. Entonces ¿cómo va a “poseer” después las cosas que dirá que son suyas? Es suya su vida (y esto no lo acabamos de entender propiamente nunca). Pero debemos insistir: ¿cómo es capaz de entender y de vivir el hecho de que también hay algo más que puede ser suyo? ¿Cómo puede ponerse en relación con su ser propio alguna cosa que no tiene nada que ver con su propio ser? En otras palabras: ¿cómo logra la experiencia de la propiedad de algo que en rigor no le pertenece como le pertenecen sus ojos o su corazón, sus ideas y sensaciones, sus tristezas y alegrías? Es tan difícil de entender nuestra relación con las “cosas” de nuestro propio ser que todavía hoy el lenguaje humano nos impide hablar correctamente de algunos hechos. Decimos, por ejemplo, que nos duele la pierna, o que nos duele el estómago, como si fueran cosas nuestras y al mismo tiempo no lo fueran, sin ser capaces de expresar claramente que somos esa pierna y ese estómago. Así son las cosas.

En cierto modo, también poseemos al otro, al prójimo, cuando descubrimos, como el griego o el romano de la Antigüedad, que nada humano nos es ajeno. Y el amor también es posesivo. Sólo quiere para sí mismo al ser amado, en un sentido que no tiene el carácter del egoísmo. Particularmente ne­cesitamos tener a ese otro yo del que nos enamo­ramos, porque sentimos, quizá con plena razón, que es una parte de nosotros mismos, de nuestro propio ser (que casi siempre, en el mejor de los casos, puede representar precisamente la mejor parte de nosotros mis­mos). Paradójicamente, el amor es la experiencia más sublime de posesión de uno mismo. De ahí se origina, tal vez,  el sacrificio amoroso a través del cual, si fuera preciso, se dispondría uno a dar la vida por “ese otro”.

Y de un modo parecido, mejor dicho con un afecto muy emparentado con la experiencia del amor, tenemos amorosamente a ese que sentimos como nuestro amigo; y claro, en una vivencia más pecu­liar aún, sentimos que es nuestro el hijo nuestro, nuestro padre, nuestra madre, nuestro maestro... Nuestros seres queridos.

Pero a las cosas, ¿cómo tenerlas o perderlas tan íntimamente como se tiene al otro cuando lo amamos o cuando lo perdemos si se muere o si nos abandona? Cuando el ser amado nos deja sentimos que se acaba nuestra vida. Ya lo saben. Y entonces ninguna cosa, por más atrac­tiva que pueda resultar para nosotros, puede ocupar el terrible hueco que queda en nuestro ser. Por otro lado: ¿quién dice que a las cosas podríamos tenerlas siquiera como tenemos pies en el extremo de las piernas y ojos en la cabe­za? Aquí, como en muchas otras cosas de nuestra vida, parece que no hemos hallado el modo de entender claramente.

Sin embargo, a las cosas sí podemos tenerlas. El mundo está lleno de cosas que podemos tener. El secreto de la posesión de las cosas es que nuestro ser puede guardar con ellas una relación íntima (muy nuestra, a nuestro modo, que no siempre está a la vista). Así como nuestro ser es relativo a la divinidad y a los demás, a los otros que son como nosotros, también es relativo a las cosas, o sea a esos entes cuya forma de ser es para nosotros, al mismo tiempo,  tan extraña como familiar. Ora ajena porque es lo más distinto a nuestro propio ser, como algo completamente heterogéneo; ora común y corriente, como objeto harto familiar de nuestro entorno. Esa posibilidad de relacionar­nos íntimamente con el ser de las cosas (tan a menudo insospechada para el razonamiento su­perficial y el trato exclusivamente utilitario), crea la imposibilidad de que ellas (en su infinita varie­dad y significación) nos sean indiferentes.

Si definimos al ser humano en los términos de una esencia inmutable, ni Dios, ni los hombres y las cosas (naturales y creadas) afectarían su ser, fuere cual fuere la manera en que se relacionara con ellas. En todo caso, y bajo cualquier circuns­tancia, él seguiría siendo lo que es, independiente­mente de los modos de su relación. Pero si el ser humano es según se relaciona con lo que no es él12, todo cambia. El mundo de las cosas, entonces, tampo­co es ajeno a lo que somos. Si somos capaces de reconocer que nuestro ser es algo mucho más frágil de lo que nos imaginamos, aceptando que depende de nuestra relación con los demás, con la divinidad y con la naturaleza, las cosas adquieren una dimensión diferente y cobran mayor importan­cia para nuestra vida. Las formas distintas de relacionamos con las cosas, nos hacen ser dife­rentes. Y al revés: porque somos distintos, nos vinculamos con las cosas de modo diferente. Nues­tra vida, todos lo sabemos, está acompañada siem­pre de cosas, grandes y pequeñas, triviales o de gran importancia.

Y para bien o para mal, una de las formas más comunes en las que el hombre se relaciona con las cosas es poseyéndolas. ¿Y no diríamos más bien que para mal, porque teniéndolas evitamos una auténtica relación con ellas, puesto que su papel de mercancía a través del cual realizamos su pose­sión oculta su verdadero rostro al vestirlas con el ropaje de la utilidad (incluso cuando se trata de objetos que denominamos de mero ornato, porque precisamente nos sirven para adornar).

¿Qué queremos decir con esto? Parece necesario tratar de aclarar lo que significa tener una cosa. La ambigüedad que el lenguaje permite circular libre­mente en esta idea de la posesión nos impide ad­vertir rápidamente lo que aquí se pone en juego. De un modo similar a las personas, a la cosa no la podemos tener nunca si somos incapaces de mantener con ella una genuina relación entre lo que ella es y lo que somos nosotros. Si la cosa no tiene que ver con mi ser, en sentido estricto no puedo tenerla nunca. El caso de la posesión amorosa, es un ejemplo muy bueno de lo que queremos decir. En otras palabras: si no tiene nada que ver conmigo, la cosa o la persona siempre permanece­rá respecto a mí en una relación de pura exteriori­dad. De paso esto mismo puede indicar el sentido de la aparentemente inexplicable frustración de lo que suele llamarse sexo sin amor (que en alguna medida, a veces, envilece a uno o a ambos de los amantes, porque falta algo más). Tal vez al recordar los automóviles anti­guos, comparándolos con los nuevos, o mejor: un teléfono de esos negros que teníamos antes en casa, comparándolo con los que ahora podemos llevar por todas partes, podría damos una mejor idea de lo que intentamos pensar. Los dos apara­tos, desde luego, son sustituibles y desechables, cosas de la tecnología actual que la misma tecnología convierte muy pronto en cosas pasadas, pero el primero for­maba parte de nuestro ámbito familiar privado más fácilmente que el segundo (¿por eso los seguire­mos conservando con cierta nostalgia entretejida de recuerdos?), al que no adherimos fácilmente sentimientos nuestros porque se va a ir en un tiempo más breve del que necesitamos para engendrarlos.

El engaño de la mercantilización consiste en que nos hace creer que tenemos la cosa siempre y cuando podamos adquirirla justamente como mer­cancía, es decir, a través de un acto de compra y venta. Pero esta ilusión desaparece cuando notamos que la cosa no es en realidad nuestra en el sentido en que nos gustaría que lo fuera, pues el ser dueño de ella es un acto de dominio que se sustituye fácilmente por un —posible— nuevo acto de compra y venta. Ese dominio consiste, en primer lugar, en que me puedo deshacer de la cosa poniéndola en venta, y vendiéndola efectiva­mente; y en segundo lugar, significa que soy dueño del poder de destruirla, parcial o totalmente, preci­samente porque al haber pagado su precio, me he apoderado de ella, lo más seguro es que de un modo inadvertido. En otros términos: es mía, puedo hacer con ella lo que yo quiera. En este sentido comprar algo es, radicalmente hablando, adquirir el poder de su destrucción. Tener una cosa, en cambio, en un sentido auténtico es (como le pasa al niño que ha entrado en una relación verdaderamente afectiva con una flor o una masco­ta) quedar incapacitado ya para poder participar en cualquier acto cuya finalidad fuera la de su eliminación, debido a la relación que ahora guarda con mi ser. En el primer caso, nada más me apodero de ella; en el segundo, la poseo, la tengo, la hago mía (en el sentido ya inusual de esta palabra), porque mi relación se establece directamente con lo que es, y por tanto, con su valor, no con su precio. En cambio, si nada más la compro, sólo cuenta para mí su utilidad y su precio. No puede desconocerse desde luego el hecho de que la compra de algo puede crear las condiciones para el inicio de una relación verdadera como la que describimos. Pero tratada o convertida la cosa en mercancía, no puede mostrase ya como real­mente es, pues queda exhibida únicamente como cosa útil —para lo que sea—,  y como tal, sólo como algo susceptible de ser vendido o comprado. Ya adquirida normalmen­te se usa y se desecha en un período de tiempo muy corto, que escasamente propicia el nacimiento de una relación de otra índole con nosotros mismos. En suma: a la cosa ya casi no se le brinda la oportunidad de ser nuestra.

¿Saben ustedes? Aunque parezca extraño, una de las maneras de poseer realmente la cosa es dándola. Sí, desprendiéndonos de ella, es a veces como la poseemos. Por cierto, parece que ya hay poca gente generosa, desprendida; que hoy no se sabe dar, que no se sabe recibir. La gratitud no parece ser ahora una vivencia cotidiana. Pero por medio de una dialéctica humana, ciertamente difícil de entender en todo su sentido, hay cosas que sólo se tienen cuando se ofrecen. En verdad se tiene lo que se da; aunque no se entienda. Como la razón científica, que únicamente se tiene cuando se da (cuando se da razón de las cosas es cuando se sabe de ellas13), el amor se teje con hilos de esta dialéctica de la dádiva y la posesión, del ofrecimien­to y la entrega.

Con las cosas puede pasar lo mismo. Seguramen­te ustedes lo han experimentado. Hay cosas que sólo cuando las regalamos comienzan a ser nues­tras: a partir de entonces, empiezan a ser esa cosa nuestra que tiene el otro. (Las cosas que nos dan y las que obsequiamos representan simbólica­mente el vínculo entre nosotros, como lo indicaba la tessera14 de los romanos). Antes, cuando no tienen una relación con nosotros ni con el otro, son poca cosa, son nada. Hay aquí medidas. Por eso hay mayor generosidad cuanto mayor es la estima por la cosa de la que nos desprendemos. Con la generosidad crece ella y nuestro propio ser. Pero se necesita de nuestra parte una relación viva tanto con la cosa que obsequiamos, como con la perso­na a quien la destinamos, para que el afecto que se esconde entre sus formas y sus texturas no se desvanezca prematuramente.

Pero desafortunadamente predomina en nuestra vida nuestra capacidad para ver el aspecto útil de las cosas. Nos hemos acostumbrado a ignorar lo que ellas son en sí mismas para poder usarlas o para asignarles exclusivamente una utilidad venta­josa. Las convertimos espontáneamente en algo para nosotros, con el pretexto de una necesidad nuestra, real o ficticia. Una silla, por ejemplo, nos sirve para sentarnos, pero “si fuera necesario” también nos sería útil como escalera, para que nuestras ma­nos puedan alcanzar lo que no podíamos atrapar sin ella. En el mundo de nuestras necesidades verdaderas (y las que inventamos), siempre nos las arreglamos para hallarle una utilidad a las cosas (y a las personas). Y peor para ellas si no encon­tramos algo que hacer con ellas, o si no se acomo­dan dócilmente a nuestro afán utilitario tan aguda­mente desarrollado en nuestro tiempo. Se sabe desde siempre, es cierto, que el espíritu mercan­tilista que quiere vender todo no tiene límites. Tam­bién se puede vender la idea misma de que todo puede venderse. Y no obstante, el que cree en verdad que cualquier cosa puede venderse, proba­blemente en ocasiones le asalta secretamente la angustia de que un (mal) día lo que más ama pudiera ser puesto en venta.

Pero las cosas, como si fueran personas, se pueden querer, se dejan amar. Son nobles, y nos dejan ver su propio ser si se les mira desinteresa­damente, si se habla de ellas libremente (sin la sujeción a la necesidad), si se les permite traspa­sar la exterioridad de nuestra piel (con una mirada como con la que el filósofo ve el cosmos entero, si se expresan como lo que puede ser dicho poéticamente, si se les acoge en un acto seme­jante a ese con el que el pintor ofrece sus ojos para que aparezcan los árboles y las montañas, las nubes y las aves). Y no es otra la experiencia en la que dolor y placer se entrelazan cuando el boticario ofrece sus fármacos al enfermo y el librero transfiere sus libros a quien los necesita; en cambio, son sólo fármacos o sólo libros para los que nada más venden medicinas o nada más venden libros. A pesar de algunas cosas, pues, las cosas se pueden amar intensamente. Piensen, por ejemplo, en la sustancia que cura la enfermedad de un ser querido; en el alimento para el hambre de un niño o un damnificado; en las cobijas que mitigan el frío de un anciano; en las flores que le dicen a una persona que alguien la quiere.

A las cosas les va mal, sin embargo, cuando se junta su utilidad y nuestra actitud pragmática. Entonces, no nos cuesta trabajo deshacernos de ellas vendiéndolas o desechándolas. Y ganando dinero al venderlas, se establece un círculo más perverso que vicioso: porque el dinero también es útil para comprar cosas útiles,  y ni siquiera vale la pena hablar de las cosas malas, las que hacen daño.

Donde hay un hombre, hay alguien; donde hay alguien, la cosa puede ser cosa de veras, puede ser algo para alguien. La cosa no es nada cuando no hay nadie en relación con ella. En rigor, no existe como tal cosa sino en su relación con el hombre, y aunque a menudo podamos olvidarnos fácilmen­te de cosas y personas, en las ocasiones que dan cuerpo a lo que somos, el vínculo ya no puede deshacerse.

Podemos construir un ejemplo. Que la imagina­ción, pongamos por caso, nos ayude a poner en nuestra mente un par de zapatos que alguien dejó en casa antes de partir. Unos zapatos que todavía tienen el olor de esa persona. ¿Alguno de ustedes recuerda cómo describe Heidegger los zapatos de Van Gogh15? Pero ahora no estamos pensando en los zapatos de una campesina. Más bien en los de alguien que todavía amamos. En cierto modo, ellos hacen que esa mujer esté todavía con nosotros. Al voltear la vista y encontramos inesperadamente con ellos, frente a ellos, en una realidad tan real que no podemos negar bajo ninguno de nuestros recur­sos, nos hallamos cara a cara frente a ella. Parece que esos zapatos, su peculiar olor y lo sutil de su perfume (que todavía vaga caprichosamente por distintos lados de la casa) son lo único que nos queda de ella. No son, entonces, cualquier par de zapatos. Son la cosa más conmovedora para nues­tro corazón, y por eso, sin que podamos explicar por qué razón, hay algo que nos impide regalarlos, destruirlos o tirarlos. Los amamos tanto como a alguien que caminaba con ellos; alguien que a veces, como fastidia­da de ellos, los echaba a un rincón, como si ya no los quisiera. Se comprende que nosotros hoy los queremos mucho, sea de noche o por la tarde, incluso cuando la sonrosada luz del amanecer precede la salida del sol.

Ahora bien: ¿podríamos nosotros deshacemos de ellos vendiéndolos? Bien. Hablemos de vender y com­prar zapatos. Hablemos de ellos como una mercancía. Un buen día estuvieron ahí, relucientes, muy bien acomodados, vistosos, más lustrosos por los reflejos del cristal de la vitrina en la que los exhibía la zapatería, atractivos para cualquiera. Como tales, eran sólo una mercancía (el objeto por exce­lencia de nuestro mundo, de este mundo nuestro que dizque por mucha necesidad vende todo). La mercancía que es el producto último de un comple­jo proceso de una empresa (materia prima, em­pleo, dinero, administración...). Ahí estaba, por tan­to, su valor de uso y su valor de cambio; y anónima­mente, sin notarlo, el esfuerzo de un callado trabajo humano, realizado quizá en agotadoras jornadas de labor. En ellos había una etiqueta con un precio, que alojaba cifras que seguramente simbolizaban muchas cosas; ahí, a través de ellos, funcionando la magia de los anuncios, de los acomodos en los aparadores, de los retoques con nata para el cha­rol, la crema o la grasa para calzado bien acabado, y por supuesto, con el beneficio de los juegos de luz que los hacía aparecer más finos, más buenos, más caros; y ahí, claro, los intereses y todas las tácticas de la mercadotecnia que podamos imaginar, los ardides de la publicidad, las llamadas invisibles manos del mercado, la metamorfosis poderosa por medio de la cual se logra que las tallas grandes se vean pequeñas, y que éstas ostenten la gracia que no tienen ni podrán tener nunca. Ahí, todo eso.

Para ella, después de que los compramos —quién sabe si al contado o con una tarjeta de crédito, y tampoco importa por qué tipo de necesidad— todo eso había des­aparecido y había sido sustituido por una relación muy personal, singular, en un complejo y al mismo tiempo sencillo acto de adopción. Ahora bien: ¿cuáles son las vicisitudes por las que tiene que pasar una mercancía para que un día, si las cosas salen bien, alguien pueda adoptarla, com­prándola? Después de esto, ella pudo decir más de una vez, como una auténtica expresión de su sentimiento de posesión, que eran sus zapatos. Es cierto que ella también pudo haberse desesperado de ellos (por una callosidad o una uña enterrada, o si se quiere, como consecuencia de las desilusio­nes provocadas por la imposición de la moda actual, que ya no es la de ayer, y tampoco, por algún extraño poder, podrá ser la de mañana). Un día, sin más, pudo haberlos abandonado. Los pudo haber sus­tituido por otro par de zapatos nuevos. Creemos que eso fue lo que hizo. Como era necesario en su nueva situación. Pero mientras estaban en uso, eran parte de lo que ella era, tal y como ahora son parte nuestra las lágrimas del desamor que día tras día —a veces no, ciertamente— se han acostum­brado a convivir con la soledad irremediable de un par de zapatos abandonados en alguno de la docena de sitios del lugar donde vivíamos. ¿Podríamos, aca­so, venderlos?

Adopción, abandono, sustitución, pérdida, desamor. Enamoramiento de ella, a quien a veces parecía gustarle mucho sus zapatos. Adopción del traba­jador que los hizo con sus propias manos, en miles de movimientos manuales que muchas veces tuvie­ron que ser más una tierna caricia (parecida a la suavidad con la que ahora les quito el polvo que el tiempo va dejando fuera y dentro de ellos) que el mane­jo enérgico de un pedazo áspero de cuero en la realización de un trabajo, quién sabe si para cum­plir bien su oficio, para quedar bien con un patrón que quizá cada vez lo hostiga más para incremen­tar su productividad, si para ganar un poco más, para hacer bien las cosas, o sencillamente para desquitar el sueldo. Y un día tuvo que deshacerse de ellos. Un día quiso deshacerse de nosotros. El obrero de todos modos necesita obtener el pan de cada día, como uno necesita el beso de cada día, la atmósfera afectiva de una voz y la ternura de unos brazos que nos sostienen con seguridad aunque hayamos venido cayendo desde cualquier altura. ¿Podríamos, entonces, aceptar algún dinero por ese par de zapatos?

¿Qué pasa cuando vendemos las cosas? ¿Qué sucede cuando compramos o vendemos cosas? ¿Cómo es posible, en general, la compra y la venta de las cosas? Podemos vender una cosa siempre y cuando estemos en condiciones de romper o suspender nuestra relación íntima con ella para poder llevar a cabo la transacción. De lo demás no sabemos mucho. Al parecer, sólo el poder nihiliza­dor del dinero puede debilitar, adormecer y final­mente anular la relación que naturalmente se pro­duce entre el ser de las cosas y el nuestro, convir­tiéndolas a ellas en mercancías y a nosotros en consumidores. Pero nada garantiza del todo y para siempre que poco a poco, sin darnos cuenta, de un modo inesperado, para bien nuestro, nazca o re­nazca eso que nos hace querer entrañablemente las cosas. Lo que no debemos perder de vista es el hecho de que cuando las vendemos como meras mercancías, querámoslo o no, nos guste o nos  disguste, van desapareciendo de nues­tro mundo personal, en una retirada que se asemeja a la aceptación forzada de un destierro del que nunca se sabe si podrán volver; y tampoco sabemos si las cosas que compramos luego podrán estar el tiempo necesario para que se vuelvan para nosotros cosas verdaderamente entrañables.  

 

Notas y referencias

1 Henry Pratt Fairchild (editor), Diccionario de sociología (Dictionary of Sociology, 1944), tr. de T. Muñoz, J. Medina Echeverría y J. Calvo, México: Fondo de Cultura Económica, 1971.  

2 Cf. K. Marx, Das Kapital (1867, el primer volumen). Existe la versión castellana de Wenceslao Roces, en México:Fondo de Cultura Económica.

3 Cf. Eduardo Nicol, La idea del hombre (1946), México: Fondo de Cultura Económica, nueva versión, 1977.

Cf. Platón, Protágoras, 312 e 314 c.

5 Valga esta forma inusual de utilizar los guiones con el fin de que la unión de ciertas palabras nos ayude a resaltar las ideas.

6 Cf. Platón, Banquete.

7 J. M. Silva Camarena, "Interioridad y comunicación", Revista de Filosofía, Universidad Iberoamericana, México, año, XX, núms. 58-59, (1987), 157-164.

8 Véase E. Nicol, Metafísica de la expresión, México:Fondo de Cultura Económica, 1974, segunda versión.

9 Platón, Banquete, 189a-193b.

10 Cf. Ernst Cassirer, Antropología filosófica. Introducción a una filosofía de la cultura (An Essay on Man,1944)tr. de E. Ímaz, México: Fondo de Cultura Económica, 1971.

11 Cf. E. Nicol, La idea del hombre, ed. cit.

12 Cf. Eduardo Nicol, La idea del hombre, México: Editorial Stylo, 1946, introducción (“La historia y la verdad”).

13 Vid. nuestro ensayo “Los intereses de la interrogación”, Contaduría y Administración, Facultad de  Contaduría y Administración, UNAM, núm. 194, julio-septiembre (1999), 37-46.

14 Objeto, de cualquier material, que se partía en dos, como seña y contraseña,  para que cada uno de los amigos la conservara en señal de esa amistad.

15 Cf. Martin Heidegger, Arte y poesía (Der Ursprung des Kunstwerkes, 1935/36 y Hölderlin und das Wesen der Dichtung, 1936), tr. de Samuel Ramos, México: Fondo de Cultura Económica, 1958; Vid. J. M. Silva Camarena, "La vida no es fácil", Revista Anthropos. Eduardo Nicol. La filosofía como razón simbólica,  Barcelona, número extra 3 (1998), 106-112.


MENU