Disciplina e indisciplina en el que hacer científico
El falso principio de la interdisciplinariedad

juan manuel silva camarena

1999

 

Conferencia inaugural del II Foro del Centro de Estudios de la Universidad,
de la Universidad Autónoma del Estado de México,
realizado en la ciudad de Toluca el 14 y 15 de octubre de 1998,
y publicada en el libro Universidad interdisciplinaria, Toluca: UAEM, 1999.

 

Un fantasma con el nombre de interdisciplinariedad recorre las aulas de las instituciones universitarias. Hoy en día los establecimientos de educación superior están acogiendo la idea de la interdisciplinariedad, sin exhibir razones claras para hacerlo.  En la máxima casa de estudios, como solemos llamar a la universidad, no se puede ofrecer ninguna posibilidad de diálogo con ellos mientras no sepamos quiénes son y de qué vamos a hablar. No hay, por ahora,  una teoría de la interdisciplinariedad que pudiera examinarse con el rigor y la objetividad con las que se abordan las propuestas teóricas novedosas. Algunos académicos tienen ideas sueltas al respecto, y en estas condiciones, por supuesto,  no se puede plantear un juicio al respecto elaborado responsablemente. Podría ser que la interdisciplinariedad sólo fuera un conjunto de ideas sueltas sin ninguna fundamentación ontológica y epistemológica. Sin embargo, suponiendo que sea algo más que una moda académica impuesta por razones no académicas, examinaremos hasta donde sea posible esta idea con el propósito de analizar más su necesidad y su posibilidad: ¿es necesaria la interdisciplinariedad? ¿es posible la interdisciplinariedad? Cierta vaguedad e indefinición acompañan a la idea de interdisciplinariedad desde el principio, y en una primera aproximación no sabemos qué decir, qué pensar. Entonces, para pisar terreno firme, sería preciso plantear la pregunta básica: ¿qué es la interdisciplinariedad? 

Aunque la interdisciplinariedad parece no haber encontrado obstáculo alguno para convertirse en un lugar común en las arengas universitarias que hablan de lo que podría concebirse como estrategia de facultades o escuelas para combatir con arrojo la ignorancia de la gente (resolviéndose a hacerlo sin reparar en dificultades), al ponernos frente a ella, en efecto, algo interrumpe el pensamiento. Algo detiene el libre curso del razonamiento cuando intentamos acercamos a este asunto con cuidado, si considerarlo como algo familiar y comprensible de suyo. Ciertamente la palabra interdisciplinariedad nos comunica algo pero con bastante vacuidad e imprecisión.

El ámbito universitario, escenario ad hoc para el ejercicio de las interrogaciones, exige, no obstante, un mínimo de claridad para poder abordar cuestiones cuya consistencia, desarrollo y respuesta resulten fértiles para los fines de la comprensión y el conocimiento. ¿De qué otra cosa se trata sino de allanar el camino para entender bien las cosas? Esto, que también denominamos búsqueda de la verdad, es la parte central de la misión de la universidad, porque a pesar de su situación contemporánea —en la que vive tan amenazada por intereses ajenos a su propio espíritu—, ella es un centro de averiguación o investigación más que un almacén eficiente para el acopio y la distribución de conocimientos ya elaborados; y al parecer, la interdisciplinariedad sería ideal para lo segundo, pero no para lo primero.

Ahora bien, ¿para la investigación de lo que las cosas son puede servir la idea de interdisciplinariedad, como si fuera un principio necesario para conseguir el conocimiento o para incrementarlo? ¿O más bien, para estos fines, lo que es necesario es el principio de la disciplinariedad?

Para empezar, puede suponerse que la idea de interdisciplinariedad implica algo más que la invitación a que los investigadores de cada una de las disciplinas científicas o los representantes de diversas profesiones remedien la precariedad de sus instrumentos para conseguir conocimientos. Y además, debe descalificarse la idea de interdisciplinariedad si sólo fuera una solución para aumentar la cultura general de los investigadores, dándoles la oportunidad de enterarse, siquiera un poco,  de lo que los demás, en otros campos del saber y otros ámbitos del quehacer profesional, saben y sostienen, defienden o impugnan. Pero no es claro lo que esta idea comunica. De nuevo: ¿qué es la interdisciplinariedad? Estamos frente a un problema. 

En la tarea del conocimiento, estar frente a un problema, no es en modo alguno algo inusitado; es decir, no se trata de algo que sea, a su vez, un problema. Tener problemas es lo normal.  El conocimiento puede concebirse precisamente como una superación de los problemas del conocimiento. De otra manera: conocer es resolver problemas para el conocimiento. Y no nos referimos, por cierto, a los problemas de todo tipo que tiene un investigador para llevar a cabo sus averiguaciones. Tener un problema es tener frente a uno un fenómeno —o aspecto de la realidad— que no cuenta hasta ahora con una explicación o razón satisfactoria de su naturaleza. No necesitamos adoptar una distinción como la que hace Gabriel Marcel entre problema y misterio1, para damos cuenta de que en el caso de un problema de conocimiento  la razón cuenta con sus recursos explicativos (a través de los cuales da razón de las cosas)  cuando intenta conocer algo;  y en el caso del misterio, el “problema” de conocimiento no alcanza a ser dilucidado por los medios de la razón.  

Por decirlo así, hay más problemas y misterios que cosas o fenómenos. Y esto se debe a que podemos crear, queriéndolo o sin querer, problemas que no son problemas, falsos problemas. Debemos distinguir entre problemas ya resueltos, falsos problemas —porque no puede resolverse por la manera en que se plantean— y problemas auténticos, o sea los que tenemos que solucionar. Ahora bien: sólo dentro de un campo bien determinado de conocimiento podemos descubrir auténticos problemas.

Ahora bien, por lo que parece, la idea de la interdisciplinariedad produce por sí misma un falso problema: el de su misma realidad.  Sí podemos proceder interdisciplinariamente, si sólo se trata de reunir conocimientos ya logrados; si se trata de conseguir nuevos conocimientos, no se logra nada reuniendo disciplinas. Como queda planteado el asunto en el presente escrito, no se trata de averiguar cómo sería posible la interdisciplinariedad (como reunión de conocimientos),  sino de mostrar que ella es imposible como camino indispensable  para obtener nuevo conocimiento, y en particular, nuevo conocimiento que las disciplinas, por sí mismas, serían incapaces de producir.  Así, la idea de su posibilidad nace tanto de a) una mala comprensión del trabajo científico de la razón, como de b) una equivocada manera de concebir la realización de la ciencia en el seno de la universidad.

Si lo que decimos es cierto, tenemos que admitir que la cuestión ¿qué es la interdisciplinariedad? no da más; que en realidad se trata de un falso problema que ni siquiera debía ser planteado de nuevo.  

I
I
nterdisciplinariedad y diálogo

¿Por qué razón es vaga e imprecisa la idea de la interdisciplinariedad? En primer lugar, porque se puede confundir con un concepto bien acreditado en el campo de la investigación filosófica que es el de  diálogo, y que se examina obligadamente cuando se analiza a fondo el concepto de logos. La naturaleza dialógica de la razón ha sido señalada desde los orígenes de la filosofía a griega hasta las últimas décadas del siglo veinte. Tenemos en Platón los conceptos de diánoia (como diálogo silencioso y solitario del alma consigo misma2) y diá-lógo (como diálogo externo y de viva voz en el acto de pensar juntos, como se ilustra en los Diálogos de este autor). Y Eduardo Nicol, quien en 1965, en su investigación sobre los principios de la ciencia, propuso la definición de la relación histórica  y la relación dialógica como tercera y cuarta relación constitutiva del conocimiento3, cuya función completan las dos primeras relaciones, la lógica y la epistemológica; y desde luego, su propuesta de la estructura no dual, de sujeto y objeto, sino triangular del conocimiento: sujeto/objeto/sujeto4. La intersubjetividad es necesaria para conocer algo objetivamente5 (el mundo es común, y la razón también6), pero la interdisciplinariedad no ha mostrado su necesidad.

Pero interdisciplinariedad no quiere decir diálogo necesario entre los trabajadores intelectuales de una misma disciplina para poder avanzar en la producción del conocimiento; y tampoco significa una comunicación entre investigadores de disciplinas científicas distintas para enterarse mutuamente de sus averiguaciones. La información suficiente de los otros campos del conocimiento la adquiere el investigador en su propia formación profesional. Recurrir, en la investigación propia, a los conocimientos ya logrados en otras disciplinas, no es interdisciplinariedad, sino remedio de la ignorancia personal o mera curiosidad por lo que hacen los demás.  Habría interdisciplinariedad cuando se produjera un diálogo entre dos o más disciplinas con el fin de que la participación conjunta de ellas proporcionara luz de inteligencia que ninguna de ellas, aisladamente,  concentrada en su propio campo de trabajo, podría ofrecer. El diálogo interdisciplinario, si tuviera lugar,  tendría que llenar este requisito para ser efectiva cooperación en la producción de un conocimiento nuevo.  

En la así llamada interdisciplinariedad no se trata, evidentemente, del diálogo silencioso de la propia razón para poder pensar el mundo, ni del diálogo con los colegas para avanzar en el logro de conocimientos dentro de la estructura triangular del conocimiento,  ni del diálogo entre dos disciplinas que siempre se ha llevado a cabo, con entera normalidad,  en el que una de ellas (pongamos X) se entera de lo que la otra (pongamos Y), con plena autoridad disciplinaria, tiene que decir acerca de un fenómeno —que le es familiar, pues pertenece a su propio campo de investigación— cuya explicación (por parte de Y) es indispensable para que X pueda llenar una incógnita en su propio campo disciplinario.  En la disciplina X no se trata de un problema propio —ya resuelto o por resolver— sino  de un problema ajeno, de la disciplina Y —por examinar o ya examinado. Los problemas de conocimiento no se dan de modo aislado, sino estrictamente dentro de un determinado contexto teórico y dentro de un ámbito disciplinario.      

 

II
L
a idea de interdisciplinariedad carece de un fundamento  ontológico y epistemológico

La idea de interdisciplinariedad es un concepto vacío en la medida en que no es la solución de un problema de conocimiento que hubiese aparecido dentro de la investigación del modo en que las disciplinas científicas realizan su particular trabajo de investigación. La idea de interdisciplinariedad da por supuesto 1) que hay investigación científica (la investigación científica es un hecho); 2) que la investigación científica  produce conocimientos objetivos (los conocimientos de la ciencia no son opiniones personales  ni ocurrencias aisladas); 3) que los conocimientos objetivos se producen con racionalidad (por medio de razones suficientemente fundas), método (por medio de un procedimiento bien determinado, que puede recorrerse para volver a hallar lo mismo que ya se halló)   y sistema (no son ideas o nociones aisladas). Todo esto es posible porque hay hechos ontológicos y epistemológicos, relativas a la estructura de la realidad y la estructura del conocimiento, que sostienen estas actividades de la ciencia como conocimiento objetivo de lo real, en sus logros  y limitaciones propias.

La totalidad de lo real está constituida por dos formas básicas de ser: la de la naturaleza y la del ente humano, y a éstas formas de ser corresponde nuestras ciencias naturales y  nuestras ciencias humanas o sociales. Estas formas de ser presentan una determinada textura ontológica, accesible a una determinada forma de conocimiento científico, y por lo tanto, el acceso a ambas texturas exige un determinado método de conocimiento (en los que caben todos los recursos de la razón y la experiencia humanas). Si dentro de estas dos formas de ser fundamentales, en la complejidad enorme de su realidad, se muestra un tipo peculiar de fenómenos no incluido en las disciplinas conocidas del repertorio de disciplinas del conocimiento científico, este repertorio alojaría, sin trastorno alguno,  una nueva disciplina que se encargaría de examinar científicamente esa particular manifestación de lo real. Hasta aquí, pues, no habría razón alguna para invocar un trabajo inter-disciplinario.     

 

III
I
nterdisciplinariedad y disciplinariedad

Debido a que no nace en el seno de una auténtica teoría ontológica y epistemológica que intentara modificar la manera en que se ha desarrollado el conocimiento científico hasta nuestros días,  la idea de interdisciplinariedad no exhibe en sí misma su intención o su propósito. Esta idea carece de la consistencia teórica y la radicalidad ontológica necesaria para proponer una nueva organización de las disciplinas científicas sobre la base de un cuestionamiento profundo del modo en que hasta hoy hemos comprendido la estructuración ontológica de la realidad y de su conocimiento. Esta comprensión permanece anclada a la construcción y distribución del saber y la investigación científica por disciplinas en atención a la forma de ser de las cosas mismas; y por tanto, estructura el repertorio completo de las áreas del conocimiento para los fines de la investigación de la realidad.  La idea de interdisciplinariedad, entonces, tendría que mostrar bajo qué condiciones de saber ontológico y epistemológico dicha comprensión tendría que ser sustituida o cuando menos auxiliada  por el trabajo interdisciplinario.

 

IV
I
nterdisciplinariedad y cognoscibilidad de la realidad

La idea de interdisciplinariedad no incluye una noción clara del problema de la cognoscibilidad de lo real, más bien lo ignora o lo oculta mediante la propuesta de una participación colectiva de dos o más disciplinas bajo la ilusión de superar de este modo un supuesto  obstáculo para la cognoscibilidad de la realidad. Este obstáculo estaría formado por la distribución actual del saber en disciplinas científicas bien determinadas en torno a una zona de la realidad, o por la incapacidad de estas disciplinas para abarcar más terreno —de cognoscibilidad— del que hasta ahora tienen asignado en esa distribución. La idea de interdisciplinariedad se maneja popularmente  como una verdadera ampliación de las posibilidades del conocimiento científico; pero este manejo ha impedido averiguar en qué consiste la tesis básica de la idea del trabajo interdisciplinario de la consecución de conocimientos.  

Como un supuesto no cuestionado en las consideraciones de los que comunican o divulgan conocimientos y los que los consumen, el mundo es algo cognoscible. Esto quiere decir que las cosas del mundo son cosas conocidas o desconocidas. Y éstas últimas son todavía no conocidas o desconocidas hasta ahora. El hombre puede conocer todo. Esta doble identidad de las cosas,  debido a una confianza férrea, dura y tenaz en nuestra capacidad de conocimiento, es algo que no aparece normalmente como un ingrediente básico que debe ser examinado en las investigaciones en torno al saber. El mundo, en  todo caso, es el mundo de lo conocido y de lo desconocido, y bajo este supuesto se van escribiendo historias de la ciencia que muestran la impresionante acumulación de lo que ya hemos descubierto —aludiendo poco a los fracasos— e imaginando con un entusiasmo sin fin, e ilimitado optimismo, el lote de lo que falta por averiguar, que  gradualmente va achicándose… hasta saber todo.  Otros, más bien pesimistas, son escépticos respecto a lo que logramos conocer y el modo en que lo hemos hecho. Pero sin optimismo y sin pesimismo, la idea de interdisciplinariedad tendría que justificar el poder de conocimiento de su propuesta mostrando el modo concreto en que la unión de disciplinas científicas incrementaría el rango de la cognoscibilidad de lo real.  

 

V
I
nterdisciplinariedad, teoría y acción práctica

Según la división del mundo entre lo conocido y lo que hay por conocer, surge una peculiar noción de lo que es un problema de conocimiento. Siguiendo este razonamiento, lo que ya conocemos forma un ámbito de la realidad que ya no representa problemas para la razón; y de este modo, naturalmente, lo desconocido es la zona de lo problemático, o sea de eso que para la razón, en
su misión de dar razón de lo real, representa un problema.

Pero la idea de interdisciplinariedad produce confusión si no sabemos cuál es la naturaleza de los problemas que intenta resolver.  La idea de interdisciplinariedad se asocia erróneamente al ámbito de los problemas teóricos, como si ella, por su propia virtud, contribuyera a resolverlos aumentando los supuestamente limitados recursos para el escudriñamiento de lo real que posee una sola disciplina científica.   Sin embargo,  la interdisciplinariedad  no puede producir un resultado trabajando en el terreno de la acción teórica, de lo teóricamente desconocido, pues los problemas del conocimiento científico surgen necesariamente  en el contexto específico de una disciplina científica, y científicamente no significan nada fuera de ese contexto (el sentido común de la acción práctica no se enfrenta a problemas teóricos).    

Desde el campo de lo ya conocido teóricamente, la pluralidad de  disciplinas juega un papel en la instrucción y formación de profesionistas: comunica, con la intención de formar un todo unitario  de diversos conocimientos en la mente del estudiante, del alumno, del que aprende, y de este modo una pluralidad de propuestas teóricas de diversas disciplinas científicas llega al campo de lo práctico como el saber de una determinada enseñanza —primaria, secundaria, preparatoria, técnica, profesional. Cabe señalar aquí que este cambio de nivel obliga a manipular los conocimientos de la ciencia mediante recursos pedagógicos o didácticos, que van desde la divulgación y la simplificación hasta la elaboración de manuales, libros de texto, prontuarios, etcétera, creando un paso legítimo de lo teórico a lo práctico.  En este caso, los problemas que se desea atender técnica y profesionalmente no son de carácter científico sino práctico, y por lo mismo, no puede hablarse con rigor de interdisciplinariedad.

 

 

VI
I
nterdisciplinariedad, conocimiento y acción

Es preciso insistir en que la idea de interdisciplinariedad no parece incluir una idea clara de la diferencia entre problemas del conocimiento científico y problemas prácticos de la vida. Los primeros no son problemas prácticos, sino problemas de conocimiento, y nada más. Se trata aquí de conocer la razón por lo que algo es lo que es o algo sucede como sucede. Es todo.  Los segundos, son problemas prácticos, nada más. Aunque los problemas prácticos impliquen problemas de conocimiento, esto no es lo importante en la actitud práctica, pues para resolver un problema práctico no se intenta dar razón de nada,  pues se desea sólo contar con razones suficientes para actuar, para hacer algo, para hacer que suceda algo, para lograr un efecto.  El hombre práctico puede solicitar legítimamente el auxilio de los conocimientos científicos para sus fines prácticos, como solicita a la religión o encuentra en ella razones para creer, para tener fe.  Los conocimientos que él necesita  tienen que ver con el comportamiento de las personas y los fenómenos naturales, y en particular busca conocimientos relacionados con los modos de hacer esto o lo otro, técnicas y reglas de uso, maneras de utilizar y aprovechar esto y aquello, que tienen muy escasa o ninguna relación con los conocimientos teóricos del saber científico.  

La ciencia es enteramente útil porque es teoría; pero al ser eso y sólo eso resulta por completo inútil para lo práctico. En cambio, los conocimientos prácticos son esencialmente útiles para la acción. No hay posibilidad de "aplicar" lo teórico a lo que no es teórico (al hombre que tiene sed sólo le interesa que el agua no esté sucia, envenenada o contaminada, y le importa poco su composición química). La teoría sólo se "aplica" (si pudiera usarse correctamente este término en este contexto) para explicar o comprender lo que son las cosas (y el modo en que cambian) según su naturaleza; en cambio, decidir lo que nosotros deseamos hacer con ellas, con buenas o malas intenciones, no es un asunto teórico en modo alguno. Los problemas prácticos requieren soluciones prácticas —y poco importa que ellas estén apoyadas o no en conocimientos teóricos— que ninguna teoría es capaz de producir de modo directo. Y en todo caso, la interdisciplinariedad no puede concebirse rigurosamente como una reunión de esfuerzos científicos para resolver problema teóricos (no hay más esfuerzo científico que el que se realiza dentro de la propia naturaleza de la investigación y la construcción de teorías), sino como la unión de personas (no de disciplinas) para resolver juntas, con férrea voluntad, y apelando a los conocimientos que sea necesario apelar, un problema de carácter esencialmente práctico.

 

VII
I
nterdisciplinariedad y unidad de la ciencia

Cuando ciertos investigadores de disciplinas científicas y filosóficas creyeron, con razón, que la unidad de la ciencia era sólo una idea vacía si no lograban encontrar los principios de la ciencia, comunes a todas las ramas del saber científico, siguieron dos caminos falsos para la salvación de la presencia de la ciencia en el mundo; primero, creando la unidad de disciplinas científicas al compartir los mismos supuestos básicos (ontológicos, epistemológicos y metodológicos), como lo intentaron los autores de la llamada Enciclopedia internacional de ciencia unificada (que evidentemente implicaba la eliminación de las que no cabían en el cuadro de esta delimitación artificial), y segundo,
comportándose con resignación, sin acabar nunca de entender a ciencia cierta las razones por las cuales se enfrentaban a una supuesta y constitutiva falta de unidad del saber científico.   

Suele suceder a menudo que cuando un problema no tiene solución razonable lo más probable es que está mal planteado en alguno de los términos del razonamiento. El mismo Heidegger, uno de los filósofos que abordaron con rigor la cuestión del fundamento en las primeras décadas del siglo veinte, compartió, por diferentes razones, la idea de la falta de unidad de la ciencia actual que no fuera tan sólo la organización administrativa de las universidades.  En 1929 dictó en la universidad de Friburgo la que fue desde ese entonces la
famosa conferencia en tomo a la pregunta “¿qué es metafísica?”, y en ella lamentaba que las ciencias hubieran perdido la unidad que todos suponemos que hay por debajo o por encima de las grandes y pequeñas diferencias entre las disciplinas científicas:

Los dominios de las ciencias están muy distantes entre sí. El modo de tratar sus objetos es radicalmente diverso. Esta dispersa multiplicidad de disciplinas se mantiene, todavía, unida gracias tan sólo a la organización técnica de las universidades y facultades, y conserva una significación por la finalidad práctica de las especialidades. En cambio, el enraizamiento de las ciencias en su fundamento esencial se ha perdido por completo7.

Aparentemente, se había llevado a cabo la disolución de la unidad del saber científico, o se había creado una unidad artificial que era la de la finalidad práctica de las especialidades, o profesiones como les llamamos ahora. Y si esto era cierto, de este modo se abrían las puertas de la vigilancia crítica, haciendo posible el regreso de escepticismos, relativismos y subjetivismos de toda laya que parecían haberse eliminado con efectividad por acciones como las llevada a cabo por Platón en su lucha contra los sofistas de su tiempo. Y a propósito: no podríamos descalificar la idea de interdisciplinariedad como una manifestación actual de esa enfermedad de la filosofía, porque en ella no se renuncia a la autoridad del conocimiento científico afincada en su objetividad, y más bien parece que, dándola por válida, pretende sólo alcanzar un mayor saber del que puede lograrse por medio del trabajo supuestamente solitario y suelto de las disciplinas científicas.

Pero el supuesto de la desunión del trabajo de las ciencias es un dato falso en el razonamiento. La idea de la interdisciplinariedad no pugna por una unidad cada vez mayor de disciplinas científicas en atención al problema de la unidad de la ciencia (unidad que debe darse por descontada), sino por una unidad de disciplinas científicas en función de la complejidad de los problemas que la sociedad presenta a la universidad y a los que en ella son depositarios del saber (científicos auténticos y practicones disfrazados de científicos), bajo una más o menos velada exigencia de solución, como si la primera estuviera en condiciones de librar la subsistencia de la segunda sólo para poder contar con ella cuando la necesita.

 

VIII
L
a unidad de la ciencia iedad

La unidad de la ciencia no puede existir sólo como unidad administrativa de escuelas o facultades en la universidad. La unidad, que es unidad de fundamento, hace que haya ciencia en la misma medida en todas y cada una de las disciplinas científicas que se cultivan en el ámbito universitario. Sin la unidad del fundamento, ninguna ciencia es ciencia por principio y definición, y se vuelve interminable la tarea de mostrar cuáles lo son y cuáles no lo son, cuáles lo son más y cuáles lo son menos.

¿Por qué razón sostenía Heidegger que había desaparecido la unidad de la ciencia, la de un enraizamiento común? Porque según él ya sólo unía a los saberes científicos la administración universitaria y la única significación que quedaba era la de su finalidad práctica. En otras palabras: la ciencia pierde su fundamento cuando se vuelve un saber práctico para el manejo o el aprovechamiento de cosas y personas. Como lo había asegurado Bergson en 1903: "O no hay filosofía posible y cualquier conocimiento de las cosas es un conocimiento práctico orientado hacia el provecho que de ellas puede sacarse; o filosofar consiste en colocarse en el objeto mismo...”8. El conocimiento práctico no se coloca en el objeto mismo, porque no le interesa como tal, sino en función de sus intereses, y entonces cambian las cosas.

En efecto, la ciencia pierde su base vital cuando se pone al servicio de los intereses prácticos de los hombres. La crisis de la universidad, desde esos primeros años del siglo XX, consiste en no acabar de tomar clara conciencia de su responsabilidad respecto al destino del conocimiento: el saber es útil para la sociedad siempre y cuando (únicamente si, si y sólo si) no se pone al servicio de sus intereses. La comunidad universitaria representa, en primer lugar, el único espacio humano donde una comunidad adquiere y ejercita una capacidad especial para relacionarse desinteresada y libremente con las cosas del mundo (lo sagrado, el hambre, la naturaleza), con el fin exclusivo de conocerlas tal como son en sí mismas, sin segundas intenciones (esas que derivan del afán práctico de subsistencia o dominio del mundo); y en segundo lugar, debido a esta independencia y autonomía esenciales, la universidad constituye una plataforma única desde la cual se pueden pensar críticamente a las empresas humanas y sus problemas. El auxilio que pueden prestar las  ciencias a la vida de los hombres no se cifra, pues, en una idea como la de interdisciplinariedad, bajo la ilusión de que esta práctica establecería un puente entre universidad y sociedad. La ayuda es directa: si se piensa con afán de verdad el mundo, en un conocimiento seguro (o sea sin las arbitrariedades del sentido común o el común de las opiniones), el mundo queda transformado para bien del hombre y nace y se mantiene viva la posibilidad de cuestionar todas las razones de la razón, las de la ciencia misma, y las del sentido común, tan práctico y eficiente, pero siempre tan interesado.

La interdisciplinariedad no es una práctica que sea útil para la unión de las ciencias, porque, ya están unidas esencialmente en un fundamento vocacional que constituye el ethos de la ciencia. Esto queda claro en el texto que mencionamos de Heidegger: “La referencia al mundo que impera en todas las ciencias, en cuanto tales, las hace buscar el ente mismo, para hacer objeto de escudriñamientos y de fundamentación, en cada caso, el 'qué' de las cosas y su modo de ser”9. En las ciencias se lleva a cabo en idea un acercamiento a lo esencial de toda cosa.

Esta especialísima referencia al ente mismo en el mundo es sustentada y conducida por una actitud de la existencia humana libremente adoptada. También en su hacer y su omitir, pre y extracientíficos, el hombre tiene que habérselas con el ente. Pero la ciencia se distingue porque concede a la cosa misma, de manera fundamental, explícita y exclusiva, la primera y última palabra. En esta rendida manera del interrogar, del determinar y del fundamentar, se lleva a cabo una succión al ente mismo, para que se revele lo que hay en él10.

La actitud que menciona Heidegger no es otra que la de la vocación científica, o ethos de la ciencia, que consiste en la servidumbre rendida al ser de las cosas, a diferencia de la actitud pragmática que pone las cosas a su servicio, y nunca permite que la primera y última palabra no sea la de la utilidad y el aprovechamiento.

Esta actitud desinteresada es la que Nicol conceptúa como principio vocacional:

La debatida cuestión de la unidad de la ciencia acaba resolviéndose con el principio vocacional. Esta unidad no puede establecerse en la materia o contenido de las filosofías y las ciencias segundas. Las crisis teóricas se superan con teorías nuevas, y la ciencia no pierde su unidad en tales vicisitudes. Pero no puede producirse una crisis vocacional. En medio de su diversificación, la ciencia mantiene la unidad del fundamento que le proporcionan los cuatro principios (unidad y comunidad de lo real, unidad y comunidad de la razón, racionalidad de lo real y temporalidad de lo real) y la disposición vital de quienes la adoptan como vocación. La ciencia siempre es la misma.

Y si la ciencia siempre es la misma, ¿porque debería ahora trabajar interdisciplinariamente? ¿Por una crisis teórica que hubiera revelado la insuficiencia del saber disciplinario? ¿Por una mera indisciplina o falla en el reconocimiento de la peculiaridad del objeto de estudio de cada una de las disciplinas? ¿Acaso por un cambio en quienes adoptan esa disposición vital o esa actitud libremente adoptada, ya sea que usemos los términos de Nicol o los de Heidegger?

Para plantear la posibilidad de unión del quehacer de las ciencias o disciplinas científicas en un trabajo de interdisciplinariedad, es preciso suponer que todas son igualmente dignas de confianza, que expresan la autenticidad de la vocación de sus investigadores y la intención de verdad de sus conocimientos en ningún caso pueden ponerse en duda. Ahora bien, si todas las disciplinas son por igual dignas del mismo respeto, es porque esencialmente son lo mismo o representan lo mismo: un conocimiento seguro, sin arbitrariedades. Y entonces la única justificación que queda para convocar a la reunión de conocimientos (ya obtenidos individualmente por cada disciplina) o a la producción común de nuevos conocimientos (imposibles de producir en cada caso aislado de disciplina científica), es de orden práctico: por sí mismas, las disciplinas científicas son incapaces de resolver ciertos problemas que les vienen planteados por exigencias prácticas de la vida.

Los conocimientos científicos (metodológica y éticamente fundados) son dignos de confianza por la autoridad que representan, la cual deriva de esa fundamentación ético vocacional, y no tiene que ver con la verdad de sus enuncia dos (pues la verdad es una pretensión de todas las afirmaciones, científicas o no), que mantienen siempre un carácter permanentemente hipotético (sólo el sentido común logra estar siempre seguro), ya que su verdad puede ser puesta en cuestión en cualquier momento de la investigación, siempre crítica, y siempre alerta frente a un posible error.

El conjunto de las ciencias cultivado en las universidades (actuales o del pasado) posee, pues, una unidad de fundamento (ético vocacional), que por lo que se refiere a la estricta producción de conocimientos científicos, hace superflua la unidad artificial del "encuentro" interdisciplinario.

 

IX
I
nterdisciplinariedad e incompatibilidad de teorías y fenómenos

La idea de interdisciplinariedad se anula frente al hecho indudable de la imposibilidad de que dos o más disciplinas puedan compartir una misma teoría o un mismo objeto de estudio. Los problemas del conocimiento científico son específicos, esto es, se originan, pertenecen y quedan definidos por una determinada disciplina científica, fuera de la cual carecen de importancia. No hay un solo problema que no derive su carácter de problema científico de su estricta pertenencia a una determinada disciplina científica. El objeto de estudio o fenómeno de la realidad pertenece necesariamente a alguna zona de lo real (la naturaleza, el hombre, la divinidad), y dentro de ella, en relación directa con una totalidad homogénea de entes, una determinada forma de ser de ciertos entes (lo físico, lo químico, lo biológico, lo psíquico, lo social, lo sagrado, etc.), se constituye una disciplina de investigación científica, con el diseño propio de recursos metodológicos, que la examina para averiguar qué es y cómo es, dando lugar a diferentes propuestas o teorías, cuya significación sólo tiene sentido dentro de ella misma. La idea de interdisciplinariedad, para ser posible, tendría que superar la determinación ontológica de los entes que forman el universo de discurso de una peculiar disciplina.

Ciertamente, la posibilidad de la especialización en el conocimiento, que sólo representa una concentración en determinado conjunto de cuestiones de ese universo de discurso, viene a situarse en el extremo opuesto al de la idea de interdisciplinariedad, en la que dos o más universos de discurso científico (teorías de la investigación científica) producirían, por la incompatibilidad de lenguajes (sin posibilidad de traducción) un efecto semejante al que ilustra la llamada Torre de Babel. La interdisciplinariedad, en este sentido, es tan imposible como lo es para un cuerpo estar en dos lugares distintos al mismo tiempo.

No puede haber interdisciplinariedad, porque hasta donde podemos saber (con las teorías ontológicas del pasado  y el presente), no hay en la realidad zonas que incluyan entes con diferentes y simultáneas formas de ser y cambiar, cuya proteica naturaleza no pudiera ser comprendida por ninguna de las disciplinas de la investigación de la filosofía y las ciencias segundas.

Por otro lado, entre el saber científico y la mera opinión "del común de los mortales" (como a Parménides le gustaba decir), puede propiciarse la opinión profesional de hombres y mujeres cuya diferente formación les capacita para hablar de un tema de conversación (que evidentemente no es un problema de investigación científica), dando lugar a un intercambio de ideas. Para poder hablar de investigación científica no basta con el acopio y manejo de datos y el ejercicio de contabilidades estadísticas. Donde hay ciencia, hay teoría, donde hay teoría, existe un cuerpo de ideas sistemáticamente unidas entre sí que intentan explicar o dar razón de un determinado fenómeno. Una reunión de profesionales e investigadores de distintas ramas del conocimiento científico para opinar, desde su propia formación profesional o científica acerca de un determinado tema (como es ya una moda en los programas de la televisión o la radio), no debe confundirse con una reunión (como la de un coloquio o un congreso) de riguroso carácter científico, en la que diversos científicos de una determinada disciplina exponen y discuten los resultados de sus investigaciones. La rigurosa distinción entre la formación profesional de lo que se llama una carrera o una licenciatura, cuyos planes de estudio tienen que ser multidisciplinarios, y cuya finalidad es capacitar precisamente para el ejercicio de una profesión, y la formación universitaria para el cultivo de algún campo de la investigación científica, vuelve inútil el uso de la idea de interdisciplinariedad o la destina exclusivamente al uso pragmático de soluciones prácticas o difusión de la cultura.

En sentido estricto, no puede haber interdisciplinariedad, pues, por la disciplinariedad constitutiva de la investigación científica. En otros términos: porque hay disciplinas, no puede haber interdisciplinariedad. La idea o el principio de interdisciplinariedad, por las razones que hemos expuesto, representa un caso de indisciplina científica, y por esta razón, sería ocioso que una teoría de la ciencia planteara la pregunta ¿qué es la interdisciplinariedad?

 

Notas y referencias

1 Gabriel Marcel, Posición y aproximaciones concretas al misterio ontológico [Position et aproches concrètes au mystère  ontologique, 1933), tr.  Luis Villoro,  México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1955.

2 Platón, República, 511 d.

3 Eduardo Nicol, Los principios de la ciencia, México: Fondo de Cultura Económica, 1965, cap. segundo, “La historia y la verdad. Las cuatro relaciones del conocimiento”, pp. 42 y ss.   

4 E. Nicol, Los principios, ed. cit., idem.

5 E. Nicol, Los principios, ed. cit., cap. segundo, p. 75.

6 E. Nicol, Los principios, ed. cit., cap. octavo, “La primera versión de los principios”, pp. 465 y ss.

7 Martín Heidegger, ¿Qué es metafísica?  [Was ist Metaphysik?, 1929], tr. de Xavier Zubiri, Buenos Aires: Siglo Veinte, 1970, p. 77.

8 Henri Bergson, Introducción a la metafísica [Introduction a la Metaphysique, 1903], tr. de M. Héctor Alberti, Buenos Aires: Siglo Veinte, 1979, p. 49.

9 Martín Heidegger,  op. cit., ed. cit., p. 78.

10 Eduardo Nicol, Crítica de la razón simbólica. Las revoluciones en filosofía, México: Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 140.


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