La imposición de lo nuevo

juan manuel silva camarena
1999

 

Conferencia magistral de clausura del IV Foro Nacional de Investigación en las Disciplinas Financiero-Administrativas (organizado por la División de Investigación de la Facultad de Contaduría y Administración),   dictada el 29 de octubre de 1999 en San Ildelfonso, Salón El Generalito,  Universidad Nacional Autónoma de México, y publicada en Contaduría y administración, de la misma Facultad, núm. 195, octubre-diciembre (1999) 5-11.

 

 

Es una mujer ciertamente hermosa. La manera en que camina, los movimientos de su cuerpo, su mirada. Cautiva a cualquiera. Ella se ve diferente a las demás. Destaca en un grupo de mujeres atractivas, y no se sabe bien cuál es la razón para que sea así. A primera vista no hay evidencia de que su belleza haya recibido un apoyo importante brindado por cosméticos.  El efecto que un marco despliega sobre el lienzo de una pintura sublime, lo logra con su forma de vestir. Pero  su gracia no depende de eso. Por una especie de magia, el color de sus cabellos, sus ojos y sus labios, establecen vasos comunicantes a través de tonos e insinuaciones de atmósferas afectivas. Van bien con los colores de lo que lleva puesto. Difícilmente se puede encontrar una criatura más bella. No es que entre la claridad de su tez y la  juventud de sus años haya una complicidad secreta que se haga evidente en la cadencia de sus pasos. O quizá sí. De todos modos su ropa lleva la intención, como que no quiere la cosa, de crear una sencillez única que en la que se acomodan perfectamente la pasión con la elegancia y la decencia con la provocación. Todo esto al mismo tiempo. Decididamente hay algo en ella que pone las cosas en orden, sin convocar mucho al pasado ni apelar demasiado al mañana. En su ropa particularmente se recalca lo de hoy. ¿Cómo podríamos decirlo? ¿La moda? Eso es: está a la moda. Si decimos que está a la moda, parece que ya hemos dicho todo. Se impone como la moda. Porque la moda se impone.

Más bien nos la imponen. ¿Y por qué razón se impone la moda? Nos sentimos obligados: tenemos que estar a la moda en todo. En la ropa y en el consumo de obras de arte, en el cine y en las últimas publicaciones. Las ferias de libros se encargan de eso.  En la política y la arquitectura, en todo. La fuerza de la moda, quién sabe cómo se origina, pero para imponerse  le basta con  satisfacer realmente la necesidad de estar al día, en lo de hoy. Sin razón o sin ella,  la moda se impone. Si se está verdaderamente a la moda, parece que ya no hay que llenar ningún otro requisito, ¿no es cierto? Nos guste o no, la moda se impone.

¿Cuál será la razón de esta aparente sinrazón de la moda? Ella se impone, ya lo sabemos.  Pero debe haber alguna razón para que esta imposición sea posible. Pero no le cuesta mucho trabajo, porque sólo basta un acuerdo en lo que se quiere vender, y ya. Si pensamos que la moda se impone porque lo de ayer (o lo de anteayer, da lo mismo) siempre es algo que debe ser superado, por anticuado, nos instalamos ya en un nivel más complicado. Pero funciona bien: en una cadena sin fin, lo nuevo remplaza lo viejo.  Si lo de siempre  fuera la primera elección, habría una tragedia comercial. En todo caso, recibimos la moda y —quién sabe por qué— la aceptamos sin más ni más. Y en realidad cuesta mucho trabajo escaparse de esta forma de pensar pacífica. La cosa es que parece que lo nuevo, en efecto, es mejor que lo viejo.

Pero ¿de dónde le viene a lo nuevo la autoridad para desacreditar y sustituir a lo viejo? Algunos, es cierto, piensan que necesariamente deben estar equivocados quienes juzgan que todo tiempo pasado fue mejor. Pero tampoco hay razones claras, sin embargo, para creer que todo lo actual es mejor que lo anterior. Lo nuevo, como la moda, sencillamente se impone. Porque lo viejo ya pasó… de moda.

La imposición de lo nuevo, como consecuencia del cambio, es algo tan enteramente natural para nuestra manera de vivir, que se vuelve algo igualmente natural para nuestra manera de pensar. En verdad, es difícil decidir si no pasa al revés, que vivimos como pensamos. En todo caso creemos en el cambio como creemos que es de día o es de noche. Y las aplastantes consecuencias del cambio se asumen sin ponerlas en cuestión,  creyendo seria­mente que ésa es la manera normal en la que tiene que desenvolverse el mundo.

¿Qué es lo nuevo? Lo verdaderamente nuevo, no es algo tan nuevo porque necesita imponerse como tal en función de lo viejo. Pero la veneración de lo nuevo sí puede ser algo muy nuevo, y podemos situarlo en el siglo XIX, cuando se identificó lo nuevo con el progreso.  A pesar de que podría revelar una manera nuestra de renunciar a lo que hemos sido, a nuestro pasado. Suena fuerte, pero hay que decirlo: se paga caro, uno no se deshace sólo de lo que fue, sino también de lo que es. Y esto parece mal negocio. Los que saben, dicen que somos seres históricos, entonces, tenemos que cambiar constantemente. 
La imposición de lo nuevo aparece como el supuesto que podemos encontrar en una lectura cuidadosa de ciertos pasajes del libro que Peter Drucker dedicó a la descripción de las "nuevas realidades" hace diez años1. Desde luego, este tiempo sería suficiente para descalificar esta publicación bajo el argumento de que, como sostiene el mismo Drucker, es propio de la naturaleza del conocimiento cambiar rápidamente (cfr. p. 338), y por tanto, hay que disponer ahora de otros conocimientos.  Pero el conocimiento, si es verdadero, no cambia, ni rápida ni lentamente, y por esta razón no es algo fácil de entender la historicidad de la ciencia (es decir, el hecho de que ella cambia en sí misma, como nosotros, sin que cambie la verdad de sus conocimientos). Y aunque encontramos una gran cantidad de inexactitudes de este tipo a lo largo del texto de Drucker (como el tamaño despropósito de afirmar que Sócrates, al señalar las claves de una vida que merezca la pena de ser vivida, hablaba de los mismos asuntos que tienen que ver con las "técnicas elementales de eficacia como miembros de una organización", p. 356), es interesante seguir pensando, junto con algunas ideas suyas, la cuestión de lo que se impone. De paso podemos notar que lo que se repite por muchos y en muchas partes termina por imponerse.

Hay en Drucker, como en muchos aficionados al saber científico, la pretensión de la predicción, y por tanto, de la previsión del cambio, sumada a un conjunto grande tesis inadmisibles (pongamos por caso, la falsedad de que Rousseau formuló por primera vez la creencia en la “salvación por la sociedad”, cuando ya no era viable la de la salvación por la fe; la enorme falsedad de que esta creencia fue organizada como sistema político por Bentham y lanzada como absolutismo "científico" por Comte y Hegel; la burda caricaturización de Marx como hijo de Comte y Hegel, y la más grosera aún de que Lenin, Hitler y Mao fueron hijos suyos, cfr. p. 35) que el sano juicio nos indicaría parar la lectura. Pero debemos sacar provecho de esta situación. A un lado de algunas tesis infundadas, decíamos, viene su insistencia en el cambio, en las nuevas realidades. Y conviene no perder de vista el hecho de que la explicación a la que recurre frecuentemente el Management norteamericano nacido en Viena, Drucker,  para dar razón de lo nuevo se agota en la afirmación de que algo, sencillamente, se ha vuelto obsoleto.

Lo obsoleto es aquello que es anticuado, algo que ha caído en desuso. Y cuando entra en juego la poderosa idea del uso, parece que se impone mayormente la necesidad de lo actual. Por ejemplo, ¿quién quisiera hoy utilizar (que no fuera por excentricidad, desde luego) un automóvil Ford T 1910 si ya está a la venta, supongo, el Ford del año 2000? ¿Quién quiere escribir con una pluma de ganso y un tintero, si en la exposición de Miami se ha mostrado ya el modelo más reciente de computadora, bellísimo, diseñado para escribanos del futuro? ¿Quién desea ser inciertamente curado por medio de una penosísima sangría si contamos con la penicilina desde 1945 (o tres años antes, para ser más exactos)? ¿Lo advierten ustedes? Si se puede, hay que contar con el progreso. Lo que es grave es renunciar al pasado.

Pero ¿qué otra cosa se puede hacer con el progreso, además de contar con él? Pensándolo bien, y esto es lo importante para nuestras reflexiones, no es necesario "contar con" el progreso o desdeñarlo altivamente desde una conciencia que desprecie lo actual. Porque el progreso, como la moda, se impone por sí mismo. ¿Las nuevas realidades de Drucker, bien miradas, no tienen todas el signo del progreso?

Drucker habla de los cambios que tendrán lugar en los años por venir. Habla del comienzo de la nueva época de la humanidad occidental entre 1963 y 1972, del final de la ideología de la "salvación por la sociedad" y de la América de Roosevelt, de la desaparición del imperio ruso y de la ineficacia de las armas, de los nuevos límites del Estado, y los nuevos pluralismos, de la economía transnacional, las paradojas del desarrollo y la economía de la encrucijada, y finalmente, de lo que denomina la "sociedad del conocimiento". Habla de muchas cosas, pero el hilo conductor de su discurso es la idea de que se han impuesto (y se impondrán siempre) nuevas realidades (por eso valora mucho el recurso de la innovación). De paso puede señalarse que sin publicidad no encuentra fácil camino lo nuevo.

Según Drucker, el cambio mayor, el que es más importante que los cambios en la política, en el Estado y en la economía, es "el cambio hacia la sociedad del conocimiento" o "sociedad instruida" (cfr. p. 253). Por esa razón, 105 principales cambios que exige la "sociedad del conocimiento" se presentarán en la escuela y la educación, y pondrán en marcha las nuevas teorías y tecnologías del aprendizaje (cfr. p. 364). Si la “sociedad del conocimiento” exige cambios, cabe preguntar primero quién o qué exige una sociedad de estas características. ¿Nada más para progresar? Ahora, que ya no es el ahora del positivismo, qué debemos entender por progreso?

¿Cuál es la idea central de esta propuesta? Escuchemos las propias palabras de Drucker: "El centro de gravedad social ha pasado al trabajador 'conocimiento'. Todos 105 países desarrollados están llegando a ser post-empresariales, sociedades 'del conocimiento'. El acceso a 105 buenos trabajos y a las oportunidades de carrera requieren de modo creciente, en 105 países desarrollados, un diploma universitario" (p. 253). Pero no se trata del tradicional intelectual, sino de 105 empleados que utilizan conocimientos, que un día 105 aprendieron en alguna escuela y otro día 105 aplican en algún trabajo (desde una secretaria que usa una computadora hasta un médico o un ingeniero). En nuestros medios hablaríamos de personas (más o menos) instruidas. ¿Y cómo aparece en la escena del empleo el trabajador instruido?
Drucker nos responde:

"En cierto modo [dice Drucker] es el resultado lógico de una larga evolución en la que nos encontramos, desde el trabajo con el sudor de nuestra frente y con el músculo, al trabajo industrial y, finalmente, al trabajo 'de conocimiento'. Pero el desarrollo representa asimismo una profunda ruptura con el pasado. Hasta hace poco, había pocos trabajos que requirieran conocimiento. El conocimiento era más un adorno que una necesidad" (pp. 253-254).

Desde luego, creemos que él se refiere a 105 conocimientos que sirven para presumir en las 105 reuniones de amigos o para que 105 personas que tienen el tío instruido de la familia, que lee mucho y ha logrado enterarse de muchas cosas, sepas más, mucho más. Pero 105 conocimientos, y más,  que tienen que ver con lo que somos, en un sentido profundo de esta afirmación, y hasta 105 y más que tienen que ver con la mera subsistencia, siempre han sido necesarios. Leamos un pasaje de otro libro de Drucker que comunica la misma idea con otras palabras:

"En lugar del mundo del obrerismo encontramos hoy una sociedad en la cual el acceso a los buenos empleos ya no depende de la tarjeta de afiliación al sindicato sino del certificado de estudios. De 1950 a 1980, digamos, para un joven estadounidense no era racional continuar en la escuela. Un desertor escolar de dieciséis años que consiguiera trabajo en una siderúrgica sindical izada ganaba más dinero del que pudiera ganar en toda su vida su hermano contador, graduado en la universidad. Esos tiempos ya pasaron. De ahora en adelante, la clave son los conocimientos. El mundo se está volviendo no de uso intensivo de mano de obra, no de uso intensivo de materiales, no de uso intensivo de energía, sino de uso intensivo de conocimientos" (Gerencia para el futuro2, p. 328).

Noten ustedes que en los dos textos que hemos citado se hace énfasis en lo actual, desvinculándolo del pasado. En el primer pasaje se habla de "una profunda ruptura con el pasado"; en el segundo, de tiempos que ya pasaron. El presente es el que cuenta, y por eso se impone. Y lo que ahora se impone, según el promotor de la nueva escuela de negocios,  es el conocimiento.

El conocimiento es algo respetable. Cualquiera que haya dedicado buena parte de su vida al estudio de la filosofía, y por tanto a la investigación de lo que es el conocimiento, y de lo que el conocimiento puede significar para nuestro ser, no puede sino emocionarse al enterarse de que eso está sucediendo o de que eso podría suceder. Nada más y nada menos que una sociedad humana fundada en el conocimiento. Sería como la realización del sueño de Sócrates y Platón. En cierto modo, la construcción práctica del modelo de comunidad humana que Platón crea en la República.

Sin embargo, es preciso desanimarse prontamente porque Drucker y nosotros no estamos hablando de la misma cosa. Unas frases claves para saber que se trata de otra cosa son, por un lado, la que se refiere al hecho de ganar más dinero y la que relaciona el conocimiento con el hecho de estar graduado en la universidad; por otro lado, la que dice que se trata del uso del conocimiento.

San Juan de la Cruz en una cuarteta muy conocida decía lo siguiente: "Más emplea su cuidado /quien se quiere aventajar, / en lo que está por ganar, /que en lo que tiene logrado". Parece, pues, que es muy humano ver más hacia adelante que hacia atrás. ¿Nosotros, los seres humanos del siglo XX, los que ya nos sentimos del XXI, qué hemos logrado hasta ahora, y qué queremos ganar hoy? Todo gira sobre la posibilidad de que todavía podamos decidir lo que verdaderamente nos importa. Si estamos seguros, como Drucker, de que el motor de la economía van a ser los conocimientos (cfr. 353), es necesario precisar algunas cosas.

En primer lugar, hay que aclarar si lo que importa es la economía o el conocimiento. ¿Pensaríamos, con Drucker, que realmente lo importante son los conocimientos por su significado económico?  ¿Qué significa aquí lo “económico”, las relaciones sociales de producción, la estructura básica de la sociedad o las cuentas bancarias de los ricos? Entonces, ¿de qué tipo de conocimiento estamos hablando? Porque no es lo mismo el saber que se gesta en la incansable y serena búsqueda de la verdad, desarrollada día tras día, con vocación de verdad, que el conocimiento que nace (legítimamente o no, pero siempre con mucha prisa) para sacar el máximo provecho de las cosas mediante dispositivos tecnológicos que se venden bien, digamos muy bien. Debemos ver claramente estos asuntos.

¿Qué es lo importante, la economía o el conocimiento? No hay que salir rápidamente del asunto diciendo (aparentemente con mucho ingenio o con mucho sentido común) que las dos cosas son importantes. Porque sería una irresponsabilidad grande con nuestra propia vida si nos escandalizara tanto el hecho del predominio de lo económico sobre las demás cosas de nuestra existencia que optáramos por cerrar los ojos y finalmente negar la realidad. Ya se lo imaginan: como si se pudiera taparse el sol con un dedo. Pero si se trata de aceptar valientemente los hechos, quizá tengamos que aceptar igualmente que este predominio no es algo tan natural como lo es que haya árboles en el prado o peces en el agua (o tan normal como lo es que camine gente por las calles o se escuchen risas en una fiesta).

Si el predominio es real, de cualquier modo tiene una causa. La racionalidad de lo real impide que sucedan cosas sin razón alguna. Y nosotros, sin que podamos negarlo, algo o mucho tenemos que ver con ella. Y si el razonamiento va bien, entonces hay que preguntamos dos o tres cosas más. ¿Por qué hemos  hecho que haya un predominio económico en nuestro mundo? ¿Por qué hemos permitido que se nos venga encima la necesidad (porque ustedes estarán de acuerdo conmigo en que no se trata sólo de la ambición humana, con la que el hombre siempre ha tenido que convivir, padeciéndola)? ¿Por qué hemos tolerado con tanta docilidad que el predominio de lo necesario cada vez deje menos margen para nuestra libertad? ¿El predominio de lo necesario tendrá que ver con el predominio de lo económico?

Lean ustedes El porvenir de la filosofía3de Eduardo Nicol, que es un libro que no habla sólo de lo que le pasará a la filosofía (si las cosas siguen como están), sino que también describe lo que nos podría pasar a nosotros mismos bajo el imperio de la razón de fuerza mayor impulsada por lo necesario. Bajo el imperio de esta razón, sólo se hace lo que es necesario.

Sor Juana Inés de la Cruz, en el siglo XVII, hablando de sí misma en su Respuesta a la Carta de Sor Filotea, recuerda que Gracián, doctamente, dijo que las ventajas en el entendimiento lo son en el ser, y ahora, al final del XX, parece no provocar ni un solo parpadeo el escándalo de la posibilidad de que las ventajas en el entendimiento lo sean también para el bolsillo. ¿Qué nos ha pasado durante estos últimos siglos, o durante estos últimos años? Los cambios, para nosotros, los seres humanos, significan algo más que meros cambios.

No hay por qué decirlo con la cabeza baja o entre dientes, como queriéndose esconder un poco para no ser reconocido del todo: hay muchos que creen qué titularse o graduarse en una universidad no tiene verdadera importancia para el ser, sino para el empleo. Es cierto que esta idea empieza a ser común y normal entre los jóvenes estudiantes.

O temporal O mores!, decía Cicerón contra la perversidad de los hombres de su tiempo: ¡qué tiempos, qué costumbres! Pero nosotros no sólo somos perversos, también somos víctimas de la necesidad y las ambiciones sin límite. Y al parecer, no sabemos qué hacer con ella. Sin embargo, sí hay razones suficientes para sentirse indignado por pertenecer a una comunidad universitaria cuyos miembros ya no acuden a la misma por la honrosa posibilidad de llegar a ser un día un universitario. Ser universitario no consiste en tener la cabeza llena de conocimientos (no importa si de química o historia, de ingeniería o filosofía, de contabilidad o de letras clásicas), consiste en haber aprendido a pararse en el mundo de una determinada manera que no permite doblegar nuestra libertad frente a las cosas que se nos vienen encima.

¿Y si esas cosas son la necesidad, la dura necesidad, y la desmedida  ambición de los ricos que necesitan ser más ricos?  Entonces es cuando se hace inevitable el entumecimiento de nuestros anhelos, de las fuerzas de nuestra libertad. Drucker tiene razón cuando afirma que es preciso que los estudiantes aprendan a ganarse la vida, haciéndola digna socráticamente hablando y haciéndola capaz para la subsistencia, ganándose el pan de cada día:

"Así lo hará la educación en la sociedad de 'conocimiento', —dice él. No puede permitirse ni el bárbaro escolarizado que se gana bien la vida pero no tiene vida que merezca ser vivida, ni el amateur de la cultura in compromiso ni efectividad. En la sociedad de 'conocimiento', la educación deberá trasmitir 'virtud' al (mismo) tiempo que enseña técnicas de eficacia" (p. 354).

El peligro,  sin embargo, está en poner todo el afán humano en la eficacia. En una parte de su libro, Drucker dice algo que es enteramente inquietante:

"Nuestros académicos no tienen la excusa que los alemanes que se llamaban intelectuales tenían en los días de Hitler. Pero se han retirado en gran medida al interior de los abalorios de los juegos de Hesse (en la novela del escritor alemán que lleva este título, sin contacto con el mundo exterior). ¿Se verán forzados ahora, pregunta Drucker, a hacer el conocimiento de nuevo eficaz, es decir, a hacerlo, de nuevo, conocimiento?" (p. 364).

Con estas palabras se ve bien la ilusión en la que Drucker está atrapado: el espejismo de la eficacia para que la economía marche bien (aunque nunca dice en el libro cual es la razón última de la necesidad de que marche bien). No puede uno olvidar que algunos marxistas decían —no sabemos si de veras lo creían— que ciertas ideas no servían al proletariado porque fueran verdaderas, sino que eran verdaderas porque servían al proletariado. Para Drucker, de un modo similar, parece que el conocimiento no es eficaz porque sea verdadero, sino que es verdadero (verdadero conocimiento) porque es eficaz. Pero el conocimiento no se vuelve verdadero porque sirve a la empresa, al gobierno, a las organizaciones del tercer sector, etcétera. Y no sólo sirve para que los estudiantes puedan conseguir un buen trabajo. Sirve para ser, para existir, para vivir en un  mundo que no esté signado por lo económico, sino por el espíritu de la humanidad.

Drucker cree haber descubierto una complementariedad perfecta entre la sociedad y el conocimiento:

"El Management y la empresa modernas no existirían sin la base de conocimientos que han forjado las sociedades desarrolladas. Pero, de igual modo, es el Management -y sólo él- quien dota de eficacia a este conocimiento y a la gente instruida. La aparición del Management ha transformado el saber, de ornato y lujo sociales, en el verdadero capital de cualquier economía" (p. 324).

Con una convicción semejante, en nuestros días es común hablar de lo que la sociedad exige a la universidad (cfr. p. 336), sin que nadie, en ningún momento, piense siquiera un poco en lo que la universidad exigiría a la sociedad: saber, actuar bien, hacer bien las cosas, promover y defender la justicia y la libertad.  

Pero la universidad puede mostrar un camino que también sirve para que las cosas  de la economía marchen bien, y sin embargo no centra su objetivo en la eficacia, sino en la ética del trabajo. Si se aprende a hacer bien las cosas, si se asume la responsabilidad de hacerlas bien por la responsabilidad de lo que uno es y quiere llegar a ser, el saber no puede ser nunca ornato ni lujo sociales, sino el verdadero "capital" ontológico del propio ser. Un mundo de gente auténtica es mejor que un mundo de personas que trabajan sólo para ganarse el pan o para obtener un buen sueldo. La universidad, de un modo semejante a como lo hacía el maestro con su aprendiz, al enseñarle cosas al estudiante lo hace de tal modo que lo forma, le da forma, lo transforma para la libertad, con el propósito de que ese mundo sea posible. Esto es lo mejor que la universidad puede dar a su comunidad, al colaborar al mismo tiempo con la comunidad internacional de buscadores de la verdad. Lo demás lo pueden hacer bien las escuelas de adiestramiento e instrucción. Lo que la universidad exige a la sociedad es la libertad necesaria para hacer bien su trabajo.

Drucker habla de la libertad de movimiento que respecto de las empresas adquieren los empleados instruidos:

"En el tremendo barullo de las empresas americanas en los años ochenta, gran cantidad de directivos y de profesionales que habían estado empleados toda su vida en una compañía, se han encontrado de pronto a la deriva. Al principio, ello supuso un tremendo shock. Pero pronto los managers y los profesionales desplazados -incluso la gente bien entrada en la cincuentena- se dieron cuenta de que podían encontrar nuevos empleos y en muchos casos mejores que los que habían perdido. Su 'conocimiento' los hizo libres" (p. 264).

Pero Druker no advierte que la conexión íntima entre lo que somos y lo que hacemos, especialmente tomando en cuenta el modo en que lo hacemos, proporciona aún mayor libertad que esa independencia respecto a las empresas y otras organizaciones. Esa conexión, que desde antiguo tiene que ver con lo que modernamente llamamos vocación, no nos viene otorgada por el hecho de que seamos eficientes (recalcando el sentido técnico de este término), sino porque somos capaces de hacer bien las cosas (acentuando el sentido ético de la expresión). Por decirlo así, es un compromiso con la calidad que rebasa el premio del buen sueldo (sin que necesariamente lo desdeñe, por supuesto) porque tiene que ver con la satisfacción de ser quien uno quiere ser, quien uno debe ser.

Para ser quien uno quiere ser, sin duda hay que mirar hacia adelante, hacia el futuro, para descubrir lo que uno puede llegar a ser, y también es necesario ver hacia atrás, hacia el pasado, para asumir lo que uno ha sido. Está tan enfermo quien vive morbosamente preocupado por lo que puede pasarle mañana, como el que neuróticamente ha quedado atrapado en lo que le pasó ayer. En ambos casos la vida queda impedida, detenida, echada a perder. Pero igualmente falsa es nuestra situación si sólo nos sostiene el afán de novedad y la imposición de lo nuevo. Tanto para nuestra vida individual como para nuestra existencia colectiva es indispensable la integración de lo que hemos sido ya y lo que podemos ser todavía; sólo así se dispone de la medida justa que hace posible el presente, sin que se nos imponga una actualidad vacía, tan desvinculada del pasado (que es herencia, historia, riqueza ya conseguida, experiencia, tradición) como desconectada del futuro (que es proyecto,  reacción, evolución, innovación abierta, renovación).

Si sólo se nos impone lo nuevo, quiere decir que estamos renunciando a mucho de lo que somos, sencillamente porque hemos perdido mucho de lo que éramos, de lo que fuimos, y de lo que aún podríamos ser. Y esto, como dice Benjamín en su texto sobre "Experiencia y pobreza", nos empobrece: "Nos hemos hecho pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelanten la pequeña moneda de lo actual". En nuestro mundo de hoy, la imposición de lo actual crece desmedidamente.  ¿Quién no está enterado de las cosas que hay  hacer para estar al día? Pero ¿quién quiere hablar de lo que se nos impone, aunque no sea un tema de moda?

Era, pues,  una mujer, ciertamente hermosa, que estaba a la moda... Y eso, desde luego, es algo muy atractivo. ¿Irresistible?

 

Notas y referencias

1 Peter Drucker, Las nuevas realidades, en el Estado y la política, en la economía y los negocios, en la sociedad y en la imagen del mundo [The New Realities: in Government and Politics, in Economics and Business, in Society and World View, 1989], tr. Purificación Suárez Herranz y Jose María Suárez Campos, prólogo de  Francisco Javier Palom Izquierdo; prefacio de P. Drucker, México: Editorial Hermes, 1989.

2 Cfr. Peter Drucker, Gerencia para el futuro. El decenio de los 90 y más allá [Managing for the Future, 1992], tr. de Jorge Cárdenas N., Colombia: Editorial Norma, 1997.

3 El porvenir de la filosofía, México: Fondo de Cultura Económica, México, 1972.

 


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