¿Quién es Sor Juana?
Los vértigos del autoconocimiento

juan manuel silva camarena

 

En el libro de Carmen Beatriz López Portillo (coordinadora), Sor Juana y su mundo: una mirada actual.  Memorias del Congreso Internacional
México: Ediciones de la Universidad del Claustro de Sor Juana, 1998 [pp. 424-427].

Alguien, aquí, en este lugar, hace mucho tiempo, hace trescientos años, dejó de existir. Aquí alguien, hace mucho tiempo, en el siglo XVII, vivió y escribió muchas páginas y nos dijo en ellas muchas cosas que todavía hoy nos dan qué pensar.

Aquí, en este lugar, alguien que se llamaba Sor Juana Inés de la Cruz luchó para podes ser de un modo y no de otro, para ser alguien que ella quiso ser, y no más bien nadie, no más bien nada. Y ¿quién fue Sor Juana Inés de la Cruz?

¿Cuándo y bajo qué condiciones sabemos quién es alguien? Ser hombre y saber que se es hombre so cosas que van juntas. Y en ningún otro ente que no sea el ser humano puede advertirse semejante vinculación entre el ser y el saber. Tan estrecha es esta relación que ni siquiera podemos estar seguros de que se trate, efectivamente, de dos cosas en recíproca vinculación. Ser hombre es, entre otras cosas, saber que se es hombre. Así de rotundo es este hecho: ningún ser humano puede existir sin saber lo que es. Por eso decía Demócrito: el hombre es lo que todos sabemos. Dicho de otro modo: todos sabemos lo que somos. Ser hombre, pues, y la conciencia de serio, son cosas que marchan una al lado de la otra.

Por lo anterior, el hombre guarda una peculiar relación con el saber. En general, saber es saber qué es algo. El saber es siempre saber acerca de algo que es. Todo saber es saber del ser. No hay más  saber que el saber del ser: sólo se puede tener un saber de lo que es y de lo que no es. De la nada, nada se sabe sino en la medida precisa en que puede saberse que nada es. Pero el ente humano, a diferencia de otras formas de ser, se relaciona con el saber de tal modo que en dicha  relación quedan igualmente alterados la cosa de la que se sabe algo, el ser que sabe y el saber mismo.

En el caso del hombre, el saber no es, estrictamente hablando, saber acerca de esto o lo otro (como el saber que tenemos de las plantas del campo o las aves del cielo), sino un saber, que sin estar referido al ser de lo que se sabe, propiamente no es un saber sino una forma peculiar de ser. En el sentido radical de la palabra, el saber es un fenómeno a través del cual yo refiero mi ser al ser de otra cosa (mi ser es el que sabe) y el ser de esa otra cosa, recíprocamente, queda referido a mi propio ser, como lo sabido por mí. Y en esta doble referencia solemos suponer que el ser de uno (el que sabe) "recibe" el ser del otro (la cosa sabida). Y ya podemos imaginar qué tan misteriosa podría llegar a ser esta recepción ontológica. En todo caso, así establecidas las cosas del saber, entonces es menester reconocer que cuando hablamos de un posible saber del hombre, es decir, acerca del hombre, no podemos hallar esa doble referencia ontológica entre el ser que sabe y el ser de lo sabido, porque en ambos casos se trataría del mismo ser, y el supuesto que mantenemos en el fondo de esta manera de entender el saber es el de la extrañeza o alteridad entre dos formas de ser; La cosa conocida no es de la misma naturaleza anta lógica que la cosa que conoce.

Si hablamos del ser humano, no está, pues, el saber y el ser que sabe por un lado, y el ser de la cosa que se sabe por el otro lado. Aquí saber y ser son lo mismo. El ser que sabe tiene la forma de un ser que entre otras posibilidades tiene la de poder saber acerca del ser de esto o de aquello, pero que fundamentalmente es una forma de ser enteramente peculiar que tiene un saber acerca de sí misma que no es propiamente un saber sino algo que tiene que ser conceptuado como auto transparencia. En esta forma especial de saber no se "recibe" el ser de lo conocido a través del proceso del conocimiento, y todo sucede en ella como si, en una empresa de autodescubrimiento, cobrando conciencia de lo que se es, se desdoblara el hombre en su propio ser para ser el objeto de su propia mirada.

Yo sé, por ejemplo, que ahora es tarde, y que la noche se aproxima. Sé, también, que lo sé. Y esta segunda forma de 'saber que llamamos autoconciencia es, a la vez, un saber acerca de mi otro saber. Y encima de estas dos formas de saber, por decirlo así, o aparte de ellas, tengo otro "saber", que es el saber de mi propio ser. Y a este "saber" no debe dársele el nombre de autoconciencia porque no es "un saber que se sabe" sino "un saber que se es lo que se es". El "saber" acerca de mi propio ser no es, sin embargo, un saber acerca de mi ser, sino mi propio ser. Se trata, pues, de mi ser, que entre otras cosas, o principalmente, es un "saber". Este es el más peculiar de mis saberes, es, extrañamente, mi propio ser. Porque entre este saber y mi ser no hay un espacio anta lógico que los separe y al mismo tiempo permita que' uno y otro puedan estar en relación recíproca. No es que uno y otro sean de la misma naturaleza, como cuando conozco a mi prójimo. Uno y otro son la misma cosa, sea cual fuere su naturaleza, aunque ora tengamos que llamarle "ser", ora "saber".

Por esta razón, por ser mi saber acerca de mí mismo y mi propio ser la misma cosa, resulta tan enigmática esa máxima del Templo de Delfos que tantas veces hemos recordado sin saber bien qué es lo que se nos pide a través de ella. "Conócete a ti mismo" (Gnoxi seauton) es la expresión de un mandato cuyo significado ciertamente no es algo que podamos entender fácilmente. Y esta dificultad, sin duda, nos da qué pensar.

Sin hacer la debida identificación entre el ser y el saber, y suponiendo entonces que son algo muy distinto, nos hemos acostumbrado a creer que la gente puede vivir su vida sin poner en estrecha relación una cosa con la otra. Como si fuera posible ser quien se es sin saberlo, O dicho de otra manera: como si para vivir bastase con ser de este modo y no de otro, sin que fuera necesario saber que se es de este modo y no de otro. Tendría una cierta necesidad el ser, y en menor medida, el saber. La vida y la biografía no irían juntas más que en el caso de personalidades sobresalientes de las letras, el arte o la historia cuya vida es interesante poner por escrito.

La vida y la biografía, entonces, podrían marchar una después de la otra. La vida de alguien no tendría mucho que ver con lo que podemos saber acerca de ella, y en todo caso, la biografía nos revelaría la vida de alguien que ya no podría vivirla. El paso más o menos simultáneo de la vida y su autoconocimiento podría presentarse en el caso de la autobiografía, pero no dejaría de ser un saber que no le hace falta al ser. Y éste es, al parecer, el punto en que tendríamos que sostener lo contrario, si es que resulta verdadera esta identificación entre el ser y el saber.

Para formularlo de una manera más sintética podríamos decir lo siguiente: se es quien se es según se lo tiene sabido. Se es quien se sabe ser. El ser determina el saber (de uno mismo); el saber (de uno mismo) queda determinado por el ser (que se es). En suma: dime qué sabes de ti mismo y te diré quién eres. y es preciso aclarar que el saber de uno mismo de que hablamos aquí no tiene que ver nada con el saber que del hombre han podido alcanzar la filosofía y las ciencias, incluyendo al psicoanálisis, y guardaría más bien una vinculación especial con lo que llamamos sabiduría de la vida o sapiencia.

Podemos plantear ahora las cosas de esta manera: ¿el mandato del Templo de Delfos, entonces, puede cumplirse por medio de una biografía o una autobiografía? ¿Los datos biográficos y autobiográficos, desde su presentación más escueta (esos que simplemente dicen de alguien que nació, vivió y finalmente murió) hasta su versión más generosa y detallada, proporcionan el conocimiento de uno mismo que es necesario para determinar quién es ese que somos nosotros mismos? Ese saber que se identifica con el ser por el hecho de expresar ambos una determinación recíproca, es un saber en torno a ese ámbito ontológico que se pone de manifiesto en un "yo soy... ", y que solemos buscar bajo la expresión interrogativa "¿quién es...?"

Esta frase interrogativa da lugar a una pregunta que no tiene el propósito de indagar lo que algo es, sino quién es alguien, dando por supuesto, evidentemente, que se trata de algo que es preciso averiguar por dos razones que mencionamos enseguida. En primer lugar, debido a que deseamos saber lo que ignoramos, porque no lo sabemos (como no sabemos, por ejemplo, cuál es el significado de una determinada palabra, la hora que es o qué es cierto mineral que tenemos enfrente); y en segundo lugar, porque damos por descontado que podría ser de modo distinto al que es. Por otro lado, si preguntamos por lo que algo es, bien podemos suponer correctamente que ese algo es algo y no más bien nada. Y cuando preguntamos quién es alguien, en modo igualmente correcto podemos dar por supuesto que ese alguien es quien es, en lugar de ser otro.

En efecto, alguien es quien es, en lugar de ser otro. No puede el ser humano ser nadie, y tampoco puede ser como los demás. Es preciso, para el hombre, fraguarse un ser propio. De modo que mi yo ser yo, en lugar de ser otro, y en lugar de ser nadie, nada, es lo que queda revelado cuando alguien pregunta quién soy yo y logra averiguarlo. En otras palabras: si la pregunta está bien hecha y la respuesta es buena, lo que aparece tras la interrogación ¿quién es...? es el ser propio, es decir, la forma peculiar de ser, o sea lo que hace que alguien sea quien es en lugar de ser otro. A esto, con la reserva debida, puede llamársele esencia. Porque la esencia, desde luego, es universal, y el ser propio, sin embargo, es sólo el ser de alguien que es como es, y consiste precisamente en ser el ser de alguien que es quien es, y no más bien otro, y no más bien nadie.

Ahora bien, ¿cuándo podemos saber que alguien, por ser quien es, es quien es en lugar de ser otro? Y sobre todo, ¿en qué medida este saber coincide (hasta donde aquí se pueda hablar de coincidencia) con el saber que alguien, por ser quien es, tiene acerca de sí mismo? Y finalmente, este saber acerca de alguien, ¿de qué modo es precisamente un saber que corresponde a una determinada forma de ser de alguien, precisamente por ser éste quien es?

Hasta aquí hemos tenido que hacer un rodeo para poder plantear la pregunta ¿quién es Sor Juana Inés de la Cruz? Y dicho sea de paso, la diferencia entre lo que ella pueda ser hoy para nosotros y lo que ella fue en ese ahí y ese ahora de su vida real es una cuestión que tendría que plantearse en otro momento. Por lo pronto, asumimos la pregunta en las coordenadas vitales de su aquí y su ahora.

¿Y por qué razón alguien, en este caso Sor Juana, tendría que decirnos quién es? Los hombres necesitamos averiguar quién es el otro, el que tenemos enfrente, para saber a qué atenemos frente a él, para poder saber a qué queda expuesto mi propio ser cuando entro en relación con el ser del otro, mi prójimo, en la conformación de una peculiar situación vital, donde lo que él es juega un papel tan importante como el que juega mi propio ser. Y por otra parte, uno necesita decir quién es uno, por diversos motivos, y con distintas intenciones. Pero en todo caso, el hombre dice quién es en la expresividad de cada uno de sus actos. En cada acto nuestro, en su precisa composición de necesidad y libertad, queda expuesto lo que somos. En esa combinación queda de manifiesto un aspecto de nuestro ser, y a veces, bien mirada la cosa, puede hallarse en ella la totalidad de nuestro ser. Nuestra vida es un asunto de responsabilidad. La respuesta que el hombre es capaz de dar frente a lo que se le presenta con el carácter de lo necesario nos revela plenamente su ser. Esa respuesta, que es libertad frente a la necesidad, nos dice quién es él.

Sor Juana queda revelada en los datos biográficos que podemos tener de ella. Lo que ella es va apareciendo en cada uno de sus actos, en cada una de sus decisiones; por ejemplo, en su decisión de aprender a escribir, en su decisión de volverse religiosa, en su decisión de escribir versos, en su decisión de asistir a sus hermanas enfermas. Pero la revelación es más completa cuando ella misma tiene la necesidad de llevarla a cabo, es decir, cuando ella necesita decir quién es para que los demás lo tengan muy en claro.

Todos conocemos el texto de Sor Juana que lleva por título “Respuesta a Sor Filotea”. Se trata de una carta que envía Sor Juana a "Philotea de la Cruz", seudónimo del obispo de Puebla y Guadalajara, Manuel Fernández de Santa Cruz, en respuesta a la que este sacerdote le había escrito el 25 de noviembre de 1690, y que se conoce como Carta a Sor Juana Inés de la Cruz. Esta carta a Sor Juana fue publicada por el religioso mercedario fray Miguel de Torres que fue, por un lado, sobrino de Sor Juana, hijo de la media hermana de la Décima Musa, y biógrafo del obispo Fernández de Santa Cruz. Este hombre publicó la Carta con una breve nota introductoria que dice lo siguiente:

Era muy celebrada en esta Nueva España la Madre Juana Inés de la Cruz, así por la grande capacidad y soberano entendimiento de que Dios la había dotado, como por la gracia de saber hacer y componer versos; con esta ocasión, era visitada de muchas personas, y de las de primera clase. Corría la fama por todas partes y llegó la noticia a nuestro amantísimo Obispo, y condolido de que un sujeto de tan relevantes prendas estuviera tan distraído y convertido a las criaturas, resolvió escribirle la carta siguiente1.

Ahora bien, en este texto no se ve en claro si el obispo conocía personalmente a Sor Juana, y, sin embargo, esto queda establecido como un hecho en las líneas finales de la Carta: "Esto desea a Vuestra merced quien, desde que la besó, muchos años ha, la mano, vive enamorada de su alma, sin que se haya entibiado este amor"2. Por otro lado, uno de los elogios funerarios escritos para el obispo asegura lo siguiente: "Admiraba a todos la comprensión con que conocía a todas las Religiosas: pues siendo siete los Conventos de Monjas sujetos al Ordinario, cada uno con bastante número de Religiosas, cualquiera que le nombraran, decía (como si la hubiera tratado a ella sola) su condición, su natural, su inclinación y su proceder”3.

Y si el obispo Fernández de Santa Cruz sabe de Sor Juana "su condición, su natural, su inclinación y su proceder", entonces tenemos que afirmar que la Respuesta a Sor Filotea no fue escrita por Sor Juana para que Fernández de Santa Cruz se enterara de "su condición, su natural, su inclinación y su proceder". Además, bien se sabe por otras fuentes que él la conoce efectivamente, y la visita algunas veces que viene a la capital. Este conocimiento de ella toma cuerpo en la relación de una amistad mantenida ya durante un tiempo largo:

La amistad entre Sor Juana y el obispo era antigua —dice Octavio Paz—, como muestran tanto el tono de la Carta como el del prólogo, afectuoso en su severidad. La relación entre la monja y el prelado debe remontarse a los tiempos de fray Payo Enríquez de Rivera, él recién llegado a Nueva España y todavía reciente la profesión de ella en San Jerónimo"4.

Sin embargo, la Respuesta es, indudablemente, un texto autobiográfico, es decir, un escrito donde Sor Juana quiso comunicar quién era ella. Incluso la lectura más superficial puede advertir que se trata de un testimonio directo, auto-biográfico, elaborado por alguien que desea decir quién es. Sor Juana quiere expresar lo que es para que lo sepa Sor Filotea, tal vez para que lo sepan los hombres del siglo XVII, quizá para que lo sepamos nosotros, los de las postrimerías del xx, o sencillamente para que lo sepa quien deba saberlo. Pero tenía que decimos quién era ella, si no hubiera quedado ya prefigurado en su obra para el buen entendedor, porque no lo sabían, por lo visto, quienes estaban ahí, en relación con ella, formando su situación vital intransferible. O lo sabían, y no querían aceptarlo.

La explicación que parece imponerse es la de que no sabían quién era ella, y fue preciso que ella misma se los hiciera saber lo más claramente posible. Desde luego, el retrato que por su propia mano queda pintado en la Respuesta no está hecho con las pinturas de la psicología del siglo XVII y tampoco está elaborado con el tipo de los datos que son bienvenidos para una biografía como la que escribe el padre Calleja. Es un retrato moral, que presenta la responsabilidad de Sor Juana frente a su propia vida, al decidir vivirla de un modo y no de otro, para decirlo de la manera más sencilla, y de esa forma, poder ser quien ella tenía necesidad de ser, sin que quepa aquí, desde luego, una necesidad como la de las investigaciones psicoanalíticas. Este retrato, que no es psicológico en el sentido usual de la palabra, sino precisamente de. carácter moral, presenta las decisiones capitales que ella ha debido tomar para vivir su vida como necesitaba vivirla en atención a una vocación, es decir, a la decisión de vivir de un determinado modo, de adoptar una determinada forma de vida, para poder sentir que valía la pena vivirla.

Pero la Respuesta no se produce porque se la haya solicitado el obispo Fernández de Santa Cruz o su confesor, Antonio Núñez Miranda, sino porque se lo exigía ella misma, en un compromiso con los demás, esto es, con los otros que piden cuentas a quien puede vivir su vida, bajo las circunstancias dadas, de un modo o de otro. La responsabilidad de la libertad, en otras palabras, era la que desde el fondo de su propio ser hacía que ella se formulara a sí misma la pregunta "¿quién soy yo?"

La Respuesta es, sin lugar a dudas, una auténtica respuesta a esa exigencia de naturaleza ética y ontológica: el ser, en su libertad de modelar su propia forma de ser, tienen la obligación moral, que deriva del hecho de esa libertad, de rendir cuentas de lo que no fue necesario ser y hacer.

Y a propósito de todo esto, ¿quién es Sor Juana, ese ser extraordinario del que ese han dicho ya tantas cosas y tantas otras pueden decirse todavía, que sabía bien lo que era, en las vicisitudes de la auto transparencia y los vértigos del autoconocimiento, y que tuvo que poner especial cuidado en hacernos notar que a algunos les costaba mucho trabajo entender quién era ella por la sencilla razón de que desde muy joven había decidido pensar por cuenta propia?

Aquí, en este mismo lugar, hace mucho tiempo, hace trescientos años. Sor Juana...

 

Notas y referencais

1 Aureliano Tapia Méndez, Carta de Sor Juana Inés de la Cruz C/ su confesor. Autodefensa espiritual, Producciones A1voleo El troquel, México, 1993. Presentación de Sócrates Rizzo García y prólogo de Octavio Paz, p. 90.

2 Aurelio Tapia Méndez, op. cit., p. 86 .  

3 Ibid., p. 90.

4 Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, México: Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 520.


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