La vida no es fácil

juan manuel silva camarena
1998

 

Escrito elaborado en el otoño de 1993, leído, bajo el título de “La vida no es fácil. Dos psicologías concretas: Freud y Nicol”, en el Simposio Metafísica y humanismo. A 40 años de la Metafísica de la expresión de Eduardo Nicol, organizado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el mes de noviembre de 1997, y publicado en  el número monográfico de la Revista Anthropos (Barcelona, Extra 3, 1998, 106-112): Eduardo Nicol. La filosofía como razón simbólica.

Hablar del ser humano es hablar de su vida. Saber de la vida es saber que nos pasan cosas y que es preciso hacer algo frente a lo que nos pasa. Pero además de eso, ¿qué conocimiento podemos tener de las cosas de la vida? La psicología, ciencia del alma según Platón y Aristóteles ¿sabe de nuestra vida? ¿Sabe de ella cuando se organiza como "ciencia de la palanca y del tomillo"? La psicología "científica" o "empírica" olvida el alma, al hombre mismo, su propia vida, y se la pasa muy ocupada averiguando funciones. La psicología psicológica de Weininger, la descriptiva de Dilthey, la de las situaciones vitales de Nicol y el psicoanálisis de Freud, de algún modo, optan, en cambio, por la comprensión de la vida.

¿Qué queremos que quede en claro, las funciones psicológicas o los sucesos del alma? Lo segundo, claro. Pero lo segundo no se explica del todo, no se puede manejar fácilmente, porque la vida no es fácil. Según Nicol, la vida no es fácil, primero, porque nuestro ser es insuficiente y nunca remediamos del todo su mengua, y porque siempre hay que decidir, elegir, y toda opción implica una renuncia. Según Freud, es difícil la vida porque el yo queda a menudo pulsionado por el ello, apretado por el superyó y repelido por la realidad. Dice Freud que lo difícil de la vida no puede evitarse, pero que podemos soportarla preparándonos para la muerte. Nicol nos asegura que si a la vida no se le puede quitar su dificultad, sí es posible, sin embargo, vivirla cambiándola. Desde luego, y por de pronto, se aligera su peso hablando de ella.

Hablemos de nosotros. Si hablamos de los hombres, tenemos que decir cosas de su vida. Y si hablamos de su vida, podemos irnos muy lejos, hasta decirlo todo. Todo lo que podamos decir de ellos, tiene que ver con su existencia. Es cierto que cuando los seres humanos hablan dicen cosas acerca de las cosas; pero además de eso, lo que dicen tiene que ver con las cosas de su vida.

Las cosas de la vida son más complicadas que las cosas ordinarias, las que están dentro de la caja, en el almacén o en el patio. Las cosas de la vida son tantas que ocupan, preocupan tanto la vida de los seres humanos que casi no dejan en ella espacio para nada más. ¿Quién no recuerda a alguien tan absorto en las cosas de la vida, tan ensimismado o concentrado en sí mismo que nos pareció que se había marchado a otro mundo? Las cosas de la vida incluyen todo, este mundo y el otro, el mejor de los mundos posibles y el mundo de las cosas que hemos soñado.

El sueño, el amor, la muerte son cosas de la vida. Las cosas de la vida son, por ejemplo, esas en las que piensa una campesina: mientras trabaja el campo, o las que uno evoca cuando mira un par de zapatos suyos, pintados por un artista: “En la oscura boca del gastado interior bosteza la fatiga de los pasos laboriosos. En la ruda pesantez del zapato está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de los largos y monótonos surcos de la tierra labrada, sobre la que sopla un ronco viento. En el cuero está todo lo que tiene de húmedo y graso el suelo. Bajo las suelas se desliza la soledad del camino que va a través de la tarde que cae. En el zapato vibra la tácita llamada de la tierra, su reposado ofrendar el trigo que madura y su enigmático rehusarse en el yermo campo en baldío del invierno. Por este útil cruza el mudo temer por la seguridad del pan, la callada alegría de volver a salir de la miseria, el palpitar ante la llegada del hijo y el temblar ante la inminencia de la muerte en torno. Propiedad de la tierra es este útil y lo resguarda el mundo de la labriega. De esta resguardada propiedad emerge el útil mismo en su reposar en sí”1.

Al llegar a este punto de la descripción del cuadro de Van Gogh que presenta pictóricamente un par de zapatos de labriega, Heidegger contrasta todo lo que ha dicho de ellos con el hecho simple de que la campesina, sencillamente, los usa: "Cuantas veces la labriega, se quite los zapatos en medio de un duro pero sano cansancio a la caída de la tarde, y ya al llegar al crepúsculo aún oscuro de la mañana, vuelva a echar mano de ellos, o al pasar de largo junto a ellos en los días de fiesta, sabe todo lo dicho, sin necesidad de hacer observación ni consideración alguna."

En efecto, sin necesidad de consideraciones y observaciones, ella sabe todo lo dicho, porque sabe de su vida, es decir, porque está enterada de que le pasan cosas, cosas de la vida, y sabe también con parecida seguridad, que tiene que hacer algo frente a eso. Cuando despertamos cada una de las mañanas de todos nuestros días, sin observación ni consideración alguna explícita, nosotros sabemos que algo nos pasa, y que algo tenemos que hacer ante eso.

La maravillosa experiencia del despertar comienza con algo que nos sucede (diríamos: que le pasa a nuestro cuerpo). Nuestra naturaleza, como si de algún modo tuviera la capacidad de sospechar fisiológicamente advierte que la temperatura grata que acompaña al día avisa que se ha perdido la noche. Abrimos los ojos y no hay límite alguno para la variedad de cosas que se confunden en el espacio donde ya no podemos distinguir bien las cosas que vemos de las que sólo imaginábamos. El mundo está ahí. Y hay que decido: uno tiene la sensación, la vivencia, la experiencia de que uno también está ahí. El mundo, en frente, nosotros acá; el mundo del otro lado, nosotros de este. Insistimos: son muchas cosas las que podemos ver y las que vienen a nuestra mente. Cuando estamos enamorados, el rostro del ser amado; cuando vivimos una pesadilla, los rastros del miedo. Si algo nos preocupa particularmente, ahí, inmediatamente, está el objeto de nuestra preocupación. Apenas nos despertamos y comienza el día, algo nos pasa; en cuanto hemos renovado el pacto con la vida de vigilia (recién hemos regresado de nuestro viaje, no importa si largo o corto, por la noche), algo tenemos que hacer. La vida nos da quehacer, como decía Ortega y Gasset. Vivir es tener algo que hacer, porque algo nos pasa. Y en ese punto absoluto de nuestra existencia, no hay alternativa posible. Las decisiones y las elecciones vienen después. Si se está vivo, algo pasa; si algo pasa, algo hay que hacer. Esto es lo que todos sabemos.

Las cosas de la vida, entonces, no son sino el conjunto de las cosas que nos pasan y todas las cosas que hacemos a raíz de eso que nos pasa. Esto lo sabemos todos. La vida, nuestra vida, de algún modo va acompañada siempre de algún saber. El saber que así es la vida, y saberla vivir bien, con sabiduría de la vida, son cosas relacionadas entre sí. Pero, ¿qué tanto sabemos de las cosas de la vida? Esta expresión, "las cosas de la vida", la utilizamos para hablar de las cosas que nos pasan y lo que hacemos frente a eso, y todos sabemos que no la empleamos para describir fenómenos biológicos o fisiológicos. Estamos en la vida, y no nos importan las cosas de la muerte, porque incluso la llegada al final todavía es para nosotros un acto vital, que podemos afrontar marchitos o llenos de vida. 

Estar vivo o muerto no es para nosotros una alternativa con sentido. Si la alternativa entre ser y no ser es la alternativa entre vivir o morir, no se trata sino de una metáfora y no representa la cuestión fundamental. Vivir o morir no es la cuestión. Para nosotros, vivir es la única alternativa, y eso quiere decir que no es ninguna. Vivir es una necesidad absoluta para poder vivir nuestra vida, y aquí comienzan nuestras decisiones y elecciones. En el caso de la vida biológica, la vida es vida y nada más; en el caso de la vida humana, la vida es una vida que se vive. Debía estar claro: las células y las plaquetas, si se quiere, son los elementos de la vida natural; las elecciones y las decisiones, los de la vida humana.

Debemos insistir: ¿qué tanto sabemos de nuestra vida? Nuestra sabiduría de la vida está ahí, en la historias, y sobre todo en mitos, cuentos y fábulas, dichos y adagios, sentencias y máximas, novelas y poesías, comedias y tragedias. La sapiencia y la ciencia natural pueden dar razón de las cosas de nuestra vida; también la filosofía y las ciencias del espíritu, la psicología...

Pero la psicología, ¿qué sabe ella de las cosas de la vida? Tendría que saber mucho de estas cosas porque es la ciencia de nuestra alma. Y si no es fácil saber lo que es la ciencia, algo aún más complicado es el saber acerca del alma. El primer libro sobre el alma, el de Aristóteles (De anima), nos dice que un organismo, en cuanto instrumento, tiene la función de vivir y pensar, y al acto de esta función se llama alma. Un texto más antiguo, cuyo subtítulo no anuncia que va a tratar del alma sino de la belleza ―el Fedro, de Platón―, la piensa como un movimiento de sí para sí: "Todo cuerpo que desde fuera sea movido es inanimado; al contrario, todo cuerpo que desde dentro se mueva de por sí y para sí será animado; que tal es la naturaleza misma del alma"2. El mismo Platón se ocupa del alma cuando construye el proyecto de una psicología moral centrada en el concepto de virtud, al tratar de la educación en el diseño de la polis que alojará hombres justos3

Pero esos textos, de la psicología alojada en el seno de la filosofía, ya no tienen nada que ver o tienen muy poco que ver con la psicología que Weinienger llama "de la palanca y del tornillo", responsable, según él, del "completo olvido del alma".  "Ninguna ciencia cae tan rápidamente como la psicología en cuanto no es filosófica, ―dice él.  Su emancipación de la filosofía es la verdadera causa de la decadencia de la psicología. La doctrina de las percepciones de los sentidos no tiene ninguna relación directa con la psicología. La psicología moderna, progresando en una dirección opuesta a la que debería conducirla a su fin, no llegará jamás a resolver aquellos problemas que se han considerado como eminentemente psicológicos, es decir, el análisis del homicidio, de la amistad, de la soledad, etcétera. En consecuencia, debería tenderse en primer término hacia una psicología psicológica4. Esa psicología tiene una misión bien definida: "aspira a ofrecer algo más que un resumen de las reacciones motoras y sensoriales del individuo y, en consecuencia, su nivel no debe hallarse por debajo del de las restantes investigaciones experimentales psicológicas modernas, como si se tratará simplemente de una especial combinación de física aplicada y de estadística de seminario. Espera de este modo mantenerse en íntimo contacto con la rica realidad del alma, cuyo completo olvido puede ser explicado por el dominio de la psicología 'de la palanca y del tonillo' "5.

El completo olvido del alma, si acaso significara algo así como el olvido, en términos psicológicos rigurosos y científicos de las cosas de la vida, de nuestra vida, pondría de manifiesto el más lamentable testimonio de la pérdida, por razones que no es el caso plantear aquí, de algo que necesitamos para vivir: del saber de la vida. Que el olvido de las cosas de la vida sea lo mismo que la imposibilidad de la vida misma, es algo que no necesitamos decir. Si la mutilación del saber acerca de la vida implica necesariamente cortar o cercenar nuestra propia vida, aunque muy grave es algo que tampoco vamos a explorar ahora.

Vender el alma al diablo, es algo que sabemos qué significa, como conocemos lo que en la tradición cristiana quiere decir perder el alma. Olvidar el alma, en cambio, puede ser sólo una manera de decir que la psicología ha dejado de concebirse a sí misma como ciencia del alma, o bien que la psicología no existe más, pues psicología significa ciencia del alma y no otra cosa. En términos más o menos extraños aparece en nuestro pensamiento este razonamiento inquietante: si ya sabemos lo que es el alma, no necesitamos psicología; si no lo sabemos, no podemos hacer psicología. El olvido del alma, ¿es de veras el olvido del alma, o se quiere expresar solamente el hecho de que se tiene nostalgia por una psicología de un pasado muy remoto que solía aún pensar en el alma?

Platón, en Alcibíades, dice que el hombre es lo que es su alma: "puesto que ni el cuerpo ni el todo son el hombre, resta decir, según yo creo, que o que no son nada o, si son algo, que sea el alma precisamente el hombre"6. Y en algo parecido debe estar pensando Weininger, pues quiere comunicamos que la psicología tiene que ser un saber del hombre. O en palabras de Dilthey, que de lo que la psicología habla es de la vida, y no puede hablar de otra cosa: "El yo —das Selbstse encuentra en un cambio de estados que se reconocen como unitarios por la conciencia de la identidad o 'mismidad' Selbigkeit de la persona; al mismo tiempo se encuentra condicionado por un mundo exterior y reaccionando sobre él, mundo del que sabe que es captado en su conciencia y se halla determinado por los actos de su percepción sensible. Al encontrarse así la unidad de vida condicionada por el medio en que vive y, a su vez, reaccionando sobre él, se produce una articulación de estados internos; designo a la misma como estructura de la vida psíquica. Y al tratar de captar la psicología descriptiva esta estructura se le revela la conexión que traba las series psíquicas en un todo. Este todo es la vida"7.

Ahora bien, del olvido del alma también quiso hablamos Nicol, y por eso nos recordó las palabras de Weininger que ya hemos mencionado; en el texto titulado "Psicología científica y psicología situacional", de 1942, un año después de haber publicado su libro sobre la psicología de las situaciones vitales, cuya descripción general tuvimos la oportunidad de presentar de este modo: "La Psicología de las situaciones vitales fue publicada en México, por el Fondo de Cultura Económica. En esta obra el pensamiento de Nicol comienza su exploración por el camino de la autognosis. No es un estudio de antropología filosófica, sino de auténtica psicología, y como tal, es una crítica de la insuficiencia de la antropología filosófica" como teoría filosófica del conocimiento del hombre, y de los errores de la psicología moderna (científica, empírica), que se formó bajo la convicción de que sólo el saber basado en criterios cuantitativos era un saber riguroso. Nicol considera que ese saber cuantificador de lo indistinto, lo constante y lo uniforme, no constituye el saber de la única psicología posible y legítima.

"La psicología empírica no es un auténtico saber del hombre. Para conocer de veras al ser humano no bastaba con agregar a la 'física matemática' una 'psíquica matemática' en términos de psicología cuantitativa. La psicofísica no puede sustituir al saber del hombre, rigurosamente psicológico y auténticamente filosófico. El error es de principio: en los cimientos de la psicología científica se alojó subrepticiamente una idea del hombre que lo concibe como un ente homogéneo, igual, indistinto, inalterable, en suma: como un ente natural o físico.

"Es evidente la incapacidad de esa psicología para explicar (que aquí quiere decir comprender) fenómenos de índole cualitativa como son los fenómenos psicológicos. Esa psicología sólo puede decir lo que pasa (en términos de explicación causal de fenómenos naturales); no puede explicar o comprender lo que nos pasa, en los términos de una explicación situacional de la experiencia humana de los sujetos individuales, entonces: es necesaria una psicología situacional.

"La psicología situacional no es psicología de la "la palanca y el tornillo", y tampoco es antropología filosófica. Esta disciplina filosófica está situada en medio del camino del saber del hombre que posee la literatura (rico en sabiduría acerca de lo humano, pero carente de método y concepto) y del saber del hombre, acertado pero insuficiente de la psicología empírica (fundada en esquemas cuantitativos y por lo tanto abstracta, limitada para el conocimiento del hombre). En términos sencillos, la alternativa para el conocimiento del hombre era la siguiente: o bien nos conformábamos con el saber del hombre que podemos obtener leyendo las grandes obras de la literatura universal, o bien intentábamos conocemos a nosotros mismos de una manera científica. La riqueza de conocimiento que se obtenía en la primera posibilidad, se oponía a la precisión, y rigor de conocimiento que ofrecía en la segunda, y entonces la antropología filosófica se presentaba como el mejor recurso para lograr una riqueza de conocimiento que no fuera meramente literatura. Frente a esta situación la psicología concreta o situacional de Nicol ofrecía, en 1941, la oportunidad de emprender un conocimiento del hombre que pudiera superar las insuficiencias de la antropología filosófica (carente de cientificidad y sistema) y la psicología empírica (carente de los instrumentos adecuados para una auténtica comprensión de lo humano). De hecho, esas carencias promovían la necesidad, no sólo su posibilidad y legitimidad, de una psicología científica, pero concreta, comprensiva y auténticamente antropológicos, cuyos propósitos básicos fueran, en su calidad de psicología situacional y concreta, los de invalidar el supuesto de la uniformidad del sujeto, y superar el aislamiento del sujeto.

"En la psicología de las situaciones vitales se explican y analizan los dos conceptos básicos en que se encuadra la totalidad de la vida humana: la temporalidad y la espacialidad. A través de estos conceptos se intenta dar razón del modo en que los hombres viven su vida. El conocimiento auténtico del -hombre consiste en una comprensión acerca de su vida. Ahora bien, esa comprensión se alcanza por medio del análisis de la experiencia, cuyos datos inmediatos son precisamente la temporalidad y la espacialidad (relatividad del espacio y del tiempo). Toda experiencia con su aquí y su ahora concretos y determinados, se encuadra en situaciones vitales, o sea, en la relación vital que el yo del sujeto establece siempre con el no yo trans-subjetivo (contenido real de la experiencia). El presente de la experiencia, del aquí y del ahora, tiene como supuesto el futuro, es paso al futuro, y como tal, es acción. Los modos de relación que constituyen las situaciones vitales dependen del gobierno de la acción, que siempre se manifiesta como expresión, y que ejerce el carácter (libertad, iniciativa) sobre el destino (necesidad, lo dado, limitación) y el azar (oportunidad, imprevisibilidad). Los hombres viven su vida relacionándose con la humanidad (consigo mismos y con el prójimo), con la naturaleza y con la divinidad, por medio de acciones, internas y externas, cuya libertad lleva a cabo en conjugación con el azar y la necesidad"8.

Pregunta Amiel en su Diario íntimo: ¿puede el alma ser robada por un beso? Y preguntamos nosotros si puede de veras olvidarse. El alma queda olvidada si no hacemos un esfuerzo por comprender la vida de los hombres: "el conocimiento auténtico del hombre, en el plano psicológico, debe guiarse por la categoría de la comprensión; la comprensión sólo se alcanza por el análisis de la experiencia; y esta experiencia se encuadra en situaciones vitales. Por tanto, sólo la psicología situacional puede aspirar legítimamente a un auténtico saber psicológico del hombre como tal. La psicología en plan científico podrá aportar, en cambio, valiosos conocimientos sobre algo que ciertamente es humano, porque pertenece al hombre, pero no logrará nunca explicar lo que el hombre es"9.

El camino de la comprensión, iniciado por la psicología de Dilthey, y seguido por psicólogos como Spranger y Weininger, queda ampliado y organizado por Nicol en una psicología situacional, cuyos temas, como lo creían conveniente esos psicólogos alemanes, tienen que ver con la vida de los hombres de "carne y hueso", para usar la expresión de Unamuno: el heroísmo, el sacrificio de la propia vida, el suicidio, la locura, la vocación, la esperanza, la blasfemia, el amor a Dios, el ser hombre, el ser mujer, etcétera.

El ser mujer, por ejemplo, o el ser hombre, ¿es algo que tiene que ver con algunas funciones psicológicas (o con todas ellas), o es algo relacionado con la totalidad de nuestra vida, con nuestras experiencias vitales, con nuestras situaciones vitales? Cuando hablamos de la vida de la labriega, ¿de qué hablamos? ¿De funciones psicológicas o de lo que pasa en el alma?

Y lo que le pasa a la labriega, pongamos por caso, ¿se explica o no se explica en modo alguno? ¿Qué le sucede? La fatiga por el trabajo, la tenacidad del esfuerzo diario, la experiencia del rostro golpeado por el viento, la soledad del camino, la vivencia de la tierra en su darse y rehusarse, el temor mudo por la seguridad del pan, la callada alegría, la emoción temblorosa, la alegría de los días de fiesta y el miedo ante la muerte... ¿Cómo se explica todo esto?

Se explica y no se explica. Los hombres sabemos de eso y al mismo tiempo no sabemos de eso. Según Nicol, los seres humanos son, para sí mismos, un verdadero problema; no una mera dificultad o una antinomia para su razón, sino un problema vital, porque este objeto de conocimiento que es el hombre mismo "no se puede abarcar con la razón humana". Lo que la labriega sabe de su vida es algo familiar; y al mismo tiempo, ella queda, respecto de sí misma, muy alejada: "la experiencia de la propia vida es, para cada hombre, lo más inmediato y directo. Pero, a pesar de ello, el hombre sigue siendo "lo más alejado del hombre que existe"10. La vida, para ella, es algo familiar y algo extraño.

La vida, para ella, no es cosa fácil. Ella no vive fácilmente su vida. Todos sabemos que no es fácil la vida. Sigmund Freud, en sus Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, al reflexionar sobre la descomposición de la personalidad psíquica, va explorando las constelaciones estructurales de la personalidad anímica, y encuentra que cuesta trabajo vivir, porque las dificultades están instaladas por dentro, en nuestro propio ámbito psíquico, y no tenemos que buscarlas ahí afuera, en el mundo de las cosas y los otros, nuestros semejantes. Nuestro yo, por ejemplo, no sabe a menudo qué hacer con sus propias exigencias y las del ello: "... el yo se ve obligado a realizar los propósitos del ello, cumple su tarea cuando descubre las circunstancias bajo las cuales esos propósitos pueden alcanzarse lo mejor posible. Podría compararse la relación entre el yo y el ello con la que media entre el jinete y el caballo. El caballo produce la energía para la locomoción, el jinete tiene el privilegio de comandar la meta, guiar el movimiento del fuerte animal. Pero entre el yo y el ello se da con harta frecuencia el caso no ideal de que el jinete se vea precisado a conducir a su rocín adonde este mismo quiere ir"11, Pero no son dos los amos, sino tres: "Un refrán nos previene que no se debe servir a dos amos al mismo tiempo. El pobre yo la pasa todavía peor: sirve a tres severos amos, se empeña en. armonizar sus exigencias y reclamos. Estas exigencias son siempre divergentes, y a menudo parecen incompatibles; no es raro entonces que el yo fracase tan a menudo en sus tareas. Esos tres déspotas son el mundo exterior, el superyó y el ello"12.

El yo, dice Freud, se siente amenazado por tres clases de peligros y frente a ellos a veces no le queda más que el desarrollo de angustia, cuando no puede más: angustia realista, ante el mundo exterior y sus exigencias; angustia de la conciencia moral, ante el superyó (que vigila y observa cada uno de sus pasos y lo castiga con sentimientos de inferioridad y conciencia de culpa), y angustia neurótica ante la intensidad de las pasiones en el interior del ello. "Así, pulsionado por el ello, apretado por el superyó, repelido por la realidad, el yo pugna por dominar su tarea económica, por establecer la armonía entre las fuerzas e influjos que actúan dentro de él y sobre él, y comprendemos por qué tantas veces resulta imposible sofocar la exclamación: ‘¡La vida no es fácil!' "13.

La vida no es fácil, como lo sabe todo el mundo, y como lo advierte el psicoanálisis y la psicología situacional que son, tal vez, las dos psicologías que han realizado el mayor esfuerzo por comprender cómo los hombres viven su vida. En un libro de Nicol publicado en 1990,  Ideas de vario linaje, aparece una de sus secciones compuesta por cuatro ensayos, bajo el siguiente título: "Que vivir es cosa difícil". En el primero de ellos ("Vocación y libertad") hay una clave para la comprensión de las dificultades de la vida, y otra en el segundo texto ("El hombre y la duda"). La vida es difícil sencillamente porque el ser humano tiene la necesidad de remediar la insuficiencia ontológica de su ser (primera clave), y además, porque al tratar de llevar a cabo dicho remedio, a través de la acción, tiene que cumplir (esta es la segunda clave) una dialéctica vital que consiste en elegir y renunciar permanentemente, con la obligación de no enfermarse de indecisión ni acomodarse en las seguridades, pues en un caso se corre el riesgo de quedar paralizado frente a las alternativas, y en el otro, el del hombre práctico (que no duda, ni se contradice, ni es ambiguo), se las arregla uno para ocultarlas bien frente a la propia mirada.

La vida humana es acción, y la acción es símbolo y consecuencia de la limitación. Pero el afán humano de completarse nunca llega a satisfacerse por completo. Así, la dificultad de la vida es permanente, porque si no hay opciones (obra del carácter) frente a lo dado (destino) y la casualidad (azar), la vida no es posible; si las hay, la vida resulta difícil, porque todo se complica: "Más bien cabe decir que la existencia toda es una literal complicación de forzosidades, casualidades e iniciativas, y que no hay situación alguna en la que no puedan discernirse, entremezclados, los tres factores"14.

En suma: la vida es difícil porque es complicación; según Freud, puede llegar un momento en el que ya no podamos con los tres amos a los que tenemos que obedecer, y nos enfermemos, quedando incapacitados para vivir; de acuerdo con Nicol, puede suceder que nos falte denuedo para afrontar o hacer frente a la situación mediante nuestras decisiones, y “nos encorvamos para dejar que las cosas pasen por encima de nosotros; ni las afrontamos, ni las evaluamos, ni nos  exponemos ante ellas, ni nos empeñamos por ellas, ni asumimos una actitud decidida"15, y entonces nos deshumanizamos, quedando igualmente incapacitados para vivir. Mal negocio. Mala jugada.

Por si fuera poco eso de que la estructura misma de nuestra vida la convierte en algo complicado (psicoanalítica o situacionalmente explicado), podemos aún hablar de complicaciones adicionales. Frente a los ojos de Freud, la desilusión provocada por la guerra y por nuestra insincera actitud ante la muerte (cf. "De guerra y muerte. Temas de actualidad"); o frente a la mirada de Nicol, la crisis de los puntos de apoyo en los que hemos querido fundar nuestra vida (cf. La vocación humana), el predominio de la necesidad y el correspondiente ocaso de las alternativas, y la uniformidad del ser del hombre, la agonía de Proteo, como enfermedad mortal de la humanidad (cf. El porvenir de la filosofía, La agonía de Proteo). La vida es difícil, pero podemos soportar la vida, preparándonos para la muerte (Freud16); la vida no es cosa fácil, pero hay vida si alguien sabe vivirla cambiándola (Nicol17).

Son difíciles las cosas de la vida. Y la felicidad, decimos, no existe, reconociendo así la imposibilidad de vivir una vida que no sea difícil vivirla. ¿Y por qué razón querríamos contar con una vida fácil de ser vivida? Todos lo sabemos: Porque nos cansamos, porque fracasamos, porque nos derrotamos, porque nos enfermamos, porque a veces vemos arruinada nuestra vida, porque a menudo nos deshumanizamos, sin poder afrontar decididamente la vida, y sobre todo, porque en ocasiones ya no podemos más. Así resulta algo enteramente natural querer ser feliz. La vida no es fácil, pero acaso pueda aligerarse un poco su peso hablando de ella.  Sigamos hablando, pues, de nuestra vida.

 

Notas y referencias

1Martin Heidegger, "El origen de la obra de arte", en Arte y poesía, tr. de S. Ramos, México: Fondo de Cultura Económica, 1973, pp.59-60.

2 Platón, F edro, 245 d.

3 Cf. Platón, República. Según W. Jaeger, a Platón le interesa el tema del saber  sólo dentro del conjunto de su investigación ética (cf. Paideia, tr. de W. Roces y J. Xirau, México: Fondo de Cultura Económica, 1971, libro tercero, VII, p. 550).     

4Otto Weininger, Sexo y carácter, Buenos Aires: Losada, 1942,  pp.114-115.

5 Idem.

6 Platón, Alcibíades, 131c y ss.

7 Wilhelm  Dilthey, Psicología y teoría del conocimiento, tr. de E. Ímaz, México: Fondo de Cultura Económica, 1945, p. 289.

8 Juan Manuel Silva Camarena, "Eduardo Nicol: explorador de los caminos del pensamiento", Revista de filosofía, Universidad Iberoamericana, año XX, núm. 60, septiembre-diciembre de 1987, pp. 118 y 119.

9 Eduardo Nicol, "Psicología científica y psicología situacional", en La vocación humana, Colegio de México, México, 1953, p.187. E. Nicol, “Las situaciones vitales", en La vocación humana, ed. cit., p.195 y ss.

10 E. Nicol, “Las situaciones vitales", en La vocación humana, ed. cit., p.195.

11 Sigmund Freud, "Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis", en Obras completas, tr. de J. L. Etcheverry, Buenos Aires:Amorrortu  Editores, 1991, vol. xxii, p 72.

12 Idem.

13 Idem.

14 Eduardo Nicol, Psicología de las situaciones vitales, México: Fondo de Cultura Económica, 1962, p. 138.

15 Ibidem, p.120.

16 Sigmund Freud, "De guerra y muerte. Temas de actualidad" en Obras completas, tr. de J. L. Etcheverry, Buenos Aires: Amorrortu  Editores, vol. XIV,  p. 301.

17 Eduardo Nicol, La agonía de Proteo, México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1981, p.116.

 

 

 


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