El imperio de la palabra
La experiencia de comer: una experiencia verbal

juan manuel silva Camarena
1994

 

En Fenomenología de la actividad gastronómica, Colegio de Gastronomía, Universidad del Claustro de Sor Juana, 1994 (selección y nota preliminar de Juan Manuel silva Camarena),
texto 17, pp. 119-124.

 

Todo tiene que ser dicho. Todo tiene que ser dicho para poder ser. El ser es la dádiva que otorga la palabra. Nada puede ser sin pertenecer a la palabra. La palabra es del ser. El ser pertenece a la palabra. Así es esto porque el poder ontológico de la palabra consiste en que todas las cosas que caen fuera de su dominio quedan condenadas al no ser absoluto: destinadas a no ser nada. Por esta razón la palabra nada es todavía la antesala del no ser absoluto; es decir, ese vocablo todavía evita que la cosa así nombrada se pierda irremediablemente en el ámbito de lo que no es absolutamente.

El poder de la palabra, que es grande porque es de carácter ontológico, o mejor dicho, es lo que da a la cosa el carácter ontológico del ser, está siempre presente ahí donde hay algo. Y como el silencio aún dice tantas cosas como se quiere, cuando se calla se dice todavía algo. Poder decir todavía algo es parte del imperio de la palabra. Y este poder impera plenamente cuando se puede decir todo lo esencial de la cosa, o sea cuando se puede hablar bien de la cosa, lo cual significa que se puede decir bien lo que la cosa es. Hablar bien de la cosa es poder decir qué es realmente. Por esa razón vale la pena hablar bien. Hablar bien es poder decir, de verdad, lo que la cosa es. Vale la pena hablar bien, porque lo que se gana es la verdad.

El cosmos, la totalidad de las cosas que existen o son, se origina sonoramente. Porque la palabra es sonido, el hombre es un ser sonoro. En el principio es el verbo, porque no puede principiar nada donde no hay palabras. Las palabras son el principio y el fin de todo lo que es y existe. Todo, así, es cuestión de palabras. Todo, enteramente todo, es cuestión verbal. Y en este sentido la cuestión fundamental que tiene que plantear toda metafísica no es la que pregunta por el ser y el tiempo, sino la que indaga sobre el ser y la palabra. No hay ser donde no hay palabra. La palabra es el escenario del ser; la palabra es el plato donde se sirve el banquete de lo real, de lo que es. La pregunta fundamental de la filosofía no es la que interroga por el ser en el horizonte del tiempo, sino la que cuestiona por el sentido del ser en el horizonte de la palabra. No es tan misterioso el ser como la palabra. Para plantear la pregunta por el ser es preciso poder hablar. Sin este poder, el poder de la palabra, no aparece nada, ni el ser ni la verdad. La palabra es el telón ontológico donde aparece todo lo que es; la palabra es el lago donde nada todo ente, lo que es y lo que cambia.

La pregunta fundamental de la metafísica no es esa que interroga, según Heidegger, por qué es en general el ente y no más bien la nada. La pregunta fundamental de la metafísica tiene que formularse de esta manera: ¿por qué siempre hay que decir algo y no más bien nada? Nadie anda por ahí diciendo nada. El hombre es un ser condenado a la palabra, y por esta razón, hay ser. Y como el hombre está condenado a hablar (¿para que haya ser? ¿para que haya hombre?), queda él forzado a ser el ser de la palabra.

El hombre, en efecto, es el ser de la palabra. Y es el ser de la palabra (zoon logon ejon, como dicen los griegos), porque tiene la tarea de ver a través de las palabras. Es el ser de la mirada, porque tiene que ver lo que son las cosas para poder ser lo que es: el ser de la palabra, que hablando, permite que haya ser. El hace que haya ser hablando, porque necesita ser lo que es, es decir, sólo siendo efectiva o realmente hombre (ser que habla) puede ser lo que es y promover así su ser y el ser de las cosas. Sin ser, no hay hombre; sin ser parlante, no hay ser. Nada hay que sea y no pueda ser dicho. Ni siquiera podría decirse que de eso no puede decirse nada. No hay más ser que el ser dicho.

La palabra, y por tanto, el ser que habla, es el cómplice del ser. El hombre otorga ser a la cosa de que habla; por otro lado, el que habla, hablando de las cosas ofrece su ser a su interlocutor. Y además se da a sí mismo en su palabra. Pero el hombre gana su propio ser hablando. Y el misterio de la palabra tal vez no pueda resolverlo nunca. Grande es la gracia de poder ya reconocer al misterio como misterio. Este no se puede resolver como se resuelven los problemas de la ciencia y de la existencia, porque aparte de esa comprensión de lo que no se puede comprender, la palabra no puede ver ahí nada más.

¿Por qué razón hablamos? Podemos sustituir la razón del por qué por la razón del para qué. Si el poeta puede decir que el que habla lo hace para hablar con Dios un día, el filósofo puede contentarse con menos y meditar serenamente sobre el hecho de que el que habla lo hace para contar lo que le pasa. Vivir, para el hombre, es estar dispuesto a que le pasen cosas. La vida no es solamente flujo de sangre o latidos del corazón. La vida, para nosotros, consiste en estar vivos. Pero si uno está vivo entonces a uno le pasan cosas. Podemos hablar para investigar lo que las cosas son y valen, pero sobre todo hablamos para poder decir lo que nos pasa. Y lo sabemos bien. Por eso le pedimos al otro que nos diga lo que le pasa, dando por descontado el hecho de que a él le pasan cosas (porque está vivo), y particularmente contando con el hecho de que efectivamente, puesto que es el ser de la palabra, puede hablar de lo que le pasa. El hombre es el ser que puede decir lo que le pasa. Y lo que al hombre le pasa es la vida.

Al ser humano la vida le pasa o se le pasa viviéndola. A nosotros nos pasa esto o lo otro, pero siempre nos pasa algo. Sólo nos dejan de pasar cosas en la muerte. Y así el hombre muere cuando un día quiere que ya no le pase nada. Mientras dura la vida, nos pasan cosas. Cuando nos han pasado muchas cosas decimos que tenemos experiencia de la vida. Tener mucha experiencia, en efecto, es haber vivido mucho. Vivir es algo que se puede medir por la cantidad y la calidad de las cosas que nos han pasado. Lo que nos pasa es una mezcla individualmente dosificada entre lo que nos sucede (con los demás, con nosotros mimos, con la naturaleza y con la divinidad) y lo que nosotros decidimos hacer frente a eso que nos sucede.

Pero todo lo que nos pasa puede ser dicho. De hecho, lo que no puede ser dicho, tampoco puede ser pensado como algo que nos sucede, y en verdad no nos pasa. Lo que nos pasa es precisamente lo que puede ser dicho. Tocar el filo de una navaja, besar al ser que amamos, cantar una canción, ver un paisaje lleno de nieve, sentir el frío del invierno, recordar al amigo querido, tener hambre y comer, tener hambre y no tener qué comer, imaginar o soñar, alucinar o tener dolor, son cosas que nos pasan, y por tanto, son las cosas de las que podemos hablar. Podemos hablar de todo lo que nos pasa. Y ya sabemos que son muchas las cosas que nos pasan y muchas las que nos pueden pasar.

Podemos, por otro lado, hablar de cosas que no han sucedido y podemos hacer que pasen cosas con nuestras palabras. El poder de la palabra, y su imperio sin límites, hace que a los hombres nos pasen cosas por lo que decimos. Por ejemplo, nos enfermamos y nos curamos a través de las palabras. La más grande de las tristezas puede invadir mi ánimo si alguien dice algo o deja de decirlo. Con unas cuantas palabras, lo sabemos bien, nuestra vida puede cambiar para siempre. El curso de nuestra existencia puede quedar enteramente alterado por lo que alguien dijo o no quiso decir. Remediamos nuestra insuficiencia hablando de todo y con todos. Todo lo podemos decir y tenemos necesidad de declararlo todo, como declaramos nuestro amor y como declaramos la guerra. No hay amor por alguien si a éste no le hemos dicho que lo amamos. La violencia verbal es la única que hay, y ella queda igualmente expresada en los golpes de los puños y los disparos de las armas. Esto es así porque las palabras marchan juntas con los actos. No están por un lado unas, y por el otro lado los otros.

No es que sucedan las cosas y luego podamos hablar de ellas. No decimos las cosas después de que nos pasan. Las cosas nos pasan verbalmente. La cosa, para podemos pasar, tiene que ser dicha, nombrada, mencionada, señalada (como señalamos con el dedo índice de la mano, en el acto más elemental del habla). Sentir es hablar de lo que sentimos; pensar es decir lo que pensamos; hablar es expresar nuestras ideas y nuestros sentimientos. Caminar es decir uno, dos, tres pasos... Ver es hablar con la mirada para decir lo que esta ahí frente a nosotros. Hablar es poner frente a nosotros cosas que estaban muy lejos o ya no estaban o nunca han estado en ninguna parte. Hablar es mover las cosas de un lugar a otro, llevarlas o traerlas de aquí para allá. Todo el cosmos en su totalidad puede hacerse presente aquí y ahora por gracia (gratuitamente) de la palabra.

La actividad gastronómica, por ejemplo, es también cuestión de palabras. Lo que es digno de ser comido es lo que sabe bien. Lo que sabe bien es lo que tiene buen sabor. La palabra sabor tiene que ver con el vocablo saber. En el sabor siempre hay un saber. El saber del sabor es cuestión de palabras, porque nada sabe a nada si no somos capaces de hablar precisamente de eso que decimos que sabe bien o mal, dulce o amargo, agrio o salado. Saborear es una forma de hablar. Comer no es introducir alimentos en la boca. El comer incluye un acto de introducción de alimentos en esa cavidad que llamamos boca. Pero comer es algo más que eso. Comer es algo más que eso porque saborear es hablar de lo que comemos. La boca es también lo que nos permite hablar. Saborear es hablar de lo que nos pasa cuando comemos. Sólo podemos saborear a través de las palabras. Saborear no es un suceso químico sino un acontecimiento verbal o lingüístico. Cuando podemos saborear una comida se lleva a cabo el mismo milagro de la palabra que se presenta cuando podemos hablar de lo que nos pasa. Saborear algo consiste en poder decir "esto sabe a..." Este poder de la palabra hace posible el acto de comer. En este acto se realiza el gusto por los sabores y esta forma de hablar (hablar/saborear) rebasa el presente de las substancias comestibles (es decir, de lo que se come), de manera que se puede hablar/saborear anticipadamente en un disfrute o goce igualmente anticipado y también se puede hablar/saborear memorablemente, o sea, recordando el sabor de lo comido.

El mismo poder de la palabra que hace posible saborear la comida en las dimensiones temporales del presente, el pasado y el futuro hace posible la experiencia gastronómica como comunión o comunicación con el prójimo. Hablar es poder dirigir la palabra a alguien; por tanto, en el acto de la comida, por el poder dialógico de la palabra, se realiza una experiencia comunitaria que se desarrolla entre el espacio vital de un yo y un tú. No se puede comer a solas. La nutrición se efectúa solitaria y calladamente; por el contrario, la comida es un acto comunicativo, de convivencia. Comer es comer con alguien. Qué se va a comer y con quién se va a comer son cosas igualmente importantes. Comer es un acto dialógico por que se requiere un interlocutor para que el yo pueda decirle a qué sabe lo que come, aún en el caso en el que el tú se encuentra ausente o es sólo un otro imaginario. La comida, como el amor, necesita cumplirse en actos concretos, es decir, en los que los individuos crecen juntos (concrescere). Debido a una tradición de pensamiento que ha separado, sin mucha razón, la razón de la pasión, hemos llegado a creer que el placer, por ejemplo el del amor o el de la comida, se lleva acabo sin palabras. Pero ni el deseo ni el placer son mudos. El logos aparece siempre como razón y como palabra. Sin las palabras tanto el amor como la comida quedarían reducidos a reacciones y movimientos "físicos" sin sentido. Lo que se llama el buen gusto o la pasión amorosa quedan convocados más que con acciones del cuerpo por medio de palabras. Por eso una fisiología del gusto y del amor tiene que ser una ontología de la palabra, o sea una teoría del ser que habla.

La comida de la experiencia gastronómica más que comerse se habla. La comida es una experiencia fundamentalmente verbal. El silencio convierte a la experiencia gastronómica en un mero acto de nutrición o supervivencia. Comer es un verdadero acto existencial, que tiene que ver con lo que somos. Los que asisten al banquete de Babette (en la cinta danesa titulada del mismo modo, del director cinematográfico Gabriel Axel, basada en el relato de Karen Blixen), quedan incapacitados para comer mientras renuncian al habla, y en la medida en que, por la razón que sea, optan por la libertad de la palabra, aparece en su experiencia vital la posibilidad de la experiencia gastronómica, y por lo mismo la posibilidad de que les pase algo vitalmente hablando.

Hablando, dicen, se entiende la gente. Hablando, entre otras cosas, los hombres puede comer y amar. Todo es cuestión de palabras. Y como todo tiene que ser dicho, aunque sea en ese diálogo silencioso del alma consigo misma que Platón llamó diánoia, es preciso decir que quien decide no hacer uso del poder de la palabra y quiere quedarse callado, sin habla, pierde todo. El que ya no quiere hablar, pierde ese don maravilloso de la palabra, y así, literalmente se pierde a sí mismo como ser de la palabra. Mientras tenga vigencia en nuestra vida el imperio de la palabra, podremos decir lo que nos pasa y todas nuestras experiencias, como la del acto de comer o amar, tendrán un carácter fundamentalmente verbal. Para nosotros, ser es hablar.

 

 


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