Nicol, artífice de la palabra

juan manuel silva camarena
1994

 

Texto publicado en El Universal Gráfico de la Ciudad de México, el viernes 6 de mayo de 1994 (página 12).

 

Las palabras,  dicen, se las lleva el viento. Y esto significa, supongo, que las  arrastra como hojas caídas de los árboles en otoño. Pero nadie sabe, quiero pensar, qué tan lejos pueden  ir a parar.

Tampoco sabemos por qué  razones se las lleva el viento; y todo sucede como si fueran tan frágiles que podría moverlas el más débil de los alientos. Pero,  entonces, las cosas que decimos, ¿a dónde van a parar? Las palabras que representan la expresión más sencilla  de nuestro ser; o las grandes palabras, las que constituyen palabras mayores, ¿en dónde quedan?  Si nuestro ser es la palabra, ¿dónde queda lo que fuimos, dónde está lo que somos?

Platón, quien podía creer en el alma sin avergonzarse, opinaba que nuestras palabras iban a alojarse en el alma de nuestro interlocutor, y por eso decía que era más difícil adquirir alimentos para la psique (sin poderlos probar previamente), que comprar comida para el cuerpo, que siempre hay modo se saber, antes de consumirla,  si sirve o está descompuesta.

Entonces, ¿después de que nuestras palabras caen en el alma de quien nos escucha, es cuando el viento se las lleva? Quiero decir, el viento que se lleva al viento,  por­que la palabra alma quiere decir, entre otras cosas, aire o aliento.

¿Y si la muerte llega cuando a uno le arrancan el alma? ¿Dónde están las palabras de los que han muerto? ¿Dónde están, por ejemplo, las cosas dichas por Eduardo Nicol, en tantos libros  y tantas clases y conferencias? ¿Dónde están, por ejemplo, las de Platón, que dijo muchas cosas y las dijo muy bien?

Nicol, querido maestro, filósofo de la palabra, tam­bién sabía decir bien las cosas, y ahora que lo recuerdo después de haberlo perdido hace cuatro años (nació el 18  de diciembre de 1907, y murió el 6 de mayo de 1990), me llega a la memoria su definición del filósofo como artífice de la palabra, ya que sólo hablando bien se puede aspirar a la verdad.   Ha­blando con Nicol, oyendo sus palabras, podríamos aspirar, claro que sí, a entender qué tanto el viento, el alma y otras cosas de la vida hacen con nuestras palabras.

 


MENU