Saber para valorar, valorar para elegir

juan manuel silva camarena
1994

 

Texto publicado en el libro de Carmen Beatriz López Portillo de Tovar, Arturo Romano Pacheco y Juan Manuel Silva Camarena, Universidad del Claustro de Sor Juana, México: Universidad del Claustro de Sor Juana, 1994, 55 pp.

 

El hombre, ser de la mirada

 

El hombre es el ser de la mirada. Él puede ver, como otros seres vivos pero su visión es especial, porque al mirar comprende. Su visión es, al mismo tiempo, un fenómeno óptico y uno de esencia racional: ve lo que las cosas son, con los ojos de su cara y con la luz de su razón.

El ser humano abre sus ojos y ve la totalidad de las cosas que existen: mares, ríos, montañas y valles, piedras y árboles, aves en el cielo, peces en el agua, viento y estrellas, animales y flores..., y algo llama poderosamente su atención: se descubre a sí mismo. Está ahí, frente a todas las cosas, y advierte que hay un vínculo muy estrecho, aunque misterioso, entre las cosas y su mirada.

Él sabe que las cosas están ahí, en orden (por eso llama cosmos a la totalidad de ellas), en su forma de ser y de cambiar, porque puede ver lo que son, y cómo cambian, cuando cambian. Pero puede ver lo que ellas son en su ser y en su devenir porque su mirada es lógica, es decir, porque está llena de logos (razón).

 

Abre los ojos y mira el cosmos. Y al mirar lo que las cosas son, y la manera en que cambian, dice lo que son y lo que no son, habla de su esencia y su devenir. Mira las cosas y habla de ellas. No logra entender bien si su poder parlante se debe al poder de su mirada, o si puede ver las cosas porque puede hablar de ellas, pero ha notado que él es dueño de ambas prerrogativas, y a la experiencia unitaria de sus dos potencialidades la ha llamado saber o conocimiento.

 

La razón que se da

Puede el hombre dar una versión (opinión, doxa) de lo que las cosas son y de lo que él mismo es, porque puede ver y decir lo que las cosas son y lo que él mismo es. Y también puede aspirar a dar una versión fidedigna de lo real, porque un día descubrió la verdad, precisamente como la posibilidad de decir lo que las cosas son en sí mismas, independientemente de lo que quisiera que fueran para satisfacer sus necesidades, responder a sus intereses o colmar sus ambiciones. Además de sabio o poseedor del saber, pudo así convertirse en amante del saber (filósofo), como buscador de la verdad.

El ser dotado de razón (se piensa a sí mismo como animal racional), porque puede ver las cosas y decir lo que son, es el ser del conocimiento. Pero más qué poseedor de la razón, es un ser capaz de darla. Él es el ser de la razón, porque puede dar razón de las cosas, con la intención (que llamamos vocacional) de que coincida su versión con la razón de las cosas mismas. A esta coincidencia le ha puesto el nombre de verdad, ya la búsqueda de la verdad, por amor del saber, le llama filosofía.

Universitas magistrorum et scholarium

El ser dotado de razón, es el ser dotado de palabra (logos), y da razón de las cosas hablando bien de ellas: diciendo la verdad. El hombre es, desde entonces, el ser de la verdad. Y aunque no ha podido decidir con claridad qué es lo que debe hacer con el saber y qué es lo que el saber hace con su propio ser, ha inventado un sitio para el saber, como construyó, por ejemplo, hospitales para adquirir salud o tribunales para obtener justicia. El nombre que tradicionalmente ha llevado ese espacio para el saber es el de universidad. Y por esta razón la universidad es sinónimo de conocimiento verdadero (ciencia o episteme), desinteresado o libremente logrado.

Antiguamente el término universidad designaba más que un conjunto de escuelas o facultades, o una totalidad de disciplinas y saberes, una totalidad de personas que en calidad vocacional (o existencial) de maestros (universitas magistrorum) y de alumnos o discípulos (universitas scholarium) forman una comunidad del saber: universitas magistrorum et scholarium. Eso fue la universidad en su origen, y eso es la universidad por su esencia: una comunidad de buscadores de la verdad, por encima de cualesquiera segundas intenciones. Más allá de cualquier otro propósito, porque ésa es la condición de posibilidad sin la cual no puede darse la oportunidad de que las comunidades humanas tengan su fundamento en un régimen de la verdad, o sea en el tribunal mayor de apelación a la verdad de las cosas mismas, como vía regia para la abolición de las arbitrariedades en el pensamiento y la acción.

La Universidad de Bolonia (1088), que es la primera en la historia, era eso que tiene que ser cualquier universidad que quiera serio hoy día: una comunidad de interrogado res al servicio de la verdad y para el beneficio del bien común. En 1215 el papa Inocencio III autorizó a alumnos, maestros y personas del clero a formar una corporación, dando origen así a la Universidad de París, que los franceses llamarán alma mater medievale, cuyo principal colegio, entre los que podían escoger para inscribirse los alumnos, ya fuese por disciplinas o por la nación de donde procedían era la Sorbona (La Sorbonne), fundada en 1253 por un canónigo de París. El lema de esta universidad coincidía con la divisa adoptada para la ciudad misma desde el siglo XVI: Fluctuat nec mergitur  y como puede decirse de las universidades, en muchos momentos de su historia: oscilan de un lado a otro, pero no zozobran.

Las universidades, autorizadas por autoridades civiles o eclesiásticas, no tenían edificios permanentes y fácilmente podían disolverse si funcionaban incorrectamente, pues los estudiantes, y también los maestros, podían emigrar a otra ciudad para establecer un nuevo lugar de estudio. En 1209 comienza la historia de la Universidad de Cambridge, cuando un grupo de estudiantes abandonan Oxford, una de las más antiguas comunidades universitarias.

Real y Pontificia Universidad de México

En el mundo de habla hispana, en 1212, muy poco tiempo después de la fundación de la Universidad de Bolonia, nace la Universidad de Salamanca (trescientos cuarenta y un años después el virrey Antonio de Mendoza crea en México, en 1553, la Real y Pontificia Universidad, pero fray Alonso de la Veracruz ya había iniciado los estudios de filosofía en la Nueva España trece años antes, en 1540). El nombre de la Universidad de Salamanca ha quedado asociado al dicho ya famoso: Quod natura non dat, Salamanca non praestat (lo que la naturaleza no da, tampoco lo proporciona Salamanca). Pero la universidad, en verdad, tiene como tarea esencial la transformación de los hombres, de su naturaleza natural (física), hacia una segunda naturaleza (ética), por medio de un proceso que los griegos llamaron paideia: educación.

El lugar de las grandes interrogaciones

Hay educación dondequiera que haya un maestro y un alumno que mediante las enseñanzas del primero, a través de la transmisión de conocimientos, sabiduría de la vida y la presentación, personal o ajena, de vías de ejemplaridad vital o existencial, experimenta una transformación de su ser. La universidad es una comunidad de maestros y alumnos. Pero la comunidad de los que enseñan y los que aprenden es algo más antiguo que el nombre universitas, porque la comunidad de los buscadores de la verdad nace cuando nace la filosofía y la ciencia en Grecia, precisamente como búsqueda de la verdad. El método de trabajo es la interrogación, como lo aplican Sócrates y Platón en el proceso dialógico de esa búsqueda. La universidad, como la de Oxford y la de París, o como el Liceo de Aristóteles o la escuela de Platón (en Academos), es el escenario para el diálogo como lugar natural de la verdad. Los maestros son los dialogantes o participantes del diálogo, y el discípulo se convierte en miembro de la comunidad cuando ha aprendido a pedir y a tomar la palabra en esa conversación. La universidad es el lugar de las grandes interrogaciones.

 

Humanismo

La universidad es, fundamentalmente, humanismo. El humanismo es amor por el hombre, y no un conjunto de ideas acerca de la naturaleza humana ni una exaltación sin fundamento de lo humano. El humanismo es una forma de ser, que reconoce la dignidad humana como medida misma de todas las acciones, de todas las formas de la praxis; es una forma valiosa de ser, de naturaleza ética.


El humanismo es una forma de vida que concibe y organiza la existencia humana de tal manera que a través de ella el hombre puede elegir el mejor modo de ser, la forma de ser más valiosa. Así el hombre puede realizar su hombría en una permanente posibilidad de ser siempre más. El humanismo es la elección de la libertad como algo necesario para incrementar el ser del hombre y afrontar la vida decisivamente. El humanismo es la decisión, enteramente impostergable, de impedir todo acto que rebaje, anule, debilite, disminuya o destruya la naturaleza humana.

Amor al saber

La universidad es, esencialmente, amor al saber. La universidad es un lugar donde se busca el saber por amor. Ahí no se quieren los conocimientos para dominar al mundo. Dado que la universidad no puede identificarse con el afán de poder, en ella no se buscan saberes para utilizar o usar el mundo y a los hombres. La universidad no es expresión de ningún afán de posesión sino empresa del saber para ser, por amor al ser propio y al ser de la cosa.

 

Responsabilidad por el ser propio

La universidad es, principalmente, respeto al saber, por respeto al ser propio. No se trata de consegur conocimientos para obtener ganancias. En ella se forman profesionistas para que puedan y quieran hacer bien sus quehaceres y oficios, ya que el hombre es, por naturaleza, un ser obrero cuyo trabajo estructura su ser y no es sólo un medio para conseguir el pan. Haciendo bien lo que se hace se incrementa el ser propio y el de los demás, porque nuestro ser depende (por insuficiencia), en su riqueza y su pobreza, de los otros.

 

Liberación del saber

La universidad es, en primer lugar, liberación por el saber. Los conocimientos son dignos de amor porque elevan la naturaleza humana a un nivel superior de existencia. El hombre, mediante el saber, mejora su ser, ya que así se libera de necesidades. Pero se libera, fundamentalmente, de la actitud interesada que ha sido generada en él por su esclavitud a tales necesidades.

 

Comprensión y transformación

La universidad es, originariamente, respeto por el ser del mundo. No se adquieren en ella conocimientos acerca de las cosas para intervenir en ellas y apoderarse del curso de su destino, sino para entender su ser y su cambio. El saber que se cultiva en la universidad es un saber que quiere comprender el cosmos para transformarlo, de un espacio natural, ya menudo inhóspito, en un mundo humano.

 

Libre marcha del pensamiento

La universidad es, primordialmente, libertad. La universidad es, sobre todo, libertad de pensamiento, pues no queda en ningún momento obligada con ningún conjunto de ideas, afirmaciones o tesis, y tampoco queda en modo alguno comprometida con ningún conjunto de creencias u opiniones ni se sujeta a dogmas o teorías. Sólo emprende la libre marcha del pensamiento para interrogar al ser de las cosas y aspirar así a un saber verdadero. No defiende conocimientos particulares de ninguna especie y en cambio está absolutamente comprometida con la libertad de interrogar sobre cualquiera de las cosas que constituyen el cosmos.

 

Diálogo

La universidad es, sobre todo, diálogo. La universidad es conversación con los grandes maestros de la ciencia y la sapiencia, de! arte y la filosofía, de la literatura y las humanidades. Y ese diálogo no es optativo sino obligatorio, porque sólo en su seno se gesta lo nuevo y creador, el descubrimiento y la invención.

 

Amor a la verdad

La universidad es, ante todo, amor a la verdad. La universidad es una comunidad de buscadores
de la verdad que aman la verdad. Comunidad de seres humanos que aman la verdad porque saben que la existencia humana se funda en la misma, no mediante su posesión o acumulación, sino mediante el recurso maravilloso de la apelación a la verdad. En y sólo en e! diálogo tiene lugar la verdad, y los conocimientos que no aparecen en e! entramado de esa conversación que dan mutilados para siempre, pues aparecen sólo como respuestas o soluciones sin asidero o punto de apoyo real, en suma: sin fundamento. En la universidad no se defienden verdades en particular, sino la posibilidad misma de la verdad como fundamento de toda comunidad.

 

El arte de la interrogación

La universidad es, por principio, interrogación. Ella no es un centro de distribución de conocimientos ya logrados sino un espacio de producción del saber, en el diálogo con los grandes maestros de la historia del pensamiento y la ciencia. La universidad no es un almacén donde se venden u ofrecen soluciones, sino un sitio donde se aprende a plantear cuestiones, es decir, donde se aprende a pensar. No es un lugar donde se aprende a usar ideas, sino donde se queda capacitado para producirlas.

 

Formación de hombres y mujeres

La universidad es, concretamente, un centro de educación. Ella no es un lugar donde se aprenden cosas, sino principalmente un sitio en el cual se forman hombres de una manera distinta (con distinción ontológica o axiológica), de modo que, ética o existencialmente hablando, vale la pena. La universidad no es un espacio donde se enseñan y aprenden conocimientos sino fundamentalmente un lugar donde se sueña y se aprende a ser hombre mediante un modo de ser vocacional mente adquirido. Es un lugar donde se transforma el propio ser, tomando las riendas de la libertad en la acción y el pensamiento, para hacerse responsable de la vida propia, individual y comunitaria.


 

Responsabilidad histórica

La universidad es, por esencia, una naturaleza histórica. La universidad es un lugar donde los
hombres entienden la historia y se responsabilizan de ella asumiendo el ser propio, individual
y colectivo, en un aquí y un ahora, es decir, en un espacio bien determinado y en un tiempo preciso, e! del presente, como tiempo de la acción creadora que conjuga el pasado y e! futuro.

 

Investigación

La universidad es, por naturaleza propia, un espacio de investigación. La universidad no es un lugar donde se repitan las experiencias y se aprendan las técnicas para conseguir de nuevo conocimientos ya obtenidos. Su signo fundamental es e! de la investigación, como búsqueda de la verdad, sin limitación alguna, en e! horizonte de la dignidad humana y en e! ejercicio pleno de la libertad de! pensamiento interrogativo.

 

Saber para valorar, valorar para elegir

La universidad es, desde sus propios fundamentos, un espacio axiológico. La universidad es e! espacio vital donde se consigue, dialogando acerca de lo que las cosas y los hombres son, e! saber que permite valorar todo lo que hay en el cosmos para poder elegir lo mejor para e! ser propio, individual y comunitario.

 

La Universidad del Claustro de Sor Juana

Con ideales bien definidos a través de su lema, Saber para valorar, valorar para elegir, la Universidad del Claustro de Sor Juana tiene como tarea fundamental formar universitarios, es decir, hombres y mujeres cuya forma de ser consista en una manera peculiar de pararse en el mundo, de conocerlo y valorado y de relacionarse consigo mismo y con los demás.


Por esta razón, ser universitario no es nada más pertenecer a una universidad, facultad o escuela, y tampoco significa únicamente ser dueño o poseedor de un saber en un campo de conocimientos o en otro. La del universitario bien formado es una manera de ser que no corresponde necesariamente a títulos o grados y se muestra por igual en conocimientos que en actos, en principios y convicciones, que implica ciencia, pero es sapiencia, sabe de técnica y tecnologías, pero es al mismo tiempo humanismo y tiene que ver fundamentalmente con un sentido ético del trabajo, entendido éste como expresión del ser propio.


En la Universidad del Claustro de Sor Juana la docencia, la investigación,-1a difusión de la cultura, las actividades del museo de la indumentaria mexicana y la tarea de extensión universitaria se llevan a cabo bajo el signo principal del humanismo, el amor a la patria y a la cultura, y la pasión por la excelencia académica.


La Universidad del Claustro de Sor Juana tiene su sitio ideal en el noble e histórico edificio cuyos muros supieron alojar bien la extraordinaria personalidad de Sor Juana. El edificio del ex Convento de San Jerónimo es el ámbito natural para la realización de una tarea universitaria que conjugue presente y pasado, novedad y tradición, ciencia y sapiencia, técnica y humanismo.

 

 

 


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