A través de la mirada
Veo, luego existo

juan manuel silva camarena
1992

 

 

Ensayo escrito después de visitar una exposición  “La mirada interior” de la pintora Guadalupe Peláez, y publicado en la revista Plural, México, segunda época,  XXI-XXIII, 255 (1992), 42-45.

 

 

Supuestamente uno puede encontrar a través de la mirada lo de adentro o lo de afuera. Sea un caso o el otro, tiene que haber algo ahí, en calidad de lo mirado. Y si lo que uno encuentra afuera o adentro tiene el poder de inquietar­nos, ya no se sabe si es más importante lo mirado que la mirada.

Habitualmente, si en nuestra situación hay inquietud, hay alguien ahí, afuera. Es alguien a quien mi­ramos. Si abrimos los ojos lo único que podemos hacer es ver cosas… humanas, naturales, divinas. Pero ¡qué ex­traño es vernos a nosotros mismos! Mejor: lo absolu­tamente seguro es que muy pocas veces somos noso­tros mismos el objeto de nuestra mirada.  Como los ojos tienen el extraordinario poder de mirar, carecen, en cambio, del que acaso podría ser el mayor de los pla­ceres: el de verse a uno mismo mirando.

Lo que puede ser mirado es lo que puede estar ahí, enfrente del que mira. Lo que puede ser mirado no es tanto lo digno de verse sino lo que puede ―extraño po­der― enfrentarse a unos ojos. Las cosas, como cosas­-que-pueden-verse, tienen ese poder de enfrentamiento que llamamos visibilidad. Las cosas necesitan, sin em­bargo, algo más para dejarse ver: sólo son cosas-que­-se-dejan-ver si alguien decide verlas. ¿Es cierto que la vista es algo natural?

En todo caso, ver es algo más difícil que ser visible. Sola­mente puede verse lo que está enfrente. Desde aquí, desde el punto ciego en donde nace la mirada, puedo ver todo. O casi todo, porque los ojos únicamente pue­den ver lo que tienen enfrente. Lo que está enfrente es lo visible. Aunque nuestros ojos quisieran, no podrían ver algo más, de modo que su poder es limitado. Las cosas se dejan ver, pero alguien tiene que querer ver­las. Yo, entonces, decido ver lo que puedo ver. Pero no puedo ver todo lo que yo quisiera mirar. Sólo se ve lo vi­sible. Y así, es cosa de querer mirarme y no poder verme nunca.

Quien ve es invisible. Empiezo por ver el mundo y ahí me encuentro a los demás. Descubro, poco tiempo después de que abro los ojos por primera vez, cosas y personas, y paulatinamente, quién sabe cómo, quién sabe si cansado de buscarme sin encontrarme, voy haciéndome la idea de que hay alguien más acá del desde, desde el que miro.

Pero cuesta caro el poder ver. El que mira tiene que pagar su capacidad visual con su propia invisibilidad, y entonces parece que hubiera inventado a los demás para poder mirarme a mí mismo. Comienzo a adivinarme a mí mismo entre los demás, en los demás, a través de sus superficies opacas y reflejantes, trans­parentes y oscuras, diáfanas y espejeantes. Pero todo es en vano. Resplandecer inútil ―¿salta a la vista?―, porque no me encuentro ahí donde nunca he estado. Lo demás es ganga.

La invención del yo se produce cuando un yo se des­cubre mirando: yo, el que ve... Pero en el inventario de las cosas que veo no me encuentro a mí mismo. Ahí donde están todos los que son visibles, ahí, precisamente ahí falto. Sin embargo, la totalidad está formada por las cosas visi­bles y por el que tiene el poder de la mirada. Veo, luego existo.

Lo mirado en el espejo de los demás de pronto se vuelve espe­jismo si descubro que ahí no estoy yo. Y no obstante, es el único sitio en donde puedo encontrarme. El lugar del otro: mi lugar. No soy una cosa: dos cosas no pueden ocupar el mismo sitio. Sólo las cosas tienen su lugar propio. Nosotros, tú y yo, compartimos sitios. Estamos sobrepuestos.

Veo, luego existo: hay alguien que mira, y ese al­guien soy lo que un yo llama yo. Pero los demás seres vivos que poseen ojos no consiguen un yo prestado. Si se quiere ver algo y no se es alguien, es preciso conse­guir un yo prestado. El yo nuestro, el de cada día, el de cada uno de nosotros, es también un yo prestado que termina uno tratándolo como si fuera propio. El yo se convierte en mi propio yo cuando ya no es un yo anónimo que mira sólo para encontrarse y en el encuentro, si todo marcha bien, inventarse. No es un yo ajeno, porque no es de nadie; no es un yo que sea el producto de sí mismo, por extraño que pudiera parecer, sino un yo al que dan lugar los seres visibles. Lo mirado, necesitado de ser ―es lo mi­radosólo si hay alguien que quiere verlo y lo mira―, nos inventa para conseguir ser.

El yo ya inventado por alguna razón requiere las mi­radas: una vez producido (quién  sabe hasta cuándo) como ser visual, necesita ser ese a quien se le pueda dirigir una mirada. Si el otro no le mira, le roba toda posibilidad de ser; si le mira demasiado o muy fijamente  puede paralizarlo en una imagen  para siempre, de manera tan drástica que través de ella cesa todo ser y todo cambio.

Me miras, luego existo. ¿Desde dónde te miro, pues? ¿Desde dónde me miras? ¿Quién está adentro? ¿Quién afuera? Si la mirada es interior, ¿desde dónde se mira? ¿Hacia dónde se mira? Mirada interior significamirada hacia adentro. Mirada cuya atención se dirige hacia lo que está dentro, desatendiendo quizá lo externo, lo de afuera. Revisión de uno mismo, y  no del otro; lo ajeno; examen micro-cósmico y macro-cósmico.  Tal vez no más allá de la subjetividad; sino más acá de ella. Hacia adentro, no hacia afuera. ¿Me explico?

Se puede entender con la mirada. Se entiende mucho ahí donde es posible descubrir una mirada inteligente. Lo sabemos: hay miradas ciegas y miradas llenas le luz. Miradas que entienden. Una mirada lúcida, brillante, luminosa, plena de resplandor, puede ver muchas cosas; una mirada inteligente puede ver lo que se le muestra en la plenitud de lo demostrado. Una mirada lúcida iden­tifica bien lo que ve, sea que lo conozca, desde siempre, sea que lo mire por primera vez. Pero la identificación es posible porque la mirada puede decir lo que ve. La mirada es, pues, asunto de palabras. Hablar es ver; hacer ver.

Lo sabe todo el mundo: las miradas hablan. Se pueden decir cosas con el lenguaje de la mirada. En la clarividencia, ¿qué es lo que puede decirse o verse claramente? ¿Qué es lo que puede decirse con la luz de la mirada, si se trata de una mirada interior? ¿A través de una mirada puede realmente verse lo de adentro? Si la mirada es interior, ¿qué es lo que puede captarse internamente? ¿Y dónde está el punto límite entre lo externo  y lo interno? ¿Cuál es la parte del yo que queda dentro y cuál la que queda fuera? ¿Esos ámbitos de lo interno y lo externo acaso quedan bien delimitados con los conceptos de lo subjetivo y lo objetivo? Otras palabras para lo mismo: ¿dónde acabo yo y comienza lo otro, lo de afuera? ¿Dónde termino yo y empieza el otro, el tú?

Si la mirada es interior, in­tentando lo imposible lo que queremos ver es al que mira. Y ahí, en lo que lo­gramos ver, no encontramos entonces sino lo que vemos  fuera, como si lo de dentro tuviera que disfrazarse para poderse mostrar. Lo que la mirada interior capta es  lo de afuera, y sólo en el acomodo peculiar en el que encontramos  lo de afuera podemos adivinar, sospechar, barruntar o presentir las formas y los perfiles del que mira. Únicamente en la peculiaridad de una mirada podemos distinguir, prefigurándolo, en lo mirado, a quien mira.

Conócete a ti mismo quiere decir, búscate ahí detrás de las cosas que miras. ¿Y a quién podemos hallar ahí? Digámoslo en voz baja, para no sobresaltar a nadie: a quien tuvo que renunciar a verse a sí mismo para po­der mirar al otro. Sábelo de veras: para poder mirarte, renuncio a la dignidad de lo visible; para poder mirarte a ti, en quien deseo encontrarme, he quedado condenado a conten­tarme siempre con imágenes de mí mismo que no son las que pudieron haber sido captadas por mi mirada.  Renuncio a la imagen de mí mismo, para poder mirarte a ti,  que eres el sitio, ni externo ni  interno, en el que he puesto la ilusión de verme un día mirándote. A través de mi mirada seguramente encuentro ―no sé cómo, no sé si por siempre―  un ser nostálgico de su propia mirada.

 

 

 


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