Unamuno: de la decepción de la verdad,
 a la apología de la veracidad

juan manuel silva camarena
1991

 

Logos. Revista de Filosofía. Universidad La Salle, Escuela de Filosofía, México, 55 (1991), 83-93.

 

En verdad, nada es más apasionante que hablar de la verdad; sin embargo, parece que la pasión es lo que más nos aleja de ella.  ¿Por qué la pasión, esa mezcla de emoción y deseo, y otras subjetividades, no se lleva bien con la verdad?  Cuando planteamos esta pregunta nos acordamos de Don Miguel de Unamuno, quien pensó que no era tarea difícil la de unir a los opuestos; y ahora ponemos nuestra atención en el, recordándolo a cincuenta y cinco años de su muerte.

Cuando hablamos de la verdad nos acordamos de Don Miguel de Unamuno, porque él, muy apasionadamente, creía que la pasión, como otras cosas, tiene su propio método que consiste, precisamente, en la creación de “nuestra verdad vital” . Más explícitamente: la verdad es vital porque es “lo que nos hace vivir”, y no se logra buscando conclusiones lógicas que satisfagan a la razón [así se hace la ciencia], sino haciendo afirmaciones de un modo arbitrario, sin proporcionar razones que prueben lo dicho, pues al fin y al cabo nada digno de ser probado puede probarse o desaprobarse: For nothing worthy proving can be proven/ Not yet disproven...

Para Unamuno no caben los raciocinios ni los argumentos porque no se trata de dar razones sino de producir la verdad vital que nos permita vivir la nuestra.  Y así nace una paradoja, pues si renuncio a la cientificidad, gano una verdad para mi vida; pero si la obtengo de ese modo, me quedo con una verdad a medias, o lo que es peor, sin  verdad alguna, pues hay condiciones (de cientificidad) para que la verdad haga acto de presencia.  En realidad lo de las verdades a medias sólo es una metáfora.  La verdad entera, la entera verdad (no en un sentido absoluto), la que somos capaces de producir los seres humanos, se obtiene controlando metódicamente las subjetividades.  Entonces, ¿cómo procede Unamuno para conciliar los términos paradójicos? ¿Cómo matiza el asunto?  Yendo de la decepción de la verdad hacia la apología de la veracidad.

La verdad es vital porque tiene que ver con nuestra vida, la hace posible.  Eduardo Nicol ha intentado explicar por qué el hombre es el ser de la verdad , explorando la cuestión de la verdad como una forma de ser distintiva, más que como un fenómeno meramente lógico o epistemológico.  Heidegger había insistido, en el parágrafo 44 de Ser y  tiempo , en que las determinaciones lógicas y epistemológicas de la verdad tienen su fundamento último en el ser del ente llamado hombre.  Hay, pues, un producto, la verdad, y un productor: el buscador de verdades, y es más fácil en todo caso acostumbrarse a la escases de los productos que a la actitud del que ya no busca porque cree que lo ha encontrado todo, o del que se ha desesperado de buscar.

No podemos vivir sin verdades, sean del tipo que fueren, sean cualesquiera que fueren los procedimientos de la búsqueda.  Las falsedades enseñan, y las mentiras, que en el plano de la existencia a veces son más vitales o significativas, deben su existencia en este mundo a la posibilidad y realidad de la verdad.

A los filósofos, a los hombres de ciencia, lo que los hace vivir es la búsqueda de la verdad, independientemente de que la encuentren o no, a condición, claro está, de que en verdad  empeñan su vida en esa búsqueda.  De esto estaban convencidos los fundadores de la filosofía en Grecia, y por esta razón se definían a sí mismos como filósofos y no como sabios , que por serlo fueran poseedores de la verdad.  Son dos cosas distintas, pues, el buscar la verdad y el poseerla.

Es mera cuestión de palabras, dirían algunos, porque el que la busca algún día podría encontrarla, y si la encuentra pues ya la posee y no va a buscarla.  Perola verdad que se halla en el camino de la filosofía, por la vía de la ciencia, no puede poseerse como se posee algo egoístamente, porque se comparte, en el procedimiento de la búsqueda y en su resultado, que no siempre es hallazgo de verdades.  Cuando se logran, después de buscar mucho, se tiene un hallazgo en común.  Aquí, dicho muy en serio, es imposible la propiedad privada.  Lo que si poseen todos por igual los miembros de la comunidad de buscadores de la verdad es una actitud especial que les permite ser lo que son, o sea buscadores desinteresados de la verdad. La frase ciertamente es ambigua,  y conviene precisar bien las cosas.  Los hombres de ciencia, los filósofos, son buscadores desinteresados de la verdad.  Y la cosa se aclara mejor introduciendo simplemente un par de comas: “buscadores, desinteresados, de la verdad”.  De esta manera se pone de manifiesto que ellos no están desinteresados de la verdad, sino de otra cosa; y no vaya a pensarse que están desinteresados de la realidad, sino de otra cosa.  Si no están desinteresados de la verdad, y por tanto, tampoco de aquellas cosas (es decir la realidad en alguno de sus aspectos) en relación con las cuales ella viene a ser la “verdad”, pues ¿de qué se des-interesa esta clase de buscadores que, como los buscadores de oro, que escarban mucho y encuentran poco (según dice el fragmento 8 de Heráclito )?  Pues de sí mismos, de todo lo que en ellos mismos eche a andar meros intereses subjetivos o personales.

Voy a citar un pasaje de Platón, el primer teórico de la vocación científica, para que nos quede más claro el asunto.  Este pasaje es un poco largo pero vale la pena que escuchemos la voz del filósofo griego que en verdad quería mostrarnos cómo podemos alcanzar la verdad.  Se trata del diálogo Fedón y en boca de Sócrates se dice lo siguiente:

“Pues bien, después de todas estas consideraciones, por necesidad se forma en los que genuinamente son filósofos una creencia tal; que les hace decirse mutuamente algo así como esto: Tal vez haya una especie de sendero [léase método] que nos lleve a término juntamente con el razonamiento en la investigación, porque mientras tengamos el cuerpo y está nuestra alma mezclada con semejante mal, jamás alcanzaremos de manera suficiente lo que deseamos.  Y decimos que lo que deseamos es la verdad.  En efecto, son un sin fin las preocupaciones que nos procura el cuerpo por culpa de su necesaria alimentación [léase necesidad]; y encima, si nos ataca alguna enfermedad, nos impide la caza de la verdad.  Nos llena de amores; de deseos, de temores, de imágenes de todas clases, de un montón de naderías [léase: meros interese subjetivos], de tal manera que, como se dice, por culpa suya no nos es posible nunca tener un pensamiento sensato.  Guerras, revoluciones y luchas nadie las causa sino el cuerpo y sus deseos, pues es por la adquisición de riqueza por lo que se originan todas las guerras, y a adquirir riquezas nos vemos obligados por el cuerpo, porque somos esclavos de sus cuidados; y de ahí que por todas estas causas no tengamos tiempo para dedicarlo a la filosofía.  Y lo peor de todo es que si nos queda algún tiempo libre de su cuidado y nos dedicamos a reflexionar sobre algo,  inesperadamente se presenta en todas partes en nuestras investigaciones y nos alborota, nos perturba y nos deja perplejos, de tal manera que por su culpa no podemos contemplar la verdad.  Por el contrario nos queda verdaderamente demostrado que, si alguna vez, hemos de saber algo en puridad,  tenemos que desembarazarnos de él y contemplar tan sólo con el alma las cosas en sí mismas.  Entonces, según parece, tendremos aquello que deseamos y de lo que nos declaramos enamorados, la sabiduría; tan sólo entonces, una vez muertos, según indica el razonamiento, y no en vida.  En efecto, si no es posible conocer nada de una manera pura juntamente con el cuerpo, una de dos: o es de todo punto imposible adquirir el saber, o sólo es posible cuando hayamos muerto,  pues es entonces cuando el alma queda sola en sí misma, separada del cuerpo, y no antes.  Y mientras estemos en vida, más cerca estaremos del saber, según parece, si en todo lo posible no tenemos ningún trato ni comercio con  el grupo, salvo en lo que sea de toda necesidad, ni nos contaminamos de su naturaleza, manteniéndonos puros de su contacto, hasta que la divinidad nos libre de él. De esta manera, purificados y desembarazados de la insensatez del cuerpo, estaremos, como es natural, entre gentes semejantes a nosotros y conoceremos por nosotros mismos todo lo que es puro; y esto tal vez es lo verdadero.  Pues si que no es puro es de temer que esté vedado el alcanzar lo puro.  He aquí, ¡oh Simmias!, lo que necesariamente pensarán y se dirán unos a otros todos los que son amantes del aprender [philo-mathés: philo-sophos] en el recto sentido de la palabra.  ¿No te parece a ti así?

Se trata, pues, de una purificación.  Una depuración de lo subjetivo  (para decir con una sola palabra todo aquello que impide el conocimiento objetivo de las cosas tal y como son en sí mismas.  Platón se refiere a la alimentación, la enfermedad, los deseos, los temores, la imaginación, el afán de poder, el afán de tener), como condición de posibilidad para buscar y encontrar la verdad.  Desde luego que no es necesario incluir en la teoría platónica de la vocación científica la teoría ontológica de la dualidad del ser, del mundo de la apariencia la teoría ontológica de la dualidad del ser, del mundo de la apariencia y el mundo del ser de veras.  No hay una relación necesaria entre una y la otra, y la teoría de la vocación científica tampoco tiene que incluir necesariamente una vocación de muerte.

Eduardo Nicol, como teórico contemporáneo de la vocación científica, ha elaborado a la vez una metafísica fundada en la evidencia del ser como fenómeno (evidencia de la que deriva la falta de justificación plena de la pareja ser/apariencia), insistiendo al mismo tiempo en el principio vocacional (el ethos de la ciencia) que toma cuerpo en la actitud desinteresada de decir lo que son las cosas en si mismas; independientemente de lo que podemos querer que ellas sean en función de nuestros intereses particulares (extra científicos), personales o de grupo, independientemente de los beneficios o las ganancias que de todas las cosas desea lograr la actitud pragmática o utilitaria, ella si muy interesada.  Este principio vocacional, sustentando una vocación de vida, pone el saber al servicio de la vida o la existencia  humana, como lo ha explicado Nicol .  

Unamuno no desconoce la necesidad de esta depuración implicada en el principio vocacional de la ciencia.  Alude a ella en algunas frases de un artículo suyo que en 1904 publicó con el título de “Sobre la filosofía española”.  Ahí él rechaza tanto a la ciencia que  se concibe a sí misma como la verdadera ciencia porque reduce lo cualitativo a fenómenos cuantitativos, como a la filosofía que se utiliza más para defender ideas que para buscar la verdad: “aquella hórrida combinación de conceptos abstractos, rígidos, cinchados en sus definiciones; aquella filosofía que se hizo para la polémica, para sostener dogmas, y no para la investigación, no para descubrir verdades” .

Concretamente se refiere a la filosofía que aprendió en su juventud en los manuales de escolástica: “Jamás olvidaré los años en que alimentaron mi mente con eso.  Me basta una cosa para huir de ella, y  es aquello de echar primero la tesis, luego las objeciones y, por último, las pruebas.  Eso es abogacía, y nada más que abogacía.  Lo científico y lo filosófico es traer los datos e investigar e inducir sobre ellos: si se llega a conclusión, bien; y si no llega, también. Las más de las veces el progreso está en destruir las conclusiones que dieron otros y plantear de nuevo la cuestión…” Él mismo toma en cuenta el hecho de que en esos manuales se presenta la filosofía mediante un determinado método de exposición, con finalidades didácticas, pero no deja de señalar lo que le preocupa, diciéndole a su interlocutor imaginario: “Créemelo: iban a tiro hecho, a probar tal o cual cosa, a buscar argumentos con qué defender y sustentar estos o aquellos dogmas, que creían ser el soporte del orden social y de la felicidad individual.  Es una filosofía al servicio de intereses ajenos al puro interés por conocer la verdad, sea la que fuere” .

Unamuno, pues, está convencido del “puro interés por conocer la verdad, opuesto al interés interesado por otras cosas, y en este sentido, im-puro.  Sin embargo, él tiene ya la idea de que la búsqueda de la verdad puede emprenderse también por un camino que no es el de la razón argumentativa, que él llama “abogacía”, ni el de la razón científica, escandalosamente cuantificadora.  ¿Cuál es, para Unamuno, la alternativa frente a la razón de las tesis y las antitesis y los juegos de ideas, y la razón descualificada (meramente calculadora) de una cierta interpretación del ideal matemático?  La duda de la encrucijada le hace sospechar —¿inventar?— la existencia de otros medios de conocimiento que no son en rigor formas de conocimiento (en sentido lógico y epistemológico); “Quién te ha dicho que no hay cosas que  podamos sentir sin conocerlas?”; “¿quién te ha dicho que sea el conocimiento el único que nos pone en contacto con la realidad?

Es cierto que las teorías, científicas o filosóficas, no son el único medio de que disponemos los hombres para “conocer” la realidad.  Y también es cierto que nuestras relaciones con lo real no se reducen a una mera relación epistemológica (ni siquiera en el conocimiento mismo).  Si la alternativa estuviera bien planteada, se justificaría entonces la empresa de buscar otras vías de “conocimiento” (que produzca verdades objetivas) para sustituir a esas formas degeneradas de conocimiento (filosofía polémica y razón calculadora).  Pero tal vez era suficiente denunciar la desviación de esas formas de conocimiento del principio vocacional y la inadmisible reducción de las posibilidades reales de la razón.

Dos años después, en 1906, escribe Unamuno un ensayo dedicado a la cuestión de la verdad: “¿Qué es verdad? ”  En este texto se advierte que Unamuno ya está desencantado o desengañado de la definición tradicional de la verdad.  Otra vez insiste en la inautenticidad de los tratados de filosofía escolástica, lamentándose de que a eso haya venido a parar la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Declara ahí que le son completamente indiferentes las definiciones de la “verdad metafísica” (correspondencia de la esencia de la cosa con la idea existente en el entendimiento divino) y la “verdad lógica” (correspondencia de la cosa con el intelecto humano; adaequatio intellectus et rei).  Unamuno piensa que la verdadera verdad es la verdad moral, la que se refiere a la adecuación o conformidad del lenguaje externo con el juicio interno del sujeto: “la verdadera verdad, la verdad radical es esta última, la que se llama moral.  De ella arranca la otra, la lógica”.  Para él la conexión es clara: “A lo contrario de la verdad lógica se llama error, y a lo contrario de la verdad moral se llama mentira.  Y es claro que uno no puede ser veraz, decir lo que piensa; estando en error, y puede decir algo que sea verdad lógica mintiendo”.  Y enseguida el punto medular de su teoría de la verdad: “Y ahora digo que el error nace de la mentira” .

¿Cómo puede interpretarse la frase en la que se afirma que “el error nace de la mentira”?  Efectivamente, como la advierte Unamuno,  hay una conexión entre el aspecto ético del compromiso con la verdad (los filósofos no pueden mentir, aunque puedan estar errados en lo que afirman) y el aspecto lógico o epistemológico, el de la educación de lo pensado con la cosa pensada.  Ahora bien, ¿cómo se puede determinar esta conexión?  Si me comprometo con la verdad, no puedo mentir, aunque puedo estar equivocado.  La mentira es incompatible con el trabajo científico.  El error, en este quehacer, es una posibilidad con la que siempre hay que contar.  La corrección de la equivocación es parte inherente del trabajo crítico de la filosofía y la ciencia.  El compromiso ético de buscar y decir la verdad no predetermina el éxito en términos lógicos y epistemológicos.  Si en nuestros días hubiera una falsa ciencia, que lo fuera porque podría decir muchas verdades sin haberlas buscado desinteresadamente, tales verdades no serían; en sentido radical, verdades científicas.  Y el camino contrario tampoco tiene posibilidades de éxito: si se es muy veraz en lo que se dice, si se busca desinteresadamente la verdad, el carácter ético de esa búsqueda no es suficiente (aunque sea necesario) para producir verdades científicas, pues hace falta la búsqueda metódica de la verdad, lo relacionado con el rigor del trabajo lógico y epistemológico de los procedimientos científicos.  Los dos aspectos de la verdad son necesarios, ninguno de los dos es, por sí mismo; suficiente.  En realidad el error nace por defectos metodológicos, lógicos y epistemológicos, y no hay en él infracción al ethos de la ciencia.  Si hay infracción, por mentira o por razones meramente polémicas, la ciencia pierde su apoyo vital, su fundamento ético.  Se trata, pues, de dos fenómenos distintos pero complementarios.  La mentira es ocultamiento (subjetivo)  de la verdad; la falsedad es ocultamiento (objetivo) de la verdad, lo contrario al hallazgo de la verdad.  En el primer caso, la conciencia de la falsedad es condición de posibilidad (para la mentira): en el segundo, la conciencia de la falsedad impide sostener lo contrario como verdadero.

El filósofo del “sentimiento trágico de la vida” (el que se engendra según él por el conflicto entre la razón y la vida), elabora una teoría de la verdad con el propósito de resolver dicha situación conflictiva, muy convencido de que n o es el error el que mata el alma, sino la mentira.  No son los errores los que descalifican el quehacer del científico, sino las violaciones al ethos.  Lo que Unamuno quiere señalar es lo siguiente: las cosas, las verdades de las cosas, no se ocultan, como meras apariencias (“no hay distinción alguna entre la realidad y lo que como tal se nos aparece”), sino que se presentan tal cual ellas son en sí mismas.  Si no las captamos como son en realidad no es porque nos falte la depuración de lo subjetivo en un sentido estrictamente idéntico al señalado por Platón, sino que solemos ser incapaces de decir lo que son, diciendo realmente lo que pensamos.  Y aquí aparece la clave del asunto, tal como lo está considerando Unamuno: el ser y el pensar son uno y lo mismo.  Si decimos lo que realmente pensamos, no hay error.  Manteniendo una cierta interpretación del fragmento 5 de Parménides : “Pero el pensar y el ser son lo mismo”, que Heidegger ha denunciado como falsa (Cf. Introducción a la metafísica, cap. IV ), en la que el ser no es otra cosa que lo pensado en el pensar, en el sentido preciso de que hace posible que todo se torne subjetivo, de tal manera que el error, lo falso, nace así promovido por la mentira.  Por tanto, la depuración, que desde luego es de tipo ético, como condición de posibilidad para buscar y encontrar la verdad, no consiste en una depuración de lo subjetivo, entendiendo por subjetivo lo relacionado con aquellos aspectos del logro que coinciden con la realidad de lo que es, sino en una depuración de aquellos intereses subjetivos que nos impidan decir la verdad, depurándose de los intereses personales que nos obligan a mentir.  Renunciar a la mentira es renunciar a nuestras conveniencias, igual que en Platón.

Sin embargo, esta teoría de la verdad, esta teoría del ser y el conocer, justificando el error como mentira, se funda en la parmenídea idea de la automática, natural y espontánea coincidencia entre el ser y el pensar, sin atender a la necesidad, por tanto, de condiciones lógicas y epistemológicas, metódicas, que hagan posible el descubrimiento de la verdad, renunciando así a la filosofía, no como philosophia  (amor a la verdad), sino como episteme, es decir, como conocimiento científico obtenido a través de una tarea racional, metódica y sistemática.  Esta forma de idealismo, como las demás, no justifica adecuadamente la existencia del error, a pesar de que lo convierta en mentira, y la búsqueda de la verdad se reduce tan solo a un afán de veracidad.  Y como este afán depende de la persona en concreto que busca la verdad, se crea la ilusión de que se trata nada más de su verdad, del mismo modo que en la ausencia de ella se trata, por las razones señaladas, de su mentira.  La verdad, así su nota constitutiva de comunidad.  Y tenemos de esta manera una nueva forma o  una nueva versión del subjetivismo relativo de la verdad, como consecuencia de un cierto historicismo.  Parece que Nicol se refiere a Unamuno cuando explica que la comprensión implica una comunión o una comunidad: “Carente del apoyo racional que no puede darle su doctrina, busca en sí mismo este apoyo y afirma la suficiencia del hombre por la sinceridad de su actitud y la concordancia moral entre  ella y las ideas.  La verdad pasa entonces a ser ‘veracidad’.  El valor racional de universalidad se sustituye por el valor irracional de la ‘autenticidad’.  Vale la verdad –moralmente—mientras sea la auténtica expresión vital de quien la piensa” .   

La mentira, por otro lado, tampoco es de todos, aunque sea para todos, porque es una opción personal, propiciada por los propios intereses personales.  La mentira es una empresa exclusiva de mi subjetividad, mientras que la verdad es un bien de la comunidad.  La mentira nunca es una verdadera opción para el filósofo, y no forma parte de las relaciones del conocimiento.  El filósofo escucha a las razones de la razón cuando ellas coinciden (no siempre lo hacen, por eso existe el error) con las razones del ser, de las cosas, de la realidad.  La mentira sólo puede formularse después de esa coincidencia, y ya no es una tarea cognoscitiva, sino algo relacionado con otras dimensiones de la existencia humana.

La conclusión del texto de Unamuno es la siguiente: “Verdad es lo que se cree de todo corazón y con toda el alma.  Y ¿qué es creer algo de todo corazón y con toda el alma?  Obrar conforme a ello” .  Para obtener la verdad hay que creer en ella, “con todo el corazón y con toda el alma”, y eso equivale a “decir lo que se cree ser verdad siempre y en todo caso, pero muy en especial cuando más inoportuno parezca el decirlo”.  Si se dice la verdad, ya no se miente; si no se miente, ya no hay posibilidad de error.  La verdad es decir-la verdad.  La verdad es palabra dicha “Y la palabra es obra, la obra más íntima, la más creadora, la más divina de las obras.  Cuando la palabra es palabra de verdad” .

Pero la palabra de verdad sólo puede provenir del logos de verdad, de la razón de verdad, como se llama al logos  racional del conocimiento científico.  Ser filósofo es, ciertamente creer, de todo corazón y con toda el alma, en la verdad.  Por eso cree a la vez que vale la pena dedicar su vida a la búsqueda de lo verdadero.  Pero paradójicamente (a Unamuno le gustaban las paradojas), creer con toda el alma en la verdad es creer en la posibilidad real de su búsqueda, más que en las verdades que se alcanzan en la tarea filosófica o científica, porque estas de algún modo son provisionales, pues están siempre sujetas a revisión continua, como lo exige el quehacer crítico inherente a la búsqueda filosófica o científica de la verdad.

En ese sentido, en filosofía las soluciones importan menos que los problemas.  Es más importante promover el nacimiento de verdades que defender las que ya se han obtenido.  Por esta razón Unamuno expresa a su modo su misión socrática en su ensayo titulado “Mi religión”, publicado en 1907: “Yo para concluir; les diré que si quieren soluciones acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo.  Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos.  Yo he buscado siempre agitar, y a lo sumo, sugerir más que instruir.  Ni yo vendo pan, ni es pan, sino levadura o fermento” .  La filosofía, como ciencia, necesita obtener verdades: como amor a la sabiduría, necesita buscarlas.  Unamuno supo cumplir su tarea de buscador.  Sócrates puso su mayor empeño en promover la tarea del pensar, sin preocuparse mucho por las ideas propias que pudiera ofrecer, y su figura ha quedado en la historia como el modelo permanente de los buscadores de la verdad.

En 1908, para aclarar una frase del artículo “Mi religión”, Unamuno escribió su ensayo “Verdad y vida” .  Aquí trata de poner en claro lo que significa su concepción de la verdad:   “buscar la verdad en la vida y la vida en la  verdad”.  ¿Qué es buscar la verdad en la vida?  Decidirse a vivir sinceramente, diciendo la verdad. ¿Qué es buscar vida en la verdad?  Evitar que las verdades  se conviertan en dogmas que puedan impedir el examen, la crítica, la tarea de re-pensar las cosas.  Leamos a Unamuno: “Un mero ingeniero —es decir, un ingeniero sin verdadero espíritu científico, porque los hay que le tienen—puede ser tan útil para trazar una vía férrea, como un mero abogado para defender un pleito, pero ni aquél hará avanzar a la ciencia un paso, ni a éste le confiaría yo la reforma de la constitución de un pueblo.  El verdadero espíritu científico consiste en dedicar la vida a la verdad, buscando vida en la verdad.  Buscar la vida en la verdad es, pues, buscar en el culto de ésta ennoblecer y elevar nuestra vida espiritual y no convertir a la verdad, que es, y debe ser siempre viva, en un dogma, que suele ser una cosa muerta.  Buscar la verdad es descubrirla como verdaderamente verdadera: “Y ésta es la principal razón porque se debe buscar la vida de las verdades todas, y es para que aquellas que parecen serlo y no lo son se nos muestren como en realidad son, como no verdades o verdades aparentes tan sólo” .

Unamuno, por su idea de la verdad, como mera veracidad, dijo algunas cosas arbitrarias, y hasta llegó a pensar que la arbitrariedad, como “método de la pasión”, era algo más urgente que la lógica, método de la razón.  Pero vocacionalmente era poseedor del afán de verdad.  Y sintiéndose decepcionado de la verdad como producto de la objetividad científica de la filosofía (porque creía que la mentira la hacía imposible), se convirtió en un defensor de la veracidad, inclinándose más hacia la literatura que al trabajo filosófico riguroso.  Pero si fuera válido decir que la razón tiene sus propias pasiones, no hay que olvidar, hoy que recordamos a Unamuno, recordando su muerte, como una forma de rememorar su vida, que la razón, cuando se asienta en el ethos de la ciencia y la filosofía, se convierte en una apasionada de la verdad.

              

Notas y referencias

Cf. Miguel de Unamuno, “Sobre la europeización”, 1906. 

Dice Unamuno, citando a lord Tennyson.

 Cf. Eduardo Nicol, Metafísica de la expresión, cap. VI, 1974.

Martín Heidegger, Ser y tiempo,

Sólo Tales de Mileto fue considerado sabio (uno de los siete sabios de Grecia) y filósofo.

Heráclito, frag.

Traducción de Luis Gil.

Vid., por ejemplo, E. Nicol, La reforma de la filosofía, 1980 .

M. de Unamuno, “¿Qué es la verdad?”,

El sentimiento trágico de la vida

Parménides

Heidegger

La idea del hombre, versión original de 1946, introducción.

M. de Unamuno.

 

 

 

 


MENU