Nota sobre la finalidad de la autonomía del pensamiento

juan manuel silva camarena

1990

 

Ponencia presentada en el Foro: La enseñanza de las humanidades
 en el sistema UIA, y publicada en Cuadernos del sistema UIA. La enseñanza de las humanidades. Universidad Iberoamericana,
México, 3, diciembre (1990), 35-36.

 

Si a través de habilidades de razonamiento podemos contribuir a la autonomía de nuestro pensamiento, entonces la pregunta que es necesario formular es la siguiente: ¿Para qué? Es decir: ¿para qué sirve un pensamiento autónomo?

Tal vez sea menester reflexionar en lo que significa la expresión "pensamiento autónomo". Lo primero que nos comunica la palabra autonomía es que se trata de algo que se atiene sólo a sus propias leyes, en el mismo sentido del vocablo griego autarquía. ¿Qué significa, entonces, un pensamiento autónomo? Se trata de un pensamiento que funciona solo, con sus propias reglas, de un pensamiento que, por un lado, ya no necesita de nada ni de nadie, y que, por el otro lado, logra su finalidad última en ese funcionamiento autónomo?

En una comunidad que ha asumido el colectivismo como forma social de vida podría pensarse que el pensamiento tiene que limitar su autonomía y atenerse a una legalidad ajena: la de la llamada (no de un modo completamente claro) democracia; en cambio, en una sociedad individualista, podría sostenerse que la autonomía del pensamiento es la mejor arma para realizar una vida inde­pendiente y autosuficiente, sin lazos de ninguna especie con los otros o con la realidad natural o divina. Pero ¿es correcto, acaso, que la autonomía del pensa­miento quede determinada o atrapada por estilos sociales de vida (no enteramente justificados ni justificables del todo en sí mismos), cuya naturaleza precisamente queda en tela de juicio por la autonomía del pensamiento?

La autonomía del pensamiento no puede identificarse sencillamente  con la voluntad propia, subjetiva, egoísta, ni con una voluntad "colectiva", ajena, igual­mente arbitraria (aunque la sostenga el consenso) de un grupo o clase social. La autonomía es, precisamente, renuncia a este tipo de sujeciones. La autonomía del pensamiento se .logra cuando éste alcanza a liberarse de cualquier atadura, de cualquier tipo de encadenamiento y puede entonces comenzar a funcionar de un modo autónomo. La autonomía la obtiene un pensamiento cuando en el ejercicio de su función más propia (pensar libremente) logra escapar de las propias ambiciones y las ajenas, cuando no queda atorado en las arbitrariedades de la subjetividad, las ilusiones de las ideologías y los espejismos de las diversas modalidades del poder.

Un pensamiento es verdaderamente autónomo cuando es un pensamiento libre, o sea, cuando está en libertad de pensar libremente (desinteresadamente) lo que es y lo que vale, lo que las cosas son en sí mismas y lo que ellas valen en sí mismas (por sus propias características). El pensamiento es verdaderamente autónomo cuando puede contar con la libertad para pensar lo que es y lo que vale en términos de verdadera independencia (que no son los de la desvinculación ni los de la indiferencia). Un pensamiento autónomo y libre es el que puede acercarse libre y autónomamente a la verdad. Y no valen aquí argumentos lógicos o grama­ticales que sirvan para desviar la comprensión: con un pensamiento autónomo y libre se logra y se ejerce la autonomía y la libertad.

Ahora bien: ¿cuál es el instrumento por excelencia para la autonomía y la libertad del pensamiento? Sin duda, como cuestión de hecho, esa peculiar moneda formada por la cara de la duda y por la cara del cuestionamiento. Las mejores habilidades para el funcionamiento (razonamiento) del pensamiento autónomo y libre son aquellas que contribuyen directamente a la formulación de buenas preguntas. Las buenas preguntas son las que sirven para destruir ilusiones, espejismos y engaños, sobre la base siempre firme de la esperanza de la verdad (fundamento de la razón y la existencia). Las mejores habilidades del pensamiento son aquellas que se obtienen en una buena educación: no las que capacitan para aprender (y repetir) respuestas sino       las que hacen posible  re-formular preguntas y formular nuevas  interrogantes.


Así, pues, cuando el pensamiento es realmente autónomo (interrogador o cuestionante) queda en plena libertad. ¿Para qué?

La libertad que el pensamiento puede ejercer en su autonomía le permite pensar lo que las cosas son y valen en sí mismas. La finalidad última de un pensamiento autónomo es la de pensar lo que las cosas realmente son y realmente valen, para poder tomar las decisiones en pro de una vida que valga la pena vivirse. Vivir una vida que vale la pena vivirse es vivir una vida plenamente humana: el ideal de todo humanismo. La enseñanza humanista enseña a preguntar, a preguntar para valorar, escoger y decidir una vida verdade­ramente humana: autónoma y libre.

 

 


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