Entre el duelo y la melancolía

juan manuel silva camarena
1990

 

Suplemento cultural El Sábado, del diario Uno más uno, México, 2 de junio (1990), 4. Otras ediciones: primero en la Revista de filosofía, Universidad Iberoamericana, México, XXI, 68 (1990),  147, y luego recogido en Angel Castiñeira (ed.), Eduard Nicol: Semblanza d’Un Filosof, Barcelona: Acta,  Fundació per a les idees i les arts, 1991. [pp. 111-114]).

 

Alguien dijo, alguna vez, que no podríamos vivir sin nuestra capacidad de olvido. Olvidamos para que sea posible vivir. A veces, para no morir, es necesario olvidar.

El recuerdo, en cambio, atrae a la muerte; porque nos invita a morir. Frente al que se va, si la vida propia quiere continuar, nos aconseja el olvido; si hay recuerdos y esperanzas, es­tas vinculaciones nos convocan para que nos vayamos también, para que nos vayamos tras el otro, siguiendo al que se fue, al que se nos fue y nos dejó. La función del duelo, según  Freud,  es la de comunicarse de un modo absolutamente evi­dente la  muerte del otro, con el veredicto indudable de que no existe ya, ofreciéndonos como premio lo opuesto, o sea, la vida.

Entonces, si olvidamos, se nos ofrece vida, y si recorda­mos empecinadamente corremos peligro de muerte. El duelo en la vida de los individuos, nos ayuda a evitar este riesgo. Y en el de las comunidades, ¿cómo se lleva a cabo el duelo? Y sobre todo: ¿para que tendría que vivir un duelo una comunidad?

¿Qué le pasa a la filosofía cuando se muere un filósofo? ¿Que les pasa a los filósofos cuando uno de ellos deja de vivir? Los individuos y los pueblos festejan los nacimientos y se vis­ten de luto cuando viven un duelo. Para la filosofía, sin que ella sepa bien por qué razón, no es fácil decidir si un filósofo nace cuando un hombre de bien —es preciso ser hombre de bien para dedicar la vida a la búsqueda de la verdad—  adopta frente a la realidad la actitud desinteresada que consiste en in­vestigar lo que las cosas son en sí mismas, o cuando publica en sólo un ensayo o en un texto largo dos o tres ideas originales ella no sabe bien si ha venido al mundo un hijo suyo, cuando alguien enseña apasionadamente a sus alumnos los pensamien­tos de los filósofos,  o cuando alguien es capaz de pensar por sí mismo los pensamientos de los demás, repensándolos por su propia cuenta. El ingreso a la comunidad de los filósofos, el na­cimiento en el seno de la madre filosofía, no es algo que pueda advertirse muy claramente porque se trata más de un acto y una decisión que de títulos, papeles, nombramientos o profe­siones. Y la muerte de un filósofo tampoco es algo que pueda verse con claridad, pues no muere un filósofo por el solo hecho de dejar de existir, y tampoco porque deja de estar de moda en los círculos de intelectuales o porque ya no lo leen o no lo to­man en cuenta las comunidades de investigadores. En filoso­fía, el nacimiento y la muerte, el apogeo y la decadencia, son cuestiones que no han sido pensadas suficientemente.

La vida filosófica, pues, ha sido pensada tan poco como la muerte en la filosofía. Se festejan, es cierto, el nacimiento y la muerte de los filósofos. Hace 100 años nació Martín Hei­degger; hace 10 años murió Jean-Paul Sartre. Pero, ¿cuándo se puede decir que está de luto la filosofía? ¿Cuándo vive ella un duelo para poder seguir viva?

La muerte de la filosofía no tiene que ver necesariamente con la muerte de los filósofos. Pero es necesario que ellos estén bien vivos para que puedan dar vida a la filosofía,  incluso hablando de la muerte de la filosofía, de su pasado y de su porvenir.

Hoy, tanto la comunidad filosófica nacional como la comu­nidad filosófica internacional podrían detectarse a sí mismas en el estado de ánimo propio del duelo, porque ha muerto Eduardo Nicol. Él fue uno de los filósofos mexicanos que más espacio y tiempo dedicó en su obra a las cuestiones relativas a la vida y la muerte de la filosofía.

Los últimos veinte años de su vida, en efecto, Nicol los ocupó enteramente en pensar y re-pensar, en primer lugar, la posibi­lidad de la muerte de la filosofía, explorando cuidadosamente si ella podría  morir por causas internas, de asfixia propia o ago­tamiento, o si desaparecía debido a causas externas que, des­de afuera, la ahogarían (El porvenir de la filosofía, 1972); en se­gundo lugar, la posibilidad de revitalizarla, transmitiéndole nueva vida y nuevas fuerzas, tanto en el nivel de las decisiones vocacionales (La reforma de la filosofía, 1980), como en el de los contenidos teóricos, que por revolucionarios habrían de sig­nificar vida nueva para la filosofía (La revolución en la filoso­fía. Crítica de la razón simbólica, 1982).

Eduardo Nicol nació el 18 de diciembre de 1907 y murió el 6 de mayo de 1990. ¿Cuándo nació para la filosofía? ¿Cuándo podremos decir que ha muerto para ella? Su primer libro lo publicó El Colegio de México en 1941 (la Psicología de las situaciones vitales), la mayoría de sus obras el Fondo de Cultura Económica, y el último lo editó la Universidad Na­cional Autónoma de México en 1990 (las Ideas de vario linaje). Desde febrero de 1940 hasta la fecha fue profesor de filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras; y en este lugar, desde el año de 1946 en que lo fundó, dirigía las sesiones del Seminario de Metafí­sica. Cincuenta  años de trabajo, muchos años de vida... Pero ¿cuántos años es necesario tener para que la muerte propia sea digna de un duelo?

La filosofía no conoce el estado de ánimo del duelo, porque en su comunidad nada se pierde, nadie se muere, nadie se va. En ella no es menester  desvincularse del que se marcha para quedarse vivo. Por el contrario: lo que cuenta es el vínculo con el otro, con los demás. Sin embargo, sí hay un estado anímico parecido al duelo, que conoce bien  la filosofía: la melan­colía.

El duelo intenso es una reacción normal a la pérdida de un ser amado. La melancolía es un estado de ánimo profundamen­te doloroso que presenta algunas características similares a las del duelo. En 1917, cuando Freud estudia las similitudes entre la melancolía y el duelo, llega a una de sus conclusiones: «Conforme a la analogía de esta enfermedad con el duelo, ha­bríamos de deducir que el paciente ha sufrido la pérdida de un objeto; pero de sus manifestaciones inferimos que la pérdi­da ha tenido efecto en su propio yo”.

La filosofía, cuando ha perdido a un filósofo como  Eduardo Nicol, también sufre la pérdida en su propio yo, es decir, en sí misma. Hay, pues, melancolía en la filosofía. Pero esta melancolía no es una enfermedad, sino lo normal cuando la filo­sofía pierde una parte de sí misma. Sin filósofos no hay filoso­fía. Esta melancolía, esta tristeza profunda, es la de la filoso­fía cuando advierte un hueco en su propio ser. Y aquí lo que falta debe promover lo que no tiene ya. Un hueco de ser es a la vez pérdida, anhelo y esperanza de ser.

Algunas veces, pues, es necesario olvidar para vivir; pero otras hay que recordar por siempre precisamente para no mo­rir. Olvidar y recordar: entre el duelo y la melancolía.

 


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