La superación del análisis lógico del lenguaje
 por medio de la metafísica

juan manuel silva camarena
1989

 

Revista de Filosofía, Universidad Iberoamericana, México, XXI, 66, septiembre/diciembre (1989), 321-333.

 

I

Había llegado, al parecer, el fin de la metafísica. En la década de los treintas, en alguna parte, era el tiempo del llamado Círculo de Viena. Eran aquellos los primeros tiempos de esa creencia que a fuerza de impo­nerse parecía convertirse en una verdad indiscutible, como las verdades de veras; y en ese momento no se podía sospechar siquiera que podría ser, cuando más, una verdad a medias. Era ciertamente la época de la fe en la lógica como instrumento apto (e infalible, según algunos lógicos modernos) para la resolución de cualquier problema de conocimiento. Pero era el tiempo de una lógica sin metafísica; peor aún: de una lógica antimetafísica.

Era, decía Carnap, el momento en que el resultado positivo del análi­sis lógico del lenguaje consistía en un esclarecimiento del contenido cog­noscitivo de las proposiciones científicas y el significado de las palabras; era, creía Carnap, el momento en que su resultado negativo (pero más acariciado por quienes asumían como un verdadero mérito científico el oponerse a la llamada ciencia primera), consistía en la eliminación defini­tiva de la metafísica.

En 1932 se publicó en la revista Erkenntnis el artículo de Carnap que parecía estar inevitablemente destinado a desterrar para siempre a la metafísica del campo del saber legítimamente acreditado: Uberwindung der Metaphysik durch Logische Analyse der Sprache (“La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje”); en 1927, Heidegger había tomado ya la palabra, en una obra de importancia extraordinaria: Sein und Zeit (Ser y tiempo), para señalar que aunque en nuestro tiempo estaba todavía en el olvido la pregunta que interroga por el ser, era un verdadero progreso el volver a afirmar, en el hoy de ese entonces, a la metafísica: Die genannte Frage ist heute in Vergessenheit gekom­men, obzwar unsere Zeit sich als Fortschritt anrechnet, die “Meta­physik" wieder zu bejahen .

Así las cosas, hace cincuenta y siete años del intento de eliminación de la metafísica por parte de Rudolf Carnap, y hace sesenta y dos años de la empresa de reafirmación de la metafísica por parte de Martin Heidegger. ¿Ahora ¿pode­mos decir que fue superfluo el análisis lógico del lenguaje, al estilo de Rudolf  Carnap, frente a lo que ya sabía de misma la metafísica?

 

II

No es que en la metafísica, con sus propios recursos ontológi­cos y epistemológicos, haya una superabundancia de saber y el análisis lógico del lenguaje no fuera sino superficialidad o frivolidad frente al trabajo se­rio de la filosofía. La metafísica ha demostrado históricamente que tiene en sus cuentas un superávit: un exceso del haber sobre el debe; si se ad­mite la expresión, un exceso de los ingresos sobre los gastos: ha ganado más de lo que ha perdido. Y esto quiere decir que sigue teniendo más preguntas que respuestas, lo cual, en el campo del saber, es ganancia. Porque se pregunta más y mejor cuando se sabe mucho. Ciertamente ella ha desatendido, deliberadamente, las críticas que no fueron promo­vidas por un verdadero afán de saber sino más bien por el ánimo de la po­lémica; pero, en cambio, sí ha gastado muchas de sus propias energías en la comprensión de sí misma y de sus problemas teóricos. Y frente a este gran trabajo de autocomprensión o autognosis el análisis lógico pro­puesto por Carnap en ese que fue famoso (aunque ahora ya olvidado) artículo suyo, parece algo meramente superfluo. Y en todo caso, si la su­perfluidad de ese análisis lógico logra hacerse patente, no se deberá sino a ese diligente trabajo de autocomprensión que la metafísica ha empren­dido desde siempre como ciencia de la ciencia.

 

III

El artículo de Carnap está dividido en cinco partes. La primera es una introducción y en ella aparece el propósito esencial de su autor: eliminar, de una vez por todas, a la metafísica. El razonamiento marcha de esta manera: desde los escépticos griegos hasta los empiristas del siglo XIX ha habido muchos opositores de la metafísica. Las razones por las que se han opuesto a ella varían: 1) porque es errónea (ya que se opone al cono­cimiento empírico); 2) debido a que es incierta (pues sus problemas tras­cienden los límites del conocimiento humano); y 3) a causa de que es es­téril (pueden o no responderse sus interrogantes, y más valdría ocuparse enteramente de las tareas prácticas). Nosotros —dice Carnap—, nos oponemos a ella porque hemos descubierto, mediante la lógica moder­na, que todas sus proposiciones carecen de sentido.

El lector que termina esta parte del texto queda algo perplejo. No en­tiende bien. Le parece que para que algo pueda ser juzgado como sin­sentido es preciso que antes sea comprendido como tal, y por tanto, tiene que tener algún sentido. Él no entiende bien por qué razón habría que eliminar a la metafísica, y sobre todo, no atina a comprender por qué habría que hacerlo a toda costa. Y tampoco entiende, claro está, que una disciplina filosófica tan antigua como la filosofía misma, y además tan fundamental como parece ser (al fin y al cabo es ciencia de los princi­pios o del fundamento), pueda estar formada únicamente por proposi­ciones carentes de sentido. El lector no entiende bien porque intuye que el planteamiento no es normal, y por lo mismo, piensa que la propuesta que acompaña a semejante planteamiento es digna de sospecha. El con­sidera que un planteamiento sano se desarrollaría de esta manera: pues­to que hemos encontrado que las proposiciones de la metafísica son fal­sas, tenemos que eliminarla del campo del saber auténtico. O bien: ya que rebasa los límites del conocimiento, es preciso no creer en la validez de la metafísica. O así: puesto que las proposiciones de la metafísica no tienen sentido, es menester dejar de creer que ella pueda aportar conoci­miento alguno. En cambio, el planteamiento inverso es sospechoso, por­que insiste más en la necesidad (supuesta) de eliminar a la metafísica, que en presentar razones para hacerlo. Se pone más énfasis en una cosa que en la otra (como si se estuviera bajo el influjo del poder de una consigna de eli­minación): "Con esto (con el análisis lógico) se ha obtenido una elimina­ción tan radical de la metafísica como no fue posible lograrla a partir de los antiguos puntos de vista antimetafísicos. Desde luego, ciertas ideas afines pueden localizarse ya en varias meditaciones anteriores, por ejemplo en las de índole nominalista, pero solamente ahora, después de que el desarrollo de la lógica ocurrido en las últimas décadas la ha trans­formado en un instrumento de la necesaria precisión, resulta posible la realización decisiva de dicha superación" .

¿Por qué habría que realizar una superación de la metafísica? ¿para qué hacerla? ¿por las mismas razones por las cuales Heidegger considera necesario superar a la metafísica, puesto que estamos, según él, en la época presente, en el "final de la filosofía", en el sentido del “acaba­miento" de la metafísica? ¿Es necesario superar a la metafísica porque ella, según Heidegger, no sólo plantea la pregunta por la verdad del ser, sino que la confunde, en cuanto que la metafísica se "afinca" en el "olvi­do del ser" No. Para Carnap son otras las razones por las que habría que eliminarla. Pero en realidad no hay razones. Co­mo si hubiera que eliminarla porque sí. ¿Porque se comparte, quizá, una actitud emotiva contra ella?
                                                                                               
Pero, ¿cómo se justifica, entonces, la existencia de "puntos de vista antimetafísicos" dentro del trabajo de una filosofía “científica”? ¿esos "puntos de vista antimetafísicos" no parecen, acaso, algo por lo menos tan extraño como lo serían unos descabellados "puntos de vista antilógi­cos"? El lector, de un modo irremediable, con interrogaciones semejan­tes, queda atrapado en el ámbito de lo extraño, de la desconfianza bien ganada.

La tesis de Carnap es la de que el análisis lógico ha revelado que las proposiciones de la metafísica son, en realidad, pseudoproposiciones, es decir, proposiciones sin sentido. No es que ellas sean teóricamente fal­sas o estériles, sino que carecen de sentido. Esta es la idea general: un lenguaje consta de un vocabulario (conjunto de palabras que poseen sig­nificado) y una sintaxis (reglas para la formación de proposiciones). Aho­ra bien: ya sea por un error de significado o por una construcción antisin­táctica, inevitablemente se producen proposiciones sin sentido, esto es, pseudoproposiciones. Según Carnap, la metafísica comete una falta o la otra, y por tanto, no consta sino de pseudoproposiciones. Pero sí consideramos las cosas de un modo más sencillo, tal vez pudiéramos creer que no hubiera sido necesario esperar el desarrollo de la lógica mo­derna y los finos instrumentos del análisis lógico para advertir que no es correcto dar a las palabras un significado que no tienen, y que tampoco es aceptable, en un discurso cualquiera (no digamos científico o filosófi­co, construir oraciones de un modo antisintáctico. Como es natural, Heidegger no sólo esta­ba en contra de atribuir a las palabras significaciones incorrectas, sino que consideraba que, en último término, era incumben­cia de la filosofía el "preservar a la fuerza de las palabras..." , aunque estaba convencido de que era necesario, sin embargo, guardarse de una "mística verbal sin trabas" , y de un procedimiento de supuesta investi­gación filosófica que sólo consistiera en la explicación de palabras. Para averiguar lo que son las cosas no es suficiente una "mera explicación de la palabra", y es preciso, por tanto, analizar eso que solemos "llamar in­mediatamente" con la palabra en cuestión . "Eso" es lo que cuenta cuando la palabra está bien utilizada; y cuando lo está, está en una ver­dadera relación con lo real. Es preciso, por tanto, vigilar esa relación. El filósofo, lo sabía bien Heidegger, es el vigilante del lenguaje, porque éste es "la casa del ser", en donde mora el hombre . En otras palabras: dada la índole de esa relación, la vigilancia tiene que ser más estricta, porque lo que está en juego es algo más importante que una mera confusión gra­matical o científica, y consiguientemente, tiene que rebasar, sin dejar de satisfacerlos, los requerimientos meramente sintácticos, sean de carác­ter gramatical o lógico.

La segunda parte del texto de Carnap ("El significado de una palabra"), dice lo siguiente: el significado de una palabra es el hecho de que ella "indica algo determinado", y si éste no es el caso, se trata en­tonces, evidentemente, de una pseudopalabra que perdió su significado original en el curso de la evolución del lenguaje sin llegar a adquirir uno nuevo. Heidegger no sólo estaba enterado de que en el curso de la evolu­ción histórica una palabra puede cambiar su significado, sino que ade­más tenía una idea del significado mismo de esa (para él), supuesta evo­lución,  y de la necesidad de recuperar la fuerza nominal de las palabras: "Pero ahora saltamos por encima de todo este curso de desfiguración y decadencia [proceso de traducción de lo griego a lo romano] por lo que se refiere a las palabras fundamentales de la filosofía para tratar de re­conquistar la fuerza nominal no destruida del lenguaje y de las palabras. En efecto, las palabras y el lenguaje no son, en absoluto, cápsulas en que las cosas se empaquetan para el comercio de que habla y escribe. Para nosotros, las cosas sólo llegan a ser y son en la palabra, en el lenguaje. Por eso el abuso de la lengua en la simple charla, en las consignas y fra­ses, nos hace perder su auténtica relación con las cosas" . De lo que habla Carnap, ¿no es de un abuso similar, vestido de lógica,  a través del cual también se pierde la auténtica relación con las cosas? Pero ¿acaso se gana una rela­ción semejante únicamente cumpliendo con requerimientos sintácticos o lógicos?

Y las cosas o las relaciones entre ellas, son lo que interesa a Carnap. ¿Qué sucede cuando una palabra sí tiene un significado propio y bien de­terminado? Sucede, dice él, que entonces se puede fijar la sintaxis de la palabra (la forma proposicional más simple en que ella puede aparecer: y es una x, en la cual se define el significado de x), y además, que la proposición en la que aparece la palabra x puede derivarse de una propo­sición de observación o una proposición protocolar. Pero Carnap no entra en la discusión de lo que pueda significar la expresión "proposición protocolar" porque considera que no hay unanimidad al respecto: "Para nuestros propósitos podemos dejar de lado el problema relativo al conte­nido y a la forma de las proposiciones primarias (proposiciones protoco­lares), que aún no ha sido resuelto definitivamente". Dice que en la teoría del conocimiento se acostumbra afirmar que las proposiciones pri­marias se refieren a "lo dado", y que esto puede referirse, a su vez, a cualidades sensoriales simples o a un orden de sentimientos, y también puede asegurarse que esas proposiciones se refieren más bien a expe­riencias globales y a relaciones de semejanza entre ellas o a objetos. Y si Carnap puede dejar de lado la cuestión del carácter peculiar de las propo­siciones primarias se debe a que su propósito no es el de plantear cues­tiones radicales, ontológicas y epistemológicas (en suma: metafísicas), sino la de eliminar a la metafísica mediante un análisis del lenguaje. Y como un análisis de esta clase tiene que contar con un criterio de significación y sentido, pues basta con establecer dicho criterio de un modo aparente­mente convencional: "Independientemente de esta diversidad de opi­niones, se ha establecido" que una secuencia de palabras sólo posee sentido cuando se han fijado sus relaciones de derivación de proposi­ciones protocolares, cualesquiera que puedan ser las características de éstas. Similarmente, una palabra sólo tiene significado cuando las proposiciones en las que puede aparecer son susceptibles de retrotraerse a proposiciones protocolares .

Cuando Carnap renuncia a establecer la determinación precisa de las proposiciones primarias desiste del empeño de plantear cuestiones estrictamente filosóficas, y de ese modo no está ya en condi­ciones de advertir lo que la metafísica, desde los griegos hasta el propio Heidegger, sabe de "eso" que las palabras significan, es decir, de la conexión entre la realidad y el lenguaje, de la auténtica relación de éste con las cosas, propiedades de cosas y relaciones entre cosas. La idea de Car­nap es muy sencilla: unas palabras nos llevan a otras, y al final, en el extremo de un proceso de retrotraimiento, aparece siempre (si la palabra significa algo) una proposición protocolar que dice: "ese es un x", y de este modo, las "propiedades empíricas" de x se vuelven cognoscibles, cumpliéndose así el "criterio de verdad", las "estipulaciones de derivabi­lidad", el "método de verificación" o el advenimiento del "sentido": "(…) cada palabra del lenguaje se retrotrae a otras, y finalmente, a las pa­labras que aparecen en las llamadas proposiciones de observación o pro­posiciones protocolares. A través de este retrotraimiento es como ad­quiere significado una palabra". Esa condición necesaria y suficiente pa­ra que una palabra tenga significado alguno la formula Carnap de distin­tas maneras, pero todas quieren decir lo mismo: 1) que las notas empíricas de "a" (la palabra en cuestión) sean conocidas; 2) que haya si­do estipulado de qué proposiciones protocolares es derivable "P(a)" (la proposición en la que aparece la palabra en cuestión); 3) que las condi­ciones de verdad para "P(a)" hayan sido establecidas, y 4), que el méto­do de verificación de "P(a)"sea conocido". Pero en estos términos, pues, la cuestión del significado no es una cuestión filosófica sino una cuestión meramente lingüística, es decir, sin poder alguno de resolución de cuestiones de carácter verdaderamente filosófico, como las que se re­fieren, por ejemplo, a la naturaleza y sentido de la relación que existe entre el lenguaje y las cosas reales o imaginarias, o a la naturaleza, límites y alcances del conocimiento que podemos realizar a través de proposi­ciones que por estar en (una problemática, no conocida del todo) rela­ción con "lo dado" resultan falsas o verdaderas, o incluso el problema mismo de la verdad como una (supuesta) "adecuación" entre la razón, la percepción, las proposiciones del lenguaje y las cosas reales. La cuestión del significado de las palabras como un proceso de retrotraimiento de unas palabras a otras es, sin duda, una cuestión interesante, pero para la filosofía, para los intereses verdaderos de la filosofía, ella no deja de ser sólo eso. El momento, en ese retrotraimiento lingüístico, en el que apare­ce un problema filosóficamente decisivo es ese en el que, supuestamen­te, el lenguaje entra "en contacto" con la cosa que mienta. Pero ese mo­mento filosóficamente interesante, pasa inadvertido por las condiciones de verdad establecidas por el criterio de significación y sentido. En otros términos: paradójicamente, es menester renunciar a lo que podría validar completamente el criterio de verificación, precisamente por lo que el pro­pio criterio establece. Las tesis de la metafísica, de la ontología y la epistemología o teoría del conocimiento no pueden ser utilizadas para fundar la legitimidad de las proposiciones primarias debido a que se cree de veras que lo que no puede reducirse a proposiciones semejantes (tales tesis, por ejemplo), no tiene validez alguna en términos de conocimiento. Semejantes tesis quedan desautorizadas también por el cargo de carác­ter lógico-sintáctico de carencia de sentido: "Finalmente el dictamen de carencia de sentido se aplica también a todas aquellas direcciones metafísicas a las que impropiamente se designa de ordinario como direc­ciones epistemológicas, tales como el realismo (...) y sus oponentes: el idealismo subjetivo, el solipsismo, el fenomenalismo y el positivismo (en su sentido antiguo)" . ¿Y por qué no en el sentido nuevo de "positivis­mo lógico"? Porque ésta es una filosofía que aunque se autoconcibe a sí misma como científica no sostiene ninguna tesis, científica o no, metafísica o no. Sólo parece "sostener" que posee la clave para determi­nar si una tesis tiene sentido o carece de él. Es, pues, una filosofía que no afirma nada, y sólo dictamina normativamente. Y así, debía saberlo Carnap, no se puede hacer ni ciencia ni filosofía. La legislación gramatical y lógica no basta para decidir si un conocimiento es válido o no lo es, y tampoco es auto-suficiente para fundarse a sí misma como ciencia o filosofía.

 

V

La tercera parte del escrito, "Palabras metafísicas carentes de signifi­cado", presenta dos ejemplos de términos metafísicos que no poseen significado porque no satisfacen los requerimientos para la significativi­dad, la palabra "principio" y la palabra "Dios". Estos vocablos, asegura Carnap, no tienen sentido porque no declaran nada, y no declaran nada puesto que para ellas no pueden especificarse condiciones empíricas de verdad, tal como sucede con "la mayor parte de los términos específicamente metafísicos", como el de "idea", lo "absoluto", lo "in­condicionado", etcétera (hasta mencionar diecisiete palabras).

Evidentemente, la conclusión sigue siendo la misma: "Las pretendi­das proposiciones de la metafísica que contienen estas palabras no tienen sentido, no declaran nada, son meras pseudoproposiciones". Y sin detenernos a examinar el sentido específico que palabras semejantes adquieren en el contexto de las investigaciones filosóficas de la metafísica, y sin prejuzgar siquiera una corrección en la mayoría de los casos o incorrecciones en algunos de ellos, conviene comenzar por tener en cuenta que, como lo sabe la metafísica, en su calidad de ciencia de la ciencia o ciencia de los principios del ser y el conocer, en ningún campo delsaber científico puede exigirse la especificación de condiciones empíricas de verdad para todas y cada una de las proposiciones que constituyen su cuerpo de conocimientos. Y si esto es cierto, dicha exi­gencia, como criterio de significación y verdad (o falsedad) de las propo­siciones, es arbitrario, y no puede cumplirse en ningún caso del conoci­miento científico, y tampoco en el de un supuesto saber filosófico que decidiría, mediante un análisis lógico del lenguaje, la validez científica de los conocimientos, pues no es posible señalar, para el criterio mismo, "condiciones empíricas de verdad". Y en este punto se hace evidente que lo que nos enseña un análisis lógico del lenguaje como el de Carnap, y como el de quienes han seguido el dogma hasta nuestros días,  no sólo es algo que saldría sobrando por conocido, sino que además es algo simplemente falso. Ese análisis contiene una generaliza­ción indebida y se presenta, naturalmente, como una falsa imputación, como lo ha hecho notar Nicol al referirse a la idea de Carnap según la cual el metafísico dice que no pueden especificarse condiciones empíricas de verdad. A esa falsa imputación "no puede eximir de culpa ni su trivialidad, ni la ignorancia que denota de la historia de la filosofía. Por otro lado, la carencia de sentido de la metafísica consistiría en que ella emplea proposiciones sin sentido, como llama Carnap a las que no son susceptibles de verificación (empírica). Aparte de que esto tampoco es cierto en todos los casos, resultaría de este criterio que la física es una ciencia sin sentido, pues emplea con frecuencia proposiciones y conceptos de alto rango a los que no corresponde ningún objeto de experiencia.  Por ejemplo, al formular el principio de inercia, Newton no tenía dato empírico de un movimiento rectilíneo y uniforme, o de un cuerpo en es­tado de reposo. O mejor dicho, esos estados eran falaces: eran simples apariencias empíricas que el principio de inercia tomaba literalmente. Más ilustrativo aún es el concepto de éter, que la física introdujo des­pués, y al cual no corresponde dato empírico alguno, falaz o verdadero. Carnap está obligado a explicar, mediante un análisis lógico del lenguaje, cómo es posible que la mecánica pudiera progresar sobre la base de tales proposiciones y conceptos "sin sentido?" El establecimiento de esta obligación es pertinente, claro está, porque no se ve de qué modo, "exclusivamente a través del análisis lógico del lenguaje” puedan resolverse cuestiones filosóficas de principio. El análisis gramatical y lógico co­mienza a quedar superado, sin asomo alguno de ganas de eliminar nada,  cuando se advierte que lo que pretende solu­cionar se ha planteado ya, y tiene que seguir planteándose, dentro del marco bien definido de las cuestiones ontológicas y epistemológicas, en suma, en los términos de la metafísica.

 

VI

La cuarta parte del escrito de Carnap. "El sentido de una proposición", presenta la exploración de proposiciones que son en reali­dad pseudoproposiciones por el hecho de ser una secuencia de palabras construida antisintácticamente y ya no meramente por incluir una pa­labra asignificativa o una secuencia semejante, bien construida sintácti­camente, de acuerdo a la sintaxis gramatical, pero mal construida según las estipulaciones de una sintaxis lógica. A falta de una sintaxis lógica, cuyas prohibiciones no son meramente de tipo gramatical sino de carác­ter lógico, es posible, según Carnap, la metafísica. Si ya se hubiera de­sarrollado una sintaxis lógica semejante la metafísica sería imposible: "en un lenguaje construido de un modo lógicamente correcto, la metafísica no podría expresarse". Pero ¿una sintaxis lógica podría soste­nerse como tal sin contraer compromisos metafísicos definidos y a la vez, con la pretensión de anular el trabajo de la metafísica? El criterio de senti­do o verificación no puede mantenerse sin la existencia de proposiciones protocolares y la legitimidad de las proposiciones de este tipo no es una cuestión meramente gramatical o meramente lógica, sino metafísica. Esta, como lo advierte el propio Heidegger, en su concepción y su interpre­tación del ser, está por debajo de la gramática occidental y su sintaxis, cuyo desarrollo se inicia precisamente con la reflexión griega sobre el len­guaje y el ser . Y la lógica, ¿podría fijar no sólo la manera de hacer pro­posiciones con sentido sino también el modo en que sería correcto plan­tear las cuestiones de la metafísica? Podría ocurrir, más bien, lo contra­rio: "que la lógica íntegra, profesada por nosotros, y tratada como un re­galo del cielo, se fundamenta sobre una muy determinada respuesta a la pregunta por el ente (o pregunta por el ser); por tanto, podría suceder que todo pensar que siga simplemente las leyes del pensamiento de la ló­gica habitual sea de antemano incapaz de comprender, desde sí mismo, la pregunta por el ente, y menos aún de desplegarla realmente y oponerle una respuesta propia" . Los ejemplos que pone Carnap de prohibi­ciones gramaticales y lógicas (el de que el tercer término de una proposi­ción no puede ser una conjunción sino un predicado, y el de que un pre­dicado de los números no puede ser negado o afirmado de una persona) no sirven para ofrecer una idea de lo que podría ser un argumento lo suficien­temente sólido para desacreditar el trabajo de la metafísica.

 

VII

Con el título de “Pseudoproposiciones metafísicas" Carnap escribe la quinta parte de su artículo para examinar algunas proposiciones de la metafísica que no son sino pseudoproposiciones debido a que violan la sintaxis lógica aunque no violan la sintaxis histórico-gramatical. Aquí el autor toma proposiciones de un texto de Heidegger titulado "¿Qué es la metafísica?" para exponer oraciones en las que aparece el tipo de errores lógicos que hacen que una secuencia de palabras carezca de sentido, y concluye, por un lado, que un metafísico, el propio Heidegger, le da la razón al admitir que sus interrogantes y sus respuestas no pueden conci­liarse con la lógica ni con la ciencia, y por otro lado, que si las proposi­ciones no tienen sentido alguno entonces ningún Dios ni ningún diablo pueden ayudarnos a obtener conocimientos a través de ellas.

Y para llegar a la idea más general de que todo sistema metafísico es­tá constituido por proposiciones que no son sino pseudoproposiciones, producto de los mismos errores lógicos en mayor o menor medida, en la sexta parte, "Carencia de sentido de toda metafísica" Carnap se limita a señalar lo que, a su juicio, son las especies más frecuentes de error lógi­co: la doble significación de la palabra ser, como cópula y como existen­cia (menciona como ejemplo, el cogito, ergo sum de Descartes), y la confusión de tipos de los conceptos (predicados referidos a objetos de una clase, referidos a objetos de una clase distinta). Y en seguida, en el orden en que expresamos, concluye Carnap lo siguiente: 1) las proposi­ciones de la metafísica son sin sentidos debido a la tareaque se propone (un conocimiento no accesible a la ciencia empírica); las proposiciones con sentido son de dos clases, analíticas (verdaderas, falsas por su mis­ma forma), o empíricas (verdaderas o falsas), y las proposiciones de la metafísica, la filosofía normativa o de valor, y las direcciones epistemoló­gicas como el realismo y el idealismo, al no pertenecer ninguno de esos dos tipos, carecen de sentido; 3) la filosofía ("científica"), como la pro­puesta por el autor del artículo, no consta de proposiciones, teorías ni sistemas, sino de un método: el del análisis lógico del lenguaje; 4) ese análisis contiene proposiciones parcialmente analíticas y parcialmente empíricas. No define claramente esta mezcla de lo formal  y lo empírico, y llega a su conclusión final: la metafísica no es sino la expresión de una actitud emotiva ante la vida. El autor se ataja a sí mismo con dos dudas específicas: si la metafísica no es sino una "mera sucesión verbal sin sen­tido", ¿por qué se han ocupado de ella, en todo tiempo, hombres y  pueblos diversos?; y además, ¿cómo es posible que ella ejerza tanta influencia en los seres humanos? "Estas dudas están  justificadas, ya que la metafísica posee un contenido —sólo que éste no es teorético. Las (pseudo) proposiciones de la metafísica no sirven para la descripción  de relaciones objetivas, ni existentes (caso en el cual serían proposiciones verdaderas), ni inexistentes (caso en el cual —por lo menos— serían pro­posiciones falsas); ellas sirven para la expresión de  actitud  emotiva ante la vida” ).

 

VIII

Si el resultado del análisis lógico del lenguaje consiste en la elimina­ción de la metafísica del campo del saber, después de haberla descubier­to como mera expresión de una actitud emotiva ante vida, la cuestión de la legitimidad del análisis mismo adquiere una importancia de primer orden. ¿Cuál es el fundamento de legitimidad de ese análisis lógico sin­táctico? ¿Podría reducirse a una mera actitud emotiva ante la vida, si no fuera posible hallar para él condiciones empíricas de verdad? Una cosa sería el decir que el criterio de verificación es falso, y otra sería el afirmar que no puede ser ni falso ni verdadero porque carece, precisamente, de esas condiciones empíricas de verdad.

La incapacidad del criterio neo positivista lógico de verificación para fundarse a sí mismo se hace evidente cuando se presentan los supuestos que están por debajo del mismo. Luis Villoro, en su trabajo acerca de la crítica del positivismo lógico a la metafísica, los presenta así: 1. Un con­cepto de la matemática como ciencia formal deducible de un sistema de axiomas establecidos por convención (de lo contrario, debería aceptarse otro criterio de validez para las matemáticas, por ejemplo: la verificación por abstracción formal); 2. Un concepto de la ciencia natural como con­junto de proposiciones que deben fundarse, en último término, en pro­posiciones 'protocolarias' (sea cual fuere la interpretación que se de a este término); 3. Un concepto de las ciencias humanas o ciencias de la cultura como disciplinas que tienen que fundarse, para ser válidas, de modo semejante al de la ciencia natural; y 4. El concepto de que las tres clases de ciencias anteriores son las únicas válidas . Pero éstos no son en realidad supuestos, en el sentido de que estuvieran por debajo, sosteniendo lo que se afirma, sino las afirmaciones mismas: las proposi­ciones son de dos clases, analíticas (verdaderas o falsas formalmente) o empíricas (verdaderas o falsas empíricamente: según lo demuestren las proposiciones primarias). Se dice que esas son las únicas ciencias váli­das, las únicas proposiciones con sentido posibles, y que quien lo dice es la única filosofía científica posible, pero ¿qué es lo que todo esto supone? Que la estructura ontológica de cualquier ente posible (no natural, divi­no, humano, incluyendo los productos humanos como la propia cien­cia), es idéntica a la de los entes naturales. En otras palabras: se supone una uniformidad ontológica en las formas de ser y de cambiar de los en­tes que conforman lo real (incluyendo lo irreal). Y esto se supone así des­de la ignorancia del trabajo de la ontología, que se ha ocupado tanto de la diferencia entre las distintas formas de ser y de cambiar; y se supone así desde la ausencia de una teoría del conocimiento: "para fundar esos conceptos, es menester una teoría y crítica del conocimiento científico previa a la adopción del criterio de verificación; por otra parte, el criterio de verificación positivista se deriva de una idea del conocimien­to científico la cual, a su vez, no deriva de ese criterio" . Si no se elabo­ra una teoría crítica de lo real, no es posible construir una teoría y una crítica del conocimiento (científico y no científico): sin ontología no hay epistemología y viceversa. Carnap pretendía superar a Kant en su crítica a la metafísica, pues iba a eliminarla sin metafísica: con pura lógica. Pero la metafísica sólo puede eliminarse con metafísica, es decir, no puede eli­minarse. Por esta razón nace el dilema: "si el criterio de verificación se deriva del análisis del lenguaje, sin una previa teoría de las condiciones de todo conocimiento válido, tiene que establecerse por definición; pero entonces no puede decidir de la validez de los enunciados metafísicos. Por el contrario, si el criterio de verificación se deriva de una teoría de las condiciones de todo conocimiento válido, puede decidir de la validez del conocimiento metafísico; pero entonces debe renunciar a eliminar la metafísica por el mero análisis lingüístico" .

 

IX

La metafísica no se puede eliminar sino mediante la metafísica. Esto quiere decir que unas propuestas en torno a lo real y al conocimiento no pueden eliminarse sino a través de otras propuestas del mismo género. Entonces, hay que echar mano de la metafísica para "superar" y para se­guir haciendo metafísica. Pero ¿este echar mano de la metafísica es algo más que un mero diálogo con esa instancia que la niega? ¿Ese diálogo de la metafísica con la filosofía que la niega lo lleva a cabo sólo para existir como tal, a sabiendas de que al no hacerla se quedaría en escasez de ra­zones para ser? ¿Esa instancia negadora, a su vez, no hace otra cosa sino existir en ese acto de negación? ¿De verdad es "vana arrogancia" la del analítico, pues no ha superado la metafísica ni puede superarla y des­truirla sin superarse y destruirse a sí mismo? ¿De veras es "vana lágrima" la del metafísico, pues la llamada filosofía analítica no le quita terreno y más bien se lo concede, como terreno de exclusión? En realidad no basta con que una de las dos partes se calle para que la otra deje de ser lo que es. La necesidad de dar razón de lo real (y por tanto, la de dar razón de la manera en que pretendemos hacerla), es precisamente eso: una necesi­dad que no se reduce a un mero juego de posibilidades lógicas de afirma­ciones y negaciones. Eugenio Trías, en La filosofía y su sombra, afirma que el positivismo lógico, como filosofía analítica poco sofisticada, no ha superado a la metafísica, y que no podía hacerlo, puesto que él mismo la ha inventado. ¿"Qué ocurriría si, a la postre, se aniquilara la metafísica? Ya no sería posible demarcar al modo neopositivista, no sería posible consumar ese gesto ritual: el positivismo lógico y sus secuelas desapare­cerían" . Y así, en una mutua necesidad, sería efectivamente vana arrogancia la del analítico y vana lágrima la del metafísico. Pero en La aventura filosófica en un tono nietzscheano, el profesor español recupera claramente la conciencia de la necesidad de una episteme trágica en torno a la cuestión del ser en cuanto ser (como "gozne o límite" que hace posible la funda­ción y presuposición del ente y su posibilidad de desbordarse y exceder­se como verdadera filosofía, frente a la cual, por considerarla no más que una ociosa búsqueda, colocan un "semáforo siempre en rojo" (para evitar todo exceso metafísico u ontológico) toda clase de epistemologis­mos, positivismos, neopositivismos o empirismos escépticos. El hombre, en su aventura filosófica, se desdobla en dos sujetos "en un sujeto es­céptico y empirista (positivista) que ríe y se carcajea de todos estos 'cas­tillos en el aire' o de toda esta edificación 'sobre arena' y un sujeto 'meta­físico' que no puede menos que señalar la ambigüedad y la ambivalencia de esa 'casilla vacía' que sobresale en relación al límite de lenguaje y mundo. Ambos, pues, se enzarzan en diálogo polémico y acaban por neutralizarse. Uno, el sujeto metafísico, encarna la experiencia trágica de la filosofía, polarizada por el enigma de todo cuanto desborda, empinada hacia ese enigma, encaramada en el límite, en el borde mismo del cerco. Otro, el sujeto escéptico y empirista, personifica la experiencia cómica o 'de comedia', la consciencia desmitificadora, plebeya, democrática y 'burguesa' de la filosofía, que quiere siempre, como Sócrates, dejar de lado la orientación exclusiva referida a 'las cosas del cielo' con el fin de fi­jar la atención en los asuntos de la vida en común, privada y pública, y de los usos correctos o incorrectos de nombres, definiciones y proposicio­nes lingüísticas" . Y efectivamente, si el diálogo es polémico se anula como diálogo y todo queda neutralizado, aunque haya mucha transmi­sión de mensajes; y ciertamente, la aventura filosófica sigue siendo una aventura, que no arbitraria y anárquica, y sigue siendo filosófica si no se estanca en los usos y abusos del lenguaje.

 

X

Los reproches lógico-sintácticos de Carnap a Heidegger se con­centran en unos enunciados de su conferencia "¿Qué es metafísica?". Después de citar unas líneas del texto de la conferencia de Heidegger, Carnap elabora un esquema para mostrar las deficiencias lógicas de las pseudo proposiciones de la metafísica heideggeriana. Lo primero que lla­ma la atención es el hecho de que si efectivamente esas proposiciones no tuvieran sentido no habrían podido referirse a ellas quienes han entra­do en diálogo con Heidegger rechazando o aceptando sus propuestas, expresa o tácitamente. Por ejemplo: "La cuestión puede plantearse, en estos términos: si la negación, como estructura de la proposición judica­tiva, está en el origen de la nada, o si, al contrario, esta nada, como estructura de lo real, es el origen y fundamento de la negación. Así, el problema del ser nos ha remitido al de la interrogación como actitud hu­mana, y el problema de la interrogación nos remite al del ser de la nega­ción"; "La condición necesaria para que sea posible decir no es que el no-ser sea una presencia perpetua, en nosotros y fuera de nosotros; es que la nada infeste el ser" (Jean-Paul Sartre: El ser y la nada, primera parte, capítulo primero, I y 11). O en un diálogo más reciente con Heideg­ger: "En el discurso de la razón se producen efectivamente las contradic­ciones. Pero esto no se debe a que en el ente mismo coexistan los contradictorios. Coexisten los opuestos, y de su propia coexistencia se infiere que no son contradictorios, sino compatibles. Esto significa que la negación lógica no tiene por fundamento la negación ontológica. El fun­damento real es positivo, lo mismo en la afirmación que en la negación. Todavía Heidegger coincide en cierto modo con Hegel, cuando afirma en ¿Qué es metafísica? que “la Nada no se funda en la negación, sino al revés”; que “la Nada es más originaria que el no y que la negación”. Poco importa entonces que esta Nada originaria está fuera del alcance de la razón, en vez de ser, como en Hegel, fundamento de la Lógica. Lo decisivo, y co­mún a ambos autores, es la negatividad del no" (Eduardo Nicol, Crítica de la razón simbólica, 34). Entonces habría que decir: lo decisivo, pues, no tiene que ver con supuestas proposiciones sin sentido.

El reproche lógico de Carnap se reduce a señalar, por un lado, que Heidegger utiliza la palabra nada como sustantivo, y por otro lado, que él se contradice al usar el término para hablar de la existencia de algo, exis­tencia que precisamente queda negada por su propia definición. En este punto ni siquiera se alude directamente a la cuestión principal de una ca­rencia de sentido motivada por una ausencia de notas empíricas del "ob­jeto" del que se habla. Así aparece ante nuestra vista el hecho de que el análisis lógico del lenguaje, respecto al propio saber de la metafísica, re­sulta superfluo . Desde 1907, en La evolución creadora Bergson de­nuncia la imposibilidad de la nada y el uso incorrecto de este pseudo concepto en la investigación filosófica: "Si pudiéramos demostrar que la idea de la nada, en el sentido en que la tomamos cuando la oponemos a la de existencia, es una pseudo idea, los problemas que en torno a ella suscita se convertirían en pseudo problemas" . Para Bergson la nada es una simple palabra, una idea “destructiva de sí misma”, que no puede usarse, por tanto, como sustantivo. El problema de la nada tiene que ver efectivamente con el de la negación: “Pues bien, después de haber evo­cado la representación de un objeto y por ello mismo, si queréis, de ha­berlo supuesto como existente, sencillamente añadiremos a nuestra afir­mación un 'no', y eso bastará para que lo pensemos como inexistente. Es ésa una operación completamente intelectual, independiente de lo que suceda fuera del espíritu" ... Pero lo que sucede, o hay, fuera del espíritu no incluye eso que las afirmaciones y las negaciones intelec­tuales hacen aparecer como ideas. Por consiguiente, la metafísica, en su búsqueda del ser en cuanto tal, debe prescindir de la idea de nada: "Si para llegar a la idea del Ser, se pasa (consciente o inconscientemente) por la idea de la nada, el Ser al que se llega es una esencia lógica o mate­mática, intemporal en su origen. Y desde ese momento se impone un concepto estático de lo real; todo parece, en él, dado de una sola vez en la eternidad. Mas hay que habituarse a pensar el Ser directamente, sin dar ningún rodeo, sin dirigirse primero al fantasma de la nada, que se in­terpone entre el Ser y nosotros" . Y Heidegger, precisamente para "pensar el Ser directamente", consideró indispensable, sin embargo, agregar la idea de nada para que la pregunta por el ser pudiera formular­se correctamente: "¿Por qué es en general el ente y no más bien la nada?". Según él, el añadido de la nada no es algo superfluo sino algo fundamental para que la pregunta por el ser no quede atrapada en res­puestas que sólo sirven para dar razón de los entes. La filosofía, en todo caso, sabe más de la nada de lo que había sospechado o imaginado Carnap, y la supe­ración de ese concepto podría llevarse a cabo, quizá, sólo mediante una metafísica crítica de la ontología de Parménides, Hegel y Heidegger, más con la ayuda de Bergson y Nicol, por ejemplo, que del análisis lógico del lenguaje.

Carnap se mostró muy sorprendido de que en el propio texto de Heidegger se pusiera en duda la capacidad de la lógica para decidir las cuestiones fundamentales de la metafísica, e incluyó en su artículo un pasaje de la conferencia mencionada donde se dice por qué razón se po­ne en duda la soberanía absoluta de la lógica: "Cuando el poder del en­tendimiento es quebrantado de tal manera en el campo de las preguntas acerca de la Nada y el Ser, entonces también se ha decidido con ello el destino del dominio de la 'lógica' dentro de la filosofía. La idea de la 'lógica' misma se disuelve en el torbellino de un preguntar más originario" . Su sorpresa fue tan grande que no alcanzó a ver que el pensamiento de Heidegger no podía quedar desacreditado sólo con la lectura de un párrafo suyo en torno al carácter y el destino de la lógica dentro de la in­vestigación filosófica fundamental, y no creyó que fuera necesario pen­sar en serio las afirmaciones heideggerianas en relación con el principio de no contradicción, la idea de la lógica y la idea de la ciencia.

El juicio final podía emitirse sin mayores consideraciones: "Aquí hallamos una buena confirmación de nuestra tesis: un metafísico llega por sí mismo a la conclusión de que sus interrogantes y respuestas son irreconciliables con la lógica y con las formas del pensamiento de la cien­cia". Por tanto: "Ahora aparece claramente la diferencia entre nuestros puntos de vista y los de antimetafísicos precedentes; nosotros no consi­deramos a la metafísica como una "mera quimera" o "un cuento de ha­das". Las proposiciones de los cuentos de hadas no entran en conflicto con la lógica sino sólo con la experiencia; tienen pleno sentido aunque sean falsas. La metafísica no es tampoco una 'superstición', es perfecta­mente posible creer tanto en proposiciones verdaderas como en proposi­ciones falsas, pero no es posible creer en secuencias de palabras caren­tes de sentido" .

Heidegger había planteado la cuestión relativa al destino del dominio de la lógica dentro de la filosofía, y había puesto ese destino en relación con las preguntas por el ser y por la nada. Carnap, sin atreverse a consi­derar la cuestión directamente, la ataja indirectamente, haciendo un es­fuerzo lógico por demostrar que las proposiciones de la metafísica care­cen de sentido . Si hubiera podido demostrar que eso es así, entonces la metafísica habría quedado superada por medio del análisis lógico del lenguaje, y ya no hubiera habido necesidad de atender la cuestión del destino del dominio de la lógica dentro de la investigación filosófica. Heidegger supo que esta era una posibilidad real: "Quien hable contra la lógica, tácita o expresamente, se hará sospechoso de arbitrariedad. Se puede lanzar esta mera sospecha como fundamento de prueba y obje­ción, y tener por superada toda reflexión ulterior y propiamente dicha" . Heidegger sabía que a su propuesta se le juzgaría injustamen­te dentro de la legalidad de la lógica: "Cuando se invocan el principio de contradicción y la lógica en general para probar que todo pensar y hablar acerca de la nada es contradictorio y, por eso mismo, sin sentido, sólo se logra, en verdad, una apariencia de rigor y cientificidad. 'La lógica' rige en estos casos como un tribunal asegurado desde la eternidad, de cuyas atribuciones, naturalmente, ningún hombre razonable dudaría, puesto que constituye la primera y última instancia en la administración de la justicia" . Heidegger, en su Introducción a la metafísica, que recoge el texto de un curso de verano de 1935, da testimonio de que estaba ente­rado del dictamen de Carnap: "Quien habla de la nada, no sabe lo que hace. Quien habla de la nada, al hacerlo, la hace algo. Al hablar, habla contra lo que piensa. Se contra-dice a sí mismo. Un decir que se contra­dice, contraviene la regla fundamental del decir (logos), contraviene a la 'lógica'. Hablar de la nada es ilógico. El hombre que habla y piensa de modo ilógico carece de saber científico. Dentro de la filosofía, donde la lógica tiene ubicación, a quien hable acerca de la nada, le corresponde más rudamente el reproche de contravenir la regla fundamental de todo pensar. Semejante hablar de la nada consiste en puras proposiciones sin sentido . Además, quien la considere con seriedad, se pondrá en favor de lo negativo. Manifiestamente favorece el espíritu de negación y sirve a la destrucción. Hablar de la nada no sólo es por completo contrario al pensamiento, sino que socava toda cultura y toda fe. Aquello que desprecia al pensamiento en su ley fundamental y que, al mismo tiempo, destruye la voluntad constructiva y la fe, es puro nihilismo".

Carnap, en cambio, no quiso enterarse de la propuesta del pensa­miento de Heidegger: "Cuando el poder del entendimiento es quebranta­do de tal manera en el campo de las preguntas acerca de la Nada y el Ser, entonces también se ha decidido con ello el destino del dominio de la 'lógica' dentro de la filosofía. La idea de la 'lógica' misma se disuelve en el torbellino de un preguntar más originario". Esto significa que, co­mo hemos dicho, para eliminar a la metafísica no es suficiente el análisis lógico del lenguaje; pero también significa que si Heidegger está en lo cierto la metafísica basta para superar ese análisis y para disolver a la ló­gica ("que no es sino una interpretación de la esencia del pensamiento, aquella que precisamente descansa, como la palabra ya lo indica, sobre la experiencia del ser alcanzada en el pensamiento griego", "lógica" res­pecto a la cual la logística no puede ser considerada sino como la "dege­neración natural" en ese torbellino originado por las preguntas en torno al ser y a la nada.

¿Entonces? ¿Qué con las perplejidades y los desprecios al trabajo in­sistentemente cuestionador de la metafísica? "Los obstáculos para la in­teligencia de la conferencia son de dos tipos. Unos nacen de los enigmas que se ocultan en el dominio de lo que aquí es pensado. Los otros surgen de la incapacidad, frecuentemente también de la falta de voluntad para el pensar. En el dominio del cuestionar pensante pueden servir a veces per­plejidades pasajeras, y sin duda alguna, aquellas que son objeto de un examen atento. Los burdos desprecios dan también algún fruto, incluso cuando son proferidos en la violencia de una polémica ciega" . ¿Y qué puede hacerse con esto? Mantener la paz en la serenidad: "El reflexionar debe solamente llevar todo a la serenidad de la meditación longáni­ma" . En esa serenidad, en la reflexión y en la vida, puede concentrar sus fuerzas la insistencia del cuestionar: la insistencia de la metafísica. Con el análisis del lenguaje no fue posible, evidentemente, la superación de la metafísica; con la insistencia de Heidegger en la cuestión del ser, incluyendo la de la nada, pudimos volver a pensar el inicio (griego) de la metafísica: y así había llegado, al parecer, el comienzo (nuevo) de la metafísica.


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