La fuerza de las ideas

 

 juan manuel silva camarena
1989

Estudios, Instituto Tecnológico Autónomo de México, 17 (1989), 77-84.

 

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Sin ideas no se puede vivir. Y hay ideas que nos cuestan la vida. Así, es muy lógico pensar que existe un vínculo demasiado íntimo entre las ideas y la vida; por tanto, nos parece enteramente evi­dente el sentido de expresiones tales como "vivir para las ideas" o “ideas para vivir mejor". El mundo de las ideas tiene más que ver con el mundo real de lo que estamos dispuestos a aceptar; Eros y Pólemos dan vida a las ideas: por eso se las puede amar y se puede luchar por ellas.

¿Quién no estaría dispuesto a luchar por ideas para vivir mejor? Pero, ¿quién quisiera dedicarse tanto a las ideas que ya no tuviera tiempo para vivir? Nadie quisiera vivir como aquél que por ir aumentando paulatinamente las horas y los minutos que dedica a consignar los hechos de su vida llega al momento en que, ocupado todo el día en la descripción de tales eventos, ya no tiene tiempo para vivir. Ya saben lo que le pasa: después de haber renunciado a muchas ocupaciones inútiles o triviales, a muchos quehaceres y ratos de ocio con el fin de disponer de todo el tiem­po posible para platicarle cosas a su diario, resulta que ya no tiene nada real que pueda contar a su interlocutor de papel, y entonces recurre a la fuente inagotable del pensamiento y la fantasía, y solamente le quedan ideas que son sólo eso: meras ideas.

 

2

Otra cosa es vivir la vida dedicado al cultivo de las ideas, como quien vive la suya entregado al cultivo del campo. Porque las i­deas se pueden cultivar: es posible sembrarlas, lo saben bien los maestros;  y es posible cosecharlas,  lo sabemos bien todos. Los filósofos son hombres de ideas, buscadores de la verdad que crean ideas para entender bien, para comprender bien las ideas, el cosmos, la vida. En el mundo de los negocios también hay hombres de ideas; y los hay en la política y en todas partes, que inventan ideas y las usan. Las ideologías, por ejemplo, ponen a disposición de los usuarios ideas para compartir ideas y hechos en relación con el poder; y los sofistas las ponen en venta para quienes quieren utilizarlas para convencer mejor, pronto y provechosamente. Los diccionarios de la lengua y los de especialidades están llenos de ideas, y también pueden hallarse ideas en los periódicos.

El mundo está repleto de ideas. Y sin embargo, pocas ideas bas­tan para vivir, y de esas pocas, sólo algunas son necesarias para vivir bien de veras. No hay que tomar en serio las explicaciones de los biólogos que quieren dar razón de la vida en términos de estímulos y reacciones, y ahora, de estructuras genéticas. La nuestra se vive con ideas; y cuando está bien vivida se vive mediante ideas que solemos llamar principios.

Pero las ideas que más circulan son aquellas que pueden usarse más fácilmente. Porque las ideas, en efecto, pueden usarse, como se usan las bicicletas o los trastes para cocinar. Y algunas caen en desuso después de que han pasado de moda. Sí, las ideas se ponen de moda cuando sirven para vestir de actualidad nuestras conversaciones o para ser aceptado en ciertos círculos de intelec­tuales. Una idea démodée es la que ya no sirve para el com­promiso (engagé) actual; una old fashioned idea es una idea tan an­tigua que sólo le hace gracia a los anticuarios de las ideas. Los hay. Pero así como hay modas que vuelven a estar de moda, del mismo modo hay ideas que, a pesar de ser muy viejas, quienes las usan dan la impresión de haberlas inventado hace tres o cuatro minutos. Hay las grandes ideas y las pequeñas, las muy finas y las de presentación económica. Porque hay ideas que se cotizan muy alto en el mercado de las cosas pensadas, siempre y cuando se traiga a cuento aquello del "patrimonio univer­sal de los hombres". Y también hay ideas para coleccionistas (por­que las ideas se pueden coleccionar, como en los diccionarios, o en las mentes eruditas).

Las ideas también pueden tenerse o abandonarse, conquistarse o perderse. Pero no se es más simplemente por tener más ideas. Y tampoco se es necesariamente mejor cuando se poseen las mejores ideas. No nace un filósofo cuando alguien se aprende de memoria un diccionario de filosofía, como no hay modo de que un ser humano se convierta en un verdadero hombre de fe al memorizar mecánicamente algunos o todos los versículos de la Biblia. No se vive mejor cuando se han leído muchas teorías acer­ca de la vida, y en modo alguno se ama auténticamente cuando se han leído las mejores novelas de amor o la mayoría de los poemas eróticos. Es cosa, pues, de darse cuenta de que no siempre las ideas se dejan de usar. Por esa razón, no se es necesariamente sabio cuando se sabe muy bien lo que está escrito en las enciclopedias, o cuando se está muy al tanto de las publicaciones recientes.

 

3

Cualquiera nos podría hacer esta pregunta: "Usted, ¿qué puede hacer con sus ideas?" Y a pesar de que no dejaríamos de ex­perimentar cierta sorpresa, nos las arreglaríamos para contestar algo más o menos coherente, ingenioso. Pero la situación es muy distinta si nos plantean cuestiones como ésta: "Usted, que seguramente se ha formado una buena idea de sí mismo, ¿qué ventaja obtiene con ella? ¿Cuál es la idea que tiene usted de su propia vida? ¿Acaso le sirve para vivir mejor?"

Las ideas sirven para hacer cosas, o para comprenderlas. Para inventarlas cuando no existen o para hacer algo con ellas. También son útiles, pues, para hacerse una idea de uno mismo; y sin ésta no podríamos vivir. Esto es lo que conviene no perder de vista: que no podemos vivir sin una idea de lo que somos, de quiénes y cómo somos. Sócrates descubrió desde hace mucho tiempo que la vida no vale la pena de ser vivida sin una constante reflexión acerca de lo que son las cosas, y sobre todo, acerca de lo que somos nosotros mismos. Las ideas, entonces, pueden ser algo de mucha utilidad.

La gente puede pasarse toda la vida sin imaginarse siquiera de qué modo responden los filósofos cuando se plantea la pregunta: "¿qué es el hombre?" Pero son incapaces de vivir sin aferrarse a una idea de lo que son. Las piedras y los animales, las cosas en general, están ahí o allá, sin experimentar jamás una necesidad semejante. Ser hombre consiste, entre otras cosas, en ser alguien que tiene, por necesidad, una idea de sí mismo. No hay elección posible: si se es un ser humano se tiene que tener una idea de lo que significa ser hombre, y especialmente, del significado y sentido de la propia existencia. Y sin embargo, muy a menudo gastamos más energía espiritual en averiguar lo que son las cosas que en mirar detenida­mente las líneas de nuestra cara o las de la palma de la mano. Así son las cosas; así somos nosotros. ¿O más bien así son las ideas a las que nos hemos acostumbrado?

Tal vez nos acostumbramos a no preguntar por lo que somos porque eso ya lo sabemos todos. O cuando menos, creemos que lo sabemos. Pero es cierto: no nos interrogamos a nosotros mismos acerca de lo que somos porque eso es algo evi­dente. Veámoslo así; es obvio lo que yo soy, lo que es él, lo que somos todos. Lo que siempre resta por averiguar es quién es ese que ya sabemos lo que es.

¿Y quién soy yo, que ya sé lo que soy? Pues para empezar, al­guien que necesita saberlo. Necesito saber quién soy para andar por aquí, en las calles de las ciudades, en los caminos del campo, no digamos ya que para vivir como yo quiero vivir, sino para vivir siquiera como alguien. Nosotros somos seres a los que les es menester vivir como alguien. Tengo que formarme la idea de quién es ese que soy yo mismo, de quién es —y cómo es— ese alguien que necesito ser. Y a la idea de quién es ese alguien que soy, y sobre todo, de quién he sido, debo agregarle la de ese que quiero llegar a ser y todavía no soy. Son, pues, muchas ideas las que es preciso tener para vivir.

 

4

Hay ideas sencillas y las hay muy complejas. A veces hay muchas y a veces hay muy pocas. En ocasiones se trata de una sola idea de composición muy compleja. Pero en todo caso la idea que ex­presa lo que somos, y a la vez, hace posible que seamos lo que somos, es una idea muy peculiar. Idea que es más bien un acto, acción que se convierte en ideal. Con ideas y actos expresamos lo que somos. Una idea es la representación que en el pensamien­to nos formamos acerca de algo. Y de acuerdo con esto parecería que las ideas son algo exterior a nosotros mismos, que la idea que nos formamos de nosotros mismos y la que los demás tienen acer­ca de nuestro propio ser serían algo distinto de lo que realmente somos. Y además, como creemos más en los actos que en las palabras (porque dicen que a éstas se las lleva el viento), diríamos también que ellas, y el lenguaje mismo mediante el que las comunicamos, no son sino eso: medios de comunicación. Sin embargo, estas aparentes evidencias de las ideas del sentido común pueden ponerse en cuestión... con otras ideas, y ya los griegos comenzaron a hacerlo. Hace tiempo. En uno de los diálogos de Platón, el Protágoras,  Sócrates muestra a Hipócrates cómo los sofistas no son sino comerciantes o tenderos que venden ideas que supuestamente nutren el alma. Y le acon­seja, además, que no se deje engañar por los elogios que los sofis­tas hacen de su mercancía (mal llamada ciencia) al ofrecerla a los consumidores: "...amigo mío ―dice el maestro de Platón― cuida mucho no vayas a jugarte a los dados el bien más preciado que tienes. El riesgo que se corre es mucho mayor cuando uno compra ciencia que cuan­do se compran alimentos. Porque lo que se come y lo que se bebe, al comprarlo al tendero o al comerciante, puede llevárselo uno en una vasija distinta y, antes de beberlo o de comerlo, puede uno dejarlo en casa, llamar a los conocedores de aquello, pedirles con­sejo y saber por ellos lo que es comestible y lo que no lo es, lo que es y lo que no es potable, en qué cantidades lo es y en qué momen­tos; de manera que esa compra importa pocos riesgos. Pero la ciencia no se la lleva uno en una vasija: una vez pagado su precio, es preciso llevársela en uno mismo, ponerla en la propia alma, y así, cuando uno se va, el bien o el mal están ya hechos." Las ideas —las científicas y las que no lo son— las llevamos en nosotros mis­mos; y sobre todo, las ponemos en nuestra propia alma, forman parte de ella, cuando se trata de las ideas de lo que somos, de nuestro propio ser. Podríamos decirlo así: dime cuál es la idea que tienes de ti mismo, y te diré quién eres. Todos los medios de ex­presión no son sino finos hilos del alma a través de los cuales decimos al otro, y a nosotros mismos, lo que somos. Y esto es posible justamente porque esos mal llamados "medios" son más bien parte de lo que somos. Las ideas, pues, forman parte de nuestro ser.

Así, pues, se puede afirmar que el hombre vive su vida según las ideas que tiene, y por eso la psicología y la psiquiatría saben bien que los trastornos psicológicos tienen relación con ciertas ideas. En relación con ciertas ideas se curan. Las ideas nos habitan. Damos vida, como actores de la vida, a ciertas ideas. En y por la palabra somos lo que somos. Las ideas que formamos acerca de nuestro propio ser son, a la vez, ideas que nos hacen ser lo que somos. Hay, por tanto, ideas que sirven para ser, e ideas que hacen daño, ideas que no sirven para nada.  Existen igualmente ideas que se pueden sentir: las ideas que tienen que ver con lo que somos se las puede sentir (entrañablemente). Ideas consistentes, ideas desechables.

 

5

Hay ideas que cambian la vida. Es cierto que la vida no puede sustituirse por una idea. La vida no es canjeable por una teoría de la vida, y el amor tampoco equivale a un poema de amor. Pero no hay vida posible sin ideas para vivir. Esto, naturalmente, es lo natural. Digámoslo mejor así: es lo normal. Existen ideas anormales, por falta de lógica. Ideas que padecen contradicciones, que soportan fallas de sintaxis, que son secuestradas y pasan a segundo plano, ideas manifiestas que someten a las ideas latentes. 

Pero, ¿cuál es la conexión normal entre lo que pensamos, entre nuestras ideas ―no nos complicaremos ahora con la idea de saber si en verdad son nuestras o no―, y la manera en que vivimos nuestra vida? Hay ideas canónicas. Y como todo lo que tiene una norma presenta sus propias anomalías, ¿cuándo y bajo qué circunstancias podemos detectar una relación patológica, anormal, entre la vida y las ideas, entre nuestra vida y nuestras ideas? Cuando hablamos de estas cosas el peligro que hay que evitar a toda costa es el de la simplificación y la generalización sin fundamento, que nos haría decir que toda nuestra existencia se puede reducir a un conjunto de actos motivados por cierta dosis de ideas. Y en modo alguno es menor la amenaza que se cierne sobre nosotros mediante la idea que nos hace creer que la realidad de nuestra vida no tiene nada que ver con la idealidad de esas cosas meramente pen­sadas que llamamos ideas.

En la frase a que hemos venidos a parar —"ideas para vivir"—  ­hay un punto que puede jugar el papel de un puente: el de la posesión. Lo que poseemos es lo que es nuestro. Lo abstracto de esa frase se torna entonces en algo concreto, pues se trata de la relación que pueda haber entre mi vida y mis ideas. Esa relación, normal o enferma, es la relación entre dos cosas que son de mi propiedad. Son de mi propiedad en un sentido parecido a ese en el que digo que mi alma y mi cuerpo son mi alma y mi cuerpo. Ahora bien, no vamos a entrar en la complicada cuestión del dualismo y en la alternativa propuesta por el monismo ontológico. Todos sabemos que cuando decimos mi alma y mi cuerpo podemos también usar otras expresiones para dar a entender que soy alma y soy cuerpo, sin que se altere en modo alguno lo que quiero decir, lo que deseo comunicar,  aunque se alteren las cuestiones filosóficas. Cuando en lugar de decir que me duele el estómago digo que estoy enfermo del estómago; cuando a alguien a quien amo le digo que la quiero con toda mi alma en lugar de decirle que la quiero yo y la quiere mi alma, no pasa sustancialmente nada. Pues bien, tam­poco pasa nada en el nivel de las esencias cuando dejo de pensar en mis ideas y en mi vida como algo que tengo y comienzo a pen­sarlas como algo que soy yo mismo.

No debemos pensar que, además de nuestro ser, tenemos las ideas que nos hemos formado acerca de nosotros mismos, y en una desconexión tal que a estas últimas pudiéramos usarlas y cambiarlas más o menos caprichosamente. Eduardo Nicol ha dicho que somos lo que expresamos. Y también somos lo que pen­samos que somos en nuestras ideas acerca de nuestro propio ser, independientemente de la corrección o incorrección en la repre­sentación. Cosa curiosa: cuando no sé decir exactamente quién soy, también ese "no saber decir exactamente quién soy” es parte de lo que soy y no puedo atrapar con mis palabras. Consejo muy sabio: no podemos derrochar nuestras ideas sin correr el riesgo de malbaratar nuestra vida.

6

Hubo alguna vez entre los paganos la creencia de que la suerte de los in­dividuos se debía a unas palabras que pronunciaban los dioses (las Parcas) en el momento en que nacía el niño o la niña. Los dicta (las "cosas dichas") se convirtieron así en el fatum ("hado"), que es un participio de fari ("decir, hablar") en el sentido de suerte o des­tino. Por otro lado, con el psicoanálisis nació la creencia de que lo que pasa al individuo en los primeros años de vida decidirá en gran medida lo que le pasará en su vida futura. Pues bien, si mitológicamente el nacimiento es destino, y psicoanalíticamente la infan­cia es igualmente destino, ¿por qué no podríamos creer que en gran parte la dicha ("suerte feliz") depende de nuestras ideas para vivir y de nuestros ideales de vida? ¿Y por qué no podríamos decir que las ideas para vivir bien son siempre bellas ideas, aunque no siempre podamos disfrutar de una bella versión de ellas, como cuando aparecen bellamente dichas por quienes tienen el don de la palabra? La belleza y el bien de algún modo van juntos. Las ideas están hechas de palabras; hay palabras repletas de ideas. También hay palabras vacías.  La armonía entre palabra e idea es algo sublime. Lo que no muestra gracia alguna es el uso de ideas para la manipulación de la gente. Adoctrinar es inculcar ideas. Pero Sócrates descubrió que es mejor gestarlas mediante interrogaciones.

Ni las personas ni las ideas para la vida pueden usarse simple­mente como meros "medios para" sin que ocurran cosas graves en nuestra existencia. Las ideas son fuerzas vivas que forman parte de nuestro ser, fuerzas para ser, y por ese motivo es preciso dedicar nuestros mejores esfuerzos a evitar, a toda costa, que podamos caer en la tentación de "jugar a los dados" ―Fausto habla de vender el alma― nuestro bien más preciado (adop­tando ideas frívolas acerca de nuestra propia vida, compartiendo ideas acerca de la vida que no corresponden a lo que somos y queremos llegar a ser, haciendo nuestras las ideas de moda que no expresan sino intereses de personas o grupos, dejándonos vivir sin ideas propias ―como lo exige la propiedad de nuestro ser o nuestra individualidad―, conformándonos con una vida sin ideas, viviendo más de acuerdo con las ajenas que con las propias, etcétera).

Vivir por vivir, simplemente subsistir o ir pasando la vida, nada más dejándola pasar, sin hacer nada por vivirla de acuerdo con la idea que tenemos una vida que vale la pena ser vivida, es estar más cerca de la muerte que de la vida. La relación normal entre la vida y las ideas para vivirla es la que se establece bajo el signo de la vida; por el contrario, cualquier relación entre las ideas para vivir y la vida coloreada por el tono gris de la muerte o la destruc­ción no es sino enfermedad de la vida, anomalía vital. El gusto por la vida hay que pagarlo ―siempre es bueno pagar lo que se debe― con repugnancia por la muerte, la agresión y la destrucción. La fuerza de las ideas, que es la fuerza de nuestro propio ser, con la que podemos construir nuestra vida, se vuelve sólo poder de destrucción cuando está al servicio de la muerte. La vida es Eros, y como tal, tiene que despreciar, desdeñar a Tánatos. La vida es fuerza, y la fuerza de las ideas, que es infinitamente mayor que la fuerza de nuestros puños o el poder de las metralletas, se multiplica ilimitadamente cuando es la fuerza misma de las ideas que sirven para vivir, para vivir bien.  Y si esto fuera sólo una idea, una "mera" idea, entonces tendríamos que decir: ¡que vivan las ideas!

 


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