Ser joven: desear ser

juan manuel silva camarena

1989

Diario Ambiente Universitario
México, I,  marzo (1989), 1 y 12.

 

A los jóvenes les pasa algo. ¿Qué les sucede? Tal vez lo que les pasa a los jóvenes sea algo que no ha sido pensado suficientemente ni por jóvenes ni por viejos. En todo caso, he aquí una cuestión: comprender la juventud, ¿es una tarea de jóvenes o de ancianos? Seguro que no es un asunto que se pueda afrontar sólo pensando.

Definitivamente la juventud es algo que se vive. Después se puede recordar, analizar, anhelar… Ahora bien:¿qué les pasa a los jóvenes cuando les toca vivir eso, la juventud? Ser joven es algo que no tiene que ver con fechas ni cumpleaños. Se experimenta por primera vez cuando se tiene poca edad. Se trata de un a experiencia fundamental que nos prepara para las experiencias de la vida, pues nos enseña que nuestra existencia se teje experiencia tras experiencia.  La juventud no es un fenómeno de frescura biológica y espiritualidad crédula y tímida,  sino de expansión ontológica.  Tan fuerte, que supera el pavor de abrir la puerta de un auto a toda velocidad y saltar sin poder evitarlo. No hay como ser joven para saber qué es eso de ser joven. Se desean asideros, cosas que puedan apuntalar o sostener nuestra vida y al mismo tiempo se rechazan los apoyos creyendo que nos hacen menos cuando a toda costa necesitamos  ser más.

La juventud es algo que nos pasa a los seres humanos. Todo mundo parece saberlo, sencillamente es algo que pasa. Es algo natural. Lo que no es natural es lo que la sociedad a veces quiere hacer con los jóvenes o con los viejos. A aquéllos les da todo o se los quita todo, los toma mucho en cuenta o los margina por completo; a éstos los convierte en jubilados de la vida, porque ya no trabajan, y los guarda, los esconde o los atiende si adoptan una actitud parecida  a la de un pordiosero.

La juventud, pues, es algo que nos pasa. Y mientras no pasa, aguantamos mucho, podemos sufrir mucho, y podemos ser muy felices. Durante la vida nos pasan muchas cosas. Lo sabemos todos, no necesitamos enseñárselo a nadie ni aprenderlo de nadie. Es algo evidente de suyo. Pero, ¿qué es lo que pasa, cuando pasa la juventud?

Cuando la juventud aparece nos encontramos, sin quererlo, en el inicio de ese momento de nuestra existencia en el que claramente necesitamos ser. La necesidad ontológica es permanente, pero en la juventud se vuelve algo tan característico que podemos identificar una cosa con la otra. En ese estado podemos continuar, y cuando casi nos hemos acostumbrado a ella de pronto podemos descubrir, en una nueva imagen de nosotros mismos —captada casi siempre en la expresión de los demás o en algún espejo—, algo que nos indica que nos estamos haciendo viejos, que ya no somos como éramos, que la pura vejez y la senilidad, más pronto o más  tarde, se acercan. Y resulta que cuando nos volvemos viejos no sabemos qué es eso en lo que nos hemos convertido, del mismo modo en que durante gran parte de nuestra vida ignoramos la naturaleza de nuestra juventud.

De todas las cosas que existen en el universo los seres humanos somos los únicos a los que siempre les pasa algo. Para nosotros vivir es estar siempre esperando que suceda algo, que nos pase algo. Nos pasamos la vida viviendo lo que nos pasa, y lo que hacemos frente a ello, contándolo y dándole vueltas, y así hacemos que pasen nuevas cosas en nuestra propia vida y en la de los demás.

Es impresionante esto: durante todo el tiempo en el que una planta nace, se desarrolla y muere, nunca le pasa algo. Lo mismo sucede en la vida de los animales. No le pasa nada porque su nacimiento, su desenvolvimiento y su destrucción son fenómenos programados por su misma naturaleza ―natural—, y suceden siempre sin su intervención. En ellos pasan cosas, pero no les pasa nada. Para que a uno le pase algo es necesario que uno tenga que ver con eso que pasa. Tenemos que ver con lo que nos pasa, porque  somos conscientes de ello, lo promovemos, lo sufrimos o lo
evitamos, y hacemos algo al respecto o algo dejamos de hacer. Y la manera en que los hombres “tenemos que ver con eso”, con lo que nos pasa, consiste en una intervención, una involucración directa de nuestra propia vida, que es a la que realmente le pasa lo que nos pasa. Esa intervención, pequeña o grande,  se llama libertad. Nos pasan cosas en la vida, y nos pasamos la vida decidiendo lo que hacemos frente a lo que nos pasa.

Decidir, frente a lo que sucede, qué es lo que queremos que pase, que nos pase, es decidir lo que queremos ser. A nosotros nos pasan cosas porque no nos acomodamos simplemente a lo que sucede, y oponemos opciones, alternativas. Tenemos que decidir lo que queremos que nos pase, porque necesitamos decidir lo que queremos ser, que no es sólo lo que queremos ser, sino también lo que necesitamos ser. Un adolescente es un hombre o una mujer joven. La adolescencia es juventud. Esta juventud consiste en darse cuenta de que la vida de los seres humanos tiene que ser vivida por medio de decisiones, decidiendo constantemente, una y otra vez, lo que se hace frente a lo que a uno le pasa y decidiendo, dentro de lo posible,   lo que uno quiere que le pase, y así vamos decidiendo la forma del propio ser.

Para mi y para cualquiera es necesario decidir mi vida, pero no es necesario, en cambio, vivirla de una determinada manera, de un modo y no de otro. Puedo decidir. En esto consiste lo maravilloso de la libertad. Soy libre porque puedo decidir la vida que quiero vivir, lo que quiero ser, lo que quiero que me pase y lo que no quiero que me pase. Y naturalmente elijo una forma de vida porque me parece más valiosa que otras.

Ser adolescente es caer en la cuenta de que necesariamente hay que elegir una forma de vida propia: ser joven es empeñarse en la consecución del propio ser (sabiendo, quién sabe cómo, que así vale la pena vivir). El viejo puede cargar con un organismo desgastado y mermado, y a pesar de esto puede querer ser. Por esta razón se puede ser joven por siempre, siempre afanoso de ser. Ser joven es desear ser, es desear ser más.

 

 


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