Sobre el sentido actual de la filosofía en México

juan manuel silva camarena
1988

Estudios, Filosofía / historia / letras
Publicación trimestral del Departamento Académico de Estudios Generales del Instituto Tecnológico Autónomo de México, número 14, otoño (1988), pp. 125-132.

Hace veinte años que algunos profesores de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México fueron convocados para hablar sobre el sentido actual de la filosofía en México1. La interpretación de su propia tarea que los filósofos llevan a cabo y el intento de definir los elementos que la constituyen son algo que pertenece a la normalidad del trabajo filosófico. En el quehacer filosófico está dada una peculiar autoconciencia: hacer filosofía implica saber qué es la filosofía. No es, pues, algo fuera de lo común que los filósofos quieran averiguar cuál es el sentido actual de sus actividades profesionales.

Lo que no es normal es que el filósofo emprenda la tarea de dar cuenta del sentido de su labor ante su comunidad (sea ésta la representada por un ámbito de trabajo universitario, o por un país entero), pues el sentido de ese quehacer casi siempre pasa por ser algo que por consabido se calla. Cuando se trata de explicitar ese sentido, en su autoanálisis la filosofía tiene el propósito de poner el acento en un aspecto diferente al que tiene que ver con la naturaleza misma de la filosofía como quehacer teórico y al que se refiere a las exigencias de calidad de los procedimientos de trabajo. En tal caso se pone a hablar directamente de las condiciones vitales que hacen posible que ella exista como tal,  y sobre todo, de la finalidad que se propone. Entonces la pregunta por el sentido de la filosofía no se dirige hacia la dilucidación del qué ni del cómo sino del para qué.

 

1. ¿Cuál es el sentido de la filosofía?

No se trata de saber cuál es el sentido de la palabra filosofía, como si se quisiera conocer lo que ella significa semánticamente hablando. Esto les interesa al filósofo y a otros hombres cuando plantean preguntas cuya intención es distinta de la que se encuentra por debajo de la cuestión que tratamos de examinar aquí. Los profesores que hablaron sobre este tema en la ocasión mencionada coincidieron en pensar que el sentido de la filosofía podía precisarse señalando la tarea que ella tiene que llevar a cabo en un momento determinado, que para ellos era el presente y el futuro más inmediato, sin dejar de tomar en cuenta, por supuesto, lo que se había hecho hasta la fecha. El sentido, como tarea, quedó precisado de este modo: 1. Pensar con mayor rigor y precisión para hacer de la filosofía una mejor arma ideológica, es decir, un "instrumento de acción para enfrentarse a una determinada realidad social, política y cultural", creando sistemas originales, que en el pasado no pudieron hacerse por falta de tiempo (Zea); 2. Lograr mayor profesionalismo —rigor técnico— para renunciar completamente a la filosofía como "expresión histórica del pueblo", con sabor local, para acercarse más a una reflexión científica y alejarse cada vez más de la "simple" ideología y de las concepciones personales del mundo y de la vida (Villoro); 3. Distinguir entre filosofía y no filosofía a través de un "esfuerzo de tecnificación" entendido como vigilancia —o arma crítica— de la pulcritud lógica las proposiciones, en afinidad con dos movimientos filosóficos que tuvieron "éxito histórico": el positivismo y el neokantismo, para abandonar la filosofía como cosmovisión (Rossi); 4, Fundar la filosofía corno reflexión práctica o praxis cuya validez "descansa en el grado de objetividad que recoja o formule en los resultados del desarrollo científico, y a la vez beneficie a la ciencia por medio de sus generalizaciones (Barcarcel), y finalmente, 5. Trabajar con rigor metódico los dos tipos de problemas filosóficos básicos (los incluidos en las filosofías europeas importadas, que habría que enfrentar con más afán de verdad que de originalidad, y los que surgen del trasplante de esas filosofías al medio cultural mexicano), comprendiendo, con la ayuda del historicismo, que cuando las circunstancias acosan a los pensadores las ideas —vinculadas siempre a las circunstancias como sostenía Ortega y Gasset— producen una filosofía como “ideología", "destinada a ponerse en práctica", cuidando que las ideas se formulen de tal modo que sean "visibles para la acción" (Villegas).

Las tareas así fijadas para la filosofía (cuando ésta se autodenomina positivismo lógico y filosofía analítica, marxismo e historicismo) podrían sugerimos que el sentido de la filosofía es, precisamente, el que ella establece para sí misma como quehacer en una situación histórica determinada. La filosofía no tendría, entonces, un sentido independiente de las circunstancias, en tanto que éstas serían el punto obligado de referencia, lo cual implicaría una concepción particular del para qué de la filosofía o, en cada caso, la creación de un para qué apropiado a tales circunstancias, en función de los intereses propios de los filósofos que actúan en ellas, o en relación con lo que en las situaciones les exige la comunidad.

Esto parece convincente. Pero ¿no significaría acaso una concentración excesiva en el presente en la que  se perdería de vista la conexión de sentido histórico que necesariamente existe entre el pasado y el futuro? ¿Qué es lo que del pasado se podría rescatar para el sentido actual de la filosofía? ¿Qué es lo que se podría legar para el filosofar del futuro? Planteamos estas cuestiones porque ya han pasado muchos años desde que era presente aquel momento histórico de la filosofía y las circunstancias obviamente han cambiado. Y aunque no hubieran cambiado. Tal vez ya no sea necesario poner la filosofía al servicio de los intereses ideológicos, con la urgencia de aplicación que podría impedir que el pensamiento piense las cosas de tal modo que le sea posible alcanzar  verdades objetivas. Quizá la tarea inmediata ya no sea la de superar a las concepciones del mundo (que la filosofía tendrá que superar siempre para evitar convertirse en una mera expresión de puntos de vista subjetivos) sustituyéndolas por análisis lógicos del lenguaje. Posiblemente ya no sea suficiente reducir la filosofía a la vigilancia de la pulcritud lógica de los enunciados y sea necesario producir proposiciones verdaderas acerca de problemas auténticamente filosóficos. A lo mejor la filosofía no pueda ya llevarse a cabo como una reflexión práctica sino como una reflexión acerca de lo práctico que debe ir más allá de las justificaciones prácticas para alcanzar verdaderas razones. Puede ser que al formular las ideas filosóficas que sirvan para la acción tengamos que renunciar a la representación fidedigna de la realidad que necesitamos para entender de veras tanto las  "cosas prácticas" como las que parecen no tener un "sentido práctico".

Ninguna de las tareas que puedan fijarse al trabajo filosófico puede postergar justificadamente la búsqueda de la verdad. Esas direcciones teóricas de la filosofía que mencionamos, y las que ahora estemos dispuestos a compartir, no pueden alterar el sentido de la tarea permanente de la actividad filosófica en el mundo: la búsqueda de la verdad. Ese sentido constituye la dirección permanente y constante de las faenas teóricas de los filósofos, cualesquiera que sean las circunstancias históricas e independientemente de los compromisos políticos que la comunidad exija a todos los miembros de la comunidad, y que éstos han de cumplir en lucha decidida y decisiva por la justicia y la libertad.  

Esto no quiere decir que la filosofía recaiga en una posición anterior a la del surgimiento de la conciencia de su propia historicidad. La verdad ciertamente no puede concebirse ya como una relación intemporal que pueda establecerse independientemente de las situaciones concretas de los hombres, individuos y pueblos. Pero la relación inevitable con el aquí y el ahora inherente a la búsqueda y hallazgo de la verdad no deciden en última instancia el carácter de verdad o falsedad de los conocimientos que logra formular el pensamiento crítico de la investigación filosófica. Esa relación no da ni quita a la auténtica filosofía su capacidad para pensar la realidad.  Cuando esos conocimientos resultan falsos o improbables, tampoco lo son necesariamente por su vinculación inevitable con circunstancias históricas concretas. Nada de lo que produce el ser humano queda desvinculado de un aquí y un ahora. Pero esta pareja de coordenadas no garantiza por sí misma ni la verdad ni la falsedad de las proposiciones en las que se formulan los resultados de los conocimientos filosóficos o científicos.

Si la verdad no fuera posible, su búsqueda carecería de sentido y entonces la filosofía y las ciencias carecerían de una tarea propia en el mundo. No tendrían ninguna misión,  ni efímera ni permanente. Siempre ha habido y seguirá habiendo quienes se ocupen de los asuntos prácticos de todo tipo.  Esos menesteres, sean lo que fueren, son dignos, valiosos, urgentes y necesarios para la existencia humana.  Sin la posibilidad de la verdad objetiva, empero, sería imposible el mundo humano como lo conocemos.  Pero basta con que una sola de las teorías de la ciencia o de la filosofía demostrara que la verdad es imposible, para que quedara salvada la verdad y el mundo. Con una teoría verdadera acerca de la imposibilidad de la verdad objetiva obtendríamos el modelo de verdad que iluminara la actividad de la comunidad de los buscadores de la verdad formada por filósofos y científicos. Evidentemente, la superación de las dificultades aparentes y reales que acompañan el tema de la verdad como sentido principal del filosofar, desbordan el límite impuesto a estas notas sobre la cuestión del sentido actual de la filosofía. Pero vale la pena dejar en claro esto: si la filosofía y las ciencias no pueden ser otra cosa que búsqueda de la verdad, y la verdad es posible, no hay razón para dirigir su tarea a un fin diferente.  Cuando la filosofía y las ciencias son incapaces de encontrar verdades objetivas, son enteramente útiles para deshacernos, mediante su actividad interrogadora, de lo que se nos quiera imponer como verdadero sin que en verdad lo sea. 

 

2. ¿Cuál es el sentido actual de la filosofía?

No se trata de "superar" las direcciones teóricas de la filosofía a que hemos aludido recordando aquella mesa redonda sobre el tema que nos ocupa. Pero su sentido, en cada caso, es suficiente para caracterizar lo que llamamos el sentido de la filosofía en general. Ellas dan vida concreta a la filosofía y cumplen con su misión permanente de búsqueda de la verdad. La pluralidad de posiciones filosóficas constituye una condición necesaria para la posibilidad de llevar a cabo el trabajo constante de búsqueda, formulación, verificación y revisión crítica de las verdades. No tenemos que excluir de ellas ni los temas de sus investigaciones ni sus métodos de trabajo. La actitud polémica es la que sale sobrando. El diálogo verdadero, implicado en la búsqueda de la verdad es el medio natural del proceso histórico de la filosofía. El sentido actual de la filosofía depende de la capacidad y fecundidad de cada una de sus direcciones teóricas, para realizar, dialógicamente, el sentido permanente de su misión en el mundo.

Es muy revelador el hecho de que esas direcciones teóricas de la filosofía, y otras que habría que agregar, coincidan en la necesidad del cumplimiento de la exigencia básica de rigor en los procedimientos de trabajo. ¿Para qué habría que exigir rigor en los instrumentos técnico-metodológicos de la búsqueda de la verdad si al fin y al cabo el descubrimiento de  verdades objetivas no fuera lo fundamental en el trabajo filosófico? El afán de verdad es el fundamento de la actividad cognoscitiva que llamamos filosofía y ciencia, y sería paradójico que por atender exclusiva o exageradamente a la utilización que quiera hacerse de las verdades que han de ser descubiertas se cerrara el camino hacia su descubrimiento. ¿Para qué queremos los seres humanos, individual y comunitariamente, las verdades descubiertas por la ciencia y la filosofía? La respuesta "natural" a esta interrogante que siempre está dispuesta a formular la actitud pragmática, exacerbada ahora por el predominio de la necesidad2, consiste en buscar para las verdades una utilidad inmediata a toda costa. Y  quizá sea bueno que la tengan. Pero las verdades alcanzadas sobre la investigación universitaria, científica y filosófica, sobre el fundamento de la libertad del pensamiento y la libertad de cátedra son, por ello mismo, expresión de la libertad.

¿Acaso tendría sentido, debocados por lo práctico, preguntar por la "utilidad" de la libertad? Si la libertad y lo que ella hace posible, la verdad, no sirve para nada es porque su inutilidad práctica la vuelve  completamente útil para que una mera colectividad de individuos se convierta en una verdadera comunidad de seres humanos. Si tuviéramos que averiguar las cosas radicalmente, la pregunta por lo que podemos hacer con la filosofía se nos revierte ― como lo advirtió alguna una vez Heidegger― en esta otra: ¿qué hace la filosofía (y todas actividades libres) con nuestro ser?

Del hecho de que legítimamente puedan derivarse de la ciencia conocimientos prácticos y útiles para la subsistencia y para el lujo a través de la tecnología (el hombre ha demostrado que puede hacer uso de todo, hasta de sí mismo y de sus semejantes), no tenemos por qué obtener conclusiones apresuradas que nos hagan creer que la filosofía tendría que reducirse a un mero instrumento para la acción, en general, y en particular para la acción política (la cual desde tiempos remotos tiene sus propios instrumentos). La universidad, bajo esa forma de pensar, debía convertirse en una empresa más que ofreciera sus productos (en calidad de “paquetes de conocimientos” o de otras maneras) según la oferta y la demanda. Si la universidad quiere seguir siendo útil para su comunidad tiene que conservarse como auténtica institución universitaria: el lugar específico desde el cual el "espíritu" pueda hablar a través de los hombres, si queremos expresar su esencia de acuerdo al lema de nuestra universidad nacional. Pero en realidad basta con decir que se trata del sitio en el cual puede manifestarse, cultivarse y mantenerse viva, de modo natural, la libertad del hombre, expresada en una de sus mejores formas, como    libertad de pensamiento. Desde luego, nos referimos a la libertad de los seres humanos que se efectúa realmente en actos humanos concretos.  (Platón descubrió hace mucho tiempo que el pensar es una forma de praxis3, y a pesar de este descubrimiento el hombre práctico no deja de concebir al pensamiento  como una extraña entidad abstracta y "especulativa".

Del mismo modo, si la filosofía quiere realizar su para qué radical, que desde Grecia se conceptuó como "formación del hombre" (lo cual significa que la filosofía es esencialmente paideia, porque convierte al hombre en un verdadero hombre, no porque le enseñe esto y lo otro), ha de seguir cumpliendo, en su sentido "actual" su sentido permanente, el que ha quedado cifrado en el afán de verdad que intenta decir desinteresadamente lo que son las cosas en sí mismas4, sin segundas intenciones. Independientemente de los intereses particulares, la filosofía y la ciencia nunca han estado desinteresadas de la realidad. Entiéndase bien: interesadas de lo que son las cosas y de lo que sucede, de lo que le pasa al hombre y lo que éste quiere que pase. Ciencia y filosofía se desinteresan abiertamente de las "razones" subjetivas y los intereses particulares de individuos o grupo de individuos que quieren hacer pasar por "verdades" lo que no es sino mera expresión de sus conveniencias.

 

3. ¿Cuál es el sentido actual de la filosofía en México?

La filosofía siempre ha sido y será expresión histórica de circunstancias  —igualmente históricas— en un sentido peculiar que hace que no sea mera expresión de ellas: es búsqueda de la verdad, que se lleva a cabo como búsqueda, motivada circunstancialmente, de un conocimiento que rebasa las circunstancias, como propuesta o crítica  de unas verdades que por su nivel de universalidad sirven para representar suficientemente lo concreto (pensadas siempre desde un aquí y un ahora, igualmente concretos).

La investigación filosófica es universalidad en situación; o sea una producción teórica cuyas propuestas de verdades, trabajo hermenéutico y revisión crítica constante se desarrolla siempre en coordenadas espaciotemporales, cuyo contenido trasciende siempre esas coordenadas. Por eso tiene una plena justificación el que en situaciones concretas de una comunidad (México), digamos en 1968 o en 1988, podamos hablar del "sentido actual" de la filosofía. Este sentido actual, como hemos tratado de mostrar no puede desvincularse del sentido permanente del filosofar. Las diversas direcciones teóricas de la filosofía, que constituyen expresiones particulares en la situación concreta y que trabajan dialógicamente entre sí (independientemente de que el diálogo sea privado y silencioso, o público y de viva voz), producen ese "sentido actual" a través de la vigencia que ellas tienen en relación directa con su capacidad para el análisis crítico y la propuesta de verdades. En cambio, su vigencia se irá menguando y tenderá a extinguirse inevitablemente cuando la posición o dirección filosófica haya agotado sus propios recursos epistemológicos para la búsqueda de la verdad. Lo que sería paradójico e inadmisible sería que al programar las tareas concretas del sentido "actual" de la filosofía en una situación determinada, se cancelara con ello y por ello el cumplimiento de su tarea esencial y permanente.

Ciertamente ese sentido "actual" de la filosofía en México puede identificarse con el sentido "actual" de la filosofía en cualquier otro lugar del mundo. Por el contrario, lo que podría caracterizar el modo particular en que se cumple con esa misión actual y permanente de la filosofía tiene que ver exclusivamente con las coordenadas espaciotemporales inherentes a la actividad filosófica, y puede descubrirse mediante un examen detallado de la situación teórica del filosofar en México, que puede precisarse mostrando cuáles problemas se han planteado, cuáles se han resuelto o se han abandonado y cuáles quedan por resolver; y sobre todo, poniendo de manifiesto el modo en que se ha llevado a cabo el trabajo con esa determinada problemática filosófica.

Esa y otras cuestiones se refieren al qué se hace filosóficamente en México y cómo se hace la filosofía en este país para cumplir con lo que ella siempre se ha propuesto como tarea propia: la búsqueda de la verdad. En relación con el qué y el cómo tiene sentido la pregunta de si la filosofía mexicana ha alcanzado o no su "mayoría de edad"5. La situación teórica de la filosofía en nuestro país, limitándonos aproximadamente al período que ha transcurrido en los últimos veinte años (de 1967, en que se habló del sentido de la filosofía en México en la ocasión ya referida, a 1986, en que se vuelve a reflexionar públicamente sobre este tema), podría hacerse evidente, en una primera fase, utilizando como guía y criterio de especificación temática y de determinación de la calidad de los procedimientos técnicos de investigación filosófica, una mínima cantidad de publicaciones: Adolfo Sánchez Vázquez: Filosofía de la praxis (1967); José Gaos: Del hombre (1970); Eduardo Nicol: El porvenir de la filosofía (1972); Ramón Xirau: El desarrollo y las crisis de la filosofía occidental (1975); Leopoldo Zea: Filosofía de la historia americana (1978); Luis Villoro: Creer, saber y conocer (1982) y Juliana González: El malestar en la moral (1986).

Pero la "mayoría de edad" de nuestra filosofía no se viene alcanzando sólo mediante el abandono de viejas formas de filosofar (en las que el pensador se limitaba a expresar su circunstancia en concepciones personales del mundo, a divulgar la cultura o a ser especialista en generalidades a través de escritos imaginativos, más próximos a la literatura y a los ensayos ideológicos que a la investigación científica), sino también,  y sobre todo, por medio de la recuperación de un sentido pleno del afán de verdad, que consiste en realizarlo metódicamente (sistemática, racional y objetivamente) para propiciar cada vez más un trabajo filosófico serio y riguroso.

Para terminar sólo quisiéramos agregar que si pudiéramos recuperar en general ese carácter metódico y sistemático del trabajo de los grandes maestros de la filosofía en todos los tiempos (que ha impedido la variedad de estilos y opiniones meramente subjetivas), podríamos esperar entonces que el beneficio que desde siempre ha prestado la filosofía a la situación concreta de una comunidad pueda aprovecharse más cabal y efectivamente.

 

Notas y referencias

1 Cf. "El sentido actual de la filosofía en México", Revista de la Universidad de México, vol. xxii, núm. 5, enero de 1968.

2 Cf. Eduardo Nicol, El porvenir de la filosofía, México: Fondo de Cultura Económica, 1972, passim.

3 Cf. Eduardo Nicol, La primera teoría de la praxis, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978. 4

4 Cf. Eduardo Nicol, Los principios de la ciencia México: Fondo de Cultura Económica, 1965, passim.

5 Luis Villoro, "Perspectivas de la filosofía en México para 1980", en el lumen colectivo publicado por el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México: El perfil de México en 1980. 3. Sociología, política y cultura, México: Siglo XXI, 1972, pp. 607-617.

 

 

 


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