Interioridad y Comunicación

juan manuel silva camarena


Revista de filosofía, Universidad Iberoamericana, México,  XX, 58-59,
enero-agosto (1987), 157-164.

Conferencia dada en la Universidad Iberoamericana durante…

Se nos ha con-vocado a este con-vivió de filosofía para conversar sobre el tema de interioridad y comunicación. Viene muy bien al caso, pues, cargar la intención semántica en el "con", porque nuestra lengua, hija del griego y del latín, nos permite pensar y expresar una realidad única que somos, Y que no puede ser nombrada de un modo completo ni con la palabra "yo" ni con el término "tú", sin tener que echar mano del, por extraño, chocante concepto de "ser-con", que se forma al traducir el heideggeriano vocablo de Mitsein. Hablemos mejor en griego y en latín, y digamos que son hechos simbólicos relativos al ser simbólico. Símbolo significa complemento. Hechos simbólicos: de complementación, complementarios; del ser simbólico: que es complemento del otro, con el cual forma una unidad.

Llamado a estar juntos, para vivir juntos una mutua compañía (lat. conversari: "vivir en compañía"), hablando unos con otros. Estamos aquí para conversar, que no sólo quiere decir hablar con el otro, sino que alude también a la compañía del otro y con el otro. No vamos  a acompañarlo porque esté solo, sino precisamente porque esencialmente no puede estar solo.
¿Saben ustedes? Así se produce el milagro de la existencia humana: cuando dos hombres no sólo hablan sino se hablan, cuando no solamente comunican sino se comunican. Ciertamente la biología ha insistido en el "lenguaje" de los animales, pero ellos producen comunicaciones entre sí, no se comunican; no es lo mismo comunicar que comunicarse: ellos no se dan en la palabra, ni la piden. Y tampoco la otorgan: cuando a otro (mi prójimo) le doy mi palabra, me incorporo a su ser, aunque no le prometa nada. La comunicación de los animales es sólo conexión, no es vinculación, porque están incapacitados para crear vínculos entre sí (únicamente crea vínculos el ente que en su ser mismo es vinculación), y se conectan entre sí, se ponen en contacto, sin sufrir menoscabo alguno de su ser y sin experimentar algún enriquecimiento, porque su ser está completo. El animal no necesita de otro animal para ser animal.

Los entes que tienen su ser completo no necesitan darse al otro, que es una forma de recibir al otro. Esta dialéctica existencial que consiste en darse al otro por medio de la palabra y a través de todos los demás lenguajes que en conjunto llamamos expresión, no es una conexión entre dos cosas o entes que subsistan en sí mismos de un modo completo, independientemente de que se lleve a cabo el fenómeno de complementación.

Cuando el ser de un ente depende de su comunicación con otro, por sí mismo no es nada. Este es el hecho que no debemos perder de vista. Sin ustedes yo me reduzco a una pura nada. Ustedes, sin duda alguna, creen que exagero. Y tienen razón. Pero yo también tengo mis razones para exagerar. Sin ustedes yo no soy nada. En un sentido radical, yo no podría ser lo que soy si ustedes no fueran lo que son: mi otro yo, que al comunicar-se conmigo cuando yo me comunico con ustedes, me completan como yo los completo. Sin ustedes yo quedo reducido inevitablemente a la ilusoria, irremediablemente falsa esfera de la supuesta suficiencia que llamamos con el nombre de individualismo.

Sin ustedes, sin el tú concreto que son para mí cada uno de ustedes, no es que yo me quede solo. La soledad no existe. Porque el yo no existe como algo absolutamente dependiente de los otros, del tú, en el yo está integrado el tú tal manera que forma una unidad, y por tanto, si yo soy yo, n., puedo estar radicalmente solo; en cambio, si yo no soy yo, entonces sí puedo... (¿puedo? No. Porque no hay "yo", sino "nadie"), mejor dicho, entonces sí hay soledad, pero no hay nadie que esté solo, sólo habría una soledad sin sujeto, una soledad que no sería de nadie, no habría un "alguien" que fuera el que estuviese solo. Solo habría una soledad "en sí". Una piedra sí puede estar sola, porque su ser no requiere, para ser, de complementación alguna. No necesita, para ser lo que es, estar en un vínculo ontológico con otra piedra. Esta, como "sujeto", lo es sólo gramaticalmente. La soledad radical, como soledad ontológica, no es una posibilidad del ser humano. Puede estar a solas, en una dimensión de recogimiento, y puede experimentar un profundo y doloroso sentimiento de soledad. Pero este género de soledades, de las que puede dar cuenta la psicología o la psiquiatría, no se refieren a un estado ontológico sino a una relación con personas bien definidas en una vinculación emotiva o afectiva igualmente bien determinada. El amor es un vínculo ontológico, pero se vive en características individuales e individualizantes muy precisas y peculiares.

Pensar que hay individuos separados unos de los otros de tal suerte que forman en sí mismos una unidad, sin vinculación alguna, es sólo eso: pensar. Un pensar que no tiene que ver con la realidad. No un pensar que por abstracto sea especulativo y por especulativo, en un sentido peyorativo, sea "filosófico". El pensar en sí mismo es abstracción; toda teoría es abstracción. La ciencia es abstracción. Theoretikós es, para los griegos, ese que, como en una atalaya, cobra distancia para mirar bien las cosas que no distingue muy bien lo que son cuando las tiene muy pegadas a los ojos. Hacer teoría es, entre otras cosas, distinguir bien. Pero los griegos también sabían que se puede exagerar, por eso creían firmemente en la sentencia que aconsejaba que nada debía darse en demasía.

Pensar al yo como una mónada es una estupenda abstracción, que quiere decir, exagerada separación. Nada en demasía. En todo, medida. La medida en las cosas mismas es lo concreto: lo espeso, lo compacto. Lo concreto es lo no abstracto, lo que tiene una textura apretada, poco porosa; esto es lo que significa la palabra latina concretus, la cual es un participio de concrescere que quiere decir “crecer por aglomeración", "crecer juntos", no separadamente (como explica Joan Corominas). Lo que la palabra "yo" expresa es mi ser, que ha crecido (ontológicamente, temporalmente) en la palabra que el otro me ha dirigido y en la que yo le he dirigido. Indica que soy un "alguien" que es (póngase énfasis en el soy, el sujeto gramatical sólo señala quién es ese que puede decir: "soy quien soy"), quien es con la ayuda del otro, de ti, de él, de los demás. Pero esta "ayuda" no consiste en darnos cosas, sino en darnos el ser.

Cuando se trata del yo no hablamos de una aglomeración, en el sentido de un amontonamiento. El yo no se puede sumar con el tú como cuando sumamos uno más uno y tenemos dos.

Podemos sumar unidades y hasta partes de unidades. Pero el yo no es una unidad sin el tú, y tampoco es un fragmento que pueda sumarse con otro fragmento. El yo y el tú forman una unidad juntos. Crecen juntos. Si no están juntos no son nada. (A esto alude, sin duda lo que Buber, en su libro de antropología filosófica titulado Qué es el hombre, publicado en 1942, llamó el ámbito del "entre"). En el fenómeno ontológico de la existencia humana no hay sumas,  no restas. El modo de "sumarse" (entre comillas) uno al otro, el yo al tú, es el de la comunicación, que no es algo que unas veces pueda darse y otras no, que no es algo externo a ellos mismos que eventualmente pudiera llevarse a cabo, sino algo constitutivo de la unidad. Comunicar-se no es intercambiar ideas, sentimientos y convicciones, sino hacer-se en diá-logo con el otro. Comunicarse, en términos ontológicos, pues se trata de un fenómeno ontológico y no meramente sociológico o psicológico, no consiste en un intercambio de información; es, más bien, un proceso de formación, es completar el ser propio con el ajeno. Si queremos hablar de un intercambio en el nivel básico de este fenómeno ontológico, es darle al otro, sobre la base de nuestro ser común, nuestra mismidad, cuando recibimos la suya.

Hoy en día, las ciencias de la comunicación han averiguado muchas cosas sobre las formas y los medios de comunicación. El peligro de esta acumulación del saber sobre la comunicación consiste en reducir, sin darse cuenta, el fenómeno comunicativo a una mera "forma", olvidándose del contenido. El lenguaje, y las demás formas de comunicación y expresión, no son sólo transmisión de significados sino también, y principalmente, modos de auto-expresión. Pareciera que lo dicho y lo expresado entrara por un oído y saliera por el otro. Como si la palabra no calara en nuestro ser, o sólo calara unas veces y otras no. Como si la palabra sólo fuera un instrumento de comunicación que, como todo instrumento, fuera "desechable" (como los envases de refresco) cuando se acaba la comunicación. La palabra, en todas sus formas expresivas y significativas, dicha, escrita, sugerida, callada o acallada, recordada, imaginada, no "sirve" para comunicarnos como nos "sirven" los teléfonos. El servicio que ella presta,  ontológicamente hablando, es más radical y valioso. No tiene un valor meramente instrumental. No tenemos por un lado nuestro ser y por otro lado nuestras palabras.

Nuestro ser, el que formamos tú y yo, yo y ustedes, es palabra. Nuestro ser es logos, y como es "nuestro", tuyo y mío, mío y tuyo, es, por tanto, diá-logos. Expresión y significación com-partida. Compartir nuestro ser no es convidar al otro de una parte de lo que soy, manteniendo el resto para mí mismo, en mi interioridad. La interioridad no existe. La palabra "interioridad", o es una metáfora, o es un término técnico no bien definido, pues al usarla no se define con rigor ese ámbito (¿cerrado?) respecto al cual "lo demás" es "lo de afuera", y tampoco se delimita justamente al criterio de la delimitación. La interioridad no existe, sencillamente porque no existe la exterioridad. Algo semejante sucede con los adjetivos "profundo" y "superficial", que como modos de pensar "especializantes", no son adecuados para pensar la realidad humana. Ni siquiera es conveniente hablar de lo interior y lo exterior en relación con el problema del conocimiento, como lo ha sugerido Heidegger en el parágrafo trece de El ser y el tiempo.
Cabe recordar aquí el parágrafo ciento cuarenta de La Enciclopedia de las ciencias filoficas de Hegel: "El hombre como es exteriormente, esto es, en sus acciones (pero, adviértase: no en su exterioridad meramente corporal), es interiormente, y cuanto es sólo interior —esto es, virtuoso, moral sólo en intenciones, disposiciones, etcétera—, y su exterior no es como ello idéntico, entonces lo uno es tan vacío como lo otro". Si no se establece una dialéctica que "conecte" una dimensión con la otra, ambas quedarán igualmente vacías; pero si se establece pierden su especificidad o esencia. El "yo" no pierde esencialidad cuando entra en una relación dialéctica con el “tú" porque su esencia —como la del "tú"— está, es, en esa relación.

Compartir el ser. Compartir el ser no es darlo en pedazos. Aquí no se trata de una cuestión de cantidad, sino de cualidad. No hay espacios de dentro y de fuera, sino plenitud. Yo me doy todo en mi palabra, en mi expresión, y no guardo nada para mí mismo. . Ustedes también. Lo que soy está en mi palabra, que forma, conforma y representa actos. Lo que soy está en mis actos, que son palabras. No están los actos por un lado y las palabras por otro. Si lo concebimos así es por un exceso de abstracción. Dizque a las palabras se las lleva el viento: verba volant. Pero lo que el viento se llevó después de que hablamos tú y yo fueron solamente sonidos.

Las palabras, como ser de un ente encarnado, son algo más que sonidos (¿cantos del alma?), y este plus se incorpora al ser del inter-locutor. Este se las lleva en el alma, como decía Platón que nos., llevábamos, con gran riesgo, las ideas del sofista después de que l. habíamos oído. Incluso cuando se habla por hablar, y no se dice nada, nos llevamos su cháchara que expresa su trivialidad o su deseo de no hablar de veras. Platón descubrió que el lagos es praxis, pero antes de ese descubrimiento, y después de él, el lagos era y es, y sigue siendo, praxis. La acción es cuestión de palabras, las palabras son actos, las acciones son actos apalabrados.

Lo que soy, junto con el otro, está todo por fuera. No hay "adentro" o "interior" porque no hay exterior. El mundo no es lo externo, es lo que yo soy, el mundo es mundo humano, mundo de hombres. El mundo no es algo que esté "fuera" de mí. Lo que yo soy está a la vista de todos. (Nicol viene diciendo, desde su Psicología de las situaciones vitales, de 1941, que el hombre tiene su ser "a flor de piel "). Lo que soy es algo que está claro para mí y para todos ustedes. Por eso Demócrito se atrevió a decir alguna vez que el hombre es eso que todos sabemos. Lo que es ser hombre es una verdad de Pero Grullo.

Sin embargo, soy este hombre y no el otro, soy yo y no soy tú, soy yo y no soy ustedes. Pero este algo que expreso con la palabra "yo" también está a la vista de todos, está ahí en mis palabras y mis actos, en mis expresiones, en lo que hago y dejo de hacer, en lo que digo y en lo que no digo, en lo que creo y no creo, en lo que siento y en lo que no siento, en lo que pienso y en lo que no pienso. No está, pues, escondido en ningún espacio interior, "no está oculto como algo que no se ve pero que quiero creer que existe. La tarea de conocerme, que tienen que llevar a cabo ustedes y yo mismo para saber quién soy, es un quehacer hermenéutica. Pero no se trata de una interpretación de lo que está escondido en espacios ocultos, sino de lo que está a la vista, pero que ha de comprenderse en su sentido propio. (El hombre es el ser del sentido porque es el ser de la expresión, como dice Nicol en su Metafísica de la expresión).

Entonces, lo que quiero decir es que la interioridad no existe, pero sí existe lo que se ha querido pensar con esa palabra: mi ser de veras. Aun cuando miento y disimulo, estoy ahí de mentiroso y deshonesto. No somos miserables por fuera y muy buenos por dentro. Debemos cuidarnos de usar la metáfora de la interioridad para justificar o atenuar la censura de nuestros actos, de lo que somos a la vista de todos. No hay algo más adentro. Por esta razón precisamente hay que preocuparse muy en serio por lo que está (¿diríamos "afuera"?) ahí; por como está nuestro mundo actual.

La otra sentencia que quería inspirar la vida de los griegos dice: "conócete a ti mismo". ¿Por qué no tomar en serio esa otra fuente de sabiduría que afirma que por sus actos puede conocerse el hombre? Una interpretación del mandato del templo de Apolo puede formularse así: conócete a ti mismo, es decir, cae en la cuenta de que eres lo que todos vemos que eres. Nuestro ser está presente ante los demás, precisamente porque los demás están también ahí, presenciando-nos y haciéndosenos presentes de una forma cabal. Decir que no existe la interioridad es decir que existe la comunicación. Afirmar que no existe la interioridad no es negar que exista el espíritu, sino decir muy en serio que está presente y visible. Aunque no se vea como se ven los árboles del bosque o el color de nuestros ojos. Para que esta presencia se nos haga presente basta mirarnos a los ojos cuando hablamos de nosotros mismos, de la naturaleza, de Dios.

El coloquio de este con-vivió tiende, pues, al dibujar una especie de círculo vicioso ―que bien mirado no es vicioso sino misterioso o maravilloso―, pues al hablar de la comunicación nos comunicamos,  y al comunicarnos somos lo que somos: entes que al comunicarse van completando su ser insuficiente. Nuestro ser es insuficiente porque tiene que hablar, es decir, porque tiene que expresarse, y al hacerlo cura provisionalmente su insuficiencia. Platón conceptuó este hecho, sin ninguna metáfora, aunque lo ilustró con el mito que cuenta uno de los participantes de otro coloquio llamado el banquete, diciendo que el hombre es el símbolo del hombre: "Anthropos…anthropou símbolon”.1

Llego al fin y quedo en deuda con ustedes por el hecho de que me han escuchado, permitiéndome hablar; en realidad se los agradezco porque de ese modo me han permitido realizarme como ser de la palabra.

 

Notas y referencias

1 Platón, Banquete, 191d.

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