Diálogo con Gabriel Marcel 
In memoriam

juan manuel silva camarena
1973

Traducción de Rosario Grimaldi

Revista de la Universidad de México, Universidad Nacional Autónoma de México,
año XXVIII, número 2 (1973), 25-31.

 

Nadie puede escribir por encargo lo que nadie le ha pedido. ¿Qué será, pues, aquello que nos mueve a buscar a cierta gente para hablar con ella? Las razones para hacerlo pueden ser múltiples, o quizá solamente una, poderosa, pero creo que no viene al caso pensar en eso. Más bien pienso que lo que conviene aclarar es que no todas las entrevistas son meramente periodísticas, aunque su contenido pueda serlo. De hecho, la entrevista se convierte en diálogo cuando los fines no están preconcebidos o, en todo caso, cuando el beneficio obtenido no aparece en el escrito o va más allá de lo que en éste aparece, entre líneas, diseminado. Pues aquello que se lee en el texto es siempre menos de lo que se dijo; y casi siempre, menos de lo que se quiso preguntar, responder, experimentar... y mucho menos de lo que realmente se experimentó. La palabra escrita no agota nuestras riquezas expresivas.

Tras esto hay que decir otras cosas: rara vez se tiene el privilegio de poder entrar en la residencia de la filosofía por la escalera de servicio. Por la puerta de atrás que nos conduce al salón íntimo en el cual se gestan los pensamientos filosóficos. Ahí donde no importa mucho la hoja legal y las portadas, las fechas de publicación y las re impresiones. Donde no hay imposición ni selección de temas y autores. En el lugar en que no hay mucha gente y se puede conversar, se puede dialogar desde la soledad de cada uno con los vivos y con los que ya han muerto; e inclusive, con los que vienen en camino, con el hombre del porvenir. Donde los nombres no importan sino en su justa perspectiva.

Hoy día se frustra con demasiada frecuencia un diálogo semejante, vivo —excitante, perturbador— y real, cuya posibilidad de efectuarse exija las condiciones señaladas. En realidad, no sé si esto solamente pasa hoy, o si también sucedía en otros tiempos. Pero sí puedo afirmar que, sea cual fuere el tiempo no es conven­cional y arbitrario, sino real e interno: tiempo vivido. Experiencia vivida que perpetúa, no la respuesta dada y ni siquiera la pregunta misma (ya se sabe que las respuestas no se dan meramente para satisfacer cuestiones), no el y tampoco el no, sino el aquí y el ahora en que se efectuó el contacto, en que se realizó el encuentro. Pero esto es cosa mía. Lo cual es cierto, aunque no del todo: puedo compartir.

Gabriel Marcel, filósofo francés de ochenta y tres años, ha sido el primero en sostener tesis de filosofía existencial en un artículo  intitulado "Existence et objectivité", que apareció en la Revue de Métaphysique et de Morale de París, en 19141 , y su evolución filosófica puede entenderse como una “liberación del hegelianismo” que culmina en una filosofía de la esperanza,  evolución que se advierte tanto en los magníficos ensayos marcelianos sobre las relaciones interpersonales, la fidelidad, el amor, la fe y la inmortalidad 2, como en sus reflexiones propiamente ontológicas: Diario metafísico (1927-1933)3, Posición y aproximaciones concretas al misterio ontológico (1933) 4, Ser y tener (1935) 5, De la negación a la invocación (1940) 6, Homo viator. Prolegómenos a una metafísica de la esperanza (1944)7, El misterio del ser(1951) 8, Los hombres contra lo humano (1951) 9, El hombre problemático(1955) 10, La dignidad humana (1964)11 y En camino, ¿hacia cuál despertar?(1971) 12. La influencia e impor­tancia de su pensamiento se han puesto ya de manifiesto en estudios destacados sobre su obra, como los de M. De Corte, E. Gilson, J. Delhorme, P. Ricoeur y J. Wahl entre otros13 . En su obra, la conexión entre nuestro ser y el Ser es algo medular. Como dice Villoro: "Mundo de las existencias concretas y mundo del ser en general se armonizan por el analogado del ser", pues el análisis de las relaciones interpersonales y la reflexión sobre el ser en general “no son meditaciones separadas e inconexas. Ambas nacen de idéntico tronco y se implican mutua­mente. Las dos hablan el mismo lenguaje. Porque uno solo es el lenguaje del ser. Su verbo único se nombra: amor"14 .

Si nos referimos al profesor Marcel no podemos hablar de alguien amargado, derrotado y dolorido, ni de alguien que tuviera ya la amenaza de la muerte en el rostro.  Junto a él no estamos al lado de un hombre con muchos años encima sin energía o vigor, a pesar de que no puede hablar durante mucho tiempo sin fatigarse. Para Marcel (que no es muy alto; mejor dicho: es delgado y bajo), tiene mucho sentido el "tú" y el "yo"; aún más, mucha es la significación que adquiere esa experiencia comunicativa que surge de la relación "tú y yo", en la cual los "otros" se descubren en su calidad de "tú". Para Marcel (cuya cabellera semeja un copo de nieve, y su voz resulta enérgica y amable unas veces, potente y suave otras), el hombre no es un "animal racional" o un "animal lógico", sino un "animal dialógico", dialogante. Para este extraordinario hombre que vive en un departamento que se encuentra cerca de la parada Odeón del metro parisino, y cuya estancia principal la constituye una biblio­teca-recibidor en la cual los libros importantes dejan ver sus pastas como banderas —debido tal vez a un secreto pacto entre ellos y su dueño que les permite estar mutuamente identificados—  "la fórmula final (…) parece ser, simplemente, esta: Existir es crear. Sólo el hombre existe, porque sólo el hombre crea, y el hombre es imagen y semejanza de Dios, porque crea. Mediante la creación nos insertamos en el ser, y el hombre es hombre en la medida en que crea" 15.

Para Marcel —que guardó con cariño el proyecto de visitar México—, no significan nada "las otras criaturas; es él quien nos cuenta que un día,  al mirar un perro, se dijo a sí mismo: “¡Yo elegí existir! Los perros no existen, porque nada esperan; los perros no existen, porque no colaboran en la creación; los perros no existen porque son incapaces de esterilizar a Dios" 16.

Marcel —cuya experiencia profunda del amor se adivina cuando vierte, casi imperceptible, casi indescriptiblemente— una invocación a un prójimo lejano-pero-presente ("la presencia que reclama presencias, que las invoca"), nos dice que su "amada", sponsae dilectissimae de su Journal, ya no está en este mundo. Según Marcel, en la filosofía no se piensa, pues "ese 'se' puede ser propio de la ciencia, pero no de la filosofía. Esta exige, como punto de partida, una experiencia. Ni siquiera el 'yo pienso' es, a pesar de la aparente afirmación del 'yo', una renuncia de ese 'yo' y su sometimiento a la universidad del 'pienso'. El filósofo no puede limitarse a su experiencia: está obligado a traducirla en pensamientos; pero esos pensamientos no son su filosofía. Reducida al 'pienso', la filosofía se desvanece" 17. Para Marcel —que afirmó en su Journal que la "actividad filosófica fundamental" no se definía como una construcción, sino más bien como una perforación—, aflora finalmente un mundo que "estaba ahí enteramente presente". Por fin: "Se acabaron las dudas. Dicha prodigiosa. Esta mañana, por primera vez, he experimentado claramente lo que es la gracia. Palabras aterradoras éstas, pero así es"18 .

Silva Camarena.—¿Podría decirme cuál es, a su juicio, la más importante de sus obras, en el sentido de que resuma o contenga lo más esencial de su pensamiento?
                                 
Marcel.—No se puede separar tajantemente mis estudios filosóficos de mi teatro. En primer lugar, porque considero que mi teatro es, por lo menos, tan importante como mis estudios filosóficos. Yo pienso que el libro más sintético es Le Mystère de l’Être,pues lo forman las conferencias que di en Abodine, Escocia, en 1950 y 1951, y en las cuales me propuse justamente exponer una visión de conjunto de mi pensamiento. Pero pienso que un libro como Homo viator, por ejemplo, que es una compilación de conferencias, de las cuales algunas son muy importantes, resulta igualmente esencial. Ahora bien, lo que ahora puedo decir es que el otoño pasado publiqué, en el mes de septiembre, un libro que es esencial para el conocimiento de mi obra y que está relacionada con mi vida, y que se intitula En chemin vers quel éveil?. Es un libro que apareció en Gallimard… Creo que es un libro muy importante, debido a que, quizá por primera vez, me interesó señalar no sólo las etapas de mi propio desarrollo, sino también la influencia que los grandes sucesos han ejercido sobre mi vida y mi pensamiento. Porque pienso que hasta entonces se había considerado demasiado a mi pensamiento en sí mismo, aisladamente y, yo diría, de una forma demasiado abstracta. Mientras que en el libro que menciono se verá, por ejemplo, el papel que desempeñaron las dos grandes guerras en mi persona. Es evidente que las dos guerras, los sucesos de declaración, etc., tuvieron una influencia muy grande sobre el desarrollo de mi pensamiento.

Silva Camarena.—¿Existe una relación directa entre la vida del filósofo y su pensamiento? ¿Qué importancia puede tener esa relación, si es que existe? ¿Cuál es su punto de vista acerca de la importancia de dicha relación?

Marcel.—Debo decir que, para mí, esa relación debe ser importante. Quiero decir con eso que me es totalmente imposible aceptar un pensamiento que pretenda desligarse completamente de la vida. Pienso que un filósofo no es un matemático. Porque una teoría matemática, un desarrollo matemático, está completamente distan­te de la existencia del matemático. Yo diría que la existencia misma del matemático, los obstáculos que tuvo que sobrevivir, no juegan absolutamente ningún papel, ni en el desarrollo de su pensamiento matemático ni en la interpretación del mismo. Para el filósofo yo creo que es diferente. En la misma medida en que soy, no un "existencialista" en absoluto (porque yo detesto esa palabra), sino un filósofo de la existencia, considero que el pensamiento, forzosamente, debe ser sostenido, por así decido, por la existencia. Para mí esto es extremadamente claro.

Silva Camarena.—Como "existen­cialista", o filósofo de la existencia, como usted prefiere…

Marcel.—Es decir, que de hecho, el término "existencialismo", que es un término más o menos forjado por Sartre, es, a mi juicio, un término extremadamente engañoso. Y lo prueba que Sartre mismo, en un conferencia que usted quizá conoce, intitulada "¿El existencialismo es un humanismo?" 19, propuso una clasificación contra la cual, a partir de su gestación, no he cesado jamás de protestar. Esa clasificación decía: "Hay un existencialismo ateo, el mío —decía Sartre—, y el de Heidegger; además un existencialismo cristiano: Jaspers y Gabriel Marcel". Pues bien, yo afirmé entonces que todo eso es insostenible. Debido a que, de hecho, yo estoy más cerca de Heidegger ciertamente, que lo está Sartre. Que, por otro lado, no estoy para nada seguro de que Jaspers pueda ser calificado verdaderamente como cristiano. Y finalmente, Heidegger, a quien interrogué en aquel momento, es decir, en 1945, me dijo que no deseaba ser calificado de ateo; que para él su pensamiento estaba como en suspenso entre el teísmo y el ateísmo, y que dicha clasificación, consecuentemente, era inexacta. La palabra "existen­cialismo" me parece absurda, porque precisamente lo propio de la filosofía de la existencia, tal como yo la comprendo, consiste en no constituir un "ismo". Un "ismo" es una doctrina, algo sistema­tizado. Ahora bien, yo le hablaba anteriormente de mi teatro: lo que es característico de mi obra es justamente el lazo absolutamente estrecho que existe entre el teatro y el pensamiento. Pero se puede advertir bien que dicho lazo no es, en absoluto, lo que es en Sartre. En él, puede decirse, la obra dramática en su conjunto es una ilustración del pensamiento teórico. En mí, resulta exactamente lo contrario; o sea, yo diría: el teatro, el drama, es primero 20.

El drama es una especie de experiencia vividaa través de los personajes, y ha sucedido muchas veces que esta experiencia vivida por medio de, por mediación de los personajes, ha despertado más tarde formulaciones filosóficas; y, consecuentemente, la filosofía es, de cierta manera, segunda respecto a la experiencia dramática.

Silva Camarena.—¿Y cómo define la experiencia dramática?

Marcel.—Es la experiencia de las situaciones humanas. La noción de "situación", para mí, es fundamental; y en este punto estoy bastante de acuerdo con Jaspers21 .

Silva Camarena.—Como filósofo de la existencia, entonces, ¿piensa que tenga mucho sentido hablar de diferentes "tipos" de filosofía, esto es, de metafísica u ontología, filosofía analítica o análisis lógico del lenguaje…?

Marcel.—Seguramente. Sobre metafísica y ontología se puede discutir. Heidegger introdujo una diferencia absurda entre metafísica y ontología, con la cual no estoy completamente seguro de estar de acuerdo. Pero es seguro que ahí hay un modo de pensamiento que es común a Heidegger y a mí, con todas las diferencias posibles, que se opone radicalmente a la filosofía analítica tal y como se ha desarrollado, primero en Inglaterra y ahora en Estados Unidos. Eso es seguro. Son esas dos tendencias las que difieren absolutamente, y entre las cuales hay, incluso, una oposición. Aunque parece que ciertos jóvenes filósofos norteamericanos, en particular en Berkeley, California, buscan actualmente un medio de reconciliar, por así decirlo, la filosofía analítica con la fenomenología. Por otro lado, ellos pueden ayudarse con el pensamiento de Wittgenstein, quien, en cierto modo, ha traspasado ya ciertamente el punto de vista, para mí, de analítico. Pero eso es algo de lo cual no puedo hablar en detalle, puesto que no he estado, yo mismo, en contacto con esos jóvenes filósofos americanos. Pero, en fin, sé que existen. y en mi opinión, hay ahí una tentativa que puede resultar interesante.

Silva Camarena.—¿Conoce usted a alguien, en Norteamérica o América Latina, cuyos trabajos en el campo de la ontología tengan importancia filosófica?

Marcel.—¡Ah, sí! Mantengo relación con no pocos americanos. Por otro lado, va a aparecer, probablemente a finales de este año, un gran volumen en la colección Modern Thinkers, que es una colección en la cual ya hay un volumen sobre Buber, otro sobre Jaspers, etcétera,  y habrá uno dedicado a mi pensamiento, en el cual hay un gran número de estudios hechos por americanos. . .

Sólo quería agregar, además, lo siguiente, porque pienso que quizá aclarará mi pensa­miento: Cuando daba las Lecciones William James22 , en Harvard, en 1962, tenía al mismo tiempo seminarios en los que hablaba con los estudiantes. Entonces, les dije a ellos: "Vamos a ocuparnos de los problemas que conciernen a la vida; es decir, que interesan a su vida. Que conciernen a su vida. Son los únicos que, a mi juicio, ameritan ser estudiados por la filosofía. Vamos a preguntar entonces, por ejemplo, ¿qué puede conferir un valor para su vida? ¡Cosa de gigantes!" Después de eso, un estudiante me dijo: "Señor, hemos estado muy sorprendidos por lo que usted ha dicho. Porque nuestros profesores, que en general son precisamente analistas, nos habían dicho que no hay relación entre la filosofía y la vida: que no hiciéramos, sobre todo, preguntas sobre la vida. Y usted, por el contrario,  nos plantea —me decía—, cuestiones que nos interesan y a las cuales se nos pide que demos la espalda"…

Silva Camarena.—No sólo en Harvard sucede esto. . .

Marcel.—Entre los españoles conocí un poco a Ortega y Gasset. Tuve dos largas conversaciones con él en un tono bastante amigable. Y, además, conozco un poco a Zubiri. Y también a alguien que probablemente se ve en México, a Julián Marías, que conoce muy bien mi pensamiento y, quien, por otro lado, hizo un artículo para ese volumen americano del cual le hablaba. Creo que entre los mexicanos que conocí en el Congreso de Lima, en donde estuve en 1951, vi al señor Gaos... No sé, por otro lado, no creo que hayamos podido hablar mucho juntos. En todo caso, tuve un contacto completo con el pensamiento de algunos mexicanos.

Silva Camarena.—Conectando con algo que ya había usted dicho, me pregunto si considera que la filosofía pasa actualmente por una época de crisis. Si fuera así, ¿podría decirse que uno de los síntomas de dicha crisis lo constituyen ciertas formas de pensar que restan importancia a la vida?

Marcel.—Sí. No creo en absoluto en el porvenir de la filosofía analítica. Creo que habrá sido un momento. Un momento por el cual, quizá, era necesario pasar. Pero pienso que se percibirá, y que se percibe ya, que eso no desemboca en nada. Mi sentimiento es que el papel de la filosofía nunca fue más importante de lo que lo es hoy y, al mismo tiempo, nunca tan desconocido. Y esto debido a que estamos, evidentemente, en un momento de crisis de la humanidad. Estamos actualmente comprometidos en un proceso de tecnificación, si usted quiere, o de tecnocratización que me parece, en sí mismo, extremadamente peligroso. Y creo que si no es compensado por una profundización de los valores espirituales, no puede conducir sino al desastre. Esa es mi convicción profunda. Ahora bien, como lo dije en el discurso que pronuncié en Frankfurt, en 1964, cuando se me otorgó el Premio de la Paz, pienso que el papel del filósofo es el papel de un vigía. Exactamente como un vigía que está, si usted quiere al frente de un barco, y que señala los arrecifes. Pero para indicar la presencia de los arrecifes es necesario que ellos sean plenamente identificados. Lo que es terrible es que haya gente tan ciega que pueda decir: ¡No! ¡Esos no son arrecifes! Entonces, ¡sólo se darán cuenta cuando el barco ya se haya destrozado! . . . Eso no quiere decir que a mis ojos sea posible de ninguna manera volver a un estadio pre-técnico como lo creyó, quizá, Gandhi, o como lo creen los discípulos de Gandhi. Y por otro lado, lo que sucede en estos momentos en la India es bastante significativo. Lo que le escribí entonces, en los mismos términos: "El hombre cargó la técnica sobre sus hombros, y ya no tiene el derecho ni la posibilidad de deshacerse de ella; si se deshace de ella, recaerá en un estadio rudimentario y, probablemente, caótico. Sólo que esa técnica que cargó sobre sus hombros exige de él una especie de esfuerzo compensador, que es un esfuerzo extremadamente difícil. Y es precisamente ese esfuerzo al cual la filosofía debe apoyar y debe reforzar." Y eso, no lo digo en un sentido exclusivamente cristiano. Pienso que puede haber otros modos de espiritualidad aparte de la cristiana. Es un hecho que, por ejemplo, yo encontré en Japón una audiencia muy grande; y que en la India ciertos profesores dijeron: "Su pensamiento es el más próximo a noso­tros." No estoy seguro de que esto sea verdad; pero eso correspon­de, de todas formas, a algo que para mí es muy importante, y que es, si usted quiere, una preocupación de universalidad. Es con el espíritu universalista que yo me siento cada vez más de acuerdo; mientras que estoy, cada vez menos, con un espíritu confesional cualquiera. Es decir, que yo nunca he admitido, aunque sea católico, que se me llame "filósofo católico". "Filósofo católico" implica, para mí, algo que yo nunca defenderé. Encuentro muy importante decirle eso.

Silva Camarena.—¿Cree usted que puede plantearse una alternativa entre la satisfacción de las necesidades primarias y la satisfacción de las necesidades vitales, propiamente humanas?

Marcel.—No estoy seguro de comprender su pregunta. Veamos qué puedo responder... Usted me dirá si esto corresponde a su pregunta. Lo que me parece extremadamente grave en la situación actual del mundo es que tenemos, por un lado, sociedades en las cuales un cierto número de necesidades artificiales se han injertado sobre las necesidades vitales; y algunas veces, por otro lado, dependen de las necesidades vitales, e inclusive, muy frecuentemente, dependen de las necesidades vitales. Y después, por otro lado, tenemos el mundo en vías de desarrollo, o el mundo subdesarrollado, como usted quiera, en donde las necesidades vitales no son ni siquiera satisfechas. Entonces, se crea, por tanto, una especie de desproporción que es tanto más monstruosa cuanto que, por razones evidentes, que son razones comerciales, el mundo, en fin, la sociedad de consumo, busca imponer, en cierta manera, a este mundo subdesarrollado, la satisfacción de estas necesidades artificiales que no existirían, en realidad, sin ella. Ahora bien,  yo creo que hay ahí una situación extremadamente malsana y peligrosa.

No me doy cuenta, por otro lado, me gustaría saber, si en un país como el suyo, en donde hay indudablemente un gran desarrollo, una ciudad como México (y realmente no sólo México), una ciudad verdaderamente al lado de una ciudad norteamericana… Me parece que el contraste entre la situación urbana de México, o en otros lugares, y una situación extremadamente primitiva en las regiones lejanas de México, ese contraste, pienso, debe ser extraor­dinariamente fuerte. Me parece que eso debe crear para ustedes, para México, para el gobierno mexicano, problemas muy difíciles, problemas casi comparables, en el fondo, con los problemas casi insolubles que se plantean en el mediodía de Italia, que está, en realidad, todavía en un estadio extremadamente poco avanzado, y luego el norte, por el contrario, con una civilización industrial y más que desarrollado. ¿Me equivoco? . . Yo planteo la pregunta para México.

Silva Camarena.—No sé si entiendo muy bien la pregunta. Veamos. Si bien es cierto que algunas zonas del país están muy poco desarrolladas, no lo es tanto que nuestra ciudad tenga un gran desarrollo industrial. Me temo que no podría ser conside­rada como una ciudad altamente desarrollada. Pero el contraste sí que existe.       Ahora bien, si la comparación se establece entre México y su vecino del norte, la diferencia es grande obviamente; y aún más, la influencia directa, en diversos órdenes, demasiado marcada. Pienso en lo económico, en la música que presentan nuestras radiodifusoras…

Marcel.—Esa, naturalmente, no es la situación nuestra. La situación en Francia es evidentemente muy diferente. Si bien hay aquí, de todas formas, un cierto peligro de americanización. Es seguro que nosotros estamos siendo invadidos poco a poco, no solamente por las mercancías americanas, sino también por una cada vez mayor colonización de industriales americanos que vienen a instalar fábricas aquí. Y esto tiene, naturalmente, grandes inconvenientes. Porque crea desempleo, no sólo entre los obreros, sino incluso algunas veces entre los ejecutivos.

Silva Camarena.—La importancia de esos problemas económicos es evidente. Pero, ¿quién no ha escuchado que dichos problemas económicos lo determinan todo? Se exageran ciertas tesis y se levantan comen­tarios, muy serios unas veces y demasiado ingenuos otras. ¿Pueden acaso, los problemas económicos, determinar que se tomen unos pensamientos y se rechacen otros? ¿Cuál sería, a su juicio, la relación auténtica entre los problemas filosóficos y los problemas económicos?

Marcel.—Usted comprenderá que un filósofo no puede, en absoluto, desinteresarse de los problemas económicos. Eso sería recaer entonces en ese "espíritu de abstracción" que, por mi parte, yo detesto. Sólo que lo que me parece más importante, porque el pensamiento, para mí, debe estar centrado en el hombre, y sobre todo en lo que yo he llamado "lo humano en el hombre", es saber qué tipo de hombre, por ejemplo, está fabricando la sociedad capitalista actual. Y yo diría, por otro lado, otro tanto de la sociedad comunista. Pienso que en ambos casos lo que resulta extremadamente esencial considerar es el impacto, si usted quiere, del modo de existencia económica sobre el ser mismo del hombre. Ahora que eso se aplica en dominios de extrema presión, como el dominio del urbanismo, por ejemplo. Yo estoy absolutamente horrorizado por la construcción que se está edificando aquí, por ejemplo, en París y los suburbios. Yo digo: ¿Nadie se pregunta por el tipo de hombre que va a poder vivir en esas construcciones inhumanas? Este problema, esos problemas referentes a la calidad humana son problemas que parecen preocupar muy poco a los marxistas. Y ese es completamente el reproche que yo les haría. En los países subdesarrollados, es también extremadamente impor­tante saber que, una vez más por razones comerciales, por razones de mercado, los europeos tienden a introducir en África, digamos, o en América Latina, modos de existencia que son en el fondo incompatibles con las aspiraciones seculares de sus pueblos. Es como si se hiciera completamente abstracción, como si se creyera poder hacer tabula rasa de toda la tradición, de todo el peso sobre el cual los pueblos han vivido. Eso me parece algo completamente escandaloso.

Silva Camarena.—Ya que menciona usted al marxismo, y conectándolo un poco con su quehacer, ¿podría decirme si, en su opinión, existen posibilidades de efectuar estudios sobre ontología dentro del marco del marxismo? O en el caso contrario, ¿sería acaso hablar un poco sin sentido?

Marcel.—Sí. Eso yo no creo que tenga sentido. No creo que pueda hablarse de ontología en el sentido marxista. Eso me es difícil afirmarlo. Primeramente creo que, en la hora actual, se vuelve extremadamente difícil saber en dónde está el marxismo. Porque el marxismo ha sufrido tantas transformaciones, ha sido orientado en vías tan diferentes, que podría comenzar por preguntar cuál es el marxismo, cuál es el marxismo de Marx. En mi opinión, es lo que algunos autores van a hacer. Hay en primer lugar una investigación, que es una investigación histórica, pero en el sentido profundo de la palabra, para descubrir lo que Marx mismo pensó verdaderamente. Antes de que se haya recubierto de todo tipo de cosas y que se hayan producido, por otro lado, una gran cantidad de eventos que Marx no había previsto en absoluto… O que se produjeron en un sentido completamente diferente del que Marx había previsto. Por eso es que yo encuentro curioso que se le tome como una especie de profeta. Eso me parece completamente absurdo... En fin, no creo que eso sea muy importante para nuestro tema.

Silva Camarena.—Volviendo a conectar con algo que ya usted había mencionado; esto es, lo referente a lo "humano": ¿cómo encuentra usted que el hombre mismo haya considerado a la libertad humana?

Marcel.—Yo creo que ahí también hay conclusiones terribles que han sido introducidas por filósofos, y en particular por Sartre. Creo que Sartre ha desnaturalizado completamente la libertad. Porque cuando dijo que el hombre estaba condenado a ser libre 24, concibió una libertad que, para mí, no es en absoluto la verdadera. Yo pienso que la libertad es una conquista. Es absurdo decir, como decía quizá Rousseau25 , que el hombre nace libre. Eso es completamente falso. El hombre deviene libre muy difícilmente, y nunca de una manera completa. Y esto todavía quiere decir que el hombre se conquista a sí mismo difícilmente; que primero tiene que verse libre de toda clase de impulsos, dentro de los cuales no hay ningún lugar para la libertad.

Silva Camarena.—¿Cómo puede el hombre conquistar su libertad, para conquistarse al mismo tiempo a sí mismo?

Marcel.—Yo creo que a eso es muy difícil contestar en pocas palabras. Creo que el papel de la vida, como yo la concibo, la experiencia de la vida, consiste precisamente en despertar en el hombre una reflexión que le permite constituirse en el amo de sus instintos; y, lo repito, es probable que ese "ser amo" nunca sea de una manera completa. Yo digo que de lo que se trata es de un proceso de maduración. Se requiere que el hombre llegue a una cierta madurez. Sólo que lo que es muy grave en la sociedad actual, y en particular en los jóvenes, es que se niega en absoluto el valor de la  madurez. Por el contrario, se tiene la ilusión de que  es posible  actuar sin madurez. Y en general, estas acciones no son más que destrucción. Pero cuando se trata de poner algo en el lugar de aquello que se quiere destruir, se advierte que no hay nada más.

Silva Camarena.—Al hablar usted de madurez me viene a la mente la psicología. ¿Cómo ve usted actualmente la relación entre la filosofía y la psicología? ¿Tiene usted noticia de algún trabajo actual de psicología que pueda ser considerado como importante?

Marcel.— No. Lo que me parece peligroso es que la psicología tiende, por una especie de fatalidad, a desligarse cada vez más y más de la filosofía. Y yo creo que, por ahí, está corriendo el riesgo de perder su sustancia. Si se deja de lado a la filosofía, la psicología corre el riesgo de convertirse en una especie de equilibrio precario entre la biología y la sociología. Y entonces, por medio de eso, se olvida, se deja de lado, todo lo que el hombre es, ha sido y puede llegar a ser. Para mí lo esencial es lo que yo llamaría "antropología filosófica", de la cual, en el fondo, la psicología no viene a ser sino una parte. Pienso que es necesario tomar esta especie de totalidad (aunque no me gusta para nada esa palabra, pero en fin), esta realidad completa del ser humano, para poder hacer un trabajo útil en psicología.

Silva Camarena.—La "antropología filosófica". . .

Marcel.—No sé si me gusta mucho esa expresión. Pero tomaré a Bergson, por ejemplo. Para mí, Bergson es, bajo este punto de vista, ejemplar. Es alguien que ha visto, admirablemente, cómo se liga la psicología con la filosofía, y cómo es imposible separarlas. Ese, por otro lado, no es un término bergsoniano en absoluto; pero me da igual. Si usted quiere, la "antropología filosófica" está, de todas formas, en la línea de Scheler.

Silva Camarena.—Siguiendo esa línea, ¿qué relación podríamos encontrar entre la moral y la psicología?

Marcel.—Entre la moral y la psicología directamente no veo relación alguna. Yo creo que ahí, si se establecen lazos entre la moral y la psicología, se corre el riesgo de tratar con algo extremadamente superficial. Hay un cierto número de revoluciones efectuadas, por ejemplo, por los psicólogos ingleses de los siglos XVIII y XIX, pero no creo que se pueda decir gran cosa de ello. No, yo no lo creo… En un sentido mucho más amplio... Pero si se toma la psicología en un sentido limitado y habitual, no creo que nos pueda enseñar algo desde el punto de vista moral,  casi nada.

(Al llegar a este punto nuestra conversación parece encontrarse en uno de los recodos más interesantes. Como si fuese el momento preciso para comenzar a hacer esas preguntas que suelen ser harto importantes. Pero ya no hay tiempo. Y no es que tengamos prisa, sino que la respiración de Marcel fluye cada vez con más dificultad. Lo más conveniente, a todas luces, parece consistir en terminar nuestra charla. ¿Terminarla? Quizá más bien ahora pueda comen­zar la plática de veras. Aún me queda la posibilidad de marcharme y empezar ese extraordinario diálogo que se establece con los filósofos a través de las distancias del espacio y los periodos del tiempo.)

Silva Camarena.—Quisiera saber si quiere agregar algo acerca de su pensamiento o de otra cuestión en general. . .

Marcel.—No. En lo que concierne a la filosofía, sólo quisiera enfatizar lo que he dicho al principio: Es indispensable conocer mi teatro con mi filosofía. Cualquier conocimiento de mi filosofía, sin el conocimiento de mi teatro, es imperfecto, y de una cierta manera, falaz. Me apena pensar que mis estudios filosóficos sean, relativa­mente, bastante conocidos en México. Pero estoy persuadido de que mi teatro es completamente desconocido. ¡Esto es muy enojoso!

París, diciembre de 1971.

 

Notas y referencias

 


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