El porvenir de la filosofía

juan manuel silva camarena
1973

 

Istmo. Revista del Centro de América, México, número 85,
marzo/abril (1973), 71-73.
      

 

El nombre de Eduardo Nicol ha de estar ya presente en la mente de todo aquél que se interese seriamente por la filosofía, tanto en México como en el extranjero. Pues si bien su obra pudiera considerarse como mexicana, por el lugar en el cual se ha gestado y desarro­llado, aunque él haya nacido en España (1907), las consecuencias de su pensamiento se insta­lan necesariamente dentro del marco de la filosofía a secas: ni mexicana, ni española, sino universal, como la de Aristóteles o la de Hegel. A pesar de que, o mejor dicho, debido a que su filosofía no se sustrae del influjo de las condiciones históricas y particulares que conforman, en cada caso, la situación vital per­sonal del pensador y su propia meditación.

La clave está en la conexión de una pers­pectiva con otra. El profesor Nicol ha sabido poner sus ideas en conexión con las universales. Baste tan sólo con traer a la memoria sus principales estudios para advertir el importe de su pensamiento y el fundamento por el cual sus razonamientos le han conducido a replan­tear íntegramente cuestiones filosóficas bási­cas, obligándose, por así decirlo, a establecer nuevas fórmulas para problemas viejos; pero sin inventarlas o suponerlas —ni lo uno ni lo otro—, sino descubriéndolas fenomenológicamen­te, reformando el mismo método fenomenoló­gico, o sea ateniéndose solamente a los hechos y procediendo a su conceptuación rigurosa. Tal es el caso, por ejemplo, de su afirmación de que "el ser está a la vista", refiriéndose a la evi­dencia apodíctica del ser, primaria y precien­tífica, en relación con la restitución de la uni­dad y continuidad del conocimiento y con el fundamento “de toda ciencia posible y de la existencia misma".

En el año de 1941 publicó su Psicología de las situaciones vitales, en la que se asientan los dos conceptos básicos en que se encua­dra la totalidad de la vida humana: la tempo­ralidad y la especialidad, totalidad que "se organiza en la realidad de la existencia indi­vidual en situaciones vitales, cuyo estudio pro­porciona los materiales para la psicología con­creta". El principio inmutable de la tempora­lidad y racionalidad de lo real (todo cambia, excepto la ley que rige el cambio) y la historicidad del ser humano, en La idea del hombre (1946); la temporalidad del ser y la razón, y la tesis del carácter dialógico del conocimiento (éste se produce en un acto comunicativo), en Historicismo y exis­tencialismo (1950); la expresión como ser del hombre y los albores de la idea del hom­bre como ser de la vocación, en la Vocación humana (1953); una nueva fundamentación de la metafísica y de la ciencia en general, en la Metafísica de la expresión (1957); la radical distinción entre ideología y filosofía en El problema de la filosofía hispánica (1961), y las condiciones de principio que hacen legi­tima a la ciencia en general, como verdadera, histórica y expresiva a la vez, en Los principios de la ciencia (1965).

Y ahora, en que las actuales condiciones de vida acentúan cada vez más lo incierto del porvenir del hombre, Eduardo Nicol ha publi­cado El porvenir de la filosofía, cuyo contenido se ocupa, a través de treinta y tres capítulos breves, del tema que pudiera calificarse como el de mayor actualidad: el porvenir de la filo­sofía en relación, precisamente, con las condi­ciones actuales que, según parece, no asegura­rán en el futuro un espacio vital para el pen­samiento filosófico. Pues si la filosofía ha de morir, dice Nicol, no será por asfixia propia, por agotamiento interno o porque ya haya cum­plido su misión última, sino debido a que, pro­bablemente, no existirán ya las condiciones vitales que la hacen posible. Tales condicio­nes, que son las primarias, consisten en una vocación de ser libre, "mediante la acción del puro pensamiento", y un régimen de vida "que no la someta enteramente a la necesidad". Es decir, la filosofía está en peligro de muerte. Pero ella no llegará a su fin como lo han pre­visto ya tres filosofías: el marxismo, la filoso­fía analítica y la filosofía de Heidegger. Si ha de desaparecer, lo hará por motivos bien distintos: a causa del enemigo de la libertad del pensamiento, que es un enemigo sin ros­tro, "una fuerza que reduce el ámbito de las vocaciones humanas". Esto es el peligro ex­terno que amenaza a la filosofía. Y no hay que perder de vista el hecho de que hablar del porvenir de la filosofía es hablar del porvenir del hombre.

Por otro lado, aunque no tan grave como el peligro externo, aparece también el hecho de que la filosofía pasa actualmente por una crisis interna. Lo cual no llega a ser tan inquietante como la amenaza de muerte por tratarse realmente de un episodio que en cierto modo es natural dentro del normal desarrollo de la filosofía. Pero hay que distinguir claramente entre el peligro externo y la crisis interna. El pro­blema de la crisis interna, "que también exis­te y es cosa distinta —dice Nicol— hemos con­fiado en que se desvanecería con una reforma de métodos, de programas y de orientaciones doctrinales (…) De crisis se puede hablar ra­zonablemente con frecuencia, y sobre todo en estos momentos. Ahora se cierra por fin el largo período que se inició con Platón y Aris­tóteles. Corresponde a la filosofía actual ha­llar una nueva fórmula que permita unificar las dos evidencias primarias: que el ser cambia y que el ser permanece". En cambio, la gran no­vedad para la filosofía proviene del peligro externo, pues significa nada menos que el acabóse, no de unas teorías o tesis por la acción o reacción de otras nuevas, sino de la filosofía en su totalidad: de todas las tesis po­sibles. En otras palabras, trátase de la extin­ción de la thesis universal y necesaria de la filosofía, o sea, de su thesis vital, su posición fundamental o la disposición a crear tesis; trátase de Eros. Y además, por la misma razón, que estrictamente hablando no es razón que dé razones, sino razón forzosa y forzada, "razón de fuerza mayor", no sólo se acabaría la filo­sofía, sino también la política, la moral, el derecho, el arte, etcétera. Pues, como señala Nicol: "¿qué otra cosa puede haber, más allá de la filosofía, si la mística y la ciencia auténtica, la poesía y todas las artes, están igualmente amenazadas? La muerte de la filosofía seña­laría el fin de todas las vocaciones libres del hombre, de todas sus decisiones soberanas". E inclusive, cualquier idea del hombre, y el hombre mismo, terminarían también, en cuanto que la filosofía siempre ha sido, en su propó­sito esencial, formadora de hombres. Así que­daría rezagada la idea nietzscheana del superhombre, produciéndose en el futuro, más bien, un infrahombre, un hombre sin la idea de sí mismo, ya que "esta idea es la que se puede obtener de la filosofía". De suerte que sin filosofía, en verdad, el hombre deja de constituir una comunidad y vuelve a su estado natural de especie, la que ya había superado al hacerse productor de cultura, al humanizar­se, al hacerse, en expresión de Nicol, "comu­nidad".

¿Qué es, pues, lo que pasa? Que la filoso­fía, como siempre lo ha hecho, ha de expli­carnos "lo que pasa". y lo que puede pasar si acaso sigue pasando lo que pasa. Que la filosofía tiene que enfrentarse en nuestros días (cuando todavía impera la creencia erró­nea de que ella sólo habla de cosas que están "más allá" de lo que nos incumbe directa­mente) a un doble problema. O si se quiere, a dos dificultades distintas. Primero, ella ha de meditar ahora, como desde antaño, sobre el problema del ser y el conocer;  y además, sobre los im­pedimentos del filosofar que surgen de la si­tuación presente, o más precisamente, desde las primeras manifestaciones modernas de la razón pragmática. Y de ahí que Eduardo Nicol haya insistido primeramente en la denuncia del peligro externo en El porvenir de la filosofía, dejando para otra obra suya, ya en preparación y anunciada ya (La reforma de la filosofía), las dificultades técnicas que precisa vencer para llevar a cabo una reforma de la filosofía, cuyos antecedentes pueden reconocerse ya en sus obras anteriores.

Aun cuando se advierte plenamente, en el curso del análisis que Nicol efectúa en El porvenir de la filosofía, la unidad indivisible del problema del peligro externo que proviene, de­cididamente, de una nueva forma de la nece­sidad, o sea la "totalidad de lo necesario", es de pensarse que los requerimientos exposi­tivos hacen que las cuestiones se presenten metódicamente divididas en diversos aspectos, con el fin de señalar más claramente los tras­tornos que produce ya la amenaza total, prác­ticamente inevitable, que se levanta contra la existencia de la humanidad, so pena de no garantizar más su simple subsistencia:

El acto final. Lo posibley lo necesario; Propósito y despropósito de la filosofía; Duda me­tódica y duda final. Meditación de la violencia; La lucha por la vida. Desequilibrio entre cultura y natura: la mediatización; La razón de fuerza mayor. El “todos” y el “cada uno”; El ser-obrero"; Fenomenología de la enajenación; Praxis y póie­sis; El salto de la libertad; Eros y Pólemos. La thesis de la filosofía; La palabra espectacular y la nueva sofística. Conflictos de la pureza. La ra­zón totalitaria; La filosofía como ciencia riguro­sa y la tradición de sapiencia; Los precursores del fin: humanismo marxista y deshumanización formalista;  Meditación de la protesta juvenil; Reglas del juego político: dialéctica de la verdad y el error; El poder de la razón y la razón de poder; Hacia la reforma, etcétera.

Queda cerrado para el hombre, por lo tanto, el acceso a un nivel propiamente humano; puesto que el predominio totalitario de lo pragmático, la gran fuerza de la necesidad, da lugar a desequilibrios acusados entre existencia y subsisten­cia, naturaleza e historia, y entre filosofía y "ciencia rigurosa" que se implantan de un modo global, alterando, en un caso la existen­cia de la filosofía y de cualquier otra forma de pensamiento libre, y, en otro, la presencia del hombre-hombre, del ser-obrero, en el mundo.

En El porvenir de la filosofía, que puede considerarse como una meditación seria (filosófica) de "lo que pasa", hallamos una posi­ción llena de inquietud: si todo sigue como va, presenciaremos el ocaso de las alternativas. En cuanto a la interpretación de los hechos que a ella incumben, no conozco otra obra que se le iguale; se trata de un magnífico libro que cuenta con el peso de un análisis fenome­nológico riguroso. Los hechos son innegables, y su interpretación es plenamente objetiva: no encontramos en ella ni podremos hallar  promesas vacías para eufemizar los aconteci­mientos.


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