Cadere

juan manuel silva camarena
1987

 

Prólogo a Josu Landa, Ensayo sobre la decadencia y otros escritos,
Editora de Letras, Ideas e Imágenes, México, 1987 [pp. 7-16].

 

Aquello que llega antes que el discurso (lógos) del texto lo llamamos prólogo, con un término compuesto por légo: "yo digo, hablo", y pro, que significa "antes". Por tanto, si el prólogo o prefacio lo elabora el autor de "lo dicho", o sea del libro, no sucede nada; pero si alguien redacta un prólogo para un discurso ajeno obtiene, así, un privilegio: el de ser el primero en tomar la palabra, que no siempre se tiene bien ganado ni se emplea siempre de la mejor manera posible.

Hoy, aquí, tengo yo ese privilegio, que no puedo decir que me corresponda por el solo hecho de tener una verdadera afición y un gran respeto por el problema planteado, y tampoco puedo asegurar que lo utilizo correctamente haciéndome cargo de su presentación.

Presentar no es nada más poner a alguien frente a los demás, para que lo conozcan. Por lo general, las circunstancias de la vida hacen que el que va a ser presentado ya esté puesto frente a los otros. Pero estar puesto frente a los demás, por alguna casualidad o por razones bien predeterminadas, a veces no significa nada todavía. El estar puesto ante los demás no es suficiente para que se enteren de que uno está ahí, ex-puesto. Expuesto a pasar desapercibido y ante la posibilidad, nunca remota y siempre de algún modo dolorosa, de sufrir la indiferencia de nuestros congéneres.

Un libro es algo semejante a una persona. Para darse a conocer tiene que hablar de sí mismo. Y si alguien emprende la tarea de presentarlo obviamente tiene que hablar de él, y además, propiciar el hecho de que los demás lo escuchen. Es cuestión de palabras. A los libros, como a los hombres, los empezamos a conocer cuando dejamos que hablen, es decir, si les permitimos expresarse y con nuestra propia expresión construimos juntos un diálogo; si en verdad queremos escucharlos. Si en la aventura del diálogo conversamos con ellos, exponiéndonos a que enriquezcan nuestro ser con lo que ellos son o a que mengüen un poco lo que somos, si no nos dan nada para ser, o son muy poca cosa.

Hablar y ser. Aquí hay una conexión íntima y constitutiva. Y precisamente este ensayo sobre la decadencia habla de nuestro ser, y lo que es aún más inquietante, de lo que podemos dejar de ser. Esta es la cuestión de fondo. El peligro de dejar de ser lo que hemos venido siendo hasta ahora. La verdadera decadencia no consiste en perder un pasado más o menos glorioso o en desperdiciar un presente lleno de progreso y civilización. La decadencia es venir a menos en el ser, en lo que se es. Y lo que somos, sin duda, tiene que ver con nuestra forma de hablar, pues somos lógos, palabra y razón. Por eso la decadencia del lenguaje guarda una estrecha relación con la decadencia de la cultura, que en tanto expresión, autoexpresión de lo que somos, es decadencia ontológica y no mera cuestión de eventos o sucesos sociológicos.

El texto de Josu Landa exhibe preferentemente aspectos que aparentan ser sólo lo que aparece: historia, religión, política, lenguaje, hechos económicos o acontecimientos sociales. Pero eso que se ve es lo que somos, y si ahí hay síntomas evidentes de decadencia, la hay entonces en nuestro ser. El tratamiento ontológico del hecho de la decadencia nos mostraría que lo que Josu Landa llama una formación cultural corresponde a una forma de ser, y por tanto, a una forma de vivir la vida y de morir la muerte. Somos hombres, y lo que somos es humanidad, y cuando dejamos de ser algo de lo que ya éramos, decimos que nos deshumaizamos. La decadencia de la que habla este libro es una forma de deshumanización, aunque el primero de los términos sea más difícil de utilizar en un sentido ontológico por su estirpe o uso exclusivamente sociológico. Ante la idea heracliteana del incremento (áuxesis) del ser, no está injustificada la tesis de una mengua ontológica en términos de deshumanización. Pero el concepto de decadencia ontológica sería útil para designar una muerte del ser del hombre. No la muerte del hombre como objeto de estudio o como sujeto de la historia, sino la muerte del hombre como ente cuya forma de ser, por virtud de un proceso de empobrecimiento ontológico, de decadencia, deja de ser lo que venía siendo. No se consigna en la palabra decadencia aquello que en un momento determinado nos hicieron creer algunos cultivadores de la filosofía existencialista, a saber: que el sentido único de nuestras historias personales era el de la muerte. Se hablaría más bien de la muerte de la historia, y así, en un sentido preciso, de la muerte de la muerte, porque ya no habría seres humanos que pudieran vivir su vida como seres para la muerte ni quienes pudieran vivir su muerte llenos de vida. Se trata de algo que expresado literalmente significa venir a menos, y finalmente, morir. La muerte de la familia ontológica —no la especie— formada por el ser de la praxis, de la palabra, del logos, de la libertad, etc. El sentido ontológico del concepto de deshumanización, de una manera similar, alude a la muerte de la forma de ser de un ente llamado hombre.

Pero antes de la caída final viene el proceso paulatino del descenso: esta es la decadencia, la agonía. La “agonía de Proteo”, en la expresión de Nicol; el desfallecimiento, los momentos previos del desenlace y anunciadores del mismo. Decadencia como proceso de degradación, por el cual, según Heidegger, la inteligencia, falsificada como inteligencia, desempeña el papel de un instrumento puesto al servicio de otra cosa, que puede "enseñarse" y "aprenderse". Mientras tanto, el hombre la pasa muy mal; como dice Nicol: "Proteo, en esta coyuntura, las pasa negras".

Josu Landa presenta en este ensayo sobre la decadencia unos datos empíricos y unas consideraciones teóricas que muestran qué tan mal la pasamos ahora. Pero ya sea que se trate del oscurecimiento del mundo del que habla Heidegger ("la huída de los dioses, la destrucción de la tierra, la masificación del hombre y el predominio de lo que se ajusta al término medio") en su Introducción a la metafísica (1953), o del ocaso de las alternativas que anuncia Nicol (como resultado de la crisis de la praxis, de un predominio de la necesidad sobre la libertad) en El porvenir de la filosofía (1972);  o incluso si se trata de la agonía del hombre como ser proteico (agonía del hombre debida a la uniformidad de todos y a la pérdida de la conciencia moral) que Nicol expuso en La agonía de Proteo (1981), no se piensa ya en los términos de una decadencia de Occidente como período necesario de la historia y la cultura en su última y caduca etapa de realización, a la manera en que la concibió Spengler en los primeros años del siglo XX.

Josu Landa tampoco está pensando la decadencia en términos spenglerianos cuando escribe este pequeño libro sobre la decadencia en los últimos años (la declinación, caída, descenso, decadencia) del siglo, el mismo que ha visto cómo el hombre puede llegar “tan alto” como la Luna. Pero advierte que ha habido y hay descenso, caída, degradación, decadencia. Nuestra palabra decadencia deriva, según Corominas (Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, 1973), del francés décadence, que a su vez es un derivado culto del latín cadere: caer. Y como no puede uno caerse sino de una determinada altura (y es bueno evitar las recaídas a que puede conducir un estado continuo de decaimiento), es oportuno, y necesario, preguntar por las alturas desde las cuales nos hemos venido abajo.

Josu Landa, cuando analiza el caso de una determinada comunidad latinoamericana, da a entender que se puede estar en decadencia sin haber estado en verdaderas alturas o alturas considerables, lo cual abona su idea según la cual es preciso rechazar el concepto de legalidad histórica porque puede comprometer la comprensión y el derecho a la existencia del caso único e irrepetible. Bajo el efecto paralizante del quehacer científico producido por la creencia de que es imposible dar una razón científica de lo individual, defiende algo así como la intuición (más que la conceptuación rigurosa y científica del fenómeno a partir de datos objetivos) que el arte (como el mejor vehículo para la comprensión) pueda tener del suceso decadente; una intuición que, como la de Bergson, fuera una "espece de sympathie par laquelle on se transporte a l'interieur d'un objet pour coincider avec ce qu'il a d'unique et par conséquent d'inexprimable" (cf. Introduction a la Métaphysique, 1903). Y por esa vía de disolución del conocimiento objetivo, le importa más la decadencia sentida que la explicación nacida dentro del marco de una interrogación acerca de lo que es la decadencia en general. Pero ¿lo único representa una violación a la racionalidad implicada en lo universal del conocimiento cuando el territorio explicado es, justamente, el de aquellos que son todos iguales porque son distintos, es decir, únicos e irrepetibles? La realidad humana, la historia, ¿tiene que convertirse en un proceso irracional (sin legalidad) para que sea comprensible el caso peculiar o concreto? Lo científico, ¿se reduce a la explicación de lo cuantitativo? ¿Y la verdad que el arte puede mostrar es equivalente a aquella que metódicamente, con objetividad, puede proporcionar la teoría?

El texto de Josu Landa, a través de diez entregas, va realizando el engrosamiento de la idea de decadencia de la siguiente manera (no tanto mostrando distintas facetas del fenómeno mismo sino exhibiendo diversos espacios mentales desde los cuales piensa él los diferentes aspectos del asunto):

En primer lugar: hay que darse cuenta de que no estamos los hombres de hoy en una crisis, porque la crisis no existe como tal, sino como una manipulación ideológica.

En segundo lugar: lo que verdaderamente sufrimos los hombres del presente siglo es un proceso de degeneración o putrefacción de las formaciones culturales, fenómeno que ha de conceptuarse como una verdadera decadencia. Pero en realidad, esta decadencia, más que conceptuada, hay que sentirla.

En tercer lugar: solamente sintiendo la decadencia, rescatando su "carga de angustia" (por su vaticinio de muerte) puede comprenderse lo que pasa.

En cuarto lugar: lo que sucede no puede ser explicado con un esquema spengleriano, pues no se trata de algo que pueda embonar con una decadencia universal, necesaria y común, inherente al desarrollo de la historia. Esta es, en cada caso, peculiar, y cada caso peculiar requiere una exégesis especial.

En quinto lugar: la decadencia como idea (lo opuesto al progreso, la grandeza) acompaña siempre a la apología optimista del presente progresista o a la impugnación pesimista de la "pesadilla del progreso"; en cambio, como sentimiento (pathos) o percepción del tránsito hacia lo peor, constituye un tipo especial de relación del hombre con su mundo, que en el caso de Latinoamérica no ha perdido fuerza a pesar de la ideología de la crisis (económica y social).

En sexto lugar: más importa la manera en que asumamos la decadencia actual que lo que ella sea en sí misma. Sin embargo, hay dimensiones de significación y comprensión: semántica: muerte de la cultura y de la historia; vital: algo susceptible de ser adoptado como pathos propio, que da sentido a mi calidad de sujeto histórico y remueve "las aguas profundas del espíritu"; socio-cultural: fenómeno irreductible al modelo de la decadencia como ausencia de progreso e inapreciable a través de esquemas cuantitativos, positivistas, de la ideología de la crisis y la "utopía escapista" de destrucción atómica; fenómeno inexistente sin su correspondiente sentimiento de decadencia; estética: fenómeno mejor expresado por medio del arte, vulnerable al virus de la decadencia y a la vez capaz de crear "las imágenes del naufragio".

En séptimo lugar: captando lo que la decadencia es para nosotros, independientemente de lo que sea en sí misma (como lo explicado por el esquema gloria/decadencia o progreso/decadencia), advertimos que podemos vivir la decadencia (y sobre-vivirla) como vocación de caos y fin de una formación cultural, rechazándolo y fomentándolo, sin que sea posible, no obstante, aludir a un pasado o algún tiempo presente en términos del mejor de todos los tiempos.

En octavo lugar: la decadencia que puede vivirse o sobrevivirse en Latinoamérica, como en el caso concreto que ha sido objeto de una caracterización, es parte de una decadencia más amplia: la de la "hispanidad cultural", cuyo espíritu cede al impacto de una cultura "hipertecnificada" de la post-modernidad "sajonizada", produciendo un nuevo motor de nuestra historia: la voluntad de caos, la pulsión de decadencia.

En noveno lugar: adviértase, por conexiones estrechas entre pensamiento y lenguaje, que éste no sólo expresa la decadencia sino que además es causante directo de la misma, cuando se ha vuelto un siervo apto para rendir culto a divinidades bastardas: tecnología, ciencia, poderío económico, poderío militar. Proceso de corrupción o decadencia que puede siquiera aborrecerse espiritualmente (ya que no puede detenerse), comprometiéndose con el uso del lenguaje para producir formas estéticas imperecederas.

En décimo lugar, y último: no hay una legalidad histórica de la decadencia, y hasta ésta, puede entrar, como hoy, en decadencia, y en lugar de las consabidas compensaciones (como las de la decadencia del imperio romano), muestro tiempo produce sólo sectas y cofradías, formas degeneradas de religión y actitudes pseudoreligiosas, tendencias ideológicas que transmiten el virus de la decadencia y otros fenómenos expresivos del espíritu de decadencia.

De esta forma, lo que probablemente comenzó, en la mente de Josu Landa como intento de formular una idea de decadencia que pudiera expresar y explicar las peculiaridades del presente histórico de Latinoamérica, y sobre todo de un espacio geográfico y vital determinado, creció y abarcó un territorio de investigación más amplio (la hispanidad cultural) y descubrió un causante susceptible de identificación. Pero la carga espiritual de la gravedad de lo descubierto también aumentó, y le hizo pensar de veras que "a partir de un determinado punto ya no hay regreso", lo cual fue reformulado a través del texto como imposibilidad de detención del proceso de decadencia, cuya necesidad, por un lado, no ha sido todavía explicada, y cuya posibilidad, por el otro, ha sido suficientemente demostrada. La irreverencia que en ocasiones aparece en el escrito, iracundo, parece motivada por el miedo que ha suscitado el acorralamiento en que se halla, de repente, en el momento de lucidez, el espíritu pensante.

Puede describirse el empeño: queja, denuncia, acusación. Impugnación de las formas de la decadencia, de la decadencia misma; impugnación acompañada de deseos de aclaración, de comprensión, y ganas de aderezar con una advertencia: si no quieren ver la decadencia, no aparecerá ante sus ojos, y entonces será como si no existiera, pues se perderá su esencia, diluida, en el conjunto de unos datos objetivos; si no es posible experimentar colectivamente el pathos de la decadencia, su realidad es meramente inexistente. Tan sencillo como cuando se tienen ojos y no se quiere ver; y se tienen oídos y no se quiere escuchar. Esto es lo que quiere decir su autor cuando en el ensayo (uno de cuyos méritos consiste en ensayar de veras una comprensión del asunto) parece sostener una espantosa ontología democrática que consistiría en afirmar que no existe aquello que no es reconocido por todos o cuando menos por la mayoría. No es, pues, sólo un matiz subjetivista, sino el intento de enfatizar la necesidad de la vivencia de la decadencia, no para regocijadamente festejarla o promoverla desde adentro, más conscientemente, deliberadamente, sino para expresarla estéticamente y filosóficamente comprenderla. Añadiríamos: para evitarla. Porque ¿en qué medida se detiene el proceso de la decadencia cuando tomamos conciencia de él y nos repele, nos sacude, como cualquiera otra cosa que nos amenaza o nos pone en peligro de muerte, como la enajenación desaparece en gran medida con la conciencia de la enajenación? El primer paso para la superación de la decadencia es la conciencia de la decadencia. Este ensayo sobre la decadencia tiene importancia vital en referencia a esa conciencia de decadencia.

¿Hay posibilidad de superación? Si sólo afecta a unas determinadas formaciones culturales, cabe, en efecto, la necesidad de la posibilidad de nuevas formas de cultura, y por tanto, de nuevas formas de ser. Si la decadencia es real en términos ontológicos, si afecta esas formas de ser en el sentido de imposibilitar su transformación, si la agonía de Proteo es verdaderamente el ocaso de la capacidad proteica, la imposibilidad radical de toda posible (y necesaria para ser hombre) metamorfosis, no hay superación, porque la forma (deformada: decadente) superada no puede ser precedida por una nueva forma. Hasta aquí, lo que la razón (ontológica) indica; fuera de esto, el ímpetu vital en plena rebeldía, sacando fuerzas de sí mismo para vivir a pesar de la omnipresencia de los signos de muerte: el compromiso de la vida consigo misma. Pues "hay vida mientras alguien sepa vivirla cambiándola", dice Nicol, el que ve a Proteo agonizar, y a toda costa hay que mantener ese compromiso, "rebelándose con todas las nobles armas (de la poesía y la filosofía) contra la razón y la sinrazón de la actual decadencia" como pide Josu Landa, el que ensaya la comprensión de la decadencia.

 

J.M.S.C.

México, D. F., verano de 1987.

 

 


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