En recuerdo de Juan Garzón

 juan manuel silva camarena
1983

 

Boletín de Filosofía y Letras, Facultad de Filosofía y Letras
Universidad Nacional Autónoma de México, cuarta época, I, 5, marzo (1983), 19-20.

 

 

Juan José Garzón Bates dejó de existir el 1º de marzo de 1983. Decía Heráclito que a los hombres les aguarda después de la muerte lo que no esperan ni presumen. Yo no sé si el profesor Juan Garzón esperaba o presumía algo de la muerte, vitalmente hablando. Porque muchas veces era una naturaleza amorosa, sin mucho odio hacia los demás; y otras parecía un ser diferente hacia el prójimo, profundamente concentrado en sí mismo. Pero estoy seguro de que no siempre dialogaba íntimamente con la idea del "ser para la muerte" que le había mostrado el Heidegger de Ser y tiempo, libro que a él le gustaba exponer y comentar semestre tras semestre en uno de sus cursos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México desde 1970.

Está claro que en esa idea del pensador alemán hay algo inquietante, una devaluación de la existencia misma,  parecida al desapego vital que proponía,  por razones muy diferentes,  el Fedón de Platón. Pero la vida nos llevaba a la vida. Gracias a él pude ingresar al Colegio de Filosofía de la Facultad. En uno de esos semestres,  en 1973, dejé de ser sólo su alumno pues Garzón solicitó a las autoridades académicas que se me contratara como ayudante de profesor para la asignatura de Ontología que tenía bajo, su cargo Así pasé a ser su colega y pronto comenzó nuestra amistad, la cual continuó siempre sin recelo alguno, porque no podía haber ni sospechas ni desconfianza que pusieran en peligro nuestro vínculo filial, ya que éste se había dado, por fortuna, independientemente de nuestras discrepancias y avenencias teóricas. A ambos nos preocupaban muy seriamente los problemas ontológicos, y en diferente medida nos apasionaba el tema del hombre.

En las últimas semanas de 1973 leí la versión final de su escrito Carlos Marx: ontología y revolución,  antes de que se elaboraran las planchas para su impresión. Juan estaba contento, muy contento. Meses más tarde, en una ocasión en la que charlábamos en la entrada de la Facultad, se dirigió hacia nosotros el profesor Adolfo Sánchez Vázquez, quien después de saludarme con una suave inclinación de la cabeza le preguntó a Juan, en un tono muy afectuoso y de festejo: "¿cómo se siente el padre de la criatura?" Juan no pudo articular. algo coherente y se vio en su expresión la típica cara de orgullo del niño que se ha portado bien, superando su habitual "cero en conducta",  como diría él mismo con una frase que le gustaba mucho. Él estaba ciertamente orgulloso de su "criatura" de trescientas veintinueve páginas que acababa de publicar la editorial Grijalbo.

En esos momentos me sentía verdaderamente emocionado por el hecho de que un profesor joven ―Juan nació en 1941― estuviera en condiciones de publicar una obra con mucho esfuerzo propio y persiguiendo un ideal personal que honestamente quería contagiar a los demás: "pensar el mundo para cambiar la vida". Él consideraba que no tenía sentido pensar el mundo si el pensar no implicaba un cambio en la vida. Así unía, a su modo, a Marx y a Heidegger. Y la idea no era desatinada, porque colocaba en una sola perspectiva aquello que parecía que había que vincular urgentemente: las dimensiones de la historia con las dimensiones de las estructuras ontológicas del ser humano. Si el resultado pudiera consistir eventualmente en un engendro (como llamaba Adam Schaff a la vinculación entre la ontología sartreana del hombre y la filosofía de la historia de Marx), no era cuestión que restara importancia al propósito, válido en sí mismo, de explicar ambas problemáticas de una manera conjunta. En todo caso, Marx le había mostrado a Garzón la necesidad de fijar la atención en la vida real de los hombres; Heidegger le había enseñado una manera de pensar con rigor ontológico. Él quería hacer algo provechoso con sus aprendizajes.

Ahora no es cuestión de hablar de los resultados ni de la empresa en sí misma. Tal vez ni siquiera habría que hablar. Pero hay que advertir  que a Garzón ya no podía preocuparle tanto lo que Heidegger consideraba como la posibilidad más auténtica del ser humano, Garzón estaba, en realidad, más cerca de Marx. Y de Sartre, quien aseguraba, contra Heidegger, que la muerte no es sino un hecho contingente, como el nacimiento, que nos viene desde afuera y se nos escapa por principio. Después de la lectura de la galerada de su libro, Juan me hizo un obsequio simbólico de generosidad y agradecimiento, a pesar de mi insistencia en el sentido de que mi trabajo había sido del todo desinteresado. Garzón era agradecido y generoso. Y optimista: la mayoría de sus clases fueron impartidas con la seguridad de que hacía algo bueno por los demás, por la vida de los demás. En sus clases podía quedar uno intrigado por las cosas que decía, y también podía uno desanimarse o emocionarse e incluso podía uno aburrirse mucho. Y hasta podía sentirse uno incómodo, por cierta inseguridad suya que solía ocultar bajo el humo de cigarrillos consumidos quién sabe con qué tipo de necesidad. Pero Garzón daba sus clases convenciendo a los oyentes de que era importante lo que en ellas decía; y con ellas llenaba ciertas expectativas de los alumnos al hacer hablar, en la década de los setentas, a Heidegger y Marx,  a Sartre y Nietzsche. Si esto era algo necesario en ese momento, o era sólo la inútil actualización de un pasado que ya no estaba de moda, es algo que no es importante considerar ahora.

Muchos le oyeron; más de los que estaban ahí, al final. Esas voces que Garzón propiciaba tenían ciertamente el acento especial que él ponía en ellas: le interesaba la ontología, pero también la política; le apasionaba la filosofía, pero también le atraía fuertemente el periodismo y la práctica política. Le inquietaba el punto en que podía hablarse de la ciencia en la política y la política en la ciencia. Yo creo que él guardaba secretamente, para sí mismo, la imagen ideal de lo que le hubiera gustado ser, como el Sartre que, en ocasión de su muerte, describió de este modo: "esta monstruosidad que se expresa en la pieza teatral, el cuento, la novela, el periodismo, el ensayo filosófico, el cine, el ensayo político, la acción cotidiana, el manifiesto incendiario y el  tratado filosófico". Pero siendo como era, estaba bien que fuera Juan Garzón.

En París, sin embargo, en lugar vincularse con Sartre, estudió con Henri Birault: y éste, con más afecto teórico por Heidegger que por Sartre, sin duda comprometió a Garzón en una tensión permanente entre las lecturas sartreanas de Heidegger y las refutaciones que Garzón imaginaba que Heidegger y Marx podían hacer al propio Sartre. En nuestra última conversación me mostró un gran entusiasmo por su tesis de maestría sobre Nietzsche y la voluntad de poder. Una pasión que ya hacía tiempo que le venía animando fuertemente, pero que a partir de ahora tendremos que mirar como la última, la definitiva. Otras tensiones y conflictos habitaban su existencia; otras pasiones e intereses agitaban su vida. Esa vida que junto con la de los demás quería cambiar con el pensar y la acción. La acción y el pensamiento eran la vida para él. Y si al final traía en su cabeza a Nietzsche y sus ideas era porque en éstas hallaba también algo esencial para la vida. Por eso las interrogaba ahora a ellas. Y Nietzsche, claro está, le respondía como él podía responderle: "verdad es la especie de error sin el cual determinada especie de seres humanos no podrían vivir".

La vida era lo que más le importaba. La vida fue lo que le preocupó a lo largo de su ahora malograda carrera filosófica: desde su conferencia sobre la idea de la muerte en Hegel, de octubre de 1970, hasta la nota que escribió a raíz de la muerte de Sartre, en abril de 1980, con éste título "Sartre: obituario para un militante de la filosofía".  Éste escrito, por cierto, que acaba con estas palabras: "A nosotros la tarea de la vida, y no la de la muerte".

De acuerdo, profesor Garzón, esa es una caracterización bastante atinada de la militancia filosófica. Y para terminar el texto Garzón preguntaba: "¿Quién llenará ahora el hueco dejado por Sartre?" Esos huecos, el de él, el tuyo, no puede llenarlos nadie, querido amigo Juan Garzón.

 


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