Hacia una metafísica del inconsciente

juan manuel silva camarena


Prefacio

¿Qué es el inconsciente? Esta interrogación constituye el hilo conductor de nuestro trabajo. De lo propuesto en la introducción se desprenderá que el principal problema filosófico que plantea el psicoanálisis es el relativo a la esencia del inconsciente. En este sentido, lo que es necesario llevar a cabo es una metafísica del inconsciente, es decir, una investigación de los problemas ontológicos y epistemológicos relacionados con la cuestión fundamental del inconsciente. En el presente estudio, empero, sólo damos el primer paso hacía esa metafísica del inconsciente, preparando algunas vías de solución, revisando algunos conceptos y pasando por el tamiz de la crítica filosófica los principales problemas que configuran el camino hacia ella.

En la literatura filosófica encontramos ya un intento de realizar una metafísica del inconsciente, aunque con el propósito único de relacionar los problemas del inconsciente con una metafísica realista en oposición al idealismo, aplicando las soluciones que ella proporciona a dichos problemas. Este es el caso de Roland Dalbiez, y al él dedicamos nuestro primer capítulo (“Realismo e inconsciente”), rescatando lo que nos parece conveniente —sin caer en eclecticismos—para una metafísica del inconsciente auspiciada, en cambio, por una filosofía fenomenológica para la cual el ser es lo mismo que la realidad.

El segundo capítulo de nuestra investigación (“El inconsciente freudiano”) está centrado en el concepto freudiano del inconsciente, pues para la elaboración de una metafísica del inconsciente es menester dirigirse críticamente, con mirada filosófica, a los textos donde Freud plasma sus propias reflexiones acerca de su descubrimiento.

Finalmente, para completar nuestra crítica a la formulación freudiana del concepto de lo inconsciente, abordamos en el capítulo tercero (“Aceptación y rechazo del inconsciente”), la crítica ajena, analizando a algunos autores como Cencillo, MacIntyre, Sartre, Politzer y Ricoeur, con la intención de situar la problemática del inconsciente que de ella deriva y que ser recogida —por la necesidad de diálogo inherente a todo pensar— por la metafísica del inconsciente. Esta metafísica del inconsciente es solamente un proyecto, pero comienza a adquirir su estado de realidad en nuestras averiguaciones, en tanto que cada una constituye ya una aproximación concreta “hacia” ella.

J.M.S.C.
Febrero de 1981.

 


Introducción

§1 Freud y la filosofía

Durante algún tiempo el proyecto existencial más importante de Sigmund Freud fue el correspondiente al saber filosófico, como se lo manifiesta a su amigo Fliess en la carta del 2 de abril de 1896:

Si nosotros nos fueran deparados todavía unos pocos años más de tranquila labor, estoy seguro de que dejaríamos un legado que justificaría nuestra existencia. Esta convicción me fortalece contra todos los pesares y los esfuerzos cotidianos. En mi juventud no conocí más anhelo que el del saber filosófico, anhelo que estoy a punto de realizar ahora, cuando me dispongo a pasar de la medicina a la psicología 1.

¿Por qué piensa Freud que al abordar el estudio de la psicología está pasando al campo de la filosofía? ¿Acaso no está él pensando un significado estricto de la palabra psicología? El contenido general de la carta es el de los progresos de Freud en la psicología de las neurosis, preocupado particularmente por la explicación orgánica de la diferencia entre neurastenia y neurosis de angustia. Dice Freud que llegó a ser terapeuta contra su voluntad, pero que dadas ciertas condiciones puede curar definitivamente la histeria y la neurosis obsesiva. Unos párrafos más arriba del que hemos citado habla también de su instinto clínico. Queda muy claramente establecido que se trata de trabajo clínico, de psicoterapia, psiquiatría y teorías psicológicas de trastornos mentales. ¿Y la filosofía?

El anhelo por la filosofía lo cumple Freud cuando deja de ser meramente médico y se convierte en psicólogo; cuando explica con razones teóricas algunos hechos psíquicos, porque para él, como lo ha aprendido de los cursos y seminarios del autor de la Psicología desde el punto de vista empírico (Psychologie vom empirischen Standpunkt, 1874), Franz Brentano, la filosofía tiene como base la psicología2. Ahora bien, con esas explicaciones psicológicas y sus experiencias clínicas, con el paso de la medicina a la psicología en el momento de su correspondencia con Fliess, se están produciendo los orígenes del psicoanálisis. En este sentido, y sólo en este, puede decirse que el psicoanálisis nació como “filosofía”, como una especie de alianza entre especulación y observación, patrocinada por Brentano como filósofo aristotélico y psicólogo empirista3.

En efecto, Freud aprende con Brentano a leer filosofía, y con él conoce, por ejemplo, a Strauss (La vida de Jesús) y a Feuerbach (La esencia del cristianismo), cuya influencia podría reseguirse en la lectura de El porvenir de una ilusión y en la respuesta de Freud a Binswanger4. La filosofía que Freud había concedido como un refugio para su vejez cada vez le llama más la atención5. En esta época, la de sus estudios de medicina y su asistencia a los cursos de Brentano, parecen convivir su interés filosófico con sus compromisos fisiológicos6. Después vendrá una fase en la cual sus intereses fisiológicos parecen emparejarse con sus inquietudes psicológicas, de acuerdo a la idea de H. Jackson, según la cual lo psíquico es un proceso paralelo a lo fisiológico. No es que los fenómenos fisiológicos desaparezcan cuando comienzan los psíquicos, sino que a partir de un momento dado la cadena fisiológica continúa unida a un fenómeno psíquico concomitante7. Estas consideraciones son tomadas en cuenta por Freud en “La concepción de las afasias” (Zur Auffassung der Aphasien, 1891).

Es conocida la carrera de fisiólogo de Freud8, a la cual están muy ligados los trabajos y los intereses de Fliess. Sólo tiempo después va a preguntarse Freud por la distancia a que deben situarse esos fenómenos paralelos, los psíquicos y los fisiológicos, y la respuesta la encuentra con la ayuda de la psiquiatría francesa, la cual, a diferencia de la alemana, gana independencia en su observación clínica al poner en segundo plano los enfoques de tipo fisiológico. Antes no logró Freud mantener este punto de vista en sus intentos de unir la psicología y la fisiología cerebral, ni en los Estudios sobre la histeria (Studien über Hysterie, 1893-1895), y menos aun en el “Proyecto de una psicología” (Entwurf einer Psychologie, 1895), donde la primacía la tiene el estudio fisiológico-biológico de lo cuantitativo; cuando trata de “estructurar una psicología que sea una ciencia natural; es decir, representar los procesos psíquicos como estados cuantitativamente determinados de partículas materiales especificables, dando así a esos procesos un carácter concreto e inequívoco” 9; donde la solución sería “la de que el mecanismo que perseguimos se desprendiera directamente de sus (respectivas) funciones biológicas primitivas”10.

En La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900) es en donde pasa a un nivel exclusivamente psicológico: “permanecemos en terreno psicológico”11 al explicar el “aparato anímico” y sus funciones. Y en la investigación francamente psicológica, solamente psicológica, encuentra Freud la posibilidad real del psicoanálisis. De hecho, de las tres dificultades que advierte él para el acceso al psicoanálisis una de ellas se refiere a la captación biológico-fisiológica sin sensibilidad psicológica. La primera: para la enseñanza del psicoanálisis no se tienen las facilidades con las que cuenta la medicina, en la cual se ve directamente aquello de lo que el profesor habla, proporcionándose así una observación directa; en el psicoanálisis sólo hay un “intercambio de palabras” entre el paciente y analista. La tercera: existe una serie de prejuicios —intelectuales, morales y estéticos—contra las afirmaciones fundamentales del psicoanálisis. Y la segunda: hay una preparación médica asociada a ciertos hábitos mentales que impiden comprender al psicoanálisis:

Se os ha habituado a fundar en causas anatómicas las funciones orgánicas y sus perturbaciones y a explicarlas desde los puntos de vista químico, concibiéndolas biológicamente; pero nunca a sido dirigido vuestro interés a la vida psíquica, en la que, sin embargo, culmina el funcionamiento de este nuestro organismo, tan maravillosamente complicado [...] desconocéis en absoluto la disciplina mental psicológica y os habéis acostumbrado a mirarla con desconfianza, negándole todo carácter científico y abandonándola a los profanos, poetas, filósofos y místicos12.

He aquí, entonces, el abandono de la explicación biológica o fisiológica, y también el abandono, en cierto sentido, de la filosofía —como terreno opuesto al de la ciencia—, de la primera inquietud de Freud. El ha abandonado la práctica médica y más bien se ha comprometido con el ideal ascético de una rigurosa investigación científica, establecido por Helmholtz para el mundo científico de habla germana. Este ideal consistía, cuando menos en la parte teórica de la física, en “averiguar las causas desconocidas de los procesos a partir de sus efectos físicos” conocidos y visibles, pues los conceptos describen auténticamente la naturaleza real de las cosas que se ocultan a la percepción directa, a pesar de las opiniones de Mach, para quien sólo eran “ardides linguísticos”13.

Por lo que se refiere a la filosofía, en este contexto se puede advenir lo que se ha llamado la ambigüedad de Freud respecto a la filosofía: su anhelo de juventud y objeto estimado aun durante los orígenes del psicoanálisis, es rechazado porque no permitiría, al parecer, que la psicología tuviese un carácter científico. Así se construye la “doble palabra”14 de Freud en relación con la filosofía: su voto a favor de ella y al mismo tiempo su rechazo, muchas veces justificado por una supuesta “incapacidad constitucional” para la filosofía15. Por un lado, la gran estima por el pensamiento filosófico, que lo lleva, por ejemplo, a la redacción del “ABC filosófico”16, y por otro la continuada actitud de hostilidad para los filósofos que no son capaces de entender la veracidad y el valor del descubrimiento principal del psicoanálisis: el inconsciente. El ambivalente discurso freudiano sobre la filosofía no hubiera aparecido si todos los filósofos fuesen como el “pájaro raro” que era Israel Levine, quien al decir de Freud fue capaz de comprender correctamente el inconsciente17. Sin embargo, no puede decirse que no contaba Freud con la simpatía intelectual de planteamientos como los de Schopenhauer, Nietzsche y Lipps, nombres a los que se puede ligar, en algún sentido, el psicoanálisis.

Pero el hecho que hay que resaltar aquí es el de que por un lado Freud pensaba que la filosofía tenía como fundamento a la psicología, y por otro lado, juzgaba que la psicología debía ser independiente de la filosofía, uno de los tres enemigos de la ciencia (junto con el arte y la religión):

La filosofía no es contraria a la ciencia: se comporta ella misma como una ciencia; labora en parte con los mismos métodos; pero se aleja de ella en cuanto sustenta la ilusión de poder procurar una imagen completa y coherente del universo, cuando lo cierto es que tal imagen queda forzosamente rota a cada nuevo progreso del saber. Metodológicamente, yerra en cuanto sobreestima el valor epistemológico de nuestras operaciones lógicas y reconoce otras distintas fuentes del saber, tales como la intuición. Y a menudo pareciera ser que el burlesco comentario del poeta no fuera del todo injustificado cuando se refiere al filósofo en los siguientes términos: “Con su gorro de dormir y con los jirones de su camisón parcha las brechas de la estructura del universo” (Heine)18.

Y sobre todo, la psicología debe combatir las ilusiones; tiene que revelar el porvenir de cualquier ilusión, no sólo de la religiosa. En general, tiene que revelar el porvenir de cualquier ilusión, no sólo de la religiosa. En general, tiene que disipar las ilusiones de la conciencia. Debe tomarse en cuenta, por otro lado, que su anhelo de saber filosófico corresponde a los finales del siglo pasado (1896), su convicción de que la psicología es base de la filosofía, a la segunda década del siglo veinte (1913), y el último texto citado, a la tercera década del presente siglo (1932). Es claro que por las limitaciones propias de su formación filosófica Freud pensaba que efectivamente abordaba el campo de la filosofía cuando dejaba el de la medicina, adquiriendo el nivel de la especulación psicológica que incluso debía formar la base de la filosofía; sin embargo, tiene él la razón cuando señala los defectos de la filosofía que se convierte en mera concepción del mundo (Weltanschauug). Ni el psicoanálisis ni la filosofía pueden producir sus propias y exclusivas concepciones del mundo si se conciben así mismas como disciplinas científicas —y ambas son eso: ciencia—. Que el psicoanálisis se convirtiera en una concepción del mundo fue —y sigue siendo— una posibilidad que comenzó a inquietar muy tempranamente en reflexiones ajenas al campo de la investigación psicoanalítica —concretamente en el análisis de sociología marxista19—. De cualquier modo que se concibiera, la ciencia no podría derivar de una imagen del mundo los ideales de conducta, las guías de acción, y tampoco podría ofrecer “una solución completa al enigma de la vida”20, pues es obvio que esta cuestión y la referente a la del sentido y significado del mundo caen fuera de sus posibilidades reales21.

A los 82 años, cuando escribe su “Compendio del psicoanálisis” (1932), todavía está Freud en viva discusión con la filosofía —al empezar este escrito dice que el psicoanálisis parte de “un supuesto básico cuya discusión concierne al pensamiento filosófico”— y considera él que esa discusión no es una mera cuestión de palabras, pues lo que está en juego es la posibilidad de que el psicoanálisis sea o no admitido como una ciencia psicológica:

Parecería que esta disputa entre psicoanálisis y filosofía sólo se refiere a una insignificante cuestión de definiciones; es decir, a si el calificativo de “psíquico” habría de ser aplicado a una u otra serie (los procesos concomitantes somáticos, inconscientes, y los actos de conciencia). En realidad, sin embargo, esta decisión es fundamental, pues mientras la psicología de la conciencia jamás logró trascender esas series fenoménicas incompletas, evidentemente subordinadas a otros sectores, la nueva concepción de que lo psíquico sería en sí inconsciente permitió convertir la psicología en una ciencia natural como cualquier otra22.

Ahora bien, la problemática de la cientificidad del psicoanálisis no se aborda en este trabajo23, pero habría que reflexionar sobre el hecho de que la filosofía, para Freud, en cierto modo tiene en sus manos la decisión de que sus investigaciones sean concedidas como ciencia natural o como algo cuyo objeto de estudio no puede decirse que exista. Esto, desde luego tenía que producir en el ánimo de Freud un extraño sentimiento en relación con la filosofía, su anhelo de juventud.

 

§ 2. La filosofía en la obra de Freud

En efecto, el de la filosofía y de los filósofos aparece en la obra de Freud en cuanto se trata, principalmente, de la cuestión del inconsciente:

Ni es necesario suponer que esta visión alternativa de lo psíquico sea una innovación debida al psicoanálisis. Un filósofo alemán Theodor Lipps, afirmó con la mayor claridad que lo psíquico es en sí mismo inconsciente y que lo inconsciente es lo verdaderamente psíquico24.

Freud dice que el concepto de inconsciente ha estado llamando repetidamente a las puertas de la psicología para que se le permitiera entrar, pero que ya con anterioridad la filosofía y la literatura habían jugado con él, mientras que la ciencia no había encontrado como utilizarlo. El psicoanálisis “ha aceptado el concepto, lo ha tomado en serio y le ha dado un contenido nuevo”, etc. Pero no es innovación del psicoanálisis sino de la filosofía; aunque, por otro lado, ella niega que existan tales fenómenos inconscientes y reduce lo psíquico a lo consciente.

Así tenemos también, por parte de la filosofía una ambigüedad, una doble palabra, de rechazo y aceptación del inconsciente. Lo deseable sería hacer a un lado la ambigüedad y quedarse sólo con la aceptación. La filosofía, como decíamos, tiene que resolver la cuestión del objeto de estudio de la psicología profunda, y es precisamente en relación con esta problemática que también se habrán de resolver otros problemas, por ejemplo, el de la relación mente-cuerpo, pues por ahora

Ni la filosofía especulativa, ni la psicología descriptiva, ni la llamada psicología experimental, ligada a la fisiología de los sentidos, se hallan, tal y como son enseñadas en las universidades, en estado de proporcionarnos dato alguno útil sobre las relaciones entre lo somático y lo anímico y ofrecernos la clave necesaria para la comprensión de una perturbación cualquiera de las funciones anímicas25.

En otro texto:

El descubrimiento de las actividades anímicas, inconscientes ha de obligar muy especialmente a la filosofía a tomar su partido, y en caso de inclinarse del lado del psicoanálisis, a modificar sus hipótesis sobre la relación entre lo psíquico y lo físico, hasta que corresponda a los nuevos descubrimientos26.

Pero aunque la filosofía no tome partido, concebida la psicología como base de la filosofía, las cuestiones que sean aclaradas por la psicología darán resultados benéficos para la filosofía. Y no puede ponerse en duda el gran interés psicológico del psicoanálisis: aparte del interés psiquiátrico, en la historia de la medicina (a nivel de explicación de histerias, neurosis obsesivas y psicosis), está el interés meramente psicológico. Con hipótesis psicológicas, y ya no exclusivamente con la fisiología aborda el psicoanálisis fenómenos del acontecer psíquico: funciones fallidas (olvidos, equivocaciones orales o en la escritura, etc.), el sueño no patológico, actos casuales, ataques convulsivos, delirios, visiones, ideas y actos obsesivos de los neuróticos, etc. (sin dejar de reconocer en estos fenómenos la influencia de factores orgánicos). Sin embargo, nosotros nos inclinaríamos a reconocer más adecuadamente la relación entre psicología por el camino de la investigación del inconsciente. Tal fenómeno o grupo de fenómeno está presente por debajo de todos esos acontecimientos psíquicos, ya que en todos está actuando, en realidad, un conflicto psíquico (descubierto en la elaboración de los sueños), es decir, la represión de determinados impulsos instintivos “rechazados a lo inconsciente por otras fuerzas psíquicas”27.

En la obra de Freud hay supuestos filosóficos —como el propio Freud lo reconoce28—, ya sea elaborados exclusivamente para el psicoanálisis (como la del origen del sujeto: como en Fichte o en Hegel subsecuentemente, en Freud el ego absoluto se afirma a sí mismo, y luego prolifera activamente hacia fuera, distinguiéndose a sí mismo del reino de los objetos “externos” y los otros egos29), o tomadas de otras disciplinas, como necesarios para explicar algún aspecto aparte de la teoría psicoanalítica (como por ejemplo la noción de la biología de un “plasma germinativo inmortal” del cual depende, como órganos sucesivamente desarrollados los “individuos perecederos30”). Y también existen planteamientos, desarrollados o apenas insinuados, que consisten en nociones de tipo filosófico engarzadas a tesis básicas de la teoría del análisis psíquico cuyo carácter filosófico, no obstante, tiene que resaltarse precisamente por medio del análisis filosófico (por ejemplo, los principios —el del placer y el de la realidad—o las ideas subyacentes a los dos instintos básicos: Eros y Thanatos).

Por otro lado, para Freud la filosofía, como veremos más adelante, es parte de las creaciones de la cultura que son posibles por la insatisfacción de los deseos de los individuos. En este sentido, la relación de psicoanálisis —como psicología— y filosofía es la misma que se da entre una disciplina y su objeto de estudio. Y por lo que respecta a un criterio histórico de desarrollo, la filosofía no es sino una concepción más del universo, mientras que el psicoanálisis corresponde ya a lo que se denomina positivamente ciencia, producto de la última etapa de desarrollo del espíritu humano: primero creencia y mito, fe y religión, y finalmente ciencia, espíritu científico y racional. La filosofía, los sistemas filosóficos, más que con la realidad, se han comprometido con el espíritu del pensador:

Sistemas filosóficos que se han aventurado a trazar la imagen del mundo tal y como se reflejaba en el espíritu del pensador más vuelto de espaldas a la realidad31.

La ciencia es algo joven en relación con la filosofía, y no aspira a la formación de sistemas y tiene, de hecho, características diferentes: sometiendo a la verdad32 y repulsa de las ilusiones. La esperanza de Freud en la ciencia es tanto más desmedida cuanto mayor es su rechazo por la religión, y en este rechazo, un poco sin darse cuenta, también queda incluida la filosofía (que por otro lado reconoce como algo que se comporta “como ciencia”33); únicamente la ciencia puede constituir “el más fuerte lazo de unión entre los hombres”:

Nuestra mejor esperanza es que el intelecto —espíritu científico, la razón— logre algún día la dictadura sobre la vida psíquica del hombre. La esencia misma de la razón garantiza que nunca dejará de otorgar su debido puesto a los impulsos afectivos del hombre y lo determinado por ellos. Pero la coerción común de tal reinado de la razón resultará el más fuerte lazo de unión entre los hombres y procurará otras armonías34.

Parece que “el saber de las ciencias y las artes” no fuese una corrupción como sostenía Rousseau. Freud suscribiría mejor el discurso comtiano que el del ginebrino.

El cientificismo de Freud aparece vinculado a la ciencia y contra la noción de filosofía como Weltanschauung, y asimismo contra la religión (como en Comte). No sucede lo mismo cuando Freud puede referirse a la filosofía como conocimiento estricto, y sobre todo cuando no halla en ella signo alguno de obstaculización contra la idea del inconsciente; en caso con contrario, la actitud contra la filosofía se agudiza. En realidad, las relaciones entre psicoanálisis y filosofía tienen un signo positivo donde se reconoce la existencia del inconsciente, y tienen un signo negativo, en cambio, cuando aparece el obstáculo conciencialista35 que consiste en identificar enteramente la conciencia con lo psíquico.

Por otro lado, también hay que reconocer que la filosofía está presente en la obra de Freud en el modo de la referencia, como dice Assoun en Freud. La filosofía y los filósofos (Freud. La philosophie et les philosophes, 1976)36. En la obra de Freud la referencia filosófica representa a la filosofía: ya sea la referencia negativa (Vaihinger), o la referencia heurística (Schelling); la referencia legitimante: el concepto filosófico como anticipación del concepto psicoanalítico (Lipps, Diderot, Kant, Aristóteles, Plotino), o la referencia central (Platón); y entre unas y otras también aparece en escena Empédocles, Schopenhauer y Nietzsche.

Pero más que en autores y referencias, la filosofía está presente en la obra de Freud en sus propios temas, aunque no sea de un modo expreso o explícito: metafísica (ontología y epistemología), ética, estética, antropología filosófica, etc. Así como no todo análisis de fenómenos psicológicos puede llamarse psicoanálisis, tampoco todo el psicoanálisis es mero análisis de fenómenos psicológicos.

Con la hipótesis de que lo que sucede en la infancia del individuo acontece también en la “infancia” de los pueblos, con sus historias primitivas, el psicoanálisis permite investigar, en una especie de filosofía de la cultura —filosofía psicoanalítica de la cultura—los mitos y las fábulas como productos de la fantasía de los pueblos, interpretando y develando su “sentido oculto” (como en el estudio de los sueños), y los orígenes de nuestras instituciones culturales: religión, moral, derecho y … filosofía.

La idea de Freud es la siguiente: tanto para el individuo como para las colectividades, el proceso dinámico es el mismo, se produce un mecanismo psíquico cuya misión es la de “descargar el ser de las tensiones generadas en él por las necesidades37” ¿De qué manera? Pues procurando a las tendencias insatisfechas (las que no han logrado satisfacción del mundo real, externo, mediante su dominio) una descarga distinta: “Toda la historia de la civilización es una exposición de los caminos que emprenden los hombres para dominar sus deseos insatisfechos, según las exigencias de la realidad y las modificaciones en ella introducidas por los progresos técnicos”38. Esa descarga distinta es el dominio el cual se vincula la evolución de la humanidad en la que la sociedad a través de sus instituciones trata de resolver el problema de la compensación de los deseos (de hecho el caso individual de neurosis no es sino la tentativa de resolver individualmente ese problema sin el factor social y con el predominio del factor sexual) coincidiendo con las tres etapas de la teoría de la historia de Comte:

La investigación de los pueblos primitivos nos muestra a los hombres entregados en un principio a una fe infantil en la omnipotencia y nos proporciona la explicación de toda una serie de productos anímicos, revelándolos como esfuerzos encaminados a negar los fracasos de tal omnipotencia y mantener a la realidad así lejos de toda influencia sobre la vida afectiva, en tanto que no es posible dominarla mejor y utilizarla para la satisfacción. El principio de la evitación del displacer rige la actividad humana hasta que es sustituida por el de la adaptación del mundo exterior, mucho más conveniente al individuo. Paralelamente al dominio progresivo del hombre sobre el mundo exterior, se desarrolla una evolución de su concepción del Universo, que va apartándose cada vez más de la primitiva fe en la omnipotencia y se eleva, desde la fase animista hasta la científica, a través de la religiosa. En este conjunto entran el mito, la religión y la moralidad, como tentativas de lograr una comprensión de la inlograda satisfacción de deseos39.

Los conflictos que aparecen por la insatisfacción de deseos son los que llevan a los individuos a las neurosis y a las sociedades a la creación de sus instituciones. En una especie de “ontología fundamental” Freud parece decir que lo que hay es un mundo externo y algo que debe conceptuarse como deseos (deseos como individuos). De lo que se trata es de satisfacer esos deseos o de sublimarlos creando el mundo de la cultura. Y al hablar de cultura se tiene que hablar del malestar en la cultura. De las tres fuentes del sufrimiento humano (junto con la supremacía de la naturaleza y la caducidad de nuestro propio cuerpo), la que se refiere a la insuficiencia de nuestros métodos para “regular las relaciones humanas en la familia, el Estado y la sociedad”40 la más descorazonadora pues constituye la más inexplicable fuerza contra la felicidad humana:

Si consideramos cuán pésimo resultado hemos obtenido precisamente en este sector de la prevención contra el sufrimiento, comenzamos a sospechar que también aquí podría ocultarse una porción de la indomable naturaleza, tratándose esta vez de nuestra propia constitución psíquica41.

Es nuestra propia constitución psíquica la que sublimando nuestros instintos produce el malestar en la cultura por la represión que hace de ellos, por eso la cultura lleva “gran parte de la culpa por la miseria que sufrimos”42. El deseo individual, el deseo como individuo, forma conglomerados de deseos, se agrupa para formar una comunidad que no representa sino una restricción de la satisfacción por medio del derecho:

La vida humana es común sólo se torna posible cuando llega a reunirse una mayoría más poderosa que cada uno de los individuos y que se mantenga unida frente a cualquiera de éstos. El poderío de tal comunidad se enfrenta entonces, como “derecho”, con el poderío del individuo, que se tacha de “fuerza bruta”. Esta sustitución del poderío individual por el de la comunidad representa el paso decisivo hacia la cultura. Su carácter esencial reside en que los miembros de la comunidad restringen sus posibilidades de satisfacción, mientras que el individuo aislado no reconocía semejantes restricciones43.

El deseo insatisfecho de todos, sublimado en la cultura, forma la comunidad. Esta es, así, la solución freudiana al problema clásico de la filosofía de las relaciones entre individuo y comunidad, a través de la justicia y lo ético:

Así, pues, el primer requisito cultural es el de la justicia, o sea, la seguridad de que el orden jurídico, una vez establecido, ya no será violado a favor de un individuo, sin que esto implique un pronunciamiento sobre el valor ético de semejante derecho [...] El resultado final ha de ser el establecimiento de un derecho al que todos —o por lo menos todos los individuos aptos para la vida en comunidad— hayan contribuido con el sacrificio o de sus instintos44.

Ella es también la solución al problema de la libertad. Aquí Freud hace una división entre libertad individual, la cual “no es un bien de la cultura”, y la libertad colectiva, cultural, que se logra con el sacrificio de la individual, no cultural. De manera que el anhelo de libertad se levanta contra la cultura, contra exigencias o formas de la cultura. Nos encontramos entonces con el problema de la libertad, restringida en la sociedad (la cultura) por la necesidad del complejo de Edipo y por las necesidades culturales, a través de la instancia del superyó, de la comunidad y el derecho, y la evolución de la humanidad en sus principales etapas hasta llegar a la científica.

La libertad individual es fundamentalmente libertad de satisfacción que no puede ser permitida. En esta “ontología fundamental” de Freud, que nos imaginamos compuesta por una teoría de la historia y una teoría de la cultura, habría también un nivel destinado a la teoría del sujeto como deseo, como ya mencionamos, en relación dinámica con la realidad, el objeto.

La teoría freudiana de la realidad que se halla expresada en Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920) abarca, como dice Amado Levy-Valensi, tres niveles distintos que mantienen, cada uno de ellos, una relación con el tiempo cada vez más compleja45. El primero presenta la realidad como aquello que obliga al sujeto a limitar su deseo y su placer, dando lugar así a la clásica subordinación del principio del placer al principio de realidad, que en términos psicológicos presenta Freud como meta o significado de la madurez:

[El paciente] debe llevar a cabo, bajo la dirección del médico, aquel avance desde el principio del placer al principio de la realidad, que diferencia al hombre maduro del niño46.

Ese avance debe concebirse como una “obra educativa”, amorosa, que nos recuerda la manera en que el amor cumple, en la idea de Platón, la reunión del sujeto con su otro yo47; el psicoanalista como educador ayuda a cumplir la reunión con el otro yo en un sentido amplio: con los demás y con el mundo. En este primer nivel de realidad, el sujeto representa el principio del placer y el objeto el principio de realidad.

El segundo nivel es en el que Freud habla del instinto de muerte, y aquí Levy-Valensi lo relaciona con Bergson y Teilhard de Chardin, citando el siguiente texto de Freud:

En un momento determinado, una fuerza de la que nosotros no podemos todavía tener ninguna representación despertó en la materia inanimada las propiedades de la vida. Se trata tal vez de un proceso que sirvió de modelo y análogo al que más tarde hizo nacer e n un determinado estracto de la materia viva, la conciencia48.

donde se conceptúa el instinto de muerte como “vector de emergencia” en una tentación de recaída por el lado del sujeto y una reabsorción en la muerte y aceptación de la muerte por el lado del objeto.

El tercer nivel lo constituye el principio mismo de emergencia —por cuya realidad ontológica interroga Levy-Valensi—, y la realidad que hay que realizar —añadida por Levy-Valensi recurriendo a la idea de Plotino— según la cual la realidad es aquello que está por realizarse.

Por otro lado, la teoría de la realidad, además de construirse por reflexiones ontológicas y epistemológicas, requiere de una filosofía del lenguaje que abarcaría tanto las investigaciones lingüísticas como las averiguaciones semánticas y lógicas que trabajarían en el psicoanálisis como traducción de lenguajes, que no sería sino la traducción de la “forma expresiva de la actividad anímica inconsciente49”. Generalmente el psicoanálisis es una traducción del lenguaje onírico en la que tiene que referirse, por su estructura, a un lenguaje arcaico en el cual, dato importante para la dialéctica, la negación no cumple ningún papel especial, ya que un mismo elemento puede representar ideas antitéticas50 . Según parece, el lenguaje de los sueños no cuenta con la acción de la negación y es, por tanto, decididamente ambivalente. Este hecho, desde luego, puede ser recogido por una concepción metafísica del lenguaje cuya tarea postule la necesidad de una labor hermenéutica constante como lo considera una metafísica de la expresión51 integrada con una filosofía de las formas simbólicas52. Con el tema de la negación y la antítesis en el lenguaje de los sueños se conectan investigaciones preocupadas por el origen del no y la negación (como la del Heidegger de ¿Qué es metafísica? o la del Sartre de El ser y la nada) y por la problemática general de cualquier planteamiento de filosofía dialéctica. Como veremos más adelante, incluso la cuestión de la forma expresiva del inconsciente podría ser aplicada en los términos de una ontología de la expresión53.

Y vinculados con los temas ontológicos aparecen los problemas de filosofía moral o ética. Decía Freud que la libertad era libertad de satisfacción. Lo que sucede en la sociedad, en la historia de la civilización, es decir el acaecimiento de la represión de la libertad, se repite espontáneamente en la niñez del individuo, como represión de sus instintos; hoy es una restricción interna lo que antes era una prohibición externa54, y tal vez lo que ahora es una exigencia cultural externa después será parte de nuestro interior como represión espontánea interna55. El súper-yo representa a los padres y los maestros, a los educadores y a la sociedad. Y de hecho sólo se puede hablar de conciencia moral y de sentimiento de culpabilidad cuando los fenómenos de la moral tienen su campo de acción: cuando se establece un súper-yo como una de las instancias básicas del aparato psíquico56. Moral y psique, por otro lado, quedan así interrelacionados, como se relaciona la ontología y la ética cuando se interroga por el ser del hombre para la libertad.

En la vinculación ética-psicoanálisis se dan cita un gran número de problemas; libertad psíquica y volición, lo indecoroso como motivo de la represión, la censura como rechazo de tendencias reprensibles e indecentes, tendencias morales del yo, etc. En los rasgos arcaicos y el infantilismo en el sueño pueden revelarse cosas como la maldad de la naturaleza humana y su dotación de deseos perversos y prohibidos. Cabe mencionar aquí que en la Enciclopedia francesa Lagache definió al psicoanálisis como una experiencia ética57.

En el campo de la ética se sitúa Freud cuando elabora una hipótesis acerca del origen de la moral. Según la tesis del complejo de Edipo, la conciencia moral surge precisamente como reacción a los dos magnos delitos del hombre: asesinato del padre y deseo de incesto con la madre58. De aquí nace también el sentimiento de culpabilidad. Esos dos delitos no se pueden dejar o tomar voluntariamente, no son optativos sino constitutivos, con sus correspondientes consecuencias de índole moral.

Una tendencia sexual recibe un placer parcial en las relaciones sexuales o en el acto de procreación, o incluso alcanza un placer más o menos completo, eso no importa ahora. Pero si tal tendencia renuncia a ese placer y procura otro que representa unos fines deferentes, aunque ligados a los primeros por relaciones de origen, es decir sociales y ya no sexuales, se produce un mecanismo de sublimación. Los sexuales son valores egoístas; los sociales son valores más altos a los que se llega mediante la sublimación, mecanismo psicológico ligado a cuestiones de valor moral. A través de la sublimación, puede decirse, se adquiere un valor diferente en la relación con los demás: se toma una vía menos egoísta, más altruista. Sublimación de deseos con significado moral. Aquí hay que agregar que hasta la cuestión de la estética aparece vinculada a la del deseo: el arte es una actividad encaminada a la mitigación de deseos insatisfechos59, tanto en el caso del artista como en el del espectador. En toda obra de arte hay dos niveles; primero, el del goce estético, y luego el otro, el de la liberación de los instintos.

Pero sin duda el problema ético más global que puede plantearse en relación con el psicoanálisis es el del determinismo de la acción y la libertad: necesidad y libertad que no se presentan en la armonía deseada, la necesaria para hablar de libertad. ¿Hasta qué punto el individuo es meramente “sujeto” de sus propias determinaciones? Puede hablarse de responsabilidad moral en el hombre explicando por el psicoanálisis? ¿Hay lugar en el hombre freudiano para la autodeterminación moral, como determinación de la libertad? Es más: ¿ese hombre presentado por la investigación psicoanalítica corresponde al ser humano real (de carne y hueso, dice Unamuno) o es más bien sólo un ente de teoría? He aquí nuestra convicción: si no se resuelve primero el problema del significado y sentido del inconsciente no pueden las otras cuestiones. Sí es posible decir que la antropología filosófica o la ontología del hombre puede preguntar por el hombre y su puesto en el cosmos después de la explicación psicoanalítica. En la actual ontología de lo humano debe preguntarse por el ser del hombre cuyo inconsciente ha sido explorado por la psicología profunda. El inconsciente ha sido descubierto e investigado por el psicoanálisis; pero la filosofía, con una metafísica60 del inconsciente, tiene que explicarlo.

Hay que buscar un nuevo espacio ontológico, epistemológico, antropológico y ético para las averiguaciones psicoanalíticas. El clásico mandato del templo de Delfos tal vez pueda cumplirse en gran parte de un modo psicoanalítico:

Adéntrate en ti —dice Freud—, desciende a tus estratos más profundos y aprende a conocerte a ti mismo61.

Según Freud esta es la manera en que el psicoanálisis quiso aleccionar al yo, causándole el tercer agravio (el primero fue el de la ofensa cosmológica, que le indicó que la tierra no era el centro del universo, y el segundo fue la ofensa biológica que le aseguró que no era el soberano de todos los seres que pueblan la tierra): el yo no es dueño y señor en su propia casa. El hombre creía que todo lo que sucedía en su alma llegaba a su conocimiento, y cuando no tenía noticia de algo hasta pensaba que ese algo no existía. I identificaba lo anímico con la conciencia. Pero suceden cosas en su alma que él no conoce, y por tanto, es una ilusión el creer que de todo se entera. No de todo está informado. A veces ignora lo que pasa en su interior; por ejemplo, no conoce los conflictos de los instintos, y su voluntad no puede actuar más allá del conocimiento. Las noticias de su conciencia son incompletas y no siempre fidedignas:

¿Quién puede estimar, aun no estando tú enfermo, todo lo que sucede en tu alma sin que tú recibas noticia de ello o sólo noticias incompletas y falsas? Le conduces como un rey absoluto, que se contesta con la información que le procuran sus altos dignatarios y no desciende jamás hasta el pueblo para oír su voz62.

El hombre no debiera contentarse con esa información y creer que se conoce a si mismo: se conoce a sí mismo cuando empieza por reconocer que la vida instintiva de la sexualidad “no puede ser totalmente domada” y que los procesos anímicosson en sí inconscientes63”. ¿Qué significa que sean inconscientes?

Es necesario insistir en que todos los temas filosóficos del psicoanálisis están vinculados con el tema central del inconsciente. Por esa razón hemos seguido nuestra investigación sobre el ser del hombre64, con un estudio sobre el inconsciente. En otras palabras, la obra de Freud es importante para la filosofía porque en ella puede continuarse, en un sentido, la pregunta que constituye el eje medular de la filosofía de Platón: ¿qué es el hombre? En la segunda mitad del siglo veinte la preocupación filosófica por el ser del hombre puede expresarse en los siguientes términos: ¿qué es el inconsciente? En el Alcibíades Platón se pregunta cómo saber de una manera enteramente clara lo que es el fondo del ser, pues si lo supiéramos, dice Sócrates, sin duda no conoceríamos mejor a nosotros mismos. Y en el texto que hemos citado de Freud65 puede leerse entre líneas que si supiéramos lo que es el fondo del inconsciente sin lugar a dudas nos conoceríamos mejor a nosotros mismos.

(Introducción, parágrafos 1 y 2, pp. 6-29).

 

Notas y referencias
  1. FREUD, S. "Los orígenes del psicoanálisis" (correspondencia de Freud), en Obras completas, tr. Luis López-Ballesteros y de Torres, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1973, edición en 3 tomos, tomo 111, p. 3543. Sucesivamente citaremos los trabajos de Freud refiriéndonos a esta edición con las iniciales OC 8 indicando el tomo correspondiente con números romanos. El texto original en alemán de éste escrito y los otros textos de Freud, pueden consultarse en la Sigmund Freud Studienausgabe. Frankfurt am Main: Fischer Taschenbuch Verlag, 2000.

 

 


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