martín heidegger
Sobre la metafísica y la verdad del ser
(epílogo a ¿Qué es metafísica?)


traducción de juan manuel silva camarena

Teoría. Anuario de filosofía, Facultad de Filosofía y letras,
Universidad Nacional Autónoma de México, I, 1 (1980), 455-462.

La presente versión del epilogo (Nachwort) que Martin Heidegger agregó en 1943 a su conferencia "¿Qué es metafísica?", pronunciada el 24 de julio de 1929 en la Universidad de Friburgo i. Br. proviene del texto original en alemán (Was ist Metaphysik?, Vittorio Klostermann Frankfurt A. M., 1965) y de la versión francesa de Roger Munier (volumen 1 de las Questions publicadas por NRF, Gallimard, de París, 1968, pp. 73-84).

La pregunta "¿Qué es metafísica?" permanece como cuestión. El presente epílogo es un prólogo más original para aquel que persiste en la cuestión. La pregunta "¿Qué es metafísica?" interroga más allá de la metafísica. Ella surge de un pensamiento que ya ha entrado en la superación de la metafísica. Está en la esencia de tal sobrepujamiento el que deba aún, dentro de ciertos límites, hablar el lenguaje de eso que él ayuda a superar. La coyuntura particular en la cual se debate la cuestión que trata de la esencia de la metafísica, no podría desviamos a la opinión de que esté unida al hecho de tener que surgir de las ciencias. Con otros modos de representación y otros tipos de producción del ente1, la investigación moderna está comprometida en el delineamiento fundamental de esta verdad, según la cual todo ente está marcado por la voluntad de voluntad, cuya "voluntad de poder" que la prefiguraba ha señalado su aparición. La "voluntad" comprendida como rasgo fundamental de la entidad del ente, es la equivalencia asentada entre el ente y lo real, ya que la realidad de lo real es hacimiento incondicional de la objetivación general. La ciencia moderna no sirve ya ni a un objetivo propuesto, sólo a ella, ni busca una "verdad en sí". En tanto que un modo de la objetivación calculadora del ente, es una condición planteada por la voluntad de voluntad misma, gracias a la cual ésta asegura la dominación de su esencia. Pero como toda objetivación del ente pasa en el equipar y la consolidación del ente, y obtiene de éste las posibilidades de su progreso, la obje­tivación persiste en el ente y lo toma ya por el ser2 .  Toda relación con el ente atestigua así un saber del ser, pero también la incapacidad suya para mantenerse en la ley de la verdad de ese saber. Esta verdad es la verdad acerca del ente. La metafísica es la historia de esa verdad. Ella dice lo que es el ente, llevando al concepto la entidad del ente. En la entidad del ente, la metafísica piensa al ser, sin poder de cualquier manera, según el modo de su pensamiento pensar3 la verdad del ser. Por doquier la metafísica se mueve en el dominio de la verdad del ser, la cual continúa siendo para ella el fundamento desconocido e infundado. Pero supuesto que, no sólo el ente brote del ser, sino que también y más original­mente aún el ser mismo descanse en su verdad y que la verdad del ser despliegue su esencia como el ser de la verdad, entonces es necesario plantear la cuestión de lo que la metafísica es en su fundamento. Este cuestionar debe pensar metafísica­mente y, al mismo tiempo, pensar a partir del fundamento de la metafísica; es decir, no pensar ya más metafísicamente. Tal cuestionar queda, en su sentido esencial, ambiguo.

Toda tentativa de seguir el curso de pensamiento de la conferencia desembo­cará por ahí mismo en obstáculos. Es bueno que así sea. El cuestionar llega a ser más auténtico. Toda pregunta planteada en conformidad con los hechos es ya el puente hacia la respuesta. Las respuestas esenciales son siempre sólo el último paso de las cuestiones. Pero este paso no puede efectuarse sin la larga serie de los primeros pasos y de los siguientes. La respuesta esencial obtiene su fuerza de la insistencia4 del cuestionar. La respuesta esencial no es sino el co­mienzo de una responsabilidad. En ésta se despierta el cuestionar más originaria­mente. Es también por lo que la cuestión auténtica no se suprime con la respuesta encontrada.

Los obstáculos para la inteligencia de la conferencia son de dos tipos. Unos nacen de los enigmas que se ocultan en el dominio de lo que aquí es pensado. Los otros surgen de la incapacidad, frecuentemente también de la falta de volun­tad para el pensar. En el dominio del cuestionar pensante pueden servir a veces perplejidades pasajeras, y sin duda alguna, aquellas que son objeto de un examen atento. Los burdos desprecios dan también algún fruto, incluso cuando son proferidos en la violencia de una polémica ciega. El reflexionar debe sola­mente llevar todo a la serenidad de la meditación longánima.

Las perplejidades y los desprecios predominantes concernientes a esta confe­rencia pueden agruparse bajo tres apartados. Se dice:

1. La conferencia hace de la nada 5 el único objeto de la metafísica. Sin embargo, como la nada es simplemente lo nulo, este pensamiento conduce a la opinión de que todo es nada, de tal suerte que no vale la pena ni vivir ni morir. Una "filosofía de la nada" es el nihilismo acabado 6.

2. La conferencia erige, al rango de una disposición fundamental, una dispo­sición7 aislada, y más aún deprimente: la angustia. Según eso, como la angustia es el estado psíquico de los "angustiados" y de los pusilánimes, este pensamiento niega la actitud resuelta de la valentía. Una "filosofía de la angustia" paraliza la voluntad de acción.

3. La conferencia se pronuncia contra la "lógica". Según eso, como el entendi­miento encierra las medidas de todo cálculo y clasificación, este pensamiento abandona él juicio sobre la verdad a la disposición fortuita. Una "filosofía únicamente del sentimiento" pone en peligro el pensamiento "exacto" y la segu­ridad del actuar.

La justa respuesta a estos alegatos se desprende de un nuevo examen, profundo, de la conferencia. Basta con apreciar si la nada, que dispone la angustia a su esencia, se agota en una negación vacía de todo ente, o si esto que jamás y en ninguna parte es un ente se revela como lo que se distingue de todo ente y que nosotros nombramos el ser. En cualquier punto que toda investigación explore al ente, y tan lejos como se llegue en ella, en ninguna parte encuentra al ser. No alcanza jamás sino al ente, porque de antemano, en la intención de su explicación, permanece unida al ente. Según eso, el ser no es ninguna modalidad entitativa en el ente. El ser no se deja, como el ente, representar y producir objetivamente. Este otro sin más, de todo ente, es el no-ente 8. Pero esta nada despliega su esencia como el ser. Renunciamos demasiado precipitadamente al pensamiento cuando, en una explicación simplista, damos a la nada por lo nulo solamente y la igualamos a lo que está desprovisto de esencia. En lugar de ceder a semejante precipitación de una perspicacia vacía, y de abandonar la enigmá­tica ambivalencia de la nada, hay que equiparnos para la única disponibilidad que es la de descubrir9   en la nada la vasta dimensión abierta de lo que a todo ente da la garantía de ser. Es el ser mismo. Sin el ser, cuya esencia insondable, no desplegada aún, nos destina la nada en la angustia esencial 10, todo ente permanecería en la privación de ser; si bien ésta última no es, como abandono del ser, una nada nula, si es cierto que pertenece a la verdad del ser el que jamás el ser se despliegue11 sin el ente, que jamás un ente sea sin el ser.

La angustia concede una experiencia del ser como de lo otro de todo ente, suponiendo que por "angustia" frente a la angustia, es decir sólo en la ansiedad del miedo, no nos evadiéramos frente a la voz silenciosa que nos dispone al terror del abismo. Es evidente que, si en el momento de la remisión a esta angus­tia esencial abandonamos arbitrariamente el curso de pensamiento de esa conferencia, si destacamos la angustia como disposición dispuesta por esa voz 12 de la relación con la nada, entonces nos queda la angustia como "sentimiento" aislado, que se puede distinguir y disociar de otros sentimientos en el conjunto conocido de los estados de ánimo psicológicos del azoramiento. Conforme a la distinción simplista entre "alto" y "bajo", los "estados de ánimo"13 se dejan alinear así en las categorías de aquellos que exaltan y de aquellos que deprimen. En la ardiente caza de "tipos" y de sus opuestos, de los "sentimientos", de las variedades y subdivisiones de esos "tipos", jamás faltará la presa. Pero esta investigación antropológica del hombre se encuentra para siempre fuera de la posibilidad de entrar en el curso de pensamiento de la conferencia; porque ésta piensa, a partir de la atención a la voz del ser, en dirección del disponer que viene de esta voz14 que reivindica al hombre en su esencia a fin de que en la nada él aprenda a descubrir el ser.

La disponibilidad a la angustia es el sí a la insistencia que requiere realizar la más alta reivindicación, sólo en la cual se halla la esencia del hombre. El hombre es el único entre todos los entes que descubre, llamado por la voz del  ser 15, la maravilla de maravillas: Que el ente es. Aquel que es llamado así en su  esencia16 , en consideración a la verdad del ser, está, por ello mismo, constantemente dispuesto de un modo esencial. El valor decidido por la angustia esencial garantiza la misteriosa posibilidad de la experiencia del ser. Porque próximo a la angustia esencial como terror del abismo habita el temor. Ella aclara y enclaustra este campo de la esencia del hombre, en cuyo interior él permanece escondido, en lo que permanece17 .

La "angustia" frente a la angustia, por el contrario, puede desviarse tanto que desconozca las relaciones simples en la esencia de la angustia. ¿Qué sería toda valentía, si no encontrara en la experiencia de la angustia esencial su punto de apoyo permanente? En la medida en que menospreciamos la angustia esencial y la relación del ser con el hombre aclarada en ella, degradamos la esencia de la valentía. Pero ésta es capaz de sostener a la nada. La valentía reconoce en el abis­mo del terror el espacio apenas pisado del ser, de cuyo claro regresa ante todo cada ente a lo que es y puede ser. Esta conferencia ni cultiva una "filosofía de la angustia" ni busca dar la impresión de una "filosofía heroica". Piensa solamente eso que para el pensamiento occidental desde su comienzo surgió como lo que está para pensarse y sin embargo ha permanecido en el olvido: el ser. Pero el ser no es un producto del pensamiento. Bien por el contrario: es el pensamiento esencial un evento del ser.

Es también por lo que la cuestión apenas formulada se hace necesaria actual­mente: la de saber si este pensamiento se mantiene en la ley de su verdad, cuando él sigue únicamente al pensamiento que la "lógica" contiene en sus formas y reglas. ¿Por qué la conferencia pone este término entre comillas? Para indicar que la "lógica" no es sino una interpretación de la esencia del pensamiento, aque­lla precisamente que descansa, como la palabra ya lo indica, sobre la experiencia del ser alcanzada en el pensamiento griego. El recelo hacia la "lógica", de la que la logística puede ser considerada como la degeneración natural, surge del saber de este pensamiento que encuentra su fuente en la experiencia de la verdad del ser, y no en la consideración de la objetividad del ente. Jamás el pensamiento exacto es el pensamiento más riguroso; por el contrario, el rigor recibe su esencia de la manera en que el saber se dedica en cada caso a mantener la relación con lo esencial del ente. El pensamiento exacto se da únicamente en el cálculo del ente, y sirve exclusivamente a éste.

Todo cálculo apunta en lo enumerado a lo innumerable, a fin de utilizado para la próxima enumeración. El calcular no hace aparecer nada más que lo enumerable. Cada cosa no es sino lo que él enumera. Lo que en cada caso es enumerado asegura el mantenerse en el adelanto del enumerar. Este consume, al progresar, los números, y se devora a sí mismo continuamente. El empleo del cálculo al servicio del ente vale como la explicación del ser del ente. De ante­mano, el calcular utiliza todo ente como lo enumerable y consume al enumerar para el enumeramiento. Esta utilización de consumo del ente traiciona el carácter devorador del cálculo. Sólo porque el número puede multiplicarse hasta el infinito, y esto indistintamente en dirección de lo grande y de lo pequeño, la esen­cia devoradora del cálculo puede disimularse detrás de los productos de éste y prestar al pensamiento calculador la apariencia de la productividad; mientras que en realidad, ya en su intención y no sólo en sus resultados ulteriores, no hace valer todo ente sino bajo la forma de lo adicionable y de lo comestible. El pensamiento calculador se constriñe a sí mismo en la obligación de dominar todo a partir de la lógica de su modo de hacer. El no puede sospechar que todo lo calculador del cálculo, antes de las sumas y los productos calculados, sea ya un todo cuya unidad pertenezca ciertamente a lo incalculable18, el cual se sustrae, él y su inquietante abismo, a los asideros del cálculo. No obstante, lo que en todos lados y constantemente se ha rehusado de antemano a la pretensión del cálculo y sin embargo está ya en todo tiempo en un enigmático desconocimiento, más próximo al hombre que todo ente en el que el hombre hace sus planes y se organiza, puede a veces disponer la esencia del hombre en un pensamiento del cual ninguna "lógica" puede contener la verdad. Al pensamiento cuyos pensa­mientos no sólo no calculan sino que son absolutamente determinados a partir de lo otro del ente, yo lo llamo el pensamiento esencial. En lugar de entregarse a cálculos acerca del ente por medio del ente, él se prodiga en el ser por la verdad del ser. Este pensamiento responde19 a la reivindicación del ser cuando el hombre entrega20 su esencia histórica a la simple realidad de la necesidad única, la cual al obligar no constriñe pero crea la necesidad que se cumple en la libertad de la ofrenda. La necesidad es la de que la verdad del ser sea salvaguardada, independientemente de lo que acontezca al hombre y a todo ente. La ofrenda es lo sustraído a toda obligación, debido al derroche —que resurge del abismo de la libertad— de la esencia del hombre en la salvaguarda de la verdad el ser por el ente. En la ofrenda acontece el agradecimiento disimulado que sólo honra la benevolencia en virtud de la cual el ser se transmitió a la esencia del hombre en el pensamiento, a fin de que el hombre asuma, en la relación con el ser, la guardia del ser. El pensamiento original es el eco del favor del ser en el cual se aclara y se deja acontecer la única realidad: que el ente es. Este eco es la respuesta 21 humana a la palabra22 de la voz silenciosa del ser. La respuesta del pensamiento es el origen de la palabra humana; palabra que da nacimiento primeramente al lenguaje como divulgación de la palabra en las palabras. Si no fuera al mismo tiempo un pensamiento disimulado en el fundamento esencial del hombre histórico, jamás sería éste capaz del agradecimiento, suponiendo que en todo pensar 23 y en cada agradecer deba estar un pensamiento que original­mente piense la verdad del ser. Pero ¿de qué otro modo podría jamás encontrarla una humanidad, en el agradecimiento originario, siendo que el favor del ser por medio de la percepción abierta a sí mismo concede al hombre la nobleza de la pobreza, en la que la libertad de la ofrenda oculta el tesoro de su esencia? La ofrenda es la partida del ente en la vía !hacia la salvaguarda del favor del ser. La ofrenda puede sin duda ser preparada y ayudada por los trabajos y las realiza­ciones en el ente, pero nunca se cumple en ellos. Su realización se origina en la insistencia, del seno de la cual todo hombre histórico actuante —el pensamiento esencial es también un actuar—  preserva la existencia adquirida por la salva­guarda de la dignidad del ser. Esta insistencia es la ecuanimidad que no deja afectar su disponibilidad oculta para la esencia que emprende el éxodo que el ser del hombre toma por la verdad del ser, en la reivindicación. Es por lo que la ofrenda no tolera ningún cálculo 24 mediante el cual se dedujera 25 cada vez sola­mente una ganancia o una pérdida, ya sea que los fines sean bajos o elevados. Un cómputo semejante 26 altera la esencia de la ofrenda. El afán por los fines perturba la pureza del temor predispuesto a la angustia del ofrendamiento que ha pretendido la vecindad de lo indestructible.

El pensamiento del ser no busca en el ente ningún apoyo. El pensamiento esencial presta atención a los signos lentos de lo Incalculable y reconoce en éste la venida inmemorial de lo Ineluctable. Este pensamiento está atento a la verdad del ser y ayuda al ser de la verdad de tal suerte que éste encuentra en la huma­nidad histórica su morada. Esta ayuda no tiene resultados, porque no tiene nece­sidad de ningún efecto. El pensamiento esencial sirve en la existencia, como insis­tencia, simple, en tanto que en su contacto con esta, tiene nacimiento lo que le es semejante sin que ella pueda decidido ni siquiera tener conocimiento de ello.

El pensamiento, obedeciendo a la voz del ser, busca por éste la palabra a partir de la cual la verdad del ser llegue al lenguaje. Sólo cuando el lenguaje del hom­bre histórico surge de la palabra está en aplomo. Pero si él se mantiene en aplomo entonces le hace señas la garantía de la voz silenciosa de fuentes escondidas. El pensamiento del ser vigila la palabra 27  y en tal vigilancia cumple su des­tino. Es la preocupación28 por el uso del lenguaje. Del mutismo largo tiempo guardado y de la elucidación paciente del territorio en él aclarado sale el decir del pensador. Del mismo origen es el nombrar del poeta. Sin embargo, porque lo semejante solamente es semejante como lo diferente, el decir poético 29 y el pen­sar se asemejan de la manera más pura en el cuidado prodigado a la palabra, pero los dos están, al mismo tiempo separados en su esencia por la más grande distancia. El pensador dice el ser. El poeta nombra lo sagrado. Debe quedar aquí abierta la cuestión que se refiere a saber cómo, si se piensan a partir de la esencia del ser, el decir poético, el agradecimiento y el pensamiento remiten el uno al otro y al mismo tiempo son distintos. Es probable que el agradecimiento y el decir poético surjan de manera diferente del pensamiento original al cual ellos necesitan sin poder ser para sí un pensamiento.

Se conocen sin duda muchas cosas sobre las relaciones de la filosofía y la poesía. Pero no sabemos nosotros nada del diálogo entre poeta y pensador, quienes "habitan próximos sobre los montes más separados".

Una de la moradas esenciales del mutismo es la angustia en el sentido del terror al cual el abismo de la nada dispone al hombre. La nada como lo otro del ente es el velo del ser. En el ser, originalmente, todo destino del ente ya se ha cum­plido.

El último poema del último poeta del helenismo original, el Edipo en Colono de Sófocles, se cierra con la palabra que de manera impensable, se vuelve hacia la historia oculta de este pueblo y vigila su entrada en la verdad desconocida del ser:

 

’Αλλ ’άππαύετεφ μηδ’ έπί πλείω
θρήνον έγερτε’.
πάνως γάρ ’έχει τάδε κΰρος.

 

Cesad ya ahora y nunca más en adelante
despertéis la lamentación;
pues en todas partes lo acontecido
guarda consigo una decisión de perfección.

 

Notas y referencias

6. Heidegger también habla acerca de las malinterpretaciones o "naturales interpreta­ciones de revés de lo leído" en Über den Humanismus (versión española de  Rafael Gutiérrez Girardot:  Carta sobre el humanismo, Taurus, Madrid). (J. M. S. C.).

 

 

 


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